Delirios y certezas
Chiquita Barreto Burgos

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Escribo, porque al hacerlo me reconozco, me perdono y me acompaño. |
| Ana Chassini | ||
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Teresa trabajaba con la familia León desde los dieciocho años. Hacía veinte.
Le pagaban bien. Le trataban bien.
Hasta le compraron un terreno y le ayudaron a construir una casita, para que tuviera un techo donde guarecerse de la llovizna otoñal de los años y no se humedeciera de congoja sus hábiles manos ni se nublara por el desamparo su eficiencia doméstica.
Era como de la familia.
Sin embargo, Teresa le guardaba a su patrona un profundo rencor, como un río subterráneo, hábilmente disimulado en comiditas de enfermos y tecitos preparados con veneración casi amorosa a la señora eternamente indispuesta e irrealmente hermosa.
A dos años de trabajar en la casa, Teresa tuvo un amante, el único de su vida: fue un romance a oscuras, porque el hombre llegaba y se iba en la penumbra, y sólo le dejaba el susurro de su voz en las telarañas del sueño, su olor vagando en el cuarto y el manantial lechoso entre las piernas.
La patrona vislumbró algo en el andar dormido de Teresa y una madrugada, cuando el visitante nocturno salía sigiloso por el largo corredor oscuro, la señora disparó un tiro al aire y las visitas terminaron para siempre.
El hombre cuya única identidad eran la voz de lluvia y el olor vegetal, no volvió nunca a poblar el laberinto de los sueños de Teresa ni a sembrar semillas desatinadas en el surco incierto de su vientre.
—8→Ella no se preguntó jamás si aquellos latidos descompasados1 de su corazón, el temblor de sus enaguas mojadas con olor de ajenjo, o el terremoto suave que ponía en su garganta aullidos de agonía era amor, pero sintió sus entrañas llenársele de muertes con la ausencia del desconocido.
Ambas mujeres envolvieron el secreto compartido en un paño de silencio. No hubo comentarios, como si la noche no hubiera registrado en su seno de terciopelo oscuro ese estallido corto y seco.
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A los cuarenta años la señora León iba perdiendo las esperanzas de tener un hijo y lo comentaba dolorida con la muchacha que después de tantos años de servicio en la casa era la depositaria de infinitas confidencias.
Los León conocían su discreción2 y confiaban ciegamente en su fidelidad, tanto, que ambos confidenciaban con ella y no tenían reparo en ventilar en su presencia sus conflictos más íntimos.
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Desde que terminó su casa después de largos meses de asombro por cada hilera de ladrillos, y cada viga de madera misteriosa de selva, por cada abertura cerrada con su carga de cegueras puerta afuera, Teresa pasaba los fines de semana allí, generalmente tirada en la cama chupando a sorbos lentos su mate de leche y canela y rememorando con intensidad sus lejanas noches de amor.
El discurrir del tiempo fue dejando diminutas marcas en el mapa solitario de su cuerpo y gotas agridulces en su alma.
—9→Una mañana como tantas otras que fue a llevarle un tecito de tilo a la señora, recostada lánguidamente en la amplia y espléndida cama matrimonial, descubrió en el rostro de porcelana una finas arrugas y se le ocurrió cobrarle aquel maldito tiro. Inventó la primera mentira de su vida; con fingido pudor, en tono compungido le dijo a la mujer:
-Señora, no sé como decirle, a mi edad... me da tanta vergüenza, pero ustedes son mi única familia y tarde o temprano lo van a descubrir... estoy embarazada.
Se restregó los ojos simulando secar unas lágrimas ausentes y esperó su reacción.
Vio como una ráfaga de honda ternura cruzaba el pálido rostro de lirio.
La dama de porcelana marchita dejó el té sobre la mesa de noche, la envolvió con una mirada húmeda desde las piernas de azuladas venas pasando por las manos toscas hasta detenerse en el pozo de insondable oscuridad de los ojos que miraban algún punto inexistente, la atrajo hacía su pecho y la abrazó largamente.
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Se contrató otra criada para que la futura madre no se fatigara.
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Teresa fue aumentando gradualmente la almohadilla con que disfrazaba su vientre liso y la volvía casi sagrada ante los ojos de la patrona, en cuyas entrañas los años de espera inútil, había plantado una apagada congoja.
—10→No sabía qué final tendría su farsa, pero la disfrutaba. Cuando llegara el momento tal vez desaparecería por un tiempo, para regresar con alguna historia conmovedora.
No le interesaba el final.
Era tan opaca su vida, tan perdida entre platos repetidos semanas tras semanas, el favorito de la señora, el predilecto del señor y ella sin ninguna historia, tan confiable y juiciosa...
Gozaba melosamente fingiendo un andar lento y pesado, sonriendo secretamente a su imagen reflejada en los espejos de la alcoba matrimonial, en los ventanales de vidrios, en los pulidos pisos, y hasta recuperó la memoria de aquel delicioso olor que el rencor había arrinconado en alguna esquina de sus escasos recuerdos.
Sin embargo, con el correr sin pausa de los días fueron disminuyendo las delicias que le ofrecía su gravidez ficticia, obligándola a detener sus pensamientos en el irremediable momento de la verdad.
Un lunes, dos semanas antes del tiempo calculado para el parto de mentira, después de dos noches de insomnio, regresaba temprano a su lugar de trabajo, decidida a contar en algún momento de ese día la verdad.
La tonta historia llegaría a su fin ese día.
¡Cuánta tristeza desvestida de pudor deberá extender como un mapa, y señalar en su intrincada geografía el itinerario de su inútil mentira, para pedir comprensión!
¡Cuántas puertas deberá abrir corazón adentro, para hacerse entender!
—11→Apresuró sus pasos para alcanzar la entrada de servicio, se sentía bien llegando antes que la nueva criada -la mirada de aprobación de la patrona le proporcionaba un placer extra-. Se detuvo sorprendida: bajo la exuberante cascada lila de la santa rita en flor, y la silueta aún imprecisa de las casuarinas se hallaba un bulto extraño: era un gran canasto de mimbre, de lo que usan en las panaderías, cubierto con una franela rosa.
Intuyó su contenido y se le desbocó el corazón; las piernas trenzadas de gruesas sogas azules se le volvió de trapo, y un relámpago estalló en su mente. Por un segundo, pensó en alguna trampa tendida por alguien que conocía su secreto.
Respiró profundamente llenando sus pulmones del aire fresco de la mañana y retornó a la vida, a ese lunes, a esa hora. Miró la calle desierta, el sol asomando como una margarita de oro y se abalanzó sobre el gran regalo y emprendió el camino de regreso a su casa con su cargamento de milagro.
Era una niña recién nacida y un violín.
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Después del parto siguió trabajando en la casa de los León y su hija se integró sin sobresaltos a la familia.
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Con el tiempo la niña se convirtió en una virtuosa del instrumento y recorría el mundo ofreciendo conciertos, siempre acompañada del señor y la señora León, sus protectores, quienes con la maternidad de Teresa también llenaron sus anhelos de tener descendencia.
Nadie pregunto sobre el origen del magnífico —12→ violín, pero en las noches de vigilia a Teresa le vagaba en la cabeza como un planeta desquiciado, la incandescencia de la clave.
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Para el Concierto de la Tierra, en Río de Janeiro, venciendo su terror a los aviones, Teresa, acompañó a su hija.
