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Mayagüez, 21 de agosto de 189973.

A Federico Henríquez y C.
Santo Domingo.

Querido amigo y compatriota:

Porfirio se nos va. Aunque ya tiene una mía para usted, de cuando pensó irse en días pasados, no quiero que se vaya sin que le lleve estas otras cuatro palabras, que acusan recibo de su última.

Recibidos también los periódicos y en varios de ellos sus puntos de vista, que bien pudieran ser los del Gobierno dominicano, y que espero lo serán cuando efectivamente haya Gobierno.

Diga a R. del Castillo y a sus compañeros de la Liga de Ciudadanos que les doy mis plácemes por su digna y patriótica actitud. Ya es una esperanza que, después de la formidable oscuridad moral de tantos años, el primer indicio de vida que da la juventud dominicana sea un rayo de luz.

Si Porfirio no va contento, no será porque no le hayamos tratado con afecto.

Mil para usted.

Hostos.



Mayagüez, 19 de septiembre de 189974.

Señor Fed. Henríquez y Carvajal,
Santo Domingo,

Querido amigo:

Impotentes todos para oponer la sociedad al hombre, ha tenido que aparecer la juventud, hecha cerebro, corazón, conciencia de la patria, y ha hecho una de las cosas más asombrosas que la Historia ha visto; la personificación ahora efectiva de toda la sociedad por unos cuantos mozos de doctrina y por una legión casi infantil, positivamente digna de admiración por el fervor, el entusiasmo, el abandono juvenil, la confianza en el derecho, la esperanza en el bien con que ha echado sobre sí la responsabilidad de una revolución y el gravamen de una reorganización75.

Le juro, con la sinceridad y con la imparcialidad en mí obligatorias, que por nada entra en mi admiración él hecho de decírseme y decirse que ésa es la gloriosa florescencia de aquella siembra de verdades y principios del normalismo, y en que todos los grandes dominicanos tomaron parte: Luperón y el presidente Merino, protegiéndola; el Padre Billini, prohijándola; los Cestero, los García, los Galván, los Tejera, los Peña Reynoso, el presidente Billini y los ministros Grullón, Mejía y José Joaquín Pérez, amparándola; Ud. y su digno hermano y Prud'homme y Dubeau y Zafra y S. de Castro, salvándola con su cooperación y sus esfuerzos; los primeros normalistas, Pichardo, Peynado, Gibbs, Mejía, Grullón, Fernández, reconfortándola; Paíno, Marchena, Jansen, apostolando en favor de ella; los Ayuntamientos sosteniéndola; los Castillo y los Henríquez, secundando la obra en su Preparatoria, vivero como otro alguno por la fuerza de adaptación que demostró; y por sobre todo, como cima, como faro, como guía, aquel Instituto de Señoritas, que era el alma de una gran mujer hecha institución76, y que al hacerse conciencia de la mujer dominicana, puso en favor de la obra de bien la voluntad, primero, de todas las mujeres de la República, y la conciencia, después, de la sociedad entera.

De aquella obra, a que tantos más que no he nombrado concurrieron eficazmente, Imbert, como ministro, promoviéndola; Maximiliano Grullón, como Mecenas, favoreciéndola; el general González, al volver de su destierro, reconociéndola; de esa obra será fruto, quizá, esa juventud que ahora me causa admiración; pero lo que no es de nadie, sino de ella misma, es el ser juventud de una hora tan sombría de la civilización, en que parece que ya no hay juventud en este mundo.

[...]

¡Ah!, ¡por Dios! ¡Que no malogren ese esfuerzo!

Miren que con jóvenes como ésos que asumieron en Moca el derecho de las armas77 y tomaron en la Capital las armas del derecho, y con hombres como Jimenes78, como los que van del destierro a ayudar a la renovación, como los que de antiguo, con Despradel al frente representaron en el Congreso la oposición del bien a la tarea del mal, como los que ya no tienen ni bienes ni bienestar ni buenas razones para sostener partidos de nombres y colores, y cuando, al contrario, se tiene la responsabilidad de la paz pública, que sería un deshonor nacional no establecerla para el bien cuando un malhechor pudo imponerla para el mal. Miren que es obra de reconstitución la a que están obligados, y que no pueden darse mejores elementos para ella que los ofrecidos por la juventud y los que, por necesidad, por reflexión, están dispuestos a ofrecer la porción restante de la dolorida generación qué a tanto mal pasado ha sido sometida.

E. M. Hostos.



Mayagüey, Puerto Rico,
19 de septiembre de 189979.

Señor don Horacio Vásquez,
Santo Domingo, R. D.
Señor Presidente Vásquez80.

La satisfacción de ser lógico no se adquiere sin sacrificio; y los que impone, a veces pueden llegar a ser tan efectivos como el que ahora tengo yo que hacer, resignándome a desoír por el instante el bondadosísimo llamamiento que Ud., en nombre del país y de mis discípulos, me hace en el cablegrama que mis hijos conservarán como prueba de que no todo ha sido vano en la vida bienintencionada de su padre.

Para ser digno del cariño que se me manifiesta, mi gratitud no ha de ser hablada, ni siquiera sentida. Ha de ser vivida, como me propongo vivirla, al regresar a Quisqueya.

El único obstáculo que a ello se me hubiera podido presentar, y que expresamente vine yo desde muy lejos a ponerme a mí mismo, para obligarme a vivir circunscrito a mis deberes de puertorriqueño, lo levanta Puerto Rico.

La patria se me escapa de las manos. Siendo vanos mis esfuerzos de un año entero por detenerla, el mejor modo de seguir amándola y sirviéndola es seguir trabajando por el ideal, que, independiente Cuba y restaurada Quisqueya en su libertad y en su dignidad republicana, ni siquiera es ya un ideal; tan en la realidad de la historia está la Confederación de las Antillas. Hacia ella, por distinto camino, ya que así lo quieren la mayor parte de sus hijos, caminará Borinquen, aunque su generación actual no comprenda que ése es el porvenir positivo de las Antillas, y que a él asentiría desde ahora el nobilísimo pueblo americano, si se le probara, como yo quería le probáramos, que el lógico propósito de nuestra vida es, como debe ser, constituir una confederación de pueblos insulares que ayuden a los pueblos continentales de nuestro hemisferio occidental a completar, extender y sanear la civilización; a completarla, dando a la rama latina de América la fuerza jurídica que tiene la rama anglosajona; a extenderla, llevándola a Oriente, a sanearla, infundiéndole el aliento infantil de pueblos nuevos.

A ese propósito sagrado contribuirá en las Antillas cualquier antillano que empiece por amarlas a todas como su patria propia; por amar su patria en todas ellas juntas, y cumplir en todas y en cada una, con la misma devoción filial y el mismo desinterés de toda gloria y todo bien, el deber de tener tan clara razón y tan sólida conciencia como de todos lo exigen el presente sombrío y el porvenir nublado de la familia latina en todo el Continente.

Así como hace veinte años empezamos ahí la obra que ahora ha comenzado a dar sus frutos, así podríamos comenzar ahora la que dentro de otros veinte podría comenzar a ser obra consumada. Ya es mucho adelantar en ella el hacer lo que Uds. han hecho al dar al Continente el ejemplo de un movimiento social, que, gracias a la eficiencia de los principios a que ha obedecido, ha convertido a nuestra Quisqueya, de la más postrada y más caduca, en la más alta y más juvenil de nuestras sociedades antillanas. Trabajar por ella será en lo sucesivo como trabajar por dar una de sus bases necesarias a la Confederación de las Antillas, que parece hoy inaccesible, pero que es un ideal muy más realizable de lo que creen los renegados de él.

Involuntariamente, al alejarme del propósito concreto de esta carta, me he acercado a él, pues que mostrándome, sin querer, como fui siempre, muestro lo dispuesto que estoy a coadyuvar al renacimiento de esa querida tierra de mis hijos y al florecimiento de aquella civilización que juntos habíamos empezado a fabricar la juventud dominicana y yo, manifiesto cuán con Uds. estoy, cuán a su lado, cuán a la disposición de nuestra buena tierra.

Vea Ud., pues, señor presidente del Gobierno restablecedor de dignidad, libertades y derechos, si me sería placentero ir ahora mismo a continuar ayudando a Uds. a consumar la grande obra que tan sana gloria dará a la juventud dominicana. Pero no debe ser ahora. En primer lugar, ésta es hora de los que fueron perseguidos; y cuando entre ellos hay un general González que ha hecho sacrificios positivos a la inmunidad del territorio patrio, yo no debo consentir en que por mí se distraiga una sola de las aclamaciones que deben acogerle. En segundo lugar, aun puedo yo hacer aquí algún esfuerzo en favor de mi país preparando lo que haya de impedir que se derrumbe la obra comenzada. En tercer lugar, Uds. no me necesitan por ahora.

Con la esperanza de poder pronto ser útil a la República y a Uds., profundamente agradecido lo saluda, y en Ud. saluda a la triunfante juventud dominicana, el amigo de todos y de Ud.,

E. M. Hostos.



Mayagüez, 22 de septiembre de 189981.

Sres. Rafael Justino Castillo, Félix E. Mejía,
Alberto Arredondo M., Andrejulio Aybar, Miguel Ángel Garrido,
y demás fundadores de la Liga de Ciudadanos.

Santo Domingo.

Queridos compatriotas:

Si Uds. han leído La Nueva Era, de Ponce, ya saben cuánto estimo excelente y digna de la obra a que la juventud quisqueyana ha concurrido y concurre, la fundación de la Liga de Ciudadanos y la hermosa manera de anunciarla al pueblo. Si Uds. leen lo que escribo al benemérito patriota que en Ciencias y Letras ha estado presentando como buena y sana a la triste sociedad enferma, verán que yo cuento con muchos hombres de las generaciones anteriores, que, indudablemente por falta de confianza en la estabilidad de las situaciones políticas, sociales y económicas a que concurrieron, no han dado como resultante de su intervención en la vida pública de su país, el resultado eficaz que de sus luces o de su sincero cariño a su país, pudo esperarse. Si ahora se sirven leer lo que escribo para ustedes, verán cómo, para que la patria quisqueyana utilice a sus hombres de ayer y a los de hoy, se necesita no ponerlos en disidencia, ni por principios, ni por medios, ni por fines.

La obra por hacer es demasiado austera para que no se imponga sacrificios: se trata del renacimiento de la sociedad dominicana, no tan sólo para sí misma, sino para la vida general del Archipiélago, y si empeño de tanto momento reclama en absoluto las fuerzas todas de la juventud, reclama también de ella aquel tranquilo prever y prevenir que asegura la realización de todas las doctrinas, porque no las abstrae idealmente de la realidad en que por necesidad se nos presentan.

Ustedes se tienen a sí mismos y a esos brillantes jóvenes del Cibao que, al par de ustedes, han llevado a cabo una empresa que sólo jóvenes o taumaturgos hubieran sido capaces de realizar. Tienen a Eugenio Deschamps, que primero la concibió, y más que ningún otro dominicano la ha meditado, soñado y divulgado por el mundo. Tienen a Joubert, a Despradel, a Prud'homme, a Zafra, a los que vienen y vendrán de Cuba, después de haber honrado a su patria en la más generosa aclamación al derecho y la justicia, y tienen a sus inmediatos antecesores los que, como el Dr. Henríquez, ni siquiera la involuntaria complicidad de su presencia tuvo en lo pasado. Con eso, y con los que, por la madurez de su juicio y la vencida actividad de sus pasiones, pueden desde el foro, la iglesia, el gabinete de historiógrafo, literato, poeta o pensador, deben prestarse afanosos a que los últimos empeños de su vida correspondan a sus indudables deseos de bien para su patria, tienen los auxiliares más necesarios. Para mejor cumplimiento de su propósito, ahí tienen un Abad, que representa del modo más inteligente y más amplio el espíritu nuevo de la industria fundamental en todo pueblo, y especialmente en los pueblos nacientes; ahí tienen representantes utilizables de industrias transformativas; aquí, esperando, una legión de hombres prontos a emigrar y a constituir desde luego colonias organizadas; al frente va con ustedes el hombre más inmediatamente necesario por su pericia comercial, y más en lo sucesivo considerable por la vasta inteligencia administrativa que en el acopio y distribución de la riqueza privada ha demostrado82.

