Diario de campaña
Alberto del Solar
Distinguido por el autor de este libro con el honroso cargo de presentarlo a sus lectores, me encuentro en el caso de quien es llamado a tener en la fuente bautismal una criatura de constitución sana, cuya viveza y lozanía están proclamando, así el brillante porvenir que le aguarda en el mundo, como el vigor y juventud de sus padres. El padrino concluye, en tales condiciones, por enorgullecerse del ahijado y, en vez de considerar que le extiende alguna protección, se pone a fundar expectativas de que algún día redunde en su provecho la segura gloria y popularidad del donairoso chicuelo.
Bajo el modesto título de Páginas de mi diario de Campaña, es ésta una relación minuciosa y verídica de un joven oficial del ejército chileno desde el día en que, cediendo al entusiasmo patriótico, se enroló bajo los pendones nacionales, hasta aquel en que, rebelado el enemigo en reñida batalla, hizo, al frente de los suyos, con banderas desplegadas y al son de parches y clarines, su entrada triunfal en la ciudad cautiva que le deparara en galardón la victoria.
De la masa de publicaciones que deja tras de sí toda guerra, procedentes de los más diversos orígenes, y destinadas todas a ser consultadas cuando el tiempo haya calmado las pasiones, por el sereno historiador, ningún género es más digno de aprecio ni encierra mayores atractivos que aquel de que es excelente modelo este pequeño volumen.
Las exposiciones de los jefes militares o de los hombres de Estado que intervinieron en los sucesos asumiendo graves responsabilidades, cuando no se proponen la refutación de cargos de que han sido blanco, adolecen del defecto de servir los planes de mal disimuladas ambiciones. Para desenmarañar la verdad en toda su pureza de entre tales escritos, necesitan los contemporáneos recurrir al tamiz del más prudente discernimiento, y los historiadores futuros una cautela tan rigurosa que acaba por cercenarles la mayor parte de su utilidad.
No sucede lo mismo con estas declaraciones voluntariamente hechas por oficiales subalternos que, libres de toda preocupación, han asistido a la contienda perdidos en las filas de sus regimientos y presenciado los hechos, no desde donde se ordenan y dominan, sino desde donde se realizan y se palpan. La juventud y comprobada valentía del testigo revisten su declaración de todos los caracteres de la sinceridad, y la circunstancia de brotar ella de los ínfimos rangos, pudiera decirse de la muchedumbre militar, la dota de una multitud de rasgos que, apercibidos después por inteligencias expertas, permiten reconstituir no sólo la fisonomía, sino hasta el espíritu de que iban animadas las masas de combatientes.
¿Cuán a menudo no se descubre en estos detalles la verdadera clave de un fenómeno histórico que no se logra explicar satisfactoriamente a la luz que arrojan más pretenciosas e interesadas relaciones?
En tales documentos es en donde realmente se discierne si el conflicto fue obra exclusiva de gobiernos empeñados en seguir política que no trascendía más allá de la clase dirigente o si fue la explosión de animadversiones de pueblo a pueblo, por largo tiempo contenidas. Ellos son también los que dan el indicio del valor manifestado, de la iniciativa de que dieron prueba y de la parte que respectivamente tomaron en el esfuerzo común las diferentes clases sociales.
Por último, si no fuera por ellos, las generaciones venideras ignorarían cuál era el grado de cultura y de moralidad de oficiales y soldados, porque sólo en ellos se hace mención de la conducta observada en el curso de la invasión, en los terribles momentos de la refriega y, al día siguiente del triunfo, en el seno de las poblaciones sometidas.
Desgraciadamente estas relaciones hechas por oficiales independientes, interpretando al correr de la pluma su diario de campaña, preciosas como documentos para la historia, por tantos títulos, son excesivamente raras, porque cuando «los arreos son las armas y el descanso el pelear», difícil es encontrar el tiempo y la tranquilidad de espíritu suficientes para consignar su testimonio por escrito. Un gran capitán puede holgadamente escribir, como Julio César, sus comentarios mientras conduce sus legiones a la victoria; no así un subalterno, cuyas múltiples atenciones le estrechan materialmente en su puesto absorbiéndole su vida entera.
En esta materia hemos sido los chilenos muy afortunados, porque desde los orígenes de nuestra existencia, desde los tempranos días del descubrimiento y conquista hemos contado con una serie no interrumpida de soldados-cronistas que nos han legado sus valiosas memorias de actores, preferibles aún a informes de simples testigos oculares. Desde Góngora Marmolejo y Mariño de Lovera, hasta Córdova Figueroa y Carvallo Goyeneche, fueron tenientes y capitanes los que, manejando la pluma con tanta soltura como esgrimían la espada, nos proveyeron de las fuentes históricas de nuestro período colonial.
Los diarios de Talavera y de Carrera, las cartas de O'Higgins, la autobiografía de Cochrane, el admirable libro del general Miller y las numerosas relaciones de nuestros hombres de guerra, preparadas a solicitud de nuestros escritores, han sido los materiales de la historia patria durante la lucha de la emancipación.
El autor de este libro ha seguido, por consiguiente, senda trazada por nobilísimos predecesores.
La manera como ha imitado el ejemplo acrecienta aún su mérito y da motivo para mayor elogio. La facilidad, corrección y galanura del estilo, las originales observaciones sugeridas al autor por las anormales situaciones en que se ha encontrado, la sencillez del arte con que ha sabido interesar al lector en sus alternativas de penurias y de goces, la juvenil animación y el entusiasmo patriótico con que describe el combate con su séquito de horrores y peligros, para salir al fin de entre el humo espeso de la pólvora a la claridad del triunfo, la oportunidad de los episodios anecdóticos y de la graciosa chispa en que abunda, revisten su relación de atractivos tales que seduce como la lectura de un romance ameno y, una vez abierto, impiden cerrar el libro hasta haberlo terminado.
Carlos Morla Vicuña.
París, 14 de abril de 1886.
Al recorrer hoy con cariño las páginas de mi Diario de campaña, para entresacar de ellas las que me parecen de algún interés, no puedo menos que vacilar indeciso, pues cada uno de esos toscos y desaliñados apuntes, escritos entre las horas monótonas de una guardia nocturna o el bullicioso rumor del batallón en marcha por el desierto, trae a mi memoria recuerdos vivos de hechos que fueron y que pasaron ya, dejando honda huella en mi espíritu.
La pasión por escribir impresiones, sean ellas de viajes, de campañas, o solo simples, pero constantes anotaciones de hechos de la vida, es tan frecuente, que su publicación y lectura no constituyen ya novedad.
Cuando yo, como algunos de mis compañeros de armas, empleaba los minutos de descanso o los largos días de guarnición en este género de trabajo, estaba muy distante de pensar que el examen y compaginación de mis apuntes habría de interesar a alguien. Lo que observaba y anotaba debía ser sólo para mí. Sin orden y sin arte, dejaba, pues, constancia de las impresiones que iba experimentando y a que hoy me encuentro en el caso de dar forma. Conservarán, sin embargo, muchas de ellas la que tenían en el original.
París, 1885.
Veinticinco años después he revisado el volumen a cuyo primitivo prefacio pertenecen los párrafos anteriores y halládolo incompleto. Escrito el libro casi de memoria en París el año de 1885, fue publicado, ante todo, con el anhelo de no dejar pasar la palpitante oportunidad del tema, y sin más elementos que aquellos insignificantes apuntes tomados «entre las horas de una guardia nocturna o el bullicioso rumor del batallón en marcha». No me fue, pues, posible dar cabida entonces a muchos de los datos e impresiones que hoy, con mayor calma y mediante y el auxilio de documentos del todo indispensables a la orientación dentro del «gran conjunto» en cuyo seno fui entidad humilde, me es dado reconstituir y amplificar, incorporándolos en la edición presente.
Lo más substancial, sin embargo, quedará tal cual fue escrito en aquella época; pues no he querido desnaturalizar ni la índole ni la forma de este trabajo de juventud, lanzado entonces a la publicidad en medio de la perturbadora excitación que, con el nombre de «fiebre de lo impreso», ataca, infaliblemente, a todo autor enfermo de su «Primer libro».
Alberto del Solar.
Montreux, Suiza, enero de 1910.
En los primeros años de mi niñez, cuando, con motivo de la creciente afición que en la sociedad toda de mi país se notaba por el estudio de las lenguas extranjeras, fui enviado desde Santiago a Valparaíso para estudiar el inglés, aprendí a no querer a los peruanos.
