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510

La cursiva es mía. Esta alusión a ciertas «influencias subterráneas» y «monjas milagreras» enlaza con los juicios vertidos por el autor en su carta del 7 de diciembre de 1864, publicada en La Iberia, los cuales condujeron al dramaturgo a un proceso que le condenó por delito de lesa majestad a nueve años de prisión, motivo por el que Díaz hubo de refugiarse en Bayona. (N. del A.)



 

511

Es indiscutible la importancia que concedía Pereda a las opiniones de la crítica contemporánea, como ha estudiado en un libro clásico sobre el novelista de Polanco José Manuel González Herrán, La obra de Pereda ante la crítica literaria de su tiempo, Santander, Librería Estudio, 1983. (N. del A.)



 

512

J. M. Pereda, Discurso de Ingreso en la Real Academia Española, Madrid, Tello, 1897, pp. 10-11. (N. del A.)



 

513

Ibíd., p. 10. (N. del A.)



 

514

Las alusiones a sabios heterodoxos y jóvenes escrupulosas se refieren a su anterior novela De tal palo, tal astilla, mientras que las políticas corruptoras eran las que vertebraban Don Gonzalo González de la Gonzalera, como explica J. M. González Herrán, op. cit., 1983, p. 165. (N. del A.)



 

515

S. Ortega, Cartas a Galdós, Madrid, Revista de Occidente, 1964, p. 79. Posteriormente, en una carta a don Gumersindo Laverde, del 30 de octubre de 1881, indica sobre la novela que ya está concluyendo que: «No hay religión ni política en ella. Toda es naturaleza, tipos y costumbres, algo, en fin que dé una idea de El sabor de la tierruca, como pienso que se llame, si no la bautizo con el nombre de La epopeya de Cumbrales» (A. H. Clarke, «Cartas de Pereda a Laverde», en: B. B. M. P. 67 (1991), p. 248. (N. del A.)



 

516

J. M. Pereda, El sabor de la tierruca, A. H. Clarke (ed.), Obras completas, Santander, Tantín, t. 5, 1993, p. 314. (N. del A.)



 

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Miquel y Badía, Diario de Barcelona (15-7-1882). También como aspecto positivo de la novela valora la pintura diferenciadora de los paisajes y cuadros de la Montaña una reseña de Antonio Balbín de Unquera: «De cada una de sus obras estamos tentados á decir que es un cuadro completo de las costumbres de la montaña; [...] Allí, por fortuna, hay algo que estudiar que á otras regiones no se parezca, ya que en otras provincias todo es amanerado y pretencioso, y todo igual á lo de todas partes» (en: La Ilustración cantábrica, 18-7-1882). Respecto al pintoresquismo, García Romero indica: «Hoy en día nadie como Pereda sabe dar a la novela eso que se llama el color local», «Cartas a mi primo. Quinta. Con ocasión del último libro de Pereda», en: Revista de Madrid 12 (junio de 1882), t. 3, p. 568. (N. del A.)



 

518

Montesinos, quien calificó como bucólica e idílica la novela, indicó que en ella «El encanto de la vida rural, que es plena vida porque es felicidad, frente al dramatismo desconsolador que agita las grandes urbes, posee por completo el alma de Pereda». Pereda o la novela idilio, Madrid, Castalia, 1969, p. 117. (N. del A.)



 

519

La derrota era una costumbre en las aldeas montañesas, costumbre que consistía en soltar los ganados para que paciesen las heredades en los meses de invierno, previo acuerdo de los vecinos del pueblo en las reuniones del concejo, tal como explica el narrador perediano al comienzo del capítulo XVII de la novela. Ver García Lomas, A., El lenguaje popular de la Cantabria Montañesa, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1966. (N. del A.)