¿Querrían Uds. aventurar fuerzas tan preciosas para, la reconstrucción, como son ésas, a una agitación innecesaria?

Me atrevo, por afecto a Uds. y al país, a hacerles esa pregunta, porque me parece verlos propensos a abrir en la República un período constituyente, que todos ustedes, tan conocedores de los principios positivos del gobierno civil, tan concienzudos defensores del derecho, tan noblemente ganosos de fundar el orden jurídico en Quisqueya, no pueden menos de saber que eso no conviene a la libertad, cuando ella no tiene conocedores doctrinados. No, queridos amigos del Derecho y míos: no expongan a golpes de astutos o malvados la obra que tan sólidamente han empezado a levantar. Al contrario: lo que al bien inmediato conviene es que ustedes, en vez de sustraerse, como se sustraerían de la obra activa, si disienten del propósito expresado en el manifiesto de Santiago de Cuba, se sumen directamente a las fuerzas y cantidades que están queriendo adicionarse, y que de hecho se han adicionado en la consecución del primer fin, que era la cesación del régimen personal. Para que sean ustedes lo que deben, y ocupen el puesto que, conjuntamente, la juventud entera, e individualmente, cada uno de ustedes, tiene el derecho y el deber de ocupar, en la nueva sociedad que va a formarse, no se olviden ni por un momento de que es una verdadera tarea de civilización reflexiva y meditada la a que están llamados, y que, para realizar esa tarea, tienen que asegurar y concurrir antes que todo a asegurar el orden mecánico. Eso no se opone en modo alguno a que simultáneamente se esfuercen por producir el orden jurídico: al contrario, puesto que éste es fundamento doctrinal de aquél. Pero en las sociedades extraviadas del derecho, para que se funde en él la estabilidad social, hay que doctrinar sin descanso, instruir, sin interrupción, educar sin vacilación.

Siendo a la vez previsores y reformadores, se ha de hacer desde luego en esa noble tierra que, esclava, servía ejemplarmente a la independencia de Cuba, y que, libre, es hoy uno de los ejemplos históricos más nobles de la reivindicación del derecho por una sociedad, lo que haga efectiva la reivindicación:

  • En primer lugar, considerando que la Constitución ha estado de hecho en suspenso, restablecerla por decreto gubernativo;
  • En segundo lugar, al decretar el restablecimiento, restablecer las instituciones de poder que la necesidad de la revolución ha devuelto al pueblo, convocando a elecciones generales, así para restituir al orden constitucional el Congreso y el Ejecutivo electivos que él reclama, cuanto para acortar el interregno administrativo;
  • En tercer lugar, preparar desde luego, por medio de entregas de una porción fija de terreno a nacionales y extranjeros que los adquieran por mínimo avance, una ley de tierras solariegas que haga efectiva la pequeña industria, fundada en la pequeña propiedad, y que atraiga y propicie una buena inmigración de puertorriqueños que busquen trabajo o norteamericanos y europeos que lleven ejemplos de costumbres agrícolas y fabriles capaces de estimular la emulación;
  • En cuarto lugar, establecer escuelas nocturnas para adultos en todas las poblaciones de la isla, conferencias semanales en todas las capitales de provincia y de distrito, e iniciar con el mayor empuje el trabajo de instrucción popular y de educación común;
  • En quinto lugar, ponerse a practicar activamente la descentralización, repartiéndose la juventud de las diez capitales de provincias y distritos la tarea de realizar por sí misma la alta empresa de reformar y mejorar la administración, la enseñanza, el trabajo, las costumbres y la vida de sus respectivas regiones, de modo que se establezca entre todas la emulación y el estímulo de la civilización.

A este fin, el Gobierno provisional podría desde luego escoger diez hombres jóvenes, de los que hayan probado ser hombres de patriotismo, abnegación y entusiasmo por el bien, y ponerlos al frente de las diez gobernaciones de provincias y distritos. Y por su parte, el pueblo y la juventud de cada municipio debería llevar a las municipalidades, en cada ejercicio electoral, el grupo de ganosos de adelanto material y moral, que reclama la nueva época en que ha entrado la República.

Como después de lo pasado se ha aprendido experimentalmente que la organización de la fuerza pública es un interés de vida o muerte para el derecho interno, tanto como para el externo, secúndese reflexivamente el propósito del programa de Santiago de Cuba, cooperando activamente a la formación de fuerza disciplinada, pero trabajen también por formar un ejército de ciudadanos, que empiecen su enseñanza en la Escuela y que la completen en los tiros al blanco.

Si yo no fuera tan incompatible como soy con el anexionismo aquí imperante, de aquí no saldría en el resto de mi vida, porque para ese resto y para mucho más de la obra de la Liga de Patriotas hay trabajo, pero el propósito civilizador que la Liga tiene a su cargo implica la Independencia asegurada, y no teniéndola, Puerto Rico no puede querer y no quiere la organización de la Liga. Asegurada la Independencia, y en sus manos la libertad, Quisqueya no puede tener ningún inconveniente para la organización de la Liga de Patriotas, que ya ustedes han empezado a organizar en la Liga de Ciudadanos. ¿Por qué, con uno u otro nombre, no habían ustedes de organizar ahí la vida general de la República según el plan preceptuado en los Estatutos de la Liga de Patriotas? Así, con plan a que ceñirse, la noble actividad de esa juventud, que da tanta alegría como otras dan tristeza, daría frutos. ¡Ojalá que yo pueda contribuir a hacerlos más tempranos!

E. M. Hostos.



Mayagüez, septiembre 28 de 1899.

Doctores Manuel Zeno Gandía y Julio J. Henna,
Nueva York.

Queridos compatriotas:

Había aplazado mi contestación a la de ustedes, porque esperaba la lista que me pedían y el folleto que me ofrecían. El folleto no ha llegado, y la lista de los presos por quienes en los periódicos de Aguadilla, Mayagüez y Ponce, verán ustedes que se interesa Puerto Rico entero, no me la trajeron hasta anoche.

Con esa lista, que expresamente les dirijo original, como una prueba de la indolencia sintomática del país, podrán ustedes influir para que indulten a más de un centenar de puertorriqueños bien intencionados que no han hecho ni la millonésima parte de lo que ahí, principalmente en las dos Carolinas y en Georgia, hicieron los independientes contra los tories o ingleses e inglesados, ni la cienmillonésima parte de lo que hicieron contra los sudistas los carpet baggers. Con Hayes, Fiske, Stone y MacMaster tendrán ustedes argumentos de sobra para hacer indultar y devolver al trabajo y a la moral los cien y más desviados del patriotismo que sintieron a destiempo, pero sintieron, las justas cóleras de la dignidad encadenada.

Dado el curso que aquí llevan las cosas, parece inútil insistir en mi punto de vista, que ustedes adoptaron al aceptar las Instrucciones. Conque conste que yo sigo creyendo en la posibilidad de conseguir para nuestra indolente patria el gobierno temporal, me basta.

Soy afectísimo compatriota de ustedes,

E. M. Hostos.



Mayagüez, 2 de octubre de 189983.

Sr. Domingo Ferreras,
Ministro de R. E.
Santo Domingo.

Mi querido discípulo:

[...]

Ahora, al primer objeto de la carta. Discípulos míos creen erróneamente, según veo, que es de nuestras doctrinas el recomenzar la obra de organización jurídica de la sociedad, abriendo un período constituyente. Hágame Ud. expresamente el servicio, y hágaselo a las doctrinas del normalismo, de hacer saber y de contribuir a hacer efectiva la declaración, que lo aconsejado hoy por las doctrinas fundamentales del sistema representativo es no retardar la hora de la aplicación práctica de los principios representativos. A ese fin, por decoro de nación y de doctrina, hay que restaurar inmediatamente el orden de ley, declarando restablecida la Constitución, que debe considerarse suspendida durante el régimen de la tiranía y que ha de ser expresa y especial y lo más solemnemente posible restaurada, no sólo para llamar la atención pública hacia el hecho de haber sido violadora del orden constitucional la tiranía, sino también para que, lejos de aparecer como atentatoria, aparezca como consecuente, la convocatoria a elecciones generales, que Uds. deben, en mi opinión, hacer como consecuencia del restablecimiento de la Constitución.

Ya Uds. saben la consigna: antiparlamentarismo y anticentralismo. Que entren, por tanto, al Parlamento los hombres nuevos que son por doctrina opuestos a los servilismos y al oposicionismo sistemático de los Parlamentos casi todos.

Que vayan a la gobernación de provincias y distritos los que sean capaces de poner miedo a los jaquetones de cuartel, pero que también sean capaces de encaminar por sí mismos la sociedad provincial. Mejor sería para la ambición de gloria el formar una provincia a imagen y semejanza de las doctrinas racionales de gobierno, que gobernar a una nación. Y mejor todavía sería reformar la vida o determinar el desarrollo de la civilización en una sociedad municipal, por lo cual pido que no se olvide ese basamento sine qua non del orden jurídico, y que se recuerde que las elecciones más escrupulosas deben ser las que se refieren a la organización del gobierno municipal.

Segundo objeto de mi carta, llamar la atención hacia la necesidad de favorecer desde luego el trabajo, favoreciendo la transformación de la agricultura y la constitución de pequeñas propiedades. A eso pueden contribuir inmediatamente un cultivador cubano, residente aquí, don Salvador Castro, a quien con el señor Abad, ahí, y el Sr. Ortea en Puerto Plata, yo encomendaría el encaminamiento de la agricultura por mejor sendero. Al señor Castro me he comprometido a ponerlo en aptitud de que sirva a la República, prometiéndole que cuanto de Uds. se pueda conseguir en favor de su propósito, que es ir a reformar en el Cibao el cultivo del tabaco, tanto haría. Yo me resuelvo a encarecer la importancia de adquisición tan importante para el país, y les ruego que lo llamen a esa capital a fin de que se entiendan con él.

Poco o mucho, servicios hechos al trabajo y a la educación son méritos contraídos para con la civilización.

No lo olviden mis discípulos queridos.



Mayagüez, 2 de noviembre de 189984.

A Federico Henríquez y C.
Santo Domingo.

Querido amigo:

Aunque no contesté a la última de usted, en que me hablaba de la conveniencia que, «tal vez», habría en que yo no aceptara inmediatamente la invitación generosa del Presidente y mis discípulos a regresar a Quisqueya, por la carta pública que usted dio a El Mensajero sabe ya que mi resolución concordaba con su dictamen.

