Volumen 12 - carta nº 380
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De JUAN VALERA |
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A MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO |
Viena, 31 julio 1893
Mi querido amigo Menéndez: Acabo de recibir la carta de usted del 27 y me apresuro a contestar que ya di mi opinión, poco autorizada, sobre los papeles de los Khevenhüller, que el librero Kende tiene de venta. Hace más de un mes que envié dicha opinión (en dos o tres pliegos escritos, letra de mi hijo) al Marqués de la Vega de Armijo, que, excitado por Cánovas, me daba priesa. A estas horas nada se me ha contestado y eso que no era de grande importancia pecunaria la decisión que yo pedía se tomase.
Por los libros y legajos vistos por mí decía yo que podrían darse de 400 a 500 florines. Por poco favorable que nos fuese el cambio, esto no pasaría de 1.200 pesetas, de 5.000 rs. a lo más.
Los papeles son de dos Khevenhüller que estuvieron ahí de Embajadores, el uno a fines del siglo XVI y el otro de 1617 (creo) en adelante. Éste trató la boda de la Infanta de España con Fernando III y hubo de intrigar no poco para que dicha Infanta no se casase con el Príncipe de Gales, Carlos, que estuvo en Madrid a punto de casarse con ella. Entre lo más divertido y curioso de los papeles pongo yo el informe de cierto fraile teólogo contra la boda con el inglés, describiendo los graves peligros a que se exponía la Infanta, o bien a que su marido la repudiase, o bien a que los herejes la envenenasen, o bien a que la sedujesen y la hiciesen hereje. En cuanto a la esperanza de que la Infanta convirtiese a nadie al catolicismo, el fraile la desvanece, fundado en la poca teología que sabía ella. Saca a relucir el fraile con mucha erudición todos los casamientos desdichados de príncipes ortodoxos de ambos sexos con otros, impíos, herejes o idólatras, empezando desde Salomón, Jezabel, Atalía, etc., y llegando hasta su tiempo. Una de las razones que da el fraile para negar la posibilidad de que volviese Inglaterra a ser católica es que los magnates de allí se habían apoderado de los bienes del clero.
Ambos Khevenhüller escribían muy bien en castellano, y del primero hay tomo grande de cartas, casi todas en nuestra lengua, algunas en latín y otras en italiano, dirigidas a personajes eminentes de todos los países, ya recomendando a alguien, ya dando pésames y enhorabuenas, etc. Todo ello entretenido; pero, a mi ver, de pequeña importancia histórica. Lo del segundo Khevenhüller es más importante, así porque hizo la boda y porque contribuyó a que terminase la guerra de los uscoques, como porque él mismo fué hombre de mucho valer y literato; escribió en varios tomos en folio los Annales Fernandinei. Fué además, como si dijéramos, Mayordomo de la Infanta, ya Reina, y hay multitud de cuentas de sus gastos en afeites, joyas, etc., y salarios o pensiones de la servidumbre, casi toda española. Además de lo que yo he visto y por lo que digo que pueden darse 500 florines, hay más legajos y librotes que no he visto y sobre los cuales Rodolfo Beer, excitado por Kende, me traerá informe uno de estos días. Yo enviaré a Vd. este nuevo informe cuando venga, ya que Vd., como Bibliotecario de la Academia, está más que nadie llamado a decidir.
Vamos ahora a otras cosas. Yo aquí trato hasta hoy a pocos sabios y carezco de libros de consulta. No extrañe Vd., pues, que le pregunte: ¿sabe Vd. algo de una poetisa griega llamada Praxila, y ha leído versos suyos?
Lo pregunto, porque no hace muchos días estuve en una cena donde asistían el Director de la Biblioteca Imperial, el escultor Zumbusch, autor del hermoso monumento de la Emperatriz María Teresa, y un buen músico cuyo nombre no recuerdo. La sobrina de la señora de la casa es guapota, alta, fuma, tira a la pistola, juega al billar y canta como un canario. Al fin de la cena, en vez de rezar, como antes se usaba, se cantó en coro una canción, música de Haydn y letra de la tal poetisa griega, según me aseguraron. Claro está que la letra se cantó traducida en alemán, y es como sigue:
Lebe, liebe, trunke und schwärme
Und bekräntze dich mit mir:
Härme dich wenn ich mich härme
Und sei wieder froh mit mir.
Lo cual en mala prosa puede interpretarse: «Vive, ama, bebe, sueña y corónate conmigo. Entristécete si me entristezco, pero vuelve conmigo a estar alegre.» La música de la canción es bellísima y se canta a la redonda, empezando cada vez uno de los convidados y bebiendo todos a la salud del convidado en que termina la estrofa, porque todos tienen los vasos llenos de vino en la mano y van chocándolos y saludándose conforme cantan.
