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Carta de Madama Crotalistris sobre la segunda parte de La Crotalogía


Juan Fernández de Rojas



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Sr. D. Francisco Agustín Florencio.

Muy Sr. mío: No pierda Vmd. su tranquilidad al ver que le escriben una carta con letras de molde. No se trata de batallas literarias, de guerras escritorescas, de dimes y diretes que nada interesan al público, y molestan demasiado su paciencia y su bolsillo. Aquí no hay más que no haber podido vencer una tentación, no sé si diga de curiosidad, de ligereza, o de amor propio. Acaso será de todo junto puesto que soy mujer, y que no he podido hasta ahora desprenderme de ciertos vicios, que casi caracterizan nuestro sexo; pero a lo que se me alcanza, creo que la mayor parte de mi determinación se debe atribuir a un vehementísimo deseo que tengo días hace de ser Autora.

No lo extrañe Vmd. Sr. Florencio; no hay locura en que no pueda caer una mujer, y mucho más una mujer de mis circunstancias, que por algo raras son dignas de la noticia de Vmd., y al mismo tiempo harán al caso para el asunto primero principal a que se dirige esta carta.

Yo, Sr. Licenciado, soy viuda; mi edad, treinta y cuatro años; mi complexión robusta; paso por petimetra, y algunas veces tengo la complacencia de oír las acostumbradas lisonjas que tributan Vmds. indiferentemente a las apariencias, o realidades de un color fino, y de un rostro bien proporcionado. Desde niña fui aficionada a leer libros buenos, que los tenía mi padre, y en varias lenguas; pero los que más arrebataron mi inclinación fueron los que están escritos con espíritu. Creo que me explico bastante.

En vida de mi difunto no era posible darme a su lectura, porque mi marido, hombre serio, ceñudo, y cortado a la antigua, decía que la madre de familia no había de saber más ciencias que coser, hilar, cuidar de la administración de la casa, y educar santamente a sus hijos. Una sola vez que me oyese citar a Séneca, a Feijoo, a Gracián, u otro semejante, le ponía de mal humor para una semana, y lo menos que me decía era bachillera, tonta, presumida, con otros requiebros tan graciosos como estos.

Quiso el cielo dejarme libre. Quedáronme de mi difunto tres hijos, uno varón y dos niñas, que me servían de no poco embarazo. Deseosa de darlos educación y destinos correspondientes, y al mismo tiempo de quedar yo desocupada para seguir las propensiones de mi genio y al chico le metí Paje, y a las muchachas las he puesto en un Colegio. De este modo Bernabé, que así se llama mi hijo, se criará con franqueza, aprenderá todas las maneras brillantes que hacen tan recomendables a los jóvenes en estos tiempos: sabrá presentarse delante de gentes sin encogimiento ni vergüenza; ponerse unos calzones bien ajustados, y a vuelta de una docena de años sabrá leer y escribir, y podrá proporcionársele un buen empleo.

Las chicas aprenderán en el Colegio cuanto se las enseñe. De luego a luego tienen pagados Maestros de música y de baile. Se acostumbran a peinarse de moda todos los días: disfrutan de sus visitas y de las de sus compañeras: aprenden a hacer gorras, bonetillos, lazos, prendidos, agua de naranja y chocolate, y no se les ocultarán los misterios y jergas que pueden ocurrir en la escritura y formación de un billete. Se criarán con conveniencias y regalo, y en sus almas no se fijará aquel apocamiento, que vemos en algunas, a quienes llaman bien criadas, porque no gustan de festines, y estiman en más un duro para hacer de él mandas en el testamento, que el presentarse con gala y lucimiento mientras viven. En una palabra; mis hijas sabrán gastar con despejo una buena renta, y dar honor de este modo a los que tengan la fortuna de ser sus maridos.

Por estas disposiciones podrá Vmd. conocer ya mi carácter; y así no me detendré en referirle mis ocupaciones por menor, después que me hallo sin marido, sin hijos, sin los delicados miramientos de soltera, y sin las pesadas obligaciones de casada. Me divierto, es verdad: me paseo, me visto, lo luzco, tengo amigas, frecuento tertulias y teatros, gasto en Modistas, Peluqueros, refrescos, ciegos, y coches simones, y no me faltan cuatro introducciones íntimas por si se ofrece un empeño. Pero en medio de todo esto no he podido olvidar lo que sin duda es mi inclinación dominante, que son los libros, y mi propia instrucción.