Mis dominicanos todos, principalmente Luisa Amelia, Eugenio Carlos y Bayoán, me instan, y hasta me urgen, a que nos vayamos; yo mismo me vería contento ahí; pero le confieso que no me movería de aquí, si no me dejaran tan solo que, hoy, por ejemplo, tal vez no hay en la isla una docena de hombres que cambie la insensata complacencia de formar en las filas de lo que llaman partidos, por cumplir los compromisos que contrajeron con la Liga de Patriotas. Para que ésta pudiera prestar al país el servicio que incluye el artículo de sus Estatutos en que se fija el plebiscito como propósito político, sería necesario organizar una delegación que, durante todo el próximo período legislativo del Congreso Federal, actuara con tanto esfuerzo, que coadyuvara al triunfo de los antiexpansionistas; pero, aunque me cueste mucho reconocerlo, los puertorriqueños no piensan siquiera en la necesidad de defender la entidad patria; tan conformes están con la anexión, ya en calidad de Territorio, ya de gobierno un poco menos militar que el que, con asombro de todos en Europa y en América, subsiste aún, después de dieciséis meses de llegada a Puerto Rico.

Últimamente, como verá usted por cuatro artículos míos a El Imparcial, y por una solicitud de indulto que encabecé en favor de un periodista, a quien, para obligarlo a callar, lo sometieron arbitrariamente a un tribunal que no tenía jurisdicción sobre él, a pesar de lo cual lo condenó a año y medio de prisión con trabajos forzados, últimamente la conducta del Gobierno militar se ha hecho tan arbitraria, que yo no me siento dispuesto a tolerarla. Esta, que es la mejor esperanza de mis hijos en nuestro regreso a Quisqueya, es una bien triste esperanza: tan triste, que es mi desesperación no poder consagrar lo que me queda de vida a hacer triunfar el derecho y la civilización que hoy están próximos a ser sacrificados en Puerto Rico por el Gobierno de quien menos podía esperarse el sacrificio de una personalidad nacional y el debilitamiento de la civilización.

Es verdad que, si llego a ir a Quisqueya con el propósito que antes traté de realizar, no haré más que cambiar de medio, pues que haré ahí, para bien de todas las Antillas (interesadas en el de Quisqueya y en el ejemplo que entonces podrían recibir de ella), lo que el Archipiélago entero necesita para llegar a ser lo que en la economía del mundo ha de ser.

Yo quisiera que todos ustedes, los manejadores de pluma y de opinión, empezaran desde luego a coadyuvar a mi propósito, haciendo ver cuánto y por qué conviene empezar la reforma de la política por la reforma de la vida. Si reformamos ésta con hábitos de trabajo sistemático, con una inmigración de gente honrada, con colonias agrícolas e industriales, con fundación de municipios rurales, con el establecimiento de la cooperación para la producción y el consumo, con la aplicación de la enseñanza reformada a la población de campos y ciudades, con la práctica de la descentralización en el gobierno de provincias y distritos y municipios, con la eslabonación de centros de producción y de cambio por medio de vías baratas y sencillas, como las de tracción eléctrica, con disminución de tarifas para aumento de tráfico, con sucesivas reducciones de los impuestos al único que tiene la triple capacidad de ser económico, efectivo y educativo, no en balde habrá sufrido Quisqueya lo muchísimo que ha sufrido, porque su vida reformada la indemnizará en lo futuro de los dolores anteriores de su vida enferma.

Bien veo que convido a usted y a sus compañeros de periodismo a una tarea muy larga, puesto que es tarea de la vida toda de un pueblo, tan larga cuanto sea su existencia, que ninguna de hombre individual alcanzará; pero, en primer lugar, ¿a qué mejor obra podrá consagrarse el periodista?; en segundo lugar, ¿qué dicha mejor para el periodista que el tener tema seguro de predicación para todos los días de su prédica?

No se contente con palabras cortas: contésteme con una larga carta que me noticie puntualmente cuanto ahí pasa.

De los míos a los suyos y a usted, y de mí a usted y a los suyos todos, expresiones de afecto. Hasta mañana.

Su,

Hostos.



Mayagüez, noviembre 16 de 1899.

Señor doctor Manuel Zeno Gandía,
Ponce.

Querido compatriota:

Al darle la bienvenida, le devuelvo los saludos que me envió usted con su compañero de viaje, y deudo mío, Frank Bonilla.

Hágame el favor de decirme expresamente cuál es la impresión que usted trae de la actitud del pueblo americano en esta situación de vida o muerte para los principios fundamentales de su vida; y si tiene usted algún dato, recogido en la vida misma de aquel pueblo que autorice a esperar un cambio de rumbo en la política tan desgraciadamente seguida desde el momento en que se tuvo la malaventurada idea de pedir la cesión de Puerto Rico y Filipinas.

Aunque usted fue desde el primer momento uno de los adherentes al propósito político y social de mi Liga de Patriotas (con lo cual no hizo más que ser lógico con su patriotismo de buena fe, y consecuente con sus miras de hombre inteligente, más perspicuo que la mayoría de los inteligentes de estos suelos), no reclamo confirmación: yo no quiero más declaraciones de adhesión que aquellas que espontáneamente vengan a traerme nuevos ojos para ver mejor la situación de mi país, y nuevas conciencias para propugnar por la justicia, que es la pugna que me detiene aún en Puerto Rico.

Lo que quiero al asesorar mi juicio con el suyo, y ya que juntos vimos en enero pasado cuán importante factor, en el problema de Puerto Rico, es la opinión del pueblo americano; y ya que usted acaba de venir de donde se ve con los ojos de la cara si crece o decrece la corriente que encontramos tan poderosa en contra de estas expansiones violatorias de la ley de vida a que el simple desarrollo de la civilización ha sometido a nuestro Continente, quiero leer de su pluma la anotación de hechos, favorables o adversos a mis opiniones, que usted pueda proporcionar a mi estudio del problema.

Si, al contestarme, le es posible remitirme alguno que otro recorte de la prensa americana, pro o contra mis deseos patrióticos, se lo agradeceré, aunque no tanto como su dictamen.

Con afectos para su familia, especialmente para su señor padre, renovación de amistades.

E. M. Hostos.



Mayagüez, 16 de noviembre de 1899.

Señor Joaquín E. Barreiro,
El Demócrata, Cayey.

Querido compatriota:

A la carta en que usted recogió la alusión que con placer hice a la digna actitud de El Demócrata, ahí, y de El Criollo, en Aguadilla, no quería contestar hasta saber cuál es puntualmente la conducta que debo seguir y aconsejar al corto número de patriotas que, de buena fe y con designio meritorio, han adoptado las doctrinas transparentes de la Liga. Para saber qué debe hacerse, es necesario saber qué situación es la nuestra, y aun no se sabe.

Desde que se condenó a Evaristo Izcoa Díaz, se amordazó de nuevo la libertad de la Prensa, y se ha retrocedido al gobierno militar sin restricciones, que de hecho se había restringido y limitado al declarar libre la imprenta. Desde que, sin juicio previo, se detiene en la cárcel a otro periodista, se ha hecho ineficaz la aplicación del Habeas Corpus al procedimiento civil y criminal.

El cambio efectivo de estado jurídico que esos dos hechos gravísimos han producido, se agrava manifiestamente a la vista del pensador, cuando ve que el país se muestra tan dúctil, que lo mismo aplaude los reconocimientos de derechos que soporta la substracción de esos derechos. A estas horas, ya que no hay ningún tribunal en Puerto Rico que sostenga y defienda la jurisdicción natural del puertorriqueño, debería estar en Washington un procurador de justicia y desagravio que estuviera pidiendo a la Corte Suprema de la Unión Americana el desagravio que reclama la injusticia cometida con el periodista puertorriqueño en la persona de Izcoa Díaz. El desagravio de la Corte Suprema valdría por sí solo más que juntos han valido todos los alegatos hechos en contra del gobierno militar y en pro del régimen civil. En el caso de Tomás Carrión Maduro, habría bastado que en toda la Isla se hubiera imitado a la Liga de Patriotas, que aquí fundó tempestivamente una asociación para la defensa del privilegio de Habeas Corpus, y que esas asociaciones se hubieran acordado de defender lo que se hubieran comprometido a defender.

Propugnar sólo por el derecho de todos contra la voluntad de todos, es tarea ineficaz; combatir sin compañeros de combate contra un gobierno militar que conviene a la política de un partido gobernante es una empresa de insensato. Contándonos con los dedos de las manos, los partidarios confesos de la conducta civilizadora que aconsejan los Estatutos de la Liga, no llegan del uno al otro dedo pequeño de ambas manos.

Mientras tanto que los partidarios declarados de la Liga de Patriotas crecen como gentes que toman cuantas cautelas tiene el egoísmo, los partidarios de banderías que se apellidan políticas se multiplican como gente llamada a la satisfacción de todos los goces y bienes de este mundo. La Liga lleva ya un año y tres meses de continua propaganda, y no ha crecido; los partidos «políticos» se han improvisado de la noche a la mañana y en espacio de tiempo insuficiente para que florezcan plantas han retoñado partidos como si entre ellos y la situación actual de Puerto Rico no mediara el hundimiento del mundo artificial en que habían actuado.

E. M. Hostos.



Mayagüez, 21 de noviembre de 1899.

Señor N. Quiñones Cabezudo,
Caguas.

Querido compatriota:

Hasta ayer no llegó a mí la carta suya del quince. Remito a usted seis ejemplares de los Estatutos de la Liga de Patriotas, y agrego uno del Alegato en pro del Gobierno Civil, a fin de que el propósito político de la asociación sea mejor conocido.

Debo, para proceder con mi habitual lealtad, advertir a usted que no asentiré, como otras veces no he asentido ya, a la fundación de ningún Comité que previamente no establezca dos de las tres instituciones fundamentales de la Liga: de las tres (la escuela nocturna, las conferencias semanales y la escuela reformada) las dos primeras son sine qua non.

Esa condición la impongo como prueba de adhesión concienzuda. Impóngola también, porque es probable que acceda al llamamiento del Gobierno y pueblo dominicanos para ayudarlos en su nueva vida, y quiero ver si los adeptos de la Liga son moralmente aptos para la obra que ella impone. Si lo son, se podrá contar conmigo en dondequiera y cuando quiera. Si no, yo no he hecho por mi patria lo que en vano he hecho, para usufructuar su cadáver, sino para salvar su personalidad.

Afectuosamente.



Mayagüez, noviembre 21 de 1899.

Al señor Ramón Vélez López,
Sabanahoyos.

Querido compatriota:

Me alegro mucho de que la tardanza de la carta suya, fecha 10, en que me pide consejo, y mi fuerte reflexión y patriotismo, me hayan impedido darle el consejo que me pide.

Lo que yo puedo aconsejar a mis compatriotas en general, a mis amigos en particular, a los hombres en masa; a cada hombre en persona, es que tengan un sólo juicio para cada necesidad de decidirse, y no una triple serie de razones para inclinarse a la vez a tres distintas determinaciones.

Usted es joven, inteligente, amante de su país, ganoso de notoriedad honrada: pues decídase a una de las dos únicas cosas que puede y debe hoy hacer un puertorriqueño de bien: o trabaje por conseguir que Puerto Rico tenga en los Estados Unidos quien declare de continuo que quiere el gobierno temporal, o trabaje por la más pronta declaración de Estado. Lo primero es lo más digno, lo más previsor y lo más humano, porque a la vez salva la personalidad de un pueblo, hoy; la riqueza y la independencia comercial, mañana; la paz, siempre; lo segundo, honroso y bueno en sí mismo, tiene el inconveniente de ser en cierto modo una solución impuesta por la fuerza de las armas; tiene el inconveniente de subordinar la riqueza y la independencia económica de Puerto Rico a la torpe política económica de los Estados Unidos; tiene el inconveniente de convertir a Puerto Rico, en caso de guerra de la Unión, en primer blanco de enemigos que acaso pueden ser peores dominadores.

