Aventuras del Bachiller Trapaza
Alonso de Castillo Solórzano
[Nota preliminar: edición digital a partir de la edición de Zaragoza, Pedro Vergés, 1637, y cotejada con la edición crítica de Jacques Joset, Madrid, Cátedra, 1986, cuya consulta recomendamos. Hemos seguido, con respecto a esta última, un criterio menos conservador en la actualización de los términos que presentan una vacilación consonántica o vocálica.]
He visto este libro intitulado Aventuras del Bachiller Trapaza, por comisión del muy ilustre señor doctor D. Juan Domingo Briz, Prior y Canónigo de la Santa Angélica y Apostólica Iglesia del Pilar, primera Catedral de Zaragoza, Vicario General en ella y su diócesis, por el ilustrísimo Don Pedro Apaolaza, Arzobispo de Zaragoza, del Consejo de Su Majestad, etc. Nada contiene repugnante a nuestra Santa Fe ni buenas costumbres antes como lucido parto del ingenio y prendas del autor, en el lenguaje enseña al retórico, en la modestia al prudente, en la disposición al humanista, en la dulzura al divertido y, por esmalte, en la utilidad al cristiano. Por lo cual se le debe dar licencia para que salga a luz.
Dada en este Santuario del Pilar. Julio 22. 1635.
Doctor Pedro de Aguilón y Briz.
IMPRIMATUR
El Prior del Pilar, Vicario General.
Por comisión del excelentísimo señor Don Pedro Fajardo, Marqués de los Vélez, etc., Virrey y Capitán General en el Reino de Aragón, he visto este libro titulado Aventuras del Bachiller Trapaza, su autor, don Alonso de Castillo Solórzano. Y a más de no haber encontrado en él cosa contra las regalías de Su Majestad ni que desdiga de las buenas costumbres, he hallado envuelta en sus embustes y chistes tanta seriedad de verdadera doctrina que puede o reformar aquéllas, o instruillas, modo de enseñar no menos provechoso que apacible; como Grecia que redujo a cuentos y fábulas donosas lo más grave y serio de mejor filosofía.
Esto siento y que se le debe licenciar la impresión.
En Zaragoza, a 18 de octubre 1635.
D. Diego Amigo.
Don Felipe, por la gracia de Dios Rey de Castilla, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, etc.
Don Pedro Fajardo de Zúñiga y Requeséns, Marqués de los Vélez, de Molina y Martorell, Señor de las Baronías de Castelví de Rosans, Molín de Rey y otras en el Principado de Cataluña, Adelantado Mayor y Capitán General en el Reino de Murcia, Marquesado de Villena, Arcedianato de Alcaraz, Campo de Montiel, Sierra de Sigura, y sus partidos, Lugarteniente y Capitán General en el presente Reino de Aragón.
Por tenor de las presentes, de nuestra cierta ciencia, y por la real autoridad de que usamos, deliberadamente y consulta, en nombre de Su Majestad, damos licencia, permiso y facultad a don Alonso de Castillo Solórzano para que pueda imprimir y vender, y hacer imprimir y vender en el presente Reino de Aragón y en cualquiere parte dél un libro intitulado Las aventuras del Bachiller Trapaza, por cuanto tiene la misma licencia para imprimirlos del Ordinario desta ciudad y diócesis de Zaragoza, y que habiéndolos mandado reconocer, no se ha hallado en ellos cosa contra nuestra Santa Fe Católica. Por lo cual mandamos de parte de Su Majestad a cualesquiere ministros y oficiales suyos mayores y menores, y otras personas sujetas a nuestra jurisdición, constituidos y constituideros, que no pongan estorbo ni dificultad alguna en lo susodicho, al dicho Alonso de Castillo Solórzano o quien su poder tuviere; si demás de la ira e indignación de Su Majestad, en pena de mil florines de oro de Aragón de bienes del que lo contrario hiciere, exigideros y a sus reales cofres aplicaderos desean no incurrir. Y mandamos asimismo que la presente licencia se imprima en el principio de cada uno de dichos libros.
Datt. en Zaragoza, 26 de octubre de 1635.
El Marqués de
los Vélez
Adelantado
V. Mendoza.
Dñs Locumt. gñlis mandavit mihs Ioanni Perez de Hecho, vissa per Mendoza regentem.
Tiene V.S. tan granjeado el respeto y amor en las voluntades de todos con su generosa sangre, con su prudencia, afabilidad y agrado que, acrecentando el número, soy yo uno de los que manifiestan este debido respeto y afición, con la muestra que hago de uno y otra, en ofrecerle este pequeño volumen, si no digno en la esencia de él, al sujeto del dueño que deseo me patrocine, por lo menos acertado en la elección de su autor; pues si los escritores antiguos buscaron, para amparo de sus escritos y autoridad de sus obras, personas en quien concurriesen sangre, nobleza y claro ingenio, ¿en quién se hallan mejor que en V.S.? Pues su ilustrísima casa vemos, desde su antiguo origen, cuánto tiempo ha que honra este reino con ascendientes tan ilustres, que por sus muchos merecimientos granjearon las voluntades de los reyes para hacerles mercedes y favores, y tan señalados que entre ellos fue el uno el tener sus mismas armas y timbre por honroso blasón de su prosapia.
Su claro ingenio da por sí satisfacción bastante, pues siempre, acompañado de su prudencia, es el régimen de sus acciones, conque en todas acumula alabanzas y adquiere aplausos de cuantos le experimentan y conocen; y así, debo estar muy gozoso de ofrecer a los pies de V. S. este trabajo. No el título dél desmerece por lo faceto, que obras de este genio se han ofrecido a grandes príncipes y señores, y no las han desestimado por eso, antes admitídolas y honrádolas; que, si por la corteza manifiestan donaire, su fondo es dar advertimientos y doctrina para reformar vicios, como lo usaron los antiguos escribiendo fábulas.
Dígnese V. S. de recibir este servicio y de ampararle con su autoridad para que su autor, reconocido deste favor se aliente a tomar la pluma más bien cortada para emplearla en obras de mayores fondos, que consagre a sus plantas.
Guarde Dios a V. S. como deseo.
Servidor de
V.S.,
Don Alonso de Castillo Solórzano.
¿Qué importa, lector amigo, que yo me valga en este prólogo de los epítetos que dan los escriptores de libros en llamar a los que los leen píos, amables y bien intencionados, sin conocerlos, pareciéndoles que aquellas gratulaciones captan su benevolencia? Yo veo que en esto se cansan, pues si tienen lo que les atribuyen, sabrán usar de ello por su benignidad, y si les falta, no degenerarán de su condición.
Tú, lector, verás lo que tú quisieres en tu retiro o en la publicidad donde leas este trabajo; si le censurares, no te han de acusar por ello a la Inquisición, ni menos perjudicas la obra, pues no es corónica ni libro tocante a alguna ciencia, sino un discurso sobre la rota vida de un embustero, escrita con el fin de que se guarden de los tales, pues ficciones semejantes son avisos prevenidos a los daños que suceden.
Su autor te ruega no mires a la corteza dél, sino al fondo que tiene de aprovechar; suple sus faltas con tu cuerda de disimulación, para que se aliente a servirte con otro trabajo más a satisfación tuya. -Vale.
JESÚS MARÍA JOSEPH
Tiene la ilustre y antigua ciudad de Segovia entre los lugares de su dilatada jurisdición, al de Zamarramala, que dista media legua della; lugar muy conocido por las buenas natas que en él se hacen, conque adquiere por este regalo fama en las dos Castillas. Ésta fue patria del ridículo asunto deste libro, del héroe jocoso desta breve historia y del más solemne embustero que han conocido los hombres.
Para comenzar por su origen, a fuer de legal coronista y fiel escritor (porque no es razón que se callen los padres de tan memorable sujeto), tuvo este principio.
A la fama de lo bien que se labran los paños en Segovia (de cuyo trato hay ríquísimos mercaderes), acuden oficiales (necesarios para esto) de todas partes, entre los cuales vino de Tierra de Campos un pelaire, cuyo nombre era Pedro de la Trampa, mozo brioso, alentado, y que sabía tan bien jugar diestramente la espada y daga los días de fiesta como las dos cardas los de trabajo. En pocos días, dando muestras de su aliento y de su buen humor (que le tenía extremado), ganó las voluntades de muchos de su oficio, que se congregaban en la casa de un rico mercader. Era el gallo entre todos, el que componía las pendencias, el que como a oráculo era obedecido, de manera que así por esto como por lo bien cuidadosamente que asistía a trabajar, que era lo más importante, el mercader le estimaba y hacía de él más confianza que de todos, de modo que le hizo su capataz.
Entre las labradoras que acuden a Segovia de sus aldeas circunvecinas a vender lo que en ellas cultivan o crían para el regalo de los de la ciudad y provecho suyo, acudía los más de los días a casa del mercader Olalla una labradora de Zamarramala con frescas natas que traía a vender. Era la moza rolliza de carnes, alta de cuerpo, buena cara, y, sobre todo, mujer muy jovial y de más despejo que de aldea. Pasaba a la casa deste mercader, por donde los oficiales trabajaban en sus paños, y quien más solemnizaba su brío, su donaire y las partes de la moza, era nuestro Pedro de la Trampa, diciendo della muchas alabanzas, victoreándola con grandes voces, a cuya imitación todos sus compañeros hacían lo mismo.
No hay mujer, por humilde que sea, que, si ha nacido con razonable cara, no tenga por ella alguna vanidad que la dé presunción; ésta se fue aumentando en Olalla, aplaudida de los oficiales de la carda y celebrada en particular del capataz de todos ellos. No quiso pecar en desagradecida por no granjear nombre de ingrata.
Y así, viendo que Pedro era el polo por quien aquella máquina cardadora se gobernaba, era quien movía sus aplausos, quien comenzaba sus hipérboles, cobróle un poco de afición que le manifestó en traerle a escondidas de sus padres los días que venía a Segovia, tal vez natas y tal sabrosos requesones, que a hurtadillas de sus compañeros le daba; conque al mozo levantó los pensamientos para tratar de servirla con no pocas muestras de amor.
