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ArribaAbajo-IX-

Línea del Norte


DE LA PUERTA DEL SOL A LA DE BILBAO.

Volviendo a nuestros paseos después del episodio que nos hemos permitido en el punto central de la Puerta del Sol, seguiremos ahora la línea septentrional, que tiene por límites las puertas de Santa Bárbara y de Bilbao (antes de los Pozos), comprendiendo al paso (para no dejarnos nada rezagado) la calle del Carmen, que parte del mismo punto y en la propia dirección hasta el postigo de San Martín, donde nos encontramos ya con el antiguo arrabal que antes describimos.

De las demás calles que parten de aquella plaza en todas direcciones hasta la de los Preciados inclusive, ya queda hablado en los capítulos respectivos, restándonos solamente hacer mención de las dichas del Carmen y de la Montera y sus traviesas hasta la de Jacometrezo inclusive, que enlaza la nueva población con dicho antiguo arrabal.

Hoy estas calles, importantísimos puntos mercantiles y favoritos del capricho y de la moda, son para Madrid lo que las calles Vivienne y de Richelieu para París, con la notable y sensible diferencia de que allí los preciosos objetos y mercancías que las decoran y embellecen son fruto de su industria indígena, mientras las de Madrid   —130→   ya citadas no ostentan, por lo general, otra cosa que las ricas manufacturas extranjeras.

Calle de la Montera.

La Red de San Luis.

Parroquia de San Luis.

Hasta la misma población de estas calles es exótica (especialmente la de la Montera), compuesta en su mayor parte de naturales de Francia y otros países, aunque avecindados en Madrid. El lujo y multitud de los almacenes y tiendas de comercio en que están convertidos hasta los mismos portales de las casas; la infinidad de muestras o enseñas de las sastrerías, modistas, peluquerías, sombreros y tiendas de telas y quincalla, que cubren literalmente las ventanas, los balcones, las fachadas casi todas; la animación consiguiente a este inmenso movimiento mercantil, y aun la misma forma de esta hermosa calle, en suave pendiente desde su principio hasta la Puerta del Sol, ostentando en su centro una fuente moderna, inaugurada en 1833, aunque de forma impropia de aquel sitio (ya ha sido derribada), todo esto reunido contribuye al conjunto y especial fisonomía de esta interesante calle madrileña. -El nombre de la Montera, que llevó desde los principios, quieren algunos que sea corrupción de la Montería, por ser el sitio por donde salían para las grandes monterías o cazas; y otros la atribuyen a cierta beldad que habitaba en ella en el siglo XVI, y era esposa del montero del Rey. -Contiguo a la fuente, el sitio que media hasta cerca de la parroquia de San Luis sirvió en los siglos XVII y XVIII para la venta del pan, cuyos puestos o tinglados tenían delante una red defensiva, de que lo ha quedado al sitio el nombre vulgar de la Red de San Luis. Posteriormente, y hasta hace pocos años, ha habido cajones para la venta de carnes, verdura y frutas, que se han quitado muy acertadamente de allí. -La parroquia de San Luis, obispo, que se alza en el comedio de esta calle, fue erigida en 1541 como aneja de la de San Ginés, hoy es una de las principales de Madrid, y su templo,   —131→   construido a fines del siglo XVII, es de los más espaciosos y concurridos, aunque no tiene nada notable bajo el aspecto artístico. La portada es obra del corruptor don José Donoso, a quien se atribuye también el pesado ornato churrigueresco del retablo del altar mayor.

El Carmen Calzado.

Travesía.

Entre esta calle de la Montera y la del Carmen desde la Puerta del Sol hasta la calle de Jacometrezo, la industria mercantil va invadiendo y monopolizando el sitio todo, en términos que apenas queda ya resto alguno de las antiguas construcciones que pudieran tener algún interés histórico. El único acaso que sirve de excepción es la iglesia del Carmen Calzado, y su convento, destinado hoy a las oficinas de la Deuda del Estado. -Ya dijimos en su lugar que la casa mancebía pública, que estaba a principios del siglo XVII, en el sitio donde ahora el palacio de los condes de Oñate, se mandó trasladar a ese punto por Real cédula de Carlos I, fecha 28 de Julio de 1541, lo cual se verificó comprándose para ello por la villa un sitio que tenía Juan de Madrid, mercader, y estaba a la cava de la Puerta del Sol, donde se construyó la nueva casa de mujeres públicas. Pero más adelante, y habiendo ingresado este sitio dentro de la población y formándose una nueva calle, fueron expulsadas de él en el reinado de Felipe II, y designado para la fundación de un convento e iglesia de religiosos calzados de Nuestra Señora del Carmen, lo cual se verificó, diciéndose la primera misa en 17 de Enero de 1575. -Es un templo muy espacioso y concurrido sobremanera y aunque poco notable. El convento contiguo es de creer que por su estado desaparezca muy pronto, dando lugar al ensanche de la plazuela-mercado y calles contiguas.

Calle de Jacometrezo.

Entre dicha calle del Carmen y la de Jacometrezo están las traviesas de los Negros, miserable callejuela, que se convertirá pronto en una continuación de la nueva de   —132→   Tetuán, o en una elegante galería de cristales; la de la Salud y del Olivo, altas y bajas, las de San Jacinto, del Horno de la Mata, de Chinchilla y de la Abada (que recibió este nombre a causa de una abada o rinoceronte hembra que trajeron del Brasil y enseñaban en ella unos portugueses), y en todas ellas no hay un objeto digno de mención especial58. -La de Jacometrezo, una de las más pasajeras, estrechas y peor cortadas de Madrid, fue llamada así a causa del célebre escultor y lapidario de Felipe II Jácome de Trezzo, natural de Milán y autor de la famosa obra del tabernáculo del Escorial, que habitó en dicha calle, en la casa de su propiedad, construida por Juan de Herrera en el sitio que ocupa hoy la del número 15, que es moderna; la antigua de Jácome Trezzo no tenía más que un solo piso, y fue después que de Jácome, de Juan Bautista Bordelasco, milanés también; luego de Juan Escarafigo, Juan Valdivieso y Juan Bautista Justiniano; y en el siglo pasado perteneció a D. Pedro Saavedra Fajardo Barnuevo y Villarasa. Alguna otra casa antigua existe en dicha calle, aunque reformada, tal como las del mayorazgo de Horcasitas, a la plazuela de Mariana y calle de Hita, de los Marqueses de Villadarias; las del mayorazgo de Rivadeneyra y de Ibáñez de Segovia (Mondéjar) con vuelta a la de la Verónica, y la   —133→   del Duque de Solferino a la de Tudescos no existen ya, ni tampoco otras que han sido sustituidas recientemente por nuevas construcciones.

Calle de Hortaleza.

Casa de Astrearana.

Las calles paralelas de Fuencarral y de Hortaleza, que van desde la de la Montera a terminar en los límites Norte de la villa, presentan a su entrada, dando frente a dicha calle de la Montera, un prolongado trapecio, que por su posición ventajosa (después de la del Buen Suceso, la más preferente de Madrid), por su forma regular y considerable, merecía bien haber sido escogido para un edificio público y de grande importancia; pero desgraciadamente lo fue a mediados del siglo último por D. Pedro de Astrearena, marqués de Murillo, que reunió también las contiguas de Apodaca y del Marqués de la Vera, formando una sola sobre aquella extendida superficie de 32.000 pies, con tres enormes y poco elegantes fachadas, que han dado lugar al dicho vulgar de los madrileños para caracterizar todas las cosas de mayor apariencia que fondo relativo: la casa de Astrearena, mucha fachada y poca vivienda. Especialmente es de sentir que continuase dicho edificio con los dos adjuntos ya citados, por cuyo sitio debía prolongarse utilísimamente la calle de San Miguel a dar frente a la del Desengaño y de la Luna, comunicación tan necesaria entre los barrios al Oriente y Norte de Madrid.

Calle de Hortaleza.

San Antonio Abad.

Las Recogidas.

Santa Bárbara.

El Saladero.

La calle de Hortaleza renovada como su paralela la de Fuencarral, casi del todo en estos últimos años, apenas ofrece ya edificios de interés histórico. -El convento de padres agonizantes de San Camilo de Lelis, que daba frente a ambas, ha sido sustituido con casas particulares; las demás de los antiguos mayorazgos todas están reformadas o han desaparecido igualmente; y de edificios públicos, sólo merece mención el extenso Colegio Calasanzio de padres de las Escuelas Pías, fundado en 1753, y san Antonio   —134→   su templo, bajo la advocación de San Antonio Abad, vasto y suntuoso edificio aquél, donde reciben esmerada educación literaria un número considerable de niños de las primeras familias de Madrid en clase de pensionistas, y la primaria más de setecientos de las clases menesterosas, gratuitamente. -Frente de este colegio está la casa Real titulada de Santa María Magdalena de mujeres arrepentidas, vulgo Recogidas, trasladadas a este sitio desde el Hospital de peregrinos, en 1623, y su modesto templo; de cuyo establecimiento, a fines del siglo pasado, fue capellán y rector el sencillo y popular poeta D. Francisco Gregorio de Salas, que vivió y murió en el cuarto bajo de dicha casa. -Al fin de la calle se alzaba, hasta hace pocos años, el convento de mercenarios descalzos de Santa Bárbara, fundado en 1612 sobre el sitio que ocupaba la antigua ermita de aquella santa, y contigua a él existió la casilla y huerta que ocupó la beata Mariana de Jesús, y en que falleció en 1624. Los restos de la iglesia y convento, después de haber sido destinado a fábrica de fundición y extendida huerta, han desaparecido del todo, para dar lugar a la construcción de casas particulares y rompimiento de nuevas calles, que forman hoy una extensa y elegante barriada. -Frente de este convento, en unos inmensos eriales propios de la villa, en el dilatado espacio de más de 155.000 pies, se levantó, a fines del siglo pasado, y con destino a la matanza y saladero de carnes, el sólido edificio que hoy sirve para cárcel pública, y sus accesorios para el ramo de la limpieza; terminando la calle con el mismo antiguo, mezquino y ridículo portillo (hoy derribado) que daba salida a la ronda y caminos de la Fuente Castellana, muy parecido, si no es el mismo, que aparece ya pintado en el plano de 1656.

Calle de Fuencarral.

Casa de Moratín.

Casa del Conde de Aranda.

La otra calle, llamada de Fuencarral, está aún más   —135→   completamente renovada y aprovechada por las nuevas y elegantes construcciones particulares, habiendo desaparecido casi del todo el antiguo caserío que, por otro lado, carecía de importancia y de monumentos públicos, religiosos ni civiles; siendo en este punto, aunque una de las calles principales de Madrid por su extensión de 3.676 pies, y el número de sus casas, que llega al 103 por la izquierda y 92 por la derecha, con población de 3.057 habitantes, la única acaso que no cuenta en su recinto una sola iglesia, ni más edificio público que el Hospicio de San Fernando. -Pero las casas modernas en general son importantes, aun algunas que quedan de los siglos anteriores, como la del Marqués de la Torrecilla, que antes fue el de Montellano (número 55 nuevo), frente a la calle de Santa María del Arco, y la antigua del Marqués de Nava-hermosa; la que fue del Marqués de la Mina y vivieron en nuestros días el de Ariza y la Duquesa de San Fernando, y alguna otra, no desdicen de las modernas de los duques de Veragua, esquina a la de Santa María del Arco; las construidas sobre el solar de los Agonizantes, la del Marqués de Morante (antes del Conde de Cedillo), esquina a la calle de San Mateo, y otras. La pequeña casa número 8 antiguo fue mandada construir a principios de este siglo por D. Leandro Fernández de Moratín, y en ella vivió durante los últimos años de su residencia en Madrid, hasta 1813. La dirigió su amigo el arquitecto don Silvestre Pérez, y sólo tenía piso principal, con dos ventanas antepechadas; hoy se halla renovada, con dos pisos y dobles balcones, y señalada con el número 17 moderno. -La que fue del famoso ministro de Carlos III Conde de Aranda, y sirvió en nuestros días de cuartel de infantería, ha sido demolida recientemente, presentando una superficie de 35.275 pies, aprovechada para construir el nuevo edificio del Tribunal de Cuentas.

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El Hospicio.

Los Pozos de la Nieve.

Jardín de Bringas.

Puerta de Bilbao.

Frontero de este sitio se trasladó, durante la minoría de Carlos II y la regencia de su madre doña Mariana de Austria, el hospicio fundado en la calle de Santa Isabel por la congregación del nombre de María; pero el extenso edificio actual es obra del siglo XVIII, haciéndose notable, aun más que por su solidez y espaciosidad, por la extravagante y famosísima portada con que plugo decorarle al célebre arquitecto D. Pedro Rivera, y que viene, siendo desde entonces el tipo más señalado del extraño gusto que se apellidó churrigueresco. En cuanto a la importancia y régimen interior de este grande establecimiento, primera casa de socorro de Madrid, sería largo importuno detenerse a reseñarlos, cuando son generalmente conocidos, y en el día puede ser citado como modelo de buena administración. -La calle de Fuencarral termina por su derecha con la extendida posesión donde están los pozos de la nieve, que llega a tocar por el paseo de la Ronda con la no menos extensa del Saladero, y por la izquierda concluía la calle con casa y jardín, construida a principios del siglo actual por D. Francisco Bringas, público sitio de recreo hace pocos años bajo el nombre de Jardín de Apolo, que comprendía en su cerca toda la antigua manzana 478. Hoy este jardín está ocupado por suntuosos edificios modernos. Entre ambas posesiones se alzaba en el mismo sitio la antigua puerta de los Pozos de la nieve, la moderna de fines del siglo último, apellidada actualmente de Bilbao, que era de forma muy regular, y ostentaba en sus dinteles las honrosas cicatrices ocasionadas por la artillería de Napoleón en los primeros días de Diciembre de 1808.

Calle de San Mateo y otras.

De las calles traviesas entre ambas de Fuencarral y de Hortaleza, sólo la espaciosa de San Mateo tiene alguna importancia, y principalmente por el antiguo cuartel que fue de Guardias españolas de infantería, que comprende   —137→   54.550 pies de sitio, y hoy sirve para los cuerpos de la guarnición. Las demás calles traviesas, llamadas antiguamente de Santa María la Vieja, ahora travesía de San Mateo, de San Lorenzo, de Santa Brigida, de San Juan (ahora de la Farmacia), de San Pedro y San Pablo (hoy de Hernán Cortés), del Arco de Santa María, del Colmillo y la del Piojo (ahora continuación de la de las Infantas), no ofrecen ningún objeto digno de mención especial.