La cita de no sé quien y no sé qué, a cuyo texto (que usted en parte se sirve darme a conocer) me dice usted que se debe su desconfianza de políticos del país, es una cita que sirve para juzgar de la educación política que dio España a los puertorriqueños.

El club de educación que usted piensa fundar no debe estar bajo el amparo de nadie. Si hay quien para educarse y educar pide permiso, ya está condenado a no ser hombre.

Las escuelas de la Liga no han podido fundarse en país que, a la hora en que estamos, anda desvanecido tras personalismos insensatos.

Mucho me complace su reiterada adhesión a mis doctrinas. Yo, para hacerlas más honradas en la sociedad que mejor las ha adoptado, aceptaré el llamamiento que a ese país me hacen los dominicanos. Entre ellos trabajaré, como siempre lo hice, por Puerto Rico, por Cuba, por las Antillas confederadas, por la civilización americana, pero no, de ningún modo, por la absorción de nuestras islas. Cuando para eso me necesite Puerto Rico, que me llame.

Afectuosamente.



Santo Domingo, hoy 15 de abril de 1900.

Señor Agusto González.

Estimado señor y amigo:

Cuando fui a rogar a usted el esclarecimiento de algunos puntos del contrato, asentí al deseo que usted me manifestó de que le comunicara la opinión que del mencionado instrumento yo formara.

Así lo habría hecho con la mayor sinceridad y complacencia, si el carácter apasionadamente político que ha tomado este asunto nacional, no me advirtiera que yo no estoy aquí para ser útil a ninguna política, en ningún caso, sino para servir en todo caso a la nación. Siendo tan manifiesta la honestísima intención del Ejecutivo, al buscar en un contrato con la Improvement Company los varios medios de acción y recurso de vida, que no sin diligencia ni sin inteligencia han tratado de conseguir los negociadores del contrato, también es manifiesta la injusticia de toda oposición que intente arrojar sombras sobre la clarísima buena fe del Presidente de la República y sus Comisionados. Pero no todo es pasión política en lo que se arguye contra ese convenio; los artículos cuarto y sexto, a pesar de habérmelos explicado lúcidamente por recomendación de usted el señor Logroño, me parecieron más ininteligibles cuanto más los leí; pues ni entiendo como ha podido el Ejecutivo dejar en mano de acreedor tan infiel cual la Improvement se presenta, una operación tan importante como la que él le abandona en los dos acápites del artículo cuarto, ni creo que se puede estimular la fe que el Gobierno manifiesta en el artículo séptimo, al dar por segura la condición (el consentimiento de los tenedores de bonos) a que queda subordinada la parte sustancial del convenio.

En el artículo diecisiete que es simplemente una cláusula de rescisión, tan normal y característica de todo contrato bilateral (que nadie se habría fijado en una cláusula meramente instrumental), si una de las partes contratantes, la Improvement, mereciera la confianza que la otra, el actual Gobierno de la República; hay necesidad de fijarse, por ser claro que si la Improvement falta al convenio, en bien del país y del Gobierno, que ha sido debilidad otorgarle esa confianza, lo patentiza el hecho de estar esa Compañía en mora para con sus poderdantes. La simple rescisión a nada lleva sino a la vuelta de las cosas ant pactum, que es precisamente el estado de cosas que el Gobierno ha querido sustituir por medio del contrato.

Ahora bien: ¿Qué es dado opinar de un acto gubernativo que tan a las claras revela lo tristísimo de la situación?

Es dado opinar, y es lo que opino, que no es situación de recursos y temperamentos parciales como un convenio que saca de un apuro. Aquí se trata de saber sacar partido de un ínfimo grado de postración para levantar al país a un grado de fuerza natural, y de un estado de efectiva desorganización al de necesaria organización en que un Estado es digno de su nombre porque efectivamente representa la actividad jurídica de una sociedad.

E. M. Hostos.



Hoy, 9 de junio de 190085.

Al Sr. Mario E. Mazara,
Santo Domingo.

Querido discípulo:

Aunque no puede ser a mí a quien venga una pregunta dirigida a un sabio, pues que de sabio no tengo ni el saber vivir, voy a decirle brevemente lo que sé de eso que llaman decadentismo.

En primer lugar, no es una escuela literaria, porque no tiene ideal ni propósitos sociales ni doctrinas literarias, ni siquiera adeptos.

Naturalismo, parnasismo, modernismo, decadentismo, no son más que tanteos. El arte literario del siglo XIX fue el romanticismo, que estalló con Byron, dominó con Víctor Hugo y abrumó con Hoffmann, en Alemania, y con Edgard Allan Poe, en los Estados Unidos.

La caída sucesiva dé casi todas las tradiciones, religiosas, políticas, científicas, artísticas y literarias; la sutil influencia de las teorías evolucionista y transformista, así en las creencias naturales como en las filosóficas, y el dominio de la naturaleza como expresión común del objetivo al par que del método científico, habían concluido por dar en tierra con casi toda la construcción intelectual y espiritual de los tres siglos anteriores. Era, como hora de renovación para la verdad, hora de confusión para lo bello; y los cultivadores de las artes, todas, especialmente de las literarias, viéndose desorientados, porque ni el clasicismo ni el romanticismo eran escuelas que se hubieran salvado de la descomposición que el análisis produjo en ellas, empezaron a bandear, como pilotos sin derrotero, del clasicismo al romanticismo, y de éste a aquél, y cada vez que uno de ellos, atribuyendo prioridad a la forma, o reivindicando para el fondo el predominio de lo bello, se anunciaban como descubridores de sistemas literarios, sentían tras de sí una parte de la muchedumbre desorientada que acudía a presenciar el renacimiento deseado del arte literario.

Esto, naturalmente, sucedía más activamente en la ciudad más desocupada, que es París, y de allí empezaron a salir las influencias de los naturalistas, que llevaban la expresión de las realidades de la vida común hasta la representación de las suciedades naturales de la realidad; o la depuración, pulimento y espiritualización de la forma hasta la negación del fondo; o la fábrica de expresiones intensas, para la representación de ideas forzadas, hasta deformar el diccionario normal de las lenguas literarias. Los primeros fueron los naturalistas, realistas; los segundos, los parnasianos; los terceros, los decadentes.

Son tres nombres de una misma enfermedad, de una misma crisis, de una misma atonía del arte literario. Nada en suma. Cuando el pensamiento nuevo se haya sedimentado, y el sentimiento verdadero y efectivo haya encontrado en él su nueva base de sustentación, todo ese ruido irá a formar en la historia del arte la sección de ruidos, que servirán, como los ruidos de la decadencia literaria de Grecia, de Roma, del Escolasticismo, de todas las épocas de transformación, para estudiar los movimientos del alma humana en las conturbaciones de las sociedades.

Con excusa por lo poco y malo.



La Vega, septiembre 3 de 1900.

Señor Ministro de Instrucción Pública,
Santo Domingo.

Señor Ministro:

Tenía el propósito de presentar en persona el informe que remito, a fin de contestar prontamente las objeciones que él pueda suscitar, salvando así las dificultades que ofrecieren las reformas en la enseñanza que propongo, y los medios para sostenerla que sugiero. Pero el malestar de que sufro no me permitirá cumplir ese propósito, y resuelvo anticipar el informe.

Fuentes de tributación escolar

Por observación y experiencia convencido de que la organización efectiva de la Enseñanza Pública será imposible mientras no se provea de un modo seguro a su sostenimiento continuo, me propuse principalmente inquirir, en esta primera inspección, en dónde, si las hay, están las fuentes de tributación que puedan asegurar permanentemente la vida escolar y el desarrollo de la educación común en el país.

Aunque sólo de paso, ya desde Macorís del Sur empecé mi indagación, que he continuado metódicamente en esta ciudad de La Vega y en las de Moca, Santiago y Puerto Plata.

Cuando pueda, con más tiempo, documentar la materia de este informe en las actas de Ayuntamientos, Juntas Provinciales de estudios y asambleas de particulares, aparecerán las discrepancias ya entre todos o algunos y el Inspector General, ya entre sí, con respecto a los recursos que se le han sugerido para proveer de recursos propios a la Enseñanza Pública.

Entonces, apreciándose el porqué de las discrepancias y el cómo reducirlas a opinión común, aparecerá de suyo un problema vital por resolver, que es la urgente autonomía de los municipios, por lo menos, de los grandes municipios. Cuanto deben poder para responder de la Educación común en sus jurisdicciones municipales, tanto dejan de poder por la fuerza absorbente del centralismo, que es aquí el mayor mal en materia de instrucción pública.

Incapacitados para toda verdadera iniciativa, maravilla que puedan hacer algo en favor del que espontáneamente, sagaz y patrióticamente consideran como el primero entre todos los servicios, y hasta conmueve, hasta enternece verlos contribuyendo generalmente con un tercio de sus proventos totales al cumplimiento del deber de educación común.

Este deber, mal definido, o expresamente definido como está para salvar de las garras del antiguo Estado las migajas del presupuesto escolar, impone a las municipalidades la responsabilidad que en buena doctrina toca al Estado nacional en asuntos de cultura pública. Por eso gravita todo el peso de la instrucción primaria, que es la más costosa como es la más trascendental, sobre las débiles arcas municipales, que, ni apuntaladas, pueden con el peso.

Contando con el porvenir, se propone una reforma en asunto de tanto momento para la organización jurídica y para la equidad en la distribución económica: que en lo sucesivo se encargue de la enseñanza fundamental el Estado, y que él la costee, la sostenga, la mejore, la amplíe y la haga digna del alto objeto que tiene en las repúblicas. De ese modo, y con la fuerza de iniciativa que le devolverá el goce de su autonomía, los municipios podrán considerar sin discrepancia como fáciles las obvias fuentes de tributación escolar, en que todos concluyen por asentir, pero en que muchos descubrieron escollos insalvables. Son estas las bases de recursos municipales para la instrucción pública, que se propone a los Ayuntamientos visitados:

  • Impuesto directo por solares yermos;
  • Cobro de rentas por terrenos comunales;
  • Capitación escolar o tributo personal de un peso oro ($1) al año a todo habitante del Municipio, o a los padres de familia de todo la Común, o a los que utilizan las escuelas para sus hijos o a los apatentados principales en proporción del quantum de su patente;
  • Percepción del setenta y cinco por ciento de los proventos del oficialato civil en cada una de las ciudades cabeceras de provincia o distrito dejando el resto al Oficial Civil y considerándolo como oficial municipal, bajo la guarda e inspección del respectivo Ayuntamiento;
  • Derecho de estampillas sobre el consumo del tabaco;
  • Aumento de derechos de importación sobre los artículos de lujo.

Los dos puntos que más se contravertieron, a veces con suma lucidez, y siempre con mucha cordura, fueron el relativo al modo de hacer municipales casi todos los proventos del oficialato civil, y el referente a la capitación.

El convertir los proventos del oficialato en renta municipal no fue idea del Inspector General de Enseñanza Pública, sino de los Ayuntamientos mismos, desde el Presidente del de Macorís del Sur, con quien oficiosamente se trató de la busca de recursos para la Enseñanza y que fue el primero que sugirió los proventos del Registro Civil como buena fuente de tributación escolar, hasta el Ayuntamiento de Puerto Plata, que estuvo unánime. Como las objeciones que se hicieron oír precisamente en el Ayuntamiento de Santiago versaron sobre el modo de municipalizar esa entrada, se puede considerar practicable la nueva inversión que se propone para los proventos del oficialato.

