Confidencias sobre «Los encuentros»
Concha Zardoya
Me piden que hable de ti, de mi amistad contigo, de «nuestra» amistad que empezó en 1939, recién acabada la guerra civil, y en tu chalet de Wellingtonia. Pero -desde tu muerte- se me ha secado la voz... Los recuerdos van por dentro, en orden disparatado... Prefiero releer tus cartas -innumerables-, pues ellas van trazando la huella de nuestras vidas... En algunas encuentro párrafos en que tú me hablas de tus libros, de su gestación... Pienso que acaso sean de interés para un homenaje póstumo, ya que me -nos- hablas de ti mismo, confesando secretos de tu creación, aclarando extremos que pudieran ser confusos.
Del montón de cartas entresaco las que se refieren a Los encuentros (Guadarrama, Madrid, 1958). Porque tú eres el poeta de la amistad y, en este libro, dejas testimonio artístico de ella. Tus palabras valen más que las mías, por supuesto. Las escribiste en cuatro cartas dirigidas a los Estados Unidos. Y en ellas pude -podemos- ver cómo elaboraste ese gran libro tuyo, escrito en una prosa que maravilla. Libro claro, nítido, hondo, necesario para conocer el «bulto» humano de treinta y siete escritores españoles, casi todos ellos poetas, además del «tempo» vital de su época.
Todas las figuras -decía yo en un estudio publicado hace ya mucho tiempo-, excepto una -la de don Antonio Machado-, han sido vistas por el poeta. Así evoca sus semblanzas a una luz temporal, arraigadas todas en un «aquí» y un «ahora», cruce del encuentro. Encuentro que es siempre «hallazgo», por cuanto tiene de instante único, de milagro. El poeta nos dice en la «Nota preliminar» a su libro: «El orden de exposición lo conduce una línea general cronológica, con la libertad y holgura convenientes a la armónica disposición del texto»
(p. 10). Obra esta sabiamente pensada, construida, sabiamente realizada. Cada «encuentro» está tratado con amor y exigencia, con mimo cuidadoso y con emoción de poema. Una honda luz lírica se proyecta en cada uno con la intensidad debida: ilumina superficie e interioridades, traspasa la corteza de lo exterior y de lo trivial, penetra alma y espíritu. No destaca rasgos ni detalles aparenciales, sino todo aquello que contribuya a integrar la «unidad» de la persona retratada, en función esencialmente cualificativa o valorizadora. La jerarquía humana y poética brota del cuerpo y del gesto tanto como de la palabra hablada o escrita.
Vicente Aleixandre sabía mirar y escuchar. A veces, miraba más que escuchaba; en otras, oía más que contemplaba. Así, en Los encuentros trataba de ser fiel a la total personalidad humana del «encontrado». Siempre, también, suavizaba lo adverso, pero no eludía jamás la verdad.
La memoria de Vicente Aleixandre se nos revela prodigiosa. La nitidez de su recuerdo es absoluta. Las placas fotográficas del pasado -de la vida que transcurre- se guardan en su mente con orden y luminosidad, sin veladuras ni opacidades. Su mirada puede ser rápida o lenta y detenida, en este hermoso libro, retrato además de su manera de ser. Todos los «encuentros» desvelan la amistad y la ternura del poeta, su enorme capacidad de amor, su multitudinario corazón. Todos ellos son, en síntesis, la autobiografía de un poeta, al mismo tiempo que el retrato biográfico de treinta y siete escritores de nuestra época, presentados con verdad y hondura, con arte y poesía. Cada «encuentro» es, en sí mismo, una completa obra maestra.
Pero leamos esas cartas en que Vicente descubre algunos secretos de su hacer creativo y su devenir en el tiempo. Son confidencias escritas para mí, pero yo quisiera que llegaran a todos los que se interesan por la obra vicentealeixandrina.
En una, dirigida a la Universidad de Yale, en New Haven (Connecticut) -escrita desde Madrid el 20 de abril de 1957-, escribe: «Llevo muy adelantado mi libro Los encuentros, del que te leí algunas semblanzas. Y tengo para ti una pequeña sorpresa: acabo de incluirte en el libro: he escrito una semblanza o remembranza tuya. Es el recuerdo que he querido dedicarte en este libro mío donde van afectos y devociones mías, desde el viejo Galdós que lo abre hasta algunas, muy pocas, figuras de la generación de postguerra, pasando por las promociones intermedias. Serán en conjunto 35 figuras, y solo me he guiado por mi gusto y mi preferencia en la elección de ellas. (De prosistas van solo Galdós, la Pardo Bazán, Azorín y Baroja; el resto son poetas, y todos españoles). Al incluirte a ti he satisfecho una vieja devoción de muchos años, y me alegraré que mi recuerdo te sea grato en la evocación de los poetas españoles escogidos por mí, de los conocidos a través de mi vida. El libro está casi acabado. Me falta una semblanza y repasarlas todas y rehacer alguna. Luego vendrá el problema de la publicación»
. (Es pena que se refiera en gran parte a mi persona, pero si yo hubiera suprimido esos párrafos de esta transcripción fiel, hubiera faltado a su integridad).