ArribaAbajo-X-

Porta-Caeli y Maravillas


Comprendemos bajo esta denominación el extenso distrito encerrado entre las calles de Jacometrezo, Fuencarral y Ancha de San Bernardo, hasta la plazuela de Santo Domingo.

Puebla de Juan de Victoria.

Dicho distrito está dividido por mitad en toda su extensión desde esta plaza por las calles de Tudescos y Corredera alta y baja de San Pablo hasta su término en la puerta de Bilbao; y una y otra mitad, o sea el distrito entero, no tiene más antigüedad que la de mediados del siglo XVI. -La parte de la derecha, comprendida entre las calles de Fuencarral y las Correderas, fue formada, según noticias fidedignas, en dicha época, a consecuencia de la venta hecha por D. Juan de Victoria Bracamonte, en 7 de Noviembre de 1542, de unas tierras que tenía en el arrabal de Madrid, fronteras al camino de Fuencarral, cediéndolas a censo por diez ducados perpetuos de oro al año, y reservándose un pedazo para labrar casa   —138→   para él, como lo hizo en la calle que tomó su nombre de la Puebla Vieja de Juan de Victoria. Posteriormente, un hijo suyo del mismo nombre, en 17 de Agosto de 1597, concedió su licencia para dividir dicha tierra en noventa y cinco solares, con el censo anual de dos reales y una gallina, y con la condición de que habían de edificar en ellos casas bajo la traza que diere el alarife Francisco Lozano, cuyo censo viene pesando todavía sobre la mayor parte de las casas de dicha procedencia. Estos solares fueron en gran parte los que vinieron a formar las calles del Desengaño, Valverde, Barco, Olivo, Jacometrezo, Horno de la Mata y Corredera baja de San Pablo, hasta la de San Joaquín. -En 1589 consta que de estos noventa y cinco solares poseía una parte el escribano Diego de Henao, y que fue uno de los que con los Victorias emprendieron esta puebla y construcción, habiendo edificado la tercera, cuarta y quinta casa de la Corredera de San Pablo, con accesorias a una callejuela, que recibió, por esta razón, su apellido, y hoy por corrupción se llama calle del Nao.

Monasterio de San Basilio.

Calle del Desengaño, Valverde y Barco.

Poco a la verdad de interesante ofrecen todas estas calles bajo el punto de vista histórico y artístico. -De los edificios públicos en ellas construidos, el más considerable era el convento e iglesia de monjes de San Basilio, que se trasladaron a él en 1611 desde el sitio primitivo de su fundación, que era un cuarto de legua de Madrid, junto al arroyo de Abroñigal. Durante las exclaustraciones anteriores sirvió esta iglesia de parroquia de San Martín, y después de la de 1836 fue, con el convento, cuartel de artillería de la Milicia Nacional, después Bolsa de Comercio, y después, vendido este edificio y verificada en él una completa transformación, dio cabida al teatro llamado de Lope de Vega, a un molino de chocolate al vapor, a una imprenta, un café, un taller de   —139→   coches y diversas habitaciones particulares59. La calle que corre por delante de él se llamó en un tiempo de los Basilios, y no sabemos desde cuándo ni tampoco por cuál razón le trocó después por el expresivo del Desengaño. Ignoramos también el origen de las contiguas de Valverde y de la Ballesta; pero el de la del Barco le hallamos perfectamente justificado con la figura que forma su pavimento, igual a la del casco de un buque.

Porta-Caeli.

El otro convento de clérigos menores de San Felipe Neri, llamado de Porta-Caeli, y situado al extremo de dicha calle del Desengaño, fue antes de los padres dominicos del Rosario y destinado, en 1613, a aquéllos, cuando vinieron huyendo de los levantamientos de Portugal y Cataluña; pero el templo actual, que hoy sirve de parroquia de San Martín, es moderno, construido en 1725, y nada tiene de particular.

Monjas de don Juan de Alarcón.

San Antonio de los Portugueses.

Entre las calles de la Puebla y de Valverde está el monasterio de monjas mercenarias descalzas conocidas por nombre de D. Juan de Alarcón, venerable sacerdote a cuyo cargo corrió la fundación del mismo, verificada en 1609 a expensas de doña María Miranda, señora ilustre, natural de Burgos; el templo, concluido a mediados del siglo XVII, es poco notable, y en él se conserva el cuerpo del venerable fundador, y posteriormente se ha trasladado también el de la Beata Mariana de Jesús. -Al otro extremo de dicha calle de la Puebla, y formando exclusivamente la manzana 371, está el hospital e iglesia llamados de San Antonio de los Portugueses, y actualmente de la Santa Hermandad del Refugio. Dicho hospital fue fundado por Felipe III para los naturales del reino de Portugal, y después de la separación de éste, quedó ampliado   —140→   para los alemanes; y la hermandad del Refugio (a quien se concedió en 1701 el patronato y administración de esta Real casa e iglesia) tiene a su cargo, no sólo el sostenimiento de este piadoso hospital, uno de los más importantes establecimientos de beneficencia con que cuenta Madrid, sino también el colegio de las niñas huérfanas propio de su instituto, y el suntuoso culto en la iglesia de San Antonio de Padua, que es uno de los templos más lindos y decorados, y está soberbiamente pintado al fresco por Lucas Jordan, Rizzi y Carreño, y enriquecido con bellos retablos, cuadros y esculturas.

La Corredera.

Calle de Silva y otras.

Las Correderas alta y baja de San Pablo, cuya línea continúa después la estrechísima calle apellidada (no sabemos por qué) de los Tudescos, hasta la plazuela de Santo Domingo, nada nos ofrecen de particular; y entre esta extensa línea y la paralela trazada por la calle Ancha de San Bernardo media la otra importante barriada de calles espaciosas en general, y bastante rectas, en la misma dirección, y sus traviesas. La más importante de aquellas es la llamada de Silva, en la que está la modesta iglesia y hospitalito de la parroquia de San Martín titulado de la Buena Dicha; por entre esta calle y la de San Bernardo hay un laberinto de callejuelas angostas y mezquinas, tituladas del Perro (que es la más estrecha de Madrid, como que no tiene más que ocho pies de latitud y no había en toda ella un solo portal), del Pozo, de la Justa, de la Cueva, de Peralta, de la Flor Alta, de la Estrella y del Clavel (ahora traviesa de Altamira), que formaron parte de la Puebla Nueva, verificada en el mismo siglo XVII por don Juan de Peralta, del que hablaremos después60.

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Calle de la Luna.

La calle de la Luna, que atraviesa horizontalmente con la del Desengaño este distrito, es muy importante por su situación; pero no cuenta tampoco monumentos públicos, y sí sólo algunas grandes casas, como la del Conde de Sástago, número 46, en que estuvo el antiguo banco de San Carlos, y después un teatrillo llamado de Buena vista, y la del Marqués de Llano, a la esquina de la calle de Panaderos, en que habitó algún tiempo el señor infante don Francisco de Paula y su familia, y en la que falleció la señora doña María Luisa Carlota, su esposa. -Entre dicha calle y la del Pez median las rectas de San Roque, de la Madera Baja, de Pizarro (antes de la Magdalena), de Panaderos y de la Cruz Verde. -Lo más memorable en ellas es el convento de monjas de San Plácido, situado al confín de la de San Roque a la del Pez, y fundado en 1623 por doña Teresa Valle de la Cerda; cuya iglesia, construida hacia la mitad de aquel siglo, bajo los planes de fray Lorenzo de San Nicolás, es, a juicio de algunos, de lo más notable de Madrid por su estilo clásico y belleza de ornato, ademas de las apreciables pinturas y esculturas con que fue enriquecida. -El recuerdo histórico-anecdótico de este convento consiste particularmente en cierta aventura galante del rey D. Felipe IV, el que, según parece, prendado de una de las monjas de esta casa, llamada Margarita (a quien había visto por intervención de D. Jerónimo de Villanueva, protonotario de Aragón y patrono del convento, que tenía sus casas contiguas a él), siguió este galanteo profano en tal sitio y entre tales personas, a pesar de un piadoso ardid de la prelada, que dispuso sorprender al Rey exponiendo como difunta de cuerpo presente a la religiosa; terminó este escandaloso suceso, no sin haber dado motivo a un notable proceso por la Inquisición, que fue hasta Roma, aunque de allí se hizo desaparecer, y de que resultó castigado el   —142→   protonotario. Dícese también que a costa del Rey y a demanda de la abadesa se colocó en la torre de esta casa el reloj, que aún hoy conserva, y que en el tañido de su campana recuerda el clamoreo de difuntos, en memoria de aquel suceso61.

Monjas de San Plácido.

Calle del Pez.

Casa que fue de Quevedo.

Calle del Molino de Viento.

Plazuela y parroquia de San Ildefonso.

La calle del Pez tampoco nos ofrece más que algunos caserones antiguos, como el número 24, conocida también por la casa del Pez, por el que tenía esculpido en su fachada, no sabemos con qué motivo. La número 18, del Marqués de Villariezo, acaba de ser derribada, habiendo desaparecido también hace pocos años la mezquina fuente que a su salida a la Ancha de San Bernardo llevaba el nombre del Cura, por haberla costeado el párroco de Colmenar. -En la calle Alta de la Madera, al número 26 nuevo, existió hasta hace poco, que fue reedificada de planta, una casa que fue propiedad de D. Francisco Quevedo y Villegas, y luego de su descendiente D. José Bustamante y Quevedo; por cierto que no hace mucho que nos sorprendió el verla denunciada como mostrenco o de ignorado dueño en el Diario Oficial, cuando consta la posesión y propiedad de dicho señor Bustamante, quien sin duda reclamaría su derecho. Esta casa ha sido derribada y construida de nuevo. En el Registro de aposento y Planimetría de 1751 se ve que esta casa pertenecía entonces a herederos de doña María Villegas, que fue anteriormente de doña Margarita Quevedo, Gabriel Ruiz y Miguel de Santa Ana; de este último, en 1616. Tiene de sitio 5.167 pies.» -La calle del Molino de Viento se   —143→   llamó así porque, en efecto existía uno en lo alto de ella, y está pintado así en el plano del siglo XVII. -La de Don Felipe se llamó del Rosario de Don Felipe (no sabemos la razón), y la plazuela de San Ildefonso se ensanchó algo con el derribo de esta iglesia en tiempo de los franceses, que luego fue reconstruida y sirvió de anejo de la parroquia de San Martín, y hoy de parroquia independiente. Dicha plazuela estuvo ocupada por los cajones para la venta de comestibles, hasta que, a consecuencia del incendio de ellos, ocurrido en 1836, se construyó el pequeño aunque utilísimo mercado cubierto, primero de su clase establecido en Madrid. -De las calles del Escorial, de Jesús del Valle, del Rubio, del Tesoro, de las Minas y de las Pozas no sabemos la etimología ni la historia; y de las grandes paralelas altas del Espíritu Santo, de San Vicente, de la Palma y de San Miguel (ahora de Daoiz y Velarde) sólo podemos decir que, sin disputa, son las más rectas y alineadas de Madrid, aunque su situación extrema y el gran desnivel de su suelo las han hecho permanecer todavía en un estado miserable y raquítico, con su menguado caserío de un solo piso por lo general, y careciendo de población, de vitalidad y de comercio.

Las Maravillas.

El convento de monjas carmelitas llamado de las Maravillas (cuyo nombre también lleva este distrito), sito entre las calles de la Palma Alta y de San Pedro (ahora del Dos de Mayo), es el único edificio religioso de todo él. El nombre de las Maravillas lo fue dado por una imagen de Nuestra Señora que se venera en su iglesia; ésta es bastante espaciosa y arreglada, y tiene en su altar mayor un magnífico retablo de mármoles, obra del siglo pasado, que es de lo más bello y elegante que se halla en las iglesias de Madrid. Esta calle de San Pedro continuaba en el siglo XVII hasta la tapia, y al fin de ella había un portillo, llamado también de las Maravillas, que está señalado   —144→   en el plano, y quedó luego cerrado dentro de la posesión de Monteleón62.

Palacio de Monteleón.

Este famoso palacio de los Marqueses del Valle y de Terranova (nietos de Hernán Cortés), con su huerta, comprende nada menos que la inmensa superficie de 617.248 pies hasta más allá del portillo de Fuencarral o de Santo Domingo, y quedó muy maltratado en un horroroso incendio ocurrido en 1723; debió ser, por los restos que aun hemos alcanzado, un edificio de la primera importancia. Distinguíase, a lo que parece, por su magnífica escalera, pintada al fresco por Bartolomé Pérez, famoso artista, yerno de Juan de Arellano, en 1695 (que por cierto murió en esta operación, cayendo desde un elevado andamio), por sus extendidos y magníficos salones, decorados con el mayor gusto cuando le habitaba la famosa Duquesa de Terranova, camarera mayor de la reina doña María Luisa de Orleans, esposa de Carlos II; y tanto, que mereció después servir de mansión a la reina doña Isabel Farnesio y sus hijos los infantes D. Luis y doña María Antonia, que se retiraron a él a la muerte de su esposo y padre el rey Felipe V. -En nuestros días adquirió este famoso palacio otra celebridad más imperecedera, cuando, sirviendo de Parque de Artillería, el glorioso día Dos de Mayo de 1808, fue el punto principal del alzamiento del pueblo de   —145→   Madrid contra los franceses, y el sitio donde se inmortalizaron los héroes D. Luis Daoiz y D. Pedro Velarde, capitanes del cuerpo de Artillería, defendiendo la puerta a la calle que hoy lleva sus ínclitos nombres, y antes se llamaba de San Miguel y San José, y da frente a la de San Pedro Nueva, hoy del Dos de Mayo, por donde atacaron las columnas enemigas. En los restos de este edificio existe una fábrica de maquinaria y fundición, y el inmenso espacio erial de su antigua huerta, que sale largo trecho más allá de la puerta de Fuencarral, está llamado a sustentar una barriada entera de calles y edificios de importancia

Calle ancha de San Bernardo.

