1
Como nota curiosa he de decir que me he procurado recientemente un ejemplar de la obra completa: Goudin, Principia Philosophiae Aristotelicae ad mentem divi Thomae Aquinatis, 3 vols.
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Libre al fin, como de hecho me siento al copiar en 1835 mi manuscrito original, del hábito tempranamente adquirido y profundamente arraigado de la humildad ascética que considera un deber cristiano exagerar las faltas personales, me veo obligado a declarar que pocos fueron mis actos en aquellos años que ahora merecerían mi reprobación, y que aun aquellos que la pudieran merecer estaban rodeados de unas circunstancias que los excusaban en gran parte. Yo no me justifico a mí mismo delante de Dios, pero los hombres, tales como son, no tienen derecho a condenarme. Las circunstancias de mi vida eran muy duras y difíciles, pero sin embargo doy gracias a Dios de todo corazón porque su providencia veló sobre mí y me libró de cometer acciones que fueran después fuentes de remordimiento en mi ancianidad.
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Mucho me temo que los males de España han terminado completamente con mi Colegio. Hace cinco o seis años me enteré que sólo vivía en el edificio un Colegial que por cierto era descendiente directo de Pinzón, uno de los compañeros de Colón en el descubrimiento de América. Esta información se la debo a Mr. Washington Irving, que visitó al Sr. Pinzón mientras estaba de paso por Sevilla. Yo conocía al padre de este Colegial, que a su vez también había sido Colegial. (Nota de 1835.)
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La palabra beca debió venir a España procedente de Italia porque los Colegios españoles fueron creados a imitación de los de Bolonia. Me parece que la palabra becca debía significar bufanda, por lo que la beca debe ser la bufanda de un doctor, opinión que parece confirmar la presencia del guante blanco que de ella cuelga.
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El cargo de Rector se ejerce en rotación por los mismos Colegiales.
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La última carta que recibí de esta señora, incluida en una de mi madre, me llegó en 1815 estando yo en Oxford. Su nombre era Dolores Castañeda y pertenecía a una familia de la más alta nobleza sevillana.
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Los que lo consideren su deber (pero no de otra manera) han de leer la vida de Scipio de Ricci, obispo de Pistoya, en el original francés. Los padres católicos son completamente inexcusables si cierran los ojos a la evidencia contenida en esta obra. - He vuelto a leer todo lo que digo aquí en diciembre de 1840, estando gravemente enfermo y creyendo próxima la hora de mi muerte; y en estas circunstancias es mi deber declarar que no he exagerado nada. J. B. W.
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Siento verme obligado a tener que retirar mi agradecimiento hacia una persona de la que tengo suficiente fundamento para creer que fue uno de los falsos amigos de mi juventud. Su subsiguiente conducta me llevan al convencimiento de que aquella supuesta amabilidad nacía de motivos interesados e inmorales. Como era el que me seguía en el turno para el cargo de Rector, mi ausencia del Colegio lo convirtió automáticamente en Vicerrector. Sabía que el Colegio acababa de recibir una importante cantidad de dinero y, conocedor de mi pobre estado de salud, me mandó a toda prisa con mi familia y al propio tiempo se quedó con el dinero sin firmar ningún recibo, como sucede en España entre amigos, y jamás dio cuenta de él. Desgraciadamente este hecho no es nada extraño en su conducta. (Nota de 1840.)
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Esta palabra viene de Magister en referencia al oficio de predicar que corresponde al magistral.
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Consciente como soy de que es más difícil llegar a entender las costumbres que los idiomas extranjeros, creo conveniente decir algo más con respecto a la conducta del sacerdote V[ácquer] con mi familia. Estoy seguro que mis lectores ingleses no dejarán de sorprenderse al ver que mi hermana no descubrió la villanía del falso amigo a quien habíamos dado tantas muestras de intimidad, en el mismo momento en que tuvo suficientes pruebas para conocer sus intenciones. Los que no hayan vivido en España difícilmente se podrán formar una idea de las consecuencias que el establecido celibato del clero produce en los sentimientos de las personas más cumplidoras de sus deberes religiosos. En efecto, un hombre que a los veintiún años se ha sometido incautamente a la ley inflexible que lo condena al celibato perpetuo, puede, a pesar de sus esfuerzos, llegar a concebir una fuerte atracción hacia una joven a quien honra y respeta, y a quien propondría matrimonio si pasando por los riesgos y sacrificios que fueran necesarios, pudiera librarse de la tiranía de la ley eclesiástica que los magistrados civiles confirman con su poder. En estas circunstancias un hombre honesto intentará ocultar sus sentimientos y huir de aquella persona a quien su amor sólo puede causar daño. Pero supongamos que el sacerdote en cuestión carece del heroico sentido del deber que exige esta decisión, supongamos que incluso llega a manifestar su pasión sin esperanza. ¿Puede esta declaración ser considerada como un insulto? Quien ciertamente ofende a una mujer es el que teniendo libertad para casarse con ella busca únicamente su perdición, o quien le habla de amor cuando un previo compromiso solemne convierte este pretendido amor en un acto de la más abyecta traición. En cualquiera de estos casos una mujer modesta no dejará de sentirse arrastrada por sentimientos instintivos de resuelta indignación. Pero cuando se trata de un sacerdote católico -a no ser que sea un caso de abierto libertinaje- todo lo que se puede esperar de la virtud femenina es que se niegue firmemente y tome las precauciones más estrictas. Esto no es más que la consecuencia natural de la ley del celibato, una de las más inicuas prácticas católicas. Además, como para aumentar el daño y el peligro, los libros de moral abundan en invectivas contra cualquier palabra o hecho que pueda manchar la buena reputación de un miembro del clero, y los mismos sacerdotes en el confesonario son los consejeros de las mujeres que se encuentran en el terrible dilema de ver su virtud en peligro y sentir el temor de descubrir a un sacerdote al poner en práctica las medidas necesarias para acabar con sus importunidades. Pero no quiero detenerme más en este triste asunto aunque la pureza angelical de mi hermana, que sacrificó su vida en aras de las falsas ideas de perfección cristiana aceptadas por los católicos, me daría confianza para seguir adelante sin el menor miedo de mancharla con la más leve sospecha al descubrir los graves peligros a que están expuestas las mujeres españolas. La Iglesia de Roma, su clero alto y bajo, son plenamente conscientes de los peligros que comporta la ley del celibato y si la siguen manteniendo no es por ignorancia. Nada de lo que yo pueda decir será nuevo para ellos, y también estoy seguro de que nada será capaz de llevarlos a acabar de una vez con esta abundante fuente de inmoralidad. Si el gobierno español llegara a independizarse suficientemente de la influencia clerical, podría dictar una ley que permitiera a todos los españoles el casamiento, dejando a los clérigos la decisión personal de seguir o no seguir obedeciendo esta ley de la Iglesia.