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ArribaAbajoLibro VIII

Desechados todos los errores; encendido con los consejos de Simpliciano, con los ejemplos de Victorino, de Antonio, de los dos magnates y de otros siervos de Dios; después de una gran contienda y lucha con la concupiscencia, y una dificultosa deliberación; amonestado con una voz divina, y leídas las palabras de San Pablo en la Epístola a los romanos (cap. XIII, 13 y 14), se convirtió todo a Dios, imitándole Alipio y alegrándose mucho su madre



ArribaAbajoCapítulo I

Determina Agustín ir a verse con Simpliciano, movido del deseo de disponer y arreglar mejor su vida


1. Justo es, Dios mío, que yo recuerde y confiese las misericordias que habéis usado conmigo, y os muestre en acción de gracias mi reconocimiento. Penetrados y llenos de vuestro amor todos mis huesos, deben clamar, diciendo: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? Pues rompisteis mis lazos y prisiones, corresponda yo ofreciéndoos sacrificio de alabanza. Voy a referir el modo con que me los rompisteis para que oyéndolo todos aquéllos que os adoran, digan: Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra: grande y maravilloso es su nombre.

Todas vuestras palabras se me habían quedado impresas en el corazón y me hallaba cercado y sitiado de Vos por todas partes. Yo estaba muy cierto de vuestra vida eterna, pues aunque la había visto confusamente y como por un espejo, no me había quedado duda alguna acerca de la existencia de una sustancia incorruptible por haber dimanado y procedido de ella todas las demás sustancias, y ya no deseaba estar más certificado de Vos, sino estar más firme y constante en Vos. Pero acerca del género de vida que había de seguir, se me ofrecían mil dudas y dificultades, y conocía que era necesario limpiar primero mi corazón de la antigua levadura que me lo tenía acedado y corrompido. Me agradaba el camino que debía seguir, que es el mismo Salvador; pero todavía estaba perezoso para entrar y pasar lo que tiene de estrecho ese camino.

Vos, Señor, me inspirasteis entonces el pensamiento (que a mí me   —152→   pareció bueno y oportuno) de ir a verme con Simpliciano72, que le tenía por el fiel siervo vuestro, y resplandecía en él vuestra divina gracia. También había oído decir que desde su juventud estaba dedicado y consagrado a Vos, y siendo entonces ya anciano, me parecía que en una edad tan larga, que había empleado en tan buenos ejercicios de vuestra ley, estaría muy práctico, experto y muy instruido en ella; y verdaderamente era así como yo lo pensaba.

Por eso quería yo que me dirigiese y después de comunicarle mis deseos, me manifestase qué modo de vida sería el más a propósito a quien se hallaba en la disposición que yo tenía para seguir vuestra ley, observando aquel método que él me señalase.

2. Porque yo veía la iglesia llena de fieles, y que unos iban por un camino y otros iban por otro; pero a mí me desagradaba el método y ocupación que yo seguía en el siglo, y era para mí una carga insoportable, después que cesaron de inflamarse, como solían, mis deseos, con la esperanza de adquirir honra y dinero, para tolerar aquella sujeción y servidumbre tan gravosa. Ya no me deleitaba cosa alguna de ésas en comparación de vuestra dulzura y suavidad, y de la hermosura de vuestra casa, que amaba más que todo esto; pero aún me sentía atado fuertemente con el amor a la mujer; ni el Apóstol me prohibía el casarme, aunque me exhortaba a lo mejor y más perfecto, queriendo principalmente y deseando que todos los hombres fuesen libres como él lo era. Pero yo, como más flaco, escogía lo más blando y suave; y lo que hacía que me portase en todo lo demás con languidez y me consumiese con molestos cuidados era solamente el considerar que la vida conyugal, a la que yo estaba tan inclinado y rendido, tenía anejas muchas cosas que no quería padecerlas ni sufrirlas. Bien sabía yo que la Verdad misma había dicho por su boca: que hay hombres que a sí mismos se han hecho eunucos para conseguir el reino de los cielos; pero añadió también que esto lo ejecute el que tuviere fuerzas para ejecutarlo.

Vanos son ciertamente todos aquellos hombres que no tienen conocimiento de Dios, y que de todas estas cosas y criaturas buenas que están viendo, no han podido llegar a conocer al que verdaderamente existe. Pero yo no estaba ya comprendido en el número de aquellos hombres vanos. Ya había pasado más adelante de aquella vanidad e ignorancia, y por la contestación de todas vuestras criaturas, había hallado que Vos erais nuestro Creador, juntamente con vuestro divino Verbo, por el cual creasteis todas las cosas, el cual eternamente dimanando de Vos es Dios que con Vos y el Espíritu Santo no hace más que un solo Dios verdadero.

Hay otra clase de gentes impías y pecadoras, que habiendo conocido a Dios no le glorifican como a Dios, ni le dan las gracias que le   —153→   son debidas. También en esta impiedad había yo caído, pero vuestra diestra me recibió y levantó, y además de sacarme de aquel atolladero, me puso en lugar acomodado y propio para que convaleciese de tan peligrosa caída, porque me hicisteis saber aquella sentencia en que dijisteis al hombre: Mira que la piedad es verdadera sabiduría; y también aquella otra: No quieras parecer sabio, porque los que dicen que son sabios, ellos mismos se hacen necios. Por lo cual es cierto que ya había hallado aquella perla preciosa, que había de comprarse vendiendo cuanto tuviese, pero aún no me resolvía a ejecutarlo.




ArribaAbajoCapítulo II

De cómo Victorino, célebre orador romano, se convirtió a la fe de Jesucristo


3. Fui, pues, a buscar a Simpliciano, que había sido padre espiritual de Ambrosio (ya entonces obispo), por cuanto en el Bautismo le había conferido vuestra gracia, a quien amaba Ambrosio verdaderamente como a padre. Le hice relación de mis extravíos y de los rodeos y errados caminos por donde había andado. Luego le dije cómo había leído algunos libros de los platónicos, traducidos al latín por Victorino, que en los años anteriores fue profesor de retórica en la ciudad de Roma, y que según había oído murió cristiano; él se alegró mucho y me dio el parabién de que no hubiese ido a dar con las obras de otros filósofos, que están llenas de falsedades y engaños, propios de una ciencia enteramente mundana, pero en estos otros libros a cada paso y de todos modos se insinúa y da a conocer a Dios y su divino Verbo.

Después, para exhortarme a la humildad de Cristo, escondida a los sabios y revelada a los pequeñuelos, me propuso el ejemplo de Victorino73, a quien él había tratado muy familiarmente cuando estuvo en Roma; y me refirió de él lo que no pasaré en silencio, porque contiene grandes motivos para alabar vuestra divina gracia, como es justo y debido ejecutarlo.

Contome, pues, cómo aquel doctísimo anciano, y sapientísimo en todas las ciencias y artes liberales, que había leído tantas obras de filósofos y las había criticado e ilustrado, que había sido maestro de tantos nobles senadores, que por la excelencia de su sabiduría y doctrina mereció y obtuvo que se le erigiese una estatua en la plaza pública de Roma (que es lo más glorioso que hay para los ciudadanos de este mundo), que hasta aquella edad tan avanzada había adorado y venerado los ídolos, y concurrido a celebrar las fiestas y sacrificios sacrílegos, con que casi toda la romana nobleza inspiraba ya entonces y enseñaba a todo el pueblo los monstruos de todos los dioses egipcios,   —154→   y entre ellos también a Anubis74 con figura de perro, los cuales en alguna ocasión tomaron las armas contra Neptuno, Venus y Minerva, deidades de Roma; y ella suplicaba ahora a aquellos mismos dioses contra quienes había peleado y a quienes había vencido75; que finalmente por espacio de tantos años había defendido todas estas idolatrías con su famosa elocuencia; siendo ya anciano, no se avergonzó de humillarse como un párvulo, para ser marcado por siervo de vuestro Hijo Jesucristo, y renacer como nuevo infante en la fuente del Bautismo, doblando su cuello al yugo de la humildad evangélica, y sujetándose a llevar en su frente la señal de la cruz, tenida antes por oprobio.

4. ¡Oh Señor, Señor, que inclinasteis los cielos y bajasteis a nosotros, que tocasteis los montes y exhalaron humo, con qué modos o de qué manera os insinuasteis en aquel pecho!

Leía él, según me contó Simpliciano, la Sagrada Escritura y buscaba con grandísimo cuidado todas las obras que trataban de la religión cristiana, instruyéndose en ellas; y decía a Simpliciano, aunque no públicamente, sino en secreto y en confianza de amigo: Sábete que yo ya soy cristiano; a lo que Simpliciano respondía: Yo no lo creeré ni te contaré entre los cristianos, hasta que te vea en la iglesia de Cristo. Pero él, como burlándose, decía: Pues qué, ¿son las paredes las que hacen cristianos a los hombres? Y esto lo repetía muchas veces, diciendo que él ya era cristiano, y otras tantas le respondía Simpliciano lo mismo que antes, pero él volvía a burlarse, con decir que eso no lo hacen las paredes.

Temía Victorino disgustar a sus amigos, soberbios idólatras que   —155→   adoraban al demonio, que por ser muy poderosos y hallarse constituidos en la cumbre de las mayores dignidades que hay en la Babilonia de este mundo, y eran como elevados cedros del Líbano, que aún no había el Señor derribado y deshecho, juzgaba que habían de caer sobre él con más ímpetu y fuerza sus odios y enemistades.

Pero después que con su estudio y lección continua adquirió más fortaleza, temió que Cristo no le había de reconocer por suyo en presencia de los santos ángeles, si él temía confesarle ahora delante de los hombres; y conociendo que se hacía reo de un delito muy grave en avergonzarse de recibir los Sacramentos que nuestro Verbo humano había instituido, no habiéndose avergonzado de cooperar a los sacrílegos sacrificios y cultos inventados por la soberbia de los demonios, a quienes él, soberbio, también había imitado, recibiendo las sacrílegas órdenes con que se dedicaban los hombres y destinaban al culto y sacrificios de los ídolos, perdió la vergüenza, que le era nociva y le hacía perseverar en la vanidad mundana, trocándola en provechosa vergüenza de no seguir la verdad que conoció, repentinamente se resolvió, y sin más pensar en ello, dijo a Simpliciano, según este mismo contaba: Ea, vamos a la iglesia, que quiero hacerme cristiano.

Entonces, Simpliciano, no cabiendo en sí de alegría, marchó con él a la iglesia. Luego que se le catequizó y recibió toda la instrucción necesaria en los principales misterios de nuestra fe, de allí a poco dio su nombre para que se le escribiese en el catálogo76 de los que pedían ser reengendrados por el santo Bautismo, maravillándose Roma, y alegrándose la Iglesia. Veían esto los soberbios, y se enojaban y enfurecían, rechinaban sus dientes de cólera y se consumían de rabia, pero vuestro siervo tenía puesta su esperanza en Vos, y no atendía a la vanidad de las doctrinas pasadas, ni a las locuras tan falsas y engañosas.

5. Finalmente, cuando llegó la hora de hacer la profesión de la fe (que en Roma es costumbre hacerla en presencia de todos los fieles que concurren, con ciertas y determinadas palabras aprendidas de memoria y pronunciadas desde un lugar eminente por los mismos que han de recibir en el Bautismo vuestra gracia), le propusieron a Victorino los sacerdotes, según contaba Simpliciano, que hiciese aquella profesión de fe secretamente, como se solía conceder también a algunos de quienes se juzgaba que por vergüenza se retraían de hacerlo en público, pero que él prefirió hacer la profesión de la fe y de la doctrina de su salud públicamente y a presencia de aquella multitud de fieles, conociendo que su salvación no estaba en la retórica, que enseñaba, ni en los errores que hasta entonces había profesado públicamente en Roma. Y a la verdad, ¡cuánto menos tenía que temer al manso rebaño vuestro al decir y pronunciar vuestras palabras el que usando de las suyas propias no había temido ni respetado ni tropas enteras de locos!

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Así, luego que subió al sitio determinado para hacer la profesión de la fe, todos los que allí estaban, según que cada uno le iba conociendo77, mutuamente unos a otros le iban nombrando con ruidosa aclamación de enhorabuenas. Pero ¿quién había allí que no le conociese? Así entre todos formaban una voz y murmullo, con que alegres y festivos, decían ¡Victorino, Victorino! Tan presto como se levantó aquel murmullo con la alegría que causó a todos el verle, tan presto cesó repentinamente con el deseo de oírle. Pronunció él con noble y excelente confianza su protestación de la fe verdadera, y todos querían arrebatarle y meterle dentro de sus corazones, y efectivamente lo conseguían con el amor y el gozo que mostraban: estos afectos eran las manos que le arrebataban y metían dentro de las almas.




ArribaAbajoCapítulo III

Cómo Dios y los santos ángeles se alegran mucho de la conversión de los pecadores


6. ¡Oh buen Dios!, ¿de dónde, Señor, proviene que un hombre se alegra mucho más de la salud de un alma que estaba sin esperanza de vida, o que se ha libertado de un peligro grande, que si siempre hubiera estado con esperanza de su salud eterna, o hubiera sido mayor el peligro en que se hallaba? También Vos, Señor, Padre misericordioso, mostráis mayor alegría por un solo pecador que hace verdadera penitencia, que por noventa y nueve justos que no la necesitan. Y nosotros con mucho regocijo oímos decir a San Lucas cuán grande es la alegría de los ángeles viendo que la oveja perdida vuelve a su rebaño llevándola el pastor sobre sus hombros; y cómo dan el parabién las vecinas a la mujer que halló aquella dracma que había perdido, y se vuelve a guardar en vuestro tesoro, y nos hace llorar de puro gozo la grande fiesta que hay en vuestra casa cuando en ella se refiere de vuestro hijo menor: Que había muerto y resucitó, que se había perdido y volvió a parecer. Lo cual demuestra que Vos, Dios mío, os alegráis en nosotros, y en vuestros ángeles en cuanto somos santificados por una caridad santa, porque Vos, considerado solamente en Vos, siempre sois el mismo sin mudanza ni variedad alguna, que siempre y de un mismo modo conocéis todas las cosas, aunque ellas no sean siempre ni de un mismo modo existan.

7. Pues ¿qué es, Dios mío, lo que pasa en el alma cuando se alegra mucho más con las cosas que ama si las cosas que ama si las halla o recobra, que si siempre las hubiera poseído sin perderlas? Y esto mismo lo contestan también las demás cosas, todas llenas de testimonios y ejemplos que lo comprueban, clamando y diciendo: Así sucede, así es.

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Triunfa un emperador cuando ha vencido; y no venciera si no hubiera peleado; y cuanto mayor fue el peligro en la batalla, tanto es mayor en el triunfo la alegría.

Acomete una tempestad a los navegantes, y al verse amenazados del naufragio, todos se ponen pálidos del miedo de la muerte, que consideran cercana, pero serénase el cielo y tranquilízase el mar, y todos se regocijan sumamente, porque también sumamente temieron.

Cae enferma una persona amada, y el pulso indica una calentura maligna y peligrosa, con lo cual todos los que desean su salud enferman igualmente, en cuanto a la pena y sentimiento que tienen en su alma. Hállase mejor y fuera de peligro, pero todavía no se ha restablecido ni ha recobrado sus antiguas fuerzas, y ya se alegran mucho más de aquella mejoría que de la salud y robustez que antes gozaba. Aun los mismos deleites comunes y ordinarios de la vida humana los consiguen los hombres mediante algunos disgustos y molestias, no de las imprevistas y que les sobrevienen sin quererlas, sino procuradas y buscadas voluntariamente y de propósito. No hay deleite en el comer y beber, sin que preceda la molestia del hambre y de la sed, y por esto los bebedores de vino comen algunos bocadillos salados, con que se excita una sequedad y ardor molesto, que con beber se apaga, y al apagarse deleita. También es costumbre bien establecida que las mujeres tratadas de casar no las entreguen sus deudos y parientes a los que han de ser sus maridos inmediatamente que se hayan desposado, para que suspirando por ellas algún tiempo mientras son sus esposos, las amen y estimen más cuando maridos.