La hermosa y espléndida calle Ancha de San Bernardo, llamada en un principio de los Convalecientes, por el hospital que estuvo situado en ella y había fundado, en 1579, el venerable hermano Bernardino de Obregón, es una de las primeras y más importantes vías del Madrid moderno, por su extensión de 3.228 pies, por su anchura, y por la importancia de sus edificios públicos y particulares, algunos de los cuales han desaparecido en nuestros días, y otros levantádose de nuevo.

Los Bernardos.

El Rosario.

Contiguo al sitio en que estuvo el antiguo hospital referido del venerable Obregón, fundó en 1626, el monasterio del Orden de San Bernardo Alonso de Peralta, contador de Felipe II, que yacía en su iglesia, en el presbiterio bajo un suntuoso mausoleo. Esta iglesia y convento han desaparecido del todo hace algunos años, para dar lugar a la construcción de las dos casas particulares números 21 y 23. Más hacia el principio de dicha calle existió hasta poco ha la iglesia y convento que fue de padres dominicos del Rosario, que, como queda dicho ya, estuvieron primero en Porta-Caeli, y se trasladaron, en 1646, a esta casa, que había fundado para ellos el marqués de Monasterio D. Octavio Centurión; en la iglesia se veneraba   —146→   la célebre y devota efigie del Santo Cristo del Perdón, obra del escultor Pereira y una de las más veneradas de Madrid. El convento estuvo dedicado, después de la exclaustración, a cuartel de guardias alabarderos, y hoy, derribado, permanece en solar.

El Noviciado y la Universidad.

Otro edificio religioso de mayor importancia hubo en la misma calle, y era el que se alzaba más adelante, conocido por la casa Noviciado de padres jesuitas, y a la extinción de éstos, ocupado por los Padres del Salvador. Era una suntuosa fábrica, especialmente la iglesia, clara, espaciosa y elegantemente adornada, en la cual había un magnífico altar de mármoles y bronces, dedicado a San Francisco de Regis, que fue construido en Roma y creemos que no exista ya; y en su bóveda, el suntuoso sepulcro de la célebre duquesa de Alba doña María Teresa, trasladado hoy al cementerio de San Isidro. Coronaban la fachada de esta famosa iglesia dos torres laterales, que contribuían a embellecer la espaciosa calle de San Bernardo. -Pero destinado este edificio a Universidad Central, en que se refundió la de Alcalá, los arquitectos encargados de su reparación o apropiación a aquel objeto, juzgaron del caso echarle abajo y sustituirle por otro de nueva planta, que por cierto nada tiene de particular. Entre las muchas demoliciones de edificios religiosos verificadas en la última época, ninguna, a nuestro entender, ha sido tan sensible y menos justificada como la de la hermosa iglesia del Noviciado.

Monserrat.

Salesas Nuevas.

Todavía al extremo de la calle existen dos templos y casas religiosas: el primero, al número 81, es el convento e iglesia de monjes benitos, apellidados de Monserrat, que fugitivos del levantamiento de Cataluña, en tiempo, de Felipe IV, vinieron a Madrid, y tuvieron primero su morada en la quinta del Condestable (la huerta de Frías, hacia el arroyo de Abroñigal), y luego fueron   —147→   trasladados al punto que hoy ocupa. La iglesia está sin concluir, y su fachada tiene una torre del caprichoso gusto apadrinado a principios del pasado siglo por el arquitecto D. Pedro Rivera. -En esta iglesia está sepultado el célebre coronista de Indias D. Luis de Salazar y Castro, cuya rica biblioteca y manuscritos que, allí se conservaban pasaron a la de las Cortes. El convento, después de la exclaustración, sirvió de casa corrección de mujeres, la llamada Galera, y después de la traslación de éstas a San Fernando, está ocupado hoy por una comunidad de monjas. Frente a este monasterio está situado el más moderno, en fundación verificada por la señora doña Manuela de Centurión, marquesa de Villena, en 1798; es de religiosas de San Francisco de Sales, conocido por las Salesas Nuevas, para distinguirle del otro del Barquillo, fundado por la reina D.ª Bárbara. Su iglesia, aunque pequeña, es de muy buen gusto y está adornada con bellos retablos de mármol. Suprimido éste en 1836, pasaron las monjas al otro convento a reunirse con aquella comunidad, estableciéndose en éste provisionalmente la Universidad Central; pero después que ésta ocupó el del Noviciado, han vuelto al suyo las monjas. -Últimamente, la casa núm. 80 de dicha calle, que da a la de Daoiz y Velarde, y que, según nuestras noticias, fue del Conde de Colomera, y antes del Duque de Abrantes, fue trasformada en convento de monjas franciscas de Santa Clara en la última década de Fernando VII; pero ahora sirve de Escuela Normal.

Casa de Altamira.

Casa en que vivió D. Rodrigo Calderón.

Varias son las casas particulares de la grandeza en esta extendida calle. Figura en primera línea la señalada con el número 18, que fue de los marqueses de Leganés, y después de los condes de Altamira. A fines del siglo pasado el poseedor de este ilustre título proyectó reformar aquella hermosa fábrica, bajo los planes del célebre don Ventura Rodríguez, en unos términos verdaderamente   —148→   tan magníficos, que no hubiera tenido, sin duda alguna, rival en Madrid; pero desgraciadamente no llegó a verificarse más que una parte de aquel proyecto, que es la que da a la calle de la Flor Alta. -Contiguo a ella, y señalada con el número 28, está, aunque reformada últimamente, la del mayorazgo que fundaron D. Gabriel Peralta y D.ª Victoria Grimaldo, y comprende diversos sitios, que fueron propios de los Villarroeles y Peraltas, de quienes desciende su poseedor hoy, el Marqués de Palacios, duque de la Conquista. -Esta casa tiene el recuerdo de haber sido la que habitaba y sirvió de prisión al célebre ministro de Felipe III D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, y de donde salió para ser degollado en público cadalso el 21 de Octubre de 1621.

Ministerio de Gracia y Justicia.

Casa de Guadalcázar.

El suntuoso edificio moderno, número 67, en que hoy está el Ministerio de Gracia y Justicia, fue construido en el siglo pasado por la Marquesa de la Sonora, donde estaba la casa del Marqués de la Regalía; ocupa un espacio de 22.000 pies entre la calle de los Reyes y la de la Manzana, y es una de las construcciones particulares más sólidas y regulares de Madrid. No llegó, sin embargo, a ser concluido, habiendo permanecido inhabitado casi un siglo, hasta que adquirido hace pocos años por un particular, le concluyó éste, y vendió después al Gobierno para colocar en él el referido Ministerio de Gracia y Justicia. -De otras varias casas de importancia de esta calle pudiéramos hacer mención; pero por no dilatar más esta cansada relación nos limitaremos a llamar la atención sobre la nueva y elegantemente reparada del número 72, propia de los marqueses de Mejorada y de Guadalcázar, que comprende la extensión de 52.857 pies. En ella vivió a fines del siglo pasado su propietario, casado con la célebre y erudita señora doña María Isidra de Guzmán y la Cerda, hija de los condes de Oñate, natural de   —149→   Madrid, y que fue graduada de doctora en la universidad de Alcalá, a los diez y siete años de edad, en 1785. En nuestros días sólo la habíamos visto habitada un corto espacio de tiempo por la señora Duquesa viuda de San Fernando, y no estando ruinosa, no acertamos a comprender el motivo de tal abandono, que acaba de tener fin con las costosas obras hechas en ella recientemente.

Puerta de Santo Domingo.

Terminaba, en fin, esta calle con la antigua y mezquina puerta, también derribada, que sustituyó y heredó el nombre de Santo Domingo de la que estaba en aquella plazuela y limitaba el antiguo arrabal de Madrid; pero generalmente era conocida por el de puerta de Fuencarral, habiendo sido una de las principales o de registro hasta que se trasladó éste a la de los Pozos o Bilbao. Su colocación y su fábrica material eran las mismas impropias y ridículas que contaba ya en el siglo XVII; y al tenor de lo reclamado por la opinión pública y la necesidad, vino en fin a tierra para dejar avanzar por aquel lado los limites de Madrid, ya de hecho prolongados a la parte exterior con el nuevo hospital de la Princesa, construido sobre el sitio que en los siglos anteriores soportaba las hogueras de los autos de fe, y que aun conservaba el funesto nombre de el Quemadero.63



  —150→  

ArribaAbajo -XI-

Afligidos y Leganitos


Vamos a concluir nuestro histórico paseo matritense con el cuarto de círculo comprendido entre la plazuela de Santo Domingo y calle Ancha de San Bernardo a la puerta de San Vicente y al Alcázar Real.

Plazuela de Santo Domingo.

Esta plazuela de Santo Domingo llegó a ser centro de vitalidad de la nueva población que se fue formando en su derredor, viniendo a desembocar en ella hasta una docena de calles bastante principales, de las cuales, y sus respectivas barriadas, hemos tratado ya en su mayor parte hasta la Ancha de San Bernardo, quedándonos únicamente que decir de las de la Inquisición, Leganitos, Torrija y la Bola, con sus respectivas travesías.

Calle de la Inquisición.

La calle de la Inquisición (después de María Cristina y hoy de Isabel la Católica) tomó aquel nombre por el Consejo y tribunal del Santo Oficio, llamado de Corte, que estaba situado en las casas números 7 y 8 antiguos y 4 moderno, aunque posteriormente, a fines del siglo pasado, se trasladó el Consejo supremo a la nueva casa que hizo construir en la calle de Torrija, de que hablaremos después; pero las cárceles y el tribunal de Corte continuaron siempre en la antigua, hasta 1820, en que quedó definitivamente suprimido este instituto. En aquellos memorables días 7, 8 y 9 de Marzo del año 20, en que el rey Fernando se vio obligado a jurar la Constitución de 1812 fueron forzadas estas prisiones por el pueblo, ávido de   —151→   encontrar en ellas las horrendas señales de los tormentos y las víctimas desdichadas de aquel funesto tribunal; pero en honor de la verdad debemos decir que sólo se hallaron en las habitaciones altas que daban al patio dos o tres presos o detenidos políticos, uno de ellos el padre D. Luis Ducós, cura del hospitalito de los franceses, bien conocido por su realismo exagerado; y en los calabozos subterráneos, que corrían largo trecho en dirección de la plazuela de Santo Domingo, nada absolutamente que indicase señales de suplicios, ni aun de haber permanecido en ellos persona alguna de mucho tiempo atrás. Vendida después esta casa como de bienes nacionales, por una antítesis providencial sirvió de imprenta y redacción de periódicos exaltados, y después ha sido convertida en habitaciones particulares.

Casa de Trastamara.

Casa del Conservatorio.

Los Mostenses.

Más adelante, en esta misma calle, a su número antiguo y 23 moderno, está la suntuosa casa que fue de los condes del Águila y de Trastamara, y comprende varios sitios hasta 35.210 pies, sobre uno de los cuales estuvo anteriormente la casa que el licenciado García de Barrionuevo y Peralta fundó para su hijo D. Bernardino. La del Conde de Trastamara, que hoy ocupa este sitio, era notable por la esplendidez de sus salones, y especialmente por las magníficas estancias llamadas las cuadras, caprichosamente enriquecidas de adornos, de flores y figuras en relieve, y con graciosos saltadores de agua en el centro; bellísimos salones, célebres por los suntuosos bailes dados en ellos por la grandeza en 1831, con asistencia de los reyes, y posteriormente por los que dio el general Narváez cuando la ocupaba y era de su propiedad. -En la inmediata, número 25, que lo fue del Conde de Revillagigedo, se fundó y colocó, en 1830, por la reina D.ª María Cristina el Conservatorio de Música, que llevó su nombre. En esta casa estuvo, en 1823, la Suprema Asamblea (o lo   —152→   que fuese) de la célebre sociedad secreta de los Comuneros de Castilla. Frontero de ella estuvo situado el convento de San Norberto, de padres canónigos premostratenses (los mostenses), fundado en 1611, y antes las monjas de Santa Catalina, trasladadas luego por el Duque de Lerma a la calle del Prado. Tenían aquéllos una buena iglesia, parte de la cual se arruinó en 1740, y fue reconstruida de nuevo en 1773, con una bella portada, obra del célebre D. Ventura Rodríguez; pero demolido este edificio por los franceses, ha permanecido erial aquel sitio, hasta que últimamente se ha construido allí un mercado de hierro.

Calle de En hora mala vayas, Sal si puedes y otras.

En las calles que median entre ésta y la de San Bernardo sólo hay que notar los extraños títulos de algunas de ellas, tales como la Garduña, En hora mala vayas (hoy travesía de la Parada), de Aunque os pese (ahora travesía de las Beatas) y de Sal si puedes (hoy Pretil Alto, que da a la plazuela de los Mostenses), cuyos nombres parece les fueron dados por los reñidos pleitos y discordias ocasionadas entre los terratenientes para el rompimiento de dichas calles.

No son menos extrañas las de la izquierda de esta calle a la de Leganitos, tituladas del Recodo, de San Cipriano, de la Cuadra, de Eguiluz, de San Ignacio y de Santa Margarita; únicamente las de la Flor Baja y de los Reyes tienen una regular anchura y proporciones. En esta última hay señalada con el número 29, una casa que puede ser de mediados del siglo pasado, con una caprichosa fachada, que no carece de mérito.

Calle de Leganitos.

La calle de Leganitos, que desde la plazuela de Santo Domingo corre hasta los confines de la población entre Norte y Oeste, es una extensa vía de regular caserío, aunque poco notable, como destinado a habitaciones particulares, excepto el edificio que sirvió de colegio Real de Santa Bárbara para niños músicos al servicio de la Real   —153→   capilla, fundado por Felipe II en 1590, y que dirigió en tiempo de Fernando VI el célebre Carlos Broschi (Farinelli), y produjo en todos tiempos excelentes discípulos, conocidos en el mundo filarmónico. -El nombre de Leganitos o Leganés, aplicado a esta calle y cuartel, era el mismo que de antiguo llevaba aquel sitio montuoso, y parece que viene de la voz árabe algannet algannit, que significa las huertas, sin duda por las que habría, y de que aun existe alguna hacia la Montaña del Príncipe Pío. -Entre ésta y la plazuela de Santo Domingo, por donde ahora van la calle de los Reyes y la de San Marcial, en el valle u hondonada formada entre ambas colinas, corría al descubierto una esgueva o barranco procedente de la parte alta de Santa Bárbara, obstáculo formidable para la comunicación con el nuevo distrito de los Afligidos, que fue disimulado en parte, durante siglos enteros, por medio de un puente que venía a estar frente a la calle de Leganitos, y está señalado en el plano de 1656. Posteriormente, en el siglo pasado, siendo gobernador del Consejo el señor Figueroa, se cubrió la famosa alcantarilla, que a pesar de su ancha boca para recibir las arroyadas de dicha calle alta, ocasionaba en las grandes avenidas peligros y destrozos.