Era el padre de Olalla un labrador ya anciano; tenía su poca de hacienda en Zamarramala, y su ganado de que hacía las natas; no tenía más que otra hija menor que Olalla, que acudía con otra moza de servicio al beneficio de la leche, y Olalla era quien la vendía en Segovia. Llamábase este labrador Pascual Tramoya, antiguo linaje de aquel lugar, seguro de calumnias en lo limpio, por donde admiro que a las cosas de poca firmeza y menos seguridad se les den nombre de tramoyas, porque si de aquí se tomó la denominación, vino muy violenta.
Con la afición que Pedro de la Trampa y Olalla Tramoya se cobraron, yendo cada día en aumento, se vieron algunas veces tan a solas, que a Olalla le estuvo mal ser tan fácil con quien era el mismo atrevimiento, de suerte que volvió a casa de su padre con menos entereza que salió; sucesos que pasan cada día por quien estima poco el recato.
A las excusas que Olalla daba de su tardanza, siendo mal creídas de su padre, le respondía: «Hija, trapaza me parece ésta; trapaza es». Que éste era un usado bordoncillo en el viejo, a cada cosa que le parecía no llevar color de verdad, las faltas que hacía a la administración de los quesos, Olalla aumentó en las que bastaron a declarar un preñado de cuatro meses, que por ser visto de su padre, trató de averiguar el autor de aquella obra quién era. Encerró a su hija, apretóla en que le confesase quién la había quitado su honor por darle sucesor a la casa de los Tramoyas; y ella, temiendo su rigor, confesó el agresor de aquel delito con no poco empacho; que si así le tuviera al ruego de Pedro, no hubiera uniones de las Trampas y Tramoyas. Díjole el origen desta afición, dónde se había comenzado; y como el labrador fuese amigo del mercader, partióse luego a la ciudad y diole cuenta de la desgracia de su hija, pidiéndole que, en la mejor forma que viese, se tratase della con fin de casamiento, que él venía muy confiado en que, teniéndole a él de su parte, acabaría con que Pedro no rehusase el casarse con su hija, pues tan bien le estaba.
Llamó el mercader al mozo, encerróse con él a solas en su aposento, díjole cómo había sabido aquella afición y el efecto que había tenido, la queja del padre de Olalla, cómo venía en que se casase con su hija, y que de no lo hacer, estaba determinado de llevarlo por justicia.
No se turbó Pedro a lo que le dijo su amo; antes, con gentil despejo, negó no deberle nada a Olalla, a quien afirmaba no conocer en más particularidad que cuando venía a vender sus natas, que otro de sus compañeros habría hecho el daño que a él le atribuían.
De nuevo le rogó el mercader no rehusase cosa que le estaba tan bien como el casamiento de Olalla, afeándole el que negase una cosa que era tan pública entre sus compañeros como festejarla y ser regalado della, que él le ofrecía de su parte no faltarle jamás mientras viviese, y, además desto, ayudarle para su casamiento en todo cuanto pudiese por la afición grande que le había cobrado. Ninguna destas ofertas movieron en el pecho de Pedro para desdecirse de lo que había dicho.
El padre, que estaba oyendo todo esto en otro aposento más adentro de aquél, visto que Pedro negaba lo que tan sabido era, salió adonde estaban los dos, diciéndole al mercader:
-Señor, trapaza, trapaza es ésta; este hombre es el autor de la trapaza; la moza la confiesa; vuesa merced vea el modo que se debe tener para no trapacearme el honor.
Era el mercader buen cristiano y amigo antiguo dél Pascual Tramoya: veía que Olalla no eligiera a Pedro por autor de su preñado si hubiera otro delinquido en su fábrica. Dejó cerrado el pelaire en aquel aposento, y él y Pascual dieron cuenta al teniente de corte, y Pedro fue puesto en la cárcel «por enamoradito, que no por ladrón».
En muchos engendra aborrecimiento una mujer gozada, de esto tenemos muchos ejemplos, así en las historias divinas como en las humanas. Aborreció Pedro en tanta manera a quien antes aplaudía y celebraba que propuso de morir antes que ser su marido.
Fuese haciendo información destas aficiones y en pocos días se halló más que se buscaba, porque hubo testigos que los vieron juntos muchas veces hablarse a solas y aún más, que por la honestidad de la leyenda se calla. Con esto fue condenado nuestro Pedro de la Trampa a que no le valiese la que intentaba hacer con Olalla; y así le mandaron que se casase con ella y que, de no lo hacer, la dotase en una buena cantidad, que se le señaló; y en caso que todo faltase, fuese al charco de los atunes a servir a Su Majestad, al remo y sin sueldo por tiempo de seis años.
Mala cara le hizo a la notificación desta sentencia; dijo que la oía y que respondería a lo que se le mandaba. Ya él se temía desto que tocaba con las manos, y como mozo travieso había concertádose con otros presos de romper una noche la cárcel; teniendo instrumentos con qué hacerlo, parecióle que la ocasión le obligaba a acelerar lo concertado; y así, una noche, habiendo limado una reja alta, con no poco trabajo la dejaron arrimada, porque de día no se viese que estaba quitada. Llegó la noche y, teniendo cuerdas entre él y otros seis cómplices en desear la libertad (que el que menos sentencia tenía era Pedro, porque los más la tenían de muerte), trataron de descolgarse en el silencio de la noche.
No faltó quien desto diese aviso al alcaide de la cárcel, el cual quiso cogerlos en el hecho; y así previno gente para que los recibiese en la parte que se descolgasen. El primero que por fuerza le cupo salir fue a Pedro. Era mozo algo rollizo de carnes y pesado; y aunque ágilmente se descolgó, la cuerda no era tan fuerte como requería el peso que sustentaba; a la mitad del trecho se rompió, conque nuestro hombre dio en el suelo una mala caída, rompiéndose las dos piernas y un brazo; y fue tan grande el dolor que sintió, que comenzó a dar grandísimas voces quejándose. Acudió el alcaide y demás gente, así por la parte de afuera como dentro de la cárcel; por allá recibieron los delincuentes, por la calle vieron a Pedro con el destrozo de su cuerpo que se ha dicho. Pidió luego confesión; lleváronle a casa de un cirujano que caía cerca de allí, donde fue curado; confesáronle y, sabiendo el confesor por lo que estaba preso, le persuadió que cumpliese con la obligación que le debía a Olalla, porque Dios le diese salud.
Estaba tan fatigado, que antes de amanecer le dieron todos los sacramentos; y, venido el día, siendo avisado Pascual y su hija, vinieron a la ciudad, donde se desposaron delante del párroco y testigos. Esta boda tuvo el fin en mortuorio, porque a medio día murió Pedro, que como fue ofensor de quien tenía nombre de Tramoya, salióle tan mal la de su libertad que quebró como las demás tramoyas a costa suya.
Quedó Olalla viuda antes de velada y con la costa de hacer a su marido el entierro, que ella dio por bien empleado a trueque de quedar bien su honra. Fue el consuelo de su viudez un hijo que le nació a los nueve meses, y el hechizo de su anciano abuelo. Pusiéronle por nombre Hernando, que hijo de padres, uno Trampa en apellido y otro Tramoya, hubo contemplación que debía llamarse Trapaza, como cosa muy propincua a ser efecto de los dos apellidos; así le llamaron con este supuesto nombre mientras vivió.
Criábase Hernando como hijo de viuda y nieto único de abuelo, que con esto está dicho que no se criaba bien, pues el amor que a los tales se tiene es causa de que salgan con esta crianza voluntariosa y de condición. Con todo eso, el anciano a los cuatro años quiso que el nieto aprendiese las primeras letras; y así, para que fuese con comodidad de él, se mudó de Zamarramala a Segovia, donde en su arrabal tomó casa, dejando el cuidado del ganado a otra hija y a su yerno, que ya la había casado por no verse en otra como la de Olalla.
Desde niño comenzó Hernando a dar muestras de lo que había de ser cuando mayor, porque tal travesura de muchacho no se vio jamás: ninguno estaba seguro de él, porque a unos descalabraba, a otros hurtaba las meriendas, a otros tomaba las cartillas o libros en que leían, sin haber alguno de todos ellos que no tuviese queja de él y fuese a darla al maestro, el cual le castigaba severamente, pero no aprovechaba.
Aprendió brevemente a leer y escribir, porque con todas estas travesuras, el rato que ocupaba en las letras le aprovechaba más que a los otros por tener vivo ingenio. Con las travesuras que hacía se le confirmó a Hernando el nombre de Trapaza, que por donaire le habían puesto, y quedósele de tal manera que por otro ninguno era conocido sino por éste.
Viendo el abuelo de nuestro Hernando a su nieto con buen ingenio, le pareció que aprendiese la gramática en el estudio de la Compañía, la que con buena educación de aquellos padres (que en esto y en todo lo tocante a buena enseñanza se la ganan a todos), se prometía la enmienda del muchacho. No le costaron pocos azotes el ser travieso y el inquietar a sus compañeros a hacer burlas a otros, que fue severamente castigado de sus maestros. Inclinóse un poco al juego, cosa que aborrecen sumamente los padres de la Compañía en los discípulos que enseñan, porque es un vicio de que resultan otros muchos como se ha visto con experiencias, pues por jugar un tahúr, ¿qué no emprenderá para buscar dinero?
Hernando se dio a este vicio en el tiempo que acababa la gramática, y dolíanse los padres dél, porque había salido gallardo estudiante y grandísimo poeta, si bien los más versos latinos que hacía eran a imitación de los de Marcial, que con no le haber oído en su aula, porque no le leen, se había dado mucho a ello, saliendo gran marcialista sólo por hacer versos satíricos.
También los comenzó a hacer en romance con un buen natural, de manera que con él descubría que había de ser buen poeta si lo usaba; pero más cursaba en el libro de Juan Bolay que en los que le habían de hacer hombre.
