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Aguafuertes uruguayas [Selección]

Roberto Arlt






ArribaAbajoYa lejos1

¡Oh, querido papel blanco! ¡Querida máquina de escribir! Yo que siempre broncaba de tener que llenarte, hoja blanca, ahora te agarro como mi salvación. Sos el único medio por el cual me puedo comunicar con Buenos Aires; sos la única intermediaria entre los lectores y yo.

¡Cómo te extraño, Buenos Aires! Hace apenas 24 horas que me he rajado de tu perímetro y ya el corazón extraña la querencia. Si así es lindo viajar ¡qué viajen los otros!


Este Montevideo

Este Montevideo es una rara mezcla de Buenos Aires, de Rosario, de Córdoba, de Paseo de Julio. Un poco de todo, con calles que bajan y suben, con ómnibus y tranvías colorados y buzones amarillos y carteles antiguos. Esos letreros que aún se encuentran en la calle 25 de Mayo y Reconquista. Se camina distraído y, de pronto, lo azul del mar: un azul de color ceniza. Las calles están llenas todavía de serpentinas y papel picado. Hay una imitación del abominable Pasaje Barolo, que sería el Pasaje Barolo de Montevideo; y en la Plaza Independencia, como ha lloviznado todo el día, el tremendo caballo que monta Artigas babea gotas de agua. Y el matungo parece que está vivo.

Se ven pocas mujeres por la calle. Pero las pocas son buenas mozas y bien plantadas. He visto a un malandra que acompañaba a su dama con aire de perdonavidas. Él, mulatazo y aguileño; ella, color de cebo y vestida de seda; y un bochinche singular, ruido de voces, de cometas de autos, de silbidos del puerto llenan estas calles donde, a cada momento, se encuentran soldados armados de carabina.

Camino por la calle Buenos Aires, que es una cortada rara, con teatros, con casas de préstamos, es decir, que aquí, como en todas partes del mundo, hay también usureros. Me meto en un café y tomo un pocilio que cuesta seis centésimos. Estos seis centésimos equivalen a unos quince centavos de nuestra moneda.

Al entrar el «Asturias» al puerto, un uruguayo que viajaba en él me ha mostrado el Cerro, que no me parece que tiene nada de extraordinario. Luego me he tirado en una hamaca y con los ojos entrecerrados dejé venir hasta mí la visión de la ciudad dentellada, violácea, en curva sobre el río verde amarillo.




Recomendaciones

Traía tres recomendaciones. Miré la dirección de una y vi que era para el director de una revista. Tomé la calle indicada y me acerqué al semanario. Por una vidriera pintada de verde botella, como las de agua lavandina, divisé un interior sórdido de cocina comercial; algunas muchachas trabajando inclinadas sobre las máquinas; dos tíos con caras de perro, discutiendo de negocios junto a una rejilla, y entonces, desanimado, he tomado las tres cartas de recomendación y las he hecho pedazos.




Soledad

La única verdad es esta. Donde uno vaya se sentirá solo. Si usted cree que los viajes pueden influir en su ánimo y convertirlo en otro, está equivocado. Por el contrario; viajar quiere decir ponerse en contacto con gente desconocida que no tendrá ningún interés en conocer a usted ni usted a ellos.

Me inclino a creer que en esto de los viajes hay mucho de engrupimiento; que la gente se ha limitado a repetir hasta la fecha lo que había oído decir a sus prójimos, y como la mayoría no puede viajar ni en tren, ¡qué diablos! ha tragado la píldora y ha creído en la eficacia espiritual de los viajes.

¿O es que habrá que tener un espíritu especial para viajar? Una falta de sensibilidad. Porque lo primero que se le ocurre a uno que anda forastero es pensar en la vida que la gente hace allí, donde él es un extraño. E inmediatamente, a consecuencia de esta reflexión, añora lo que ha dejado.

Huysmans, en su novela Al revés, tiene un magnífico episodio. El protagonista de su novela resuelve irse a Londres. Prepara sus valijas, se dirige al puerto, tiene que esperar dos horas la llegada del barco y entonces entra a una taberna inglesa. El decorado, como los artículos que allí se venden, así como los clientes, son de pura cepa inglesa; y nuestro hombre pasa dos horas arrepatingado en un sillón experimentando las mismas emociones como si se encontrara en Inglaterra.

Y de pronto, el personaje se dice:

¿Para qué diablos voy a ir a Londres, si ya he experimentado las mismas emociones que si me encontrara allí? Y cargando en un coche sus baúles, maleta, sombrereras, etc., etc., regresa a su casa, entre el asombro de su viejo criado, que piensa: «Mi patrón está loco».

Claro; para mí, que estoy tentado de volver a Buenos Aires mañana mismo, el personaje de Huysmans no está loco. El objeto de un viaje es recibir una emoción. Recibida esta, el resto no interesa. Los viajes me parece que en esto se parecerían a las mujeres. Cada mujer tiene en un momento de su vida un gesto definitivo y característico. Los otros gestos son inferiores a estos, y así el que más valoramos es aquel. ¿No será lo mismo con los viajes? De estos interesaría una emoción; las otras, son inferiores o secundarias.