Palacio de Osuna.

Pasada esta alcantarilla, y al final de la parte alta de dicha calle, formando la manzana 557 (última de las de Madrid en el orden de numeración), existe aún el considerable edificio, palacio viejo de los Duques de Osuna, con su extendida huerta, llamada en lo antiguo de las Minas. Esta casa, de gran suntuosidad, aunque muy deteriorada, ha tenido en nuestros tiempos varios usos, tales como fábricas y talleres, teatros caseros, y otros, ademas de estar ocupada en gran parte por la magnífica biblioteca del señor Duque propietario, hasta que últimamente fue trasladada a la del Infantado en las Vistillas. Hoy,   —154→   comprada esta casa por S. M. el Rey, ha sido destinada a convento de San Vicente de Paul64.

Parroquia de San Marcos.

Las Arrepentidas.

Capuchinas.

Comendadoras de Santiago.

Entre dicha calle alta de Leganitos y la de San Bernardo, en la parte más propia del cuartel llamado de Afligidos, hay algunos objetos notables, como la elegante aunque pequeña iglesia parroquial de San Marcos, obra de mediados del siglo pasado, dirigida por el célebre arquitecto D. Ventura Rodríguez, que está sepultado en su bóveda. Dicha iglesia está situada en la calle de San Leonardo, y enfrente de ella, la pequeña capilla y casa recogimiento de mujeres Arrepentidas, fundada en el siglo pasado bajo la advocación de Santa María Egipcíaca. -A la entrada de la calle de San Bernardino hay, en la plazuela que lleva su nombre, otro convento de monjas capuchinas, fundado en 1617, en la calle del Mesón de Paredes, y trasladadas a este sitio diez años después. -Mucho más suntuoso y rico es el otro convento, situado en la plazuela que se forma hacia el extremo de la calle de Amaniel, fundado en 1650, para las señoras comendadoras de Santiago, con un hermoso templo, notable por su espaciosidad y decoración, así como la elegante sacristía, en que están colocadas las estatuas de los reyes y grandes maestres de la orden; en esta iglesia celebra ésta las funciones de su instituto, y su profesión los caballeros de la misma.

Las Incurables.

En dicha calle de Amaniel, al número 11, está el hospital de mujeres incurables, precioso establecimiento de beneficencia, fundado por la Condesa viuda de Lerena, en 1803. Estuvo en diversos sitios hasta que, en 1824, fue trasladado a este edificio, que sirvió anteriormente al   —155→   colegio de niñas huérfanas, fundado por Felipe V, y era conocido por el de Monterrey, a causa de haber pertenecido la casa al Conde de este título, a quien la compró Su Majestad. Este precioso hospital sufrió considerablemente en el horroroso incendio ocurrido el día 8 de Julio de 1851, en que quedaron reducidas a cenizas diez y siete casas en las cuatro manzanas que dan a dicha calle y las del Portillo, del Cristo, del Limón y del Conde-Duque.

Portillo del Conde-Duque.

Este título y el de la puerta en que termina dicha calle nos trae a la memoria al poderoso valido de Felipe IV, D. Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, cuyo suntuoso palacio y jardines se alzaban en aquel sitio, y están representados en el plano antiguo hacia donde ahora el cuartel de Guardias. -Dicho cuartel de Guardias de Corps, que ocupa por entero la manzana 550 en una extensión de 244.365 pies, es el edificio más vasto de Madrid, y fue construido en el reinado de Felipe V, bajo la dirección del arquitecto D. Pedro Rivera. Sirvió a este destino hasta la supresión de este Real Cuerpo; después, de colegio general militar, y ahora, de cuartel de caballería, y sus torres, de prisión militar, en que han sido custodiados muchos célebres personajes políticos65. -El magnífico palacio contiguo, propio de los duques de Liria, de Berwick y Alba, construido, en 1770, bajo la dirección del célebre D. Ventura Rodríguez, es por su suntuosidad y buen gusto el primero de los edificios particulares de Madrid. Cerca de este palacio, hacia el Seminario de Nobles, hay una casa, señalada con el número 3, que es conocida por la Casa del Duende. En ella, según mis presunciones, habitó el famoso D. Fernando Valenzuela, privado de la reina viuda de Felipe IV, y que   —156→   tuvo tan estrepitosa caída. -Más allá, al confín de la población, y formando con la cerca de su huerta parte de la general de la misma, se alza el suntuoso Seminario Real de Niños Nobles, fundado por el mismo rey D. Felipe V en 1725, y puesto bajo la dirección de los Padres de la Compañía de Jesús, hasta que, a la extinción de éstos, recibió una nueva organización por disposición de Carlos III, y bajo la dirección del célebre general de marina D. Jorge Juan. Posteriormente, en nuestros días, volvieron a regentarle los jesuitas, hasta que, suprimidos después, sirvió de cuartel, y hoy de Hospital Militar, importantísimo y excelente establecimiento, uno de los primeros de que puede gloriarse la época presente. La huerta de este seminario, que comprende una vasta extensión de terreno, avanza un largo trecho más allá del portillo de San Bernardino, emparejando su esquina con la de la Montaña del Príncipe Pío, a cuya confluencia sobre este solar se ha construido la linda barriada llamada de Pozas.

Cuartel de Guardias.

Palacio de Liria.

Seminario.

Montaña del Príncipe Pío.

La inmensa posesión conocida con el nombre de la Montaña del Príncipe Pío no quedó incluida dentro de la cerca general de Madrid hasta los tiempos de Carlos III; mide más de seis millones de pies superficiales; fue de los marqueses de Castel-Rodrigo, cuya casa se unió después por enlaces con la del Príncipe Pío de Saboya. En el plano antiguo está dividida en varios trozos de huertas, llamadas de Buitrera, del Molino Quemado, de las Minillas, de la Florida, etc., y estaba entonces, como decimos, fuera del portillo de San Joaquín (hoy de San Bernardino) y de la tapia que bajaba recta desde Afligidos al puente del Parque de Palacio, donde después la fuente de la Regalada, a la bajada de San Vicente. Esta inmensa posesión, perteneciente al Real patrimonio, fue cedida por S. M., en usufructo, al Serenísimo señor infante D. Francisco, y de sitio áspero e inculto   —157→   que era antes, vino a trasformarse en un precioso parque, huertas y jardines, que la generosidad de su augusto poseedor franqueaba al público, proporcionándole uno de sus más gratos desahogos; y con los nuevos edificios, cuartel y caserío emprendidos en ella, constituirá muy luego un distrito muy importante de Madrid66.

Capilla del Príncipe Pío.

Fuera de esta montaña cercada, hacia la parte que da a la plazuela de Afligidos, está la casa y la capilla que la Marquesa de Castel-Rodrigo, doña Leonor de Moura, fundó en el siglo XVII, y en la que se venera una copia de la Cara de Dios estampada en el lienzo de la Verónica, preciosa alhaja vinculada en el mayorazgo, que se expone al público en la Semana Santa. -Frente a esta casa y capilla estuvo, en la misma plazuela de Afligidos, el convento de San Joaquín, de padres premostratenses, vulgo de Afligidos, cuyo título (aplicado después a todo el distrito) le tomaron de una imagen de Nuestra Señora que se veneraba en el altar mayor de su iglesia. Hoy ha vuelto al dominio de sus patronos, los señores condes del Montijo, y está destinado a habitaciones particulares.

Convento de Afligidos.

Cuesta de Areneros y paseo de la Florida.

Caballerizas Reales.

Convento de San Gil.

Cruzando aquella grandísima posesión de la Montaña, y la Florida, se rompió, en el inmortal reinado de Carlos III la bajada llamada Cuesta de Areneros; se formó, a la parte baja, el paseo de la Florida; magnífica bajada y puerta de San Vicente; se levantó, frontero de ella, el inmenso edificio de las Caballerizas Reales, otra de las colosales obras de aquella época, en cuya asombrosa   —158→   superficie (que por la bajada de San Vicente presenta una línea de 700 pies) hay, además de suntuosos patios, verdaderas plazas, interminables galerías o cuadras, capaces de contener con toda comodidad quinientos caballos; el magnífico guadarnés, espléndidas cocheras y otras mil dependencias, además de las habitaciones correspondientes para la multitud de empleados, hasta el número de 486; y al otro lado, en fin, y con destino a convento de Padres de San Gil (aunque no llegaron a ocuparle), el otro espacioso edificio que mira a la calle de San Marcial, y hoy es cuartel de Artillería; fue construido bajo la dirección del arquitecto D. Manuel Martín Rodríguez, sobrino y discípulo de D. Ventura, el cual conservó en él el orden severo y el buen gusto propio de aquél, revelándose a primera vista su intención de reflejar en su extensa fachada la del clásico monasterio de San Lorenzo del Escorial.

Calle Nueva (de Bailén)

Casa de Ministerios.

Subiendo por la calle Nueva (hoy de Bailén), en que tienen su entrada principal las Reales Caballerizas, se alzó al opuesto lado, también en el reinado de Carlos III, y con destino a casa-habitación de los secretarios de Estado, el elegante edificio que tiene su entrada contigua al convento de doña María de Aragón. En él habitó el famoso ministro Conde de Floridablanca, y también, en tiempo de su mayor prepotencia, el célebre valido de Carlos IV, D. Manuel Godoy, príncipe de la Paz; después sirvió al Consejo del Almirantazgo; luego, de Biblioteca Real; posteriormente encerró los ministerios de Hacienda, Gracia y Justicia, Guerra y Marina, hasta que ha venido a quedar en él sólo este último y el Museo Naval, muy importante establecimiento creado hace pocos años. La construcción de todas estas colosales obras corrió a cargo del general de ingenieros D. Francisco Sabatini, que levantó al mismo tiempo, para su propia   —159→   habitación, la casa contigua a la de Ministerios, frente a las Caballerizas Reales.

Convento de doña María de Aragón.

El convento de religiosos Agustinos calzados, fundado por doña María de Córdoba y Aragón, en 1590, en el sitio que entonces se llamaba las Vistillas del Río, estuvo ocupado por éstos, que tenían en él su colegio y cátedras de Cánones y Disciplina eclesiástica, hasta su extinción en 1836. Su hermosa iglesia es de figura oval, cuya traza y pinturas corrieron a cargo del célebre Dominico Teutocópoli (el Greco), y fue convertida en breves días, y en los primeros de 1814, en salón de sesiones para las Cortes generales del Reino, en que trabajó con entusiasmo una gran parte de la población de Madrid, si bien a pocos días de estrenado por ellas (el 11 de Mayo del mismo año), con motivo de la abolición de la Constitución a la llegada de Fernando VII de vuelta de su cautiverio en Francia, fue destrozado por el populacho, y arrastradas las estatuas y emblemas alegóricos, y la lápida que renovaba el artículo de la misma Constitución: «La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey.» Vuelta la iglesia al culto divino, y los padres al convento, hubieron de abandonarle de nuevo en 1820, en que tornó a su destino de salón de Cortes, y luego a los padres en 1824, hasta que, a la extinción de éstos en 1836, ha sido definitivamente dispuesto y convertido en Palacio del Senado.

Consejo de la Inquisición.

Puebla de Peralta.

La calle del Reloj, que corre a su costado, avanzaba en los siglos anteriores hasta la de Torrija (que en el plano antiguo se apellida de Corito), y en ésta se alzó, a fines del siglo pasado, la casa principal donde estaba el Consejo supremo de la Inquisición, y sobre cuya entrada hemos alcanzado a leer el terrible lema: Exurge, Domine, et judica causam tuam. Después ha servido, en nuestros días, de Ministerio de Fomento, llamado luego de lo Interior y de la Gobernación. Después se han instalado en él   —160→   sucesivamente la embajada de Francia, un hotel inglés y una imprenta. Todas estas calles, desde la de Torrija hasta la de la Estrella y Silva, fueron formadas, en su mayor parte, a consecuencia de la Puebla Nueva, verificada por D. Joaquín de Peralta en el siglo XVII, y una de las principales de ellas recibió el nombre de la calle de la Puebla Nueva67, hoy del Fomento, y también la pequeña callejuela hoy travesía de Altamira se llamó de la Puebla de Peralta.

La Encarnación.

Palacio de la Reina madre.

Biblioteca.

El real monasterio de la Encarnación, de religiosas agustinas, fue fundación de la reina doña Margarita, esposa de Felipe III, y construido a su costa, bajo los trazos y dirección del arquitecto Juan de Mora. -La iglesia, que es preciosa por su forma y por sus riquísimos adornos, quedó reformada en el siglo pasado por D. Ventura Rodríguez; pero parte del monasterio fue demolido, a la verdad innecesariamente, en estos últimos años, cuando salieron de ellas religiosas para otros conventos. Hoy se halla reconstruido en parte, y han vuelto aquéllas a ocuparle. La iglesia, que, como decimos, es de las más ricas y ostentosas de Madrid, sirve de parroquia ministerial de Palacio. -La casa de la calle de las Rejas, cuyos accesorios daban frente a este monasterio, y después se amplió con fachada principal a la plazuela de doña María de Aragón, fue de los marqueses de Santa Cruz, y antes, de D. José Portocarrero y Pellares; en el sitio de ella estuvieron en el siglo XVI las caballerizas del príncipe D. Carlos, y en nuestros días se convirtieron en palacio de S. M. la Reina madre68. Al Duque de Alburquerque, marqués de   —161→   Cabraita, correspondió el otro edificio contiguo, que hoy sirve de Biblioteca Nacional.