8. Esto mismo sucede en el deleite que es torpe y execrable; esto mismo en el que es lícito y permitido; esto mismo en la más pura, honesta y sincerísima amistad, y finalmente, esto mismo sucedió en la conversión de aquél que estaba muerto y resucitó, que se había perdido y pareció. Siempre a la mayor alegría precede mayor molestia. Mas ¿de qué proviene esto, Dios y Señor mío, cuando Vos no solamente sois para Vos mismo un sumo gozo inalterable y eterno, sino también algunas criaturas reciben de Vos y en Vos una alegría y felicidad perpetua? ¿En qué consiste que en las cosas de acá abajo hay esta alternativa de atrasos y adelantamientos, de enemistades y reconciliaciones? ¿Es acaso esta variedad propia de su ser y lo que solamente concedisteis a estas cosas cuando desde lo más alto de los cielos hasta lo más profundo de la tierra, desde el principio del tiempo hasta el fin de los siglos, desde el ángel supremo hasta el más vil gusanillo, desde el primer movimiento que hubo hasta el último que ha de haber, ordenasteis todos los géneros de bienes y todas vuestras obras cabales y perfectas, dándoles a todas sus convenientes lugares y distribuyéndolas en sus propios tiempos? ¡Ay de mí, Dios mío!, ¡qué investigable grandeza tenéis en las cosas grandes, y qué impenetrable profundidad en las pequeñas! ¡Vos nunca os apartáis de vuestras criaturas, y con todo eso, apenas andamos lo bastante para llegar a Vos!



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ArribaAbajoCapítulo IV

Por qué razón debemos alegrarnos más con la conversión de aquellos pecadores que son personas nobles y principales


9. ¡Ea, Señor, hacedlo Vos todo, excitadnos y volved a llamarnos, encendednos y arrebatadnos, arded en nosotros y comunicadnos vuestras dulzuras, para que os amemos y corramos tras de Vos!

¿No es cierto que vuelven a Vos muchos que estaban en un abismo de ceguedad más profundo que aquél en que se hallaba Victorino, y se acercan a Vos y son iluminados, recibiendo aquella luz que a los que la reciben les da juntamente potestad para hacerse hijos vuestros? Pero si éstos que se convierten a Vos son poco conocidos en los pueblos, aun aquellos pocos que los conocen reciben menor alegría, porque cuando la alegría es de muchos, viene a ser mayor en cada uno de ellos, porque se la aumentan y comunican mutuamente los unos a los otros. A esto se añade que la conversión de los muy conocidos y famosos es de grande peso y autoridad para que muchos procuren su salvación y vengan también muchos a seguir su ejemplo. Por esto aun aquéllos que los han precedido se alegran mucho con la conversión de semejantes sujetos, porque la alegría que reciben no es por ellos solos, sino por todos los demás que han de imitarlos. No quiero decir con esto que en vuestra casa, Señor, sean más bien recibidas las personas ricas y nobles que las pobres y plebeyas, pues antes bien Vos mismo elegisteis los endebles y flacos del mundo, para confundir a los fuertes y poderosos; y las cosas viles y despreciables de este mundo, y que son como si no fueran, las escogisteis para deshacer con ellas las que son principales en la estimación del mundo.

Pero no obstante esta doctrina, el mismo Apóstol, por cuya boca nos enseñasteis estas verdades, el cual se llama a sí mismo el menor de vuestros Apóstoles, teniendo antes el nombre de Saulo, quiso tomar el de Pablo78, para blasón y señal de aquella grande victoria que consiguió, cuando con las armas de su predicación venció y domó la soberbia del procónsul Pablo y le redujo a sujetarse al suave yugo de vuestro Hijo, Jesucristo, y a ser fiel vasallo y tributario humilde del Rey de todos los reyes. Porque más vencido queda el enemigo del género humano cuando se le quita uno a quien tenía más poseído y por quien poseía otros muchos; y cuanto más poseídos tiene a los grandes por su orgullo y soberbia, tanto más por el influjo de éstos posee a otros por medio de su ejemplo y autoridad.

Por eso, cuanto más gustosamente se consideraba el estado presente de Victorino, cuya alma había sido antes un castillo inexpugnable de que el demonio se había señoreado y de cuya lengua se había servido como de grande y aguda saeta para matar a muchos, tanto mayores demostraciones de gozo y alegría debían hacer vuestros hijos los fieles, viendo al fuerte aprisionado ya por nuestro Rey poderoso,   —159→   que después de quitarle los despojos que había hecho y las armas de que se había servido, lo lavó y purificó todo, para que no solamente se pudiese emplear en honor vuestro, sino también ser útil y provechoso para cualquier obra buena.




ArribaAbajoCapítulo V

Qué cosas eran las que detenían a Agustín para no acabar de convertirse a Dios


10. Luego que vuestro siervo Simpliciano me hizo esta relación de Victorino, me encendí en deseos de seguir su ejemplo, y con este fin me había él referido aquella historia. Pero después que prosiguió diciendo cómo en tiempo del emperador Juliano se promulgó aquella ley rigurosa contra los cristianos, en la cual se les prohibía que enseñasen letras humanas y retórica, y que Victorino, conformándose con dicha ley, quiso más abandonar la cátedra en que enseñaba la elocuencia, que dejar vuestra divina palabra, con que hacéis discretas y elegantes aun las lenguas de los niños que no saben hablar, me pareció que no había sido en esto tan fuerte y valeroso Victorino, como feliz y dichoso por hallar una ocasión tan oportuna para dedicarse únicamente a Vos.

Esto era lo que yo anhelaba y por lo que suspiraba, pero estaba aprisionado no con grillos ni cadenas de hierros exteriores, sino con la dureza y obstinación de mi propia voluntad. El enemigo estaba hecho dueño de mi voluntad y había formado de ella una cadena, con la cual me tenía estrechamente atado. Porque de haberse la voluntad pervertido, pasó a ser apetito desordenado; y de ser éste servido y obedecido, vino a ser costumbre; y no siendo ésta contenida y refrenada, se hizo necesidad como naturaleza. De estos como eslabones unidos entre sí se formó la que llamé cadena, que me tenía estrechado a una dura servidumbre y penosa esclavitud.

Y aquella nueva voluntad que comenzaba yo a tener de serviros graciosamente y gozar de Vos, Dios mío, que sois el único y verdadero gozo, no era bastante fuerte todavía para vencer la otra voluntad primera, que con el tiempo se había hecho robusta y poderosa. Así, estas dos voluntades, una antigua y otra nueva, aquélla carnal, esta otra espiritual, batallaban entre sí, y con discordia disipaban y destruían a mi alma.

11. Este combate que yo experimentaba en mí mismo me hacía entender claramente aquella sentencia que había leído en el Apóstol, que refiere cómo la carne tiene deseos contrarios al espíritu y el espíritu los tiene contrarios a la carne. Yo, verdaderamente, era el que obraba en uno y otro deseo, pero más estaba yo en aquél que aprobaba en mí mismo, que en el otro, que en mí desaprobaba, por cuanto en éste mi voluntad no obraba con la misma eficacia, pues por la mayor parte más era padecerlo, con repugnancia y violencia, que ejecutarlo espontáneamente. Pero ello es cierto que yo había sido la causa de estas superiores fuerzas que la costumbre tenía contra mí, pues queriendo yo, había llegado a un estado en que no quisiera hallarme. Y siendo esto así, ¿cómo pudiera con razón quejarme del   —160→   estado en que me veía, siendo una pena justa que corresponde al que peca?

Ya no me podía valer aquella excusa con que antes solía persuadirme a mí mismo que el no acabar de despreciar el mundo y dedicarme a serviros consistía en que aún no estaba cierto de haber hallado la verdad, porque entonces ya lo estaba. Mas atado todavía a las cosas de la tierra, rehusaba alistarme en vuestra sagrada milicia; y tanto temía el librarme de todos los impedimentos que me lo estorbaban cuanto debiera temer el no estar libre de ellos.

12. Así, con la pesada carga de las cosas del mundo me hallaba gustosamente oprimido, como sucede con un pesado sueño; así como los pensamientos con que meditaba en Vos eran semejantes a los esfuerzos que hacen para despertar los que están muy dormidos, que no pudiendo vencer aquella gana vehemente de dormir, vuelven a sumergirse en lo profundo del sueño. Y del mismo modo que no hay hombre alguno que quisiese estar siempre durmiendo, enseñándonos el buen juicio que es mejor velar que dormir, mas esto no obstante, dilata algunas veces el hombre el sacudir el sueño, cuando le tiene rendido, ocupados y entorpecidos sus miembros; y aunque le desagrada dormir tanto y sea llegada la hora de levantarse, vuelve a tomar el sueño con más gusto, así yo estaba muy cierto de que era mejor entregarme a vuestro amor que rendirme a mis deseos y apetitos. Aquello me agradaba, pero sin acabar de vencerme y estotro tanto me deleitaba, que me ataba.

No tenía verdaderamente qué responderos cuando os dignabais decirme por el Apóstol: Levántate de ese profundo sueño en que te hallas, acaba de salir de entre los muertos y recibirás la luz de Jesucristo. Y como por todas partes me hacíais conocer que todo cuanto me decíais era verdad; convencido de ella no tenía absolutamente qué responder, sino aquellas palabras lentas y soñolientas: Luego al punto, sí, luego al instante: déjame estar otro ratito. Pero este luego no tenía término y el déjame otro ratito iba muy largo.

En vano me deleitaba en vuestra ley con mi alma, que es el hombre interior, porque otra ley que reside en los miembros corporales repugnaba y contradecía a la ley de mi espíritu, y me llevaba cautivo a la del pecado, la cual estaba en los miembros de mi cuerpo. Porque ley es del pecado la fuerte violencia de una costumbre, que arrastra y sujeta al alma a pesar suyo, en justa pena de haber ella caído voluntariamente en aquella costumbre.

Pues hallándome en tan miserable estado, ¿quién me había de librar del cuerpo de esta muerte, sino vuestra divina gracia por los méritos de Jesucristo Señor nuestro?




ArribaAbajoCapítulo VI

Cuéntale Ponticiano la vida de San Antonio abad


13. También quiero referir el modo con que me librasteis de aquel lazo estrechísimo con que el deseo de mujer me tenía fuertemente atado y de la servidumbre en que me tenían los cuidados y negocios seculares, para alabar por ello vuestro nombre, Dios y Señor mío, mi amparo y Redentor.

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Vivía yo padeciendo siempre mayores congojas, y todos los días suspiraba en vuestra presencia; frecuentaba vuestra iglesia cuanto me lo permitían los negocios y ocupaciones que tenía sobre mí y bajo de cuyo peso gemía.

Estaba conmigo Alipio, desocupado entonces, y sin tener que trabajar en su empleo y facultad de jurista, después de haber sido tres veces asesor del magistrado, y aguardando otros a quienes vender sus pareceres y consejos, así como yo vendía la elocuencia, si alguna se puede comunicar con enseñarla.

Nebridio no pudo negar a nuestra amistad el encargarse de sustituir en la cátedra de gramática que tenía Verecundo, familiarísimo amigo nuestro y ciudadano de Milán, el cual deseaba mucho, y lo pedía encarecidamente por la ley de nuestra amistad, que alguno de nosotros le ayudase fielmente en aquel ministerio, porque lo necesitaba en extremo. Nebridio, pues, aunque se encargó de esto, no fue movido de interés, ni por el deseo de mayores conveniencias, porque si él quisiera aprovecharse para eso de su literatura, las hubiera logrado mucho más ventajosas, sino que por ser él un amigo dulcísimo y suavísimo, no quiso desatender nuestra súplica sino condescender a nuestro ruego por este acto de su benevolencia. Se portaba Nebridio en aquel cargo con gran prudencia y cautela, precaviéndose de ser conocido de los grandes y poderosos del mundo y evitando todo lo que por causa de ellos pudiera inquietar a su espíritu, al cual quería tener libre y desembarazado de otros asuntos, para emplearle cuantas más horas pudiese en inquirir, en leer o en oír alguna cosa perteneciente a la sabiduría.

14. Un día, pues, estando ausente Nebridio (no me acuerdo por qué causa), vino a nuestra casa, donde estábamos Alipio y yo, un paisano nuestro, porque era natural de África, llamado Ponticiano, sujeto principal79 y distinguido en palacio, y no sé por cierto qué era lo que nos quería. Sentámonos para hablar, y sobre una mesa de juego que había delante de nosotros había por casualidad un libro. Viole Ponticiano, lo tomó, lo abrió y halló que eran las cartas de San Pablo, lo que le sorprendió mucho, porque él juzgó que sería alguno de los libros de retórica, cuya profesión me agobiaba y consumía. Entonces él se sonrió hacia mí, mirándome como quien se complacía y me daba la enhorabuena, pero extrañando y admirándose de que cogiéndome desprevenido hubiese encontrado delante de mí aquel libro, y ese único y solo, pues él era fiel cristiano, y muy a   —162→   menudo acudía a vuestra iglesia, Dios mío, donde postrado ante vuestra divina Majestad, os hacía frecuentes y largas oraciones. Así fue que habiéndole yo dicho que aquellas Escrituras me ocupaban con preferencia a todo otro cuidado, comenzó a hablarnos de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre era famoso y celebrado entre vuestros siervos, aunque hasta entonces había sido ignorado de nosotros. Viendo él que esta especie nos era tan nueva, se detuvo y extendió más en la plática, para hacernos conocer a tan grande hombre, de quien estábamos enteramente ignorantes, admirándose él de esta ignorancia nuestra. Nosotros nos espantábamos oyendo la relación de tantas y tan estupendas maravillas, como acababais de obrar en el gremio de los que profesan la verdadera fe, y dentro de la católica Iglesia, las cuales, además de ser muy probadas y certísimas, estaban tan recientes, que habían sucedido casi en nuestros días. Por eso nos admirábamos a un tiempo nosotros y Ponticiano; nosotros, por ser aquellas cosas tan grandes y extraordinarias; y él, porque eran para nosotros tan nuevas e inauditas.

15. De aquí vino a parar su conversación en tratar de los muchos monjes congregados en los monasterios, de las costumbres y método de vida que observan los que siguen más de cerca vuestra divina ley; y finalmente de los muchos penitentes, virtuosos y santos varones que poblaron las soledades del yermo, de todo lo cual no sabíamos nosotros cosa alguna. Y no sólo esto, sino que en la misma Milán, fuera de los muros de la ciudad, había un monasterio lleno de buenos y virtuosos frailes80, de cuya dirección y sustento cuidaba el obispo Ambrosio; y tampoco lo habíamos sabido. Proseguía Ponticiano hablando aún del mismo asunto, y nosotros le oíamos con atención y silencio, contándonos entre otras cosas que hallándose una vez en la ciudad de Tréveris, mientras que el emperador asistía al espectáculo de los juegos circenses, que se tenían después del mediodía, se había salido con otros tres amigos y compañeros suyos a pasear por unas huertas que estaban contiguas a los muros de la ciudad, y que estando en ellas se pusieron a pasear de dos en dos, según los combinó entre sí la casualidad. Ponticiano con uno de ellos echó por una parte y los otros dos echaron por otra, y se fueron alejando los unos de los otros. Los primeros, siguiendo su paseo sin rumbo ni camino determinado, vinieron a parar en una pobre casilla en que habitaban algunos de vuestros siervos que profesan la pobreza de espíritu, de los cuales es el reino de los cielos, y allí encontraron un libro en que estaba escrita la vida del santo abad Antonio. Comenzó a leerla el uno de ellos y comenzó también a admirarse y encenderse en devoción; al mismo tiempo que leía, iba pensando en abrazar aquel genero de vida, para emplear la suya en serviros a Vos únicamente, dejando todos los empleos y ocupaciones del siglo, donde eran   —163→   aquellos dos compañeros agentes81 de negocios. Y repentinamente lleno de un amor santo y religioso pudor, enojándose contra sí mismo, volvió los ojos para mirar al otro amigo suyo, hablándole de este modo: «Ruégote, hombre, que me digas, ¿adónde aspiramos y pretendemos llegar nosotros con todas nuestras fatigas y trabajos?, ¿qué es lo que buscamos?, ¿cuál es el fin con que seguimos a la corte? ¿Podrá nuestra esperanza prometerse mayor fortuna en palacio que llegar a ser amigos del emperador?, ¿y qué hay en ese punto que no sea frágil, de corta duración y lleno de peligros? ¿Y por cuántos peligros hay que pasar precisamente para llegar a ese peligro más grande? ¿Y cuánto tiempo fuera necesario para conseguir eso siendo así que si quiero ser amigo de Dios, en este mismo instante lo puedo ser?» Dichas estas palabras, y como atribulado con el proyecto que había concebido de mudar de vida, volvió los ojos al libro, y conforme iba leyendo, se iba mudando en su interior, adonde solamente vuestros ojos podían penetrar, y su alma se iba desnudando de los afectos del mundo, como se mostró después. Porque mientras leyó y se agitó su corazón con las olas de varios afectos y pensamientos, dio algunos grandes sollozos y suspiros, y conoció claramente lo que le estaba mejor, y determinó seguirlo; y hecho ya amigo vuestro, habló de esta suerte al otro amigo suyo: «Yo estoy ya enteramente separado de todo lo que hasta ahora fue el objeto de nuestras esperanzas; estoy resuelto a servir a Dios y quiero comenzar desde este punto, y en este mismo sitio. Si tú no te hallas en estado de seguir mi ejemplo no quieras oponerte a mi designio». El otro le respondió que quería serle compañero en tan digna servidumbre y en recibir el gran premio que le corresponde. Así quedándose entrambos a ser vuestros siervos, comenzaron a edificar la torre de perfección evangélica con el caudal que tenía proporcionado para la obra, y consistía en dejar todas las cosas del mundo y seguiros a Vos.