Desde Madrid, Vicente me escribía a New Orleans el 25 de enero de 1958: «Los encuentros están acabados y dentro de seis días lo entregaré al editor. (Hay dos editores simultáneos: el de lujo: "Cantalapiedra", en Santander, y el editor corriente: "Guadarrama", en Madrid). En tu semblanza, cerrada y hecha, quiero nombrar, entre otros elementos, un cérvido ligero americano. No importa que no sea de Chile; basta con que exista en cualquier parte de América hispánica. Y te pido que lo antes que puedas, a vuelta de correo si te es posible, mandes una lista de cérvidos de América... Corzo, gacela, alce, gamo, etc., o sus equivalentes, con sus nombres corrientes en América. Basta el sustantivo. Yo digo: "los alces ligerísimos", pero ¿y si en América no hay alces, y seguramente no los hay? Si no hay cérvidos en el continente, dime nombre o nombres de animales parecidos que sean veloces e inocentes como ellos. No hacen falta muchos; bastan tres o cuatro que recuerdes para elegir y poner en lugar de "los alces ligerísimos"»
. (Esta «precisión» de Vicente me hizo sonreír cuando recibí su carta en aquel enero de 1958. Ahora, al releerla, en este enero de 1985, me hace llorar. Y aún tengo que decir que sí le envié la lista que me pedía y que, a consecuencia de ella, él incluyó en mi «encuentro» «los corzos levísimos» en vez de «los alces ligerísimos»).
Su carta continuaba así: «En la edición general irán dibujos retratos, uno de cada autor. De modo que Zamorano, que los hará, lo sacará de una foto tuya para hacer el dibujo. Si no tiene Ínsula una buena, te la tendrá que pedir el editor. La edición de lujo lleva la reproducción de un texto manuscrito, unas líneas autógrafas de cada autor»
. (No recuerdo lo que pasó, pero -en mi «encuentro» impreso- aparece un paisaje de alta montaña).
El 17 de junio de 1958 volvió a referirse a su libro, anunciándome su aparición: «Acaban de salir Los encuentros, y ya te he mandado un ejemplar para ti. En él verás tu semblanza y me alegrará te agrade. Está hecha con mucho cariño, como he trabajado todo el libro, labor de más de tres años y que siento extraordinario, por su significación dentro de mi obra. Como en todos los míos, he intentado la unidad con la variedad. Es un libro que solo podía escribir en la madurez de la vida y haciéndolo me he comprometido a fondo en él como en el más enterizo libro de poesía. Es en primer término, como verás y sobre todo, obra de creación, con ingredientes muy varios y dosificaciones muy diferentes. Y en segundo lugar creo resulta también un testimonio de la época de un poeta. En la gama de tratamientos, tus páginas quizá sean de las de vertiente más poética, por el procedimiento magnificador que he aplicado»
.
Aún volvería a referirse a Los encuentros en su carta del 24 de noviembre del mismo año. Se manifestaba contento de la acogida que estaba teniendo el libro, e insistía: «Es uno de mis libros que yo más quiero y las páginas que te dedico (magnificación en fuerza y energía de tu cabeza, como tallada en piedra grandiosa y reducida luego (son dos planos) a tamaño de ternura humana), esas páginas, digo, están escritas con muy grande cariño y me gusta que alguien las ha señalado entre las más características de la obra. Los encuentros, todos ellos, el libro todo está escrito con amor, en un trabajo de tres años largos. Es ante todo una obra de creación y al mismo tiempo un intento de testimonio de la vida del poeta, vertido hacia los otros creadores, en movimiento de admiración y amistad. Cinco generaciones se asoman, representadas por aquellos poetas y escritores que he escogido cuidadosamente, entre los que más han movido al que allí los reúne»
.
¿Qué comentario es posible añadir a tanta bondad humana y tan grande conciencia creadora? Solo un «gracias, Vicente», desde el fondo del alma y para siempre.