Recuerdo que allá por los años de 1868 a 1869 gozaba de fama sin rival el excelente establecimiento de educación que, con el nombre de Instituto Sudamericano, habían fundado, mucho tiempo atrás, en la última de aquellas ciudades, los Messrs. Goldfinch y Bluhm -inglés el uno «desde los pies a la cabeza», como suele decirse, y tan alemán el otro de nacimiento y costumbres, como chileno de corazón.
Goldfinch era alto, delgado, muy seco de cuerpo y de ademán; duro de fisonomía, severo hasta la exageración, intransigente respecto de nuestras faltas.
En su carácter de Director del Establecimiento, se hacía no sólo respetar sino temer: sus resoluciones en materia de disciplina eran inapelables. Solía apoyarlas con un látigo, que, indefectiblemente, llevaba oculto, no se sabía cómo, debajo de la levita; pero que en el momento necesario hacía su brusca aparición -ágil y silbante como una culebra- para saltar sobre el lomo del que se había hecho reo de desobediencia o altanería. Nunca vimos reírse a Mr. Goldfinch.
Bluhm era el reverso de la medalla. Bajo, regordete, redondo de cara, meticuloso en los modales, tanto como en el vestir; sus camisas, sus trajes, resultaban irreprochables, no sólo por el corte, sino por el cuidadoso afán que ponía en llevarlos siempre inmaculados. Manso, humanitario y paternal, se encargaba, sobre todo, de la dirección de los alumnos pequeños cuyo alojamiento compartía, aunque separadamente, en la parte más moderna y más higiénica del edificio del colegio.
El aposento de Mr. Bluhm era como su persona: acicalado, limpio; gracias a los asiduos cuidados de Johan su fiel sirviente -otro bonachón, especie de Pipelet germánico, del cual cada uno de nosotros resultaba un Cabrión permanente e implacable.
El renombre de ambos socios databa más o menos del año de 1856, época en que habían sido ya favorecidos con la confianza de muchas de las buenas familias del país, quienes les enviaban sus hijos, seguros de que, a la vuelta de muy poco tiempo, míster Goldfinch se los devolvería dotados de perfectos conocimientos en su idioma natal; robustos de cuerpo, por la especial atención que en el Colegio se prestaba al desarrollo físico; enemigos acérrimos de la mentira; buenos boxeadores y excelentes aritméticos. Allí aprendieron inglés Tomás y Carlos Eastman, Carlos Morla Vicuña, Agustín Edwards Ross; los Riesco, los Lamarca, y, más tarde, Salvador Vergara Álvarez; los Urmeneta, los Pérez Eastman y muchos otros. Hablar constantemente en inglés constituía la primera obligación del Colegio, y ¡ay de aquél a quien Mr. Goldfinch sorprendiese, durante los recreos o en cualquiera otra circunstancia, dirigiéndose a sus camaradas en el idioma patrio! Y como la tal obligación comenzaba a regir para el alumno desde el octavo día de su llegada al establecimiento, fácil será darse cuenta de que -por lo que respecta a nuestras primeras conversaciones- abrigué yo la duda de sí, a haberlas escuchado, las hubiese entendido del todo, Shakespeare...
La enseñanza de los ramos elementales del curso de Humanidades -en inglés por supuesto-, quedaba reservada a Mr. Bluhm, con sus satélites Mr. Torres (quien con todo y ser más uruguayo que un charrúa, figuraba también entre los místeres; pero sólo por el denominativo, que se hallaba encargado de la única clase de castellano que existía en el establecimiento); Mr. Davies, el mejor calígrafo y dibujante conocido en Chile; Mr. Kean, Mr. Cavendish, etc., la mayor parte universitarios de Oxford o de Cambridge, trasplantados expresamente a Chile para el caso.
La parte del «cultivo de la moral, religión y buenos sentimientos», como no sin cierta originalidad lo expresaba el prospecto, corría por cuenta de un clérigo porteño y de una compatriota anciana; solterona, de antiguo cuño, de esas de rosario al cuello y manto perpetuo, llamada doña Mercedes, y a quien complacíamos especialmente denominándola pura y simplemente «Merceditas».
Situado el edificio del Colegio en el antiguo barrio del Almendral, tenía su puerta de entrada por un estrecho callejón que iba a desembocar en plena calle de la Victoria, frente al «Crucero».
Los fondos daban al puente de Jaime -y uno de los costados abría sus ventanas sobre el mar, exponiéndolas al azote de los vientos bravíos del Norte; de tal modo, que durante los meses de invierno se encrespaban allí mismo las olas de la bahía alborotada, para deshacerse luego chocando con furioso embate casi sobre los propios muros del instituto-, espectáculo soberbio con el cual nos familiarizamos a fuerza de verlo repetirse.
En las salas donde se nos daba clase oíamos el fragor de la tormenta, y desde los balcones de los «altos» nos era dado contemplar la rada.
Allí comencé a sentir por vez primera esa atracción irresistible que más tarde me ha hecho amar tanto el Océano, apasionarme de él, contemplarlo durante horas enteras sin cansancio, o navegarlo con deleite moral y bienestar físico.
A sólo unas cuantas toesas al frente, se mecían en inmenso balanceo las arboladuras de centenares de barcos de vela. Un poco más al Oriente, se divisaban los diques flotantes y algunos vapores de la P. S. N. C., tales como el John Elder, el Britannia o el Cordillera, desaparecidos más tarde uno tras otros en las vorágines del mar. Cerca de éstos las corbetas nacionales Esmeralda y O'Higgins, la goleta Covadonga, la Magallanes o el Abtao; los vaporcitos de ruedas Huanay, Paquete de Maule o Valparaíso y el amarillento y vetusto casco del pontón Thalaba.
De tarde en tarde, solían llegar hermosos barcos de guerra extranjeros -franceses, alemanes, norteamericanos, ingleses y hasta japoneses. Las salvas con que saludaban a nuestro pabellón al entrar gallardamente en la bahía tenían la virtud de distraernos y alborotarnos casi tanto como a nuestros profesores, cada vez que se trataba de alguna nave de la Gran Bretaña.
El «¡hurra!» formidable que lanzábamos en tal ocasión nos merecía, naturalmente, como recompensa inmediata la suspensión de la clase y el permiso de subir a la azotea para presenciar desde allí el interesante espectáculo.
Recuerdo, así, haber visto arribar a nuestra rada, luciendo a popa sus orgullosos pabellones, a la Triumph, la Tourquoise, la Pensacola y la Omaha, pertenecientes a las flotas inglesa y norteamericana, y testigos más tarde, algunas de ellas, de las proezas de nuestros marinos en las costas del Perú. De ahí que nuestro paseo favorito los domingos de salida fuese la visita en «bote fletero» a bordo de los buques de guerra, placer que alternábamos con excursiones a pie a Playa Ancha o a la Quebrada Verde, cuando no preferíamos dedicar la tarde a celebrar las payasadas de Jerry Bell, el famoso clown inglés, que, con sus dos hermanos, Richard y James, hacía las delicias de los colegios porteños en el improvisado Circo de la Victoria.
Allí mismo solían tener lugar unos horribles combates de animales que presenciábamos, a pesar de las protestas de «Merceditas», a vista y paciencia de las autoridades de entonces, Recuerdo, entre ellos, la lucha de un bull-dog contra un jabalí; la de un cóndor contra un águila -asurados unos y otros por la crueldad de dos mentecatos que servían como de banderilleros-, y, en fin, el de un enorme gato montés, especie de tigre o pantera, contra un robusto mastín casero, que resultó a la postre vencedor, con gran contento del público en general y muy en particular de algunos de nuestros flamantes y queridos profesores subalternos del instituto, a quienes indefectiblemente sorprendíamos tratando de esconderse entre los asistentes al espectáculo.
Otra de las distracciones a que solíamos dedicar los domingos eran los «baños flotantes» situados entre el barrio del Almendral y el del puerto. La mayor parte de nosotros nadábamos a la perfección, pues durante la estación de verano entera (las vacaciones del Instituto de Mr. Goldfinch tenían lugar en setiembre y duraban sólo tres semanas) se nos llevaba al rayar el alba, ordenados en filas, al balneario más próximo, y una vez allí se nos obligaba a arrojarnos al agua, sin miedo y casi sin precauciones.
Ágiles, de pie sobre un tablón cimbreante colocado a más de cuatro metros de altura, los que sabíamos ya nadar, recuerdo que expiábamos el más alta y lucífero penacho de una ola fugitiva y, dando vuelo al cuerpo, nos lanzábamos de bruces...
