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161

R. Menéndez Pidal, Documentos Lingüísticos de España. I. Castilla. Madrid, 1919, pág. 5.

 

162

Vid. Orígenes del español, pág. 473.

 

163

Para estas cuestiones, vid. R. Menéndez Pidal, «El “Romanz del Infant García” y Sancho de Navarra Antiemperador», apud Historia y Epopeya, Madrid, 1934, págs. 31-98; El Imperio Hispánico y los cinco reinos, Madrid, 1950, págs. 79 y ss.; J. M.ª Ramos y Loscertales, «Relatos poéticos en las crónicas medievales. Los hijos de Sancho III» (Filología, de Buenos Aires, II, 1950, págs. 45-64) y A. Ubieto, Estudios en torno a la división del reino por Sancho el Mayor de Navarra, Pamplona, 1960.

 

164

Orígenes del español, pág. 479.

 

165

Las consecuencias lingüísticas de estos hechos han sido estudiadas por R. Lapesa en un trabajo definitivo: «La apócope de la vocal en castellano antiguo. Intento de explicación histórica» (Estudios dedicados a Menéndez Pidal, II, págs. 185-226).

 

166

Orígenes del español, págs. 487, 513, passim.

 

167

En efecto, todos los romances peninsulares -excepción hecha del castellano- tenían una serie de rasgos comunes, contra los que Castilla luchó para imponer su norma. Este proceso de erosión lingüística fue rápido unas veces, y lento, otras: hasta tal extremo que hay zonas en las que todavía no se ha cumplido hoy la asimilación (Asturias, comarcas leonesas, Pirineo aragonés). Algunos rasgos de estas épocas más primitivas han pasado a ser distintivos de los dialectos marginales, según vamos a ver. Todos los romances peninsulares conservaban G' y J iniciales ante vocal palatal, tal era el caso de genesta, germanu o jenuariu, que daban en mozárabe yenexta, germanella, yenair; en gallego, giesta, janeiro; en leonés, ienesta, yermano; en aragonés, chinesta, chermá(n), chiner, y en catalán, ginesta, germá, giner; otro tanto cabe decir de la conservación de F- inicial, norma hoy todavía de todos los romances castellanos: los mozárabes pronunciaban felcha «helecho» < filice, falche, «hoz» < falce, formica < formica, del mismo modo que los gallegos, fieito «helecho», fouce «hoz», formiga; que los leoneses, fulguera, foce, formiga; que los aragoneses, feleito, falz, formica, o que los catalanes, falaguera, fals, formiga; todos estos romances mantenían un estado arcaico, en el que ll representaba una serie de evoluciones (-LY-, -C'L-, -G'L- etc.); así de muliere o cunic(u)lu se obtuvo (y se oye hoy todavía) el mozárabe konelyo; el gallego muller, coello; el leonés muller, conello; el aragonés muller, conell(o), y el catalán muller, cunill; en el tratamiento del grupo romance -KT-, los romances se habían detenido en una evolución también arcaica: ht, it (lacte, nohte se convierten en el mozárabe lacte, lahteiruela «planta», nohte; en el gallego, leite, noite; en el leonés, lleite, nueite; en el aragonés, leit(e), nueit, o en el catalán, llet, nit), una evolución aparte tenía el grupo -sc- con su x general (fascia daba mozárabe faxa; gallego, faixa; leonés, faxa, fexa; aragonés, faxa, y catalán, faxa). En el vocalismo era de señalar que muchos de estos dialectos diptongaban las E y O breves latinas cuando iban seguidas de yod; tal era el caso de lectu, de folia o de óculo (mozárabe, fulya, ualyo; leonés, leito, fueya, güeyu; aragonés, leit(o), folla, güello, y catalán, llit, fulla, ull).

 

168

Castilla la gentil, ya cit., pág. 9.

 

169

Ibidem, pág. 13. Cosas semejantes repite más tarde en España en su Historia, pág. 234.

 

170

Vid. M. Alvar, «El becerro de Valbanera y el dialecto riojano del siglo XI», en AFA, IV, 1952, especialmente las págs. 182-184.

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