Con este designio leo todos los Diarios, y cuantos papeles salen a luz. Cosa de volúmenes y tomos no me gustan: es ya cosa muy pesada, y necesita más tiempo su lectura, que el que me dejan libre mis diversiones, y precisos adornos anca de la cabeza. Aquella miscelánea omniscia con que nos regala el Sr. Salanova me encanta. Aquella lentitud y pereza con que se mueve su alma para decir cualquiera cosa, me parece a mí que tiene mucho fondo; y más de cuatro veces he pensado que si se le ha antojado a la naturaleza darle nuestro sexo mejor ama de criar que hubiera hecho, según su genio pacífico, su bondad, y su instrucción, no la hubiera habido en el mundo. El lenguaje del otro Diarista también me entretiene lo que no es decible. ¡Qué enredos de voces! ¡Qué colocación de palabras! ¡Qué tino para casar con destreza dos frases castellanas con tres o cuatro francesas! y sobre todo; ¡qué laberinto que sabe formar con media docena de ideas! Es el diantre; siempre que leo cosa suya me acuerdo de Ariadna, de Teseo, de Creta, y aun de aquella obscura gruta en que dicen que estaban encerrados los compañeros de Ulises.

Ya estará Vmd. diciendo: ¡Jesús qué charladora! ¡Cuándo acabará esta mujer de insinuarse! ¿A qué vendrá tanto hablar sin decir qué es lo que la ha movido a escribirme esta carta? Voy a eso, y digo: que entre los muchos papeles que he leído, uno ha sido su Crotalogía de Vmd., sobre la cual, ha de tener mucha paciencia si quiere oírme. No piense Vmd. que quiero censurarla, ni tachar tampoco sus preciosos inventos. Todo lo contrario. La Crotalogía ha sido para mí el libro de los libros; y el que Vmd. haya comparado las ingeniosas invenciones del Buffon, y Condillac con las de los Reposteros, y Maestros de cocina para mí son bagatelas: freddure.

Aquella profunda erudición con que descubre Vmd. la genealogía de los Crótalos: aquellas definiciones tan exactas: aquellos multiplicados preceptos: aquel método riguroso y científico que ata y sujeta a la imaginación más inquieta: aquellos problemas tan bien propuestos y tan evidentemente demostrados: son otros tantos embelecos que me han hecho sospechar alguna vez si sería Vmd. discípulo de Newton, o de Wolfio, o del gran Roselli; pero lo que más me ha sorprendido de todo es la doctrina del tirira, y la invención de las castañuelas armónicas. A mí se me figura que la imaginación de Vmd. estará compuesta de puntos de solfa, y que si fuera posible hacer una demostración de su celebro, como se hace de un problema, se encontrarían allí crótalos, violines, trompas, órganos, serpentones, guitarras, sistros, liras, cascabeles, sonajas, panderos, y todo género de hacer ruido, y espantar las musarañas.

¡Jesús qué Sr. Licenciado! ¡Jesús qué hombre! Pues, ¿y lo de las tres unidades? No se pique Vmd. ni tuerza mis razones de modo que entienda otra cosa de lo que suenan. Soy ingenua, y aunque me gusta la ironía me falta la finura, e ingenio necesarios para usarla con gracia. Las tres unidades me han gustado: conozco yo también que desde que ellas dirigen las cabezas de nuestros Poetas dramáticos se ven sobre la escena unas piezas que asustan. Amigo, esto de precisar a un ingenio a que enrede y desenrede su comedia en el zaguán de una casa, o en la antesala: en el mostrador de una botillería, o de un café, o a las puertas de media docena de casas, como hacen los Señores modernos, vamos claros, es mucha precisión, es mucho artificio, es mucha sabiduría, y para mí, casi, casi estoy por decir, que acredita más a un hombre que el hacer un soneto acróstico, o responder a otro con los mismos consonantes, como lo saben hacer los Poetas de nuestro Diario.