¡Qué deleite: revolverse allí flotando; zambullirse bajo la espuma; bregar; deshacer otra ola con el pecho; hundirse de pronto en el abismo y resurgir luego al sol, al aire, trayendo del fondo una guirnalda de luche, que agitábamos triunfalmente en la mano, como agita el soldado una bandera!...
Goldfinch y Bluhm recibían constantemente alumnos que les eran enviados desde varias repúblicas hermanas; especialmente desde el Perú y Bolivia; al punto de que en el Colegio había casi tantos muchachos de esas nacionalidades como chilenos, siendo los demás hijos de ingleses en su mayor parte.
Muchos personajes a quienes, quince años más tarde, encontré figurando en la política o en los ejércitos del Perú y de Bolivia, fueron condiscípulos de mi padre: entre ellos, señaladamente, Billinghurst, coronel de infantería peruana; Granier, Basadre, Salinas y otros.
Entre los oficiales más jóvenes, tales como Barragán, Basadre (hijo), Cantuarias, Dermit, Loaiza, etc., he tenido noticia de varios de mis compañeros del año 1869, quienes, sea dicho en honor de la justicia, se manifestaron, al decir de los suyos, tan buenos soldados al frente de las balas, como excelentes sostenedores de su pabellón patrio en los reñidos partidos de pelota y de trompadas, tan frecuentes entre bandos escolares, como voy a narrarlo.
Dicen que el instinto de rivalidad se revela en el hombre desde los primeros pasos que da en la vida, como se revela en los animales de orden inferior. Si ello es verdad, nunca se cumplió mejor la teoría que entre nosotros los colegiales del Instituto Sudamericano. Chilenos y peruanos nos mostrábamos los dientes, aun entre los más pequeños, y formábamos, en bandos marcados, dos formidables partidos, que lo único que deseaban era un pretexto cualquiera para irse a las manos. Los edificios de nuestras ciudades, comparados con los de Lima; los circos de los domingos y días festivos (no se hacía cuestión de compañías teatrales, pues la recogida de las siete de la noche nos privaba de este placer, vedado siempre a todo colegial); los diferentes modos de hablar, referidos a la corrección del idioma; el monto de las propinas recibidas el día de salida, el tipo de las mujeres del país, los paseos públicos, las fiestas, todo era motivo de enojosas comparaciones que traían, necesariamente, como consecuencia, la picazón primero y el combate después.
No olvidaré jamás, entre muchos, un episodio que revelará mejor que otros lo que era el espíritu de rivalidad entre los futuros ciudadanos de ambos países enemigos.
El monitor Huáscar, recién salido de los astilleros ingleses, acababa de ser adquirido por el gobierno del Perú, que, con legítimo orgullo, lo hacía navegar por los mares del Pacífico, para darlo así a conocer de los vecinos y poner con ello de manifiesto el creciente poder naval de su nación.
Tocole por el año de 1870, época a que se refiere el presente recuerdo, al pueblo de Valparaíso admirar, entre los primeros, la entonces poderosísima máquina de guerra.
Desde el día en que echó el ancla en las aguas de la bahía, se vio visitada por un sinnúmero de curiosos que, después de minuciosa inspección, no podían menos que hacer justicia a su mérito y a las aventajadas condiciones de fuerza que revelaba.
Por muy gruesos que parecieran los muros del Instituto Americano, no lo fueron tanto que no dejaran penetrar hasta el recinto de sus espaciosos patios, aturdidos entonces por la algarabía de doscientos muchachos que jugaban a la barra y al leap-frog, los rumores que sobre la llegada del famoso monitor se oían en la ciudad.
Los peruanos, como era natural, se mostraban contentísimos y ufanos hasta la insolencia. Nos quitaban el sueño con su Huáscar, su Manco Capac, su Tumbez y su Atahualpa. De allí mil ponderaciones, mil ofensivos términos de comparación, picantes y chocarreros, con referencia a nuestra pobre escuadra, compuesta en aquel tiempo de algunos viejos cascos de madera, entre los cuales uno de los más notables, tanto por su estado como por la importancia de su nombre histórico y legendario, era la débil Esmeralda, espoloneada y echada a pique (¡caprichos de la suerte!) once años más tarde por ese mismo Huáscar con el cual nuestra fiebre patriótica y loco entusiasmo infantil se atrevía a ponerla en parangón.
Se comprenderá que, herido nuestro amor propio, la catástrofe no se hiciera esperar.
Los peruanos nos llevaban a un terreno sin defensa, con argumentos de solución imposible. Preciso era devolvérselos con burlas o con excesos de soberbia, que no eran bastantes a contener las palabras sensatas de los colegiales más grandes, quienes, tratando de conciliar los ánimos, apelaban a nuestro buen juicio:
-Concédanles -nos decían- la superioridad del buque, pero dispútenles la de los hombres. (¡Palabras imprudentes que habría sido mejor no pronunciar!)
-¡Dos chilenos valen por diez peruanos! -vociferábamos.
Una travesura, tan pueril como atolondrada, engendró por fin la chispa que debía poner fuego a toda la pólvora.
Mr. Bluhm tenía verdadera pasión por los animales. Frente a nuestros dormitorios existía un gran patio en cuyo fondo había hecho construir nuestro bondadoso director una especie de galpón, donde mantenía patos, pavos, gallinas, conejos y dos grandes y hermosas tortugas que, al decir de Mr. Kean, nuestro profesor de Natural History, contaban ya más de un siglo de edad. Cuando queríamos hacer rabiar a Johan y a su patrón cometíamos la perfidia de poner a las pobres tortugas vueltas al revés, volcándolas sobre sus macizos y acorazados lomos. Sabido es que en tal posición estos pesados anfibios no pueden moverse, a pesar de los esfuerzos -traducidos en desesperantes pataleos- que hacen para recuperar su primitiva posición.
Una tarde en que la discusión entre chilenos y peruanos había llegado a su más alto grado de virulencia, comenzó de pronto a llover y llovió tanto que el patio quedó completamente anegado, sobre todo en el rincón -especie de hondonada- donde moraban las gallinas, los conejos y las tortugas de Mr. Bluhm.
Llegó luego la noche y con ella la «tentación del crimen». Los chilenos habíamos ido a acostarnos «con sangre en el ojo», como dicen nuestros campesinos. Los peruanos habían baladronada de tal modo aquel día que era preciso hacerles alguna jugada, o, por lo menos, cualquier burla, a modo de correctivo, mientras llegaba la oportunidad de darles la severa lección merecida.
Así lo resolvimos unos cuantos, en conciliábulo nocturno, celebrado de cama a cama durante horas de riguroso desvelo.
Tomada nuestra resolución, levantáronse dos de nuestro compañeros de dormitorio y aprovechándose de la obscuridad, del silencio y del sueño de Johan, se dirigieron furtivamente, y con el agua al tobillo, hacia la vivienda de los pollos y las tortugas.
Llegados allí, se apoderó, por asalto, el más listo, de una gallina medio dormida aún, y sin darle siquiera tiempo para decir: ¡ay!, le retorció el pescuezo, poniéndola luego a un lado. Mientras tanto, el otro cogía un conejo, con el cual hacía igual operación. Uniendo enseguida ambos sus fuerzas, volcaron las dos tortugas, y, así patas arriba e indefensas, las arrastraron hasta un charco cuidando, naturalmente, de buscar el menos profundo, con el objeto de no hacerles daño.
Una vez empantanadas allí las inocentes víctimas, atáronles en el vientre a modo de mástiles, sendas varillas de coligüe, coronadas por otras tantas flámulas de papel blanco, sobre el cual habíamos cruzado previamente con lápiz rojo los colores enemigos, que muy pronto quedaron enarbolados, no sólo al tope, sino en la popa de las tortugas, con las inscripciones siguientes: «El Manco Capac», «El Atahualpa».
Y luego al lado de ellas, los cadáveres del conejo y de la gallina, con este epitafio: «Ilustres Almirantes después de la batalla».
¡Fácil será imaginar las consecuencias que tan insultante reto nos acarrearía poco después, a la hora del recreo, en el patio general, llamado «el patio grande» donde nos reuníamos habitualmente todos los alumnos del Colegio! Ya lo he dicho: como la chispa que cae sobre los saquetes de pólvora haciéndola saltar, bastaron las primeras palabras de vengadora revancha lanzadas por los peruanos -mientras nos desparramábamos bulliciosamente por los corredores al primer toque de campana que ponía término a la clase- para encender el furor, que cinco minutos después se traducía en el más encarnizado de los combates.