Salió por única vez del pequeño territorio conocido. Y por única vez vio a su niña del violín, como le gustaba llamarla en lo hondo de su corazón, ejecutando el instrumento, ante un gran público que le escuchaba embelesado3. Ella también se entregó al sortilegio del sonido. Sintió erizársele la piel por la caricia melódica, sus carnes enteramente atravesadas4 por las sonoras flechas disparadas desde el arco mágico por las manos brujas de su niña. Tuvo conciencia que su cuerpo perdía peso; con los ojos cerrados fue levitando mientras la música se alejaba y una gran puerta se abría ante ella; un tropel de imágenes volaban acompañándola y un lánguido placer la envolvió como una manta de plumas, al transponer el umbral luminoso.
Las figuras difusas se hicieron claras y concretas: bajo los párpados cerrados por un peso intolerablemente dulce, surgieron recreadas su infancia solitaria, su juventud brincando como aceite hirviente en las venas, el amante desconocido apaciguando sus ansias y luego aquel rencor viscoso amargando su saliva por tanto tiempo.
En el preciso momento de ser tragada por la silenciosa y oscura galería supo la verdad: vio el canasto con su niña en el amanecer amarillento y escuchó aquellas palabras que en los momentos de reposo de sus lejanas noches de amor se le pegara al oído como algo misterioso: STRADIVARIUS.
—13→
María Pía nunca supo quién fue su madre; de apenas unos días de vida fue abandonada por ella en la vía pública y recogida por la hermana cocinera de la Orden de las Teresas a las cinco de la mañana cuando ésta iba al mercado absorta en sus alegres soliloquios con Dios.
La Superiora arrugó la nariz asociando con quién sabe qué pecados de lujuria a la bebecita arrugada, hambrienta y llorona.
Objetó argumentos aparentemente irrebatibles y dijo: ¡no! aunque en el fondo de su ser sintió un extraño cosquilleo se mantuvo firme con el ¡no! Consultó con el obispo y llamó a una junta a los cooperadores y hasta se reunió con las autoridades civiles y políticas y siguió diciendo ¡no!.
Sin embargo, la niña se quedó en la congregación, porque no hubo razón más fuerte que el silencio obstinado de la cocinera que se volvió sorda y muda ante las explicaciones más exhaustivas sobre los reglamentos, los deberes y las obligaciones de la orden.
Ganó la batalla y luego la guerra.
Y María Pía como la bautizaron en una solemne y sencilla ceremonia, creció entre los aromas de perejil y cebollas, el tufillo del café y la leche derramada, la salsa untuosa recorriendo pasillos y corredores, la menta y el toronjil, el clavo de indias y la vainilla, acunada por el mullido y tibio colchón del regazo inmenso de la cocinera, que a veces en las noches calmaba su desasosiego de niña abandonada con sus pechos castos y vacíos, ofreciendo a Dios su placer de madre sustituta y entregándose entera a ese éxtasis de comunicación tripartita.
—14→María Pía tampoco sabe quién le fue sembrando las hijas en el vientre, pero es feliz desde la punta de los pies hasta la cabellera enmarañada, por haber participado en semejante milagro.
En las noches de su madurez ya no espera ninguna visita que reviente las burbujas de su sangre caliente y espesa, pero siente que el cansancio resbala por su cuerpo como una cascada tibia, al rememorar ese tiempo de prodigio y gozo.
Recuerda nítidamente los olores: el aliento a miel y la piel de alhucema. A veces de azúcar quemada, pegándose a sus enaguas de lienzo blanqueadas con lejía y perfumadas de pacholí.
A María Pía la castidad le revienta las costuras del corpiño, le pone ritmo a sus caderas, le agrega leñas al fuego de sus ojos. Sus hormonas se disparan ante las miradas entornadas y sus nalgas duras se mueven invitando a revisiones más rigurosas.
-¿Quién es el padre del hijo que estáz esperando? Pregunta la superiora con su acento madrileño.
-No sé, siempre es oscuro y no le veo -responde María Pía con su vocecita aún infantil.
-¡Quién ez el padre de tu hijo! Exige la superiora
-No sé. Viene en lo oscuro
-Tienez velaz en tu cuarto, por qué no la prendez
-La prendo, pero él la apaga y no me deja verlo.
-Erez una pérdida, hija, y tendráz que hazerte cargo de tu vida. Cuando te percatez que no ez tan fácil criar un hijo, con velaz o sin ellaz vaz a descubrir quien llega en lo oscuro.
—15→Recuerda el olor y el suave chisporroteo de la vela apagada con la yema de los dedos mojados de saliva. No voltea la cara para ver quién la apaga, no le importa.
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A María Pía sólo le enseñaron a leer y escribir y la cocinera le dio principios de aritmética elemental, como ella, elemental como ambas.
Aprendió casi instintivamente todos los secretos de la buena cocina, las exquisiteces del bordado y el arte del lavado y planchado.
Su destino era ser cocinera. No discutir ni discurrir sobre apologética. Ni ser maestra.
Cuando su gravidez fue notoria abandonó la casa de las monjas, pero éstas no la desampararon; ellas orientaron sus manos hacendosas para que pudiera sobrevivir con lo que sabía hacer: vendían el pan crujiente que horneaba María Pía, hacían publicidad a las habilidades que tenía María Pía, para dejar esplendorosa de blancura y almidón, sábanas y manteles.
El primoroso bordado de María Pía se hizo famoso y desde lejanos lugares le llegaban pedidos para ajuares de novias.
María Pía contrató una ayudante para satisfacer todos los encargos y luego otra y otra más: 20 kilos de pan de molde, 1.000 pancitos chic para el sábado; una torta gigante de doscientos quilos para la hija del gobernador que se casa el viernes. Dos manteles con 24 servilletas de lino blanco, media docena de sábanas con fundas, bordadas y almidonadas para el jueves 4 de abril y hoy ya es lunes y ese pedido lo retiran a la mañana.
—16→¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Se me reventó la bolsa, llamen a mi madre, la hermana cocinera, apúrense que me estoy partiendo en dos, apúrense a preparar el almidón y almidonen suavemente el juego de cama blanco y celeste y los tres manteles de lino crudo, pongan a hervir agua, quemen la palangana nueva, pongan los manteles bien estirados al sol y recojan antes de que parezcan cuero seco, doblen sin arrugar mucho para que sea fácil planchar.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Mis huesos se están quebrando, no quiero ninguna partera sólo mi madre, la hermana cocinera.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Un terremoto me está destrozando las entrañas!
Llega la cocinera de las teresas con la enorme blanda panza bamboleándose y los ojos chiquitos y ahogados en lágrimas, llega la superiora con su autoridad asfixiada por una argolla de ternura y llega en una explosión de puerto una marinera arrugadita y roja y echa sus anclas en medio de tantas mujeres conmovidas y desconcertadas.
La superiora olvida la apologética y la gramática, la cultura helénica, los poemas homéricos y los misterios de la trinidad y trata de recordar cómo se corta el cordón umbilical de un recién nacido.
La noticia corre y el obispo en persona llega con su regalo una hora después. La presidenta de la comisión cooperadora teresiana también se hace presente con una bolsa llena de ropas, el secretario del gobernador llega en un jeep repleto de presentes para el recién nacido, y el intendente y su señora esposa, y la comisión de políticos desahuciados y las solteras en reposo, y los últimos anacoretas y los filósofos de fin de siglo y los retirados de la vida mundana y los —17→ payasos de un circo de paso también hicieron llegar sus regalos.