Por demasiado de pernicioso e inquieto le echaron los padres de su estudio, aconsejando a su abuelo que tratase de tener mucha cuenta con él, que si usaba el ejercicio de los naipes se malograría un buen ingenio. Supo el abuelo cómo estaba suficiente para oír ciencia, y quiso que oyese cánones en Salamanca, atreviéndose al gasto que hiciese en aquella insigne Universidad, porque el viejo estaba rico del ganado que tenía y podía su bolsa sufrir este gasto. Díjole a su nieto el intento que tenía con estas razones:
-Hernando, ya tenéis quince años y más, en los cuales hubiérades dado buena cuenta deste tiempo, saliendo buen gramático si el vicio del juego no os distrayese. Atribúyolo a la poca experiencia que tenéis con tan poca edad. Yo deseo que continuéis los estudios, porque sería malograr un buen ingenio como el vuestro dejándole en este estado; y así será bien que, pues estáis suficiente para aprender ciencia, la vayáis a oír a Salamanca, adonde es mi voluntad que estéis con más porte que el que un humilde labrador puede sustentar. Esto quiero que me agradezcáis con sólo tratar de mudar de vida en cuanto al juego, porque las travesuras, ellas se os quitarán, conociendo en la parte en que habéis de asistir hijos de muchas madres; que si no procediéredes como debéis, hallaréis quien os sepa hacer lo que os ha de estar mal. El juego ha sido siempre destruición de la juventud y polilla de las haciendas. Vemos que por él muchas muy caudalosas han perecido juntamente con la opinión de sus poseedores, dando en mayores vicios. Quien conociere esto no hará bien en seguir lo que le ha de estar tan mal. Mi poca hacienda podrá sustentaros limitadamente en Salamanca, pero no con el divertimiento del juego, que a tanto no se estiende. Conociendo esto será bien que os ajustéis a tratar no más que de estudiar y valer por vuestro ingenio, que de más humildes principios que el vuestro hemos visto levantadas casas por las letras. Supuesto esto, será razón que en mis postreros años me deis buena vejez. Esta senda, si en los dos polos que he dicho se gobierna vuestro proceder, que es en estudiar con cuidado y en no jugar. Esto os baste para advertencia; que pues tenéis buen entendimiento, ya echaréis de ver que mis amonestaciones se enderezan a vuestras medras.
Oyó atentamente Hernando la plática de su anciano abuelo; prometióle de seguir sus provechosos documentos, enmendándose en el juego y aprovechándose en los estudios, conque se dispuso su partida para Salamanca antes que se llegase el tiempo de comenzar el curso, por prevenir posada y lo necesario.
Víspera de la Asunción de Nuestra Señora partió Hernando de la Trampa de Segovia, mudando el apellido de su padre por malsonante y olvidando el de la madre por lo mismo. Y así tomando el de Quiñones, sin licencia de la casa de los condes de Luna, se vistió deste apellido, y en una buena mula caminó a Salamanca. Diole el abuelo el dinero bastante para el medio curso, informado de personas que habían estado en aquella Universidad lo que costaba estar en ella con cama y posada, desde San Lucas hasta diez y ocho de abril. La madre no quiso dejar de dar su donativo a su hijo, y así, de lo que tenía ahuchado le dio cincuenta escudos y consejos de madre, que valen mucho y cuestan poco. Si nuestro licenciado los siguiera, juntamente con la instrucción del abuelo, mucho le valieran para sus estudios; pero al mismo paso que se iba alejando de su patria, se le alejó la memoria desto, y la juventud y mala inclinación del juego hicieron su oficio. Dos jornadas había andado, y en el fin de la tercera le cogió la noche en Villoria, lugar del conde de Ayala.
Hallóse en aquella villa en un mesón, en compañía de dos tratantes de ganado mayor, que eran obligados de dos carnicerías y iban a emplear su dinero en bueyes y vacas para el abasto dellas, llevando muy gentil dinero. El diablo es sutil, el dinero hacía cocos, y armóse un juego de pintas en el mesón, conque no hubo cuerdo a caballo.
Este fue el Lotos de nuestro flamante licenciado, porque con el brindis de una baraja no se acordó de los consejos de su abuelo; y así se dispuso a hacerles tercio en el juego. No eran los tratantes muy astutos en él, y hacíales ventaja nuestro Hernando, conque en menos de dos horas les ganó a los dos más de mil y quinientos escudos en oro y plata.
Dejóse de jugar, y ellos, viendo que un mozuelo les hubiese ganado mucha parte de su caudal, con que habían de conservar su trato y crédito, quisieron atribuir lo que fue ventura a destreza de flor; y así, encerrándose con él en un aposento, le dijeron:
-Señor galán, vuesa merced se ha valido hoy más que de su buena suerte, jugando con ventajas; desto se han visto muchas muestras, y la mayor es durarle la dicha tanto sin disminución. Bien pudiéramos dar cuenta a la justicia de lo mal que nos ha ganado nuestro dinero, mas no queremos hacerle daño. Lo que pretendemos es que vuesa merced dé este dinero que ha ganado, sabe Dios cómo, y se lleve para el camino cien escudos y lo demás nos lo devuelva, y esto sin altercar con nosotros razones ni contradecirnos; y mire que le estará mejor tomar lo que le ofrecemos en paz que no tener dudoso lo que le sacaremos por la guerra.
A otro de menos despejo que Hernando turbaran las razones de los perdidosos; mas él, que siempre tuvo buen despejo, no le faltando aquí, les dijo:
-Señores míos, yo he sabido perder y ganar muchos reales sin valerme de flor ninguna; y ahora que me veo fuera de mi patria, había de andar más cuerdo en esto, cuando su sospecha de vuesas mercedes fuera cierta, que no lo es, pues usar de mal trato con quien no conozco es ponerme a riesgo de una afrenta. La que vuesas mercedes me hacen en decirme que les he ganado con flor, sufro por verme solo y en parte que no tengo de la mía quien me ayude. Yo les he ganado a vuesas mercedes su dinero muy honradamente, y hallo que la fullería es la que vuesas mercedes me hacen queriendo quitármele, pues no hay mayor ventura que restaurar lo perdido cuando se puede con violencia y poder. Yo aceptara el partido que me ofrecen de haber incurrido en alguna flor; pero como no le he usado, les desengaño, que no le tengo de dar, véngame lo que me viniere.
Habían estado escuchando estas razones desde la puerta el mozo de mulas que traía Hernando (que era alentado y picado de valiente) y un hombre de armas, que también pasaba a Salamanca, y de allí a Ciudad Rodrigo, y viendo la superchería de los tratantes, no quisieron pasar por ella, y así, oyendo la última resolución del mancebo, entraron en el aposento, diciendo el hombre de armas:
-Este caballero ha ganado el dinero con limpias manos, habiéndole sido favorable la suerte; y si le fuera contraria perdiera el suyo; y así, vuesas mercedes no tienen razón de pedirle lo que es injusto. Él hace bien en no venir en lo que vuesas mercedes quieren, y yo estoy de su parte para lo que se le ofreciere y no le faltaré de su lado.
Acudió el mozo de mulas y dijo:
-Será mejor que vuesas mercedes escusen ruido, porque nos han de oír los sordos si emprenden que su intento tenga efecto.
Hubo algunas voces sobre esto, y casi estuvo el caso a riesgo de sacar las espadas.
Temieron los tratantes perderlo todo, que no eran muy de la hoja, y así se reportaron, ofreciendo la mitad del dinero al ganancioso.
Antes que él respondiese, tomó la mano el hombre de armas, diciendo que ni un maravedí se les había de volver; conque se retiraron cada uno a su alojamiento, y no tuvieron a poca suerte los de la pérdida el salir así de la cuestión, porque el defensor de Hernando atemorizaba con la vista, y estaba con mucha razón colérico, y el mozo de mulas no lo mostraba menos.
Los dos y Hernando se entraron en su aposento, y el licenciado agradeció al hombre de armas el favor que le había hecho y, en recompensa dél le dio (demás del barato que le había dado cuando era mirón del juego) treinta escudos, por haber acudido con tanto cuidado a su defensa y al mozo de mulas le dio veinte.
Durmió nuestro ganancioso poco aquella noche, discurriendo sobre qué era lo que haría de aquel dinero. Era vano y muy quimerista, y parecióle que debía de entrar en Salamanca con otro porte del que pensaba tener, pues la fortuna le había sido tan favorable. Y mudando de camino, volvióse atrás, yéndose a la noble Valladolid, adonde hizo hacer dos vestidos muy galanes de camino y compró también una vuelta de cadena; tomó un criado, y con nuevos bríos no quiso pasar plaza de Hernando de Quiñones, sino que añadió a esto un don que no le tenía de costa más que el ponérsele, y dijo ser un caballero de la casa de los Quiñones de León, si bien nacido en Canaria, donde tenía a su padre. Para desconocerse más, se puso antojos y comenzó a cecear un poco; desto no dio parte al mozo de mulas, porque en Segovia no lo publicase; mas, despedido dél y pagado en Salamanca, comenzó en este porte a tratarse. Anduvo por la ciudad algunos días vestido de camino, y, como era de buen talle, todos ponían los ojos en él, y del criado se informaban quién era.
Suelen los estudiantes que son de patrias lejos de Salamanca quedarse en ella por el tiempo de las vacaciones, y había en la ciudad algunos caballeros de varias partes, entre los cuales estaban dos de Méjico, cuyos padres gustaron de que viniesen a España a estudiar en Salamanca, y, acabados sus cursos, que pretendiesen dos becas de las de los Colegios Mayores para que de allí ascendiesen a más superiores puestos, como lo hacen los que llegan a éste. Éstos trabaron grande amistad con nuestro flamante don Hernando de Quiñones, por haber tomado posada cerca de la suya.
Portábanse los indianos pomposamente, como hijos de dos caballeros los más ricos de Méjico, con quien nuestro licenciado no podía competir, y para no descaer de la autoridad que había entablado, portábase cuerdamente con su ganado dinerillo, y esto le era freno para no tratar de jugar, poniéndose a riesgo de perderle y dar con todo en el lodo.
En cuanto a seguir los modos caballerescos, lo hizo nuestro joven tan bien con su buen despejo que, no le conociendo proceder de tan humilde gente, le tuviera cualquiera por un ilustre caballero procedido de otros tales. Era osadísimo y presto en los buenos dichos que tenía, conque presto le calificaron por un muy fino cortesano.
Siendo un día convidado de dos amigos para ir a una huerta a holgarse allá todo el día, se halló en esta holgura, donde se gastó (mientras duró una muy grande comida) muy buen humor, porque como toda era gente moza la que allí había, trataron de lo que la juventud pide, que son donairosos dichos y sazonados cuentos; desto hubo abundancia en la boca de nuestro don Hernando de Quiñones, conque se ganó las voluntades de todos. Divirtiéronse después por la huerta, y ya cuando se cansaron, retirándose otra vez a la casa della, se introdujo juego del hombre. No jugó nuestro licenciado, pero cuando el hombre se acabó y hubo unas pintillas, no se pudo abstener de no jugar a ellas, aventurando a perder doscientos reales en plata, que era lo que traía, y no más, porque jugar sobre la palabra estále mal a cualquier tahúr; jugaban dos genoveses, hombres ricos que tenían grueso trato en aquella ciudad y grandes correspondencias en su patria, en Milán, Venecia, Nápoles, Sicilia, Flandes, Francia y Alemania.
