«Borraduras»: Estatua de arena
Luisa Valenzuela
La reunión tiene lugar todos los jueves a la mañana, y aunque el edificio parece de máxima seguridad por lo resguardado, el acceso al palier no se nos hace difícil porque cuando llegamos alrededor de las nueve y media el portero está siempre allí y nos abre la puerta de calle. La otra puerta, la del único departamento de planta baja, que es nuestro lugar de encuentro, permanece abierta hasta las diez menos cuarto. Eso nos obliga a ser puntuales. Somos un grupo de mujeres que nos reunimos allí para tomar conciencia, para tomar contacto, para tomar café e ir aprendiendo todas esas cosas interiores que me costaría revelar ante terceros. El hecho es que cuatro horas más tarde salimos, algo más esclarecidas, y Vita, la dueña de casa, nos abre la puerta de calle que en ausencia del portero ha quedado trancada a doble llave.
Esta rutina se viene repitiendo desde hace más de tres años y no reparamos en ella. Sólo prestamos atención al palier la vez que cambiaron toda la pared de cristal transparente que da a la calle por una más actual, hecha de un vidrio oscuro, tratado, que de dentro para fuera permite la visión pero que vista desde fuera es sólo un inmenso espejo. En aquél entonces protestamos entre nosotras: este cambio le quita luz al palier ya sombrío de por sí, dijimos, aludiendo a la vasta extensión de mármol travertino donde nadie nunca solía detenerse.
Digo solía, porque cierto jueves llegué casi sobre la hora y el portero no estaba frente a la puerta de vidrio espejada para abrírmela y por suerte -al menos eso creí entonces- noté que la cortina metálica del garaje subterráneo no estaba del todo baja y descendí por la rampa y me colé por ahí y encontré la puerta del ascensor destrabada y sin pensar siquiera en la ausencia de autos subí a la planta baja. A este mundo beige de mármoles travertinos y vidrios opacos y de puertas cerradas que ahora me circunda.
Porque el edificio parece abandonado. Pude irlo comprobando de a poco. Penosamente. Primero encontré cerrada la puerta del estudio de Vita, y nadie dentro: el timbre repicaba en el vacío. Después pude también saber de la ausencia de habitantes, piso por piso, gracias a una botonera de portero eléctrico que se encuentra del lado interior de la puerta de salida, por eso de la seguridad, ya que la puerta del ascensor no tiene picaporte, sólo una cerradura y quien no tenga la llave sólo puede abrirla desde dentro. La puerta hacia la escalera estaba también trabada, y ni hablemos de la puerta de calle.
Encerrada quedé entonces bajo múltiples llave, bajo diecisiete pisos vacíos.
Al principio traté de llamar la atención de la gente que pasaba por la calle, sin resultado alguno. No me pueden ver, no pueden oírme, y heme aquí unos metros más arriba que ellos tras espesos vidrios ambivalentes. Por mi parte tampoco oigo los ruidos que vienen de afuera, apenas unos como murmullos en sordina.
Por eso después de largo rato de apretar timbres inútiles, de gritar y golpear y gesticular al vacío (largá la voz, decimos en nuestras sesiones, exprésate con todo el cuerpo, insistimos), decidí sentarme en el piso a esperar.
Alguien tendrá que venir tarde o temprano.
El leve olor a insecticida que se percibe en el aire me hace pensar que debió tratarse de una fumigación o algo parecido. Deben de haber evacuado el edificio, aprovechando la víspera del feriado, pero alguien tiene que volver ¿no? y además no todos pueden tomarse tantos días fuera de su casa. El olor es muy tenue. Si fumigaron en serio los efluvios ya se están diluyendo. Sobre el piso de mármol color té con leche, recostada contra la pared del mismo mármol, tengo una pared de madera clara con tres puertas a mi izquierda. A mi derecha tengo la pared de vidrio oscuro y la puerta de salida. O mejor dicho de entrada porque ahora mi esperanza es que llegue alguien y me libere. A mi lado, adosada a la pared contra la cual me recuesto, hay una consola de piedra de la misma tonalidad del mármol travertino y sobre la consola un cántaro de barro. Me tranquiliza un poco pensar que el cántaro puede servirme de baño en caso de emergencia. No me tranquiliza nada -pero estoy muy tranquila- pensar que no tengo posibilidad de encontrar por aquí ni una gota de agua cuando llegue la sed.
Miro la vasta extensión de piso con su bello color caramelo y pienso en el Sáhara y me acomodo mejor, cuidando eso sí que la falda me cubra bien las piernas. Es una falda de seda castaño claro, no desentona con el entorno.
Hay que conservar la compostura.
O al menos la postura. Podría adormecerme recostada como estoy sobre el piso. Alguien va a entrar y es mejor que me vea con mi dignidad intacta. Se está bien en esta penumbra en sordina, todo llega como desde la absoluta distancia, el color del mármol se va haciendo más dorado, su temperatura menos ajena a mí. La modorra me invade.
Permanezco muy inmóvil y observo.
Resulta agradable sentirse sumergida en una atmósfera rala, algo viciada, con los ojos abierto, como si me fuera perdiendo en un mar de arena. Yo también soy arena, se me va aclarando la falda, los pliegues se hacen sólidos, mis zapatos, mis pies, mis brazos, la blusa, todo se integra al todo y adquiere el color de la piedra de arena. No sin cierta dulzura voy recordando los contornos mórbidos, la curvas que se logran al tallar la piedra jabón, igual a las curvas de mis piernas semiestiradas; me voy diluyendo.
En eso aparece el hombre.
Con atención me observa y no puedo moverme. O no quiero. Sé perfectamente que no quiero, no sé si puedo o no puedo. Moverme. Ni decirle quién soy ni a dónde voy ni qué hago aquí ni a quienes espero.
De todos modos el hombre me observa sin preocuparle mi reacción y no tengo reacción alguna. O sentimiento. Lo observo observarme a unos cuantos pasos de distancia; concentrado estudia mi postura, ladea la cabeza, se acerca un paso, gira en mi derredor. Al rato se acerca del todo y me acomoda mejor una pierna, rearregla los pliegues de mi túnica. Parece cincelarlos. Me baja los párpados.
No sé nada más de él. No tiene importancia.
El tiempo ya no tiene importancia. Ni la mirada. Quizá él me echó un último vistazo desde lejos para apreciar la perspectiva, quizá aprobó mis líneas, quizá hasta se sintió satisfecho con su obra consustanciada como estaba con el ámbito todo.
Consustanciada a tal punto que cuando acabaron por llegar quienes alguna vez habían sido mis compañeras de grupo, Vita primero y después una tras otra, sólo me echaron un vistazo de pasada.
Pero una vez dentro del estudio ponderarán la nueva estatua del palier, esa mujer yacente. Qué insólito, dirán, y quizá alguna, quizá Raquel que es la más observadora, comentará al pasar:
-¿Notaron qué raro? Se parece a Luisa.
De Tres por cinco.