Llegaron tantos que la comisión de emergencia nacional construyó al día siguiente un galpón cerrado pero con buena ventilación y luz para guardarlos.
El confitero de la esquina mandó un vale para retirar durante cuarenta días masas y facturas y chocolate caliente y la peluquera de la esposa del gobernador se trasladó con todo su equipo y mobiliario hasta la casita de María Pía para cuidar su cabello que nunca conoció otra tijera más que la de la hermana cocinera.
María Pía tuvo una hija y otras más, abriendo las puertas de las semanas, los meses y los años y dejándola destrancada por las noches para sumergirse en lo oscuro en la gelatina olorosa de miel, alhucema y azúcar quemada que ablandaba sus huesos y derretía su corazón, sin variar la respuesta cuando le preguntan por el padre de las niñas.
Se acomodó suavemente a la vejez, como a los juegos en lo oscuro, pero cuando llega por las rendijas de su puerta el olor de azúcar quemada los recuerdos le brotan como luciérnagas. ¿Quién impregnaba sus enaguas y su piel con ese olor?
A María Laura, María Eugenia, María Candela y María Victoria, le revienta la risa como capullos al amanecer, con las historias de excesos que cuenta su madre con voz apacible.
—18→
A mis hermanos: Julio César, Augusto, Juan, Aníbal, Nemecio y Mirta.
Desde hace algún tiempo, Manuel Barrientos, acaricia de vez en cuando la guitarra. Comenzó por bajarla del gancho del techo donde estuvo colgada más de medio siglo, la limpió y le dio brillo con un lustre casero preparado por él mismo y la volvió a colgar arropada con un gastado camisón de su mujer, dejándola como una anciana trapecista suicida a quien todos miran con asombrada tristeza sin animarse a descolgarla; después compró las cuerdas y renovó las clavijas y desde entonces, una vez al mes arrastra hasta el sitio de la ahorcada la única y enclenque mesa, coloca encima una silla en idénticas condiciones y la baja con inusitada delicadeza, sintiendo los ayes de sus cuerdas como un lamento que se le escapa del pecho. Todavía no se atreve a pulsarla. Todos los días sin que nadie se percate ablanda las articulaciones de sus dedos con salmuera casi caliente. Hace tantos años que renunció al encanto de su son que hasta le parece que fue en otra vida. Desde que murió Naito, su compañero de infancia; juntos recibieron la citación para presentarse como movilizados para la guerra del Chaco el 31 de julio de 1.932 y al día siguiente, antes de la salida del sol ya estaban en la comisaría de su pueblo con el corazón bailando una danza confusa de euforia y tristezas, acompañados de su infaltable guitarra.
Un día particularmente frío de agosto llegaron al Chaco, y la fosforescencia de la primera luz de la mañana les hizo pensar simultáneamente a ambos en un campo lunar sin la presencia de Santiago conduciendo a la virgen y el niño.
—19→Naito como él era el único varón en una familia de mujeres solas, sus madres eran muy amigas y las hermanas de ambos pasaban a ser como una prolongación de sus brazos, tan dispuestas a cumplir o llevar a cabo cualquier tarea, relevándolo a ellos de toda actividad que significara cierta contrariedad o esfuerzo.
Durante las sucesivas revueltas y revoluciones los dos eran protegidos como si sólo sus vidas tuvieran valor, y las mujeres, aun las niñas, lo hacían junto a las madres sin ningún resentimiento, pero cuando llegó la movilización para la guerra, ellas fueron las primeras en decidir que no era posible esquivarle el bulto a semejante responsabilidad, y los dos aceptaron ir sin verbalizar sus sentimientos confusos y contradictorios.
Naito, siempre fue tan frágil, era un muchacho flaquito de mirada transparente y triste. Cantaba como un gorrión, como si su garganta estuviera lubricada de miel, y Manuel pulsaba la guitarra sacando de las cuerdas unos sones tan brillantes que aún en las noches de tormentas producían una extraña claridad.
Era totalmente diferente de Naito: alegre, bromista y mujeriego, con unos ojos tan claros y líquidos y una risa que se derramaba sobre las cosas como si fuera a cubrir de color y alegría todo el suelo que pisaba. Se amaban con un cariño tan sólido, que creían poder protegerse de cualquier desgracia con solo pensarse.
Ambos formaron parte del tercer escuadrón de caballería, y a pesar de que sus camaradas y jefes les daba un trato especial, por ser cantores, Naito enfermó de tristeza.
La canción «Golondrina Fugitiva»su favorita, salía de su garganta cada vez más húmeda de sal. Cantaba ausentándose con su voz, mientras sus ojos de lánguida transparencia navegaba en un río tibio que —20→ no llegaba a desbordarse. Ni siquiera su gemelo del alma lograba arrancarlo de ese mundo donde Naito se ensimismaba mirando hacia dentro, entregándose a la contemplación del lejano cuadro hogareño.
Una mañana se levantó y contó con una voz diferente, casi risueña el sueño que tuvo, luego abrazó a su guitarra como aprisionando una cintura y comenzó a rasguearla5; las notas de «golondrina» brotaron como miel derramada sobre una superficie de cristal y su voz sonó aguada de transparencia. En la segunda estrofa la guitarra cayó blandamente, desprendiéndose del abrazo con un rasguido lastimero, su hermano del alma corrió a socorrerlo, él le miró con sus grandes ojos y le dijo:
-En el sueño de anoche la bala me destrozó el corazón -y cerró los ojos como atacado de un sueño repentino.
Esa noche Manuel Barrientos, fue alcanzado por una granada que le dejó las dos piernas inútiles para siempre, pero no le mató la capacidad de festejar la vida como una fiesta irrepetible.
Después de dos años en el hospital, volvió a su valle con el recuerdo de Naito, como una herida incurable pero decidido a rendirle el homenaje, el único posible: su insobornable alegría.
El día de su boda colgó la guitarra y nunca volvió prestarle ninguna atención.
Hace un año tuvo un sueño en el que se encontró con Naito, y en el pequeño tiempo del sueño transcurrió la vida completa de ambos; vagaron por los arroyos, por los bosquecitos de guavira y ñangapiry y los campos comunales -que ya no existen-, de su —21→ infancia; quemaron mboroviré junto a las protectoras mujeres de su tribu; fabricaron la primera guitarra con la caparazón de un tatú, y las cuerdas de alambres; sintieron la emoción del primer pantalón largo, la desazón de la adolescencia y la languidez temblorosa del primer encuentro amoroso; llevaron serenatas y compartieron la responsabilidad de ser cabeza de familia, reventaron las primeras ampollas de sus manos y se refrescaron mutuamente las espaldas ardidas de sol, juntos recibieron en Casanillo los fusiles sin balas que les fue entregado, Naito absurdamente tiró el arma y desapareció por un instante para retornar endomingado de camisa y pantalón blancos, y pegando su boca al oído de Manuel le invitó a salir de la formación, caminaron sin que sus pies tocaran el suelo hasta un campo de arroz, allí le entregó una hermosa guitarra y le dijo:
-Te espero allá para una serenata -y Manuel Barrientos se despertó llorando.
Desde entonces esta desentumeciendo sus dedos y sus recuerdos y sabe que el día que pulse de nuevo la guitarra irá a reencontrarse con Naito, el amigo que no soportó la guerra.
