Conversación con las máscaras [Fragmentos]
Luisa Valenzuela
¡Ay variopintos toros, ay marimondas y asno y chivo y loro, mis coloridas máscaras del carnaval de Barranquilla! Quizá se aburran frente a mí, junto a compañeros de granja de diversas procedencias, unos de cartapesta como ustedes, algún otro de madera o cuero. Quizá añoren el lento y melodioso avanzar de la cumbiamba. Por eso mismo, para que rían, les cuento de su compatriota colombiano, don Manuel De la Rosa Manotas, que un día despertó a la fe y quedó para siempre apartado de las dichas de la vida. Al menos las del carnaval que, afirma, es una celebración privativa del demonio y tuvo su origen en el dios Baal el cual, y cito, «según la mitología quiere decir amo o señor; también Príncipe, Señor de la Tierra y Jinete de las Nubes, Señor de la Destrucción. Se le representa llevando un yelmo con cuernos por lo que se le relaciona estrechamente con el toro y normalmente se le representa con ese animal. No es coincidencia que la imagen emblemática del carnaval de Barranquilla sea el torito. Es el primero de los siete príncipes del infierno y reina en su parte oriental. Tiene bajo su mando 66 legiones. En sus ceremonias se sacrificaban bueyes y terneros y las mujeres se prostituían en su honor»
.
El hecho de que -según aclara don Manotas al principio de su larga arenga- su propia madre y su hija hayan sido reinas del carnaval en muy distintas fechas sin por eso prostituirse, de que él mismo haya participado «en danzas como la Cipote Vaina, las Marimondas, y otras más»
, y haya tenido por sagrado al carnaval según le dijo alguna vez a su esposa, no lo disuade. Todo lo contrario. Lo exacerba.
Y las observo a ustedes, bellezas que reinan frente a mis ojos, y sin una palabra ustedes me dan a entender el peso de la envidia. ¿Habrá soñado alguna vez, don Manuel De la Rosa Manotas, en su más inconfesable fuero interno, con ser él también reina del sabroso Carnaval de Barranquilla? ¿Y no habrá osado permitírselo? ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, el carnaval convoca a la irreverencia, la desfachatez, la desmesura. Y la alegría sin tapujos.
Somos los viejitos del lago de Pátzcuaro, somos niños bailamos encorvados sobre nuestros bastones y la máscara de viejo que portamos, dientes más, dientes menos, es bien sonriente. Somos puré-pechas y en los días comunes, esos de poca monta, con nuestros muy sonrosados semblantes nos burlamos del conquistador, del gachupín. Pero no se nos tome por frívolas, cuando bailan los chamanes el tiempo se repliega y volvemos al illo tempore cuando nació la danza, mucho antes que la palabra, y la danza era comunicación y rezo. Entonces solamente son cuatro los viejitos que bailan y ellos son el fuego, el aire, la tierra y el agua. Oficiamos las rogativas, oímos el porvenir. Frente a la isla de Janitzio donde los muertos festejan en su día nosotras les bailamos con cada nueva estación del año. Y bailando propiciamos las cosechas porque somos viejos como viejo es el maíz y con el golpetear de nuestros bastones le ponemos ritmo a la vida, que sin agua aire y fuego, sin maíz y sin ritmo, no prospera.