No así el tributo personal, que es, sin embargo, el que con más altas intenciones propone el Inspector General de Enseñanza Pública: la misma divergencia en el modo de hacerlo efectivo, patentiza los obstáculos que ofrece. A todos, como propone el Inspector, la equidad y la teoría del impuesto que sean todas las contribuciones, lo creen imposible todos los Ayuntamientos; algunos, buscando un tanto por ciento de la población que está en aptitud de apreciar la importancia de ese tributo, lo creen conveniente en Moca los de Moca; a los apatentados, con referencia al quantum de su patente, lo presuponen hacedero los concejales de Puerto Plata; a los padres todos de familia parece que sería, en último caso, muy justo, equitativo y conveniente imponer esa cuota de educación común. Por transigir con los obstáculos, se podría convenir en una contribución anual de $2 oro por cada alumno de enseñanza primaria, secundaria, normal, profesional o técnica.

Indudablemente tienen razón los Ayuntamientos consultados, cuando alegan como un peligro para la enseñanza misma la idea de una capitación escolar; pero es necesario insistir en ella basta hacerla efectiva, porque así será ella el exponente preciso del aumento de razón común, y porque así se habrá dado el primer seguro paso en la tributación directa, que es tal vez la mejor esperanza para la hacienda pública, así como también para el orden que se funda en el derecho y que descansa en los deberes constitucionales impuestos a todos y cumplidos por todos.

Escuelas convenidas

Las escuelas de que voy a hablar han sido el resultado de conversaciones entre la Inspección General y los Ayuntamientos, Juntas de Estudios y particulares.

Sin recursos municipales ni nacionales para fundar nuevos órganos de educación pública, ni aun para reorganizar los existentes, sólo estimulando o aprovechando la iniciativa de grupos e individuos habría sido posible lo que se ha hecho.

Se ha establecido o convenido en establecer una Escuela Normal de Maestros en La Vega; una Escuela Graduada de Varones y otra de Hembras en Moca; una Escuela de Comercio en Santiago y otra en Puerto Plata.

Todas esas nuevas instituciones docentes son libres; pero en las de La Vega y Moca figura el Ayuntamiento, subvencionándolas, y los particulares aportando la responsabilidad de la institución, mientras que en Puerto Plata se ha hecho todo por iniciativa privada, como también así se hará en Santiago.

Escuela de Agricultura Práctica

En La Vega se ha malogrado el convenio que se había formado con el Inspector General de Enseñanza Pública para otras dos instituciones escolares; pero está realizándose con éxito el proyecto de Escuela de Agricultura práctica que yo acariciaba, como acaricio la realización de las Colonias Agrícolas que también he tenido la suerte de promover y que espero tener la ventura de ver organizadas.

La Escuela Agrícola es ya un hecho: la aplicación del terreno; las primeras operaciones de preparación en él; el plan por realizar; el plano para determinar el orden de los trabajos y reglamentar la disposición, tamaño y especialidad de los planteles, tanto como la designación del perito agrícola que ha de dirigirla y de los dos profesores inspectores que han de mantenerla en orden, todo está pendiente de un decreto que valide estos esfuerzos y que prepare, con el ensayo de la primera Escuela de Agricultura práctica, la función normal de estos órganos docentes en el desarrollo paralelo de la riqueza y la cultura.

Colonias Agrícolas

Aprovechando la felicísima circunstancia de ofrecerse en venta los terrenos que circunscriben el campo de la Escuela de Agricultura, y siendo ellos los que mejor pueden apropiarse a un ensayo de colonización agrícola, tanto por estar en actual cultivo y proveer así al sostenimiento inmediato de las familias colonizadoras, cuanto por su vecindad a poblado urbano, con lo cual irían al par la producción y el cambio en esos predios, me resolví a proponer al Consejo de Gobierno la adquisición de tierras tan utilizables para propósito tan digno de una Administración reconstructora, como es el establecimiento de colonias rurales.

Estimulado por la favorable acogida que tuvo en el seno del Consejo la propuesta, el propietario de los terrenos, el señor Rosendo Grullón, a quien país y Gobierno deberán siempre reconocimiento por la generosa disposición que muestra al bien público, ha seguido cuantas indicaciones e instrucciones recibió de esta Inspección General, y mandó a levantar el plano de los terrenos y redujo a trazados objetivos la distribución de colonias.

Puestos a la vista del Gobierno todos los datos del problema, en sus manos está el resolverlo.

Al proceder como ha procedido, el Inspector General de Enseñanza Pública no ha hecho más que tratar de procurar al país el medio práctico más vasto que existe de diseminar por todos los senos de la sociedad dominicana los beneficios de la civilización, que no es tal sino cuando la educación pública se hace común a campos y poblados.

Anhelo que lo hecho y lo intentado sea de la aprobación del señor Ministro, y para bien de la República.

Dios, Patria, Libertad.

El Inspector General de Enseñanza Pública,

E. M. Hostos.



Santo Domingo, 8 de octubre de 1900.

Señor Lucas Guzmán, hijo.
Moca.

Estimado señor Guzmán:

Si desde mi salida de Moca hubiera estado en actitud de escribir a usted, al señor Sanabia, al señor Jiménez, al señor Cabrera, a cuantos me llenaron de reconocimiento por las bondades y distinciones que tuvieron para conmigo y mis niños, esté seguro de que les hubiera escrito con frecuencia: que, al menos, ese hubiera sido un medio de probarles que no soy olvidadizo; pero hasta ahora no me han dejado tiempo ni ocasión los viajes, los quehaceres, los quebrantos de salud. Y si hoy le escribo, no es tanto para departir con usted de mis gratísimos recuerdos de Moca, sino para recomendar a sus bondades y amistad la persona del señor Luis A. Weber, el aptísimo maestro normalista a quien he encomendado la dirección de la Escuela Graduada que ya, a la llegada de esta carta, espero que estará funcionando.

Aunque me ha apesarado mucho que no se haya podido llevar a completo cumplimiento la convención celebrada en esa ciudad, me anima la esperanza de que el éxito que auguro a la Escuela Graduada de niños, estimulará al deseo de tener la de niñas. Y como para eso estoy yo aquí, para vivir ojo avizor a cuanto concurra al desarrollo educacional del país y al logro de los sanos deseos de esas queridas poblaciones del Cibao, en cuanto la ley y el presupuesto lo permitan, haré que Moca tenga su Escuela Graduada para las niñas.

Con el señor Weber ahí, los jóvenes, usted y su hermano Mon al frente de ellos, van a tener lo que yo quería que tuvieran: un buen director intelectual.

Aprovechen ustedes la buena disposición y las instrucciones mías que él lleva para ayudarlos en sus tareas intelectuales, y no serán vanas las esperanzas que concebí de hacer de la juventud de Moca una de las fuerzas morales y sociales de la República.

Mientras con mis esfuerzos logro yo aprobar a mocanas y mocanos mi simpatía, mi cariño y mi interés por ellos, diga usted a todos, uno por uno y una por una, que, al ayudar al señor Weber en la obra que le he encomendado, ayudarán a servirles

A su amigo.

P. D.- A la señora, afectos y respetos; al pequeñuelo, caricias; a la familia toda, recuerdos afectuosos. A nuestros amigos, que expresamente quiero que usted se sirva saludar en mi nombre, que me tengan en su memoria.



Santo Domingo, octubre 8 de 1900.

Señor Manuel Sanabia,
Moca.

Querido discípulo:

Cuanto más se haya contrariado la imposibilidad en que males, ocupaciones y cambios de lugar me han tenido de corresponder con usted, tanto más me complace hoy la ocasión que se me presenta de escribirle, y de manifestarle de una vez, con viva expresión de afecto, el reconocimiento mío, y el de mis niños, por las atenciones y delicadezas con que usted, como el que más, contribuyó a hacerme grata mi estancia en Moca.

El cumplimiento de mi deber quiere que mi satisfacción, al escribirle, sea aún mayor de lo que sería en cualquier otro caso, porque al llenar el requisito que me comprometí a llenar para que tengamos ahí una Escuela Graduada, envío a dirigirla uno de los primitivos normalistas, que tendrá para usted todo el prestigio que en las aulas da la precedencia a los antiguos. Luis A. Weber, de los antiguos; Manuel Sanabia, de los novicios, en la primera época de la Normal, serán hoy dos amigos, dos compañeros, dos mutuos cooperadores en las tareas diarias de la Escuela, y dos auxiliares de la obra de organización que, después de 20 años de esfuerzos vuelve la Normal a intentar en la República.

El señor Weber no va a usar de mi recomendación para con usted, como va un desconocido a ampararse en el nombre y la influencia de un protector, va, recordado por mí al condiscípulo, a unirse con él para realizar juntos todos los sanos propósitos de la escuela, de la doctrina, del ideal, que recibieron como legados los que fueron unidos por el aula para llevar a cabo la obra de organización, y acaso de salvación, que tanto después interrumpió la maldad.

El tono un poco solemne con que involuntariamente he concluido por escribirle, indíquenle mi deseo de que sea lo más asidua, seria y concienzuda la tarea que desempeñen en la Escuela Graduada de Moca, y en los trabajos intelectuales de la juventud mocana, los que, como usted, están llamados a ayudar al señor Weber.

Que la Patria los inspire en sus tareas, como los estimula a ellas.

Su afectísimo maestro amigo y servidor.

P. D.- A su buenísima compañera, expresiones mil de afecto y de respeto; a su señor padre político, mis consideraciones.

OTRA.- Me es imposible escribir a todos los a quienes deseaba hacerlo: sírvase sustituir mis cartas con las cariñosas expresiones que para todos encargo a usted.



CIRCULAR

Señores de la Asociación del Normalismo.

Si queremos que el sano movimiento de que estamos siendo factores y testigos pase de esfuerzo de circunstancias a regla de conducta nacional, empeñémonos en ayudar de todos modos en su obra a la escuela, al magisterio y a los niños y niñas de las escuelas públicas.

La ayuda más eficaz por el momento, es la que ha de servir para estimular a la infancia y a la adolescencia de las escuelas en una de las tareas que la mera organización de la enseñanza ha de exigir. Esa tarea es la de consagrar una tarde de cada semana a excursiones campestres. Por cualquiera de los tres servicios que están llamadas a prestar, comprenderán ustedes lo importante que son unos ejercicios de movimiento al aire libre, de comunicación inmediata con la naturaleza y de forzosa observación de lo bello, lo bueno y lo verdadero que ofrece a la vista la incitante realidad del mundo físico. La salud que el ejercicio corporal está destinado a producir; el placentero estímulo que la variedad y novedad de objetos es capaz de mantener en sana actividad; la alegría y la vivacidad de sentimiento que el compañerismo da a nuestros afectos, han sido en todas partes los resultados de esas excursiones escolares: cualquiera de ellos es considerable; todos ellos tienen tanta importancia social para nosotros los agobiados por las circunstancias sociales en que vivimos los pueblos nuevos, que si consiguiéramos que las excursiones tomaran carácter nacional nuestro pueblo se haría sano y fuerte, atento y observador, alegre y fraternal.

Si los asociados del Normalismo dieran en todas partes el ejemplo de esas benéficas excursiones, es probable que la población de las escuelas no desmayaría en esa tarea de fortalecer cuerpo y alma que le impondrá la nueva organización de la Enseñanza, si llega la ley a sancionarla.