—22→
Un viento helado peinaba con furia los pajonales del potrero y una fina lluvia como alfileres de cristal horadaba el caminito de tierra, apisonada por años de pasos inciertos o seguros, o abiertas como carne herida por los ejes de las carretas, y los tacuruses parecían fantasmas acurrucados y tristes.
Yo miraba sin ver tras esa cortina transparente y gris; sin verla con los ojos sino con el pensamiento, mientras los golpes de martillo aporreando los clavos del ataúd -hecho por los vecinos, como último y obligado regalo- sonaban en mis oídos como ecos lejanos, sin producirme más que una lánguida congoja.
Estaban cerrando el cajón de la única hermana de mi padre, a quien no me unía más que un tibio afecto a pesar de que su leche me dio vida. Por ese motivo me ofrecí a cuidar la casa, para que todos pudieran acompañarla, al cementerio.
Miré partir la caravana: una carreta seguida de los hijos y las nueras, los nietos y sobrinos y un puñado de vecinos, todos aplastados por la llovizna6 helada.
Al registrar la imagen con la vista me sentí culpable. ¡Debería haberla amado más! Sus pechos me amamantaron, y su voz de lluvia mansa pobla de duendes mi infancia.
Ella no pudo evitar que la turbulencia de la revolución primero y la era de paz y progreso después nos distanciara y borrara de mi boca la dulzura del manantial de sus pechos.
Vivió tratando de amortiguar golpes y en ese afán se obligó a envolver sus pocas certezas en un paño de resignación.
—23→Sus seres más queridos siempre estuvieron parados en veredas opuestas: su único hermano y su marido primero, sus hijos y sus sobrinos después.
Le tocó tiempos de intolerancias.
Una honda tristeza se me anudó en la garganta y bebí como una bebida funeraria la salmuera que brotó de mis ojos y se me escurrió a la boca.
El enorme galpón que sirviera de capilla ardiente donde algunas veces, saltando por un día el sanjón que nos distanciaba nos reuníamos todos, acomodados y desahuciados, a festejar los chistes sobre «el eterno» o discutir blandamente temas que no nos interesaba -estaba desierto.
Cuando el manchón impreciso de gente a pie o a caballo que acompañaba a la carreta que transportaba el féretro, tal como fue su última voluntad, se desvaneció por completo, me disponía a refugiarme en la cocina, cerca del fuego, una violenta ráfaga de viento desgajó un viejo álbum de fotografía que alguien había olvidado sobre un banco, haciendo volar una hoja que cayó a mis pies como pesada mariposa. La levanté y la compuse más o menos y con él bajo el brazo, me dirigí a la cocina.
Me senté en una silleta, acomodé los leños que volvieron a arder llenando el aire de humo y pavesa, y abrí el descompaginado álbum.
Me llamó la atención, la fotografía de la hoja desprendida: una mujer de riguroso luto y enigmática sonrisa. La miré largamente tratando de imaginar el significado de aquella sonrisa, la nostalgia de esa mirada sin lograr un punto de unión entre ese rostro de capullo apenas entreabierto con el de la anciana —24→ desdentada envuelta de cuerpo entero con un pergamino arrugado y amarillento que era imposible pensar que alguna vez esa misma piel haya ardido de pasión o alborotado la sangre de alguien.
De repente mi corazón se detuvo por un segundo, para luego latir alocadamente: la sonrisa de la mujer -mi tía, que en ese preciso momento estaría llegando a su última morada- se amplió. Me restregué los ojos y volví a mirar. Con una mezcla de espanto y alegría vi que abandonaba el álbum y saltando sobre el reavivado fuego, inventó otra silleta cerca mío, su despojó del luto y vistiéndose de estrellas se sentó a mi lado. Tomó mis heladas manos entre las suyas tibias, hasta que una dulce calma me envolvió.
Escuché su voz relevándome de culpas.
No su voz de anciana.
No su voz de moribunda.
Me habló con su voz de lluvia mansa, contándome como en mi lejana infancia historias y secretos. Y ante mis ojos desorbitados de asombro desfilaron imágenes oscuras y luminosas, pasadas y por venir.
—25→
Un relámpago blanco le cruza la cara cuando festeja con una carcajada inmensa los buenos augurios que lee en las ajadas cartas, y su alegre risa mueve las frágiles paredes de adobe, cubierta de imágenes sagradas, descoloridas fotografías y recortes de revistas.
Las barajas bailan entre sus dedos cubiertos de anillos de níquel, que brillan tanto como sus dientes y frotados con el mismo vigor cada mañana con ceniza tibia, mientras prepara el mate para el compañero ocasional y el cocido de Pedrito, el hijo epiléptico: el único que le queda de los diez que parió.
Los otros están bien colocados.
Al hijo enfermo prefirió cuidarlo ella; para cada uno de los otros buscó un buen hogar; y con su infalible tino de pitonisa, lo encontró. No lo buscó entre la gente rica de vientres estériles, sino entre los pobres de por lo menos una comida diaria, suficiente según su criterio para una vida sana.
Los amamantaba durante un año, despidiéndose sin prisa, mientras barajaba con pena sosegada si le convenía a su retoño la mujer de ojos negros casada con un maquinista, o el sastre paralítico matrimoniado con una mujer de risa suave... Era sí muy importante en el momento de elegir hogar para sus hijos, la mirada de los futuros padres: el aval más confiable era la risa fácil y la mirada directa. Aunque las cartas recomendara al constructor de obras, si éste desviaba los ojos durante el interrogatorio amable y aparentemente desapasionado, ella se despedía rápidamente y continuaba su búsqueda.
El cocido en realidad nunca era sólo para Pedrito.
—26→El rancho de Juliana servía de albergue transitorio para muchas. Mujeres golpeadas por sus maridos o concubinos, prostitutas en problemas, campesinas en busca de trabajo y otras muchas abandonadas por la esperanza. Ella les recibía sin preguntar nada, ponía sus oídos y su corazón para las confidencias y compartía lo poco o mucho que tuviera en ese momento. Les consolaba con palabras sabias y les enseñaba a sentirse valiosas.
Nunca hubo abundancia en su casa y según las cartas nunca la habría, a no ser que una mujer morena de ojos muy tristes le deje su fortuna, por haberle pronosticado que sería muy feliz en los últimos años de su vida con el hombre que siempre amó en silencio; pero las cartas también decían que eso sería muy difícil, por los muchos y voraces herederos.
No le preocupaba el futuro, estaba tan familiarizada con la pobreza que calculaba que la riqueza le sería incomoda.
Su huésped de ese día era Adelita. Se refugiaba allí cada vez que paría un niño muerto y el marido la corría a garrotazos por inútil. Juliana le prodiga durante el tiempo de exilio todos los cuidados a su alcance. El cocido aunque sin leche, se convertirá tanto para Pedrito como para la huésped en un sustancioso desayuno: con dos cucharadas de maní pisado con canela y dos de coco, más unas galletas.
Después para el mediodía... algo habrá. Quizá algún pollo extraviado.
Estaba segura que nunca le faltará algo que llevarse a la boca, mientras sea capaz de compartir.
****
Juliana lustraba sus anillos, mirando las llamas y pensando en sus hijos repartidos de un rincón a otro, con —27→ cierta pena. Hubiera sido hermoso tenerlos a todos junto a ella. Pero no estaba arrepentida. Conocía la vida que llevaba cada uno y estaba segura de haber hecho lo correcto.
Al lado de ella apenas se habrían estirado un poco, las mujeres irían a parar de sirvientas, para retornar con un niño sin padre... y los varones serían7 como sus compañeros ocasionales...
