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Bestia dañina [Fragmentos]

Marta Brunet





«Era interesante el viejo carpintero, recia figura hecha en músculos que los años iban enjutando. Sólo eso y blanquear los cabellos había, conseguido el tiempo, porque el cuerpo se alzaba de un firme trazo único. A hachazos parecía haber sido hecha la fisonomía resuelta, de empecinado: cuadrada la barbilla, filudas como aristas las quijadas, delgados los labios descoloridos, recta la nariz, horizontales casi las cejas, rectangular la frente amplia, cerrados de expresión los grandes ojos de iris gris acero que iban derechos en busca de la mirada del interlocutor. La voz acordaba con el resto: fría, sin modulaciones, lenta, iba buscando con tino las palabras que mejor tradujeran su pensamiento».



«Ni bonita ni fea, la novia. Pero extremadamente seductora con su frescura de manzana apetitosa y prieta, sin más belleza que los ojos negros, enormes y sombreados por tupidas pestañas crespas. Ojos de malicia que sabían mucho, que dejaban adivinar lo que sabían y que a su antojo cambiaban de expresión tornándose cándidos... A veces los ojos, alzándose, se posaban en don Santos y la malicia reía en las pupilas como diablillo maligno. A veces, luego de mirarlo, la boca se fruncía en mohín despectivo que después -al tocar sus manos el género de su rico traje- se tornaba en sonrisa complaciente y la sonrisa se hacía risa sonora al sentir como, sobre su cabeza, movía el viento la pluma del sombrero de lustrosa paja que la protegía del sol».



«El patrón es el señor omnipotente del cual se soporta todo sumisamente, aunque en lo hondo se lo reconozca injusto. Ese sentimiento es mudo. La primacía del señor sobre el inquilinaje la ejerce en la puebla el padre, el marido o el hermano mayor sobre el resto de la familia. Así como el padre lega al morir cuanto posee a sus descendientes, el montañés deja a los suyos el oficio que tuviera con algo que más aún semeja su idiosincrasia a la del señor de otros tiempos: es el hijo mayor quien lo sucede».



«Una lagartija asomó la cabeza chata por una hendidura del tronco y saliendo de su guarida, el animalejo corrió por el manzano hasta alcanzar un rayo de sol. Y se quedó muy quieta, verde la vestimenta que en el lomo se estriaba en oro, blanca la panza, de esmalte los ojillos vivaces que buscaban una mosca que almorzar. Con una lentitud silenciosa el Chincol -un muchacho- puso frente a la cabeza del bicho un junquillo terminado en un nudo corredizo. Hormigueaba el sol en el cuerpo del niño a fuerza de envolverlo con sus rayos ya oblicuos, porque avanzaba la tarde; pero el Chincol lo soportaba todo en el placer de la caza, esperando pacientemente que un movimiento de la lagartija la echara al dogal».







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