Mientras tanto Ponticiano y su compañero, que se paseaban por otras partes de la huerta, después de haberlos andado buscando algún tiempo, llegaron a aquella misma casilla; y habiéndolos hallado, les dijeron que ya era hora de volverse, porque se iba acabando la tarde. Pero ellos, después de referirles la determinación y propósito que tenían y el modo con que había comenzado aquella voluntad, y llegado a ser firme resolución, les suplicaron, que si no querían quedarse a acompañarlos, no les molestasen tirando a disuadirlos. Mas estotros, no moviéndose con nada de esto a mudar su método antiguo, se lloraron a sí mismos por verse tan poco fervorosos, como Ponticiano refería; y después de darles piadosas enhorabuenas por su determinación y encomendarse a sus oraciones, llevando el corazón inclinado a lo terreno, se volvieron a palacio, quedándose les otros dos en la casilla con sus corazones fijados en el cielo.

  —164→  

Y es de notar que estos dos estaban ya desposados; y luego que sus esposas supieron aquella determinación de los que habían de ser sus maridos, imitaron su ejemplo y consagraron a Vos, Dios mío, su virginidad.




ArribaAbajoCapítulo VII

Cómo interiormente se deshacía Agustín, al oír esta relación de Ponticiano


16. Todo esto nos contaba Ponticiano, y mientras él lo estaba refiriendo, Vos, Señor, me obligabais a que volviese en mí y me considerase, haciendo que todo el feo semblante de mi mala vida, que yo había echado a las espaldas por no verme, se me pusiese delante de mí, para que viese cuán feo era, cuán descompuesto y sucio, manchado y lleno de llagas. Yo me veía y me horrorizaba y no tenía adónde huir de mí mismo. Si procuraba apartar de mí la vista, prosiguiendo Ponticiano su relación, volvíais a ponerme enfrente de mí y hacíais que me viese y me mirase a mí mismo, para que claramente conociese mi maldad y la aborreciese. Bien la conocía yo, pero disimulaba: pasaba por ella y la olvidaba.

17. Sin embargo, en aquella ocasión, cuanto más me encendía en amor de aquéllos de quienes oía tan santos y saludables ejemplos, porque enteramente se habían entregado a Vos para que los sanarais, tanto más me abominaba y aborrecía a mí mismo, comparándome con ellos. Porque ya habían pasado muchos años (creo que eran doce) desde que a los diecinueve de mi edad, habiendo leído el Hortensio de Cicerón, me sentí excitado al amor y deseo de la verdadera sabiduría, pero desde entonces había ido dilatando el dedicarme a investigarla, mediante el desprecio de toda felicidad terrena; siendo así que aquella sabiduría es tan grande, que no solamente su adquisición, sino también su inquisición se debe anteponer a la posesión de los tesoros y reinos del mundo, y a toda especie de deleites que voluntaria y abundantemente pueda gozar el cuerpo. Mas yo, infeliz joven, y en sumo grado infeliz, desde el principio mismo de mi juventud os había pedido castidad, diciendo: Dadme, Señor, castidad y continencia, pero no ahora. Porque yo temía que despachaseis luego al punto mi petición, y luego al punto que sanaseis de la enfermedad de mi concupiscencia, la cual más quería ver la saciada que extinguida. Y además de eso, había yo seguido las torcidas sendas de una religión y doctrina supersticiosa y sacrílega, no de suerte que asintiese a ella con certidumbre, sino prefiriéndola a las demás doctrinas ciertas, las cuales en vez de investigarlas con piedad, las impugnaba con ojeriza y encono.

18. También antes me había parecido que el motivo que me hacía diferir de día en día el seguiros a Vos únicamente, despreciando la esperanza del siglo, era porque no se me descubría alguna cosa cierta hacia donde pudiese yo enderezar los pasos de mi vida. Pero al fin llegó el día en que mi corazón se me manifestase desnudo y sin rebozo, y mi conciencia me reprendiese diciendo: ¿Qué respondes ahora? Tú decías que por no tener certeza de la verdad rehusabas arrojar de ti la pesada carga de vanidad. Ya al presente conoces la verdad y todavía la vanidad te oprime; cuando otros que ni se han   —165→   consumido como tú inquiriendo la verdad, ni han gastado diez años y más en reflexiones y disgustos para hallarla, en lugar de sentir peso en sus hombros, han cobrado alas con que volar en su seguimiento. De este modo me consumía interiormente y se cubría mi alma de una vehemente y horrible confusión y vergüenza, mientras que Ponticiano refería aquellas cosas.

Pero acabada la plática, y concluido el negocio a que venía, se volvió a marchar. Y yo vuelto a mí entonces, ¿qué cosas no dije contra mí? ¿Con qué aspereza de sentenciosas palabras no castigué y estimulé a mi alma, para que ella ayudase los esfuerzos que yo hacía para irme tras de Vos? Ella lo rehusaba y resistía, pero no se excusaba. Todos los argumentos y pretextos que hasta entonces había alegado estaban ya confutados y deshechos, y le había quedado solamente un temor mudo que no explicaba, y consistía en que temía como el morir el apartarse de la corriente de su costumbre, que la consumía y llevaba a la perdición eterna.




ArribaAbajoCapítulo VIII

Cómo Agustín se retiró a un huerto de su casa, y lo que en él le sucedió


19. Entonces en medio de aquella gran contienda que en lo más íntimo de mi corazón había yo excitado y sostenido fuertemente con mi alma, lleno de turbación, así en el ánimo como en el rostro, me volví hacia Alipio atropelladamente, y exclamé diciendo: ¿Qué es esto que pasa por nosotros?, ¿qué es lo que nos sucede?, ¿qué es esto que has oído? Levántanse de la tierra los indoctos y se apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura, nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre? ¿Por ventura nos da vergüenza el seguirlos, porque ellos van delante de nosotros? ¿Y no tendremos vergüenza siquiera de no seguirlos?

Dije no sé qué otras cosas de este modo, y arrebatado del ímpetu de mi interior congoja me aparté de Alipio, que sin hablarme palabra, atónito y espantado, me miraba, ya porque no hablaba yo las cosas que solía, ya porque echaba él de ver que con mi semblante, con las mejillas, con los ojos, con el color, con el tono de la voz, explicaba yo más bien el estado de mi alma que con las palabras y sentencias que decía.

Había un pequeño huerto en la posada donde estábamos, del cual como también de toda la casa usábamos libremente, porque nuestro huésped y dueño no habitaba en ella. A este huerto me condujo el desasosiego de mi corazón, para que nadie impidiese la encendida guerra que contra mí mismo había yo comenzado, hasta que se acabase del modo que sólo Vos sabíais, pues yo mismo lo ignoraba, y no hacía más que enloquecerme con una locura que me era saludable, y padecer las ansias de una muerte que me daba la vida, conociendo solamente lo que en mí había de malo e ignorando lo que de allí a poco había de tener de bueno.

Retireme, pues, al huerto, siguiéndome Alipio sin apartarse de mí un paso, porque aunque él estuviese conmigo, no me estorbaba para estar solo. ¿Y cómo había de dejarme, viéndome en aquel estado?   —166→   Sentámonos lo más lejos que pudimos de la casa y allí bramaba yo, enfurecido e irritado contra mí mismo, reprendiéndome con un enojo inquietísimo el que retardase el ir a abrazarme con Vos, Dios mío, cumpliendo vuestra voluntad y ley, como todos mis sentidos interiores y exteriores, todas mis facultades y potencias me persuadían y clamaban que debía ejecutarlo, elevando hasta el cielo con los mayores elogios esta noble empresa; siendo así que el ir a Vos no había de ser con naves ni carrozas, ni siquiera había que andar tan pocos pasos como los que habíamos dado desde la casa hasta el paraje en que estábamos. Porque no sólo para ir caminando hacia Vos, sino también para llegar a Vos, bastaba solamente el querer ir, siendo un querer perfecto y eficaz, y no una voluntad mudable y achacosa, que de una parte a otra anda variando agitada y sin firmeza, cuyas partes inferior y superior están desavenidas y luchando una con otra.

20. Finalmente, entre las ansias que padecí en aquel tiempo que tardé en resolverme, ejecuté con los miembros de mi cuerpo muchas y variadas acciones, que algunas veces quieren los hombres ejecutarlas y no pueden, o porque les faltan aquellos miembros, o porque los tienen aprisionados, o sin bastantes fuerzas por alguna enfermedad, o por tenerlos de cualquier modo impedidos. De modo, que si en aquel lance me arranqué82 los cabellos, si me herí la frente, si con las manos cruzadas me apreté las rodillas, fueron acciones que las hice por querer yo hacerlas; y pudo haber sucedido que quisiese ejecutarlas y no las ejecutase, porque los brazos y manos con que las había de ejecutar no me obedeciesen. Hice, pues, entonces muchísimas acciones, no obstante que no era lo mismo el querer, que el poder hacerlas; y no hacía lo que me agradaba mucho más que todo aquello sin comparación alguna, siendo así que luego que hubiera querido, hubiera podido también ejecutarlo, porque era imposible que no quisiese lo que efectivamente quería; y respecto de los actos de la voluntad, lo mismo es el querer que el poder, pues aun el mismo acto de querer ya es hacer y ejecutar; con todo eso no se hacía en aquella ocasión lo mismo que quería mi voluntad.

De modo que más fácilmente obedecía el cuerpo a la más leve insinuación del alma, moviéndose todo él luego al punto a su mandato, sin resistencia ni dilación alguna, que ella propia se obedecía a sí misma en cumplir aquella grande e importante voluntad, que solamente con su voluntad misma había de cumplirse y perfeccionarse.




ArribaAbajoCapítulo IX

En qué consiste que, mandando el alma en sí misma, no se hace algunas veces lo que manda


21. ¿De dónde nace este monstruoso desorden?, o ¿qué causa y razón puede haber para esto? Resplandezca sobre mí, Señor, vuestra misericordia, comunicándome algún rayo de luz con que se disminuyan las tinieblas oscurísimas de la ignorancia, que es una de las   —167→   penas y miserias de los hijos de Adán, a ver si pueden responderme a lo que he preguntado.

¿De dónde nace este monstruoso desorden?, ¿y cuál es la causa o principio de que suceda una cosa tan extraña? Manda el alma al cuerpo, y al instante es obedecida; mándase el alma a sí misma, y halla resistencia. Manda el alma que la mano se mueva, y con tanta facilidad es obedecida, que apenas se puede notar la diferencia que hay entre el mandamiento de la una y la ejecución de la otra, siendo así que el alma que manda es espíritu y la mano que obedece es cuerpo. Manda el alma a sí misma que quiera alguna cosa y, no obstante que no hay distinción entre quien lo manda y quien lo ha de ejecutar y obedecer, no se hace ni ejecuta lo que ella manda.

Pues ¿de qué proviene este desorden monstruoso?, o ¿cómo sucede esto? Manda el alma, repito, que ella misma quiera esto o aquello, y no lo mandaría si no lo quisiera; con todo eso no se hace lo que manda. Pero el caso es que eso mismo que ella quiere, no acaba de quererlo entera y perfectamente, conque tampoco entera y perfectamente lo manda. Porque en tanto lo manda, en cuanto lo quiere; y en tanto deja de hacerse lo que manda, en cuanto ella no lo quiere. La voluntad es la que manda que haya voluntad de aquello que manda, y no que haya otra voluntad que sea distinta de ella, sino ella misma. Conque se conoce claramente que la voluntad que manda así, no es completa ni cabal; por eso no se hace lo que manda. Porque si fuera la voluntad entera y perfecta no tendría que mandar querer, porque esta voluntad actual o este querer ya estaría hecho, ya lo habría.

Conque no es monstruosidad querer en parte y en parte no querer, sino que ésta es flaqueza y debilidad del alma, que por estar sobrecargada de su costumbre antigua no acaba de levantarse hacia donde la guía y eleva la verdad; así, tiene como dos voluntades, porque ninguna de ellas es total y perfecta; de modo que el ser que tiene la una es precisamente el ser que falta a la otra.




ArribaAbajoCapítulo X

Contra los maniqueos, que por experimentar en un sujeto a un tiempo mismo dos voluntades opuestas, inferían que había en el hombre dos naturalezas contrarias


22. Perezcan, Dios mío, a vuestra presencia, como inventores de fábulas y engañadores de las almas, los que viendo en sí dos voluntades opuestas en sus determinaciones, afirman que hay dos naturalezas de almas, la una buena y la otra mala. Ellos sí que son los malos cuando afirman y establecen tan malas doctrinas, pero ellos mismos serían buenos si dieran asenso a la doctrina verdadera y la creyesen, para que entonces les dijera vuestro Apóstol: Por algún tiempo habéis sido tinieblas, pero ya al presente sois luz en el Señor. Mas estos hombres por la locura de querer ser luz en sí mismos y no en el Señor, e imaginar y juzgar que la sustancia y el ser del alma es el mismo que el de Dios, han venido a convertirse en tinieblas mucho más oscuras y espesas, porque su arrogancia y presunción los apartó   —168→   mucho más de Vos, Dios mío, que sois la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Atended, hombres, reflexionad bien lo que decís y avergonzaos de semejantes delirios; no dilatéis el acercaros al Señor, y os alumbrará su luz, y así os libraréis del rubor y confusión eterna que os amenaza.

Cuando yo trataba de resolverme a servir a mi Dios y Señor como mucho tiempo había pensado, yo era el que quería y yo era el que no quería; yo mismo, yo mismo era; pero ni del todo quería, ni del todo no quería; así peleaba contra mí mismo, y a mí mismo me deshacía y destruía. Bien cierto es que esta disposición y destrucción se hacía contra mi voluntad, pero esto no prueba que había en mí otra naturaleza de alma enemiga, sino que muestra claramente que aquella división era pena y castigo que mi alma padecía. Así, no era yo el que causaba aquella destrucción y pena mía, sino el pecado que habitaba en mí, para castigo de otro pecado cometido más libremente, del que yo participaba por ser hijo de Adán.

23. Porque si hubiera en nosotros tantas naturalezas contrarias, como hay voluntades opuestas, ya no serían precisamente dos naturalezas, sino muchas más. Supongamos que estuviese uno dudando si asistiría a una junta que tenían los maniqueos, o si iría al teatro, en cuyo lance clamarían ellos, diciendo: Ved ahí claramente dos naturalezas contrarias: la una buena, que lleva al hombre a lo bueno; y la otra mala, que le lleva a lo malo. Porque si no, ¿de dónde puede nacer esta detención del hombre para escoger entre estas dos voluntades contrarias? Pero yo respondo que son malas entrambas voluntades, ya sea la que guiara a sus juntas y conciliábulos, ya sea la que llevara al teatro, aunque ellos están persuadidos de que no puede dejar de ser buena la voluntad que nos lleva y guía hacia ellos.

Mas ¿qué dirán si ponemos el ejemplo en un católico que estuviese perplejo, porque sentía en sí dos voluntades que altercaban una con otra, haciéndole dudar si iría al teatro o si iría a nuestra iglesia? ¿No se hallarían también ellos perplejos, dudando lo que habían de responder? Porque o habían de verse precisados a confesar lo que ellos no quieren, esto es, que es buena la voluntad de ir a nuestra iglesia, como van los que profesan nuestra religión y han recibido sus Sacramentos, o que en un solo hombre hay dos naturalezas malas y dos malas voluntades que pelean entre sí; por tanto, no será verdad lo que continuamente están ellos diciendo, esto es, que no hay más que dos naturalezas, la una buena y la otra mala; o tendrán que rendirse a la fuerza del argumento, confesando que cuando el hombre se halla en ese estado de dudas, una sola alma es la que se ve combatida de dos voluntades contrarias.