Al principio comenzóse de poco el juego, y en él tenía el héroe deste libro perdidas las tres partes del dinero que traía; mas volviéndose sobre sí, mudóse la suerte, y siéndole aún más favorable que con los tratantes, les tuvo en poco tiempo ganado tres mil escudos en oro y joyas; desquitáronsele de algo, mas con todo se acabó el juego con ganancia de más de dos mil escudos, todo en moneda. Dio muy grandes baratos, y volvieron con esto a la ciudad, muy contento el ganancioso de la buena suerte que había tenido.
Otros días le brindaron para jugar los mismos, mas él se disculpó dando bastantes excusas, con que se eximió de volverse a ver con ellos; y para obviar el jugar, cuando se veía con moneda para lucir todo aquel curso, mientras llegaba San Lucas, quiso hacer un viaje en forma de romería a Nuestra Señora de la Peña de Francia, que dista catorce leguas de Salamanca, santuario adonde toda aquella tierra acude con mucha devoción por los prodigiosos milagros que esta soberana señora hace cada día; previniéndose de galas, así él como su criado, tomó otro, y en tres mulas y la que llevaba el mozo que los servía, partieron de Salamanca un lunes por la mañana a los primeros de setiembre, porque a ocho que es la Natividad de la Emperatriz de los cielos, era su fiesta en aquel alto sitio.
En dos días llegaron a él, y siendo hospedados en buena parte de una grande hospedería que allí tienen los religiosos de Santo Domingo, entró en ella al tiempo que de otro aposento, cerca del que se le señaló, salía una dama acompañada de dos ancianos escuderos y de tres criadas que la seguían. Iba vestida de lama verde, guarnecido el vestido con muchos alamares bordados, capotillo y sombrero con plumas verdes y doradas. Cuando salió, no había puéstose un rebozo de un volante de plata con que cubría el rostro, de suerte que nuestro flamante caballero pudo verle muy a su gusto, admirando una singular hermosura que le dejó muy sin libertad.
Hízole una gran cortesía, a que le correspondió la dama con otra, poniendo en él los ojos y al mismo tiempo cubriéndose el rostro con el volante por no ser vista, aunque ya dejaba hecho el daño en el pobre joven, el cual quedó tan absorto con el impensado encuentro que no tuvo aliento para decirla nada, y así se quedó turbado a la puerta de su aposento, y la dama pasó a la iglesia, donde iba a oír misa.
Brevemente la siguió el nuevo rendido de su beldad, porque habiéndose limpiado el polvo del camino y quitádose las botas y las espuelas, se fue a la iglesia acompañado de sus criados. Vio a la puerta della uno de los ancianos escuderos que acompañaban a aquel serafín, al cual le preguntó quién era la dama, y él le dijo llamarse doña Antonia María de Monroy, hija de don Enrique de Monroy, caballero de Salamanca, de la familia más noble de aquella ciudad, cuyo padre había un año poco más que era muerto, y ella era heredera de un rico mayorazgo suyo.
-Pues, ¿cómo no se casa? -preguntó el aficionado mozo.
A eso dijo el escudero:
-Porque aún tiene edad para esperar a eso, porque mi señora desea que el que fuere su esposo concurran en él las partes que debe tener un perfecto caballero, pues su merced las tiene de tan perfecta dama.
-Así es -dijo don Fernando, alias Trapaza- que tal me ha parecido a mí.
No quiso saber más del escudero, conque entró en la iglesia, y buscando en ella a la dama, la vio sentada cerca del altar mayor, donde está la Virgen, porque allí se esperaba que saldría presto misa. Tomó asiento en un banco enfrente de la dama, y ella puso los ojos en él con alguna atención, no poco contento el galán de verse mirar, porque venía muy para ello, que llevaba un bizarro vestido de lama noguerada, muy cuajado de golpes de galones de oro que le hacían muy vistoso, aderezo de espada dorado con tahalí bordado, sombrero con plumas nogueradas y negras, y cabos negros y noguerados de jubón, medias y figas. Los dos criados iban de librea verde y parda, muy conformes y muy cerca de su amo, que la puntualidad de los intrusos a la caballería apetece esto.
Poco atento estuvo el galán a la misa por estarlo mucho a la dama, pesándole de que el rebozo le quitase gozar del bien que el descuido le dio; pero con todo, con los ojos le dio a entender lo bien que le parecía, por no apartarlos della en cuanto estuvo en su presencia.
Acabada la misa, y viendo todo lo que hay que ver en aquel devoto templo, la dama se salió a un llano que tiene el monasterio, donde a la festividad de aquel célebre santuario acuden de su comarca como a feria de todo género de oficiales; y así había tiendas de diversas mercancías, entre las cuales había dos de plateros que tenían en ellas muy curiosas y ricas joyas de oro y bien labradas piezas de plata. Llegóse a ellas la dama, y comenzaron a mostrarla algunas joyas que estuvo mirando con curiosidad.
A este tiempo llegó nuestro galán, y pareciéndole lance forzoso usar de una galantería con la dama, lo primero que tomó fue un Cupido con su arco y aljaba, vendado los ojos; era de diamantes, hecho con grande primor. Alabólo mucho y aprobó la dama su buen gusto, diciéndole era rica joya, pero costosa para quien de veras le admitía por huésped.
-Paréceme, señora -dijo el galán-, que experiencias os tendrán con ese escarmiento, pues sabéis el daño que este poderoso dios hace.
-Ninguna -dijo ella- tengo para haberle conocido, pero la noticia me hace sabidora de sus efectos.
-¡Quién pudiera decir eso! -dijo él. Que es tan presto en sus ejecuciones que no ha muchas horas que sé yo quién se vio libre y ahora no podrá decir eso, si bien por la causa se puede todo llevar.
-Sucesos son que avienen a los galanes -dijo ella-, pero más lo saben encarecer que sentir.
-Ésa es la mala opinión en que las damas nos tienen -dijo él-, y de que haya algunos de esa condición no lo niego; pero muchos que pasan por este rigor no dicen tanto como sufren, y yo soy uno déstos, que, por haber visto lo que ahora no se me concede, tendré muchos días que acordarme desta devota romería.
-Lástima es que en pecho devoto se haya atrevido a entrar el Amor -dijo ella-, porque no los busca así, antes muy dispuestos a que le reciban. Así lo estaríades vos, y esperando huésped, fuera muy desagradecido a no hacerse dueño de vuestro pecho.
-A saber yo -dijo él- que tal dicha me había de venir, desde que nací estuviera deseando afectuosamente el amor con tan divino objeto como el vuestro.
Sintió la dama que se le declarase; y así, lo que hizo fue hacerle una cortesía y volverle las espaldas, con cuya ausencia se halló el novel amante lastimadísimo, y más por no haber ofrecido la joya a aquella dama antes de haberla hablado, por presumir que entendería que su plática fue por excusar esta oferta; y así la compró luego, costándole doscientos escudos, que pagó de muy buena gana.
¿Quién duda que le clavaría el platero mejor que le estaban los diamantes en el oro, pues vendía aquella joya a persona que era ésta la primera que ponía en precio? Siguiendo fue a la dama, porque se hallaba mal sin tal vista. Ella dio su paseo por aquel llano, viendo todo lo que había en él, y después retiróse a la hospedería. Viendo esto, el galán se anticipó con mucho cuidado a recibirla cuando entraba en su aposento, y allí le dijo estas palabras:
-Aunque mi atrevimiento exceda de los términos que debo tener, el ser romería y tiempo de feria me da permisión a ofrecéroslas con esta niñería, si bien indigna dádiva a tal persona. Quien tan bien sabe lo que la ofrezco y conoce el huésped que le va, se sabrá muy bien guardar de sus tiros, aunque a mí me estaría mal tal recato cuando vivo con alguna esperanza de gozar mucho más de asiento el bien que aquí de paso.
Tomó la joya la dama, diciendo:
-Por las causas que prevenís, a la osadía permito por esta vez el tomar esto por ferias, con advertimiento de que no me prendaré sin haber visto muchas causas para hacerlo; esto por consejo de una amiga mía, bien acuchillada en lances de amor, y tomo por galantería el que publicáis por conocerme, que no podré ser causa de tal efecto.
Había ya informádose un escudero de uno de los criados de nuestro galán quién era, y sabido dél ser don Hernando de Quiñones, hijo segundo de un caballero de la Gran Canaria, poderosísimo, el cual seguía las letras en Salamanca. Y desde el poco tiempo que lo supo no le mostraba mala cara, porque no hay mujer que no estime ser querida y festejada; y así le habló tan apaciblemente y tomó la joya, con la cual se entró en su aposento.
No quiso entrar en el suyo el joven sin hacer buscar primero algún regalo que la enviar, que no fue dificultoso, pues encargándose dél el procurador del convento, a quien acudía todo cuanto pisaba el monte y ocupaba el aire, que habitaba en aquella sierra, le proveyó de conejos y perdices en abundancia; los labradores que acudían a la feria, de cabritos y otros regalos, conque la hizo un copioso presente que se pudo dar sin vergüenza de quedar corto.
Estimó la dama el regalo, y por un escudero suyo le rindió las gracias dél; conque pudo aquella tarde hacerle una visita el enamorado galán. En ella, con buen despejo, se declaró algo más, y ella no desestimó el ofrecimiento que la hizo de servirla; preguntóle cuándo era su partida, y díjole ser otro día después del de la fiesta. Llegóse este día, y pareciéndole que acompañarla por el camino era dar mucha nota, se adelantaba y la aguardaba donde había de comer y dormir, habiéndola hecho prevención de los mayores regalos que hallaba; esto sin verla en todo el camino, conque la fue obligando de manera que en la dama despertó una inclinación que casi iba caminando a ser amor, y lo fuera si, enterada por otra relación, viera conformidad con la que había hecho el criado. Remitíalo para Salamanca, y así pasó por sus jornadas bien regalada, hasta llegar a su patria.