A fin, pues, de que las escuelas reciban ese ejemplo y esa ayuda, me he decidido a exhortar por medio de usted a los asociados todos de ese núcleo, para que instituyan excursiones sociales de carácter educacional.

Rigorosamente se proscribirá de ellas: los estimulantes que suelen excitar a la alegría sensual desordenada; las escopetas, revólveres y cuchillos; los caballos, muías y acémilas y vehículos de cualquier especie; las bebidas alcohólicas; las conversaciones de carácter político, religioso o crítico; y causa cualquiera de desorden.

Reglamentariamente se exigirá para esas excursiones: un traje de excursión; lápices y cuadernos de dibujo y de notas; uno o dos aparatos para fotografías instantáneas; un herbolario común, un caza-insectos, café en polvo, té en hoja, árnica y ácido fénico en frascos.

Cada excursión tendría un objeto determinado que se convendría de antemano. El relato de cada excursión sería obligatorio; no sería de ningún modo un relato literario, en que se cuidara principalmente de la forma, sino, al contrario, de un carácter histórico en que se atendiera al fondo, y en que se fijaran con exactitud los hechos naturales que se hubiesen observado.

Con deseos de que ese núcleo del Normalismo contribuya al bien que se propone,

Afectos mil,

E. M. Hostos.



CIRCULAR

Señor:

Ruego a usted que se haga cargo de comunicar semanalmente a El Normalismo las noticias de esa ciudad y su comarca, que digan relación a los fines provinciales y municipales de la Enseñanza, a los de nuestra asociación ya los de nuestro periódico.

Como usted sabe por propia reflexión, el papel que desempeña un corresponsal es de los más dignos o de los más indignos. Ni usted ni el Normalismo pensarán en el papel de los corresponsales indignos, que emplea la pluma en promover dispuestas y en ahondar diferencias entre los habitantes de un lugar. Al contrario: lo que usted y el Normalismo quieren es el corresponsal que sirve para unir, ligar y confraternizar en la obra de la civilización a los habitantes de la comarca en que reside y por la cual se interesa como parte de la patria que necesita de vida; civilizada en todas y cada una de sus fracciones.

Me lisonjea la esperanza de que usted se sujetará voluntariamente, y del modo más estricto a las siguientes reglas de conducta, si se digna aceptar el puesto de corresponsal de El Normalismo:

  • La mejor intención posible para con todos, y el más efectivo olvido de las diferencias de opinión o de conducta que separen a las gentes;
  • Exclusivo atender a los intereses que ahí tengan el trabajo, la libertad, la educación, la moral y el orden público;
  • Suministro de noticias relativas a los cinco anteriores órdenes de actividad;
  • La mayor brevedad posible y la más cuidadosa sobriedad de pormenores;
  • Manifestación de los medios que ahí se estimen conducentes para realizar obras de carácter provincial, municipal o urbano, ya de carácter económico, ya de carácter jurídico, etcétera;
  • Comunicación de los actos sociales que indiquen progreso en las ideas, los sentimientos, la voluntad y las costumbres;
  • Datos sobre la ignorancia y la indolencia pública; sobre el juego de garitos y de casas particulares; sobre la ebriedad de los campesinos y de los urbanos; sobre los homicidios y los asesinatos; sobre los crímenes, delitos y faltas contra la propiedad, la seguridad, la honestidad, la dignidad personal.

Estos datos importa que sean estadísticos; es decir, que vengan clasificados según clase, número y repetición, para poder ir formando la demografía y la estadística de cada provincia y distrito.

Elegido como usted ha sido por su conocida elevación de ideas y su adhesión a los principios que sirven de fundamento a la doctrina del Normalismo, lo considero muy apto para modificar el anterior cuadro de indicaciones, aplicándolo como lo crea más conveniente a la consecución de nuestros propósitos comunes.

Muy afectuosamente.



CIRCULAR

Discípulos o amigos:

A todos gracias; a los que tan varonil y persuasivamente hablaron antier en favor de las doctrinas modernas y del hombre que aquí las ha hecho alma de la juventud y esperanza de la sociedad; a los que apoyaron con su voto a los oradores e hicieron propias sus doctrinas.

Gracias por ellas, por él y por ustedes mismos.

Gracias, principalmente, porque la actitud de la mayoría del Congreso es un acto de reivindicación o de resurrección que hace ya lícita la esperanza de los que con él reivindica para el Congreso, para la juventud, la dirección moral e intelectual de la sociedad que desesperadamente nos disputan a injurias y calumnias las reacciones del pasado. Por él manifiesta que ha resucitado aquella juventud resuelta a salvar la civilización de su país que sabrá que ya vuelve a saber cuál era su deber cuando por su propio esfuerzo salió de la tiranía que ayudaron con sus complicidades los siempre indiferentes al mejoramiento de la patria.

Reducirlos de factores voluntarios del triste estado social en que nacieron a factores involuntarios de un grado superior de vida social y nacional no es ya solo desde el noble acto de ustedes un deber de la política que se inaugura sino un compromiso del Congreso y de la juventud con el país.

Nada, a excepción de los débiles que representan el tradicionalismo del caudillaje, nada se opondrá a ustedes.

En los Consejos del Ejecutivo no puede haber nadie que no vea, sobre todo, después de la última asechanza, que el bien del Ejecutivo es el bien del país; que el bien del país es la entrada franca en la civilización.

En el alma de la nación no hay un sólo sentimiento que no corresponda virtualmente a la actitud de ustedes. Eso es lo que el pobre país quería. Eso es lo que el país quiere. Eso es lo que él probará que quiere.

Con esperanzas patrióticas en ustedes,

Muy de ustedes.



Santo Domingo, 25 de febrero de 190186.

Sr. Miguel Ángel Garrido,
Editorialista del Listín Diario.
Santo Domingo.

Estimado señor Garrido:

Aun siendo usted el editorialista de ese diario, no siempre lo leo. Por eso llego tarde a darle las gracias afectuosas que le debo por dos breves defensas que usted ha hecho de los actos de la Inspección General de Enseñanza Pública,

Breves, bastan: con tanta puntualidad ha hecho usted saber lo que importa hacer saber, aunque no se tenga casi nunca la seguridad de juicio que usted manifiesta al hacer saber que las llamadas violaciones de la ley de estudios no son más que actos de organización.

Llevados a cabo, ¡pues es claro...!:

  • sin el más remoto propósito de violar la ley ni de lastimar intereses sectarios;
  • de acuerdo con sumisísimos respetadores de la ley, como son los ayuntamientos de La Vega y Moca;
  • en cumplimiento de convenio entre el Inspector General de Enseñanza Pública y asambleas de padres de familia, miembros de Junta de Estudio y representantes de Municipio, difícil cosa es que el buen deseo de dar a La Vega y Moca la enseñanza organizada que pedían, tuviera el mal designio de violar la ley.

El designio fue satisfacer legítimos, vivísimos y honrosísimos deseos de aquellas provincias, tan resueltas a utilizar su iniciativa y sus recursos, si las secundaban, que el Inspector General de Enseñanza Pública no pudo ni debió desoírlas, por más que el objeto concreto de su viaje fuera indagar si en aquella parte de la República había y hay medios de vida propia para la enseñanza pública.

A propósito de lo cual, y pues que veo otro editorial de usted acerca del proyecto de ley de fondos municipales y nacionales para la enseñanza pública, consiéntame le diga las pocas palabras necesarias para corregir apreciaciones inmotivadas.

En primer lugar, aprecia usted como obra individual la obra de casi todos los ayuntamientos de la República.

Como la muestra de vida más honrosa que me ha dado el país, me la ha dado por medio de sus municipalidades, al manifestarse ansiosas de una ley de fondos escolares y al designar cuáles podrían ser los medios de tributación para formar esos fondos, es mi deber hacer constar que es honra de los municipios todos la que usted atribuye a un hombre solo.

En segundo lugar, y según consta en el preámbulo al proyecto de ley, casi todas las asignaciones, contribuciones y recargos han sido sugeridas por uno u otro de los ayuntamientos con quienes traté. Lo único exclusivamente mío es lo único impracticable que hay en el proyecto: con eso digo que la idea de la capitación es lo exclusivamente mío. Los ayuntamientos todos, así los con que traté de palabra como los con que me entendí por circular, todos, con dos excepciones, han sido contrarios a la capitación. Y por razones tan obvias, que es natural que, en vez de extirpar, arraigarán mi convicción de que era necesario hacer constar la necesidad de inducir al país a que contribuya personal, directamente, a sabiendas de que contribuye a sostener su propia educación.

La segunda apreciación de usted, es la de ser utópico el proyecto de ley. Con excepción del tributo personal directo, que es una utopía voluntaria, reflexiva y concienzuda del Inspector General de Enseñanza Pública, todo lo demás es resultado del afán práctico de los buenísimos ayuntamientos que me han oído o me han leído, y de la imposibilidad en que ellos y yo estábamos de pensar en el medio más pronto y eficaz de contribuir generosamente a la enseñanza de todos. Ese medio es un impuesto sobre la propiedad rural y urbana, que produciría inmediatamente unos quinientos mil pesos. Con ellos bastaba para empezar a organizar la enseñanza y para dejar intactas a los ayuntamientos sus pobrísimas rentas, que eran los dos resultados que me proponía de la ley de fondos escolares.

Otra apreciación: la de que puede haber actuado en la mente del autor del proyecto redactado el deseo de propiciar considerables sueldos a ciertos maestros. A ciertos, no; a todos, sí: y no grandes sueldos, sino suficientes.

Si a mí, que quiero al país hasta el extremo de haber vuelto a él, me ha causado indignación contra todos el haber visto con mis tristes ojos que aquí se tiene la insolencia de dar diez pesos, y seis pesos, y hasta cuatro pesos al mes, a un desventurado o desventurada que apela a vivir de su corto saber en una escuela; y que eso se le da por un día entero de trabajo, por todo su día, y para el horrible trabajo de la enseñanza diaria, no quiero, en cuanto de mí dependa, no quiero que ningún extraño venga a sorprender en tamaña vergüenza a la República. Para esos desventurados maestras y maestros, a quienes de esa manera se esclaviza, quería y quiero buenos sueldos, casas gratuitas, independencia suma, sumas consideraciones, y estímulos tantos, cuantos honren y afamen al país.

Ahora, cambiemos utopía por utopía.

Usted, que es bueno, ha tenido la bondad de pensar en el modo de realizar el problema de las rentas escolares, que el proyecto de ley presenta planteado, no resuelto, al Congreso nacional. Y dice usted que tal medida rentística que indica, daría unos 190,000 pesos.

Pues bien: yo en nombre de la pordiosera Enseñanza Pública, doy por esos 190,000 pesos oro, situados en cajas municipales o en cajas especiales de Instrucción Pública, como en Venezuela, todos los millones que hubieran de producir las asignaciones, contribuciones y recargos con que se ha recargado de trabajo y especulaciones mentales la Inspección General de Enseñanza Pública.

Lo que no daré, son las tierras pedidas en el proyecto, porque ésas tienen el propósito de salvar por siempre a la instrucción nacional, y de contribuir a salvar a las pobres familias puertorriqueñas que hubieran de venir a fundar en las tierras escolares las colonias agrícolas en que piensan los que más quieren a estos pueblos y más compadecen a estos hombres.

Muy su afecto,

E. M. Hostos.



Santo Domingo, 8 de junio de 190187.

Al Ayuntamiento de La Vega.