24. Pues no tienen ya que decirnos, cuando experimentan en un mismo hombre dos voluntades opuestas una a otra, que hay en él dos almas contrarias entre sí, la una buena y la otra mala; y que como dimanadas aquéllas de dos sustancias y principios contrarios, están luchando una con otra. Porque Vos, Dios mío, que sois la suma verdad, los reprobáis, redargüís y convencéis con el ejemplo de dos voluntades opuestas, que una y otra sean malas, como cuando uno está dudando si dará la muerte a otro con un veneno o con un puñal; si entrará a destruir esta heredad ajena o la otra de más allá, suponiendo que no puede destruir entrambas; si gastará el dinero en lujuria   —169→   o si le guardará con avaricia; si irá al circo o si irá al teatro cuando entrambas fiestas se dan en un mismo día al pueblo. Añado que se le proponga a su voluntad otro tercer objeto, que le haga dudar si irá a la casa ajena a cometer un hurto, teniendo ocasión oportuna para ello; añádase también otra cuarta voluntad que puede tener el hombre dudando si irá a cometer un adulterio, suponiendo que tiene proporción para todas estas cosas, que concurran todas al mismo tiempo, y que él las desee todas igualmente, sin que todas a un mismo tiempo puedan ejecutarse. Ve aquí cuatro voluntades incompatibles entre sí y contrarias unas de otras, que dividen o despedazan el alma en otras tantas partes, o también en muchas más, según el número y multitud de cosas que se apetezcan al mismo tiempo; y con todo eso no suelen admitir ellos en un mismo hombre tan grande multitud de sustancias diversas o naturalezas distintas.

Es preciso confesar lo mismo poniendo el ejemplo en varias voluntades de objetos buenos. Porque si yo les pregunto si es bueno divertirse un hombre en leer al Apóstol; si será bueno entretenerse en cantar con devoción algún salmo; y finalmente, si será bueno también conferenciar y tratar de las verdades del Evangelio, me responderán que es bueno emplearse en cualquiera de estas cosas. Pues si todas estas cosas se propusiesen a un tiempo e igualmente se aficionase la voluntad de todas ellas, ¿no es cierto que son otras tantas voluntades, que tendrán como partido el corazón del hombre todo aquel tiempo que tardare en determinar lo que ha de escoger y seguir? Conque todas estas voluntades son buenas; y no obstante pelean entre sí, hasta que el hombre escoja una cosa sola, a la cual se determine toda la voluntad, hecha ya una, la que antes estaba dividida en muchas.

Lo mismo sucede cuando por una parte el deseo de los bienes eternos eleva nuestro corazón hacia el cielo y, por otra, el deleite de los bienes temporales le abate hacia la tierra, porque entonces el alma que quiere lo uno y lo otro es una misma, pero ni lo uno ni lo otro lo quiere con toda su voluntad; por eso se siente despedazar cruelmente, ya por la verdad que la incita a que anteponga aquello primero, ya por la costumbre que le impide que deponga lo segundo.




ArribaAbajoCapítulo XI

Lucha que experimentaba Agustín entre el cuerpo y el espíritu


25. De este modo me veía enfermo y atormentado, reprendiéndome a mí mismo con mucha mayor aspereza que la acostumbrada, y dando vueltas y más vueltas en los mismos lazos que me oprimían, hasta que se acabase de romper todo aquello por donde estaba aprisionado, que era ya muy poco, pero no obstante me tenía aún preso. Y Vos, Señor, usando conmigo de una severidad llena de misericordia, allá en lo interior de mi alma me estimulabais para que me diese prisa, redoblándome los azotes que padecía del temor y la vergüenza, para que no cesase en procurar romper aquello poco y tenue que restaba de mis prisiones; no sea que volviese a rehacerse y fortificarse, y me atase entonces más fuerte y apretadamente.

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Yo decía en mi interior: Ea, hágase al instante; ahora mismo se han de romper estos lazos; y además de decir esto, deseaba ya y me agradaba ejecutarlo. Ya casi lo hacía, y realmente lo dejaba de hacer, pero no volvía a caer y enredarme en los antiguos lazos, sino que estaba parado junto a ellos, como tomando aliento para acabar de romperlos. Volvía a procurar con más esfuerzo llegar a aquel estado que deseaba, y casi estaba ya en él, casi ya le tocaba, casi ya le tenía; pero real y verdaderamente ni estaba en él, ni le llegaba a tocar, ni le tenía, por no acabar de resolverme a morir para todo lo que es muerte y sólo vivir a la verdadera vida; porque tenía mayor poder sobre mí lo malo acostumbrado que lo bueno desusado. Finalmente, cuanto más se iba acercando aquel instante de tiempo en que había de ser ya muy otro, tanto me causaba mayor miedo y espanto, pero no me hacía retroceder ni apartarme del intento, sino suspenderme y detener el paso.

26. Las cosas más frívolas y de menor importancia, que solamente son vanidad de vanidades, esto es, mis amistades antiguas, ésas eran las que me detenían, y como tirándome de la ropa parece me decían en voz baja: pues qué, ¿nos dejas y nos abandonas? ¿Desde este mismo instante no hemos de estar contigo jamás? ¿Desde este punto nunca te será permitido esto ni aquello? Pero ¡qué cosas eran las que me sugerían, y yo explico solamente con las palabras esto ni aquello!, ¡qué cosas me sugerían, Dios mío! Apartad, Señor, por vuestra misericordia, del alma de este vuestro siervo y de mi memoria aun la idea de las suciedades e indecencias que me sugerían. Pero ya las oía tan escasamente, que era mucho menos de la mitad respecto de antes; ni me contradecían como antes cara a cara, sino como murmurando a espaldas mías, siguiendo mis pisadas y como llamándome y tirándome por detrás para que volviese a mirarlas. No obstante, entretenían y retardaban mi fuga, por no tener yo valor para separarme de ellas con aspereza y sacudirme de sus importunaciones saltando y atropellando por todo para seguir mi vocación, porque la violencia de mi costumbre no cesaba de decirme: ¿Imaginas que has de poder vivir sin estas cosas?

27. Pero esto me lo decía ya con gran tibieza, porque por aquella misma parte hacia donde tenía puesta mi atención y adonde me daba miedo el pasar, se me descubría la excelente virtud de la continencia, que se me representaba con un rostro sereno, majestuoso y alegre, con cuya gravedad y compostura honestamente me halagaba para que llegase adonde ella estaba y desechase enteramente todas las dudas que me detenían; además de esto extendía sus piadosos brazos para abrazarme y recibirme en su seno, lleno de gran multitud de continentes, con cuyo ejemplo me alentaba. Allí había innumerables personas de diferentes edades; allí una multitud de mozos y doncellas; allí otros muchísimos de mayor edad, venerables viudas y vírgenes ya ancianas; pero en todas estas innumerables personas no era la continencia y castidad estéril, antes bien era fecunda y abundante en alegrías y gozos espirituales, nacidos de teneros a Vos por esposo. Y la continencia, como burlándose de mí con una risa graciosa que convidaba a seguirla, parece que me decía: Pues qué, ¿no has de poder tú lo que han podido y pueden todos éstos y éstas? ¿Por ventura lo que éstos y éstas pueden, lo pueden por sus propias fuerzas o por las   —171→   que la gracia de su Dios y Señor les ha comunicado? Su Dios y Señor les dio continencia, pues yo soy dádiva suya. ¿Para qué te estribas en tus propias fuerzas, si ésas no te pueden sostener ni darte firmeza alguna? Arrójate con confianza en los brazos del Señor, y no temas, que no se apartará para dejarte caer. Arrójate seguro y confiado, que Él te recibirá en sus brazos y te sanará de todos tus males.

Yo me corría y avergonzaba mucho, porque todavía estaba oyendo el murmullo de aquellas fruslerías, que me tenían suspenso y sin acabar de resolverme. Entonces otra vez la continencia parece que me decía: Hazte sordo a las voces inmundas de tu concupiscencia, que así ella quedará enteramente amortiguada. Ella te promete deleites, pero no pueden compararse con los que hallarás en la ley de tu Dios y Señor.

Toda esta contienda pasó dentro de mi corazón, batallando interiormente yo mismo contra mí mismo. En tanto Alipio, que no se apartaba de mi lado, aguardaba silenciosamente a ver en qué venían a parar los desusados movimientos y extremos que yo hacía.




ArribaAbajoCapítulo XII

Cómo se convirtió de todo punto, amonestado de una voz del cielo


28. Luego que por medio de estas profundas reflexiones se conmovió hasta lo más oculto y escondido que había en el fondo de mi corazón, y junta y condensada toda mi miseria se elevó cual densa nube y se presentó a los ojos de mi alma, se formó en mi interior una tempestad muy grande, que venía cargada de una copiosa lluvia de lágrimas. Para poder libremente derramarla toda y desahogarme en los sollozos y gemidos que le correspondían, me levanté de donde estaba con Alipio, conociendo que para llorar me era la soledad más a propósito; y así me aparté de él cuanto era necesario, para que ni aun su presencia me estorbase. Tan grande era el deseo que tenía de llorar entonces; bien lo conoció Alipio, pues no sé qué dije al tiempo de levantarme de su lado, que en el sonido de la voz se descubría que estaba cargado de lágrimas y como reventando por llorar, lo que a él le causó extraordinaria admiración y espanto, y le obligó a quedarse solo en el mismo sitio en que habíamos estado sentados.

Yo fui y me eché debajo de una higuera; no sé cómo ni en qué postura me puse, mas soltando las riendas a mi llanto, brotaron de mis ojos dos ríos de lágrimas, que Vos, Señor, recibisteis como sacrificio que es de vuestro agrado. También hablando con Vos decía muchas cosas entonces, no sé con qué palabras, que si bien eran diferentes de éstas, el sentido y concepto era lo mismo que si dijera: Y Vos, Señor, ¿hasta cuándo, hasta cuándo habéis de mostraros enojado? No os acordéis ya jamás de mis maldades antiguas.

Porque conociendo yo que mis pecados eran los que me tenían preso, decía a grito con lastimosas voces: ¿Hasta cuándo, hasta cuándo ha de durar el que yo diga, mañana y mañana?, pues ¿por qué no ha de ser desde luego y en este día?, ¿por qué no ha de ser en esta misma hora el poner fin a todas mis maldades?

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29. Estaba yo diciendo esto y llorando con amarguísima contrición de mi corazón, cuando he aquí que de la casa inmediata83 oigo una voz como de un niño o niña, que cantaba y repetía muchas veces: Toma y lee, toma y lee. Yo, mudando de semblante, me puse luego al punto a considerar con particularísimo cuidado si por ventura los muchachos solían cantar aquello o cosa semejante en alguno de sus juegos; y de ningún modo se me ofreció que lo hubiese oído jamás. Así, reprimiendo el ímpetu de mis lágrimas, me levanté de aquel sitio, no pudiendo interpretar de otro modo aquella voz, sino como una orden del cielo, en que de parte de Dios se me mandaba que abriese el libro de las Epístolas de San Pablo y leyese el primer capítulo que casualmente se me presentase. Porque había oído contar del santo abad Antonio, que entrando por casualidad en la iglesia al tiempo que se leían aquellas palabras del Evangelio: Vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y después ven y sígueme; él las había entendido como si hablaran con él determinadamente y, obedeciendo a aquel oráculo, se había convertido a Vos sin detención alguna. Yo, pues, a toda prisa volví al lugar donde estaba sentado Alipio, porque allí había dejado el libro del Apóstol cuando me levanté de aquel sitio. Tomé el libro, lo abrí y leí para mí aquel capítulo que primero se presentó a mis ojos, y eran estas palabras: No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo.

No quise leer más adelante, ni tampoco era menester, porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas84.

30. Entonces cerré el libro, dejando metido un dedo entre las hojas para anotar el pasaje, o no sé si puse algún otro registro, y con el semblante ya quieto y sereno, le signifiqué a Alipio lo que me pasaba. Y él, para darme a entender lo que también le había pasado en su interior, porque yo estaba ignorante de ello, lo hizo de este modo. Pidió que le mostrase el pasaje que yo había leído, se lo mostré y él prosiguió más adelante de lo que yo había leído. No sabía yo qué palabras eran las que seguían; fueron éstas: Recibid con caridad al que todavía está flaco en la fe. Lo cual se lo aplicó a sí y me lo manifestó. Pero él quedó tan fortalecido con esta especie de aviso y amonestación del cielo, que sin turbación ni detención alguna se unió a mi resolución y buen propósito, que era tan conforme a la pureza de sus costumbres, en que había   —173→   mucho tiempo que me llevaba él muy grandes ventajas. Desde allí nos entramos al cuarto de mi madre, y contándole el suceso como por mayor, se alegró mucho desde luego, pero refiriéndole por menor todas las circunstancias con que había pasado, entonces no cabía en sí de gozo, ni sabía qué hacerse de alegría; ni tampoco cesaba de bendeciros y daros gracias, Dios mío, que podéis darnos mucho más de lo que os pedimos y de lo que pensamos, viendo que le habíais concedido mucho más de lo que ella solía suplicaros para mí por medio de sus gemidos y afectuosas lágrimas. Pues de tal suerte me convertisteis a Vos, que ni pensaba ya en tomar el estado del matrimonio ni esperaba cosa alguna de este siglo, además de estar ya firme en aquella regla de la fe, en que tantos años antes85 le habíais revelado que yo estaría. Así trocasteis su prolongado llanto en un gozo mucho mayor que el que ella deseaba, y mucho más puro y amable que el que ella pretendía en los nietos carnales que de mí esperaba.





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ArribaAbajoLibro IX

Vase Agustín con su madre y los demás compañeros a la quinta de Verecundo. Renuncia a la cátedra de retórica y se ocupa en escribir libros. Después, a su tiempo vuelve e Milán, donde con Alipio y Adeodato recibe el bautismo. Desde allí dispone volverse a África en compañía de su madre y de los demás. Después refiere la vida de su santa madre y su muerte, acaecida en el puerto de Ostia. Finalmente cuenta piadosa y elegantemente su sentimiento y llanto, como amante y buen hijo de tal madre



ArribaAbajoCapítulo I

Reconociendo Agustín su miseria, alaba la suma bondad de Dios


1. Yo, Señor, puedo decir con David, soy vuestro siervo; yo soy vuestro siervo, e hijo de una sierva vuestra. Ya que habéis hecho pedazos mis prisiones, quiero por tan grande beneficio tributaros sacrificios de alabanzas. Alábeos mi corazón y mi lengua, y todos mis sentidos y potencias digan: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? Y Vos, Señor, dignaos respondedme, decid a mi alma: Yo soy tu salud.

¿Quién soy yo y qué tal he sido? ¿Qué les ha faltado de iniquidad a mis obras, cuando no a mis obras, a mis palabras, cuando no a mis palabras, a los deseos y afectos de mi voluntad? Pero Vos, Señor, conmigo procedisteis como bueno y misericordioso: vuestra mano me fue tan favorable y poderosa, que me sacó de lo profundo de la muerte en que estaba sumergido y agotó la maldad de mi corazón, que estaba hecho un abismo de corrupción e iniquidad. Todo esto se reducía a que yo no quisiese ya lo que antes quería, y quisiese lo que Vos queríais. Pero durante toda aquella multitud de años, ¿dónde estaba mi libre albedrío?, ¿de qué profundo y escondido seno hube de sacarlo repentinamente, Redentor y favorecedor mío Jesucristo, para que libre y voluntariamente sujetase mi cerviz a vuestro suave yugo y mis hombros a vuestra ligera carga?

¡Oh, cuán dulce y gustoso se me hizo repentinamente el carecer de unos deleites que no eran más que simplezas y vanidades! Pues si antes me daba susto el perderlas, después me daba gusto el dejarlas. Porque Vos, Señor, que sois la verdadera y suma delicia, las echabais fuera de mi alma; y no solamente las echabais fuera, sino   —175→   que en su lugar entrabais Vos, que sois dulzura soberana y superior a todos los deleites, aunque imperceptible por los sentidos de la carne y de la sangre; entrabais Vos, que sois más claro, hermoso y transparente que toda luz, aunque más escondido y secreto que todo cuanto hay secreto y escondido; entrabais Vos, que sois más excelso, sublime y elevado que todos los honores, aunque no para aquéllos que se tienen por grandes en sí mismos.

Ya mi alma se veía libre de los cuidados que causa la ambición de las dignidades, la codicia de los intereses, el deseo de saciar sus apetitos y de hallar medios con que avivarlos y excitarlos a los deleites sensuales; y sólo me gustaba hablar de Vos, que sois mi gloria, mis riquezas, mi salud, mi Dios y mi Señor.




ArribaAbajoCapítulo II

Dilata Agustín renunciar la cátedra de retórica hasta que llegasen las vacaciones del tiempo de la vendimia


2. También determiné, habiéndolo considerado delante de Vos, que me convenía dejar la cátedra de retórica que regentaba, pero no luego al punto y arrebatadamente, sino irme poco a poco retirando de aquella ocupación, en que con el ministerio de mi lengua hacía comercio de la locuacidad, para que de allí adelante no comprasen de mi boca las armas de la elocuencia jóvenes estudiantes, que en lugar de aprovecharse de ellas para la observancia y cumplimiento de vuestra ley y para conservar vuestra paz, habían de emplearlas en cavilaciones engañosas explicando su furor en las contiendas de los tribunales.