A la entrada de la ciudad se manifestó su amante precursor y de nuevo le dio las gracias de su cortejo y finezas, prometiéndole, a importunación suya, que le avisaría cuando hubiese ocasión para visitarla, porque ésta no la había todas veces, por tener deudos principales a quien debía guardar respeto; conque se despidió el galán muy contento y con muy verdes esperanzas de ser favorecido de la dama. Tal fue la vanidad deste Ícaro segoviano: querer volar con débiles alas a esfera que le había de causar precipicios.
Desde aquel día comenzó a servir a esta dama con grande secreto, acudiendo también a regalarla.
De nuevo hizo información ella de quién era el fingido caballero y halló la misma que le hizo el criado a su escudero por haber corrido así la voz en Salamanca. En todas aquellas vacaciones se dio nuestro amante un lindo verde de caballería, acompañándose con lo más granado de la ciudad y no dejando perder ocasión alguna en que saliese doña Antonia María sin seguirla. Esto con grande disimulación, de modo que tuvo suerte esta señora en que fuese servida con tanto recato y disimulación, cosa muy poco usada en estos tiempos.
Atrevióse el cuidadoso amante a escribirla y a hacer negociación, como uno de sus escuderos la diese el papel, argentóle de prosa muy culta y crespa, imploró auxilio de su pena, significóla bastantemente, mas sirvió de poco, porque no tuvo respuesta déste ni de otros que le siguieron por la misma estafeta. Eran bien admitidos, pero no para tener respuesta dellos; juzgó a demasiado recato lo que debía de ser entretenimiento, y así se determinó a pasearla de noche su calle.
Una entre otras, que era al principio de octubre, donde aún no habían hecho pausa los calores, sucedió estar la hermosa doña Antonia a un balcón de su casa, gozando del fresco y entreteniéndose con una arpa, a cuyo son, después de haber hecho algunas diferencias en ella, mostrando su destreza, cantó este romance:
| La prisión de un jilguerillo | |||
| dilatan redes menudas, | |||
| adonde sin libertad | |||
| llega a sentir su clausura. | |||
| Ni amor ni celos le afligen, | |||
| que no son penas de burlas, | |||
| cuando en la prisión cantando | |||
| con esto las disimula. | |||
| Rompió Lisardo la jaula | |||
| que su libertad usurpa, | |||
| y dándosela ligero, | |||
| el aire peinan sus plumas. | |||
| Pajarillo que libre te miras | |||
| de prisiones de acero y marfil, | |||
| vuela, vuela, rompe los aires | |||
| y mira por ti, | |||
| que si vuelves a verte cautivo, | |||
| como yo, volverás a sentir. |
Acabó esta letra con sonorosos pasos de garganta, de modo que para el prendado amante que la escuchaba fue aumentar cadenas a su prisión, con aquella gracia más que en su adorado objeto conoció. Quiso festejarla una noche con darla una música, considerándola aficionada a esto, y así previno para allí a dos noches un músico a que escribió esta letra, que a una bien templada guitarra cantó, alabando la superior gracia que tenía en cantar, que también quiso que conociese que tenía él la del saber hacer versos, en que mostraba un fácil natural. Dijo, pues, el músico así, oyéndole la dama:
| La dulzura de tu canto, | |||
| las cuerdas de tu instrumento, | |||
| hechizos son de las almas, | |||
| prisiones son de los cuerpos. | |||
| Ocioso se mira el arco | |||
| del rapacillo de Venus | |||
| después que tu voz suave | |||
| es del oído recreo. | |||
| Que a lo airoso de sus fugas | |||
| y al donaire de sus quiebros, | |||
| no hay rebelde voluntad | |||
| sin rendirle vencimiento. | |||
| Quien ponderó que las plantas | |||
| movió con su voz Orfeo, | |||
| a oír la tuya divina | |||
| diera a su alma silencio. | |||
| Que es tan dulce y agradable | |||
| en lo sonoro y lo diestro, | |||
| que es suspensión de las aves, | |||
| calma de los elementos. | |||
| Poco desvelara a Ulises | |||
| poner en prueba su ingenio, | |||
| si de sirena tan bella | |||
| oyera dulces acentos. | |||
| Pues aunque viera el peligro, | |||
| empeñándose en el riesgo, | |||
| a costa de ser cautivo, | |||
| te diera oídos atentos. | |||
| Como cocodrilo llamas | |||
| con tu voz al pasajero, | |||
| que es su dulzura el halago | |||
| para intentar el empeño. | |||
| ¡Con qué suavidad encanta | |||
| lo blando de tu veneno! | |||
| ¿Quién vio daño tan gustoso?, | |||
| ¿Quién vio gusto tan acerbo? | |||
| La herida que el áspid hace | |||
| dicen que acaba durmiendo, | |||
| gustosa pena es tu voz, | |||
| pues que le imitas en esto. | |||
| Sin libertad un rendido, | |||
| Celia, te descubre el pecho. | |||
| para que pues fuiste el daño, | |||
| vengas a ser el remedio. |
Cantó este romance el músico muy a satisfación del que le llevaba, porque su voz era muy buena y su destreza muy grande.
Bien entendió la dama que el fingido caballero amante suyo le daba aquella música, y que así aquella letra como otras que con ellas se cantaron se habían hecho de propósito para ella, y hallábase obligada a sus muchas finezas, si bien imposibilitada a pagárselas, porque del año pasado había quedado prendada de un caballero de Segovia que la había galanteado todo el tiempo que duró el curso, y ahora le aguardaba que viniese por carta de aviso que tenía dél, que había ido a ver a sus padres y a su hermano mayor, que estaba muy enfermo días había, y éste le envió a llamar.
Llamábase este caballero D. Enrique de Contreras, noble apellido en la antigua ciudad de Segovia; era hijo segundo de la casa de D. Gutierre de Contreras, su padre, y esto le obligaba a estudiar. A éste favorecía la hermosa doña Antonia, muy pagada dél, que a no haber esto de por medio, tantas finezas había hecho nuestro supuesto caballero, que titubeara el edificio, engañada la dama con lo que publicaba la voz de Salamanca de la fingida nobleza de este amante.
Llegóse el día de San Lucas, y dos días después llegó a Salamanca D. Enrique, tan enamorado de su doña Antonia como había partido. Volviéronse a comunicar los dos amantes, conque nuestro licenciado fue puesto en olvido, de suerte que ni papel ni regalo fue admitido más en su casa. Antes le fue advertido que no se acordase más della si no quería que le fuese mal.
Perdía con esto el juicio, porque estaba muy enamorado, y con esta picazón del desdén de la dama, trató de investigar la causa que le apartaba de su gracia; pero por diligencias que en ello puso, ninguna alcanzó a saber el fondo del galanteo de su compatriota.
Algunas veces se encontraba con él en la calle, mas como su autoridad y antojos desmentían su bajo nacimiento, ni D. Enrique le conocía, ni él estaba tan descuidado en esto que se dejase conocer dél, pues le había de estar mal para la máquina que había levantado. Sólo de lo que trataba era pasear la calle de doña Antonia, darla músicas y intentar que leyese razones de sus papeles, cosa que desde la venida de don Enrique no pudo conseguir.
Viendo esto, le determinó su osadía a un empeño, de que salió muy mal, que fue querer saber de boca de la dama qué causa le obligaba al desdén que padecía; y así, un día, se fue acompañado de sus dos criados a su casa, y pidiendo licencia para visitarla, le fue concedida de la dama para desengañarle en ella de que no se cansase más en servirla. Entró a la pieza del estrado, y diera turbación a otro que no tuviera tanto despejo el verse en la presencia de tanta beldad. Diéronle silla, y habiendo preguntado por la salud a la dama y sabido della que la tenía buena, le dijo estas razones:
-Si amor, señora mía, no disculpase atrevimientos, yo había delinquido en éste de manera que era muy grande la pena que debía corresponder a él: él me ha forzado a pisar osadamente los umbrales de esta casa y a saber qué causa ha podido estorbar que mis castos deseos no prosigan con servicios, habiéndome puesto límite a mis pasos y advertimiento a mis peligros. En lo primero me recato por gusto vuestro, y también en lo segundo me refreno por lo propio, que si no, valor tengo para oponerme a los mayores riesgos que se ofrecieran, sabiendo ser gusto vuestro que os sirva. Esto me ha obligado a quererlo saber de vuestra boca, haciéndoos esta visita: merezca yo que me digáis lo que os pregunto, para que lo que me dijéredes sea difinitiva sentencia de mi muerte o aumento de mi vida.
Hizo aquí pausa, y la dama le respondió a sus razones desta manera:
-Es tan hidalgo el amor, señor don Fernando, que cuando se conoce fino en un sujeto, aunque sea humilde, no se desprecia de mujer ninguna, porque ser querida no sé que a nadie le pueda estar mal si ya no es que esto lleve intentos descaminados, como querer un inferior por este medio ascender a mayor estado, y que él iguale las calidades; algunas veces lo ha hecho con personas que por demasiada pasión han cerrado los ojos para no mirar a su sangre y han abierto la puerta a sólo su gusto que, después, se ha convertido en pena. Esto no lo hago símil a vuestra pretensión, pues vuestra calidad y finezas merecían, no el empleo de favorecerme, que es poco, sino más superior beldad, mayores partes y más riquezas. No las admito, porque hay causas que me obligan a no lo hacer; que quien tan cuerdo es como vos, habiendo oído mi salva, juzgará que es amor antiguo. No me puedo declarar más que esto; sólo os advierto que, no lo habiendo de por medio, no fuera desestimada vuestra voluntad.
En tanto que en estas pláticas estaban los dos, D. Enrique, amante desta dama, como habemos dicho, había llegado a su casa, y habiéndole dicho una criada, tercera de sus amores, que su ama estaba ocupada con una visita, quiso, receloso, saber quién era el que se la hacía. En breve tuvo relación de la calidad del visitante y de cómo era pretensor de aquella beldad, con el origen de su conocimiento y las finezas que sobre él había hecho.
Quiso D. Enrique conocerle, y entrándole la criada por otra puerta que venía a dar junto al estrado donde estaban los dos, pudo desde allí ver al flamante caballero, que acertó por su desgracia a estar sin anteojos, y al punto lo conoció. Y viendo que, con aquel embeleco que había fabricado, pretendía engañar así a la dama como a todos, irritado de la cólera, salió de donde estaba a la presencia de los dos y dijo a su dama:
-Vuesa merced, señora doña Antonia, ha vivido hasta ahora en un engaño, informada siniestramente deste embelecador que le habrá dicho ser un gran caballero, y con la osadía de desvergonzado se habría querido subir a mayores y engañar a quien no le conoce.