Desde aquí empiezan las nuevas calles formadas a la regularización de la magnífica Plaza de Oriente del Real Palacio, con los espléndidos nombres de San Quintín, de Pavía, de Felipe V, de Carlos III, de Lepanto, etc., y por consecuencia, volvemos a los términos del Real Alcázar, donde tuvieron principio estos paseos, quedándonos únicamente que recorrer en uno el antiguo Sitio Real del Buen Retiro, y otro final de circunvalación por el exterior de Madrid.




ArribaAbajo-XII-

El Buen Retiro


Más allá del límite oriental de Madrid, hasta bien entrado el siglo XVII, que era, como queda expresado en su capítulo, el romántico Prado de San Jerónimo no existía edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada de Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcalá, que estuvo primero más cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el año de 1599, en ocasión de la entrada solemne de la reina D.ª Margarita, esposa del rey Felipe III. -Hasta entonces el camino de Valnegral (Abroñigal) venía por donde ahora está el Retiro, hasta frente de la Carrera de   —162→   San Jerónimo, que era la verdadera entrada de Madrid. Así lo vemos expresado en los libros de la época69, y detalladamente en un rarísimo plano de Madrid (anterior al grande de Amberes tantas veces citado) y que tenemos a la vista.

Mírase en él, en su sitio, el monasterio de San Jerónimo y su extendida huerta, y unido a él el cuarto o habitación Real, adonde Felipe II, su hijo y nieto solían retirarse a pasar el tiempo santo o con ocasión de las muertes o tribulaciones en su casa. También acostumbraban recibir en él, para preparar su entrada solemne en la corte, a las reinas, sus esposas, o los príncipes que solían venir a visitarlos, y a los legados y embajadores de las naciones extranjeras; con que empezaba a preludiar aquel aposentamiento la futura importancia del Sitio Real que había de sucederle.

En 31 de Marzo de 1621 murió Felipe III, y su hijo y sucesor Felipe IV, joven a la sazón de diez y siete años, subió al trono de Castilla en una época en que no se había desmembrado todavía parte alguna del colosal imperio de Carlos V y Felipe II. Madrid era, pues, entonces la capital más importante del mundo; el cetro español, que en su mano había de quedar tan menguado, pasaba aún entero a las del joven nieto del fundador del Escorial. Cómo en su dilatado reinado de cerca de medio siglo vino a operarse la decadencia política de la España y el desmoronamiento de su extenso poderío, es lo que largamente ha consignado la Historia, imputando con imparcialidad a los antecesores de Felipe la parte que les cabe en aquella necesaria ruina de imperio tan colosal y temerario, y al mismo Felipe (el Grande, el Cuarto   —163→   Planeta, como le llamaban sus lisonjeros cortesanos), la grave responsabilidad que pesa fatalmente sobre la triste memoria del rey poeta.

Felipe IV, galán y bizarro en las justas y torneos, discreto en las academias y fiestas palacianas, liviano en sus placeres, ciego adorador de las artes y la hermosura, de corazón bueno, de intención magnánima, de inteligencia despejada; pero débil, vacilante y descuidado en los altos deberes, en la inmensa exigencia de su elevado puesto, era un gran señor, discreto, amable, magnífico y liberal, que hubiera formado en un rango inferior al trono las delicias de la corte y de la sociedad; un niño, en cuyas manos indiscretas la preciosa y complicada máquina del Gobierno se convertía en un pasatiempo, en un dije precioso, cuyos misteriosos resortes no acertaba a comprender ni manejar. Este niño coronado, esta alma disipada por los placeres sensuales, pródiga y activa para los goces del ingenio, indolente para la gobernación y los negocios graves, necesitaba absolutamente descargar el peso del Gobierno en otra superior inteligencia, en otros hombros más fuertes, en otras manos más diestras y robustas. El cielo, que quiso ofrecer a los Reyes Católicos y a Carlos V hombres dignos de ellos, un Cardenal Cisneros), un Gonzalo de Córdoba; que había dado a Felipe II generales y hombres de estado como su hermano D. Juan de Austria y el Duque de Alba; que había regalado a su padre Felipe III un Duque de Lerma y un D. Rodrigo Calderón, ambiciosos y petulantes, colocó al lado del joven Monarca a otro personaje aun más funesto (que le absorbió en la escena política), al conde-duque de Olivares, D. Gaspar de Guzmán, al paso que adornaba el pedestal de la estatua del rey poeta con los admirables frutos del ingenio de los Lopes y Calderones, Moretos y Tirsos, Quevedos, Rojas y Alarcones, e inmortalizaba   —164→   acciones del rey caballero, del rey artista y galán, con los admirables pinceles de Murillo y de Velázquez.

Bajo este último punto de vista, la esplendorosa corte de Felipe IV, haciendo abstracción de la profunda gangrena que la minaba sordamente, era deslumbrante y fascinadora, y tiene muchos puntos de contacto con el aspecto que años después presentó la del monarca francés que dio nombre al siguiente siglo; pero Luis XIV, además de un gentil hombre, valiente, caballeresco e ilustrado, aunque demasiado dado a los placeres y galanteos, era un gran monarca político y guerrero; y Felipe IV, que brillaba con aquellas cualidades del caballero y del ingenio, carecía del todo de las que como rey engrandecían al monarca francés; por eso éste, con su gran tacto político, halló para compartir los trabajos de la gobernación y de la guerra ministros como Richellieu y generales como Turena y Condé, al paso que Felipe halló su medida en la menguada inteligencia y en la intriga cortesana de don Gaspar de Guzmán. -Aquel monarca dejó reflejada también su grandeza y su gusto literario en las inmortales obras de Racine, de Molière, y de Corneille, y sus magníficos extravíos en la página de su historia que se llama «Versalles»; Felipe IV dejó eterna la memoria de su corte disipada, caballeresca y poética, en las heroicas farsas de Calderón, de Mendoza y de Solís; la de la funesta privanza de su favorito, en la que plugo a éste escribir con el título de «El Buen Retiro».

Obra exclusiva este Real Sitio de aquel refinado cortesano, quiso desplegar en él, para fascinar al joven Monarca, todos los recursos que la adulación y la lisonja le inspiraban; todo el poderío que ponía en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del Estado, de que sin limitación podía disponer, llegando a improvisar en pocos años una nueva residencia Real y una mansión fantástica   —165→   de placer y de holganza, que oscurecía y hacía olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que habían formado las delicias de los Felipes II y III.

Allegó para ello todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento Real de San Jerónimo, hasta una extensión asombrosa; emprendió obras colosales para su desmonte, plantío y proveimiento de aguas; alzó un vistoso palacio; rodeole de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caserío, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espléndido teatro de su elevación y su fortuna.

La fundación de este Real Sitio empezó en 1631 por una casa de aves extrañas, a que llamaban el Gallinero, arrimada a la huerta de San Jerónimo; varios jardines y el estanque grande, y ya en la noche de San Juan de aquel mismo año pudo estrenarse aquella risueña mansión con un festín. Al año siguiente ya se hallaba concluida la plaza y cuerpo principal del palacio, y el 1.º de Octubre de 1632, al presentarse Felipe IV para visitarle y ver los preparativos de la fiesta que en él había de hacerse para celebrar el nacimiento del príncipe D. Fernando, hijo de la emperatriz doña María, su hermana, el Conde-Duque de Olivares, como alcaide honorario que era de esta nueva residencia Real salió a la puerta de ella, y en una fuente de plata presentó al Rey las llaves, que recibió con agrado volviéndoselas a entregar; hubo pues con tal ocasión un suntuoso sarao, y para las damas, bolsillos de ámbar llenos de escudos, y ricos cortes de vestidos. Las fiestas se celebraron el día 5 de aquel mes y siguientes, empezando con un gran juego de cañas, en que corrió el Rey el primero, acompañado de su indispensable favorito, y luego la villa de Madrid, el Condestable de Castilla, el Almirante y demás grandes señores llevándose la gala   —166→   siempre, S. M., «no como rey, sino como caballero más galán y más diestro»; cuya fiesta celebró la delicada lira de Lope, en la Vega del Parnaso, en aquellos versos que llevan la dedicatoria: A la primera fiesta del palacio nuevo; otro día se corrieron toros, y otros se tuvieron lanzas sortijas con grandes premios, consistentes en fuentes de plata dorada, que, por supuesto, ganó el Rey, enviándolas en obsequio a la Reina y al Príncipe.

Pero por muy amena que pudo ser esta primera fiesta y otras celebradas en los años inmediatos, no tienen comparación con la larga serie de ellas celebradas en 1637, en aquel mismo Real Sitio, con motivo de la elevación al imperio de romanos del Rey de Hungría, cuñado de Felipe, y por ser tan señaladas, parécenos del caso ofrecer a nuestros lectores una relación de ellas, no la que inserta León Pinelo en sus Anales, sino otra de un manuscrito distinto que poseemos, y que nos parece curiosa por extremo. Esta relación se hallará en el Apéndice.

Un tomo extenso no nos bastaría si pretendiéramos emprender la narración de tantas fiestas casi diarias en aquella mansión de los placeres, ni las intrigas cortesanas y amorosas que forman la romántica historia del palacio del Buen Retiro, y pueden verse apuntadas en los Anales de Pellicer y en otras relaciones de la época, impresas y manuscritas. Algunas de aquellas fiestas no pasaron, sin embargo, tranquilas y bonancibles, ni faltaron en ellas contratiempos que dejaran señalada su memoria. -Por ejemplo, en la de la noche de San Juan de 1639, cuando se encaminaban los reyes a sentarse en el balcón o estrado preparado para que pudiesen presenciar las danzas y músicas, se rompió un estanque que estaba detrás y en el altura, y arrojó tanta agua sobre el dicho balcón, que lo inundó y destrozó; lo que hubiera ocasionado una catástrofe a ocurrir algunos momentos después. -En igual   —167→   noche del año siguiente, 1640, habíase dispuesto un teatro en la isleta que campeaba en medio del estanque grande, y multitud de barcas para contener la orquesta y los espectadores (que eran toda la corte), y se representaba una suntuosa fiesta dramático-mitológica, cuando en medio de la fiesta se levantó tan recio torbellino de viento, que apagó las luces, arrastró los toldos del tablado y las máquinas teatrales, dispersando las barcas, cuya aristocrática tripulación estuvo a pique de perecer en aquel improvisado golfo. -No fue esta sola calamidad la acontecida al Real Sitio por aquellos días, sino que poco después, en las carnestolendas del año 1641, se prendió fuego al palacio, quemándose las dos torres principales y todo un lienzo del lado que miraba a Madrid, con gran pérdida de cuadros, muebles y alhajas. -De suerte que estas tres calamidades, ocurridas en el espacio de pocos meses al nuevo Real Sitio, dieron pábulo a los comentarios del vulgo malicioso, el cual, aludiendo a ellas y a la privanza de el odiado Conde-Duque, se dejó decir que su fundador, «en la primera ocasión había dado en agua, en la segunda en aire, en la tercera en fuego, y que a la cuarta daría en tierra», como así sucedió efectivamente de allí a poco, en Enero de 1643, en que cayó de su alto valimiento con Felipe, y salió desterrado a Loeches, y después a la ciudad de Toro, donde falleció en 21 de Julio de 1645.

El coliseo que se extendía en una de las alas del palacio era principalmente el sitio de las fiestas animadas en que lucían las altas dotes de su ingenio Calderón y Mendoza, Solís y Candamo. En el mes de Mayo de 1652, y con ocasión del cumpleaños de la Reina, se presentó con un aparato y decoraciones nunca vistas la comedia mitológica de D. Pedro Calderón de la Barca, Las Fierezas de Anaxarte y el Amor correspondido, que duraba siete   —168→   horas, y en algunas de sus mudanzas desaparecían los telones, dejando ver originales los jardines y bosques del Real Sitio profusamente iluminados. -Esta regia y espléndida función se dio el primer día a la corte, el segundo a los Consejos, el tercero a la villa de Madrid, y después se ejecutó treinta y siete noches consecutivas para el pueblo en general.

En 1654, restablecida la Reina de su enfermedad, se dispuso otra función en el mismo coliseo, y escribió para ella el mismo Calderón la de La Fábula de Perseo, con no menos aparato y lucimiento; y en 1658, con motivo del parto de la Reina, se puso en escena la de Psiquis y Cupido, de D. Antonio Solís, que dejó memoria duradera por su gala poética, aparato magnifico y grandeza de accesorios, siendo durante largos días el embeleso de la corte y de la villa. De D. Antonio Mendoza, conocido por el dictado del discreto de Palacio, también se representaron varios dramas, y así estos y otros ingenios cortesanos continuaron enriqueciendo aquel coliseo, que por su importancia y novedad absorbía, puede decirse, la existencia del palacio del Buen Retiro. En algunas ocasiones las meninas y damas de la Reina, los grandes y cortesanos, y hasta las mismas personas Reales se convertían en actores de aquellos magníficos dramas; llamaban otras, para representarlos, a, los más acreditados comediantes de las compañías de dentro y fuera de la corte; los arquitectos, pintores y escultores nacionales y extranjeros competían en adornarlos con toda la magia del arte, y las músicas y danzas más animadas los embellecían a porfía70. En otras, reducida su representación a las   —169→   mismas cámaras Reales, servían éstas de escena a animadas y discretas improvisaciones, en que el mismo Felipe IV alternaba airosamente con los ingenios más esclarecidos de la época, con Lope y Calderón, con Montalbán, Moreto y Vélez de Guevara, Coello y Villaizán, ya en discretas y en cultas escenas de los dramas conocidos, ya en donosas y livianas improvisaciones, parodias de aquéllos, llenas de ingenio y agudeza. A éstas solían asistir las damas de la corte detrás de una cortina, para no privar a los poetas de la desmedida libertad que les daba Felipe en producirse, a las veces con sobrada desenvoltura.