Por un momento desfiló ante sus ojos toda su vida...
Pronto aprendió a descifrar el lenguaje de las barajas... a comprender las esperanzas y las ilusiones de las gentes. Si el augurio de las cartas no era halagador para el consultante, con su sabiduría lo adornaba para hacerlo llegar al oído ansioso. No cambiaba la verdad de las cartas por mentiras piadosas, simplemente dulcificaba las malas noticias, las neutralizaba con las buenas y regulares, al fin y al cabo nunca venían todas malas... sintió un repentino dolor en el pecho, vio que las llamas se alejaban... y después nada.
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A media mañana Adelita se levantó, extrañada de no recibir su acostumbrado desayuno y la encontró caída cerca del fuego casi extinguido con los ojos muy abiertos. Gritó desesperada hasta que acudieron los vecinos.
El hombre que dormía en la cama de Juliana se despertó con el barullo, se vistió apresuradamente y salió sin que nadie le viera.
Los vecinos le llevaron a Juliana hasta su cama, abrieron el nicho lleno de imágenes de santos, sacaron —28→ el crucifijo y le colocaron sobre el pecho. En sus manos ya rígidas aún estaban los anillos de níquel.
Alguien fue a buscar a Pedrito, extrañado de que el griterío no lo haya atraído. Lo encontró en el charco del fondo con la boca llena de espumas.
—29→
Mis ojos que pueden mirar embelesado8 tu cuerpo desnudo, tus senos de amapolas, tu boca de ciruela, también vieron tantas atrocidades. Quisiera dormir abrazado por tu olor y tu sonrisa, pero el sueño no me llega. Cierro los ojos como si cerrara una ventana y debajo de mis párpados sólo quedan los horrores que dilataron mis pupilas de dolorosas sorpresas.
Veo la mano que dispara contra un muchacho y lo veo a él quebrado; lo recupero meses después en una silla de ruedas, mirando con expresión vacía un partido de fútbol, tocándose las piernas inútiles.
Siento la fría boca de un revólver en mi cuello y trato con todas mis fuerzas de sustituir esa helada sensación por la tibieza de tu recuerdo, pero es inútil. Sigo despierto con los ojos cerrados, y es increíble la cantidad de imágenes que aprisiono en tamaño natural y con sus correspondientes entornos bajo el mapa de piel movediza y frágil de mis párpados.
Dicen que estoy mal de la cabeza, que tengo delirios. Y es verdad.
Estoy mal de la cabeza pero no deliro. Estoy empantanado en los recuerdos dolorosos; necesito que alguien me socorra antes de que estos fantasmas diabólicos que mi memoria se niega a borrar estalle mi cabeza en pedazos, como la de aquel chico con uniforme escolar a quien delante de mis ojos le reventaron a balazos; recuerdo que grité, grité y grité hasta que una especie de noche repentina cayó sobre mí y me hundió por un tiempo en un pesado e irremediable silencio.
Se me confunden los hechos y el tiempo en que ocurrieron. No sé cuáles están antes o después. Si fue —30→ primero el calabozo donde nos metieron por tocar el tambor, y nos hicieron de todo -eramos como siete pendejos; ellos niegan que hubo tal cosa. Yo sé qué hubo, y que al salir nos hicieron prometer que no diríamos nada de lo que nos ocurrió adentro -y lo prometimos-, ni siquiera había necesidad, la vergüenza que nos envolvió aquella noche era mordaza más que suficiente para callar.
Traté de olvidarlo y lo logré bastante tiempo. De vez en cuando se presentaba como una náusea repentina, vomitaba en el wáter y desaparecía dejándome una amargura picante en la garganta.
No puedo hilar las secuencias en que ocurrieron los hechos.
Además confundo las heridas propias con las torturas ajenas y hay momentos que no puedo separar las que padecí yo y las que vi padecer a otros. Los gemidos de agonía y dolor llenan mis oídos de susurros tormentosos.
En el tiempo que yo llamo del silencio, cuando la gente se colocaba una sonrisa para salir a la calle y puteaba o lloraba a escondidas todas las barbaridades y, aseguraba con voz reposada que aquí todo estaba bien, yo vivía tranquilo, salvo los ataques esporádicos de náuseas.
No estoy loco. Si hablo todo el tiempo hasta que la saliva se me espesa en la boca es que estoy tratando de echar afuera los demonios que amenazan estallar mi cabeza y mi pecho...
Dicen que estoy muy acelerado y que puedo ser peligroso. Que no coordino mis ideas, porque de repente hablo de tu piel de alelí y tu boca de ciruela —31→ madura... es que trato de llenarme del aroma de tu recuerdo y sustituir en mi memoria, como en la computadora, el recuerdo de la boca maloliente del policía lamiéndome el cuerpo, manoseando mi sexo indefenso, apoderándose de mi boca con su lengua sucia, impregnándome con su aliento de vinagre... y sonriendo bonachón al día siguiente.
-Aquí no pasó nada, entienden, nada. Vayan a sus casas y porténse bien, no le den disgustos a sus padres y recuerden, nuestra institución está para velar por la seguridad y la tranquilidad de todos. Nuestro lema Dios patria y familia, les dará la idea de lo que abarcamos y pretendemos. No somos perfectos, pero tratamos de ser mejores cada día.
Fue con la palabra insomnio -con ese nombre había guardado en la computadora una lección de genética-, el día que los diarios publicaron las primeras noticias sobre el archivo del terror, que comencé a sentirme así. Eso lo recuerdo bien. Desde entonces no duermo y hablo y hablo sin parar día y noche y el recuerdo de tu cuerpo desnudo y tus pechos de amapolas es cada vez más incierto.
¿Estás? Sí. Sé que estás cada vez que siento las caricias del sol cuando me llevan al jardín y pienso que también tu piel la está sintiendo.
—32→
Nunca creyó que esas historias fueran reales. Simplemente pensaba que los grandes tenían fantasías macabras. Había escuchado los relatos en conversaciones furtivas. Procuraba hacerse el tonto o el dormido, para escucharla, pero no los creía. El racimo humano que tiraban desde los aviones, las diferentes formas de torturas, largas y dolorosas, según la resistencia de las víctimas, las infecciones en los calabozos, la ley de fuga, los grupos liquidados a machetazos y condenados a ser alimento de los cuervos. Todas esas historias hablada en voz baja, rodeada de sigilo, le parecía mentira.
Durante bastante tiempo acomodó esas truculentas historias, como productos de la fantasía. Así no le hacía daño. Calculaba que eran como los cuentos de brujas que salían en mascadas lentas entre escupitajos oscuros, alrededor del fuego, cuando el tío Mateo, alucinaba a sus oyentes con los casos de brujas que se alimentaban de ojos asombrados de niños, y él tragaba la saliva espesada de miedo, mientras corría imaginariamente hasta la oscura cueva de la maligna bruja, y en desigual lucha lograba atravesarle el corazón con una estaca puntiaguda, y retornaba a recibir con humildad fingida el reconocimiento de la comunidad entera, la admiración y la envidia de los demás niños y la adoración incondicional de Estelita, la niña más hermosa del mundo.
Pero el tiempo pasó y ya no era posible seguir refugiándose, en la fantasía.
Desaparecieron su padre y su hermano mayor. Murió el tío Mateo y una tristeza pegajosa se instaló —33→ en su casa llenando las paredes, envolviendo a sus habitantes como telarañas.