Vos, hombrecillo vil y bajo -dijo volviéndose a él-, ¿no sabéis que soy de Segovia, lugar donde nacisteis, y sois hijo de tan humildes padres que la mayor honra que tuvo el vuestro fue ser peraile, y vuestra madre vendernos natas de Zamarramala, su patria, lugar de pocas casas? Pues, ¿con qué fundamentos queréis en esta ciudad haceros caballero y ostentar nobleza? Si esta intención se enderezara a valer más, siendo humilde, conquistando con eso voluntades, pasáramos por ello; pero mostrar bríos, mentir nobleza y aficionaros de quien no merecéis ser lacayo de su casa es cosa para que se os castigue; y porque me está mal hacerlo en la presencia de quien estimo y quiero tanto, os dejo libre con advertimiento de dos cosas, de que vais avisado: la primera es que no paseéis esta calle, pena de que os matarán a palos los lacayos desta casa y los míos, y la segunda, que tengo de decir a la nobleza que en Salamanca estudia, que no sois don Hernando de Quiñones, caballero de Canaria, como habéis publicado, sino Hernando Trapaza, hijo de Pedro de la Trampa y de Olalla Tramoya.
Ya estaba en pie el cuitado Hernando, oyendo esto tan cortado de miedo que no tuvo esfuerzo para replicar en nada al enojado D. Enrique; y así, callando, tomó la puerta del aposento, escalera y la puerta de la casa, reventando de pena; halló allí a sus criados que conocieron su disgusto, y, sin hablarles palabra, se fue a su posada confuso y avergonzado. Bien pensaron sus criados que de algún disfavor o desprecio le procedía aquel disgusto; y así, como súbditos, callaron y le siguieron.
Lo primero que hizo en llegando a casa fue decir a uno dellos que le buscase luego otra posada en barrios apartados de las escuelas, donde él estuviese solo, porque unos días no determinaba ir a oír ninguna lición, que él la trasladaría en casa de sus cartapacios.
Obedeció el criado, y a la Puerta del Río le buscó una casa acomodada para su persona, adonde se pasaron aquella noche, mudando la ropa de ella luego.
Allí estaba triste y melancólico, sin hacer más que estarse en la cama lo más del día.
Don Enrique comenzó luego a publicar en escuelas el embeleco de su compatriota: de suerte que los que le tuvieron en predicamento de caballero deseaban verle para tratarle como a pícaro. Bien se temía él desto, y así se guardaba de verse en estos riesgos, en que había de peligrar más su fama y cobrarla de nuevo de embustero. Sólo sentía haber perdido ser amante de doña Antonia.
Don Enrique se casó dentro de pocos días con ella, porque viniéndole nueva de que su hermano mayor era muerto, siendo él el heredero del mayorazgo, dejó los hábitos de estudiante, y vistiéndose de seglar, en breve tiempo se vio esposo de aquella bizarra y hermosa dama, cosa que sintió mucho nuestro retirado Hernando. Lo que hacía era pasar su vida a solas, servido de sus criados, hasta que supieron el embuste de su amo: conque corridos de haber servido a otro peor que ellos, se despidieron avergonzados de su empleo.
Quedó sólo con su ama, a la cual encargó le buscase un muchacho que le sirviese; hízolo como le había menester. Era de quince años, el más agudo del orbe y el más entremetido que alecionaron bufones ni hipócritas. Entre las gracias que tenía era una ser el mayor fullero de la Europa. En breves días lo supo su amo, y en el encerramiento que tenía, no quiso perder el saber aquella habilidad; y así la aprendió, saliendo único en la fullería y diestro en toda flor, cosa que, para no ser engañados, aprenden algunos que después se valen della cuando necesitan de ventura.
Con haber salido tan diestro el amo, quiso con su criado (que se llamaba Domingo de Vargas y Varguillas ordinariamente) verse en algún juego.
Ofrecióse haberle en un mesón cerca de su posada, de aquéllos que están a la Puerta del Río, donde se hallaron unos hombres que habían vendido cantidad de carneros y habían hecho dellos mucho dinero.
No quiso acudir aquí nuestro licenciado con el hábito de estudiante, sino con un vestido de color, coleto de ante, sombrero valón, espada y daga de guardamano, valona caída, todo a lo soldado.
Desta manera entró muy casualmente en la posada al aposento donde jugaban los dos ganaderos y un clérigo forastero. Era el juego largo y de pintas, y jugaban los tres liberalmente. Estúvose un rato nuestro escolar viendo los toros desde afuera y, por lo que ya sabía de su criado Varguillas, vio cuán cándidos tahúres eran los que estaban en la palestra de Juan Bolay.
Entróse por un lado, abriendo un bolsillo en que tenía treinta doblones de a cuatro, con que hizo cebar los ojos de los tahúres.
Contólos primero y luego comenzó a parar de poco; perdió algunas suertes de industria, en que le ganarían cosa de doscientos reales y, fingiéndose picado, en la primera vez que le tocó tener el naipe pidió que le parasen largo: era ya dueño del armandijo, como dicen, y comenzó con su flor a hacer suertes y los tahúres a picarse, de suerte que en aquella encartada ganó lindo dinero.
Perdió el naipe y pasó a otro, conque se fue desde allí encendiendo el juego, que vino a durar hasta más de las dos de la noche, que se alzó Trapaza con ganancia de mil escudos en plata y oro. Con esto y haber dado barato a todos se fue a su posada, dejando a los tahúres abrasados y dando al diablo a quien le había abierto la puerta.
No faltó entre esta gente quien viese el juego y conociese al disfrazado estudiante; no se manifestó éste, porque estaba indiciado de ciertas travesuras en Salamanca y así andaba huyendo de la justicia. Fue siguiendo al ganancioso para saber su posada y reconocióla informándose de quién estaba en ella para hacer lo que después se sabrá.
Nuestro Hernando, contento como una pascua con la ganancia, se retiró a su posada con su criado Varguillas, a quien hizo el día siguiente un vestido de barato de lo que había ganado, premio merecido por haberle enseñado las flores con que se aprovechó.
Dejémosle en su retiro, cuidadoso de no salir adonde había de ser conocido por Trapaza, y no por don Hernando de Quiñones, mientras hablamos de una burla que se le trazaba.
Aquel estudiante fugitivo que vio escondida la ganancia del retirado Hernando convocó tres o cuatro gorrones de su profesión, y éstos a otros, y habiéndose llegado la Pascua de Navidad, en que desde su víspera hay vacaciones de estudio, hasta pasado el día de los Reyes, como entonces tratan los estudiantes de divertirse en algunas posadas, salieron algunos disfrazados con ridículos trajes y con ingeniosas letras que daban. Estos gorrones trazaron de hacer una máscara danzada con hachetas; era de ocho, que con lucidos vestidos de varios trajes y dos instrumentos que les tocaban, que eran vihuela y arpa, salieron a danzar a diferentes casas algunas noches, divirtiendo a la gente dellas, porque eran todos ligeros danzarines y diestros.
Una noche, que era la que tenían trazada para hacer su hecho contra nuestro Hernando, después de haber estado en algunas casas y danzado en ellas, a las doce de la noche vinieron a la posada del retirado estudiante.
Estaba entonces acostado, y así llamaron a su puerta. Salió Varguillas a ver quién llamaba; fuele dicho que una máscara venía a divertir al señor don Hernando de Quiñones. Respondió estar acostado y indispuesto y que no podía abrirles; mas ellos, dejándose de réplicas, con llaves maestras que siempre traían por ahorrar de estorbos, abrieron la puerta, entraron y volviéronla a cerrar. Con esto subieron hasta una sala correspondiente a una alcoba en que estaba la cama del señor que había de gozar de la fiesta. Alteróse mucho de ver aquella gente en su casa sin haberla abierto; pero como todos le hiciesen grandes cortesías, y después dellas, al son de los instrumentos danzasen más de media hora, fuese sosegando algo. No dejaron lazo por hacer, con mucho concierto, como si al mismo rey se hiciera aquella fiesta. Acabada, uno de los enmascarados se llegó a la cama y dijo al mirón:
-¿Qué le ha parecido a Vuesa Merced nuestra danza con que le hemos divertido?
Respondió él:
-Certifico a Vuesas Mercedes que es la más linda cosa que he visto en mi vida y que merecía haberla visto el gran monarca de las Españas, porque es cosa digna de tal presencia.
-Pues con esa aprobación -replicó el danzarín- y darnos Vuesa Merced todas las llaves de sus escritorios y cofres, nos daremos por premiados.
Alteróse sumamente el festejado; y queriendo resistir lo que le pidían, le dijeron:
-Esto ha de ser; Vuesa Merced no resista lo que le ha de estar bien hacer de gracia, si no quiere que le salga costosa la fiesta.
Temió en cuanto hombre a muchos que le amenazaban con la muerte y, por excusarla, dio de buena gana las llaves, conque en breve espacio le dejaron escritorio y arcas limpios de moneda y ropa, sin dejarle más que el jubón que tenía puesto. Y habiendo hecho a su placer líos de todo, con buen compás de pies se bajaron por la escalera y se fueron, dejándole cerrada la puerta, que no había necesidad dello, pues estaba la casa segura ya de ser robada.
No osó el pobre paciente dar un grito ni mover el labio para quejarse. De los dientes adentro eran las penas, viendo que le habían robado más de dos mil escudos en dineros y joyas, y todos sus vestidos, y dejádole en carnes, que no quedó sino solamente con cincuenta escudos que siempre traía pegados al jubón en un bolsillo de terciopelo carmesí.
Lo que aquella noche se lamentaron a tres voces Hernando, Varguillas y su ama, no es para decir. No tenían remedio; y así, de sus puertas adentro fueron tristes lamentaciones.