La corte del Buen Retiro presentó, pues, durante el reinado de Felipe IV, el aspecto más halagüeño. Suntuosos y dilatados bosques, bellos y primorosos jardines, regios palacios, magníficos salones, teatros, templos, cuarteles y caserío para los magnates de la corte y su numerosa servidumbre, nada faltaba para dar al Retiro la importancia de una ciudad. -La general disposición del mismo por aquel tiempo (según vemos minuciosamente detallado en el plano de Amberes) era variada y pintoresca, y comprendía, ya poco más o menos la misma dimensión que en el día, que pasa de diez y siete millones de pies superficiales, aunque entonces no estaba todo cercado. -A su entrada principal, frente a la Carrera de San Jerónimo, existía, desde 1637, la plaza cuadrada, que quedó en nuestros días por única de las construcciones antiguas, y era llamada entonces de la Pelota, por hallarse el juego en el edificio en que después estuvo la iglesia o parroquia provisional. A su costado derecho se levantaba y   —170→   existe el suntuoso salón llamado de los Reinos, donde se juntaron las Cortes, hasta las de 1789 inclusive, que declararon la abolición de la ley sálica. -Este magnífico salón, cuya extensión, anchura, excelentes luces y riqueza de decoración eran correspondientes a tan alto objeto, excita todavía gran interés histórico y artístico por su rico artesón, recamado de oro, en que aún brillan las armas y blasones de los muchos y extendidos reinos que en aquel siglo componían la corona de España, colocados por este orden: Castilla, León, Aragón, Toledo, Córdoba, Granada, Vizcaya, Cataluña, Nápoles, Milán, Austria, Perú, Brabante, Cerdeña, Méjico, Borgoña, Flandes, Sevilla, Sicilia, Valencia, Jaén, Murcia, Galicia, Portugal y Navarra. Había además, colocados en los lienzos de este espléndido salón, muchos de los grandes cuadros históricos que hoy brillan en el Real Museo, el de la Rendición de Breda, el del Desembarco de los ingleses cerca de Cádiz, y otros; hoy aparecen desnudas sus paredes, si bien el salón está dignamente ocupado por el precioso Museo de Artillería, uno de los establecimientos que más honran a la época actual. A su puerta se ven las dos estatuas de Felipe IV, fundador del Real Sitio, y de Luis I, que nació en él.

Al final de este lienzo es donde se formó la sala principal del teatro, aunque creemos que fue reconstruida muy posteriormente en el reinado de Fernando VI; en tiempo de Felipe IV parece eran varias las destinadas a este espectáculo.

A la derecha de esta plaza estaba el palacio Real, que con el teatro y las casas de oficios formaban un gran cuadro, con sendas torrecillas en sus cuatro ángulos, y dejando en el centro una hermosa plaza-jardín; uníase al palacio, por un paso, el elegante edificio que aún existe, llamado el Casón, y fue destinado a sala de bailes, y decorado con preciosas pinturas de manos de Lucas Jordan,   —171→   que representaban la institución de la Orden del Toison de Oro y los trabajos de Hércules, bárbaramente borradas en 1834 cuando se destinó este salón para la reunión del estamento de Próceres. -En medio de la gran plaza cerrada, formada por el palacio, teatro y casas de oficio, se alzaba la estatua ecuestre de Felipe IV, obra del célebre escultor florentino Pedro Tacci, que hoy campea en el centro de los jardines de la plaza de Oriente; y más adelante, la bella fuente de Narciso, que hoy creemos está en los jardines de Aranjuez; continuaba después el caserío, con otra plaza y edificios llamados de la Grandeza, de la Dispensa, etc., hasta tocar con monasterio de San Jerónimo, que comunicaba y venía a formar como una parte del sitio Real.

A éste se entraba también por una puerta muy curiosa, llamada del Ángel, que no carece de elegancia, y que muy oportunamente se ha conservado y colocado en la nueva entrada que se ha dado al sitio por aquel lado.

Por detrás, y a los lados de palacio y demás caserío, se extendían los inmensos bosques, interpolados con lindos jardines: por ejemplo; en donde ahora está el precioso parterre, había uno, en cuya plaza central, llamada el Ochavado, venían a confluir otras tantas calles cubiertas de enramadas, más arriba estaba la ermita de San Bruno, que sirvió después de parroquia del Real sitio, cerca de donde ahora el estanque llamado de las Campanillas. El otro estanque grande y principal que hoy vemos, brillaba desde el principio por su asombrosa extensión de 1.006 pies de largo por 443 de ancho, o sea una superficie de 445.658, que equivale a tres veces y tercia la de la Plaza Mayor. A sus márgenes se alzaban hasta cuatro embarcaderos y varias norias, y tenía en su centro una isleta oval con árboles, en la cual, en varias ocasiones, solía, como queda dicho, alzarse un teatro, por disposición del   —172→   Conde-Duque de Olivares, para obsequiar con representaciones escénicas al Monarca y su corte; y aun transformada a veces con suntuoso aparato en la mitológica mansión de la hechicera Circe, servía de escena a cumplidas y brillantísimas farsas navales y terrestres.

Desde el mismo estanque arrancaba un canal, llamado el Mallo, que siguiendo en dirección de donde hoy está la Casa de las Fieras, daba luego vuelta a los confines del Retiro, e iba a desembocar en otro grande estanque situado donde después se alzó la fábrica de porcelana de China (volada por los ingleses en 1812), en cuyo centro se elevaba entonces una elegante iglesia o ermita, llamada de San Antonio de los Portugueses. -Los nuevos jardines, a espaldas del estanque y a su costado izquierdo, eran entonces frondosas alamedas y bosques, que se llamaban el Cazadero de las liebres y las Atarazanas, hacia donde hoy la Casa de las Fieras. -Hacia la puerta de Alcalá estaba la huerta del Rey, con una ermita de la Magdalena, el cebadero de aves, y otro canal, llamado río chico. No existía la entrada de la Glorieta, ni el enverjado de hierro (obra de Carlos III), pero si los frondosos bosques entre ésta y la de San Jerónimo, y donde luego estuvo la casa-palacio de San Juan estaba el jardín de primavera y otra ermita, dedicada al mismo santo.

Lo demás del extendido recinto de este Real sitio, y que ya en el siglo XVII venía a tener los mismos límites que en el día, aunque sin la fuerte cerca que hizo construir Carlos III, y que comprende más de la cuarta parte de la general de Madrid o casi tres cuartos de legua, fue con el tiempo cubriéndose de bosques y plantíos con algunas otras ermitas y huertas, de San Pablo, de San Isidro, y otras, e interpoladas con ellas, varias quintas, templetes y descansos para la dirección de las Reales cacerías.

Muerto Felipe IV en 1665, y quedando la gobernación   —173→   del reino, durante la menor edad de Carlos II, en manos de su madre D. Mariana de Austria, el palacio del Retiro compartió en aquella época turbulenta con el Real Alcázar la ingrata misión de servir de escena a las intrigas y desvanecimientos de la privanza de D. Fernando Valenzuela, que dotado de ingenio poético y de carácter caballeresco, intentó reproducir cerca de Mariana las espléndidas excentricidades del Conde-Duque. -Sin embargo, la Reina viuda daba la preferencia al Alcázar, y el teatro del Retiro no resonaba sino de tarde en tarde con los fantásticos dramas de D. Francisco de Bances Candamo o con los hoy desconocidos del mismo favorito Valenzuela.

Emancipado Carlos II de la tutela maternal al cumplir la edad de quince años, el día 14 de Enero de 1677, en que salió del Alcázar y se fue al Retiro, dejando a su madre retraída en aquél, volvió éste a tomar cierta importancia política, especialmente durante el primer matrimonio del Rey con María Luisa de Orleans; pero después, sus enfermedades, sus temores, sus hechizos, le hicieron encerrarse con frecuencia en las sombrías salas del Alcázar, donde, entre parasismos y conjuros, terminó su mísera existencia en 1.º de Noviembre de 1700.

La nueva dinastía de Borbón no fue, en un principio, tan favorable al Retiro como su antecesora; pero habiendo desaparecido el Real Alcázar en el incendio de 1734, Felipe V se vio en la necesidad de ocupar el del Retiro todo el resto de su reinado, y lo mismo su hijo y sucesor Fernando el VI, que hizo de él su corte permanente, le amplió y decoró con profusión, y construyó, a lo que creemos, el bello teatro, en que introdujeron las óperas italianas el celebérrimo Carlos Broschi (Farinelli) y los primeros compositores y cantantes de Europa.

En esta época volvió a adquirir el Retiro su primera importancia y animación; y aunque no tanta, en el   —174→   reinado de Carlos III, que pasó ya a ocupar el nuevo palacio Real, todavía hemos alcanzado a escuchar de boca de algunos ancianos la narración de las pomposas fiestas en aquellos regios salones, cuando campeaban en ellos las casacas bordadas y los empolvados pelticones que sustituyeron a las capas y ferreruelos. Todavía hemos oído, contar a nuestros padres la asistencia que de grado o por fuerza hubieron de hacer a las comedias que a principios del siglo hacía representar María Luisa en aquel coliseo, y para las cuales, necesitando mayor concurrencia que la ordinaria de la corte, hacía destacar a los guardias de Corps para que fuesen a reclutarla a los paseos inmediatos del Prado.

Pero este Real sitio dejó de existir como tal cuando, ocupado Madrid, en 1808, por las tropas francesas, convertido por ellas en una imponente ciudadela con que tener en respeto a la arrogante población. Sus regias habitaciones, demolidas o trocadas en baterías, cuarteles y establos; sus jardines en terraplenes y campos de maniobras, y los escasos árboles, que aún daban testimonio de sus antiguos bosques, viéronse regados con la sangre de las víctimas madrileñas. Honor era y deber del Monarca español, restituido al trono de sus mayores, borrar aquel testimonio de desdichas, y tornar a la capital del reino su primer adorno y solaz.

No quedaron, pues, defraudadas las esperanzas de los habitantes de Madrid; pues Fernando VII, consagrando grandes sumas a la reparación de este Real sitio, alcanzó en pocos años a ponerle en un estado de brillantez y lozanía que iguala, si no excede, al que pudo tener en los reinados anteriores. Hizo más, y fue que, reservándose sólo una parte de sus jardines, entregó el resto al público, la más extensa y principal; y de sitio Real, privilegiado y exclusivo, le convirtió en el primer paseo de Madrid.   —175→   -Pero el palacio, teatro, y edificios contiguos, destruidos por los franceses (que, si hemos de creer a los que aun los han conocido, valían poco bajo el aspecto artístico), no han vuelto a levantarse; concluyéronse, sí, otros edificios en diversos puntos del Real sitio, como la Casa palacio de San Juan, la nueva Casa de Fieras, la Pajarera, la Faisanera, el Salón oriental, el Mirador, los Embarcaderos, la Casa del Pescador, y otras; plantáronse nuevos bosques, paseos, jardines y laberintos, y especialmente en la parte reservada a S. M., que comprende desde la Casa de Fieras hasta la montaña artificial, se pusieron en planta varios primores, que si no indican el mayor gusto ni grandeza de ideas en los encargados de ejecutarlos, prueban, por lo menos, la solicitud del monarca hacia su sitio favorito. -Hoy, su augusta hija doña Isabel II, dando mayor importancia todavía a la parte pública de estos espléndidos jardines, los ha enriquecido y decorado de un modo digno de la capital del reino, proporcionando a sus habitantes un gran desahogo y comodidad71.



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ArribaAbajo-XIII-

Paseo exterior


Al pie del Alcázar y su florido parque del Campo del Moro extiéndese la frondosa vega, regada por el Manzanares, que naciendo en unas sierras cerca del pueblo cuyo nombre toma, entre las villas de Navacerrada y Becerril, viene atravesando en su curso los bosques del Pardo, la Casa de Campo, deja sobre su orilla izquierda a Madrid, y sigue por el soto de Luzón, Peralejos y la Torrecilla, hasta llegar a Vacia-Madrid, donde se confunde en el Jarama.

El humilde origen, escaso raudal y limitado curso de este modesto río no le daban ciertamente derecho a esperar ser algún día el encargado de regar los muros de la capital del reino, y de reflejar en sus aguas trasparentes los suntuosos alcázares, los Reales bosques, los puentes monumentales que le envidian sus rivales el Tajo y el Ebro, el Duero y el Guadalquivir; contraste formidable con su mansa corriente, que dio lugar en todos tiempos a las donosas burlas y festivas chanzas de los poetas y gentes de buen humor. -Mas, a pesar de esta exigüidad de nuestro pobre Manzanares, no pudiera, sin injusticia, achacársele de inútil o insignificante para la   —177→   población madrileña, cuya vega occidental y meridional fructifica y alegra, cuya salud protege en su mismo prudente apartamiento, cuya seguridad nunca compromete, y cuya policía, limpieza y regalo encomienda a su mansa corriente y a sus ninfas de Lavapiés.

Las fértiles huertas y jardines de una y otra orilla, la magnífica Casa Real de Campo, propiedad un tiempo de la antiquísima familia de los Vargas, de Madrid, adquirida y aumentada considerablemente por los Felipes II y III con inmensos bosques, risueños parques, estanques, alamedas y paseos; la otra preciosa posesión, también Real, de la Moncloa, frontera a aquélla, que encierra en una las famosas del cardenal arzobispo de Toledo don Bernardo de Rojas Sandoval, y la Florida, de los antiguos duques de Alba; sus magníficos jardines, comparables en amenidad y lozanía a los más preciados del Sitio de Aranjuez; las frondosas alamedas de ambas orillas, los sotos de la Villa, de Migascalientes, de Luzón, antiguos y deliciosos sitios de recreación popular; todo declara el benéfico influjo del río Manzanares en esta comarca espontánea para la vegetación, benéfica y propia para la salud y la holgura.

Y digan lo que quieran en sus festivas sátiras los poetas madrileños Lope y Quevedo, Tirso y Calderón, contra la exigüidad de su modesto río, y apuren las sales de su ingenio en sus invectivas contra Felipe II por haberle autorizado con la famosa puente Segoviana, obra del insigne Juan de Herrera, invirtiendo en ella la suma de 200.000 ducados; y truenen otros contra el corregidor, Marqués del Vadillo, que dos siglos después levantó con no menor sacrificio la otra puente Toledana con la suntuosidad que hoy ostenta; lo cierto es que, aparte de cierto lujo romano en la construcción de estas obras, su solidez y fortaleza estuvieron bien calculadas, y el mismo   —178→   Manzanares las justifica cuando tal vez, al desprenderse las nieves de las sierras vecinas, acrece tan formidablemente su caudal, que hace necesarias aquellas obras monumentales para dominarle y resistir a su empuje72.

