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The Johns Hopkins Press, Baltimore, 1935, p. 36. No se repite en Carteleras madrileñas, México, 1954, de la misma.



 

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Que yo sepa, exceptuando el mío en mi tierra, nadie ha visto su apellido (mejor dicho, su título) tan estropeado ni con tantas ortografías como el malhadado marqués: se le llama, naturalmente, Esquilache, pero también Squilace, Squilacce, Squilaze, Schilace, Schilaze, Eschilaze, Squilache, incluso Esquilacci, y quedan algunos más... Tratemos de acabar de una vez (?) con tanta injusticia: en primer lugar, en conformidad con la fonética castellana, «Sq» y «Esq» suenan igual (algunos españoles deseosos de evocar el «esprit» que se considera, Dios sabe por qué, patrimonio de los franceses, incurren a la inversa en la hipercorrección ortográfica: «sprit»); segundo, en el XVIII la «ch» se pronunciaba en ciertas palabras como la «q» (véase Autoridades, s.v. «architecto»); la «c» ante vocal palatal, naturalmente, sonaba como la «z», pero en este caso («Squilace») no se trataba de la pronunciación exacta, sino de la transcripción ortográfica, como también, por cierto, la primera sílaba, que en italiano debe pronunciarse «skwil», y se redujo, para mayor facilidad, a «[e]skil» (perdonen mis equivalencias fonéticas caseras); sólo la «ch» de la sílaba final corresponde exactamente al sonido de la «c» italiana ante vocal palatal, de manera que resulta inútil escribir el apellido italiano del marqués con dos «cc», aunque, como escribe Soubeyroux, aparezcan en documentos oficiales. El propio marqués firma «Squilace» para conseguir un término medio entre los dos idiomas (véase Deacon, art. cit. en la n. 15, p. 370, n. 2). Todo ello nos prueba la confusión que suscitó la intrusión en la lengua de Cervantes de una fonética extranjera. El verdadero nombre es «Squillace», que debe pronunciarse «skwil-látxe»; así lo escribe Antón Rafael Mengs en sus cartas en italiano de 1761 al ministro, publicadas por Juan J. Luna en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XVIII, 1980, pp. 321-338: «Sig. March[e]se di Squillace», sustituyendo a veces la «e» final por una «i» para mayor «italianidad», mientras Ricardo Wall, en carta escrita en castellano, suprime una de las dos «ll» para evitar el sonido de la «l» palatal, si bien conserva la «c» italiana, al igual que Leandro Moratín, cuyo seudónimo arcádico romano era «Inarco Cellenio», que él redujo a «Celenio» -no con «ch» sino con la «c» y la «l» de su propio idioma- en sus portadas, por idénticas razones; Mengs adoptará tres años más tarde las ortografías híbridas a que ya me he referido arriba. Squillace es ciudad de Calabria, sede de un obispado, y está situada frente al golfo que lleva el mismo nombre.



 

12

«Acercamiento a la historia del texto de Raquel», R. de Est. Extremeños, XLIV, nº II, 1988, pp. 379-394.



 

13

F. AGUILAR PIÑAL, «Trigueros y García de la Huerta», ibid., p. 299.



 

14

Vicente García de la Huerta (1734-1787), Badajoz, 1987, p. 96.



 

15

«García de la Huerta, Raquel y el motín de Madrid de 1766», B.R.A.E., LVI, cuad. CCVIII, mayo-agosto 1976, pp. 369-387.



 

16

«García de la Huerta en Orán: una loa para La Vida es sueño», p. 327.



 

17

Art. cit., p. 378 y ss.



 

18

PEDRO RODRÍGUEZ DE CAMPOMANES, Dictamen fiscal de expulsión de los Jesuitas de España (1766-1767), ed. JORGE CEJUDO Y TEÓFANES EGIDO, M., F.U.E., 1977, p. 47. Dada la confusión que en adelante se había de hacer no pocas veces en los medios teatrales y en la prensa entre el título de la comedia de Diamante y el de la tragedia de Huerta, no cabe duda de que se trata de la última, cuyo texto por otra parte parece desconocer el redactor del dictamen.

Pero adviértase que Campomanes considera la obra como posible «alusión», dudando si «en dicha tragedia había o no especies alusivas a la sedición», lo cual podría dar a entender que aparecieron las copias después de los sucesos. Por otra parte, a nadie le parece inconcebible que un Lope redactase una comedia en unos pocos días o semanas.

Aprovecho la oportunidad para repetir que los historiadores del tumulto de 1766 no prestan la suficiente atención a las consecuencias económicas de la orden de prohibición de las capas y sombreros: una cosa es el encarecimiento de los productos de primera necesidad, que permite hablar de un motín de subsistencias, utilizado naturalmente para fines políticos por el «partido español», y otra el temor, manifestado muy temprano por los mismos fiscales del Consejo, de ver sustituirse las telas y tejidos españoles por los géneros de fuera del reino -como se venía planeando ya en Francia desde la entronización de Felipe V-, lo cual había de traer reivindicaciones salariales de los empleados del Estado debido al precio más elevado del «traxe militar» y de sus adornos, todos extranjeros, y también y sobre todo la ruina de «un gran número de fabricantes» del reino, con el consiguiente paro de muchísimos obreros, pues aquello equivalía a «acavar con los [géneros] del País y sus fábricas»: Morel Fatio aduce en sus Études sur l'Espagne (¡1904!) una serie de documentos oficiales que, añadidos a los comentados en la Historia social y económica de España y América dirigida por Vicens Vives y a los del Corregimiento que utilizo en una larguísima nota de Sur la querelle du théâtre... (pp. 288-289, n. 78), prueban el temor de los gremios ante tales medidas... y el de las autoridades ante las reacciones violentas de los perjudicados en nombre de la colaboración comercial entre las dos naciones vecinas.



 

19

«Trigueros y García de la Huerta», pp. 291-310.



 
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