Los antiguos ignoraban estos primores. El mismo Aristóphanes:::-¿qué digo yo, el satírico Aristóphanes? El gracioso, el delicado, el culto Menandro aprendería hoy día en nuestros teatros mil modos de divertir el gusto fino, heroico y varonil de los Señores Solonianos; y más si tenían a mano vidas de Federicos, o ¿heroínas como la de Licofronte? Dios nos asista. Pero sobre todo tendrían que aprender a guardar las tres unidades, sin cuya precisa circunstancia está ya demostrado en la Crotalogía que nada habría bueno en toda la naturaleza.

Yo hubiera querido Sr. Florencio, que Vmd. hubiera dado a luz su Crotalogía algo más entrado el año, para que de este modo hubiese visto un Discurso, en que se habla de nuestros Poetas y teatros; y otro Discurso, en que un Extranjero habla de nuestros teatros, de nuestros Poetas, y de nuestros Discurseros. Por lo que toca al primero ya había yo leído, no sé si en español, o en italiano, o en ambas lenguas, la mayor parte de lo que dice; y no como quiera, sino que a mí me parece: - no quisiera engañarme:- me parece que con las mismas palabras; pero no había leído jamás que los Españoles éramos tan malignos como pinta a los actuales compositores de Comedias, ni creía a nuestros Actores y Actrices tan por los pies de los caballos. Por eso es bueno leer y estudiar mucho. Aquel Señor se conoce que ha bebido todo el espíritu de Sófocles, de Eurípides, de Corneille, de Racine, y del que traduce tan bonitamente. Estos hombres quisiera yo siempre en mi tertulia: así tenía una lo más puro y acendrado de París, Roma y Alejandría y Atenas.

Y luego nos querrán meter en la cabeza que los Españoles no somos unos porros, y que nuestro Pueblo es como los demás Pueblos de Europa. Por lo que toca a Francia, ya no creo al Autor de la tal tragedia cuando se queja de que llegaba a tanto el desenfreno del Pueblo de París en los teatros, que apenas dejaban en el proscenio diez pies libres a los Actores: ni tampoco creo que tuviesen la rusticidad de encaramarse al tablado para ver desde allí la comedia, unos echados, y otros sentados a la mujeriega como dice él mismo: tampoco creo que las risas y gritos con que celebraron a la Señora Dunclós, y a otras semejantes tengan nada que ver con nuestras palmadas de moda. Éstas son rústicas, son inciviles: aquéllas son otra cosa: son de un Pueblo más culto y más civilizado, aunque algo burlón, y risueño.

No hablaré así del otro Señor Extranjeros. Los teatros de Italia están llenos de arregladísimos gorgoritos. Aquellos repetidísimos eviva, eviva, evíva: bravo, bravo, bravo, con que interrumpe lo mejor de una acción una tropa de cultísimos faquinos, son otros tantos primores que acreditan su nación. ¡Y qué comedias tan arregladas, tan honestas, tan razonablemente conducidas! No hablemos de la Clizia, ni de la Mandrágora de aquel Sr. Nicolás tan conocido: ni tampoco de la Trinuncia, de la Calandra, del Cómodo, del Sensale, de la Balia, del Aridosio, del Sagrificio degl' Intronati, ni de las comedias de el Lasca. No tengo yo la fortaleza necesaria en la pluma para descifrar sus primores. Algunos quieren decir que entre todos los libros que se han escrito en el mundo no contienen tantas obscenidades, impiedades, y abominaciones como solas las comedias italianas que llevo citadas; pero se conoce que no lo entienden como el Sr. Italiano Discursero. Yo por mí entiendo poco; pero desafío a todos cuantos quieran ser desafiados a que no encuentran entre nuestros Infantes de Lara, nuestros Triunfos del Ave-María, y nuestras Martas Romarantinas, una comedia tan arreglada, tan honesta, y tan bonita como La forza dell' Amicizia.