Enterró en el olvido todos los relatos crueles. Se distanció de su raleada de familia, indiferente a todo se encerró en una caparazón, que desdeñaba la solidaridad; no daba ni recibía nada.
Con el tiempo se hizo un respetable profesional, suprimió el apellido paterno para no tener problemas. Supo también que los relatos escuchados a hurtadillas eran reales. Pero estaba decidido a no dejarse llevar por sentimentalismos. Tal vez esas gentes, incluso su padre y su hermano cometieron algún delito.
Este pensamiento no lo tranquilizaba, pero le permitía una suerte de disculpa.
De tanto en tanto mandaba algún dinero a su madre, y hasta alguna tarde vacía iba a verla, dejando bien claro con su actitud ausente, que no tenía nada que ver ni aportar con la sosegada tristeza del hogar en ruinas.
No se le ocurrió jamás intentar una caricia o un gesto de ternura. Una especie de rencor ataba sus manos y ponía una mordaza en su boca.
Fue contratado por una gran firma del Alto Paraná.
Allí se instaló con su carga de contradicciones internas, sus rencores y esperanzas.
Las viviendas de los empleados estaban cerca de un pequeño bosquecito. Un lunar en la gran extensión verde de kilómetros y kilómetros de trigo y soja.
Le llamaba la atención ese lunar boscoso y comenzó a preguntar. Algunos le decían que nadie se —34→ animaba a enfrentar a los fantasmas dormidos, otros que se dedique a su trabajo sin hacer preguntas.
-Qué te importa a vos, los ricos son ocurrentes, quizás lo dejan por si alguna vez necesitan leña.
Hasta que un anciano raído que se ocupaba de juntar yuyos para el mate y el terere le contó que en ese lugar estaban los muertos insepultos de la matanza más grande y mejor ocultada, y que un respetuoso miedo hacía que los patrones no pudieran forzar la voluntad de ningún trabajador, para hacerlo desaparecer.
Desde entonces le entró la curiosidad por explorar el lugar. Pero no quería testigos.
Un caluroso domingo, esperó que todos salieran, con la excusa de que no se encontraba bien del estómago, rechazó todas las invitaciones para salir a almorzar, como era costumbre.
Cuando el ruido del último vehículo fue sustituido por los silbidos estridentes de los pájaros, se calzó unas botas y protegiéndose del intenso sol del mediodía, con un sombrero pirí, se dirigió presuroso, a ponerle fin a su obsesionada curiosidad.
Todo su cuerpo estaba tenso, le sobresaltaba el crujido de las hojas secas y los chillidos destemplados de los pájaros, pero no se detuvo; con el corazón latiéndole casi en la boca fue adentrándose hasta llegar a un lugar extrañamente silencioso.
Tuvo la sensación de estar en otro mundo donde él era el único ingrávido habitante. Cuando recuperó el peso de su cuerpo, miró las extrañas ramas de los árboles, cuyas copas jugueteaban con las nubes, y sin embargo en la parte donde se unía a la tierra, unos —35→ raros gajos secos como piernas de paralíticos se mantenían adheridos con firmeza a esos gigantes verdes.
Como en su infancia intentó escupir la saliva que se le espesaba de terror, pero su lengua estaba dura y pesada como un cuerpo extraño dentro de su boca.
En cada árbol, espalda con espalda, había dos calaveras, aún atados, con unas sogas que el tiempo había vuelto del color de los huesos, como si alguna vez hubiera sido una fibra palpitante de sus cuerpos.
Algunos parecían reír con todos los dientes, y el cráneo altivo, otros parecían esperar con la cabeza gacha un poco de clemencia.
Intentó correr, pero hacia donde iba le seguían9 las carcajadas o las súplicas de los muertos.
El lunes, el anciano de los yuyos lo encontró desnudo tiritando de fiebre.
Por un tiempo, el seguro médico de la empresa se ocupó de él, después le llamaron a su madre y le explicaron que era un caso perdido, más que nada porque él no tenía voluntad de curarse.
Desde hace mucho tiempo un loco pacífico deambula por las calles del pueblo casi desnudo, y lo único que lo diferencia de otros locos es la mirada intensa de sus ojos negros, alucinada de espanto.
Le llaman Ángel. Tal vez ese sea su nombre.
—36→
Agileo salió de baja un día nublado de octubre. Él no lo notó. Le pareció el día más luminoso y el feliz de su vida.
Si la ilusión tuviera algún peso tal vez no lo podría llevar sobre sus flacos hombros. Eran tantas y algunas tan disparatadas como la de crecer más en estatura o cultivarse un bigote en la cara lampiña, ahora que ya era legalmente un hombre.
Unos días antes había cumplido los dieciocho años y creía saber de todo.
Había estado con alguna mujer antes de ir al Chaco, y al volver se habían ido en tropel con sus camaradas a un prostíbulo, de donde salieron con el cuerpo temblenque, felices y culpables, por las obscenidades tiernas que le habían susurrado al oído en el preciso momento en que algo tibio les reventaba en la cabeza: una explosión que les dejó temblorosos y confundidos, con una sensación de pecado e inocencia.
Volvieron a salir en tropel, y para cerrar el capítulo más importante de sus vidas, caminaron directamente desde el burdel hasta el santuario de la Virgencita a cumplir el rito de adiós a la dura vida del cuartel.
Al llegar frente a la basílica de vitrales luminosos, tal vez para retardar la despedida, se sentaron a tomar unas cervezas, entrenándose en comportamientos que creían de hombres, y con el gusto amargo de la bebida tibia, con la misma actitud de desamparo con que se despojaron de sus ropas frente a las profesionales del amor para probar su hombría, entraron al santuario. Se santiguaron con —37→ manos torpes como si espantaran moscas, dijeron alguna oración apresurada, se miraron conmovidos y llegó la hora del adiós.
Se dieron algún que otro abrazo, avergonzados de descubrir inusitadas ternuras, y cada cual partió a reencontrarse con lo que había dejado.
****
Agileo abordó un colectivo, apresurándose a pagar el pasaje, y con una súbita dignidad ocupó el único asiento vacío y cabeceó un largo sueño con la boleta bien visible entre sus dedos toscos y morenos.
Medio dormido aún descendió en el pueblo, y las nubes que él no vio se convirtieron en mansa lluvia.
Aún tenía mucho camino por recorrer. Con suerte, algún vehículo lo recogería y el esperado reencuentro con su familia sería antes de la noche.
Mientras caminaba con pasos largos y rápidos, iba pidiendo con el pensamiento que sus ilusiones se mantuvieran robustas, que no decayera la intensidad de sus deseos para convertirlas en realidad. Marchaba tan metido en su caparazón de sueños que casi saltó del susto frente al camión que se detuvo con un bocinazo festivo y el conductor con una señal le invitó a subir, advirtiéndole con simpatía que iría a hacerle compañía a otro pasajero seguramente tan mojado como él.
Agileo trepó sin dificultad a la parte trasera del vehículo que partió apenas puso un pie adentro.
Sintió un ligero temblor en la columna al comprobar que no tenía compañero de viaje, y sonrió con amargura de lo que le pareció una broma de mal gusto: no existía otro pasajero, en la carrocería sólo había un rústico ataúd, pintado de lila.