Alguna gente del barrio vio entrar la danza y salir, y luego oír las quejas del dolorido estudiante; y así, a la mañana publicaron el hurto, que llegó a oídos del alcalde mayor, el cual vino a hacer averiguación dél a la casa del perdidoso. No publicó tanto cómo había sido por no dejar abierta la puerta a preguntarle de dónde tenía tanto dinero: confesó haberle llevado cien escudos y sus vestidos y el modo con que se lo robaron. Quedóse sin ello, y aunque hicieron algunas diligencias, fueron sin fruto, porque los ladrones anduvieron tan cautos que supieron hacer su hecho muy bien y ocultar el dinero y todo lo demás, de manera que no se supo más del hurto.
Volvamos a nuestro pobre escolar, robado de su dinero y alhajas, apeado de su autoridad y dilatado por toda Salamanca entre aquéllos que le vieron en astillero de caballero, que no lo era, sino Hernando a secas; y si algún apellido le daban era el de Trapaza, como derivado de los dos de sus difuntos padres.
Estuvo, pues, algunos días lamentando su desdicha, acompañándole Varguillas, el cual, como oía decir que no era caballero, se le atrevió un día, y se lo dijo con lindo despejo, cosa que sintió mucho Hernando, y lo que pudo responderle fue:
-Mis deseos buenos fueron, Vargas; mi dicha no me ayudó. Y así, ya no quiero que de hoy en adelante seas mi criado, sino mi compañero; la autoridad vaya afuera; una bizarría bien se puede hacer, pero caer en el yerro... Desde mañana aparezco de gorrón en las Escuelas, suelto la presa a los donaires y me desfrunzo, que estaba opreso con la autoridad a que me había subido el más regocijado humor de España.
Cumplió su promesa, pues sacando de la ropería el día siguiente un vestido de gorrón y otro para Varguillas, se presentaron muy galanes en el patio de Escuelas, cosa que hizo muy grande novedad a los estudiantes que le conocían.
Con todos se comunicó luego y, curándose en salud, les dijo cómo había intentado hacer lo que muchos que se han salido con ello, que era introducirse a caballeros; pero que en él estaba violenta la autoridad y ya no podía más sufrirla.
Con esto les dijo tantos donaires, que por lo bufón regocijó la Escuela y granjeó muchas voluntades para adelante, quedando con el nombre del bachiller Trapaza desde aquel día, y así le llamaremos.
Era notablemente entremetido, el solicitador de los votos para las cátedras, el que daba los tratos a los nuevos que comienzan a cursar, el que cobraba las patentes, el que rotulaba a los catedráticos. Finalmente, el divertimiento de todos, pues con sus agudos dichos y sazonados donaires se llevó el primer lugar del gracejo y le podían venir a pidir instrucciones los confirmados bufones de la casa real para parecer menos fríos.
Sólo un despejo como el del sujeto desta historia se pudo atrever a quedarse en Salamanca en menor esfera de la en que se quiso introducir; pero, si no lo hiciera, ¿qué materia tuviera este volumen para llegar a crecer en provecho de los que tratan de divertirse?
Había llegado a Salamanca un barbero italiano que, desterrado de Madrid (donde al presente está la Corte del gran Felipe Cuarto, monarca de las Españas), se vino a esta ciudad. Era único en su facultad de quitar barbas y esmerábase sobre todos en la curiosidad, porque las aguas de olor que tenía eran muy finas y muchas, las lejías para la barba muy olorosas, los jabonetes muy suaves, la herramienta muy sutil y, sin esto, este era grande hombre de limpiar los dientes. Tenía consigo dos oficiales que acudían a afeitar a la gente ordinaria y a asistir en la tienda; y él sólo iba a las casas de caballeros conocidos, haciéndose pagar muy bien su curiosidad dellos.
Enfadó su presunción al bachiller Trapaza y al ver que tan interesado fuese el italiano; y así concertó con otros amigos gorrones de su humor que fingiesen haber venido un caballero indiano del Perú a estudiar en Salamanca (cuya persona quería él hacer) y que le llamaba para hacerle la barba.
Prevínose de unos lindos calzones y jubón de color, de una capa de grana con oro, de un bonete de cama muy fresco, con sus puntas, y a la casa de un ciudadano (que se aderezó con ricas colgaduras y cama para el propósito) fue llamado nuestro barbero, diciéndole antes quién era el que le llamaba y que en él tendría un lindo parroquiano.
Acudió con diligencia, llevándole su plata un criado y todo lo que era necesario para hacerle la barba; entró adonde le estaba Trapaza aguardando, y en la primera sala fue detenido de cuatro estudiantes que hacían papeles de criados aquel día. Quitóse la capa y aguardó a que saliese el caballero que esperaba, entreteniéndose con los estudiantes, a quien dio cuenta de las personas calificadas a quien afeitaba en la Corte, que, según iba diciendo, no había título ninguno a quien no hubiese sobarbado.
Todo lo estaba escuchando Trapaza y esto le daba mayores ganas para que saliese burlado de sus manos. Salió en la forma dicha a la sala y, haciéndole el italiano grandes sumisiones, como todos los de su nación las saben hacer (hablo de la gente humilde), ocupó una silla y mandó que le sacasen un peinador. Estaba ya prevenido, que se había buscado prestado, muy conforme a la persona que representaba Trapaza. Antes de ponérselo, le dijo con mucha gravedad:
-Maestro, ¿hase lavado las manos? Que yo soy muy asqueroso y deseo que en este ministerio me vengan muy limpios los maestros.
-Estoylo tanto -dijo el barbero- que esta mañana, sin haber hecho barba ninguna, me he lavado dos veces las manos para venir aquí.
-Veamos -dijo el socarrón.
Mostróselas, y él dijo:
-¡Jesús, Jesús! ¡Vade retro! ¡Lávese, lávese! ¡Hola! ¡Dadle al maestro recaudo para que se lave, no me llegue con esa basura al rostro!
Corrióse el italiano y le dijera algo, pero como le pretendía granjear para su tienda, no osó ni hizo más que obedecer. Ya los criados le tenían prevenida una fuente y un aguamanil de plata para que se lavase. Alzóse las vueltas, y, al recibir el agua, venía tan hirviendo que le escaldó las manos, de modo que comenzó a dar gritos.
-¿Qué es eso? -dijo Trapaza.
-Hanme abrasado -dijo el barbero- estos criados de vuesa merced con el agua que me han echado.
-Pues, ¿qué pensaba el rapista -dijo el socarrón-, que se había de lavar con agua fría quien ha menester mudar el pellejo para tocarme al rostro? Así se acostumbran lavar los barberos que me afeitan; y síguense de aquí dos provechos. El uno es que se mondan el cuero de las manos para tocarme con cuero nuevo, y el otro, que los ensayo por si fueren al purgatorio o al infierno, que ya habrán hecho algunas caravanas de penas.
Calló el barbero a todo esto, viendo que le estaba bien sufrir esta pena por el interés de hacer una barba que le había de ser bien pagada. Comenzó, pues, a hacérsela, y a cada rapadura quería que se lavase las manos. Hízolo muchas veces, y después de haberle cansado de mil impertinencias, desde las nueve de la mañana hasta las doce, cuando le tuvo hecho el pelo y la barba, que era poca, le limpió con mucha prolijidad los dientes, en que tardó otra hora larga, volviéndose a lavar las manos antes.
Después que hubo acabado su obra le mandó pagar; diole un criado un cuarto segoviano, poniéndosele disimuladamente en la mano. Tomólo el barbero pensando que era doblón en el tacto, que la fe de entender que un caballero que él juzgaba tan principal le hizo pensar era oro lo que era cobre.
Salió de casa y ya estaba prevenido lo que le había de suceder por poco confiado, porque como mirase la moneda que le habían dado y viese ser solamente un cuarto, presumió que el criado le hacía aquella burla, aprovechándose de lo que su amo le había mandado dar y que le salía cara, tras de haber trabajado cuatro horas largas y sacar de allí quemadas las manos.
Volvió, y subiendo a la sala, encontróse con el pagador de la barba y díjole:
-Señor galán, vuesa merced me ha dado por mi trabajo este cuarto: debe de haber sido yerro; suplícole que me dé lo que su dueño mandó darme.
El bellacón le respondió muy en sí:
-Señor maestro, lo que don Guacoldo, mi señor, le ha mandado dar, le di, y aquí no hay yerro ninguno.
-Pues, ¿cómo -replicó el barbero- a mí se me da un cuarto por una barba tan prolija como la que acabo de hacer?
Salió a este tiempo el señor Guacoldo y díjole muy airado:
-Sí, maestro, y aun os la he pagado muy bien, que yo no doy más que dos maravedís por cada vez que me afeitan. ¿Es poco que podáis tener en vuestra tienda puestas mis armas y, a título de ser mi barbero, ganar de comer, sino quererme llevar lo que a todos? A vos básteos la honra de hacerme la barba y ser mi rapista.
-Muy bien medraré con eso -dijo el barbero, comenzando a conocer la burla que se le hacía.
-¿Cómo?, ¿Cómo? -dijo don Guacoldo-. ¿Desacato contra mis barbas? ¡Hola, familia! ¡Salga este rapador punido de vuestras manos!
Apenas dijo esto cuando cuatro fornidos escolares gorrones sacaron de adentro una manta y, tendido en ella el pobre italiano, le comenzaron a hacer coger el fresco y, de camino, a que se comunicase con las vigas del techo.
Duró la fiesta media hora, con no pocas voces del paciente, o impaciente diremos mejor, y risa de los circunstantes.
Quedó tendido en la manta, y luego un bellacón de los cuatro dijo:
-Lástima es que se nos resfríe el señor cortapelos; yo voy por un bonete que tengo de cuando fui manteísta, para abrigarle.
Sacó luego uno tan mugriento que esto le bastara por castigo; pero untóle con trementina y encajósele hasta los ojos. Con eso y ponerle la capa y sombrero encima, le despidieron, yendo muy bien pagado con el bamboleo del manteamiento, cuya burla se divulgó luego por Salamanca, haciendo autor della al bachiller Trapaza, que por otro nombre llamaban don Guacoldo.
Era tan burlón nuestro bachiller Trapaza, que a cualquiera que él supiese que trataba desto, le andaba a buscar para hacerle alguna burla. Esto le sucedió con un compañero suyo, que antes que se manifestase Trapaza al mundo, era el que se llevaba la fama de hacer solemnes burlas en Salamanca.