A esta mi determinación favorecía la oportunidad, pues faltaban ya pocos días para las vacaciones de las vendimias. Resolví aguardar aquel poco tiempo para retirarme pública y solemnemente, y no volver a vender mi enseñanza y doctrina, después que me había rescatado vuestra gracia.

Este mi designio era solamente manifiesto a Vos y a los amigos y familiares que vivían conmigo, pero respecto a los demás estaba reservado. Todos nosotros habíamos convenido en que no se divulgase nuestro intento; no obstante que Vos, Señor, a los que ya íbamos subiendo desde este valle de lágrimas86, y cantando alegremente el Cántico de los grados, que cantan los que suben hacia Vos, nos habíais armado y prevenido de las saetas agudas y encendidas ascuas que sirven para resistir a las lenguas engañosas de los falsos   —176→   amigos, que so color de dar consejo se oponen a nuestros buenos intentos, y con pretexto de amarnos nos destruyen, así como acostumbra la lengua hacer con el manjar, que por quererlo, lo deshace y consume.

3. Las saetas de vuestro amor y caridad habían traspasado ya mi corazón, y tenía atravesadas vuestras palabras en lo íntimo de mi alma; además de eso, los ejemplos de vuestros fervorosos siervos, que vuestra gracia había hecho pasar de las tinieblas a la luz y de la muerte a la vida, reunidos todos en el seno de mi memoria e imaginación, eran como unas brasas encendidas que quemaban y consumían todo el material pasado de los afectos terrenos, para que su gravedad no me arrastrase a las cosas de este mundo: ardía ya en mi corazón tan activo fuego, que cualquier aire de contradicción que saliese de semejantes bocas y lenguas engañosas más pudiera servir para avivarlo que para extinguirlo.

Por otra parte, siendo la santidad de vuestro nombre tan conocida y alabada en todo el mundo, es cierto que aquel buen deseo y determinación que habíamos tomado, tendría también muchos que lo alabasen y aplaudiesen: así podría parecer especie de jactancia no aguardar aquel poco tiempo que faltaba para las vacaciones, sino antes de que llegasen, renunciar a la cátedra y retirarme enteramente de aquella mi profesión de retórica, que era pública y patente a los ojos de todos. Esto sería llamar la atención de los que vieran el hecho de mi renuncia y dimisión, dándoles motivo para que hablasen mil cosas y dijesen que determinadamente lo había anticipado a las vacaciones, que estaban tan próximas, para que se hablase de mí y fuese reputado por persona de provecho o por un grande hombre. ¿Y qué necesidad tenía yo de darles motivo de hablar así, de que se pensase de mí con variedad, de que se disputase sobre mi intención y se hablase mucho y mal de nuestro bien?

4. Fuera de que también en aquel mismo verano experimentaba que el pulmón se me había comenzado a fatigar y ceder a mi excesiva aplicación y trabajo; con la difícil respiración y dolores del pecho significaba estar algo lastimado, por manera que no me dejaba hablar en voz alta ni por mucho tiempo. Eso al principio me dio algún cuidado, viéndome casi obligado ya por necesidad a dejar la carga de enseñar la retórica, o a lo menos a interrumpir por algún tiempo la enseñanza, mientras procurase curarme y convalecer. Pero bien sabéis, Dios mío, que luego que en mi corazón nació y se confirmó aquel deseo de dejarlo todo y entregarme únicamente a Vos y a meditar que Vos sois mi Dios y mi Señor, comencé también a alegrarme, por tener esta excusa verdadera con que templar el sentimiento de los hombres, que por el amor de sus hijos no querían que yo me viese nunca libre de la obligación y cargo de enseñarlos.

Lleno, pues, de esta alegría, iba aguantando aquel espacio de tiempo, hasta que se acabase de pasar, que no sé si eran veinte días cabales los que faltaban; pero los toleré constantemente, pues aunque ya me había dejado la codicia, que era la que me ayudaba a llevar aquel pesado empleo, sucedió la paciencia en su lugar a darme fuerzas para que el peso no me oprimiese enteramente llevándolo yo solo.

Puede ser que algunos de vuestros siervos y hermanos míos digan   —177→   que hice mal y pequé en aguardar aquel poco tiempo, que teniendo ya mi corazón lleno de deseos y determinaciones de seguir la milicia cristiana, no debía haber permanecido ni estar sentado siquiera por una hora en la cátedra de la mentira.

No porfío sobre esto. Pero vuestra infinita misericordia, Dios y Señor mío, ¿no me ha perdonado ya también este pecado, justamente con todos los demás, tan horrendos y mortales, en las santas aguas del Bautismo?




ArribaAbajoCapítulo III

Cómo Verecundo le cedió a Agustín una casa de campo en que viviese mientras llegaba el tiempo de recibir el Bautismo


5. Verecundo, muy amigo nuestro, que estaba casado con una cristiana, aunque él no era cristiano todavía, sabiendo nuestro buen propósito y la resolución que habíamos tomado, se consumía de pena y sentimiento, porque veía que le era forzoso privarse de nuestra compañía por la multitud de sus negocios e impedimentos, de que no podía desprenderse y desembarazarse; y especialmente porque, siendo casado, era la mujer una corma que le oprimía y estorbaba mucho, más que todo, el poder seguir nuestro camino y abrazar el género de vida que habíamos comenzado. Además de esto, él decía que no quería ser87 cristiano, sino de aquel modo que para él no era posible. Pero nos ofreció con toda benignidad y franqueza una casa de campo que tenía, para que la habitásemos todo el tiempo que nos habíamos de detener en Milán.

Dignaos, Señor, pagarle esta buena obra en la resurrección de los justos, supuesto que ya le concedisteis ser contado entre ellos. Pues cuando estábamos ya en Roma, aunque ausente de nosotros, se hizo cristiano en una enfermedad que padeció, y partió de esta vida marcado con el sello de la fe, en lo cual, Señor, no solamente tuvisteis misericordia de él, sino también de nosotros, para que no fuésemos continua y cruelmente atormentados por la pena y dolor intolerables de no poder contar en nuestro rebaño a un tal amigo, que tan generosa y excelentemente se había portado con nosotros.

Gracias a Vos, Señor, que somos de los vuestros, como lo dan a entender las mismas exhortaciones que nos hacéis y los mismos consuelos que nos dais. Como tan fiel en vuestras promesas, esperamos que por aquella heredad que nos cedió Verecundo, llamado Casiciaco, en la que descansamos en Vos de las fatigas del siglo, después de haberle perdonado los pecados que cometió en este mundo, le daréis la eterna amenidad de vuestro paraíso que nunca se marchita, por estar colocado en aquel monte pingüe, monte vuestro, monte fertilísimo.

6. Angustiábase, pues, con nuestra determinación el amigo Verecundo, pero se alegraba extremadamente Nebridio. Porque si bien éste tampoco era cristiano todavía, y cayera antes en el pernicioso   —178→   error de creer que el cuerpo de vuestro Hijo, que es la verdad por esencia, era aparente y fantástico88, no obstante, ya había salido de él, bien que permanecía sin recibir sacramento alguno de los preparatorios89 que usa vuestra iglesia, con todo de ser grandísimo y vigilantísimo indagador de la verdad. Poco después, empero, de nuestra conversión y regeneración por vuestro santo Bautismo, se hizo también él católico cristiano y, vuelto al África, vivió entre sus parientes, observando continencia y castidad perfecta, habiendo hecho cristianos a todos los de su casa, cuando fuisteis servido de sacarle de esta vida, y ahora vive en el seno de Abraham.

Sea lo que fuere lo que se entiende y significa por aquel seno90, en él vive mi Nebridio, allí vive mi dulce amigo, a quien Vos, Señor, primeramente sacasteis de la sujeción de esclavo91 y después le hicisteis hijo adoptivo vuestro. Porque ¿qué otro lugar correspondía a un alma como la suya? Ahora, pues, vive él en aquel seno, acerca del cual solía él preguntarme muchas cosas siendo yo un hombrecillo ignorante y sin experiencia de ellas. Ya no aplica sus oídos a mi boca para escuchar mis respuestas, sino que, como eternamente bienaventurado, pone la boca de su alma a la fuente inagotable de la vida, que sois Vos, y bebe cuanto quiere y cuanto puede de vuestra infinita sabiduría. Pero juzgo que por mucho que se embriague bebiendo sin cesar de ella, no se ha de olvidar de mí, cuando Vos, Señor, que sois esa misma fuente de que él bebe, os acordáis de mí.

Así, pues, nos hallábamos entonces, por una parte consolando a Verecundo, que sin faltar a la amistad se entristecía del método de vida que abrazábamos por nuestra conversión; y al mismo tiempo exhortándole a que abrazase vuestra fe y os sirviese en aquel grado que le correspondía, esto es, en el mismo estado del matrimonio en que se hallaba; mientras por otra parte aguardábamos que nos acompañase Nebridio, que facilísimamente podía ejecutarlo y estaba ya para hacerlo sin demora. Con esto se pasaron finalmente aquellos días, que se me hicieron largos y muchos por el deseo que tenía de verme desocupado para cantaros con todas las potencias de mi alma: Señor, mi corazón os ha dicho que yo he buscado la luz de vuestro rostro: vuestro rostro, Señor, he de buscar.



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ArribaAbajoCapítulo IV

De los libros que escribió, después de retirado con todos los suyos a la dicha heredad de Casiciaco; de las cartas a Nebridio; afectos que experimentaba leyendo los Salmos, y cómo sanó milagrosamente de un vehementísimo dolor de dientes


7. Llegó, por fin, el día en que efectivamente había de exonerarme del empleo de maestro de retórica, como ya lo estaba con la intención y la voluntad. Efectuose la dimisión de dicho empleo, con lo cual sacasteis a mi lengua de las prisiones y grillos de que habíais sacado mi corazón; y yo, lleno de gozo y dándoos muchas gracias por ello, me retiré a la quinta de Verecundo con todos los amigos92.

Los libros que allí compuse, ya de las materias que trataba y controvertía con mis compañeros, ya conmigo93 solo y en presencia vuestra, y las cartas que escribí a Nebridio, que estaba ausente, testifican la clase de estudios en que me ocupaba entonces, pues todas aquellas obras las escribí y ordené a vuestro servicio, no obstante que conservan todavía algún resabio de la escuela de la vanidad, lo cual puede compararse con aquel jadear o difícil respiración del que va corriendo, que le dura aun después de estar parado.

Pero ¿qué tiempo bastaría para que yo refiriese por menor los grandes beneficios que Vos me hicisteis en todo aquel tiempo, especialmente metiéndome mucha prisa en el deseo de llegar a referir otras mayores mercedes? Porque me está llamando y me deleita verdaderamente el acordarme, Señor, y publicar ahora con qué interiores estímulos domasteis mi ferocidad, de qué modo allanasteis en mí los montes y collados de mis altivos pensamientos, enderezasteis mis caminos torcidos y suavizasteis los ásperos y fragosos; de qué modo también a Alipio, hermano de mi corazón, le sujetasteis al nombre de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuyo nombre no quería él antes que sonase en mis escritos, gustando más de que oliesen a las soberbias doctrinas de los filósofos, cedros94 que el Señor había quebrantado, que a las saludables hierbas de las doctrinas sagradas, cuya virtud ahuyenta las serpientes ponzoñosas.

8. ¡Qué voces os daba yo, Dios mío, cuando hallándome desocupado en aquella quinta, no obstante ser todavía catecúmeno, rudo   —180→   y bisoño en amaros con verdadero amor, acompañado de Alipio, que era también catecúmeno, y de mi madre, que era por el traje mujer, por la fe varonil, por su ancianidad segura, por su maternidad amorosa, por su piedad muy cristiana, me ocupaba en leer los Salmos de David, cánticos llenos de las verdades de nuestra fe, cantares que inspiran piedad y devoción y excluyen todo espíritu de soberbia y vanidad! ¡Qué voces os daba yo, Señor, leyendo aquellos salmos, y cómo ellos me inflamaban en vuestro amor y encendían en vivísimos deseos de irlos publicando por todo el mundo, si me fuera posible, contra la hinchazón y soberbia del género humano! Bien sé que ya se cantan en todo el universo, verificándose en esto también que no hay quien se esconda de vuestro calor y luz.

¡Con cuán vehemente y vivo sentimiento me indignaba contra los maniqueos, porque tan locamente procedían contra aquel antídoto que podría curar las dolencias de su alma!, aunque por otra parte me daba lástima que ignorasen aquellos misterios, que eran las medicinas más conducentes a su salud. Quisiera que hubieran estado allí, en un sitio inmediato, que sin saberlo yo, hubieran visto entonces mi semblante y oído las voces que daba para explicar los sentimientos y afectos que en mi alma había producido la lectura del cuarto salmo, cuando leí en el tiempo y lugar que he dicho repitiendo estas palabras: Luego que comencé a invocaros, Dios mío, principio y causa de toda mi justicia, luego al punto fue mi súplica bien oída y despachada de Vos; cuando me estrechaban las tribulaciones, me desahogasteis colocándome en espaciosas anchuras. Tened, Señor, misericordia de mí y concededme lo que os pido en mi oración. ¡Ojalá que ellos hubieran oído todas las cosas que yo entonces mezclé entre estas palabras! Pero lo habían de haber oído, sin saber yo que me oían, para que no juzgasen que lo decía porque ellos me escuchaban. Porque, a la verdad, ni yo hubiera acertado a decir tan buenas cosas, ni las hubiera dicho de aquel modo y con tan vivos afectos si conociera que ellos me estaban viendo y escuchando. Y dado caso que las hubiera dicho, y del mismo modo, ellos no hubieran sacado de mis palabras tanto provecho como diciéndolas yo a mis solas y hablando conmigo mismo en presencia vuestra, movido sólo del natural afecto de mi alma.

9. Bien sabéis, Padre amantísimo, que me horroricé temiendo vuestra justicia y también me enfervoricé esperando y alegrándome mucho en vuestra misericordia, que estos mismos afectos se me salían por los ojos y boca cuando en el mismo salmo leí aquellas palabras que dice vuestro Espíritu Santo hablando con nosotros: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo habéis de tener tan pesado y terreno el corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Porque yo me hallaba comprendido en esto, pues había amado la vanidad y buscado la mentira; por eso ignoraba lo que allí dice el Profeta, esto es, que Vos, Señor, ya habíais glorificado a vuestro Santo, resucitándole de entre los muertos y colocándole a vuestra diestra, para que desde allí enviase al divino consolador, Espíritu de verdad, según lo había prometido, y como efectivamente ya le había enviado. Ya le había enviado, porque ya él había sido glorificado, resucitando de entre los muertos y subiendo a los cielos; que si hasta   —181→   entonces el Espíritu Santo no había sido dado, era porque Jesucristo no había sido hasta entonces glorificado.

El Real Profeta clamaba: ¿Hasta cuándo habéis de tener pesado el corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed que el Señor ha glorificado ya a su SANTO95. Primero clama diciéndonos: ¿Hasta cuando? Después vuelve a clamar y decirnos: Sabed. Y yo, que fui por tanto tiempo ignorante, que amé la vanidad y busqué la mentira, por eso me estremecí todo al oír aquellas palabras, por acordarme muy bien de que yo había sido tal como aquéllos a quienes se dirigían. Porque en aquellos fantasmas que yo había abrazado en lugar de la verdad no había otra cosa que vanidad y mentira. Por eso dije entonces muchas sentencias graves y fuertes hasta en el modo de decirlas, por el sentimiento y dolor que me causaba acordarme de aquellas cosas. ¡Ojalá que las hubieran oído los que todavía perseveran amando la vanidad y buscando la mentira! Puede ser que al oírme se hubieran conmovido tanto, que llegasen a vomitar aquel veneno, y Vos, Señor, los hubierais atendido cuando clamasen a Vos y confesasen que padeció por nosotros verdadera muerte en un cuerpo real y verdadero. El mismo que ahora os ruego y pide por nosotros.

10. Allí también leía: Servíos de vuestra ira para no pecar. Esto, Dios mío, ¡cuánto me conmovía, por haber aprendido ya a enojarme contra mí por mis pasados desórdenes, para no volver a pecar en adelante! Y era justo enojarme contra mí, porque estaba plenamente convencido de que no era otra naturaleza del linaje de las tinieblas, distinta de la mía, la que pecaba en mí, como enseñaban aquéllos que no se irritan ni enojan contra sí mismos, pero van atesorando contra sí enojos para el día de la ira, que es el día de la manifestación de vuestro justo juicio.