Inútiles, vanos eran los gritos de los profesores y la intervención de porteros y empleados del colegio. A la manera de la riña provocada por el arriero con don Quijote y demás gente de aquella famosa aventura de la Venta, dábamonos de puntapiés y de trompadas, mezclados, ya sin distinción de nacionalidades, chilenos, peruanos, venezolanos y hasta un chino de origen, nacido en el Perú de padres acaudalados y enviado, por tanto, al Instituto Americano.
Pasados los momentos más serios de la refriega, la intervención de la fuerza le daba fin, pudiendo entonces los espectadores, que en numero considerable se habían procurado entrada, admirar con verdadera emoción el aspecto del gran patio de recreo, convertido en campo de Agramante.
Dos días después, el arresto y expulsión de los cabecillas más empecinados y el castigo correccional de los que habíamos hecho el papel de sólo combatientes bajo las banderas nacionales, devolvían la calma al establecimiento más reputado por su orden interno, y cuyo buen nombre hallábase, por vez primera, comprometido por causa tan inesperada como grave.
Durante mi permanencia, de más de dos años en él, vi, sin embargo, día a día, aunque en escala mucho menor, repetirse incidentes que me hicieron nacer la mala impresión, que sólo el tiempo y las desgracias de los que las motivaron han logrado atenuar en mí.
No concluiré esta página de recuerdos sin hacer memoria de otra circunstancia que contribuyó en gran manera a acentuar aún mi antipatía por los «hijos del sol».
Trátase esta vez de uno que, mejor se llamara «hijo del infierno», si he de atenerme a su color y perversa índole. Era el tal un zambo limeño, zambo, muy zambo, horriblemente zambo, de cara de carbón, cabello de motas y jeta colgante, que había dado en la manía (muy frecuente por desgracia en los colegios) de mortificar a los más pequeños. Yo fui en muchas ocasiones la víctima elegida; de modo que, por quítame estas pajas, llovían sobre mi cabeza tales y tan desapiadados coscachos, que hasta hoy no puedo recordar sin horror la impresión que sobre mi cráneo hacían las robustas coyunturas del maldito negro, cuya pista nunca he logrado después descubrir.
Todo esto manifestará, pues, por cuánto entusiasmo vería yo llegar el día en que, formando parte de un grupo de amigos, dije adiós al hogar y a las playas queridas para embarcarme en un transporte nacional en busca del enemigo.
Éste debía aguardarnos con una página, más útil que gloriosa, en el programa de sus proyectadas victorias: el triunfo del monitor sobre la débil corbeta en las aguas de Iquique, el 21 de mayo.
El fácil problema suscitado por las comparaciones de los colegiales del Instituto Americano quedaría resuelto en favor de nuestros adversarios.
¡Pero cuán caro debía costarles su pasajero triunfo!
En la mañana del 5 de abril de 1879, las calles de Santiago, y probablemente las de Chile entero, en aquel mismo instante, veíanse agitadas por una multitud alborotada y frenética.
El pueblo, siempre entusiasta, se estrechaba y confundía en tumultuoso desorden, pugnando por hallar acceso hacia el corro formado por la patrulla de soldados que constituían la escolta del funcionario civil designado para leer en voz alta el acta de declaración de guerra al Perú.
Las pocas líneas de que constaba esta importante pieza eran interrumpidas por atronadoras salvas de aplausos y gritos de vivas, cuyos ecos no tenían el tiempo de morir en el silencio que súbitamente se trataba de hacer para continuar escuchando, pues cortos instantes después nuevas exclamaciones de patriótica efusión venían a unírselas. ¡Era aquello un continuado y estrepitoso clamor semejantes al fragor de las olas del mar agitadas por el huracán y la tempestad!
Los balcones de las casas se adornaban con banderas y emblemas que la fantasía de sus moradores sabía improvisar en un momento: los carruajes, los tramways cruzaban por entre la apiñada multitud colmados de animados ciudadanos que, a su paso, asomaban las cabezas por las portezuelas lanzando vivas y agitando los sombreros, o de pie en la imperial repetían estas mismas demostraciones con igual entusiasmo y alborozo.
Mezclados sin distinción de clases, el de poncho, el de blusa y el de levita, se hablaban, se animaban y fraternizaban, rivalizando en decisión y bríos.
La juventud, sobre todo, se hacía notar por sus manifestaciones. En pocas horas se habían convocado reuniones en las cuales cada uno ofrecía, según su estado y condición, o su persona o su bolsillo, para contribuir con ello al triunfo en el combate que debía significar el castigo de la felonía.
El más humilde hijo de Chile conocía la historia verdadera del conflicto.
Trataré de reflejar aquí las impresiones que nosotros todos -juventud educada y pueblo analfabeto- experimentábamos en momentos tan solemnes. Un simple resumen de antecedentes, expuestos tales cuales habían ido llegando entonces a nuestro conocimiento, mediante boletines oficiales y artículos de prensa- bastará para justificar la fe que abrigábamos en la justicia de nuestra causa.
He aquí lo que sabíamos:
Dos pueblos vecinos, que durante largos años se habían llamado hermanos nuestros, rompían de pronto la vieja tradición de confraternidad, firmando entre sí pactos secretos destinados a reducirnos a la impotencia y a arrebatarnos el fruto fecundo de más de veinte años de incesante labor.
En una palabra: el progreso de Chile detenido; una de sus principales fuentes de recursos aniquilada; su porvenir económico, su propia vida, en peligro.
Explicaciones pedidas con lealtad y entereza habían dado por único resultado respuestas evasivas, pretextos absurdos destinados a disimular la verdad con el muy evidente propósito de ganar tiempo para poder, enseguida y en el momento menos pensado, asestamos un golpe mortal y traidor.
Constituyéndose el más débil de esos vecinos en juez y parte al mismo tiempo, hallaba el apoyo interesado del otro, más poderoso, y juzgándose ambos suficientemente preparados para imponernos la ley, resolvían cortar de un solo tajo -¡con gesto a lo Alejandro el Grande!- el nudo que hasta entonces nos enlazaba. Bolivia rescindía «por sí y ante sí» el tratado salitrero solemnemente pactado con Chile desde años atrás.
El 12 de febrero, aniversario glorioso de la batalla de Chacabuco, había llegado a Chile la estupenda noticia que nos hiciera a todos arder la sangre.
Sin embargo, nuestro gobierno trató de negociar. Inútilmente. Fue preciso actuar. La ocupación de las Salitreras y del litoral de Antofagasta, con el propósito de defender los intereses chilenos, fue el primer paso dado en el camino de las reivindicaciones. Desde ese momento había quedado iniciada la militarización del país. Los mineros del Norte empezaron a adiestrarse en el manejo del fusil; nuestra juventud corrió a alistarse en las filas de la Guardia Nacional; nuestros barcos de guerra limpiaron sus fondos; cada cual se preparó para empuñar un arma.
El enemigo, por su parte, «sorprendido», según decía, de tanta audacia, abrió tamaña boca. Se sabe hoy que el general Daza, que recibió la noticia de la ocupación de Antofagasta el 20, se la guardó en el bolsillo durante varios días para no perturbar en La Paz las fiestas de Carnaval y, sobre todo, para no perder el vistoso traje de disfraz que, según parece, le había llegado de Europa esa misma semana con tal objeto.
Pasadas las fiestas, lanzó aquél la noticia, acompañada de proclamas en las cuales nos llamaba «salvajes araucanos», «miserables piratas del Pacífico» y otras lindezas. Al mismo tiempo arengaba a sus 25 generales, 250 coroneles y 900 oficiales, anunciándoles que en menos de sesenta días se hallaría en las puertas de Santiago y nos haría añicos.
Manda, entonces, fuerzas a Calama, a orillas del río Loa. El 23 de marzo tiene allí lugar un encuentro, en el que 500 de nuestros soldados dirigidos por el bravo coronel Sotomayor despedazaban al enemigo. ¡Ha corrido allí la primera sangre chilena! El capitán San Martín -digno de su nombre- cae heroicamente, y junto con él varios soldados de cazadores. Pero nuestro pabellón corona las alturas. Cuatro de nuestros barcos de guerra ocupan las bahías de Cobija y Tocopilla; los boletines, que se suceden sin cesar, nos comunican todo esto, entre vítores y aclamaciones brotados del pecho de nuestro pueblo que aplaude y pide armas para marchar al Norte. Se celebran numerosos mítines patrióticos en Santiago, Valparaíso y los pueblos de provincia, a los cuales responden -no ya los bolivianos- sino sus amigos los peruanos (con quienes aún no habíamos roto hostilidades, ni tenido nada que hacer) con uno «monstruoso» y virulento, celebrado en la Universidad de Lima.