¿Y si queremos hablar de aquellas comedias de argumento sagrado en que los Señores Italianos han dado el primer ejemplo al mundo? Sola una vale por muchas de los demás Países. En una intitulada: Venida y muerte del Anti-Christo, salen a las tablas el Papa, el Emperador, los Reyes de Francia, de Germanía, de los Griegos, de Babilonia &c. El Anti-Christo, y la Sinagoga. ¡Qué carita pondrá el Sr. Florencio, cuando lea este modo de guardar unidades! Pues sepa que por no molestarle todavía se me quedan en el buche más de cuatro bachillerías acerca de la música, de los músicos, de los bailes, de los teatros, de las decoraciones, de los bufos, y aun de los dramas mismos llamados óperas de los Señores Italianos: que aunque sé que ha habido un Sr. Metastasio, un Goldoni &c. sé también que ha habido otros muy distintos. En fin, sea lo que quiera de esto, lo que yo digo es, que el tal Sr. Extranjero bien podrá decir de nuestros teatros, de nuestras comedias, y de nosotros lo que le dé la gana; pero no podrá decir con verdad que no somos sufridos y pacienzudos. Otros fueran que hubieran puesto al Sr. Italiano en términos de poder volverse a su País a hacer de primer Soprano, por mucho que tuviese que adelgazar la voz. Yo por mí confieso que hubiera entrado en el proyecto, si a las mujeres nos fuese lícito vengar los descarados insultos que se hacen a una nación con otras armas que con la lengua. Por lo demás su ciencia cómica excede muy pocos quilates a la del Sr. Discursero y Traductor.

¿Pero a dónde voy yo con tanto hablar de asuntos que no me importan? ¿Querrá Dios que acierte una vez a decir el principal que me ha movido a escribir? Tenga Vmd. paciencia Sr. Florencio. Las mujeres somos muy picoteras, y como yo comienzo ahora la carrera de Escritora, me chupo los dedos por escribir. Y hago bien; que no quiero que se me forme en el pecho una apostema. Vamos ya a lo principal, y sepa Vmd. de antemano que es un cargo muy serio, y en que conjuro toda su atención, y toda su hombría de bien.

Dígame Vmd.: ¿No ha inventado Vmd. la ciencia Crotalógica? ¿No ha dado a las Boleras y Boleros el primer curso de su ciencia favorita? ¿No ha hecho este importante servicio a la Patria, y esta brillante adición a toda la Literatura? ¿El Público no ha manifestado su gusto, su aceptación, y sus vivos deseos de instruirse a fondo en el modo científico de tocar las castañuelas? ¿No ha visto Vmd. con sus mismos ojos la priesa, el anhelo, el atropellamiento con que han arrebatado y puesto en práctica sus preceptos? ¿No ha llamado Vmd. la atención, y suspendido las esperanzas del público con la generosa oferta de una segunda parte, en que se habían de explicar los rudimentos, y reglas fundamentales del Bolero? ¿Pues dónde está esta segunda parte? ¿Dónde está el cumplimiento de esta promesa? Ya va pasado casi un año: tenemos estudiadas de cabo a rabo la Crotalogía: hemos ganado un curso, pero ¿cómo hemos de seguir nuestra comenzada carrera si nos falta lo principal que es el librito por donde hemos de hacer nuestros estudios?

Yo quisiera que Vmd. se tomase el trabajo de considerar estas reconvenciones y conocer por una parte lo que pierde su reputación en el concepto del público; que es un Juez tan justo como inexorable, y por otra los daños que está causando con su morosidad y pereza. Vmd. se ha adquirido, y justamente, la opinión de un verdadero Filósofo, que no contento con los descubrimientos de nuestros antepasados, ha atormentado su ingenio, ha puesto en ejercicio y movimiento, todas de una vez, las luces que ha adquirido, y ha logrado el feliz éxito de dar a luz una ciencia real y verdadera, de la cual nadie tenía noticia; pero que todos se ven precisados a confesar que estaba encerrada en el obscuro depósito de lo posible, y que de allí la ha sacado Vmd para provecho, solaz, y entretenimiento de los mortales. Dentro de aquel mismo depósito o archivo de invenciones, vería Vmd. con sus ojos de lechuza toda la ciencia o lo que haya de ser del Bolero: en esta suposición hizo Vmd. repetidas veces su promesa, y el público tiene un derecho legítimo a que Vmd. no trueque el concepto de Filósofo en el de Embaucador, sino que cumpla su palabra como hombre de bien, y llene de una vez las amortiguadas esperanzas de tanto Bolero y Bolera como espera con ansia sus instrucciones.