Tampoco miraba ya estas cosas exteriores, como si fueran los verdaderos bienes a que debía aspirar, ni buscaba mi felicidad en estas cosas visibles a los ojos corporales y que se registran con la luz del sol. Porque aquellos herejes, que querían ser felices gozando de estas cosas corpóreas y exteriores, con facilidad se ven burlados y se vuelven inútiles y vanos sus deseos; como derrumban su corazón y lo entregan totalmente a estas cosas visibles que duran poco y las consume el tiempo, no tienen más recurso que estar como lamiendo con la lengua de su hambrienta imaginación las especies o imágenes que de aquellas cosas han quedado en ella. Ojalá que, siquiera acosados del hambre, llegasen a decir: ¿Quién nos manifestará los bienes sólidos y verdaderos?, para que entonces les digamos que atiendan al Real Profeta, que dice: Señor, la luz de vuestro divino rostro está grabada en nuestro corazón. Porque nosotros no somos aquella luz que alumbra a todos los hombres, sino que somos iluminados de Vos, para que los que antes éramos tinieblas, seamos luz en Vos.

¡Oh, si ellos vieran en su interior aquel bien eterno que yo había comenzado a gustar! Me deshacía y consumía considerando que me era imposible hacérselo ver a ellos, aunque me preguntaran y dijeran:   —182→   ¿quién nos manifestará los verdaderos bienes?, mientras me presentasen un corazón como el suyo, que sólo cree y asiente al informe de sus ojos, y busca solamente los bienes fuera de Vos. Porque allá en lo más íntimo de mi alma, donde yo me enojé contra mí mismo96, donde sentí una verdadera compunción, donde os había ofrecido y sacrificado mis antiguas costumbres, y esperando en vuestra gracia había comenzado a pensar en hacer vida nueva; allí mismo fue donde Vos, Señor, comenzasteis a darme a conocer vuestra dulzura y a llenar mi corazón de alegría.

Al mismo tiempo que con los ojos del cuerpo iba leyendo estas cosas y con los de mi espíritu las iba conociendo, prorrumpía en varias exclamaciones, ordenadas a no querer dividir mi corazón, amando la diversidad y multitud de los bienes terrenos, en que precisamente había de gastar yo tiempo, y los tiempos me gastarían a mí; siendo así que hallaba y tenía en la simplicidad de un bien eterno otra suerte de pan, vino y aceite que alimenta eternamente las almas.

11. También, cuando leía el verso que se sigue, exclamaba desde lo más profundo de mi corazón, diciendo aquellas palabras: ¡Oh paz!, ¡oh inalterable descanso! O lo que expresa el Profeta con decir: ¡En su paz y descanso dormiré y gozaré de un consuelo delicioso! Porque ¿quién se nos opondrá, cuando llegue a cumplirse aquella sentencia que consta en la Escritura: Quedó la muerte aniquilada y convertida en victoria?97. Vos, Señor, sois ese mismísimo Ser, que nunca puede mudarse; y en Vos es donde se halla este descanso perfecto que hace olvidar todos los trabajos, pues Vos sois el único que me establecisteis y disteis seguridad en aquella esperanza que mira a Vos solamente y no aspira a conseguir esa varia multitud de cosas que no son lo que Vos sois.

Estas cosas leía en aquel salmo, y leyéndolas me enardecía, pero no hallaba cómo darme a entender a aquellos herejes tan sordos como muertos, de cuya pestífera secta había sido yo antes, cuando poseído de aquella amargura y ceguedad había ladrado contra las Sagradas Escrituras, que comunican una dulzura que es como una miel del cielo y una luz y resplandor que es vuestra misma luz; por eso me abrasaba la ira, me consumía el enojo de que hubiese quien contradijese a tan divina Escritura.

12. ¿Cuándo podré recordar ni referir todos los beneficios y dulzuras que experimentó mi alma en aquellos días que estuvimos allí desocupados? Pero no tengo olvidado ni quiero pasar en silencio el riguroso azote con que me castigó vuestra justicia y la admirable prontitud con que me remedió vuestra misericordia. Dispusisteis, Señor, que me acometiese un gran dolor de dientes, que me mortificaba sobremanera, y habiéndose agravado tanto que ya no podía hablar, se me ofreció al pensamiento el pedir a todos mis amigos que me acompañaban, que rogasen por mí a Vos, que sois Dios y Señor de toda la salud. Escribí esto en una tabla encerada y se la di a ellos para que lo leyesen. Y lo mismo fue ponernos de rodillas para haceros la súplica, que desaparecer enteramente aquel dolor. Pero   —183→   ¡qué dolor era!, ¡y qué repentinamente desapareció! Confieso, Dios y Señor mío, que me quede atónito y espantado, porque en toda mi vida no había experimentado semejante cosa. Este admirable suceso grabó en mi corazón la idea que yo debía formar de la eficacia de vuestro poder; y alegrándome mucho de la fe que ya tenía en Vos, alabé vuestro santo nombre. Pero esta misma fe no me dejaba tener seguridad y quietud a vista de mis pecados anteriores, que todavía no se me habían perdonado por medio de vuestro santo Bautismo.




ArribaAbajoCapítulo V

Consulta con San Ambrosio sobre qué Libros Sagrados le sería más conveniente leer


13. Concluido el término de aquellas vacaciones, avisé a los magistrados de Milán que proveyesen a sus estudiantes de otro maestro de retórica, ya porque había determinado ocuparme en vuestro servicio, ya porque no podía continuar en aquel ministerio a causa de la difícil respiración y dolor que padecía en el pecho. También escribí al santo prelado Ambrosio mis pasados errores y extravíos, y los buenos deseos con que al presente me hallaba, a fin de que me dijese cuáles de vuestros Libros Sagrados me convendría más leer, para mejor disponerme a prepararme a recibir dignamente una tan grande gracia como la del Bautismo. Él me mandó que leyese al profeta Isaías, y creo que lo hizo así porque entre los demás profetas éste es el que anuncia con mayor claridad la doctrina del Evangelio y la gracia de la vocación de los gentiles. Pero yo, no habiendo entendido bien lo que leí la primera vez en Isaías, y creyendo que todo lo demás estaría oscuro para mí y tan dificultoso de entender como lo primero, dejé de continuar en aquella lectura con ánimo de volver a ella cuando estuviese más hecho al estilo y lenguaje de la Sagrada Escritura.




ArribaAbajoCapítulo VI

Vuelve Agustín a Milán, y en compañía de Alipio y Adeodato recibe el sagrado Bautismo


14. Habiendo llegado el tiempo en que debía inscribirse mi nombre en el catálogo de los que estaban admitidos para recibir el Bautismo y se llamaban competentes98, dejamos la quinta y nos volvimos a Milán99. Alipio quiso también acompañarme en renacer   —184→   a Vos, para lo cual se había preparado con la grande humildad que requieren vuestros santos Sacramentos, y con tan grave y rigurosa mortificación de su cuerpo, que se atrevió a andar descalzo por aquella tierra de Italia que se hallaba cubierta de hielo, no estando él acostumbrado a eso.

Juntamos también con nosotros al joven Adeodato100, que era mi hijo natural, fruto de mi pecado; pero Vos, Señor le dotasteis de unas cualidades muy buenas y excelentes. Aún no tenía quince años, y ya se aventajaba en el ingenio a otros muchos que por la edad y literatura pasaban por hombres graves y doctos.

Dones son y beneficios vuestros estos que os confieso, Dios y Señor mío, Creador de todas las cosas, que sois poderosísimo para reformar nuestras deformidades, pues yo en aquel muchacho no tenía otra cosa mía sino el pecado. Porque el que yo le crease, enseñándole vuestro temor y doctrina, Vos, Señor, me lo inspirasteis y no otro alguno: conque dones son y beneficios vuestros estos que os confieso.

Un libro hay mío, que se intitula Del Maestro, y Adeodato es aquel interlocutor que habla allí conmigo. Bien sabéis Vos, Señor, que aquellos pensamientos y sentencias que pongo allí en nombre del que introduzco hablando conmigo, todos son verdaderamente de Adeodato, cuando sólo tenia dieciséis años de edad. Pero otras cosas experimenté en él que eran mucho más admirables. Asombrado me tenía aquel ingenio. ¿Y quién sino Vos puede ser el autor de tan grandes maravillas? Bien presto le sacasteis de este mundo; por eso me acuerdo de él ahora con mayor seguridad, sin temer que le suceda alguna desgracia, pues ni en la puericia, ni en la adolescencia, ni en toda su vida encuentro ni descubro cosa alguna que de ningún modo pueda darme cuidado.

Juntamos, pues, a Adeodato con nosotros, para que en la vida de la gracia fuese nuestro coetáneo y para continuar educándole con arreglo a vuestra ley y doctrina. Finalmente recibimos el Bautismo101; y luego al punto se nos quitó aquel cuidado en que nos tenía la memoria de nuestra vida pasada.

Ni me hartaba en aquellos días de la dulzura admirable que causaba en mi alma el considerar vuestra altísima e inescrutable providencia en orden a la salud del género humano. ¡Cuánto lloré también oyendo los himnos y cánticos que para alabanza vuestra se cantaban en la iglesia, cuyo suave acento me conmovía fuertemente y me excitaba a devoción y ternura! Aquellas voces se insinuaban por mis oídos y llevaban hasta mi corazón vuestras verdades, que causaban en mí tan fervorosos afectos de piedad, que me hacían derramar copiosas lágrimas, con las cuales me hallaba bien y contento.



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ArribaAbajoCapítulo VII

Cómo en Milán comenzó la costumbre de cantarse himnos y salmos en la iglesia. Y cómo fueron hallados los cuerpos de los santos mártires Protasio y Gervasio


15. No había mucho que la Iglesia de Milán había comenzado a practicar este género de ejercicio piadoso, que es de tanto consuelo y edificación para los fieles, los cuales concurrían a él con gran celo y devoción, cantando juntamente con las voces y con los corazones. Habría un año, o poco más, que la emperatriz Justina102, madre del joven emperador Valentiniano, había dado en perseguir a vuestro siervo Ambrosio, por causa de la herejía de los arrianos con que ella estaba inficionada y seducida; pasaban los fieles las noches en la iglesia, determinados y dispuestos a morir por su obispo y siervo vuestro. Mi madre, vuestra fiel sierva, a quien tocaba la mayor parte del cuidado y consternación que padecían los fieles, era la primera en concurrir también a aquellas vigilias que celebraban, de modo que no vivía sino de sus oraciones. Yo, que todavía estaba frío en la devoción y falto de calor y fervor de vuestro espíritu, no dejaba de conmoverme con el susto y turbación que padecía toda la ciudad. Entonces fue cuando se estableció que cantasen los fieles himnos y salmos, según se acostumbraba ya en las iglesias de Oriente, para entretener y divertir el tedio y la tristeza que pudiera acabar de sobrecoger al pueblo, y desde entonces hasta el día de hoy se ha continuado este piadoso ejercicio, que han adoptado ya casi todas las Iglesias del universo, siguiendo el ejemplo de la de Milán103.

16. En este mismo tiempo fue cuando en una visión manifestasteis a vuestro santo obispo el lugar donde estaban enterrados los cuerpos de los santos mártires Protasio y Gervasio, que por tantos años habíais conservado incorruptos y escondidos en el secreto de vuestros tesoros, para manifestarlos oportunamente cuando conviniese y reprimir la rabiosa furia de una mujer, que además de eso era emperatriz. Porque habiéndolos descubierto y desenterrado104, al tiempo de trasladarlos a la basílica ambrosiana con el honor y pompa que correspondía, no sólo quedaban sanos y salvos los energúmenos a quienes mortificaban antes los espíritus inmundos, confesando vuestro poder los mismos demonios, sino que también un ciudadano que había muchos años que estaba ciego, y era muy conocido en toda la ciudad, preguntando el motivo que tenía el pueblo para aquellas demostraciones que hacía de júbilo y regocijo, e informado   —186→   bien de todo, saltó de contento y rogó al que lo iba guiando que le llevase al paraje por donde pasaba la procesión. Llevado allá, suplicó que le permitiesen tocar con un pañuelo el féretro donde iban los cuerpos de aquellos santos cuya muerte había sido preciosa en vuestros ojos. Tocó al féretro el pañuelo, se lo aplicó el ciego a los ojos e inmediatamente recobró la vista. Al instante se divulgó por todas partes la fama de este milagro; al instante resonaron por toda la ciudad vuestras alabanzas públicas y fervorosas; y con esto el ánimo de aquella enemiga del santo obispo Ambrosio, ya que no se extendió ni dilató de modo que consiguiese la santidad de la fe, a lo menos se reprimió y estrechó, cesando de perseguirle con tan gran furor.

Infinitas gracias os sean dadas, Dios mío. Pero ¿cómo y hasta dónde habéis ido gobernando mi memoria, para que también os alabase y bendijese por estas cosas, que no obstante ser tan grandes y maravillosas, las había olvidado y omitido? Con todo eso, extendiéndose tanto la fragancia de vuestros olorosos ungüentos y aromas, no os seguía yo entonces todavía, ni corría105 tras de Vos. He aquí lo que me daba después más motivo de llorar entre los himnos y cánticos de vuestras alabanzas; en otro tiempo, antes de ahora, como quien suspiraba por Vos, pero ahora desahogado y como quien ya respira con tanta libertad como la que tiene el aire en una casa de heno106.




ArribaAbajoCapítulo VIII

De la conversión de Evodio; de la muerte de su santa madre, Mónica, y de la crianza y educación que tuvo desde sus primeros años


17. Vos, Señor, que hacéis que vivan juntos en una misma casa los que tienen una misma voluntad, trajisteis a nuestra compañía al joven Evodio107, que era natural de mi mismo pueblo. El que era agente de los negocios del príncipe se convirtió a Vos y se bautizó antes que nosotros, y dejando el servicio del emperador, se dedicó al vuestro.

Vivíamos, pues, en amigable compañía y con la santa resolución de no separarnos nunca. Buscando un lugar que nos fuese más cómodo y proporcionado para establecernos en él y emplearnos en vuestro servicio, determinamos volvernos a África todos juntos108: estábamos en el puerto de Ostia, por donde desemboca el Tíber en el mar, y allí falleció mi madre.

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Muchas cosas paso aquí en silencio, porque voy muy deprisa para referir otras que no quiero omitir. Aceptad, Dios mío, las alabanzas que deseo daros y la acción de gracias que os doy también en silencio por las innumerables cosas que dejo de referir. Pero no omitiré todas cuantas especies pueda parir mi memoria de aquella sierva vuestra, que me parió a mí, no sólo en cuanto al cuerpo a esta vida temporal, sino también en el espíritu en orden a la eterna. Las cosas que de mi madre voy a referir, fueron dones y gracias vuestras, no suyas, pues ni ella se hizo a sí propia, ni se educó a sí misma.

Vos, Señor, la creasteis, sin que tampoco supiesen su padre ni su madre qué tal sería en lo venidero aquella hija que les había nacido. La recta disciplina de Jesucristo, vuestro unigénito Hijo, régimen que observaba en la casa de sus fieles padres, que era una buena parte de vuestra Iglesia, fue quien la hizo instruirse en vuestro santo temor. Porque, a la verdad, no solía alabar tanto mi madre, Mónica, el cuidado de la suya en orden a su educación y enseñanza, como el de una criada que había muy anciana, la cual en otro tiempo había traído también en brazos a su padre cuando era niño, como suelen las muchachas grandecillas traer los niños en brazos.

En atención a esto, como también por su ancianidad, y las loables costumbres que siempre había practicado en una casa tan cristiana, era muy querida y honrada de los amos.

Por eso también ella cuidaba mucho de las hijas de sus amos, cuya educación le habían encargado. Para reprenderlas, cuando era menester, era áspera con una severidad santa; y para enseñarlas, moderada y suave con prudencia. Así, fuera de aquellas horas en que las niñas tomaban su alimento, muy corto y moderado, en la mesa de sus padres, aunque estuviesen abrasándose de sed, no les permitía beber ni aun agua sola, para que no tomasen alguna mala costumbre, añadiéndoles estas prudentes palabras: Ahora bebéis agua, porque no tenéis el vino a vuestra disposición; pero cuando lleguéis a estar casadas y seáis dueñas de las bodegas y despensas, os parecerá mal el agua, y la costumbre de beber se os quedará siempre. Con esta razón que presidía en lo que mandaba, y con la autoridad y poder que tenía para que ejecutasen lo mandado, conseguía refrenar los antojos de aquella edad más tierna, y arreglaba la sed de aquellas niñas a las leyes de la templanza, para que nunca les agradase lo que no fuese decoroso.