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Debe, sin embargo, suponerse que en el siglo XVI venía el río más crecido, o por lo menos más somero, y no tan escondido entre la arena, pues que tenemos la relación del viaje que, en el reinado de Felipe II, hizo desde Lisboa por el Tajo, el Jarama y el Manzanares, el ingeniero Antonelli, llegando hasta los bosques del Pardo, o por lo menos hasta frente al Alcázar de Madrid. -Posteriormente hubo el proyecto de aumentarle e incorporarle al Jarama, y más adelante, a fines del siglo XVII, por los ingenieros hermanos Grunnemberg se propuso la canalización del río hasta Vacia-Madrid, que al fin se llevó a cabo en el reinado de Carlos III, con grandes esperanzas de resultado, que ha venido a hacer estéril la   —180→   aplicación de los ferro-carriles, concurrencia formidable, en que no pudieron soñar ni Antonelli ni Grunnemberg.

De todos modos, preciso es convenir en que donde concluye la influencia del Manzanares, o sea desde frente al extremo de la Montaña del Príncipe Pío hacia el Norte, y el de la huerta de Atocha hacia Levante, allí acaba también la animación, la vida y la fertilidad de esta comarca. Dentro de estos opuestos polos, al Occidente y Mediodía, es donde se despliega, a favor del benéfico influjo de su escaso río, la risueña vega de Madrid, donde en tiempos remotos acudían a solazarse los habitantes de esta villa. -Allí está su famoso sotillo, en donde, el 1.º de Mayo, celebraba la popular y animada fiesta de Santiago el Verde, que poetizaron hasta lo sumo, en sus dramas y canciones especiales, las musas de Lope, de Rojas y Calderón; allí, sus antiguas ermitas de San Isidro73, del Ángel74, de San Dámaso75, de San Antonio de la Florida76 y de la Virgen del Puerto77, que en sus días respectivos presenciaban sus festivas y vistosas romerías; allí su pradera del Corregidor, teatro de sus románticas verbenas la mañana de San Juan; allí la Tela de justar, en que los briosos caballeros (no digamos del siglo XI, ni acaudillados por el Cid, según en sus admirables quintillas describe Moratín el padre), sino los apuestos galanes de la corte de los Felipes, holgaban de lucir su gallardía dominando un fogoso alazán, corriendo una sortija, quebrando una lanza o rejón, y tendiendo a un toro a sus pies; allí su parque de Palacio, donde las   —181→   elegantes y hermosas damas salían a lucir su belleza y recibir los holocaustos de sus amantes en las mañanas de Abril y Mayo; allí donde el Monarca, los magnates de la corte y los antiguos mayorazgos de la villa tenían sus recreos o retiros campestres, sus huertas floridas; el Rey, su Casa de Campo; el Arzobispo de Toledo, su Moncloa; el Duque de Alba, la Florida; sus huertas los Vargas, los Luzones, los Lujanes, los Ramírez de Bornos, los Coellos y los Balbases78; allí, en fin, donde, coronando dignamente este risueño paisaje sobre las altas colinas de su fondo, desplegaba sus antiguos torreones, sus fuertes murallas, su puerta primitiva, la villa y corte de Madrid, desde el Real Alcázar hasta el venerando templo de San Francisco.

A espaldas de este cuadro pintoresco, es decir, salvando los límites de la Montaña del Príncipe Pío y de Atocha al Norte y Levante, ¿qué es lo que ofrecía Madrid, y qué ha venido ofreciendo hasta nuestros días, en que espera fundadamente su transformación, merced a las aguas del Lozoya, traídas a sus puertas con obras formidables? ¿Qué objetos halagüeños, qué señales de vitalidad presentaba en su radio exterior, sino una monótona sucesión de colinas areniscas, de tierras de pan llevar, interrumpidas de vez en cuando por alguna triste casa de labor, por alguna venta o tejar, por tal cual posesión cercada, más o menos rústica, por algún barranco seco y pestilente o por una solitaria y desnuda carretera? ¿Ni en qué se diferenciaba de un yermo, ni en qué se parecía a las avenidas de otras ciudades populosas?

Madrid recibió, es verdad, de Felipe IV el importantísimo aumento del Buen Retiro a su banda oriental; con la asombrosa extensión de este Real sitio casi duplicó el perímetro de la villa y llamó hacia aquel extremo su importancia y su riqueza; pero al tiempo que la dotó de tan espléndido apéndice, la impuso límites fijos, indeclinables, fatales, por aquel lado, y contuvo el progreso que desde el principio venía siguiendo la población hacia aquel extremo.

La formación de este inmenso parque al otro lado del Prado prohibió al caserío rebasar la línea de aquel paseo y convertirle a la larga en una rambla o boulevart interior; y la cerca del Retiro, desde su esquina meridional hasta la que mira al Norte, donde se alza hoy la montaña artificial, puede decirse que eran las columnas de Hércules, el Non plus ultra para la villa de Madrid por aquel lado.

A la vista tenemos también, para esta ojeada exterior,   —183→   un preciso Plano de Madrid (del que hasta últimamente no teníamos noticia); y aunque no de la extensión y primor del grande, de Tejeyra, grabado en Amberes en 1656, sobre el cual están calcados estos paseos por el Madrid antiguo, es indudablemente anterior a él, y aun al reinado de Felipe IV, pareciendo ser obra de los últimos años del de su antecesor, hacia 1617 o 1618, por carecer todavía del Retiro, de la nueva Plaza Mayor, de la puerta de Segovia, de la cárcel de Corte, del Ayuntamiento y demás edificios posteriores79.

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Recorriendo con este dato contemporáneo el exterior de Madrid en los primeros años del siglo XVII, empecemos por la parte alta al Norte, donde hallamos la dicha huerta de la Florida y la del cardenal de Rojas Sandoval (tío del Duque de Lerma), y otras, formando un conjunto con lo que hoy las dos Reales posesiones de la Moncloa, o Real Florida, y la Montaña del Príncipe Pío, que más adelante fueron separadas por Carlos III con el costoso desmonte y rotura del camino o Cuesta de Areneros. -Donde después se colocó el portillo de San Joaquín, o de San Bernardino (porque es sabido que entonces Madrid no tenía cerca alguna), arrancaba el camino de las Cruces, que guiaba al convento de San Bernardino, fundado por el contador Garnica en 1572; y la primera casa o edificio de Madrid por aquel lado estaba en lo que después se llamó plazuela de los Afligidos, y era el convento de clérigos menores, apellidados con aquel título, y la huerta contigua del Conde de Nieva, hacia donde hoy el palacio de Liria; a que seguían, en la dirección del actual cuartel de Guardias y portillo del Conde-Duque, otros edificios y casas particulares. -Al término de la cuesta de Leganitos, y sobre la dicha Montaña del Príncipe Pío, en que hay varias huertas, está ya señalado el viejo palacio del Duque de Osuna, que aún subsiste, y todas las dichas calles de Leganitos y sus paralelas, hasta las de San Bernardo, Fuencarral y Hortaleza, daban salida al campo y no se prolongaban tanto como después lo hicieron. -Al final de esta última (la de Hortaleza) se ve ya en la extensa plaza o descampado el convento de Santa Bárbara a su derecha, y al frente, otro edificio considerable con su huerta. -Detrás del de Santa Bárbara estaban el palacio y jardines del Príncipe Stillano, convertido después, por él mismo, en convento de monjas de Santa Teresa; y más adelante seguían otros huertos y   —185→   casas aisladas hasta el extenso campo donde después se elevó el monasterio de las Salesas.

El prado de Recoletos está ya, poco más o menos que en el plano de Amberes, con su convento de Agustinos, su huerta de San Felipe (luego de la Veterinaria), y otra muy grande, hasta la subida de la puerta de Alcalá; y al otro lado del paseo, los jardines del Conde de Baños, del Almirante y de Juan Fernández, el Regidor; corriendo por el centro el antiguo barranco y dos filas de árboles. -La puerta de Alcalá, levantada en 1599, y formada de dos mezquinas torrecillas, apoyaba entre las huertas del prado de Recoletos y la que había enfrente, hacia donde después la entrada del Retiro por la Glorieta. Detrás de esta huerta seguía otra, donde luego el jardín de Primavera y el palacio de San Juan, hasta la subida de San Jerónimo, con un edificio de alguna apariencia, en donde se elevó el cuartel de Artillería, y un paseo delante, que está señalado en el plano con el nombre de Carrera de los Caballeros. También había allí una ermita o iglesia, que podía ser la antigua de San Juan. -Lo demás que hoy forma el Real Sitio del Retiro eran tierras y casas de labor, atravesando por ellas el camino de Valnegral o de Abroñigal, y terminando aquella banda en el monasterio y cuarto Real de San Jerónimo y su extendida huerta, el altillo y ermita de San Blas, el convento, iglesia y huerta de Atocha.

Por delante de todo esto se ve el Prado de San Jerónimo, como en el plano posterior, con sus dobles filas de árboles, sus fuentes, su torrecilla para las músicas, sus huertas y barranco a la izquierda, las cercas de sus jardines a la derecha, avanzando éstas más adelante que hoy a la esquina de la calle de Alcalá y de la Carrera, no formándola todavía la fachada de la casa del Marqués del Carpio (hoy de Alcañices), ni la del Duque de Maceda, y hoy el palacio de Villahermosa.

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La huerta del Duque de Lerma, y los diversos edificios que incorporó a ella para formar su palacio, aparecen donde hoy el de Medinaceli, aunque separados e independientes; uno con vista al Prado; luego la verja de la huerta, y otros edificios al término de ella, hacia la calle del Prado80. También está detrás de este palacio y   —187→   huerta el convento de los trinitarios de Jesús, fundado por el mismo Duque en 1606. -Sigue el Prado hacia la salida al camino de Vallecas, con dos filas de árboles, y a su extremo el edificio del antiguo hospital, y el convento iglesia de Atocha al fin de su paseo. -Por la parte baja no se presenta nada notable en los límites de Madrid; todas las calles, que, por lo que se infiere, no se prolongaban tanto como ahora, tenían salida al campo y terminaban, la de Lavapiés en la plazuela de este nombre, la del Mesón de Paredes en la Escuela Pía, donde estaba el Hospital de los Aragoneses, y así las demás hacia la de Toledo.

A la parte oriental, al otro lado del río, se ve la   —188→   antigua ermita de San Isidro, poco más o menos de la misma forma que la actual, y luego las huertas de Luche, los lavaderos, la Casa de Campo, con la estatua ya de Felipe III (que fue colocada en 1616), y de la parte acá el monasterio de San Francisco y su huerta (pero no la del Infantado), el Puente Nuevo, sin la puerta de Segovia, porque la calle de este nombre terminaba en las casas de Moneda, viéndose todavía al descubierto la muralla antigua, que bajaba por la Cuesta de los Ciegos, y subía luego, dejando a la parte fuera el hospital de San Lázaro, que se ve hacia donde ahora el callejón de este nombre; luego la primitiva y única puerta de la Vega en la escabrosa cuesta, terminando con el parque de Palacio, el Alcázar y Vistillas al río, en las que se mira el monasterio de doña María de Aragón. -Aquí nos hallamos ya delante del cuadro que dejamos trazado al principio de este paseo, y aquí terminan también los nuestros por el Antiguo Madrid.



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ArribaAbajo Apéndice

Hemos citado tantas veces, en el curso de nuestros paseos, los antiguos libros del maestro López de Hoyos, que sirven de fundamento a la mayor parte de las consejas de los Dávilas, Quintanas, Pinelos y demás historiadores de Madrid, y son tan rarísimos aquellos libros, que creemos nos agradecerán nuestros lectores la reproducción que vamos a hacer de la parte de ellos que tiene relación con nuestro asunto. Titúlase el primero:

Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias fúnebres de la serenísima reina de España doña Isabel de Valois, nuestra señora; con los sermones, letras y epitafios a su túmulo; dilatado con costumbres y cerimonias varias de diferentes naciones en enterrar sus difuntos, como paresce por la tabla de este libro. En el qual se comprehende el nascimiento y muerte de S. M. -Dirigido al ilustrísimo y reverendísimo señor don Diego de Espinosa, cardenal de la Santa Iglesia de Roma, título San Esteban de Montecelio, obispo y señor de Sigüenza, presidente del Consejo Real, inquisidor apostólico y general de los reinos y tierras de España contra la herética pravedad y apostasía, etc. Compuesto y ordenado por el maestro Juan López, catedrático del Estudio de esta villa de Madrid. Impreso en la M. N. y C. villa de Madrid en   —192→   casa de Pierres Cosin, a las espaldas de la Victoria, Año M. D. LX.IX, con privilegio Real. Está tasado a dos reales y medio. Es un tomo en 8.º

Los dos documentos interesantes para la historia de Madrid que contiene este libro son: 1.º, una carta del autor al Senado (Ayuntamiento) de esta villa, que va al principio; y la Declaración de las armas de Madrid, que hace al fin. Por su muestra podrá venirse en conocimiento del criterio y del estilo del maestro del gran Cervantes.

Helos, pues, aquí:

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ArribaAbajoNÚMERO 1.º

CARTA

Al ilustre Senado de la muy noble villa de Madrid, el maestro Juan López de Hoyos.

«Es muy averiguado y doctrina muy clara entre filósofos y varones de raras prendas y singular erudición, que no menos gloria y triunfo se debe al historiador que escribe, y con perpetua memoria de escritura celebra las hazañas, proezas y cosas memorables de algún príncipe, valeroso capitán o ilustre ciudad, que al mismo que las hace. Porque bien se deja entender que ninguna de las naciones que desde el principio del mundo ha habido hasta ahora, ni ningún capitán, adquirió tanto para su tierra, ni ninguno de los Césares tanto fue celebrado en vida por sus hazañas, cuanto todos los sobredichos han adquirido y se han perpetuado, y su nobleza ha sido más dilatada y conocida por lo que sus historiadores con sus escritos los han hecho inmortales entre las gentes, y de ellos por sus historias hemos conocido, que no por lo que ellos hicieron. Porque ¿quién supiera de los triunfos y monarquía del emperador Alcibíades, ni del gran rey de Ponto Mitrídates? ¿Ni la potencia y riqueza del rey Darío, ni su competidor Alejandro el Magno? ¿Ni de las grandes antigüedades que en este volumen he recogido, si los   —194→   escritores no las hubieren eternizado con sus escritos y librado de la injuria de los incendios y pérdidas de ciudades, destrucciones y diluvios de naciones, y la variedad de los tiempos y antigüedad de siglos que suelen ordinariamente arruinar y traer su ignominia y desautoridad de perpetuo olvido?