Los daños que Vmd. esta causando son mucho mayores de lo que puede imaginarse allá en su retiro filosófico. Sin mortificar mucho su modestia, se puede hacer un cálculo por los beneficios que ha producido la primera parte, que son notorios y visibles. Pero por si acaso Vmd. no tiene de ellos toda la idea correspondiente, quiero decirle algo de lo que en mí ha producido la tal Crotalogía. Antes de su publicación yo no sabía bailar el Bolero, ni me pasaba por la imaginación el querer saberle. La precisión de ideas que amaba en todas las cosas, aun en las que me sirven de adorno, me hacía mirar con indiferencia una cosa que carecía de principios; pero luego que he visto que solamente el tocar las castañuelas es una ciencia hecha y derecha, mudé de pensamiento. Me he llenado las manos de vejigas, de heridas, y de callos para aprender el tirirá. He comenzado a tomar lecciones de Bolero tal, cual se halla todavía, por culpa de Vmd., rudo e informe: he dado entrada en mi casa a toda casta de gentes, con tal que sepan tocar las castañuelas, y menear los brazos y las piernas según leyes. Me convidan, me solicitan, me fuerzan a asistir a cuantos festines se celebran con motivo de días, boda, u otra cosa. Conozco, trato, y estimo a todos y todas las que son de la farándula, sea gente alta o baja, o de la esfera que quisiere: el Bolero lo iguala todo, y lo suple todo; y a proporción de mis fuerzas, pocas personas habrá en Madrid, que gasten tanto dinero en festines, refrescos, cenas, vestidos, y lo demás que se sabe. Por fin y mis hijos están ya acomodados: a nadie pido nada; con que Bolero, y ruede la bola.

Pero he hecho más Sr. Florencio. He fundado en mi casa una Academia de Crotálogos. Ya ve Vmd. que en el día éste es un pensamiento grande. Asociaciones, juntas de Literatos, Academias, son los únicos cuerpos en que se hace algo y se estudia, porque además de que allí se reúnen todas las noticias del pueblo, y se sabe quién se ha casado, quién pretende garnacha, quién corteja a fulanita, en fin todo: se hacen sus disertaciones muy bonitas sobre asuntos peregrinos y provechosos. En la nuestra se han hecho ya muchas, y ha habido dos que fueron muy aplaudidas. La una trataba del modo de aplicar las reglas Crotalógicas del tirirá a la táctica militar, singularmente al modo de tocar y hacer los redobles en los tambores de campaña. Otra trató muy eruditamente de la necesidad que había de introducir las tres unidades en las corridas de toros. Decía que siendo esta función un espectáculo, se debía recoger la imaginación del Espectador cuanto fuese posible, y presentarle todas las ideas, y todas las cosas con la mayor simplicidad. Reprochaba la costumbre de correr toros de diferentes vacadas, porque no es verisímil que los toros de Andalucía, los de Castilla, y de Navarra, hayan de venir a juntarse en un ato, manada, o encierro, para dar una diversión a los Madrileños a costa de su pellejo; y esto es faltar a la unidad de sujeto, y de consiguiente a la unidad de acción. También criticaba el dar diversiones pirotécnicas por que una cosa es una función de toros o de novillos, y otra la de quemar un castillo de fuego. Y así el espectáculo consta de dos acciones diferentes, de las cuales a ninguna se la puede dar el carácter de episodio. Dejo aparte la multitud de catástrofes, y el no haber podido averiguar en ninguna función de toros hasta ahora quien de los concurrentes es el verdadero Protagonista. En fin, la Disertación estaba curiosa y erudita: hay mozos y mozas en mi Academia que llenarán la Patria de sus frutos.

Lo primero de que he cuidado ha sido de hacer un fondo que baste a producir para gastos de impresiones esteros, desesteros, criados, muñidores, propinas, sueldos, premios, casa, brasero, papel, tinta, cañones, juntas extraordinarias, aniversarios, y agua de nieve. Se ha tratado del código de los estatutos; pero hasta que Vmd. complete su obra no podremos completar la nuestra. Yo desde luego me he encargado de pronunciar la oración inaugural en la rotura de las primeras sesiones que traten de Bolero. Y cuidado que esto de ser una mujer; y una mujer que en francés y griego puede llamarse Madama Crotalistris la Oradora, es noticia para emplear un párrafo entero en una Gaceta.