—38→Se acomodó lo más lejos que pudo del insólito cajón, decidido a bajarse en cuanto pasara la lluvia. Una extraña tristeza agitó su pecho como un terremoto suave y una salmuera tibia le resbaló a la boca y por un breve momento sintió que una sombra apenas perceptible se detuvo sobre él, pero un rato después se tranquilizó, cesó la lluvia, él cambió de idea y continuó viaje, sorprendido por descubrir la fugacidad de sus emociones.
Iba tan absorto en sus pensamientos, volando de una idea a otra -quería comprar un vaquero, una guitarra; cambiar su destino de pobreza, producir milagros en la pequeña parcela de tierra, criar conejos, ser amado por una mujer, sentir la maravilla de sembrar un hijo en el vientre querido- que no se percató que la tapa del ataúd se movía y en el pequeño hueco asomó el rostro juguetón de un muchacho de su edad que le preguntó en guaraní:
-Opima pico.
Agileo sintió un fuerte golpe entre la garganta y el busto, y por una fracción de segundos volvió al día en que se despidió de su madre. Recordó con nitidez su pecho con olor a orégano y perejil y entró suavemente a un túnel extrañamente silencioso.
—39→
Luisa dejó el atadito de ropas detrás de unos matorrales y echó a andar balanceando el delgado cuerpo; caminó así unos cien metros, luego se impuso la compostura que creía correcta y siguió andando casi pegada a las altas murallas, hasta que ésta terminó uniéndose a un enorme patio cercado de rejillas de madera. Se detuvo a mirar y divisó bien en el fondo a una muchacha de edad aproximada a la de ella lavando ropas, la observó un momento y luego la llamó, más con el gesto de aleteo de la mano, que con su vocecita10 aflautada:
-Maera... maera... vení un poco...
La muchacha del patio abandonó su labor y se acercó a averiguar el motivo de la llamada; conversaron un rato en voz bajita a pesar de que nadie podía escucharlas, como si intercambiaran confidencias, y luego Luisa fue invitada a entrar.
Caminó hasta el final del cercado y llegó al portón de entrada a la casa. Le abrió la puerta la muchacha del lavado y la hizo pasar al interior de la vivienda. Le ofreció una silla, y fue en busca de la dueña de casa.
Al poco rato reapareció acompañada de una mujer robusta de aspecto amistoso, y un vaso con agua, como un gesto de apoyo a la recién llegada y desapareció discretamente para que ambas hablaran.
La señora de la casa, una maestra joven y rolliza por el avanzado embarazo, conversó con Luisa en el mismo tono confidencial, con que ésta había hablado con la criada.
—40→Luego recogió de una mesa cercana un montón de cuadernos y con una palmadita en la espalda dio por terminada la entrevista con la muchacha y salió.
Luisa se instaló en la casa con muy poco sueldo, pero con una montaña de esperanzas. Su ángel guardián había guiado sus pasos hasta esa mujer -calculó-. En pocos minutos la había confiado su drama y la señora se comprometió a ayudarla. Ya no estaba sola, alguien compartía su doloroso secreto.
A pesar de no haber experimentado antes, sintió desde el primer momento que la patrona la miraba con ternura protectora. Su cuerpo se estremecía con un bienestar desconocido, ante esas caricias que receptaba con tanta claridad.
Por primera vez en su vida sintió que tenía un lugar en el mundo, aunque fuera prestado. Y procuraba corresponder cumpliendo bien con su trabajo y con su inapagable sonrisa el cariño silencioso que recibía.
Una noche, un dolor de cataclismo se le instaló en las entrañas y una urgencia desconocida de sus tripas la obligó a correr hasta la letrina del fondo; supo sin embargo que no era la cotidiana necesidad fisiológica el motivo de ese terremoto interior. Se mordió los labios hasta sentir el sabor dulzón de su sangre, tratando de aprisionar en su garganta el grito de espanto que le subía del pecho, mientras un líquido espeso y tibio se le escurría entre las piernas: se dobló sobre unas hojas de periódico y un largo gemido que no pudo evitar al pujar con una energía insospechada, puso un inusitado descanso en su cuerpo, al dejar salir por fin un —41→ montoncito caliente y escurridizo, que cayó sin ruido sobre las endurecida hojas.
La señora se despertó de un sueño brumoso, lleno de telarañas y corrió hacía el grito.
Se le estrujó el corazón ante el diluvio viscoso que la luz de la linterna puso delante de sus ojos: le levantó con ternura a la temblorosa muchacha, le abrazó sin palabras y suavemente como si temiera lastimarla más la condujo hasta el pequeño cuarto que compartía con la otra y la acostó con palmaditas tiernas. Luego fue a buscar un pañal -el mejor de lo que estaba preparando para su hijo- y una pala y se dio a la tarea de enterrar aquel secreto brevemente compartido.
Por mucho tiempo ambas mujeres tuvieron idéntica pesadilla: se veían convertidas en unas diminutas costillas moradas.
—42→
—43→
La elegante mujer entró caminando con pasos largos y elásticos al gran salón de la iglesia, vacía a esa hora de la tarde. Su andar pleno de sensualidad y tristeza evocaba una copa de champán sobre una mesa desierta.
Caminó envuelta en los ecos de sus pasos que sonaban sonoros y profundos como en una concha acústica hasta donde se encontraba el anciano y obeso sacerdote en actitud de espera. Le saludó con un murmullo involuntario, porque las palabras se le enredaron en las sedosas cuerdas vocales, apoyó sus delicadas manos en el brazo del cura y suplicó:
-Padre, por favor confiéseme, y perdonéme en el nombre del Señor y del suyo propio, ya no puedo más.
Él amagó una caricia de consuelo, pero desistió; sin decir nada, apretándole suavemente las manos la invitó a acompañarle. Así sostenida, casi recostada en el sacerdote caminaron juntos hasta el confesionario, donde cada quien ocupó su lugar.
Él se acomodó pesadamente en el pequeño habitáculo entregándose por anticipado al raro placer que le producía las confesiones de las mujeres hermosas; no sentía culpa alguna por el ligero temblor que producía en su anatomía los relatos de placeres culposos, mientras él bebía desde la penumbra el aliento fragante o amargo que traspasaba el visillo oscuro como un sahumerio. Era un hombre casto, y éste era el único intercambio físico que se permitía, y lo consideraba tan venial como su otra debilidad que era la gula.
Ella se arrodilló y sólo dejó fluir su pensamiento, lentamente pero sin pausa como si destapara un —44→ frasco de contenido viscoso: siento pena por él, padre, y una culpa inmensa por desear su muerte, cada vez con más intensidad; tengo la terrible impresión de que los días y los meses sólo pasan para mí; estoy llena de enfermedades; reales o imaginarias mientras él está cada día mejor.
No creí que duraría tanto; pero a este paso va llegar a los cien años tranquilamente.
Cuando me ofreció casamiento, pensé ¡qué osadía! Este viejo decrépito quiere casarse conmigo, desea comprarme; porque si no tuviera dinero jamás se atrevería a hacerle semejante propuesta a una muchacha que podía ser su nieta. Al principio me repugnó la idea: imaginé sus manos húmedas y frías como un sapo, recorriendo mi cuerpo como un mapa donde iría marcando los límites de su territorio, la boca fruncida como un ojal desprolijo aprisionando mis labios refrescándose de mi saliva, el cuerpo fláccido cubriendo el mío como un mondongo.
Sin embargo, todos se sorprendieron de que no me sintiera halagada por la propuesta y daban por hecho el casamiento, contentísimos, como si fuera la culminación feliz de un sueño largamente acariciado.
