«Sentía la cara inmovilizada por una máscara fría.
Incómodamente sentado, con las manos apretadas sobre el extremo de la mesa, frente a Benedicta, también en una postura rígida, ambos en el comedor, en esa hora del almuerzo que los unía siempre para hilvanar deshilachados pedazos de conversaciones.
Tan menuda Benedicta en su traje monacal, casi invisibles las arrugas a fuer de múltiples y finas, aguda la mirada de los ojillos que no necesitan cristales para descubrir una pelusa en lo alto de una cornucopia ni tampoco para leer los hechos policiales, con la piel morena aclarada por los polvos blancos y el pelo cano tirante en un moño sujeto por horquillas metálicas. Vejez que dejaba presentir la fuerza de una voluntad poderosa. -¿No se sirve? Siempre le han gustado los langostinos -dijo, buscando traerlo a la realidad del almuerzo. -¡Ah! Sí, pero es que no tengo ganas. Cruzó entonces Benedicta el servicio sobre la comida, su pie se apoyó en el timbre bajo la alfombra y, cuando apareció el mozo, con los ojos señaló los platos intocados. -El que yo no tenga ganas de comer no quiere decir que usted no coma -dijo por algo que le pareció un reflejo de buena educación. -Quizá... -lo miraba con los ojillos suspicaces-. ¿Tuvo visita, no? -Si lo sabe, ¿para qué lo pregunta? Tuve visita -se dio cuenta también de que los reflejos de la buena educación habían desaparecido. Avanzando el cuerpo, Benedicta quedó al borde de la silla. -¡Vaya! No creo que eso sea para hablar así, tan como que se fuera a enojar. -Estoy cansado -contestó disculpándose-. Si llega tarde y se levanta apenas después de echar un sueño. -Estoy cansando -repitió impaciente. El mozo continuaba cambiando platos, presentando el nuevo manjar...». |