Cuando mi Academia esté bien establecida, resultarán por fuerza efectos ventajosos, o no resultarán; y en esto no nos podrán pedir más que a otras juntas, cuyos trabajos y producciones hace muchos años que se esperan. Pero yo salgo por fiadora de que el Público ha de ver los frutos de nuestra Academia Bolera; y no en asmas, tisis, vómitos de sangre, abortos, disipaciones, y otros males de bulto, sino en la disposición gallarda de los cuerpos, en la ligereza de los pies, en la agilidad y donaire de todos los miembros, en la alegría de las casas, en los festejos, paseos, y meriendas, en la sociabilidad de los alumnos, en el buen gusto de los vestidos, en la liberalidad y franqueza de sus modales, en la ilustración y cultura de ambos sexos: en una palabra: se verán las ventajas en todo; porque puestas unas Señoritas Boleras junto a otras que no lo sean, se echará de ver bien presto el embarazo de las unas, y el desembarazo de las otras.

Vuelvo a repetirlo, Sr. Florencio: estos y otros beneficios que ha comenzado a gustar el Público, serán absolutamente desterrados de sus labios si Vmd. se obstina en no darnos la segunda parte. Cuando medito a mis solas en el silencio, o inacción que le inutilizan, me acuerdo de aquellos sabios gobiernos de la antigüedad, y quisiera poder trasladar a Vmd. a Esparta, o Lacedemonia, para colocarle en la venturosa necesidad de ser útil a sus semejantes, y hacerse al mismo tiempo hombre de pro entre los Literatos; pero luego caigo en que son meditaciones vanas, y deseos estériles de una flaca y pecadora mujer.

Ahora me viene una cosa a la imaginación. ¿Mas si será que Vmd. se ha arredrado viendo los escritos que han salido con motivo de la Crotalogía? Digo por aquella impugnación de un tal Polinario, y aquel triunfo o caminata a Crotalópolis. Yo no sé ciertamente qué imaginarme de estas cosas. Lo uno y lo otro está escrito con igual numen: mucha invención mucha gracia, mucha erudición, mucho salero, y mucho todo. Digo. Así lo ha dicho más de una vez en mi tertulia el Amanuense de un Barbero que vive frente de mi casa, y que es gran bailador. A mí, si he de decir la verdad, me han gustado. Aquel picarillo de Polinario como le va a Vmd. oliendo: digo: ¡cómo le va a Vmd. siguiendo los pasos! ¡Con qué chulada repite todo cuanto Vmd. ha dicho! Yo no sé qué tiene: él no dice nada de suyo que valga dos maravedises, y con todo eso a mí me gusta lo que no es decible; ¿y sabe Vmd. en lo que consiste? En lo marrajo, chuzón y gracioso, que mezcla en todas sus cosas. Ahí está el arte: saber encantar al público con cuatro patochadas.

El triunfador o caminante tiene todavía mucho más ingenio. ¡Vea Vmd. qué demonio de invención! ¿A quién se le había de poner en la cabeza que se podía escribir un Viaje a Crotalópolis con tantas cosas nuevecitas flamantes? Y lo que es más con tanto chiste. Aquello de Doña Calandria, Doña Urraca, Don Avestruz &c. son golpes originales, y tan graciosos, que la hacen a una desternillarse de risa. Este Escritor no debía escribir otra cosa más que caminatas. Se conoce que despunta por ahí. Su genio decidor y chistoso es propiamente para la sátira graciosa y salada. Como yo conociera al Autor, que dicen que está espiritando la Enciclopedia, en una Obra magistral que puede ir en carta por el correo, había de hacer con él lo que hizo Isócrates con aquel Consejero, a quien sacó del Tribunal por un brazo, diciéndole: Pastelero a tus pasteles. Yo le diría: Hombre espiritador, deja eso y a tus viajes, que los haces tales, que si foret in terris rideret Demócritus. Tenga Vmd. paciencia con ese latín, Sr. Florencio.

Al principio cuando vi que se le iba la cabeza a pájaros, le temí y creí que el tal pajarero me iba a dar un mal rato; pero luego vi que no, y dije para mí: ¿a que no responde a éste el Sr. Florencio? Sí: aguárdate un poco. Vamos claros, Sr. Florencio. Yo bien contemplo que mientras leyese Vmd. la Dedicatoria, y todo lo que es puramente invención, entusiasmo, estro, fuego, elevación, ingenio, poesía, o viaje a Crotalópolis, estaría Vmd. suspenso, divertido, soltando de cuando en cuando la carcajada sin poderlo remediar. Aquel chiste con que ensarta tantas cosas de suyo pesadas y fastidiosas: aquel genio mágico de Isman, tan parecido al de Micrómegas, que cita ¡omo el del caminante al de V. o al de Cervantes, son capaces de tenerla a una embobada, sin comer ni dormir, hasta acabar el libro; y a Vmd. le sucederá lo mismo.