Alegremente me empujaron hacia él.
Hasta mi madre que siempre fue tan sensata, se deschavetó con la idea de tener un yerno millonario aunque fuera viejo -tal vez cansada de chapalear en la pobreza encontró en la propuesta matrimonial la rendija para escapar de las eternas estrecheces y sin pensarlo dos veces, me dijo:
-Cásate. Los ricachones no abundan y menos los que ofrecen casamiento.
—45→Luego tratando de apaciguarme tal vez, o acomodar su conciencia, con un discurso neutro como si hablara sola dijo:
-Cualquier muchacha puede casarse tranquila con ese viejo porque con seguridad el afán de la noche de bodas acaba con él.
Fue entonces que me entró la idea de ser rica, y gozar de los beneficios de serlo.
Viajar. Pensé: tan grande que es el mundo y yo sin posibilidades de llenar mis ojos de sus maravillas. Imaginé el azul o el verde de los mares desconocidos; la arena resplandeciente bajo el sol blanco de las playas remotas; los nostálgicos acantilados; los habitantes de las grandes ciudades como hormigas despavoridas. Y decidí en un rapto que creí de honestidad y que ahora sé era nada más que de justificación, tal vez de autoconfirmación y disculpa, sincerarme con él. Le dije que debía saber que nunca llegaría a amarlo, que me parecía ridícula su propuesta, que aunque siempre fui medio mercenaria, en el sentido de aceptar una que otra ayudita por alguna divertida acostata nunca lo hice con ningún bisabuelo, ni con nadie que tuviera el envoltorio tan marchito -usted sabe padre que la cuestión de piel es una señal importante, por algo Dios nos empaquetó en esta red de nervios y venas- le conté también que siempre soñé casarme por amor y no me parecía tan desatinado el «contigo pan y cebolla». Él escuchó sin interrumpirme y luego dijo, con la misma voz gastada de ahora, que mi confesión me hacía más encantadora aún, y nos casamos con una gran fiesta, hace ya diez años, él tenía entonces setenta y una montaña de enfermedades que le daba el aspecto de un anciano prehistórico —46→ susceptible de convertirse en humo en cualquier momento dejándome viuda y millonaria.
La prueba más terrible fue la noche de bodas: con sus besos de ventosa me convirtió en una flor morada. Yo dejé mi cuerpo para que él se complaciera a como podía, ausentándome de mí misma, ¿cree usted padre que debo dejarlo ahora y desatar lo que Dios ha unido? ¿No le parece que el señor se vio obligado a unir dos cabos imposibles y que recobraría su tranquilidad celestial al desatarlo?
Tal como era mi deseo pasamos los primeros dos años viajando. Y yo desdoblándome cada vez que él me agarraba, dejándole mi cuerpo mientras con el pensamiento huía hacia mi antigua inocencia como supongo que hacen las prostitutas, inventando engañitas para esperar su muerte.
¡No! Nunca ni se me pasó por la cabeza matarlo, ya bastante mal me siento esperando cada mañana que se marche de la vida, que duerma tranquilo en la eternidad. Hasta ensayo alguna escena para mi propio teatro, sabiendo que no voy a convencer a nadie, porque nadie en su sano juicio puede creer que le ame con amor de mujer.
Usted pregunta con un tono muy sospechoso padre, pero de verdad nunca le fui infiel físicamente, claro que mentalmente le sustituía con cualquier buen mozo, en algunos momentos para no morir de asco o desprecio hacía mí misma.
Por favor, padre, usted me juzga con tanta severidad, como si yo fuese una criminal, pero no considera la parte de culpa que él tiene; sí yo me hubiera negado a casarme con él lo haría otra muchacha por los mismos motivos que yo y con el mismo resultado. Yo asumo mi parte de responsabilidad, pero la culpa más —47→ grave está en la sociedad que acepta complacida y ve como natural estos negocios infames. Usted nos casó padre, y no habló una palabra sobre la agonía que me esperaba, llevó a cabo un rito desatinado y perverso como si yo no fuera una oveja de su rebaño, usted también es culpable, y se lava las manos tranquilamente como Pilatos, sin asumir su parte de pecado.
La voz clara y armoniosa fue cambiando de tono hasta convertirse en un chillido histérico que retumbó en la desierta y sombría bóveda como una mezcla de trueno y alarido para retornar lentamente al murmullo.
El sacerdote le dio la penitencia y la bendición y la vio marcharse con los hombros caídos como si los años se le hubieran echado encima repentinamente. La observó largamente a través del visillo oscuro y por primera vez reflexionó sobre la inutilidad de su ministerio; por un segundo pensó que vivía alejado de la realidad de sus feligreses, luego sosteniéndose la enorme barriga con las dos manos como una mujer sorprendida por los apuros del parto, totalmente tranquilizado se marcho a tomar su café con leche con bizcochos rellenos.
La dama se levantó del confesionario y fue a arrodillarse en actitud contrita frente al altar mayor. Estuvo ahí hasta que un hombre joven le tocó la espalda para llamar su atención, le murmuró algo al oído y ambos salieron apresuradamente. Abordaron un inmenso auto rojo y partieron raudamente.
Él iba manejando y relatándole a ella que el señor ya había sido trasladado a una clínica, observando maliciosamente con el rabillo del ojo la reacción de ella; tal vez vio algún gesto propicio para el atrevimiento, o simplemente le falló el habitual tacto cuando le dijo en un tono casi opaco:
—48→-Por fin usted va quedar libre...
No llegó a terminar la frase, ella le volteó la cara con una bofetada tan enérgica que le hizo perder el control del volante, y el auto fue a embestir violentamente contra un árbol.
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El anciano contrató la orquesta filarmónica para acompañar el cortejo; alquiló todas las limusinas y taxis de la ciudad e hizo que todos llevaran sobre el capó una corona de claveles blancos y rosas amarillas, además encargó cincuenta mil jarrones con las flores de perfume más intenso para engalanar la avenida por donde pasaría el féretro, desabasteciendo las casas del ramo.
El aroma sensual de los claveles, el olor nostálgico de los jazmines y la tristeza de la marcha fúnebre produjo una extraña y pacífica demencia en todos los habitantes de la ciudad haciendo que los obreros abandonaran las fábricas, los niños y las maestras las aulas, los albañiles sus andamios, los pintores sus brochas y los peluqueros sus tijeras y tintes.
Los caballos corrieron sin jinete en los hipódromos y los militares soñaron convertirse en mansos labriegos de tímidos modales.
Los arroyos contaminados se llenaron de peces y los trenes pararon con sus pasajeros atónitos y felices.
Los niños de la calle abandonaron de prisa su bolsita de cola de zapatero y eufóricos le tocaron el culo a las floristas. La leche se derramó en todos los restaurantes mientras los cocineros y mozos lloraban a moco tendido sonándose la nariz en la manga del saco de sus patrones.
—49→Los teléfonos enmudecieron y los empleados públicos trabajaron compulsivamente mojados de un sudor verdoso fosforescente.
La naturaleza perdió su rumbo hasta las diez de la noche, hora en que el toque de queda puso fin al desquicio.
La enterró con el mismo lujo demencial con que la había desposado diez años atrás.
Al regreso del cementerio, apretujado entre sus dolientes cuñadas y desconsolada suegra, descubrió maravillado y completamente confortado las pecas doradas brillando húmedas en las mejillas de la hermana menor de su mujer difunta y calculó cuánto tiempo deberá esperar para casarse con ella.