Por lo visto, el Perú trata de mezclarse en nuestros asuntos con Bolivia. ¿Los rumores de pacto secreto entre esos dos pueblos, resultarán, acaso, justificados?...
¡No es posible! El 22 de febrero había salido del Callao, y llegado poco después a Chile, un enviado extraordinario, el señor D. José Antonio Lavalle, con el propósito de asegurarnos que tal tratado no existía, que el Perú deseaba ofrecer su «mediación amistosa» en el conflicto, etc.
Y, a la sazón, se trataba con dicho señor plenipotenciario, se le escuchaban sus argumentos, a pesar de que la vox populi sostenía que todo era argucia, pretexto para ganar tiempo, y que la alianza existía real y verdaderamente. Prueba de ello los mítines celebrados en Lima, los insultos a Chile, el apresto de las fuerzas peruanas de mar y tierra, organizado con febril actividad en todo el país.
Nuestro pueblo clama por que se averigüe la verdad. Se celebran reuniones con tal objeto; el gobierno escucha al pueblo y acosa al enviado limeño, colocándolo entre la espada y la pared; mueve, al mismo tiempo, sus agentes secretos en el Perú, y cuando obtiene la certeza de que las sospechas populares, basadas en datos elocuentes, son efectivas, interpela categóricamente al plenipotenciario evasivo. Éste, colocado en tan apremiante situación, no puede ya seguir negando... y confiesa por fin.
¡El tratado ofensivo contra Chile existe, y existe desde largo tiempo atrás!
El señor Lavalle es despedido.
Al día siguiente la guerra al Perú queda declarada.
Por ley de la República, todo ciudadano apto para llevar armas estaba obligado entonces a prestar sus servicios, aun en tiempo de paz, ejercitándose en la educación militar, a lo menos una vez a la semana, para lo cual existían en 1879 batallones llamados cívicos o de la Guardia Nacional. La juventud más distinguida de la capital formaba parte de su oficialidad, de suerte que, eligiéndose entre los de sus diversos círculos, constituían cuerpos especiales con jefes escogidos, que contribuían a hacer de sus batallones verdaderos grupos entusiastas de amigos íntimos que nada omitían para sostener a porfía el buen nombre y distinción de su insignia.
De allí que desde tiempo atrás se hiciesen notar, sobre todo en los días de las fiestas patrias, las oficialidades brillantes de la Guardia Nacional en las formaciones de gala, tales como el Te Deum, la parada militar del 19 de setiembre en el Campo de Marte, la asistencia en cuerpo al teatro de la Opera en la noche del 18. En esta última ceremonia hacían su entrada al coliseo como lujosa escolta del primer magistrado de la nación y, después, formaban parte del cuadro de la República organizado en el proscenio para dar mayor realce al himno nacional que se cantaba en medio de animación especialísima.
Si hago mención de estas circunstancias, que a primera vista parecerán fútiles, y al criterio de la generalidad pueden dar ocasión de creer que no es este el caso de apuntarlas, por no ser ellas las que más en favor hablen del mérito y seriedad de esos cuerpos militares; si me fijo en cualidades superficiales, en apariencia, es precisamente con el objeto de justificar las palabras memorables de nuestro antiguo y querido jefe, el coronel Amengual, organizador del regimiento Esmeralda y héroe de Puente Buin y Tacna:
Napoleón no pensaba de otra manera cuando llamó a la nobleza de Francia para formar con ella sus más brillantes regimientos. Creía él, y con justicia, que el saber morir está en la sangre de los hidalgos.
El batallón Carampangue era en aquel tiempo el escogido por la juventud santiagueña. Formaban en sus filas, como oficiales cívicos, los más conocidos, sin exceptuar a uno de los hijos del Presidente de la República, que lo era entonces el distinguido ciudadano D. Aníbal Pinto.
Con los primeros ecos de la guerra, la juventud del Carampangue se dio cita, y una hora después, entre el humo del habano y la espuma del champagne acordaba, por aclamación, presentarse al jefe de la República solicitando la movilización y acuartelamiento del cuerpo. Todos pensaban ir al lugar del peligro.
Digno apreciador de este arranque de nobleza, el Presidente accedió a la solicitud, sin que la responsabilidad que probablemente habría de crearle esta concesión ante las familias más relacionadas de la capital y, sobre todo, ante las madres, siempre temerosas del peligro que corren sus hijos, fuera suficiente a hacerle vacilar. Él daba el ejemplo de abnegación autorizando, el primero, a su hijo José María: los demás no podían ser menos generosos. No hubo en Santiago una sola madre de familia que se dejara vencer por el instinto maternal. Se trataba de la patria y semejantes a esas matronas espartanas de que habla la historia, todas despidieron poco después a sus hijos con palabras de aliento, que recordaban las famosas de: «Volved bajo vuestros escudos o encima de ellos».
Lo principal estaba hecho: quedaba terminar el proyecto. La oficialidad lista y equipada, sólo era menester escoger la tropa y llenar el número de ordenanza: mil doscientos hombres.
¿A quién encomendar esta delicada y difícil tarea?
El Gobierno vaciló.
Se necesitaba un jefe distinguido, un militar a las derechas, capaz de convertir en cuerpo de línea, es decir, en un modelo de disciplina y cualidades, en poco tiempo y disponiendo sólo de elementos aún escasos, a esa agrupación de reclutas, excelentes ciudadanos, pero soldados de un día.
Entre los jefes más prestigiosos, se destacaba un veterano septuagenario, inválido de un brazo, pero bordada la manga que lo cubría con el más glorioso de los parches, reliquia que sólo lucían dos nobles sobrevinientes de una jornada excepcional en la historia de la nación. El que en el choque de Puente Buin fue recogido como muerto, aun para los cirujanos del ejército; el que desde tiempos añejos había adquirido renombre especial para enseñar el arte de conquistar galones, el viejo Amengual debía ser incuestionablemente el más a propósito para dar vida y conducir a la victoria al joven Carampangue, con su bizarra oficialidad.
A partir de aquel momento, el coronel (hoy general) Amengual fue declarado su jefe.
Acuartelados y dedicados exclusivamente al estudio de la táctica, mientras otros cuerpos veteranos se embarcaban y formaban la vanguardia de las operaciones, reducidas por entonces sólo a fáciles ocupaciones, gracias al tino de los generales chilenos, que se apresuraban a obrar sin dilación, los soldados del Carampangue hacían rápidos progresos en el manejo del arma, esgrima de la bayoneta, ataques en guerrilla y movimientos por batallones en ejercicios particulares por compañías y tiro al blanco.
Entre tanto los oficiales, que a la par de sus subalternos, se acostumbraban a montar guardias y hacer largas excursiones, ejercicios todos tan opuestos a la fácil y cómoda vida de sociedad, se esmeraban en hacerse antes soldados rasos para ser después verdaderos oficiales. De allí que a todo instante y en los momentos de descanso se les viera con el fusil al hombro, marchando, haciéndose mutuamente competencia en el manejo del arma y su esgrima.
Entre tanto, las noticias del Norte -hasta entonces favorables- se sucedían sin cesar, inflamando nuestro entusiasmo.
El mismo día 5 de abril se había establecido el bloqueo de Iquique. El 12 tenía lugar, frente a la boca del Loa, el combate naval de Chapana, en el que la corbeta Magallanes, al mando de D. Juan José Latorre, batía gallardamente a la Unión, después de afianzar al tope de su mástil de mesana el hermoso tricolor de Chile.
Se destruían los muelles de Pabellón de Pica y Huanillos; se cortaba el cable y se inutilizaba el telégrafo terrestre, que hubiera podido poner en comunicación a los aliados; se hostilizaba, en fin, al adversario en toda forma.
El día 23 de mayo despertamos con el rumor de una infausta nueva.
Nunca olvidaré la honda impresión que en mi ánimo y en el de todo chileno hizo la noticia de la pérdida de la Esmeralda.