Originóse una que le hizo de haber este licenciado escupido sangre todo un día y haber dicho que se sentía indispuesto. Viendo la ocasión como la podía esperar nuestro Trapaza, fuese al matadero con Varguillas, que le hizo cómplice en la burla. Allí cogieron sangre de carnero, la cantidad que bastaba para llenar della unas tripas de vaca; mezcláronla con una yerba que tenía propiedad de tener la sangre siempre líquida sin que se cuajase, aunque fuese en dos días. Llenas las tripas, se las pusieron encima del primer colchón de la cama del estudiante burlón, de manera que sola estaba la sábana de debajo; encima y de camino pusieron los cordeles de la cama en falso, desatados de su lugar.
Con esta prevención se vio con el achacoso licenciado, el cual todavía se quejaba de que escupía sangre. Díjole nuestro Trapaza:
-Vos hacéis mal en andar en pie con tan mal color y con este penoso achaque, y no os lo he querido decir hasta ahora por no daros pena, pero un amigo mío murió de eso mismo en menos de un cuarto de hora, por no querer hacer cama y curarse.
Era imaginativo el enfermo, y así, luego que oyó esto a Trapaza, tomó su consejo y díjole que se iba a acostar.
Era esto a las tres de la tarde, en un día muy festivo en Salamanca. Desnudóse y, al echarse en la cama, como los cordeles estaban en falso, hundióse, cayendo de golpe en ella, con cuyo peso él se asustó y las tripas reventaron, bañándose de sangre todo, la cual, como la viese, dijo en alta voz:
-¡Válgame Nuestra Señora, que he reventado!
Pidió a voces confesión, a que acudieron los de casa; vieron la mucha sangre esparcida por las sábanas y a él, certificando que había abiértosele un lado y que luego le trajesen un confesor.
Fue mucho la detenida risa en Trapaza y Varguillas no disparar y hacerle con esto sabidor de que aquélla era solemne burla; mas reportáronse y trataron de acudir a buscarle confesor, a lo menos a fingir que hacían esta piadosa diligencia, dando cuenta de la burla a los compañeros de la posada, que la celebraron mucho por ser todos interesados en ella, como burlados del paciente.
Algunos se quedaron con él exhortándole que hiciese actos de contrición, que él hacía muy de voluntad con arrepentimiento de sus culpas; éste, poniéndose las manos en los dos costados con mucha fuerza, pensando que por allí se le habían de salir las entrañas. Así le tuvieron más de una hora larga, y al cabo della hizo Varguillas que entraba de fuera y le dijo:
-Como hoy hay procesión general, no se halla un religioso en su convento, si no le sacamos de la procesión.
Pidió con nueva instancia que se le trajesen, no dejando de su presencia un devoto crucifijo, encomendándose muy de veras a él.
Un amigo suyo, que acertó a llegar a esta sazón, viéndole tan afligido y no sabiendo el engaño, acudió luego a llamar a un cirujano amigo suyo. Venido el maestro, le hizo revolver de un lado con mucho tiento y, alzándole la camisa, le miró con una luz y no le halló herida alguna; y presumiendo que el daño estaría en el otro costado, le miró también, pero hallóle sin lesión ninguna, si bien lleno de miedo.
Aseguróle que no tenía nada, conque se atrevió a hacerle levantar para ver de dónde procedía tanta sangre; y, alzando las sábanas, vieron el mondongo exprimido que tenía debajo, conque acabaron de desengañarse, que era célebre burla que le habían hecho, prohijándosela luego al bachiller Trapaza, como a sujeto que profesaba esto.
Grandísimo fue el sentimiento del burlado, y juró que no se iría alabando dello; y así, desde aquel día comenzó a trazarle cosa con que le sirviese de venganza.
Todos le daban trato de la burla, que había muy pocos en Salamanca que la ignorasen, y esto era dar más espuelas a vengarse de la que había calificado con nombre de injuria.
Las burlas de Trapaza le daban fama en Salamanca más que sus estudios, pues, llevado del aplauso que le hacían, trataba más de divertirse y desvelarse en dar un cómo que en estudiar un texto. Desdicha de los que no corresponden al cuidado con que sus padres les socorren para que valgan más, de lo que ellos hacen poco caso, tratando de sus divertimientos y no darles gusto.
Bien se pensaba el abuelo de Trapaza que su nieto era ya un Baldo y un Jasón, cuando él cuidaba poco de imitarles, bufonizando con los señores que asistían en aquel estudio, traveseando con sus iguales: todo era valentía, todo era juego y nada se estudiaba.
Andaba Trapaza muy alcanzado de dinero, porque al juego no le iba bien; los amigos se cansaban de prestarle; en cuanto a las estafas, no hacía herida que todos le tenían conocido. Con esto dio en arrimarse a un caballero andaluz, llamado don Lorenzo Antonio; era muy rico por la Iglesia, que tenía más de dos mil escudos de beneficios simples, que con todo llegarían a tres mil de renta.
Éste era mozo galán y con solas las primeras órdenes; acudía muy de ordinario a su casa Trapaza, y, como le tenía don Lorenzo por alentado, según corría fama en Salamanca, escogióle para su acompañante en un martelo que tenía, sirviendo a una dama de mucho porte en aquella ciudad, de quien estaba muy enamorado. Era de ella correspondido, más por los regalos que le hacía y dádivas que le daba que por su talle y persona, porque demás de ser muy corto de vista y obligarle eso a traer antojos, era tan pequeño que apenas salía del suelo: tanta era su pequeñez que era señalado por ella en Salamanca.
Era Trapaza el tercero de estos amores, quien llevaba los presentes, quien le acompañaba de noche y por quien se gobernaba en todo don Lorenzo, pues como acudiese a la casa de la dama muchas veces, enamoróse de una criada que tenía, de buena cara, llamada Estefanía, que también era tercera destos amores, y a dos coros andaba este amor. Concertáronse los sirvientes y trataron de cercenar los presentes al galán caballero; y así, de todo lo que él enviaba a su dama le quitaba la mitad. No se descubrió esto hasta un día que, habiendo don Lorenzo sacado una pieza entera de tabí de aguas azul a su dama, para que se hiciese un vestido, y de lo que sobrase unas enaguas guarnecidas con finos pasamanos de Milán, parecióle a Trapaza hacer una sangría a este presente, dejando de la pieza lo necesario para un vestido, y todo lo demás que quedaba aplicarlo para dádiva de la señora Estefanía. Comunicólo con ella y vino en que se quitase, como había ordenado su amante Trapaza, y así se hizo.
Comunicáronse después los amantes, y vínose a descubrir la sangría, que le estuvo muy mal para la salud de las enaguas. Apretó, pues, el caballero en que le había de volver el tabí Trapaza, y él declaró tenerlo Estefanía; por lo cual él cayó en desgracia de don Lorenzo para no entrar más en su casa y Estefanía salió de la de su ama.
Concertáronse los dos de vivir juntos, ya que habían sido expulsos por un delito. Tenía algunos reales Estefanía; tomó un cuarto de la casa, y con achaque de tomar puntos a medias y soletarlas, pasaba a la sombra del respeto de Trapaza, el cual se ofendió tanto de don Lorenzo, que le pareció no se vengaría dél si no le hacía una sátira. Púsolo por obra, y a la pequeñez de su cuerpo la escribió con buenas ganas de acertar; diósela a un músico de una compañía que entonces representaba en Salamanca, y en un día de comedia nueva, en que estaba el patio con mucha gente, la cantó.
Decía así:
| Hombrecillos, hombrecillos, | |||
| los de menguada estatura, | |||
| contra vuestra menudencia | |||
| se desacata mi musa. | |||
| Desprecios de los humanos, | |||
| escoria de las criaturas, | |||
| átomos de los vivientes, | |||
| y de los hombres granuja. | |||
| Quejándose están las almas | |||
| que vuestros cuerpos ocupan, | |||
| de que se toman alforzas | |||
| con tan estrecha clausura. | |||
| Hace la naturaleza | |||
| de todo pequeño burla, | |||
| pues le acomoda las barbas | |||
| tan cerca de la basura. | |||
| Su pincel, que forma grandes | |||
| también pequeños dibuja, | |||
| que así nacen de una tierra | |||
| los melones y las chufas. | |||
| Condenado está un pequeño, | |||
| aunque de ingenio presuma, | |||
| a ser hongo racional, | |||
| pues de varón tiene dudas. | |||
| Para buscar a uno déstos, | |||
| que le derribó su mula, | |||
| fue necesario acribarle | |||
| entre la arena menuda. | |||
| A su cama se ligaba | |||
| uno déstos, y era astucia, | |||
| porque le sacó una noche | |||
| por una oreja una pulga. | |||
| A un pigmeo que le ofende | |||
| un sastre en su casa busca, | |||
| mas él pudo en un dedal | |||
| tener su persona oculta. | |||
| Pasar puede aquesta gente, | |||
| que no embaraza ni abulta, | |||
| por ser de materia poca | |||
| entre sabandijas muchas. | |||
| Y quéjense los pequeños | |||
| de ser cortos de ventura, | |||
| pues naciendo para hombres, | |||
| se quedaron a ser chufas. |
Apenas acabó el último verso el músico cuando Trapaza, que estaba atento aguardando esta ocasión, dijo a voces disimulando la suya:
-¡Víctor, don Lorenzo, Antonio!
De nuevo se alborotó el patio con esto, mirando al caballero que estaba en un aposento oyendo la comedia, y fueron tantos los silbos de la gente de a pie, que se hubo de retirar adentro para que se acabase la comedia, que faltaba della una jornada.
Quedó el caballero picado y acudió al músico a saber, quien le confesó que el bachiller de Trapaza había sido el autor della.
Trató desde aquel día de vengarse dél, conociendo no haberla hecho menos que dirigida a su menguada persona, y valióse para esto del estudiante burlado, contrario de Trapaza, que se ofreció a darle dos cuchilladas, porque en lo de muerte no vino bien don Lorenzo, por si llegaba a ser sacerdote no tener que pedir dispensación.
No estaba Trapaza tan falto de amigos que luego no le diesen aviso de lo que se le trazaba y, aconsejándole que pues el curso se acababa de allí a un mes, se fuese y no pareciese donde le sucediese algún peligro.
Vio que le aconsejaban bien, y por no irse solo persuadió a Estefanía que le acompañase. Queríale bien la moza y no lo rehusó, con lo cual dejaron a Salamanca un sábado en la noche, tomando la derrota de Sevilla con el dinerillo que Estefanía tenía guardado.