Honorable Ayuntamiento:

Seré breve. Si he estado siempre urgido por el deseo de que no pase para mí un día en la República sin que pueda decirme al concluirlo: «Hoy hemos ganado una pulgada de terreno a la barbarie», desde el voto de gracias88 en lo sucesivo no dejaré pasar un momento sin que me anime la esperanza de que cada paso que demos en la organización de la enseñanza sea un avance cierto en la obra común de civilización: hasta ese punto ha llegado la influencia del acto de conciencia social que ustedes han realizado al distraerse de sus tareas municipales para poner atención al gravísimo atentado nacional que se ha estado años enteros cometiendo y que se insiste ahora mismo en cometer contra la civilización, al oponerse a buenas y a malas, más a las malas que a las buenas, a la organización metódica y al desarrollo sistemático de la enseñanza racional.

El llamamiento de ustedes a los Representantes de la Nación para que establezcan la ley de Normales; la resolución del Congreso en previsión y consonancia de ese deseo, que es un deseo nacional; la concienzuda disposición de ese Concejo a apoyar material e inmaterialmente al hombre a quien no se deben gracias por lo poco que le han dejado hacer, sino, tal vez y en caso extremo, por lo mucho que ha intentado en pro de la civilización dominicana, que es como haberlo intentado en pro de la salvación de la República; en suma, lo que ha de sobrevenir en consecuencia de esa actitud y de esos actos es un punto nuevo de partida, claro, recto, preciso y consecuente. Gracias a La Vega, que no ha desaprovechado ocasión ni omitido sacrificio en la organización de la enseñanza comunal; y que, en la hora de crisis, es la primera que provee al peligro, ofreciéndose con cuanto es a combatirlo, ya no habrá ciegos en la República que crean lucha entre un hombre y sus adversarios, ni siquiera contienda entre una doctrina de luz y otra de sombras, sino que habrán de ver con evidencia que es lucha entre la civilización y la barbarie -vida aquélla, muerte ésta-, la que sostenemos los favorecedores y los hostilizadores del régimen de enseñanza completamente pedagógica.

Al ayuntamiento primero en ayudar a la obra de bien, ¡gracias!



Santo Domingo, 8 de junio de 190189.

Sr. J. A. de Lora h., y demás firmantes,
Santiago.

En cuanto partió de La Vega el movimiento nacional en pro de un régimen racional de la enseñanza pública, cuantos conocemos a Santiago contamos con que ella también tomaría su puesto en esta lucha. Por mi parte, no me fundaba tan sólo en los antecedentes históricos de los Caballeros90: para estar seguro de tenerlo a nuestro lado, me bastaba la conformidad de opiniones y propósitos que se estableció entre esa fogosa y entusiasta juventud y el fundador de la primera Sociedad de Maestros: que bastaba divulgarse, como por la buena ciudad se divulgó, el fin que tuve al establecer ahí la primera Liga de Maestros, para que inmediatamente se entendiera que en la obra de organización que me he impuesto, reconozco necesaria la cooperación viva y activa de todos los representantes naturales de la sociedad: el padre de familia, la mujer, el maestro, la maestra, la juventud de ambos sexos. Y a esa ciudad no le hace falta, para ponerla en servicio de la obra de reconstitución social que hoy es deber de la sociedad dominicana, otra cosa que ejemplo y llamamiento a sus nobles aptitudes.

Con ese llamamiento quería yo responder al acto de adhesión que ustedes han hecho a los principios predicados y practicados por la Escuela Normal de Santo Domingo, y con ese llamamiento respondo. Jóvenes de corazón, varones de conciencia, padres y madres de familia, los que esperan; algo del porvenir, cuantos anhelan para sí y los suyos, en bien de la familia y de la patria, que esta lucha por la luz sea una conquista para la verdad y para el bien, reúnanse en asociación propagandista y sustentadora de la doctrina del normalismo; favorezcan el establecimiento de escuelas nocturnas, de conferencias populares, de sociedades de cooperación, de asociaciones de beneficencia, de esfuerzos particulares y generales en pro de la educación más que de la instrucción propiamente dicha, porque el más eficaz de los concursos que los grupos sociales pueden prestar al desarrollo de la civilización está más en la dirección de la conciencia que en el encaminamiento de la inteligencia. A esta ardua tarea contribuimos como sostenedores del Estado: a la obra de educación continua contribuyamos como sostenedores de los principios que sirven de fundamento a la civilización.



Santo Domingo, 9 de junio de 190191.

A la Escuela Particular de Señoritas.
La Vega.

Señoritas:

Me ha complacido extraordinariamente la dulce y benevolente manifestación de simpatía con que ustedes tratan de obstar al desaliento de que temen verme dominado.

No ya desaliento, señoritas, tal vez debería sentir arrepentimiento de haberme equivocado tanto al volver desarmado al seno de una sociedad en que no basta a guardarme la misma mayoría, la misma universalidad de adeptos a la doctrina de redención social instituida aquí por la enseñanza pedagógica, racional y normal que ha sido la esperanza de catorce mortales años de inmoralidad desenfrenada.

Pero ni desaliento ni arrepentimiento, señoritas: hoy como ayer, seguro de que mi propósito es de bien, de que mis medios de acción son edificadores, de que mis principios son los principios mismos de la civilización, me duele que me calumnien, me abochorna que me difamen, me indigna que formulen imposturas en mi contra, me irritan los rencores fósiles, los odios inmortales, las venganzas insomnes que años y años después de olvidadas y de cordialmente perdonadas por mí, se levantan del polvo para herirme. Duéleme todo eso, pero ni me desalienta ni me arredra.

Con tal de que yo tenga discípulos de la doctrina de redención social, que hoy es doctrina de salvación nacional, tendré la resistencia que de mí se espera.

Razón hay para esperarla: cuando el discipulado aumenta; cuando empieza a extenderse por las sanas regiones del Cibao; cuando en él entra la mujer vegana; cuando se afilia en él la mujer mocana; cuando se decide por él la mujer que anima desde los Caballeros92 el corazón de las regiones cibaeñas.

Razón hay para esperar de mí que resista a tanto mal, si son ustedes las que esperan, porque de ustedes mismas vino a mí la confianza en el porvenir del normalismo.

Durante mi última estancia en la ciudad, estuve dos veces a ver con mis propios ojos lo bueno que de la Escuela de Señoritas se decía.

Estaban ustedes, a falta de espacio suficiente en el recinto de la casa-escuela, reunidas en el patio de la casa. Y allí, como en el viejo arte de la escena, convirtiendo humildes porciones del hogar en templo, estudiaban, brillantes de alegría casi infantil, sentadas alrededor de sus maestros, atentas a ellos y al trabajo de la compañera en la pizarra, a la vez reposadas e inquietas, reservadas y expansivas, modestas y ganosas de ponerse a prueba, traduciendo en rápidos vocablos, que saltaban de boca en boca, la idea que formaban del conocimiento que se trataba de comunicarles.

Y es así, día tras día, siempre las mismas 35, sin casi nunca faltar una sola, aprovechando, todas, las dos únicas horas de la tarde que en cada día podían desentenderse de los cuidados del hogar.

Esas criaturas, pensé entonces, parecen hechas para esta doctrina de verdad y de bien, de tolerancia y de piedad.

Y hoy declaro, al verlas empezar a practicar conmigo mismo las benevolencias que son como la, flor de la civilización, que con creaturas como ustedes no volverá ya a peligrar el normalismo.



Santo Domingo, junio 13 de 1901.

Señor Rafael María Moscoso,
San José de las Matas.

Querido discípulo:

Mi hijo Bayoán, a quien usted conoció pequeñuelo, es ya el caballerito que le presenta esta carta.

Adolescente de suma actividad muscular, me persuadió a que le dejara aprender en el Cibao el comercio; y en eso estaba allí, y yo tranquilo y contento de él, cuando antier me escribe que teme volver a ser víctima de la infección palúdica que sufrió en la misma estación del año pasado. Paludoso esto; paludoso Santiago; paludoso todo en el país, menos la Sierra, y recién entusiasmado por ella a consecuencia de las alabanzas que de ella y de ustedes y de la gente del pueblo trae el señor Aybar, he resuelto mandar ahí a mi hijo, no ya sólo a que se precava de las fiebres, sino a que herborice con usted y a que con usted y con su digno hermano, el buen padre Moscoso, aprenda a seguir siendo bueno.

Ahora, como Bayoán, tendrá que pasar ahí los dos meses de esta estación de fiebres, y me parece que él estará más contento, si ustedes le permiten que atienda a sus propios gastos, yo ruego a ustedes me concedan como favor de discípulos a maestro, el de dar a mi hijo aquella sana y santa hospitalidad independiente que suelen dar vicarios y pastores en países de otro origen, y en la cual la contribución cuotidiana al pan de cada día, aumenta la gratitud a la hospitalidad, porque ésta deja de ser un gravamen.

Con mil afectos para usted y para su buen hermano,

De ambos soy afectísimo.

P. S.- Exprofeso he dejado para «postscriptum» el enviarle las gracias expresivas que le debo por el envío de su «Flora». En el aprecio que de ese honrosísimo trabajo hago, fundaba yo mis esperanzas de traerlo más tierra afuera; pero como usted no quiere, y hace bien, yo haré de modo que ése y trabajo más extenso no queden malogrados. Estoy, como maestro, contentísimo de usted, que ha tomado de mi doctrina la devoción a la independencia y la verdad.

¿También fue normalista el Padre...?

Mucho me alegraría de verlos.

Vale.



Santo Domingo, hoy 22 de junio de 1901.

Señorita Leonor María Feltz,
Ciudad.

Estimada señorita:

Deseando que llegue el día en que las Antillas, nuestras casi idas patrias, conozcan algún parecido de su lindísimo retrato ideal de «El Apóstol», tengo para mí que el mejor medio de contribuir a que el modelo ideal de usted llegue a ser un mortal de cuerpo y alma, consiste en que trabajemos cada vez con más conocimiento de las verdades pedagógicas.

A ese fin, y para que podamos inaugurar en septiembre el Kindergarten, cuya dirección necesariamente toca a usted, desearía saber de un modo cierto si, en caso de que podamos fundar esa institución, podrá contar con usted

Su afectísimo agradecido.



Santo Domingo, 8 de julio de 190193.

Señores M. Cáceres, Lucas Gómez, Fernando de Lara,
Manuel Cabrera, Salustiano Morillo, Carlos M.ª Rojas y demás firmantes.

Moca, R. D.

Estaba esperando una ocasión propicia para contestar a la hermosa exposición de ideas que es la manifestación de Uds. en favor de la organización definitiva de la enseñanza pública.

Dicen Uds.: «Hemos sido de los primeros en demostrar nuestra adhesión sincera a esa obra», y dicen una verdad que nadie aprecia tan exactamente como el que tuvo la complacencia, merced a esa adhesión, de seguir en Moca la tarea ya entonces iniciada en La Vega, de organizar las nuevas instituciones escolares con que Uds., como el país entero, quieren asegurar el porvenir moral e intelectual de la República.

La ocasión que yo deseaba aprovechar para contestar a los dignos representantes de esa ciudad, se me presenta ahora con el pertinente proyecto que algunos patriotas han concebido de fundar una asociación de propaganda y defensa de las ideas que han constituido aquí la prolífica obra de la primitiva Escuela Normal.

Esas que no son meras ideas, sino principios efectivos de civilización, en vano patentizarán prácticamente su eficacia, si grupos sociales bien organizados para generalizar la doctrina entre las gentes que hayan de hacerla trascender a su existencia práctica, no vienen a sustentar y mantener esos principios.