La versión primera fue brutal, desesperante; algo así como una angustiosa pesadilla en la que el cuadro de la catástrofe, entrevisto entre sombras, a merced del resplandor fugitivo de un relámpago domina toda otra sensación.
El telégrafo decía sólo esto:
Pero luego vino la ampliación, y con ella la enmienda:
Los detalles no tardaron en llegar, deslumbrantes. El drama había durado tres horas. El mar estaba tranquilo. La ciudad, como el león que teniendo a corta distancia a su débil presa finge que duerme para dar de repente el golpe más rudo, más terrible, fingía también dormir...
Ni el menor ruido daba a entender que sus habitantes, con la vista ávida, clavada en el horizonte y el corazón palpitante de emoción y ansiedad esperaban de un momento a otro el espectáculo del sangriento drama...
Eran las nueve de la mañana. La Esmeralda y la Covadonga se mecían dulcemente sobre las aguas tranquilas de la bahía.
Dos humos se divisaron en el horizonte. Y oyose un grito sobre la cubierta de las gallardas corbetas.
-¡El Huáscar!
-¡La Independencia!
El más profundo silencio siguió a estas exclamaciones de muerte.
Trascurrió una hora.
Se trabó el combate.
¡Combate horrible!...
En medio de los lamentos de los heridos, se percibían mezclados el eco del cañón y de la bocina, el silbar de las balas, el choque del enemigo espolón sobre el débil casco de la sublime nave...
La figura del Héroe, fiera, majestuosa, domina entonces la escena...
Y se oye de repente su voz vibrante y sonora:
-¡Al abordaje!
Luego el disparo de cien rifles, hierro sobre hierro, luego un nuevo choque... poco después un último cañonazo...
Y la nave, destrozada en mil partes, pero con el tricolor chileno llameando siempre al tope del palo mayor, se inclina de proa y húndese suavemente, tras inmenso remolino, en las profundidades del mar.
Todo queda en silencio.
Varios buques de guerra extranjeros -entre ellos algunos de los que habían visitado las aguas de Valparaíso años atrás- presenciaron el homérico combate, proclamándolo, ante propios y extraños, como «no aventajado en heroísmo por otro alguno en la historia de las guerras navales del mundo».
Repuesto el pueblo chileno de las primeras emociones -traducidas en lágrimas de gratitud y en un silencio solemne, casi religioso-, dio rienda suelta a su entusiasmo, hasta entonces contenido, lanzándose bulliciosamente a las calles y plazas para vitorear y bendecir el nombre de sus héroes, enarbolar banderas, iluminar edificios y tributar un ardoroso voto de adhesión al Gobierno.
Oradores distinguidos arengaron al pueblo, ensalzando las virtudes y el sublime sacrificio de nuestros marinos. Se echaron a vuelo las campanas; dianas marciales, hurras frenéticos atronaron los aires; el nombre de Arturo Prat vibró en todos los labios.
Los poetas entonaron himnos en su alabanza, y tal fue el entusiasmo que su gloriosa muerte hizo nacer, aun entre los que no lo eran, que, como prueba de ello, copio a continuación las octavas reales, modesta flor, con que, a mi vez, quise contribuir a la corona poética dedicada a la memoria del ilustre marino.
Estrofas escritas a los veinte años, resiéntense de las incorrecciones propias de la edad y de los defectos inherentes a un gusto literario que empezaba a formarse.
Prefiero sin embargo, no desnaturalizarlas hoy al reproducirlas aquí solo ligeramente retocadas, y como un recuerdo de aquella época:
A PRAT | ||||
| ¡Espíritu inmortal que ya en el cielo | ||||
| Contemplas del Creador la Augusta Alteza, | ||||
| Alma gigante que emprendiste el vuelo | ||||
| Luciente de esplendor y de fiereza! | ||||
| ¡Sublime Prat a cuyo heroico anhelo | ||||
| La patria debe honor, gloria y grandeza; | ||||
| Deja que al labio frío y balbuciente | ||||
| Tus hechos cante y tus hazañas cuente!... | ||||
| ¡Yo veo a la Esmeralda acometida | ||||
| Por el coloso de blindado pecho | ||||
| Que a cada instante nueva y honda herida | ||||
| Abre en su casco, ya pedazos hecho!... | ||||
| ¡Y veo entonces, tu figura erguida, | ||||
| Serena, inmóvil, sobre el puente estrecho | ||||
| Impávida arrostrar las andanadas | ||||
| Que en todas direcciones son lanzadas! | ||||
| ¡Allí, en horrible, aterrador concierto, | ||||
| Se escucha de la bomba el estallido, | ||||
| Los ayes del que gime casi muerto, | ||||
| El triste lamentar de un cabo herido!... | ||||
| ¡Allí se escucha, cual rumor incierto, | ||||
| De la hélice al girar, el sordo ruido, | ||||
| Mezclado al rechinar de los cañones | ||||
| Que giran en abiertos portalones!... | ||||
| ¡Y veo al Huáscar, súbito, ligero, | ||||
| Lanzarse, inmune, altivo, sin coraje | ||||
| Y con su ariete de cortante acero | ||||
| Partir tu nave en su crueldad salvaje! | ||||
| ¡Tu voz, vibrante de entusiasma fiero | ||||
| Oigo entonces gritar i al abordaje! | ||||
| Y mírote, hacha en mano, ¡cruda suerte | ||||
| Buscando al enemigo... hallar la muerte!... | ||||
| ¡Dulce amor patrio, mucho más hermoso | ||||
| Que el tierno amor de madre idolatrada, | ||||
| Eres del cielo agente poderoso | ||||
| Para endulzar la vida infortunada! | ||||
| ¡Por ti se vuelve a Dios el orgulloso!, | ||||
| ¡Por ti abandona su familia amada, | ||||
| Olvida de la paz el ejercicio, | ||||
| Y, ciego el hombre, corre al sacrificio! | ||||
| ¡Has muerto, has muerto, Prat! | ||||
| ¡Ay! cuán temprano. | ||||
| ¡Suele un cáliz en flor perder su esencia! | ||||
| Así lo quiso tu destino humano | ||||
| ¡Cumpliose su decreto sin clemencia | ||||
| Triste decreto! mas ¡llorar es vano, | ||||
| Que el llanto no ha de dar nueva existencia | ||||
| Al que en la lid, muriendo como bueno | ||||
| Cumplió con la divisa del chileno! | ||||
| ¡Has muerto, Prat! | ||||
| Tu cuerpo hoy sepultado | ||||
| En extranjera playa, aquí mañana | ||||
| Será por nuestros brazos trasladado | ||||
| Con regio honor y pompa soberana... | ||||
| Entonces, si se escucha el son pausado | ||||
| La Patria, al recordarte, agradecida, | ||||
| Pronunciará tu nombre conmovida... | ||||
8 de junio de 1879. | ||||
Prat hacía inmortal el nombre de Esmeralda: preciso era obtener la primicia de la idea, por pretenciosa que ella apareciese. Los oficiales del Carampangue se atrevieron a realizarlo. A condición de conservar incólume el nombre de la gloriosa corbeta, cambiaron el de su regimiento por el de Esmeralda.
Hallábame en Valparaíso el 24 de junio -pues aún no me había incorporado a las filas del Esmeralda-, cuando llegaron a ese puerto los marinos de la Covadonga después de la gloriosa jornada de Iquique.
Condell, el vencedor de la Independencia, simpático «muchacho» con el cual, como con muchos otros marinos de aquella época, tuve el placer de cultivar amistad, fue recibido con los honores que se tributaban a los héroes antiguos. Me tocó formar parte de una de las comisiones -la comisión de la juventud- designadas para recibirlo.
No recuerdo haber presenciado en mi vida entusiasmo más delirante. Cuando llegó el ilustre marino al muelle y durante todo el trayecto comprendido entre el sitio del desembarco y la plaza de la Intendencia, lo alzamos literalmente en nuestros brazos, vitoreándolo sin cesar y defendiéndolo al mismo tiempo de que fuera sofocado por la presión de la muchedumbre.
Y luego, al seguir la comitiva hacia la iglesia del Espíritu Santo, una lluvia no interrumpida de flores cayó sobre las cabezas de los bravos que, con lágrimas de emoción en los ojos, se movían en medio de sus entusiastas admiradores, pudiendo avanzar apenas.
Los repiques de campanas, los hurras, se escuchaban de nuevo con la misma vibración sonora con que se habían escuchado el mes anterior, poco después de recibida la noticia de la gran epopeya.
