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Citaré a sor Juana por Alfonso Méndez Plancarte, ed. (vols. 1-3), y Alberto G. Salceda (vol. 4), Obras completas de sor Juana Inés de la Cruz (México: Fondo de Cultura Económica, 1951-1957), por número de obra y verso(s) o, si es prosa, por obra y página.

 

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Al juego de voces simultáneas el teórico ruso le da diversos nombres: el «diálogo oculto», el «entrecomillar» (quoting), la heteroglosia, la «palabra interiormente persuasiva» y «microdiálogo».

 

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Wendell V. Harris (445-58) recoge muchos enunciados de Bajtín para resumir su concepto de la polifonía de esta manera: el fenómeno de la palabra ajena ambivalente (double-voicing) es dramatizado, tanto en el nivel psicológico como en el narrativo, por marcadores lingüísticos, ideológicos e ideolécticos que señalan la hibridización discursiva (el microdiálogo). Ésta es la voz que manifiesta matices del «otro» tenido en cuenta (o, literalmente, tenido en mente); tal «lucha de voces» refleja la polifonía, o las cosmovisiones simultáneamente expresadas. Lingüística e ideolécticamente, esta polifonía encubierta puede manifestarse en el bilingüismo o el uso de un habla que marca cierta clase o categoría social (lo que Bajtín denomina «géneros discursivos»). La heteroglosia que resulta es la señal visible de la polifonía ideológica.

 

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Citaré a Bajtín por los cuatro libros suyos enumerados en la bibliografía. En mi texto y en notas subsecuentes los citaré, respectivamente, por las siglas: CP, DI, ECV y PPD.

 

5

El término bajtiniano «re-acentuar» se refiere a la «recepción» de un texto por distintos lectores en distintos momentos históricos.

 

6

Bajtín insiste que en la literatura carnavalizada «la tendencia a la dualidad... se afirma en todo lugar» y que se oye en «la vieja palabra de doble tono» que es «el reflejo estilístico de la antigua imagen bicorporal» (andrógino) (CP 290, 391). Asimismo se detecta la dualidad carnavalesca en la afinidad del género serio-cómico por el bilingüismo y la pluralidad de estilo y tonos (PPD 152 72).

 

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Bénassy-Berling observa que sor Juana debe su preferencia por los emblemas tanto a las influencias indígenas de su infancia como a las tendencias barrocas (29). J. Franco juzga que la monja no practicó la inversión carnavalesca de lo alto y lo bajo ni opuso un «cuerpo grotesco» al cuerpo clásico del estado. La escritora, dice, más bien se limitó a señalar, de vez en cuando, su condición de mujer o a adoptar la subjetividad impersonal o masculina (28-29). El discurso bifurcado de Paz es el más carnavalizado sobre la cuestión. En un momento la aparta de la vertiente popular y además le niega un sentido de humor (374-75, 396); en otro momento comenta en detalle la fusión de lo culto y lo vulgar, lo profano y lo sagrado, lo sencillo y lo complejo que colocan a los villancicos y autos sacramentales de la escritora en la línea directa del heteroglótico festejo popular (405-30, 447-68). Asimismo, con su análisis detenido del hermetismo neoplatónico (210-41, 469-507), filosofa que también se arraiga en la imagen popular del cuerpo cósmico, Paz liga, tal vez involuntariamente, la obra sorjuanesca con la propia esencia de la antropocéntrica dualidad carnavalesca.

 

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Véase Blanco 2: 75-77; Bénassy-Berling 122-23, y Paz 337-38, quien habla de «la momificación del saber» en la Nueva España (339).

 

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Por otra parte, sus quejas comprueban la observación sagaz que su ídolo hace en el romance que comencé por citar: Méndez Plancarte figura entre los admiradores de sor Juana que tienden a formar una imagen de la monja y querer que ella la justifique.

 

10

Véase Chávez y Méndez Plancarte sobre su misticismo y Lavrín sobre la victoria de «la monja modelo» por sobre la escritora atípica; Paz, especialmente, y Pascual-Buxó sobre su hermetismo; y Arenal, Bénassy-Berling, Blanco, Sabat-Rivers y Paz, entre otros, sobre su feminismo; Pfandi sobre la supuesta psique enfermiza de sor Juana.

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