Pero cuando llegó Vmd. a lo último, ¿a qué se quedó Vmd. patitieso con aquellas reconvenciones tan serias? No tiene Vmd. que yo ni entro ni salgo en la Crotalogía; y con todo eso, cuando llegué a las observaciones, me parecía estar viendo al Señor Pajarero o Caminante las correas al hombro, la palmeta en la mano, con una cara de vinagre, hecho un Maestro de niños, o un Dómine que manda a un muchacho volver por pasiva una oración de relativo. ¡Jesús! ¡Ave María! dije para mí, ¡qué carda que me le dan al pobre Licenciado Florencio! ¡Que se haya metido este hombre en cosas que no entiende! Mire Vmd. yo ni he parido, ni tengo nada con el Sr. Buffon, ni con el Sr. Condillac, ni con el Sr. Método geométrico, ni con las Sras. Unidades, que dicen que son tres; pero me basta lo que dice el Dómine Pajarero para conocer la razón. Dígame Vmd. Sr. Licenciado ¿ha leído Vmd. los Cuadros de Buffon? ha leído Vmd:- ¡por vida de:-! me ciego de coraje. Señor mío, a los hombres grandes no se les ha de tocar en el pelo de la ropa. Si Vmd. no ha estudiado lo necesario para tragarse las extravagancias y caprichos de estos hombres, no se meta a Escritor. Mire Vmd. como yo me trago los de Vmd., los del Caminante, y los de otros, y callo mi pico; y eso que comienzo ahora.

Yo desde luego conocí que Vmd. no había de responder, y más cuando vi aquella preguntita suelta sobre los axiomas. Al punto dije: ¿a ver el Pajarero? Ahora le pregunta al pobre Florencio que donde dice Lok lo de los axiomas que se ande a fiestas: que se las tome con él, y verá si le pregunta mañana en qué paraje habla Des-Cartes de los turbillones, Newton de la atracción mutua, y Buffon del hombre nuevo. Sr. Florencio, no sea usted bobo: paz, y ande la gaita por el Lugar: estese Vmd. quietecito, y todo pobre viva, no sea que vaya Vmd. por lana, y vuelva trasquilado. Mire Vmd. que el Caminante sabe mucho: ha estudiado mucho: ha revuelto mucho libro: se ha quemado mucho las cejas; y si no, a la pregunta me atengo. El que no tiene calados y bebidos todos los particulares sistemas de los Filósofos, no hace esas preguntas tan retrecheras.

Apostaré cualquiera cosa a que nunca se le pasó a Lok por el magín el dar contra los axiomas; y caso que haya dicho algo contra ellos ¿a que lo dice en algún escondrijo, o en el rincón de algún desván de sus libros, en donde solo Vmd. que anda por esos andurriales, y tiene ojos de cernícalo, es capaz de verlo? Ahora: mire Vmd. que esto no es más que hablar: yo no entiendo nada de eso, y así como puede ser lo uno, puede ser lo otro. Quiero decir: puede ser que eso de decir que los axiomas no son necesarios para la consecución de una ciencia, sea un sistema, una invención, o un modo particular de pensar del Sr. Lok, y que por su gran ciencia, talento, y nombradía le hayan seguido después otros tales como él, de modo que hayan hecho en este punto una especie de secta filosófica. Vaya que fuera bueno el que esta sospecha mía saliera verdadera: merecía entonces el Sr. Pajarero cuatro azoticos, ponerle las Súmulas en la mano, y mandarle que calle cuando esté delante de hombres; pero a buen salvo está quien repica. Una cosa quiero avisarle a Vmd. en caridad, que es observación mía propia, y es, que el Sr. Caminante le trueca a Vmd. las palabras, y casi le levanta un falso testimonio. Mírelo Vmd. bien, y verá que no me engaño. Esto merece más que azotes.

