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181

G. Rohlfs, en el libro al que ya me he referido (págs. 152-154), intentó deducir la estratigrafía del léxico románico de las cuestiones que había estudiado. Para él, el mayor grado de innovación pertenece a la Romania Central. Si ejemplificamos con unos pocos testimonios, tendríamos el siguiente esquema:

PRIMER CORTE
nurus
ire
eras
flere
invenire
caecus
edere
advenire
emere
 
SEGUNDO CORTE
nura
vadere
mane
plorare
afflare
orbus
comedere
plicare
comparare
 
TERCER CORTE
nora
ambulare
demane
plangere
tropare, captare
aboculis
manducare
adripare
accaptare

Contemplando las listas que acabamos de copiar, se ve que el español ha conservado un par de elementos del corte más arcaico (ire = ir, caecus = ciego), mientras que en esa breve lista de nueve términos ha aceptado no menos de seis innovaciones del segundo corte (maneana por mane = mañana, plorare = llorar, afflare = hallar, comedere = comer, plicare = llegar, comparare = comprar), y sólo tolera una innovación del tercer corte: nora = nuera. Según se ve de estos ejemplos, ordenados con otros fines y por un investigador extranjero, el español aceptó las innovaciones históricas del latín, aunque mantuvo algún rasgo muy arcaizante, mientras que desechó las modificaciones excesivamente vulgares o tardías de la Romania Interior (Francia, Italia).

 

182

Vid. E. Buceta: «La tendencia a identificar el español con el latín» (HMP, I, 1925, págs. 85-108), y «De algunas composiciones hispano-latinas en el siglo XVII» (RFE, XIX, 1932, págs. 388-414). En la Historia de la lengua española (Zaragoza, 1939, págs. 232-234) de J. Oliver Asín, puede leerse la Epístola a Francia en latín y castellano que compuso Garcilaso padre, según el texto de M. de Viciana, Libro de alabanzas de las lenguas hebrea, griega, latina, castellana y valenciana (Valencia, 1574).

 

183

Vid. E. Gamillscheg, «Historia lingüística de los visigodos» (RFE, XIX, 1932, págs. 117-150 y 229-260), W. Reinhardt, «El elemento germánico en la lengua española» (Ibidem, XXX, 1946, págs. 295-309). Conviene ver otros estudios que, si no específicamente dedicados a nuestra lengua, han servido para suscitar cuestiones que nos afectan de un modo directo. Me refiero a las siguientes obras y reseñas: J. Brüch, Der Einfluss der germanischen Sprachen auf das Vulgärlatein. Heidelberg, 1913 (Cfr. A. Castro en la RFE, III, 1916, págs. 193-196), y E. Gamillscheg, Romania Germanica. Sprach-und Siedlungsgeschichte der Germanen aus dem Boden des alten Römerreichs. Berlín-Leipzig, 1934 (Cfr. G. Sachs, RFE, XXII, 1935, págs. 191-195).

 

184

Son especialmente significativos para la historia del léxico español de origen árabe los siguientes trabajos: O. J. Tallgren, «Los nombres árabes de las estrellas y la transcripción alfonsina» (HMP, II, págs. 633-718); J. Oliver Asín, «Origen árabe de “rebato”, “arrobda” y sus homónimos» (BRAE, XV, 1928, págs. 347-395 y 496-542); E. K. Neuvonen, Los arabismos del español en el siglo XIII. Helsinki-Leipzig, 1941; M. L. Wagner, «Etimologías españolas y arábigo-hispánicas» (RFE, XXI, 1934, págs. 225-247); J. M. Oliver Asín, «El árabe mary en el vocabulario romance y en la toponimia de España» (BRAE, XXIV, 1945, págs. 151-176); A. Steiger, «Voces de origen oriental contenidas en el “Tesoro lexicográfico” de J. Gili Gaya» (RFE, XLIII, 1960, págs. 1-56). Incluso para los problemas léxicos, es imprescindible la obra de este último investigador titulada Contribución a la fonética del hispanoárabe y de los arabismos en el iberorrománico y en el siciliano. Madrid, 1932.

 

185

Conferencia citada en la nota 180.

 

186

Se ha hecho tópico, sin embargo, aducir un texto de Villalobos en el que el médico zamorano de Carlos V habla de las «palabras moriscas», con que las gentes de Toledo «ensucian y ofuscan la pulideza y claridad de la lengua castellana» (cit. por R. Menéndez Pidal, «El lenguaje del siglo XVI», apud La lengua de Cristóbal Colón, «Col. Austral», núm. 283, pág. 62). En un plano más general y no restringido a una sola región, el jurista Martín de Viciana (1502-1582) se lamentaba: «Es lástima ver que en la lengua castellana aya tanta mixtura de términos y nombres del arábigo y áles venido por la mucha comunicación, que por muchos años han tenido en guerra y en paz con los agarenos. Y hanse descuidado los castellanos, dexando perder los propios y naturales vocablos, tomando los extraños: y desto recibe la noble Lengua Castellana no poco, sino muy grande perjuicio, en consentir que de la más que cevil y abatida Lengua arábiga, tome vocablo, ni nombre alguno» (comienzo de sus Alabanzas, ya citadas, Valencia, 1574. Cito por las págs. 125-126 de J. F. Pastor, Las apologías de la lengua castellana en el siglo de oro. Madrid, 1929). Por extraño que parezca, estas líneas están escritas por un valenciano.

 

187

A. Alonso, «Partición de las lenguas románicas de Occidente», en sus Estudios Lingüísticos. (Temas españoles) Madrid, 1951, pág. 124.

 

188

Ibidem, págs. 124-125.

 

189

Referencias a la ocasión y el texto del discurso ante Paulo III aparecen en la Historia de la lengua española, de J. Oliver Asín, ya citada. Allí se encontrará también bibliografía. Vid. A. Morel-Fatio, «L'espagnol langue universelle» (BHi, XV, 1913, págs. 207-223); R. Menéndez Pidal, La idea imperial de Carlos VCol. Austral», núm. 72, págs. 9-35), El lenguaje del siglo XVI (ya citado, págs. 78-79), y M. García Blanco, La lengua española en la época de Carlos V (Santander, 1958, págs. 7-10). Trato ampliamente de esta cuestión en mi trabajo Carlos V y la lengua española (en prensa en el homenaje al prof. Kans Flasche).

 

190

Al artículo de Morel-Fatio pueden añadirse J. López Tomás, Lengua española universal. Valladolid, 1918; E. Díaz Retg, El español, lengua universal. Barcelona, 1951, etc.

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