Hace todo ello muy bonito efecto y no cansa, aunque se repiten las palabras y el canto tantas veces cuantos son los que están en la mesa y todos beben. Aquella noche unos bebían Malvasía, y otros Chipre, y otros Champagne.
Fué esta cena en la deliciosa quinta de la viuda de un rico librero, llamada Rosa Gerold, marchita ya esta rosa por los años, pero que da compensación en el hermoso capullo de su sobrina, que a mi D. Luis no le parecía saco de paja. La Rosa Gerold es fanática hispanófila y ha escrito su viaje por España en un libro de 456 páginas de letra muy metida, que me ha regalado, que aquí celebran mucho, pero que yo no he leído aún.
Otra escritora hispanófila vive ahora en Munich, llamada la señora Keller Jordan, que ha publicado sobre mí, en un periódico de allí, un extenso artículo por demás lisonjero y que ha traducido en versos alemanes todos los de Bécquer, enviándome un ejemplar. Este y otro ejemplar del tomo I, con introducción de Lauser, del Romancero del Cid, traducido por Gottlob Regis, he enviado a Tamayo para la Academia española. A Lauser entiendo que debemos hacerle nuestro correspondiente. El tomo II del Romancero saldrá pronto.
No dudo yo de que Lauser, si usted le envía los cuatro tomos de la Antología, hable de ellos con el merecido elogio ya en su Ueber Land und Meer, ya en otra Revista.
Por acá (entiéndase toda Alemania) se escribe y publica muchísimo, singularmente sobre religión, buscando una nueva; sobre la cuestión social y en pro y en contra de los judíos. En Austria no se publica poco sobre razas y nacionalidades.
Mis compañeros en diplomacia no deben de ser, por lo general, muy dados a la literatura, pero hay uno que pasa aquí por hombre de gran saber y de agudísimo ingenio y por escritor aventajado. Le veo poco porque está retraído misantrópicamente en lo alto del pinífero Kahlenberg, por donde cayó Sobieski sobre los turcos. Es este sibarítico anacoreta el Conde Constantino Nigra. ¿Conoce Vd. su colección de cantos piamonteses, épicos y líricos, ilustrados con tantas sabias comparaciones con otros cantos de otros países, como los españoles, etc.?
Nigra se emplea ahora en componer sus Memorias, que serán interesantes. Yo he estado en Kahlenberg dos veces. Se sube por un ferrocarril dentado. Aquello es delicioso. Hay buena fonda, desde cuyo mirador se goza la más espléndida vista de la amplia llanura en que está sentada Viena, de jardines, quintas y lugares, del majestuoso Danubio y del anfiteatro de montañas circundantes.
Cuanto lugar hay alrededor de Viena, y por donde suelo ir de excursión es admirable de hermosura y pintoresca frondosidad. Baden, Luxemburgo, Dornbach, Vorder y Hinter Brühl, Heiligen Kreutz y Mayerling, donde murieron misteriosamente el Príncipe heredero y su querida.
No sé si he dicho a Vd. que los teatros me parecen aquí admirables, sobre todo el de la «Opera» y el «Hofburgtheater», que responde al «Español» en Madrid; pero, ¡gran Dios, qué diferencia! Es verdad que el Hofburgtheater bien puede asegurarse que es el primero del mundo para dramas y comedias.
Yo estoy perdidamente enamorado (de una manera lícita, estética y platónica, como mis años y mi estado requieren) de una actriz de dicho teatro llamada Estela Hohenfels. No hay nada más mono, más elegante, más discreto, ni de movimientos más graciosos, ni de gestos y ademanes más lindos, ni de voz más argentina, simpática y penetrante en modo lo que de la tierra se ha descubierto hasta hoy.
No quiero hoy cansarme más y cansar a Vd. más contándole cosas de aquí, aunque tengo asunto y tela cortada para cubrir ochenta pliegos.
Y eso que vivo ahora harto aislado, porque la high life y aun la life mediana se ha ido a veranear, y Viena está desierta, casi hasta el invierno, de todas sus elagancias.
Mis damas (mujer e hijos) se aburren, pues, de muerte y han estado a punto de largarse a Zarauz, pero ya desistieron, si bien, en cambio, será menester que vayan, por lo menos, al Tirol y a Suiza.
¿Por qué no hace Vd. una escapatoria y viene a buscarnos y a estar con nosotros cuatro o cinco semanas? En esta casa le daremos albergue y comida, y le daremos afectuosa compañía en alguna peregrinación que hagamos juntos.
Adiós, anímese a esta inocente calaverada y créame su afectísimo y buen amigo
Juan Valera
Valera - Menéndez Pelayo , p. 456-460.