El grumete Juan Bravo, niño de dieciséis años, que se había distinguido en el combate por su sangre fría y por la decisión con que había usado de su rifle, fue objeto de agasajos especiales.
Al poder respirar, por fin, horas más tarde, el intrépido y afortunado comandante de la Covadonga, dentro del ambiente desahogado de un salón de su propia casa, donde nos preparábamos a dejarlo tranquilo, nos decía alborozado y sonriente:
-¡Qué ovación, amigos míos, qué ovación! ¡Más peligro hemos corrido hoy de marearnos, que a bordo de la misma Covadonga!
Entre tanto, la actividad desplegada por el Gobierno en la organización del ejército que debía atacar por tierra a los aliados, desarrollábase cada vez más ardorosa y eficaz. Se instruía a los reclutas, se formaban nuevos cuerpos, se confeccionaba uniformes y se acumulaban pertrechos de guerra.
Hombres y enseres, armamentos, ambulancias, eran transportados enseguida al Norte por la escuadra.
Antofagasta era el punto de cita donde iban reconcentrándose poco a poco nuestras fuerzas.
El Carampangue, cambiado ya su nombre por el de Esmeralda, como lo he dicho, recibía una instrucción especial. Con el objeto de alejar a su joven y brillante oficialidad de los placeres perturbadores de Santiago, se resolvió enviar el regimiento a la provincia de Aconcagua, en cuya capital, San Felipe, quedó acuartelado durante algunos meses, pudiendo allí entregarse con mayor esmero a los ejercicios cotidianos de instrucción y disciplina, que en breve tiempo debían colocarlo al nivel de los cuerpos de línea más afamados del ejército.
Sus dos dignos jefes al coronel Amengual y el comandante Holley, dedicaron a esta tarea todos sus desvelos demostrando en la ocasión tacto y energía al par que espíritu militar.
El enemigo, por su parte, reconcentraba sus fuerzas en Tacna y Arica, fortificábase allí y seguía lanzando proclamas de matamoros.
Prado y Daza reunidos, sumaban sus generales, coroneles y capitanes, y viendo que pasaban éstos de dos mil, juraban que habrían de exterminarnos. Sus campamentos retumbaban con el fragor de retretas militares, hurras, banquetes y ecos de fiestas de todo género, con que fraternizaban incesantemente peruanos y bolivianos.
El Huáscar y la Unión, los dos buques más poderosos del enemigo, se aprovechaban entre tanto de su rápido andar y de la superioridad relativa y momentánea que esta circunstancia les daba sobre los nuestros, para entregarse a correrías más emocionantes que útiles: pero que no dejaban de irritar los nervios de nuestros marinos, obligándolos a preocuparse seriamente del modo de añadir a los barcos de Chile alguna mayor velocidad.
El 10 de julio, entre otras, se tuvo una prueba palpable de la urgencia de esta medida.
El Huáscar, después de haber cruzado impunemente delante de nuestros buques en diversas ocasiones, no sólo de noche, sino de día, burlando luego su persecución, había desaparecido de repente detrás de la isla que enfrenta Iquique. Allí se hallaba fondeado un débil transporte de nuestra escuadra, el Matías Cousiño. El monitor peruano lo ataca. Al ruido de los cañonazos acude la Magallanes. En los primeros instantes, huye el Huáscar, como de costumbre, creyendo tener que habérselas con alguno de nuestros blindados.
Pero, vuelto de su error, regresa y empieza el combate a la luz de la luna llena, que en aquellos instantes surge con esplendor en el purísimo cielo de esa región, ya tropical.
Al eco del creciente cañoneo acude a su vez y a toda prisa el Cochrane, que, como la Magallanes, se hallaba en las cercanías.
Pero inútilmente. Al verlo aproximarse, el enemigo pone proa al Norte y como siempre, favorecido por su andar, desaparece.
Al conocer esta noticia, no pude menos de traer a la memoria, la travesura aquella del colegio con motivo de los buques peruanos y las tortugas de Mr. Bluhm y decirme para mis adentros:
-¡Cáspita!, ¿se habrán trocado, por desventura, los papeles? Nuestros marinos no tienen, en todo caso, la culpa. Han hecho hasta ahora prodigios con el material de que disponen... pero, ¿y ese material?...
La sorpresa y toma del Rimac con el bizarro escuadrón de caballería (carabineros de Yungay) que llevaba embarcado a su bordo, pone un colmo a ese estado de cosas. El pueblo se impacienta, critica, pide lo que parece imposible: dar a nuestros barcos un andar mayor que el de los buques peruanos. En las cuadras de nuestros soldados se murmura de la escuadra: hay descontentos. El tema obligado de las conversaciones es el Huáscar, ese barco andariego, destructor y fugaz, especie de buque fantasma que se va convirtiendo en nave de leyenda...
No se censura siquiera a Grau, su comandante; por lo contrario, se le justifica y hasta se le aplaude:
-En su lugar, haríamos nosotros lo mismo -se dice-. ¡A poner remedio a esto! ¿Qué hacen los directores de la guerra?
La respuesta no debía hacerse esperar.
A fines de agosto se levantó, por fin, el inútil bloqueo de Iquique, y nuestros barcos, por turnos, y a medida que las necesidades del servicio de transporte de tropas lo permitía, fueron entrando en los diques a reponerse y a limpiar sus fondos.
Riveros sucedió a Williams Rebolledo en el mando de la escuadra. El audaz y ya ilustre Latorre pasó al Cochrane; Condell a la Magallanes.
¡La escuadra iba a renacer!
A mediados de septiembre había ya más de tres mil hombres listos para salir a campaña.
El día 30 de aquel mes, ¡fecha memorable!, tuvo lugar, por fin, la tan esperada partida del convoy que debía conducir al Esmeralda, de «Chile viejo» a «Chile nuevo», como llamábamos ya al litoral boliviano.
Al amanecer de la víspera salió el regimiento de San Felipe, acompañado hasta la estación donde iba a embarcarse, por todo su entusiasta pueblo: hombres y mujeres, viejos y niños, con sus autoridades civiles y religiosas al frente, entre los vítores de los unos, las lágrimas de los otros y las bendiciones de todos.
Los pertrechos y la gente a bordo, levada ya su ancla y temblando bajo la presión de sus calderas, nuestro hermoso transporte de guerra sólo esperaba embarcar a su primer piloto para largar las amarras. El convoy expedicionario se componía de doce barcos. La bahía de Valparaíso, de ordinario tan animada, presentaba aquella tarde un aspecto aún más interesante y pintoresco: multitud de pequeñas embarcaciones repletas de gente surcábanla en todas direcciones, deteniéndose a su paso alrededor del crucero cuyas cubiertas y entrepuente se veían animados por el confuso vaivén de miles de soldados que tomaban posesión de sus respectivos sitios, arreglándose ordenadamente por grupos de compañías en toda la extensión disponible del buque.
Fleteros y patrones de bote, marineros del resguardo, obreros de distintas clases, mujeres, niños, todo un pueblo bullicioso se agolpaba a los costados del transporte, y con animadas frases y sentidas exclamaciones de cordial despedida, daba sus últimos adioses a los defensores de la patria que partíamos al lugar del peligro con la alegría en el corazón y el entusiasmo en el semblante.
Los ancianos, sin embargo, menos optimistas, dejaban rodar lágrimas silenciosas al pensar que tal vez verían por última vez esos semblantes queridos de hijos cariñosos, único consuelo de su vejez enfermiza, consuelo a que renunciaban gustosos sacrificándolo en bien de la honra de la patria amenazada. ¡Sublime abnegación, propia sólo de corazones nobles como ésos!
La escala de costado permanecía aún izada y por ella descendían los privilegiados que hasta el último momento habían podido permanecer al lado de los suyos.
Sobre las toldillas más elevadas, y en el recinto de popa, los oficiales con el rollo colgado aún a la espalda y el fiador calzado a la barbilla; alegres y decidores los unos, pensativos y melancólicos los otros: éstos, recostados sobre la jarcia al pie del cabrestante; aquéllos, paseándose de babor a estribor; todos, cual más, cual menos, formábamos proyectos de gloria sobre horizontes indecisos a que daban forma y colores mil ideas fantásticas y siempre románticas en tales ocasiones.
¡Y, sin embargo, no había uno solo de nosotros que, momentos más tarde, al sentir hundirse bajo sus pies el puente de la nave, balanceada fuera ya del abrigo de la bahía por brisas de alta mar, no se encontrase asaltado por una idea triste!