18. No obstante todo este cuidado y enseñanza, imperceptiblemente se le introdujo en el corazón a mi madre y sierva vuestra el gusto y afición al vino, como ella misma me lo contaba. Porque en la confianza de que era niña, y que no bebía vino, ella era la que por mandato de sus padres iba regularmente a sacarle de la cuba, y antes de echarlo en la vasija en que lo había de llevar, aplicaba los labios al vaso con que lo sacaba, dando un pequeño sorbito, porque su paladar mismo repugnaba el beber algo más. Pues no hacía esto en fuerza de alguna pasión que tuviese al vino, sino impelida de ciertos excesillos y antojos de que abunda aquella edad, y se desahogan y explican en unos movimientos como burlescos, los cuales, con el peso y gravedad de los mayores y maestros, suelen contenerse y reprimirse en los ánimos de los muchachos. Así, añadiendo a aquel   —188→   pequeño sorbo primero otros pequeños sorbos cotidianos (como el que desprecia lo poco, viene a caer en lo mucho), llegó a contraer tal costumbre, que ya bebía con gran gusto una copa de vino casi llena.

¿Dónde estaba entonces aquella prudente anciana, y aquella su prohibición severa y rigurosa? Mas ¿por ventura habría alguna cosa que fuese de provecho para curar una enfermedad oculta, si Vos, Señor, que sois el verdadero médico de todos nuestros males, no estuvierais siempre velando sobre nosotros? Así, un día, estando ausente el padre y la madre, y también los que cuidaban de su educación, Vos, Señor, que estáis presente a todos, que nos habéis creado, que nos llamáis en todo tiempo, que hasta por medio de los hombres que son contrarios nos procuráis lo que es bueno para la salud de nuestras almas, ¿qué fue, Dios mío, lo que hicisteis en aquella ocasión?, ¿con qué remedio la curasteis?, ¿con qué medicina la sanasteis? ¿No es cierto, Señor, que os servisteis de aquel fuerte y agudo dicterio que le dijo aquella otra criatura, cuya injuriosa afrenta fue como un hierro cortante y medicinal, que sacasteis de los secretos senos de vuestra providencia, con el cual de un solo golpe cortasteis toda aquella corrupción?

Porque aquel día que ella estaba sola con una criada, que era precisamente la que solía acompañarla cuando iba por el vino, riñeron las dos entre sí, como muchas veces sucede en las casas; la criada le echó en rostro esta mala costumbre que su ama menor tenía, y con un modo áspero y desabrido la insultó llamándola borrachuela. Estimulada la niña con esta injuria, abrió los ojos para ver aquella fea costumbre, y desde aquel instante la condenó ella misma y la dejó.

Ello es cierto que así como los amigos adulando nos pervierten, así muchas veces los enemigos injuriando nos corrigen; pero Vos, Señor, les daréis el pago que corresponde a la voluntad e intención que ellos tuvieron, y no el que corresponde a lo que Vos mismo hacéis por medio de ellos. Porque aquella criada, llevada de la ira, no pretendía verdaderamente sanar a su ama menor, sino injuriarla y zaherirla; así fue que aquella reprensión se la dio sin testigos y a escondidas, o porque el lugar y tiempo de la riña casualmente las cogió solas, o acaso recelosa de que a ella le viniese algún daño por no haberlo descubierto antes. Mas Vos, Señor, que gobernáis todas las cosas del cielo y de la tierra, que de todas usáis, haciendo que sirvan al cumplimiento de vuestra voluntad y dando su debida ordenación, aun a las cosas que desordenadamente siguen el curso perturbado de los siglos, hasta de la misma enfermedad de la una os servisteis para sanar a la otra, conque cualquiera que advierta y reflexione esto, no tendrá motivo para atribuirse a sí mismo el buen efecto que sus palabras hicieron tal vez en otro a quien quería corregir de algún defecto.




ArribaAbajoCapítulo IX

Continúa Agustín refiriendo las loables costumbres de su madre


19. Siendo, pues, criada mi madre con honestidad y templanza, y hecha por Vos obediente a sus padres, más que hecha por ellos obediente a Vos, luego que cumplió la edad que se requiere para el matrimonio, obedecía y servía al marido que le dieron sus padres, como   —189→   a su señor: puso gran cuidado en ganarle para Vos, proponiéndole y explicándole vuestro ser y perfecciones, no tanto con sus palabras como con sus costumbres, por las cuales la hicisteis tan hermosa y amable a su marido, que al mismo tiempo le causaba respeto y admiración.

Pero ella toleró de tal suerte las injurias de sus infidelidades, que jamás tuvo por esto la menor desazón con su marido, porque esperaba que vuestra misericordia había de concederle primeramente la fe y después la castidad conyugal. Además de esto, era mi padre por una parte muy benigno y amoroso, por otra muy iracundo y colérico; cuando ella le veía enojado, tenía la advertencia de no contradecirle ni de obra ni de palabra; después, cuando la ocasión le parecía oportuna, y pasado aquel enojo le veía ya sosegado, entonces le informaba bien del hecho, si acaso aquel enojo había nacido de su falta de consideración y de no estar bien informado.

Así, cuando otras muchas matronas, cuyos maridos eran más pacíficos y tratables, traían sus rostros señalados y afeados con cardenales, de los golpes que les daban, en sus conversaciones amigables solían ellas reprender la conducta de sus maridos y mi madre sus lenguas. Recordábales como por chanza, pero en la realidad con mucho juicio, que desde que se les leyeron los contratos matrimoniales, debían considerar que se les había leído una obligación con la que habían quedado hechas criadas de sus maridos; que teniendo esto presente, estando en calidad de criadas, no debían engreírse ni ensoberbecerse contra sus señores. Admirándose ellas (que sabían muy bien cuán feroz marido tenía que sufrir) de que jamás se hubiese oído, ni por indicio alguno se hubiese rastreado, que Patricio hubiese puesto las manos en su mujer, ni siquiera un día hubiesen tenido alguna disensión; le preguntaban con familiaridad y confianza la causa de todo esto, y ella les enseñaba la conducta que tenía con su marido, que es la misma que dejo insinuada. Las que tomaban su consejo, le daban las gracias por el bien que habían experimentado; y las que no imitaban su conducta, se veían oprimidas y maltratadas.

20. También a puros obsequios y por medio de una continua paciencia y mansedumbre supo vencer el ánimo de su suegra de tal suerte, que siendo así que antes la tenía muy enojada por los chismes de algunas malas criadas, la suegra misma de su propia voluntad se quejó de ellas a su hijo Patricio, le descubrió cuáles eran las que con sus malas lenguas habían sido causa de que ella estuviese mal con su nuera y de que se hubiese perturbado la paz de su casa, y le pidió que las castigase como correspondía. Así, después que él, ya por dar gusto a su madre, ya por cuidar del buen gobierno de su familia, ya por atender a la paz y concordia de dos personas tan suyas como esposa y madre, castigó a las acusadas a satisfacción de su madre, que las había acusado; dijo esta misma a todas las criadas que aquéllos eran los premios que de allí en adelante debía esperar de su mano cualquiera que, juzgando que le agradaba, le fuese a contar algo de su nuera. Y no atreviéndose ya ninguna de ellas a ejecutar tal cosa, vivieron las dos con benevolencia y unión de corazones tan gustosa como memorable.

También Vos, misericordiosísimo Dios y Señor mío, habíais dado a aquella tan buena sierva vuestra, en cuyas entrañas me creasteis, el   —190→   excelente don de apaciguar luego que podía los ánimos de cualesquiera que estuviesen entre sí reñidos y discordes. Portábase con tal prudencia, que oyendo de ambas partes todas las quejas, desabrimientos y palabras descompuestas que la enemistad colérica e indigesta suele dictar y proferir, cuando con una amiga presente habla otra de su enemiga ausente en confianza, exhalando por sus bocas la crudeza de sus odios y rencores, nunca descubría a las unas lo que había oído a las otras, sino aquello solamente que podía servir para reunirlas y reconciliarlas.

Este don me parecería pequeño si yo mismo no hubiera experimentado con sentimiento de mi alma lo que practican en esta materia innumerables gentes, por haber cundido dilatadísimamente no sé qué horrenda peste de pecados, quienes no solamente acostumbran revelar a los unos airados enemigos lo que los otros enemigos suyos, enojados también, han dicho de ellos, sino que también añaden otras cosas que no han dicho. Debiera ser tan al contrario, que a un hombre que obra conforme a la humanidad habría de parecerle poco el no excitar ni promover las enemistades de los hombres, hablando mal de unos a otros, si además de esto no procuraba también apagarlas enteramente hablando bien a todos. Esto es lo que mi madre practicaba, siguiendo las ocultas instrucciones que Vos, íntimo maestro suyo, le dictabais en la escuela de su corazón.

21. Finalmente, ganó para Vos a su marido, reduciéndole a la fe algún tiempo antes de que él saliese de esta vida mortal109. Desde que se hizo fiel, no le dio a mi madre motivos de llorar los malos procederes con que le había dado que sufrir y tolerar antes de serlo.

Además de esto, era mi madre una mujer dedicada a servir a todos los que os servían110. Cualquiera de vuestros siervos que la había conocido os alababa, os reverenciaba y os amaba mucho en ella, porque los frutos de santidad de su inculpable vida testificaban que Vos estabais presente en su corazón.

Había sido mujer de un solo varón; había cumplido todas las obligaciones que tenía para con sus padres; había gobernado su familia y casa con mucha piedad; y las buenas obras que había hecho daban testimonio de la virtuosa conducta que había tenido. Ella, por sí misma, había criado a sus hijos, sintiendo después por ellos los dolores de parto tantas veces cuantas los veía apartarse de vuestros mandamientos.

Últimamente, Señor, ya que por vuestra gracia permitís que os hablemos vuestros siervos, a todos nosotros los que antes del sueño de su muerte vivíamos juntos, y unidos también a Vos, después de recibida la gracia de vuestro Bautismo, de tal suerte nos cuidaba, como si fuera madre de todos; y de tal suerte nos servía, como si cada uno de nosotros fuera su padre.



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ArribaAbajoCapítulo X

Coloquio de Agustín con su madre, acerca del reino de los cielos


22. Acercándose ya el día en que mi madre había de salir de esta vida, el cual para Vos, Señor, era tan sabido como para nosotros ignorado, sucedió, sin duda disponiéndolo Vos por los medios ininvestigables de vuestra providencia, que mi madre y yo estuviésemos solos y asomados a una ventana, desde donde se veía un jardín que había dentro de la casa que habíamos tomado en la ciudad de Ostia, donde, apartados del bullicio de las gentes, pudiésemos descansar de las molestias de un largo viaje y disponernos para la navegación. Estando, pues, los dos solos, comenzamos a hablar, y nos era dulcísima la conversación, porque olvidados de todo lo pasado, empleábamos nuestros discursos en la consideración de lo venidero. Buscábamos en la misma verdad, que sois Vos y que estabais presente, qué tal sería aquella vida eterna que han de gozar los santos, que consiste en una felicidad que ni los ojos la vieron, ni los oídos la oyeron, ni el corazón humano es capaz de concebirla. Abríamos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos que manan de la inagotable fuente de la vida, que está en Vos, para que, rociados con sus aguas, según nuestra capacidad, pudiésemos de algún modo pensar una cosa tan sublime y elevada.

23. Había llegado nuestra conversación a tales términos, que el mayor deleite de los sentidos corporales que pueda imaginarse, y el mayor auge de luz y resplandor terreno que pueda concebirse, no solamente nos parecía indigno de poderse comparar, sino también de que le trajésemos a la memoria, respecto de aquella delicia de la vida eterna; cuando elevándonos con más fervoroso afecto hacia esto mismo, fuimos recorriendo sucesivamente por sus grados todas las criaturas corporales y hasta el mismo cielo, desde donde el Sol, la Luna y las estrellas envían a la Tierra su luz y resplandores. Subíamos todavía más, ya pensando interiormente en vuestras obras, ya comunicándonos uno a otro nuestros pensamientos con palabras, ya admirándonos de la excelencia de vuestras criaturas; vinimos a tratar de nuestras almas y de allí pasamos más adelante para llegar a tocar en aquella región de abundantes e indefectibles delicias, donde por toda la eternidad apacentáis a vuestros escogidos con el pábulo de la verdad infinita, donde es vida de todos los bienaventurados aquella misma Sabiduría, por la cual fueron hechas todas las cosas que al presente son, las que han sido y las que serán; sin que ella haya sido hecha, porque es y será siempre lo que ha sido.

En medio de nuestro coloquio, cuando más ansiosamente suspirábamos por ella, llegamos a tocarla con todo el ímpetu y fuerza de nuestro espíritu, aunque repentina e instantáneamente, y suspirando por aquella eternidad, dejándonos allí las primicias de nuestra alma, nos volvimos a nuestro común modo de hablar, donde la palabra suena para ser oída y se comienza y se acaba. Pero ¿qué cosa hay semejante a vuestra palabra, que es nuestro Dios y Señor, que subsiste y permanece en sí misma, y lejos de poder envejecerse, renueva todas las cosas?

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24. Decíamos, pues: si cesara enteramente la ruinosa inquietud que causan en un alma las impresiones del cuerpo; si no la conmovieran de modo alguno las especies que por la vista y demás sentidos corporales recibe de la tierra, de las aguas, de los cielos; si aun la misma alma no hablase consigo misma y, como olvidada de sí, no se detuviese a reflexionar sobre sí misma; si no hablaran tampoco los sueños ni las revelaciones imaginarias; si, finalmente, cesaran todas las locuciones que puede un alma percibir de las criaturas, por manera que ni le hablaran con palabras de la lengua, ni por medio de signos o de señas, ni de otro cualquier modo de hablar sucesivo y pasajero, sino que enmudeciese todo lo creado, después de haberle dicho lo que están siempre diciendo estas cosas creadas a todo el que quiere oírlas, esto es: No nos hemos hecho a nosotras mismas, sino que nos hizo el que permanece y dura eternamente. Si, dicho esto, callara enteramente todo lo creado y guardando un silencio profundo todo el universo, como para atender y escuchar al que le creó, entonces hablase Él solo a aquella alma, no por medio de las criaturas, sino por sí mismo, de modo que oyésemos su palabra, no de boca de hombres, ni de voz de ángeles, ni mediante algún ruido de las nubes, ni por símbolos ni enigmas, sino por el mismo Creador que el alma ama en estas criaturas, le oyera hablar sin ellas, como ahora nosotros mismos acabamos de experimentar en aquel feliz instante en que nuestro espíritu subió tan alto, que rápidamente llegó a tocar nuestro pensamiento aquella Sabiduría infinita que eternamente subsiste sobre todas las cosas; pues si este conocimiento se continuara, de modo que, apartados todos los demás que son de esfera muy inferior, sólo éste sea el que arrebate el alma, la posea toda y la introduzca donde esté rodeada y llena de gozos interiores, en el concepto de que la vida eterna sea tal cual ha sido este momento de clara inteligencia que hemos tenido suspirando, ¿no sería todo esto lo que se le promete, diciendo: Entra en el gozo de tu Señor? Pero esto ¿cuándo se cumplirá? ¿Será cuando se verifique el que todos resucitaremos, pero no todos seremos inmutados?

25. Ve aquí con poca diferencia lo que entonces decíamos, aunque no fuese con estas mismas palabras ni del mismo modo que ahora. Pero bien sabéis, Señor, que aquel día en que estuvimos hablando de estas cosas, y que según las íbamos tratando, nos iba pareciendo más vil y despreciable este mundo con todos sus deleites, dijo mi madre entonces estas palabras: Hijo, por lo que a mí toca, ya ninguna cosa me deleita en esta vida. Yo no sé qué he de hacer de aquí en adelante en este mundo, ni para qué he de vivir aquí, no teniendo cosa alguna que esperar en este siglo. Una sola cosa había, por la cual deseaba detenerme algún poco de tiempo en esta vida, que era por verte católico cristiano, antes que muriese. Esto me lo ha concedido mi Dios más cumplidamente de lo que yo deseaba; pues, además de esto, te veo en el número y clase de aquéllos que, despreciando toda felicidad terrena, se dedican totalmente a su servicio. Pues ¿qué hago yo en este mundo?



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ArribaAbajoCapítulo XI

Del éxtasis y muerte de su madre


26. No me acuerdo muy bien de lo que respondí a estas palabras de mi madre. Pero de allí a cinco días, o muy poco más, cayó enferma de calenturas. En uno de los días de su enfermedad padeció una especie de desmayo, en que por algún tiempo estuvo enajenada de los sentidos. Nosotros acudimos, pero prontamente volvió en sí, y mirándonos a mi hermano y a mí, que estábamos allí inmediatos a su lecho, nos dijo en tono de quien pregunta: ¿Dónde estaba yo ahora? Y después, viéndonos sobrecogidos de aflicción, nos dijo: Aquí dejaréis enterrada a vuestra madre. Yo callaba y reprimía el llanto, pero mi hermano le dijo no sé qué palabras, que aludían a desearle como cosa más feliz el que muriese en su patria y no en país tan extraño. Ella, habiendo oído todo esto, mirándole primero con un rostro severo y desazonado, como reprendiéndole con los ojos que pensase de aquel modo, y mirándome después a mí, dijo: Mira lo que dice éste. Luego hablando con entrambos añadió: Enterrad este cuerpo dondequiera y no tengáis más cuidado de él; lo que únicamente pido y os encomiendo es que os acordéis de mí en el altar del Señor, dondequiera que os halléis. Habiendo manifestado este su sentimiento con las palabras que pudo, se quedó callando y, agravándose la enfermedad, creció también su fatiga.