En fin, a Vmd. le han tenido mucha cuenta estos escritos, porque no ha habido esquina de Madrid en que no se haya leído muchas veces el nombre de Florencio, de modo que le han hecho a Vmd. famoso. Ya no me acuerdo bien; pero me parece que me dijeron que habían gastado en carteles no sé si treinta y tres, o treinta y cuatro resmas de papel, de modo que daba lástima ver a las pobres esquinas tan emplastadas con el Licenciado Agustín Florencio, siendo así que Vmd. no era el Autor de los emplastos. Y no es decir que no hayan vendido sus impresiones, ni que tenga razón tampoco un Escritor en prosa y verso que anda por ahí, y ha reimpreso ya cinco veces sus obras, cuando dice con mucho misterio: Desengañémonos, Señores, una asquerosa garrapata que se clava debajo de la cola de un galgo, corre tanto como él, y alcanza si es menester a una liebre. Estas son fantasmerías de hombres afilosofados y yo creo que el público es ya mayor de edad, que sabe donde le aprieta el zapato, y que nuestros Escritores hubieran escrito, aunque en España no corriera más moneda que la que estableció en su República Licurgo. ¿Pero todo esto qué quita, ni qué pone para que Vmd. dé a luz su segunda Parte? ¿Por qué se ha de acobardar Vmd. porque le machaquen las liendres dos Literatos de peso? Si no fuera porque Vmd. se enfadara, le había de decir una cosa que me ha ocurrido. Las mujeres somos muy maliciosas. En fin, qué sé yo. Tal hay, que suele envidar con tres Sotas, pensando tener tres Reyes. Vamos adelante.

También puede suceder que le haya desanimado a Vmd. el poco caso que han hecho los Crotálogos de las castañuelas armónicas; pero vamos claros, ¿se han de poner los Crotálogos a fabricarlas por sí mismos? Si los artesanos, a quienes corresponde esta manufactura, hacen lo que los de los demás oficios, que es no adelantar un paso a lo que hicieron sus abuelos, ¿qué culpa tienen los Boleros de su torpeza y desidia? Vmd. pudiera remediarlo todo poniendo en ejecución un proyecto, que voy a comunicarle, y que sin duda le dará mucho crédito, y crecidos intereses. He aquí el proyecto.

Establezca Vmd. una fábrica de castañuelas armónicas. Mande Vmd. construir un edificio magnífico de piedra pajarilla, con todas las oficinas necesarias, y habitaciones cómodas para los Dependientes. Un buen cuarto principal para el Contador, otro para el Tesorero, otro para el Director, otro para el Zelador, otro para el Guarda-almacén, y otros muchos para los demás, todos con sus chimeneas francesas. Coloque Vmd. allí a todos los mejores maestros de hacer castañuelas que se encuentren, y sujételos Vmd. dándoles buenos sueldos, poco trabajo, y muchos gajes. Encargue Vmd. las maderas en Inglaterra, o si no a los Holandeses, y que las traigan ya medio labradas, que de este modo tendrán menos que hacer los Oficiales, y cuando haya a un buen surtido, arriende Vmd. una tienda en la puerta del Sol con cuatro o cinco Mancebos, que tendrán parte en las utilidades, y verá Vmd. cómo no se dan barro a mano a vender castañuelas armónicas. Pero doy de barato que las gentes no las quieran, sino que se compongan con sus castañuelas antiguas: en tal caso se negocia un privilegio exclusivo, se establecen sus guardas, y solo Vmd. venderá sus castañuelas armónicas.

¿Qué tal? Me parece que el tal proyecto no es despreciable ¿he? Pues Sr. D. Francisco Agustín Florencio, vamos con ello. Mire Vmd. que el refrán dice: el consejo de la mujer es poco, pero quien no le sigue es loco. Yo he hecho lo que me parece debo hacer, y aun algo más; pues no estamos en tiempo de dar proyectos lucrativos de balde. Creo que ya estará Vmd. cansado de leer esta Carta cuando llegue aquí: sepa que yo también lo estoy de escribirla, y así lo dejo. Para mi intento, que es el ser Escritora, con lo escrito me basta. No espero que Vmd. me responda. La segunda Parte de la Crotalogía sería para mí la mejor respuesta, pues con ella aseguraba mis diversiones, y la continuación de mi Academia, que es lo que tengo sobre mi corazón; pero escriba Vmd., o no escriba, sepa que es y será su más apasionada entre todas las Boleras

Madama Crotalistris.








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