Una cosa es que ellos, por su propia virtud se abran camino en la conciencia de las muchedumbres, y otra cosa es favorecer el encaminamiento de las muchedumbres a los principios.

Lo primero se hizo aquí por medio de la enseñanza y de la propaganda espontánea de la Escuela; todo lo que hoy es ideal de buenos, obra es de los principios que predicó la Normal y que la Cátedra de Derecho Constitucional le ayuda a defender.

Pero eso es la mitad de lo que debe hacerse, porque para intentar la obra completa, lo primero se ha de completar con lo segundo.

Eso es lo que se intenta al fundar la sociedad de propaganda y defensa del normalismo, asociación de trabajo, educación, apaciguamiento de pasiones, formación de núcleos sociales que den vida, fuerza, carácter, virtud a las acciones individuales o colectivas, servidores desinteresados a la patria, elevación al patriotismo, humanidad a las ideas y propósitos de cada día, disciplina para el bien, resolución contra el mal, que es el resultado de aquella semibarbarie en que los intereses se sobreponen a los deberes hasta el punto de que, en lo privado y en lo público, cada vez que se proponen prevalecer, los intereses se muestran dispuestos a matar; ya la honra, con la lengua; ya la justa fama con la pluma; ya la vida con el revólver; ya la sociedad con la revuelta.

Contra esa abominación que hace dolorosísima la vida entre hombres indiferentes a ese mal, hay que ponerse frente a frente. Esa actitud ha de bastar para que se haga patente a todo el mundo que en la República Dominicana son ya mayor número los que quieren a toda costa doctrinarla para los fines reales de la vida humana, que aquellos que a todo evento se proponen retenerla en situación semejante a la de que medio muerta salió a merced de Moca.

Esa gratísima ciudad del porvenir, en donde circunstancias felices del pasado laboraron tan eficazmente en la constitución de un estado económico que simples actos de actividad social bastarán para hacer estado de normal prosperidad, es una ciudad llamada a secundar eficazmente con sus hermanas del Cibao, el propósito de bien que es objetivo de la asociación que yo recomiendo a la atención de ustedes.

Con viva y profunda satisfacción.



Santo Domingo, 10 de julio de 190194.

A la Sociedad Amigos del Estudio,
La Vega.

A los que cumplen tan bien como ustedes con el deber de continuar asociados, después de haber terminado en la asociación-madre, la Escuela, el primer período activo de la vida, no tengo yo necesidad de contestar con un llamamiento a la unión de esfuerzos ni a la cooperación en el servicio de las ideas con que para siempre los animó la madre-Escuela. Pero tengo necesidad de recordarles los principios fundamentales en que se basa nuestra doctrina, y el deber de prevenirlos contra asechanzas que pueden malograr la noble confianza que hasta ahora han tenido ustedes en el absoluto desinterés político que siempre ha caracterizado al normalismo.

Recordaré los principios constitutivos de la doctrina normal, para fortalecer en el alma de esa generosa juventud de La Vega el propósito de hacer prácticos en su vida los principios; los prevendré contra asechanzas capaces de malograr o quebrantar confianza, para así presentarles frente a frente el que puede llegar a ser problema práctico de la vida actual de la República.

He aquí recordados los principios que constituyen la doctrina del normalismo, según constan en las siguientes

BASES

Para los estatutos de una sociedad propagandista de los principios del normalismo

Artículo 1.º- Se establece una Sociedad de propaganda nacional en pro de los principios que reunidos componen la doctrina del normalismo.

Artículo 2.º- El normalismo es el conjunto de los principios fundamentales y normales de la civilización.

Artículo 3.º- Los principios normales de la civilización que han servido de guía a los discípulos y secuaces de la primitiva Escuela Normal de Santo Domingo, son:

  1. Principios económicos;
  2. Principios políticos;
  3. Principios pedagógicos;
  4. Principios religiosos y normales;
  5. Principios de organización civil y militar.

Artículo 4.º- Los principios económicos del normalismo en lo aplicable a la sociedad dominicana, son:

  • Desarrollo graduado de la población por medio de las colonias agrícolas y fabriles;
  • Aumento y mejoramiento de la producción agrícola, tanto la destinada al cambio internacional, cuanto, y principalmente, la destinada al consumo nacional;
  • Favorecimiento de la pequeña propiedad y de las industrias domésticas del campo y la ciudad;
  • Establecimiento de ferias urbanas, de mercados fronterizos, de certámenes regionales, de exposiciones nacionales de productos agrícolas y fabriles;
  • Disminución gradual de derecho de importación, hasta llegar al libre cambio, que es probablemente el medio más eficaz para salvar la personalidad nacional e internacional de la República.

Los principios políticos del normalismo, son:

  • Libertad individual, salvaguardada por el reconocimiento de los derechos connaturales a la persona humana y a su vida, su dignidad y su seguridad;
  • Libertad municipal, precisamente definida en una ley de autonomía comunal;
  • Libertad departamental o provincial o regional, basada en una ley de descentralización progresiva;
  • Libertad nacional, asegurada en el régimen civil, en la simplificación de la administración pública, y en el establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales que afirmen y consoliden la independencia patria a medida que se generalice y extienda el conocimiento de nuestras fuerzas productivas o defensivas.

Los principios pedagógicos son: la enseñanza organizada lejos de la influencia del Estado; la escuela laica; aprendizaje compulsivo; obligatoria contribución del Estado y del Ayuntamiento a la enseñanza pública.

Los principios religiosos y morales se resumen en uno solo: tolerancia.

Los principios de organización civil y militar, en dos leyes: una del servicio civil, que regula la capacidad del ciudadano para todos los servicios, y una ley de servicio militar que ponga a todos los ciudadanos en aptitud de servir eficazmente a la nación en sus conflictos.

La asociación constituida de antiguo por ustedes, basada como está en los principios del normalismo, podría sustraerse al deber que hoy llama a unión y cooperación a los normalistas de toda la República, pero el mejor modo de llenar sus fines, consistirá, de hoy en adelante, según lo reconocerán ustedes mismos, en salir de la acción íntima y de mera mutualidad de servicios en que viven, a una más extensa comunicación de sus servicios. Ya que existe tan arraigada ahí la asociación establecida por ustedes, parta de ella, como de su núcleo natural, la asociación que, como rama de la Sociedad de Propaganda que aquí ha empezado a funcionar, es indispensable establecer ahí.

Hoy, después de las pruebas que acaba de dar ahí la reciente Escuela Normal de La Vega, así en la escuela principal de niños como en los brillantísimos exámenes de niñas, los «Amigos del Estudio» están obligados a secundar el victorioso esfuerzo de la nueva Normal, contribuyendo con la enseñanza nocturna, las conferencias y el favorecimiento de actos de cultura, al arraigamiento de la doctrina de trabajo, educación, libertad, tolerancia y orden.

A lo que no están obligados, es a prestar oídos a la calumnia que, acechando en dondequiera al normalismo, lo denuncia ahora como partido político, para así debilitarlo.

Los normalistas, individualmente, libres son para servir en las luchas por el poder a su país; pero el normalismo, como entidad, como grupo, cómo asociación, no quiere ni puede ni debe constituir bandería política. La educación es su objetivo, su destino, su ideal, y a él subordina sus opiniones religiosas, económicas, políticas y administrativas. Y quien diga lo contrario, engaña a sabiendas de que engaña.

E. M. Hostos.



Santo Domingo, hoy 25 de febrero de 1902.

Sres. Peynado, Puente, Lugo, Puga,
Ciudad.

A dos de ustedes consta que estoy enfermo; a los otros dos les consta mi habitual disposición a su solicitud, y de los cuatro es sabida mi cariñosa devoción al prócer de los próceres cubanos. Haberme, por tanto, invitado a acompañarlos, y no hacerlo, sería imposible, en caso de salud y bienestar.

Falto de uno y otra, tengo que resignarme a llenar mi ausencia con expresiones de cordial gratulación para los que cumplen con él deber de manifestar al benemérito General Máximo Gómez el afecto, la gratitud y la admiración que debe el Continente al fuerte en la guerra y fuertísimo en la paz que, después de gastar sus días ascendentes en la lucha por la independencia, consagra los días descendentes a luchar por la libertad. ¡Désele aliento!, dele el aliento de su afecto la amistad, y haga de modo que ese noble espíritu tenga en las pruebas de su fuerza que todavía lo aguardan, el estímulo que lo conforte.

Denle ustedes en mi nombre un apretón de manos efusivo, y repártanse entre sí los agradecimientos de

Su afectísimo.



Santo Domingo, 26 de junio de 1902.

Sr. Tomás Estrada Palma,
Presidente de Cuba.

Estimado señor y amigo:

El doctor Villuendas, amigo de ambos, va a tener la amistad de entregar a usted esta carta, que escribo por oírlo y por cumplir con un deber de padre. De mis cuatro hijos varones, tres están en edad y en aptitud de ser útiles al mundo, como ya lo son a la familia.

Mis hijos no son tan sólo cubanos moralmente porque su padre consagró a Cuba los diez mejores años de su vida, sino también legalmente, pues son hijos de cubana. Su madre es hija del doctor Filipo Carlos de Áyala, de los deportados a Fernando Poo en 1868.

En la imposibilidad de utilizarlos para el bien en una sociedad a quien la guerra no deja tiempo para el trabajo, la educación y los otros empeños de la civilización, he vuelto los ojos a Cuba.

Allí podrían, si usted quisiera ayudarlos, entregarse a ser útiles a Cuba: el primero, oficial del ejército de Chile y abogado dominicano, está en aptitud de desempeñar un puesto diplomático, siempre que fuera en país en que pudiera continuar los estudios a que es aficionado; el segundo podría ocupar ahí mismo un puesto entre los alumnos de la Escuela de Artillería, si está organizada del modo que lo están las escuelas militares de otros países; es decir, con internado y becas gratuitas.

Hasta yo mismo ofrecería mis servicios a Cuba.

Ni mis hijos ni yo saldríamos de este país por falta de afectos ni de trabajo y posición, pues todos me acompañan en los servicios que aquí prestamos a la instrucción pública, y se tacha a sí mismo de perverso el que aquí desee que la familia de Hostos salga del país; pero yo vine a él, para hacerle bien, y no para ser impotente espectador de las menguadas luchas que de continuo sostienen entre sí las peores pasiones y los peores intereses.

Al terminar, consiéntame que celebre el sajonismo de su Administración, en la cual, como en la de los interventores no echo de menos sino el régimen de los townships y la ley Homestead, que yo vería con regocijo que usted asociara a su honroso nombre, y que la ciencia del gobierno en Cuba, consideraría de las mejores contribuciones a ella.

Muy afectuosamente95.



Hoy, 9 de diciembre de 1902.

Señor Miguel Ángel Garrido,
Su casa.

Querido señor Garrido:

Agradecido al envío y dedicatoria de sus Siluetas, he aprovechado, para leer el libro que las contiene, cuantos ratos de vagar me dejan mis ocupaciones.

Puedo asegurarle que he sacado de su lectura un útil fruto: porque, meditando en la cantidad de celebridades dominicanas que usted nos da a conocer con tanto empeño, no hay modo de que no nos llenemos de esperanza los antillanos que vivimos en este vaivén de esperanzas y desesperaciones que constituyen para nosotros la vida en el archipiélago malogrado. Quien ve las siluetas que usted hace ver, no tendrá más que esperar un poco para ver también figuras enteras de todas las aptitudes y de todas las virtudes que reclama la obra aun por hacer.

Muy con afecto,

E. M. Hostos.