27. Mas yo, Dios mío, considerando los dones que vuestra inescrutable providencia derrama invisiblemente en los corazones de vuestros fieles, haciendo que de allí nazcan frutos admirables, no podía menos de alegrarme y daros muchas gracias por lo que acababa de oír a mi madre, acordándome del gran cuidado que había tenido siempre de su sepulcro, y cómo lo tenía ya prevenido y preparado junto al de su marido. Porque habiendo vivido los dos con grande unión y concordia, quería también, como es propio de un alma que todavía no está perfectamente capaz de las cosas divinas, que se añadiese a esta felicidad el que, después de su muerte, contasen los hombres cómo después de aquella peregrinación ultramarina le hubiese Dios concedido restituirse a su patria, para que la tierra de sus dos cuerpos se cubriese con la tierra inmediata y contigua de sus dos sepulcros. Como yo ignoraba cuánto tiempo había ya que vuestros dones habían llenado su corazón, y expelido de él un pensamiento tan vano como éste, me llenó de alegría y admiración lo que acababa de decirme. Es verdad que en aquel coloquio que tuvimos los dos a la ventana cuando me dijo: ¿Qué es lo que hago yo en este mundo?, no dio a entender de ninguna manera que tuviese ya deseo de morir en su patria.

También supe después, cómo en aquel mismo tiempo que nos detuvimos en el puerto de Ostia, un día en que yo me hallaba ausente, estuvo mi madre hablando con unos amigos míos, a quienes trataba con la confianza que pudiera una madre con sus hijos, acerca del menosprecio de esta vida y de los bienes y utilidades de la muerte. Admirándose ellos de la excelente virtud que Vos habíais concedido a aquella piadosa mujer, le preguntaron si verdaderamente no le daría sentimiento alguno el morir allí y dejar su cuerpo en una tierra   —194→   tan lejos de su ciudad y patria, a lo que ella respondió: Nada hay lejos para Dios; ni hay que temer que se le olvide o no sepa el lugar donde está mi cuerpo, para resucitarme en el fin del mundo.

En fin, aquella alma tan llena de religión y piedad fue desatada de las ligaduras del cuerpo al noveno día de la enfermedad referida, a los cincuenta y seis años de su edad, y a los treinta y tres de la mía.




ArribaAbajoCapítulo XII

De cómo lloró la muerte de su madre


28. Al mismo tiempo que yo cerraba sus ojos al cadáver, se iba apoderando de mi corazón una tristeza grande, que iba a resolverse en lágrimas; pero mis ojos, obedeciendo al violento imperio del alma absorbían toda la corriente de su llanto, de modo que pareciesen enjutos; y en esta repugnancia que hacía el desahogo del llanto, tenía que vencer y que padecer mucho. El joven Adeodato, luego que mi madre dio el último aliento, comenzó a llorar a gritos, pero a persuasión de todos nosotros se sosegó y calló. A este modo también era lo que yo experimentaba, pues aquel primer movimiento, que con pueril flaqueza me quería hacer prorrumpir en llantos y gemidos, a la voz y precepto de mi alma, como de sujeto más prudente y juicioso, se reprimía y callaba. Porque no pensábamos por conveniente acompañar con lamentos, gemidos y sollozos la muerte de mi madre, por ser éstas unas demostraciones con que por lo común suele llorarse la infeliz y desgraciada suerte de los que han muerto, o con que al parecer se significa que se han consumido enteramente o aniquilado. Pero mi madre, ni había muerto, de modo que se le pudiese temer algún infeliz destino, ni había muerto de todo punto, lo cual teníamos por verdad muy cierta, ya atendiendo a la pureza de sus costumbres y método de vida, ya a su fe no fingida, sino muy verdadera, ya también por otras muchas razones que nos lo aseguraban.

29. Pues ¿qué era, Señor, aquello que tan gravemente sentía en lo interior de mi alma, sino la herida reciente que en ella había causado el haberse disuelto repentinamente aquella costumbre de vivir en su compañía, que me era tan sumamente amable y deliciosa? Es cierto que me complacía mucho lo que mi madre había testificado de mí, aun en esta su última enfermedad, en la cual como halagándome por los obsequios que yo le hacía y lo que la cuidaba, me llamaba hijo piadoso; traía también a la memoria con grande afecto y ternura que jamás había oído de mi boca palabra ni voz alguna que le fuese molesta ni injuriosa. Pero a la verdad, Dios mío y mi Creador, ¿qué importaba todo esto, ni cómo era comparable el reconocimiento y respeto que yo le tuve con los cuidados y servicios que le debía? Así, viendo yo que quedaba desamparado de tan grande consuelo como de ella recibía, mi alma estaba traspasada del dolor y pena, y parece que mi vida se despedazaba, pues la mía y la suya no hacían más que una sola111.

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30. Después que a nuestras persuasiones, como he dicho, reprimió las lágrimas y clamores Adeodato, cogió Evodio un salterio y comenzó a cantar aquel salmo: Vuestra misericordia, Señor, y vuestra justicia cantaré en vuestra presencia; y le respondíamos todos los que estábamos en la casa. Al ruido de nuestras voces acudió gran número de personas fieles y piadosas de uno y otro sexo; y mientras que los que tienen esto a su cargo, disponían todas las cosas que según costumbre se requerían para el entierro, yo, en un lugar retirado, donde podía estar sin menoscabo de mi decoro en compañía de algunos que no tuvieron por conveniente el dejarme solo, trataba y conversaba de aquellas materias que me parecían oportunas y propias de aquella ocasión. Esta disputa e indagación de la verdad servía como de lenitivo a mi dolor y tormento, que solamente a Vos era notorio, pues los demás que me acompañaban y oían atentamente nuestras conferencias, no solamente ignoraban mi pena y sentimiento, sino que juzgaban que estaba sin pesadumbre ni dolor alguno. Pero bien llegaban a vuestros oídos las interiores voces de mi alma, con que yo me reprendía a mí mismo la debilidad y poca fortaleza de mi afecto, aunque los circunstantes no pudiesen oírlas. También delante de Vos comprimía el ímpetu de mi tristeza, la que cesando por brevísimo tiempo, volvía a prevalecer y apoderarse de mi corazón, aunque no tanto que me hiciese prorrumpir en lágrimas ni se advirtiese alguna mutación en mi semblante; pero yo bien sabía cuán gravemente oprimido estaba mi corazón y acongojado. Y como por otra parte me desazonaba mucho el que hiciesen en mí tan fuerte y poderosa impresión estos sucesos humanos, que forzosa y necesariamente han de acaecer, ya por el orden que vuestra providencia tiene establecido, ya por ser propios de nuestra condición y naturaleza, con otro nuevo dolor sentía mi dolor primero y me afligía con duplicada tristeza.

31. Llegose el tiempo de llevar el cadáver y no lloré en todo el camino, ni a la ida ni a la vuelta, pues ni aun en aquellas preces y oraciones que os hicimos, mientras se os ofrecía por su alma el sacrificio de nuestra redención, estando ya puesto el cadáver junto a la sepultura antes que se enterrase, como allí se acostumbra hacer, ni en aquellas preces me enternecí ni lloré. Sin embargo, estuve todo el día poseído interiormente de una gran tristeza; y del modo que me permitía la turbación de mi alma, os suplicaba que sanaseis mi dolor; pero Vos no lo hacíais, y era, según creo, para que a lo menos por esta experiencia mía aprendiese y tuviese en la memoria la gran fuerza que tienen los lazos de toda costumbre contra todas las reflexiones que pueda hacer un alma que ya está desengañada y no se alimenta de la falsedad y mentira.

Entonces me pareció que también me convendría tomar baños, porque había oído decir que en latín se llamaban balnea, del nombre griego Balanion, para significar que expelen y echan fuera del alma toda aflicción y tristeza. Pero también debo confesar a vuestra infinita misericordia, con la que sois Padre mío y de todos los huérfanos, que después de haberme bañado, me hallé del mismo modo que antes,   —196→   porque el calor del baño no pudo hacer que expeliera por el sudor la amargura y tristeza de mi alma.

Dormí después un rato y, cuando desperté, conocí que mi pena y sentimiento en parte se me habían mitigado. Entonces, estando solo en mi lecho, se me acordaron aquellos versos tan verdaderos de vuestro siervo Ambrosio, en que hablando con Vos, dice:


   Divino Creador del universo,
que los cielos regís de polo a polo,
engalanando el día con el terso
y hermoso resplandor que el Sol da sólo;
y que la noche, para fin diverso,
vestís de luto con gustoso dolo
de los sentidos, que al trabajo adverso
habilita los miembros fatigados,
por medio del descanso y el reposo,
para que por el sueño confortados
vuelvan a su ejercicio laborioso:
asimismo las almas angustiadas
con cuidados, disgustos, sutilezas,
mediante el sueño, miran aliviadas
sus penas, aflicciones y tristezas, etc.



32. Pero desde estas consideraciones volvía a recaer poco a poco en los antecedentes y pasados sentimientos, acordándome de aquella vuestra sierva, de su vida y conducta fiel, tan piadosamente ordenada a Vos, como santamente halagüeña y suave para mí; y no pudiendo reprimir el sentimiento de verme privado de ella repentinamente, me dio gana de llorar delante de Vos por ella y por mí; tomando motivos para llorar de su proceder y el mío. Así solté el dique a mis lágrimas, que hasta entonces tenía represadas, dejándolas correr cuanto quisiesen, hasta que nadase y descansase mi corazón en ellas; como efectivamente descansó por ser Vos el único testigo que había de mi llanto, no habiendo allí persona humana que diese a mis lágrimas alguna interpretación vana y siniestra.

Ahora, Señor, también os lo confieso por escrito; léalo el que quisiese e interprételo como gustare. Si le pareciere que hice mal y pequé por haber llorado a mi madre por un corto espacio de tiempo, a una madre muerta allí a mis ojos y que por muchos años me había llorado a mí para que viviese a los vuestros, le pido que no se ría de mi llanto; antes bien, si tiene bastante caridad, llore él también por mis pecados delante de Vos, Dios mío, que sois el Padre de todos aquellos fieles que son hermanos de vuestro Hijo Jesucristo.




ArribaAbajoCapítulo XIII

Ora Agustín a Dios por su difunta madre


33. Pero ahora que ya estoy sano de aquella herida que penetró en mi corazón y en que pudiera reprenderse por excesivo mi carnal afecto, os ofrezco, Dios mío, por aquella sierva vuestra otro muy diferente género de lágrimas, que dimanan del temor que padece mi espíritu, considerando los peligros de cualquier alma que contrae la culpa y muerte de Adán. Pues aunque mi madre fue vivificada en Cristo, y también mientras vivió en este mundo tuvo una conducta tan justificada, que su fe y sus costumbres dan motivo de que se   —197→   alabe y bendiga vuestra santo nombre, con todo eso no me atreveré a asegurar que desde que le disteis la vida de la gracia en el Bautismo, no se le escapase de su boca siquiera una palabra que por vuestros mandamientos estuviese prohibida. Y sabemos que la Verdad por esencia, que es vuestro unigénito Hijo, dejó dicho en su Evangelio que si alguno injuriase a su hermano diciéndole que es un fatuo, se hacía digno del infierno. Así, ¡desventurado el hombre, por más laudable que haya sido su vida, si Vos le juzgarais sin misericordia!

Mas como no escudriñáis con todo ese rigor nuestros pecados, confiadamente esperamos hallará en vuestra piedad algún lugar el perdón. Y a la verdad, Señor, cualquiera que delante de Vos contara y alegara sus verdaderos méritos, ¿qué hacía sino contar lo que Vos le habíais dado, pues todos son dones vuestros? ¡Oh, si los hombres acertasen a conocer que son hombres!, ¡y el que se alaba y gloría, se alabase y gloriase en el Señor!

34. Yo, pues, ¡oh alabanza mía, vida mía, Dios de mi corazón!, dejando ahora aparte todas las buenas obras de mi madre, por las cuales os doy muchas gracias con gran gusto mío, os pido ahora el perdón de sus pecados. Concedédmelo, Señor, por los méritos de Jesucristo, que murió pendiente del árbol de la cruz, que fue el remedio universal de todas nuestras llagas, y ahora, sentado a vuestra diestra, no cesa de interceder por nosotros. Yo sé que ella ejercitó las obras de misericordia y que perdonó muy de corazón a todos los que la habían ofendido, pues Vos, Señor, perdonad también a ella sus deudas, si contrajo algunas en tantos años como vivió después que fue lavada en el agua saludable del Bautismo. Perdonadla, Señor, perdonadla, os ruego, y no entréis con ella a juicio. Sobresalga, Señor, vuestra misericordia sobre vuestra justicia, ya que no puede faltar la verdad de vuestras palabras, y Vos habéis prometido tener misericordia con los que han sido misericordiosos. Si ellos lo fueron, a vuestra misericordia deben el haberlo sido y, como dice vuestro apóstol Pablo: Tendréis misericordia de los mismos con quienes antes habéis sido misericordioso y daréis vuestra misericordia a aquéllos con quienes queráis usarla.

35. Yo bien creo que ya Vos habréis ejecutado lo mismo que os suplico; pero llevad a bien, Señor, que yo os explique estos deseos de mi voluntad, cuando os ruego por una madre tan cristiana, que estando ya próximo el día de su muerte, no pensó siquiera en que su cuerpo se enterrase con aparato suntuoso, ni en que fuese antes embalsamado, ni deseó que le colocasen en un sepulcro distinguido y separado, ni cuidó de que le llevasen al que en su patria tenía prevenido. Nada de esto nos mandó, sino únicamente que nos acordásemos de ella en el sacrificio del altar, al cual todos los días asistía y cooperaba indispensablemente. Sabía que en él se ofrecía y sacrificaba aquella Víctima santa, con cuya sangre se borró la cédula del decreto que había contra nosotros y quedó vencido nuestro mortal enemigo, que es el que se ocupa en hacer el cómputo de nuestros pecados, el que por más solícito que anduvo buscando algún defecto que oponer contra la santidad de Aquél por quien le vencimos, no halló imperfección alguna que fiscalizar.

¿Quién podrá volverle la inocente sangre que derramó por nosotros?, ¿quién podrá restituirle el infinito precio con que nos compró   —198→   y se hizo Señor de nosotros, para que intente arrancarnos de su poder y dominio? Pues a este Sacramento, que contiene el precio de nuestra redención, es al que mi madre y sierva vuestra tenía atada estrechamente su alma con el lazo de la fe. Nadie, pues, Dios mío, nadie rompa ese lazo separándola de vuestra protección. No se interponga a estorbarla el dragón infernal con sus violencias ni con sus astucias; es verdad que ella no responderá que no debe cosa alguna, tiene que satisfacer a vuestra justicia, temiendo ser convencida de lo contrario y venir a manos de su acusador astuto y malicioso; pero responderá que sus deudas se las ha perdonado aquel Señor a quien nadie puede restituir lo que pagó por nosotros sin deberlo.

35. Descanse eternamente en paz con su marido, que fue el único que tuvo, pues ni después de él conoció a otro, habiéndole servido de manera que al mismo tiempo que mereció mucho para con Vos por su paciencia, logró también ganarle para Vos.

Inspirad Vos, Dios mío y mi Señor, inspirad a vuestros siervos que miro como a hermanos, inspirad a vuestros hijos que venero como a señores míos, a quienes sirvo con mis palabras, con mi corazón, con mis escritos, que todos los que leyeren estas mis Confesiones hagan en vuestros altares conmemoración de Mónica vuestra sierva, y juntamente de Patricio su esposo, por medio de los cuales me disteis el ser y me introdujisteis a esta vida, sin saber yo cómo. A todos, pues, les ruego que con un afecto de piadosa caridad se acuerden de los que fueron mis padres en esta luz y vida transitoria, y mis hermanos en el seno de la Iglesia católica, madre de todos los fieles, siendo Vos el Padre de todos, y que espero serán también mis conciudadanos en la Jerusalén eterna, por lo cual suspira incesantemente vuestro pueblo, mientras dura su peregrinación en esta vida, hasta que vuelva a la deseada patria. Así tendré yo el consuelo de haber procurado a mi madre las oraciones de muchos, y de que por medio de mis Confesiones logre más abundantemente que por mis oraciones solas, la última cosa que me pidió y encargó.