ArribaAbajoLa calle del pecado2

¿Recuerdan ustedes la película titulada La calle del pecado, donde trabaja Emil Jannings? Bueno, Montevideo tiene también su calle del pecado y es la llamada Yerbal, que ahora la piqueta de los obreros municipales está demoliendo. Y la calle de la película donde trabaja Emil Jannings no es más siniestra que Yerbal; una cortada a pocos metros del río, entre callejones torcidos que pronto desaparecerán.


Colorido

Dejémonos de aspavientos ridículos y describámosla, tal cual es. Doy mi palabra de honor de no pasarme ni decir inconveniencias.

Fachadas pintadas de amarillo, rojo de ladrillo, verde de mar, azul de lejía, borra de vino. Aberturas en los segundos pisos sin balcones. Faroles, puertas bajas bermejas, bodegones inmundos; ropas tendidas en terrazas cargadas de montones de basura; y hombres, puñados, racimos de hombres, que van y vienen como en nuestro paseo de Julio de hace quince años.

La calle, adoquinada con lascas, está recorrida de un arroyo de agua sucia. En mitad de la cuadra hay puestos ambulantes de vendedores de naranjas y sandías. Los lustrabotas aguardan clientes, sentados a la orilla de los cordones y puertas; puertecitas chicas de cada acera que cierran y abren furtivas manos.

En las entradas de los bodegones, mulatos borrachos con camisas de punto, como las de los marineros, ocupan la vereda en tambaleante rueda que alarga vasos de guindado con las manos.

Pasan viejas horribles, como las que describe Rojas en La Celestina. Viejas con una pollera negra y una bata rosa suelta hasta las rodillas. Pasan tenebrosas con una cesta en la mano, el cogote gordo, el testuz embutido en una gorra marítima; pasan maleantes, sujetos flacos, estriada la jeta de cuchilladas, gorra, pañuelo sobre la camiseta calada, del brazo de una mulata resplandeciente de seda. Una puerta se abre y se cierra; el maleante, contoneándose de hombros, sigue el camino y se hunde en un boliche, a jugar a los naipes.

Si se mira a lo alto, se ven por los rectángulos que constituyen las ventanas, morconas peinándose con los brazos al aire. Luego, el paso de las viejas imposibles, con la nariz de gancho, el mentón levantado, los ojillos escudriñadores y una cesta en la mano.

En algunas ventanas se distinguen luces encendidas; en otras, dos mujeres espatarradas tomando mate y haciendo señales, y un murmullo de colmenar revienta en la calle poblada de todas las cataduras del universo: turcos con las patas descalzas, peones de alpargatas y bombacha, checoeslovacos de cabezas rubias, sombrero deformado y cogiéndose de las manos, como si temieran perderse.

A lo lejos, el río ondula su masa color piel de león.




Lo siniestro

Las calles transversales se tuercen como viborones grises. Hay un edificio inmenso como un cuartel, con una reja de penitenciaría y un bar en su interior, con pinturas alegóricas y crudas. Una pésima victrola inunda la calle de música extranjera, y en las fachadas pintadas de amarillo, de rojo ladrillo, verde mar, azul de lejía, borra de vino, con sus zaguancitos obturados de puertas pequeñas vidriadas de cristales japoneses, pone un color, no de alegría mediterránea, sino de gusanera humana. Un hedor de polvo de arroz barato flota en el aire, mientras que de los «bares» se escapan hedores de carne frita en sebo de caballo y relentes de vino agrio.

Esta es la calle del pobre y miserable y triste pecado. La calle cosmopolita, de paredes leprosas, de techados con chimeneas antiguas. Los pies tropiezan con cáscaras de sandías y naranjas rechupadas; se oyen voces que gritan precios y entre los racimos de hombres desfachatados, sucios a más no poder, pasean canastas cargadas de tortas cubiertas de azúcar quemado, perdularios italianos y gallegos.

Hay una alegría resonante y chillona, falsa y lúgubre al mismo tiempo.

He visto hombres de color, negros motudos, sentados tristemente a la orilla de la vereda, con una copa de guindado rojo en la mano; mulatas sebáceas como toneles de grasa, echar cubos de agua a la calzada, mientras que salta asustado un marinero y se ríen a gritos, con un coro de malas palabras, cofradías de borrachos, carreteros y vagos, todos iguales con sus caras de indios, su hongo deformado, sus bombachas apretadas junto al empeine de la alpargata.

En los cortes aparecen edificios medio demolidos. En un descampado hay un refugio de atorrantes. Resuena un fru-fru de seda, y grandes voces saludan el paso de una inquilina del barrio. Luego pasa una vieja, con pollera violeta y batón rosa y la cabeza envuelta en una pañoleta verde. Entra con una cestita a un bodegón y la distancia se alarga más triste en un cruce de calle donde pone su severa arquitectura el alto edificio de un templo británico.