Partir a la guerra, decir adiós, quizás para siempre, a los placeres de una vida de dulce bienestar; trocar el embriagador murmullo de los salones de baile y su atmósfera voluptuosa por el fragor del combate y el humo de la pólvora; abandonar, dejándolos sin más guardianes que el recuerdo y la esperanza, amores e ilusiones, ambiciones y triunfos; haberse sentido libre, dueño, y pasar de repente a subalterno y dependiente; cambiar, en una palabra, de carácter, de ser, por decirlo así, ¿no era esto una dura prueba de la que salían vencedores el patriotismo y el deber en lucha con la naturaleza?
Las últimas siluetas de los cerros que forman la ensenada, en aquella parte de la costa, se habían ya borrado entre el velo de la bruma y la creciente oscuridad de la tarde, cuando me retiré del lugar que conservaba desde el instante de zarpar.
El agua azul de esas regiones se hacía más y más fosforescente y el casco de la nave, en su rápida carrera, trazaba sobre ellas el surco luminoso de su estela gigantesca.
¡Cuántas ideas se agolparon en mi mente durante aquellas horas que jamás olvidaré!... ¡Cuántas ilusiones para lo futuro, que tal vez, ay, se desharían como se deshacían entonces a mi vista las espumas encendidas de las olas!...
Eran más de las ocho cuando me decidí a bajar a la cámara. Al abandonar mi sitio predilecto sentí por primera vez el frío penetrante de la noche. Tan abstraído había estado hasta ese momento en mis ideas, que sólo entonces me encontré verdaderamente a bordo. Mientras había permanecido en la popa me parecía aún vivir la vida de siempre, poetizada por la belleza de un paisaje nuevo y, ante la inmensidad del mar, no tenía ocasión de apreciar la estrechez desesperante de mi nueva morada.
Y a la verdad que, lejos de la tierra querida, cuando mirando más allá del espacio real que palpamos, sólo vemos infinitos eternos y monótonos de cielo y agua, nos parece aquél tan pobre y reducido, que no podemos menos que considerarnos como encarcelados en un mundo microscópico.
Todo ese pequeño mundo, pues, de soldados aglomerados los unos sobre los otros, de marineros, oficiales y sirvientes debía serme conocido con sólo una mirada.
No me quedaba, por tanto, nada importante ni que atraer pudiera mi atención sobre cubierta. La soledad de mi camarote me tentaba más que el laberinto del puente y se amoldaba mejor al estado de mi ánimo.
Después de dar una vuelta por los compartimientos de proa y asomarme un instante a las claraboyas de la máquina, agitada por la fuerte presión que hacía palpitar y silbar los émbolos, bajé, no sin dificultad, las escaleras que conducían a la cámara de pasajeros y me encerré en mi camarote.
Para no extenderme en la relación de mi vida de a bordo, cansada y monótona como lo es siempre, vuelvo a la ligera, sin detenerme en ellas, algunas de las páginas de mi cuaderno, en las cuales hállanse religiosamente anotadas, día por día, mis impresiones de navegante.
Para la mayoría de los que han viajado no tendrán, en efecto, novedad alguna las reflexiones sugeridas por la contemplación de los grandiosos panoramas del mar. Sólo diré, pues, que siempre las primeras luces del alba me encontraban ya sobre cubierta, forrado en mi pesado capote de capuchón y pieles, paseándome y respirando la dulce brisa impregnada de frescas y deliciosas sales. De cuando en cuando una vela, a veces muy próxima, destacábase en el horizonte; ¡y era hermoso entonces ver cómo los rayos del sol la doraban con sus tintas amarillas!
En otras ocasiones eran las sinuosidades de la lejana costa las que llamaban nuestra atención por sus caprichosas ondulaciones que afectaban formas fantásticas de seres reales o imaginarios. Los peces voladores pasaban a veces rozando el costado del buque en bandadas numerosas que parecían de diamante, iluminadas por el reflejo de la luz solar sobre sus escamas brillantes. Ora era una sábana inmensa de infusorios rojos como sangre que pintaban la superficie de las aguas: ora un lobo colosal que lejos, muy lejos, perseguía su presa asomando a trechos mitad del cuerpo fuera de su elemento natural.
Todos estos cuadros, nuevos para mí, eran descritos de la mejor manera posible en mi cartera de apuntes, sin que dejase pasar uno solo.
El tiempo se mataba a bordo entre la charla y la lectura sobre el puente, o el jaleo en la cámara; esto último, gracias al clásico piano, mueble de rigor en ese departamento y que algunos oficiales ponían en tortura.
A falta de bello sexo el baile se hacía, aunque un tanto chacotero, con parejas del propio, que tanto da como decir del feo. Lo demás del tiempo lo empleaban los que tenían obligaciones en atender al rancho de la tropa y vigilar por el orden.
Si me fuera dado hacerlo aquí, no dejaría también de anotar entre las distracciones más frecuentes la de permanecer algunos momentos cerca del espacio reservado a los soldados para escuchar desde allí su algarabía y reflexiones.
Campesinos rudos la mayor parte de ellos y en absoluto novicios, por tanto, en la navegación y aun en la vista del mar, se entregaban a comentarios tan cómicos y curiosos que hasta el más serio de los que tenían la fortuna de oírlos le habría sido difícil contener la risa.
¡También ellos, honrados y valientes corazones, tenían sus proyectos y daban rienda suelta a los sentimientos del alma! ¡Cuántos, pensaba yo, de los que en estos momentos, alegres y chanceros, cantan las canciones y tonadas de su provincia natal, quedarán muy pronto tendidos, víctimas del deber, en el suelo extranjero que por primera vez van a pisar!
Pasando por alto otros detalles de la vida flotante, llego al punto en que el primer batallón del regimiento Esmeralda hizo su desembarco, tranquilo y sin resistencia, en el puerto de Antofagasta. Sin hacer alto tampoco en él, ni en la relación de nuestro género de existencia durante un mes de campamento, sólo dejaré constancia de que el servicio de guardias y avanzadas nos fue de mucha utilidad para acostumbrarnos a los rigores de aquel clima y a las fatigas del ejercicio por batallones y compañías en la pampa arenosa del desierto.
El orden más completo reinaba en la guarnición, recorrida durante sus noches por patrullas que interrogaban a su paso a todo individuo o grupo sospechoso, previniéndole con el «¡quién vive!» de ordenanza, a que seguía la operación de tomar el santo y seña, reclamado con bayoneta al pecho.
Esta ceremonia me pareció al principio imponente y fue mi verdadero estreno como oficial de infantería.
No puedo menos que recordar con cuánto empeño repetía en la memoria la clave que se me daba al salir del cuartel al mando de patrulla en el segundo relevo de la noche.
Cruzando la población con mi piquete de soldados estaba obligado a pedirla a las demás patrullas que encontraba, o darla si era interrogado antes, o si pasaba por frente a algún cuartel. Dios y Patria fue la primera, y estas sencillas palabras, de tan alta importancia en aquella ocasión, habrían parecido a cualquiera que me escuchara repitiéndolas incesantemente en la memoria, ser para mí en chino o japonés, tal era el temor que tenía de olvidarlas y arrostrar las consecuencias de ese olvido. ¡Era aquello el «Sésamo: ábrete» de la fábula! Confieso que sólo por no parecer ridículo ante mi jefe no las escribí en un papel antes de salir, cuando me las trasmitió. ¡Y cuán natural no era, sin embargo, una emoción semejante en tales circunstancias!...
Otra de las cosas que me hizo honda impresión fue el ver aplicar por primera vez la pena de azotes, siendo yo el encargado de presidir su ejecución. La víctima era un soldado acusado de ebriedad y al cual, por vía de correctivo, se le administraban cincuenta varillazos al son de caja, como se estila en tales ocasiones.
Los lastimeros quejidos del infeliz dejaban impasibles a los cabos y sargentos, habituados ya a tal espectáculo, a la vez que hacían estremecer las más delicadas cuerdas de mis sentimientos compasivos. Si me hubiera dejado llevar por ellos, habría renunciado a mis galones en aquellos momentos. Y más tarde, ¡cuánta diferencia! ¡Cuán insignificante no apareció a mi severidad de soldado -como oportunamente tendré ocasión de narrarlo- esta pequeña prueba, comparado a los horrores del campo de batalla, a los cuales, siguiendo esa ley que hace al fin del hombre un animal de costumbres, llegué a habituarme como a lo más corriente!...