ArribaLa calle Gracia3

No hay como comerse un buen par de chinchulines después de contemplar un paisaje poético, y mandarse a bodega un vaso de vino. Chinchulines, vino y paisaje lo espiritualizan a uno de tal manera que puede escribir todo lo que quiera y aun más.

Siguiendo este precepto he entrado a un bodegón de Villa del Cerro, he morfado a gusto relojeando los corderos, las cabras y los chanchos que daban vuelta entre las piedras del monte, y luego me he venido para la Asociación Cristiana donde diariamente hago un razonable consumo de papel acaparando la máquina de escribir, motivo de que un muchacho seminegro que atiende en el mostrador me mire con espanto, pues él no se explica que escriba «cartas» tan kilométricas. En síntesis, he visitado hace días, el cerro de Montevideo que es una preciosura y la fortaleza que no vale un pepino, con sus cañones del tiempo de Ñauquín y su desconsolador aspecto.

Bueno, el caso es que yo me imaginaba encontrarme con una especie de antigua fortaleza europea, y ya me decía mientras iba en camino:

Le voy a parar la mula a mis lectores. Les voy a asombrar con la descripción del fuerte uruguayo. Pero me ha fracasado el negocio por un lado, y ustedes han ganado por otro.




Villa del Cerro

Se cruzan cerca de dos leguas de mar, para ir a Villa del Cerro. El viaje es lo único barato que he descubierto en Montevideo. Vale cinco centésimos o sea doce centavos argentinos.

El lanchón hoy cruzaba entre pescados flotantes. En los primeros momentos yo miraba estupefacto los bicharracos estos tirados panza al sol y me decía si era posible que aquí en el Uruguay, hasta los peces se tiraran a muerto siguiendo el ejemplo de sus legítimos patrones, cuando un señor que viajaba a mi lado me dijo que esos peces habían muerto al pasar del agua dulce al agua salada, y efectivamente, por donde se mirara se veían esos cadáveres de plata zangoloteados por las ondas.

Después de veinte minutos de travesía llegamos a la otra orilla.

En la costa, dos hombres en patas calafateaban una lancha pintada de verde y negro; caminé cien metros y de pronto me encontré con la calle Grecia, asfaltada, mientras que sus transversales ondulaban grises subiendo hacia el cerro. De modo que si miraba hacia la derecha distinguía el mar y si a la izquierda, la colina verde, con casuchones de piedra en su declive, tanto que durante un momento tuve la impresión de encontrarme en Cosquín, en las sierras de Córdoba. Claro está, este es un Cosquín más lindo, más pintoresco. Desde las alturas el mar parece una fuente de plata, rodeada por una cresta de cajoncitos blancos y rojos, las casas, mientras que más lejos se distinguen alturas de tierra verde y los geométricos zig-zags de los muelles perpendiculares al agua azul.

Y lo que me llamó la atención fue esta calle Grecia, calle de paz provinciana, con puertas en las casas que, como las puertas de los conventos, tienen una rejecita diminuta de bronce, de modo que si se llama, antes de abrir le mirarán la cara y usted sólo distinguirá dos ojos que lo observan.

Eran las dos de la tarde. El sol caía a plomo y una merza de comerciantes fiacunes eructaban sentados en sus respectivos sillones, cada uno a la puerta de su boliche.

Otros, más cómodos, se habían recostado en el mármol que forma apoyamanos en las vidrieras, y desde allí con pacífica resignación contemplaban el río.

Seguí caminando y mi perplejidad creció cuando descubrí señoras ancianas, también, meditando sobre la inmortalidad del cangrejo, en el sillón que habían colocado junto al umbral de sus casas. Como estaba cansado de caminar me senté en el cordón de la vereda, pero mi gesto fue bien recibido porque nadie dijo nada.

Y así me he quedado un rato observando la flaca de esta calle. Por todas partes en las calles que van del río hacia la sierra, se ve gente que reposa. Esto me ha sugerido la idea de que deben estar cansados.

Cierto es que mi idea no es probada, pero encierra este gravísimo interrogante: ¿De que están cansados si no trabajan?

Porque aquí no trabaja nadie, todo el mundo se tira a muerto. Siempre han dicho que nuestros empleados nacionales son héroes y burros de carga por la actividad que tienen comparados con la flaca de los uruguayos. Ahora también me recuerda esa haraganería de algunos uruguayos que hay laburando en el diario.

Digo que aquí no trabaja ni trabajará nunca nadie. Lo más que hace la gente es conversar. Por donde se mira se ven personas bien y muy vestidas que hacen un extraordinario derroche de jarabe de pico.

Y cuando descansé lo suficientemente, me dirigí transversalmente hacia el Cerro.







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