Pues pretendiendo yo que las cosas que tan ilustremente en servicio de los SS. reina y príncipe D. Carlos, SS. nuestros, en sus honras y recomendación que V. S. hizo, quedasen en perpetua memoria, acordé historiarlas con el mejor y más cortesano lenguaje y elegante estilo que en mí ha sido.

Las armas y calidades de Madrid en suma.

De adonde todo el mundo conocerá la obediencia, lealtad y amor con que, en cualquier género de servicio que a S. M. pertenezca, V. S. pone por obra aficionadísimamente todo en decreto y autoridad. «Pues por la misericordia de Dios nuestra patria no debe ser pospuesta las muy nobles y muy felices en clemencia y serenidad de cielo, sus aires salutíferos, en fertilidad de todo género de bastimento de toda su comarca y términos, que tan celebrados son por el universo, llamados los lomos de Madrid, con la ribera del Jarama, la cual es de tanto renombre, que no hay nación a quien no sean muy conocidos y notorios los toros, caza y pesca sabrosísima, pasto y sotos gravísimos, humbriosos y deleitables. No diciendo de los bosques y Real casa del Pardo, la cual en policía y pintura y grandes riquezas, caza, cielo y sitio y compartimiento y buena traza, es la mejor y más rara que príncipe alguno en el mundo tiene. Y la floresta graciosísima de Aranjuez y los jardines, fuentes y recreación de la casa (que vulgarmente llaman del Campo en esta villa, de Madrid). Ni la casa y Reales palacios, tan antiguos y tan ilustrados con nuevos edificios y presencia de la majestad del rey D. Felipe II, nuestro señor; los cuales son   —195→   de tanta majestad, que son tenidos, a dicho de todos los extranjeros, por edificio muy raro y de gran magnificencia y digno (como desde su antiquísima fundación lo ha sido, como paresce en todas las crónicas) de ser perpetuo palacio de reyes y príncipes.

Armas de los griegos en Madrid.

Entre las antigüedades que evidentemente declaran la nobleza y fundación antigua de este pueblo, ha sido una que en este mes de Junio de 1569 años, por ensanchar la Puerta Cerrada, la derribaron, y estaba en lo más alto de la puerta, en el lienzo de la muralla, labrado en piedra berroqueña, un espantable y fiero dragón, el cual traían los griegos por armas y las usaban en sus banderas81, como paresce en las historias, y particularmente recopilado por Juan Pierio, libro quince, dice cómo el clarísimo emperador Epaminondas, griego, traía por bandera un dragón, el cual ponía en las obras y edificios que edificaba, de donde inferimos estos tan excelentes y superbos muros haber sido edificados por esta tan antigua e ilustrada gente, pues en ellos hallamos sus armas y memoria. Y siendo yo de pocos años, me acuerdo que el vulgo, no entendiendo esta antigüedad, llamaban a esta puerta la Puerta de la Culebra, por tener este dragón labrado bien hondo y con unas imágenes que en yeso sobre esta culebra se pusieron, se atapó de manera que no pudiera ser visto. Y esto no piense nadie que es lisonja, o que los griegos nunca descendieron tan al riñón de España. Pues Ulises, griego, descendió tanto, que a la entrada de Tajo   —196→   en el mar, edificó aquella celebrada ciudad española que de su mismo nombre llamó Ulisípolis, que en nuestro vulgar llamamos Lisbona, etc.

Mayorazgos.

No es menos notable y valerosa su nobleza de caballeros, pues en ella hay sesenta y cuatro mayorazgos, no de granjería, sino de muy buena renta y cualidad en nobleza de sangre, ilustres familias, entre los cuales hay muchos señores de vasallos82.

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De todo lo cual no es mal argumento tantos comendadores en todas las órdenes de Caballería y tanto número y frecuencia de ciudadanos de este pueblo en la casa Real, como es el licenciado Juan Zapata, oidor del Consejo Real, gobernador electo del arzobispado de Toledo. Don Gómez Zapata, del Consejo Real de Indias. Don Íñigo de Cárdenas, del Consejo de Órdenes. Francisco de Eraso, de la Orden de caballería de Calatrava, secretario de S. M. Melchor de Herrera, tesorero mayor de S. M. Antonio Gómez de Eraso, secretario de S. M. Antonio Pérez, secretario del Consejo de Estado de Italia. Don Gabriel Zapata, gentil-hombre de la boca de S. M. y D. Ladrón de Guevara, gentil hombre de la boca de los serenísimos príncipes de Bohemia y Hungría.

Contadores, Luis de Peralta y Juan de Galarza, y Luis de Rivera, superintendente de todas las obras. Médicos de la casa Real, el doctor Santiago, el doctor Madera y el doctor Pedro de Torres. Dejo los demás acrois y pajes de oficios, porque pocos, o sea ninguno, son (como   —198→   adelante hemos dicho) los oficios en que no hay gentes y vecinos de nuestra patria.

Pues en la capilla Real están D. Hierónimo Zapata, arcediano de Madrid en la santa iglesia de Toledo, y Antonio de Eraso, arcediano de Coria y canónigo de Sevilla, y D. Íñigo de Mendoza y otros muchos que, por no ser molesto (aunque perdonen), paso por alto. No callando a Melchor de Valdés, maestro mayor de la capilla Real, una de las raras prendas que hay de su arte. Dejo los tiples y demás cantores famosos en la capilla Real, naturales de nuestra patria.

No es de callar, ver cómo en el Palacio sacro hay también vecinos de Madrid, el doctor D. Diego de Vargas, camarero de S. S. y canónigo de Toledo. Pues en el santo Consejo de la Inquisición también tenemos el señor Tapia, varón de gran confianza en las cosas muy arduas, por sus excelentes dotes de ánimo.

Dejo aparte todos los señores de títulos que en este pueblo se han avecindado. Todo lo cual hace muy feliz y muy ilustre a nuestra patria, no tratando de los antepasados por no hacerles la injuria de en breves palabras historiar lo mucho que de ellos hay que decir.

Papa San Dámaso natural de Madrid.

Pues a lo mucho que hay que notar de este beatísimo padre pontífice San Dámaso, natural de este pueblo, dejando aparte su santidad, con la cual ordenó que al fin de los salmos se dijese Gloria Patri et Filio, etc., y que al principio de la misa se dijese la Confesión. Sus letras fueron tan grandes, que dio harto ejemplo a los sucesores, como elegantemente lo declara el maestro Matamoros en el libro que compuso de Viris illustribus. Y esto mismo también afirma Lucio Marineo Sículo, tratando de las calidades de Madrid.

Los capitanes y gentes valerosas en armas que de Madrid han salido, y al presente sirven a S. M., en defensa   —199→   de nuestra Santa Fe católica, en Flandes, en Granada y en otras muchas partes tocantes a su servicio83.

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Y por concluir, debe V. S. dar muchas gracias a Nuestro Señor de que por su misericordia son todas estas partes, para que se desvele en ordenar y conservar su república tan santa y piadosamente, que en virtud, en ciencia, autoridad, se vaya siempre mejorando.

Dos daños muy perniciosos en la república.

Sólo una cosa diré, que entre todos los dichos de los filósofos, recopilados por Erasmo, Roterodamo, en un libro que llamó Antibarbarorum, que quiere decir libro contra bárbaros, hallo yo que reprende a los que tienen el gobierno de las repúblicas, dos cosas: primera, los que consienten malos vicios, porque ellos corrompen y dañan los cuerpos humanos y con sus adobos engendran piedra y dolor de ijada y otras muchas indisposiciones, de adonde se viene a destruir la salud de la república y acortarse la vida de los hombres. El segundo yerro es de los que consienten en sus repúblicas malos preceptos, porque   —201→   éstos destruyen y corrompen las buenas costumbres de los ánimos tiernos de sus discípulos. Y no solamente se pierde el tiempo y la hacienda; pero queda tan habituado a vicios el estudiante, que en breve tiempo, de ruin niño va vicioso mancebo, y de ahí sube poco a poco a ser verdugo de sus padres, con justo juicio y permisión de Dios. Pues un labrador rústico para encargar un par de mulas y su carro a quien se le administre, le busca con toda diligencia que sea discreto, cuidadoso, honesto, diligente y ejercitado en aquel negocio, y con ser importancia de doscientos ducados, cuando mucho, se pone este cuidado. Y para dar ayo o maestro a un príncipe, para criar un caballero, para ser preceptor, y por mejor decir, padre universal de la república, cualquier cosa basta.

Pues todos han de ir a beber de la fuente y leche de su doctrina, la cual si estuviere atosigada y corrompida con   —202→   el mal ejemplo y barbarie, todos los que allí bebieren lo irán, y así será gran daño en la república por el un error de éste o del otro. Tenían en Atenas en tanta veneración, y trataban tan regaladamente, y favorecían tan por el cabo a los que se empleaban en este ejercicio de enseñar y tenían cargo de historiar las cosas de su patria, que para solo este efecto edificaron una casa muy superba, que llamaron Pritaneo, donde eran sustentados y conservados en mucha paz y sosiego con las rentas del Erario público. Pues es así que, como dice Marco Tulio en el tercer libro de Divinatione, que no podemos hacer otro beneficio mayor a la república que enseñar e industriar los mancebos, de donde salen buenos ciudadanos y para cualquier estado bien instruidos, especialmente en tiempo que tan necesarias son las buenas costumbres, y tanta corrupción vemos, por nuestros pecados, en todas las edades, lo cual declara el buen filósofo con estas palabras: «Nullum munus Reipublicae affere majus nulliusve possumus quam si docemus atque erudiamus juventutem ejus praesertiin moribus quibus ita prolapsa est, ut omnium opibus refrenanda atque coercaenda sit.» Ningún bien (dice) ni mayor don, ni ningún género de servicio podemos hacer a la república mayor, que enseñar y encaminar a virtud los ánimos de los mancebos y niños, principalmente en tiempos donde va el negocio tan de rota, que, con todas las vías, modo y riqueza de todos, se debían refrenar y constreñir a la virtud.

Lugar donde sustentaban los virtuosos en Atenas.

De lo cual, y de toda esta obra, y de todo lo que yo he hecho en servicio de mi patria, verá V. S. si cumplo en lo que dijo Platón, en decir que no sólo nacimos para nosotros, sino que parte de nuestro nacimiento debemos a nuestra tierra, y parte a los amigos. No diré yo esto, sino que todo me debo a mi patria, y nunca a mis amigos, y toda mi vida y tiempo gasto en enseñar, así en el   —203→   Estudio de V. S., con buenas letras, como en la declaración del Sagrado Evangelio en los púlpitos. De donde confío en la misericordia de Dios conseguiré mi intento de salir con el fruto que todos desean, teniendo por averiguado que a quien es tan razonable hijo de V. S. corresponderá como buena madre, y en ninguna cosa permitirá V. S. ser llamado madrastra. Cuyo lustre y valor Nuestro Señor por muchos años conserve. Amén.»

Sigue la relación pesadísima y empalagosa de la enfermedad de la Reina, día por día y hora por hora, hasta su fallecimiento, en 2 de Octubre de 1568; ocupa buena parte del libro luego la disposición y orden del enterramiento, que se verificó con gran pompa en la iglesia del monasterio de las Descalzas Reales, y después la descripción del templo, túmulo y exequias, que llena todo el texto del tomo. -Siguen los sermones y la minuciosa explicación de las alegorías y traza del túmulo, con el sinnúmero de inscripciones y versos latinos y castellanos que le adornaban, la mayor parte compuestos por el mismo maestro Hoyos y sus discípulos del Estudio de la villa, entre los cuales hay unas quintillas, un soneto y una elegía de Miguel de Cervantes, a quien apellidaba nuestro caro y amado discípulo, y que (a pesar de su escasísimo mérito) han hecho de este libro una rara curiosidad bibliográfica, por referirse al insigne autor del Quijote, y que acredita su existencia en Madrid, cursando en el Estudio de la villa en 1569. No los reproducimos aquí, por haberlo hecho ya los biógrafos de Cervantes, Sres. Ríos, Pellicer, Navarrete, y más extensamente el Sr. Aribau en la Biblioteca de Autores Españoles.



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ArribaAbajo NÚMERO 2.º

DECLARACIÓN DE LAS ARMAS DE MADRID.

URSARIA VEL MANTUA CARPETANA (MADRID)84

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Arbustus atq. Ursus capit unde Ursaria nomen:
Signant hanc urbem monte fuisse sitam.
Illa corona tamen, qua dumus cingitur urbi,
A Carolo Quinto munere fixa fuit.
Personet ut tanto dono decorata, Joannes
Mendocius meruit clarus honore quidem,
Mantua quem genuit foveat bona Mantua natu,
Quem genuit natu, Mantua mater alat.
Ergo tuum mitem foveas me Ursaria natu
Obtantem matrem condecorasse sua.

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Declaración de los versos.

Los cuales versos, declarados en nuestro común castellano, quieren decir que el oso y el madroño, de los cuales Madrid se llama Ursaria, como la llama Ptolomeo, dan a entender claramente los grandes montes que en su fundación en todo su contorno había, y la muchedumbre de osos que en ella se criaba, por ser tierra muy fértil y aparejada para ello y para cualquier género de caza, y sierpes y culebras, las cuales solía haber tan grandes y tan disformes, que destruían los ganados y toda la tierra, y no era negocio fácil y de poco momento el matarlas, así a ellas como a los lobos y osos que en ellas se criaban; y porque muchas veces los del pueblo las salían a matar y destruir, tuvo el origen y principio el llamar a los de Madrid los de la ballena, porque salían a allanar la tierra y a destruir los osos, sierpes, lobos y otros feroces animales, la gente como los ganados anduviesen seguros y pacíficamente por los campos.

Y aun en nuestros tiempos soy yo testigo de vista que en la ribera del Jarama unos cazadores, siendo llamados para ello, mataron con harta astucia una sierpe que tenía más de once palmos de larga, la cabeza como la de un mastín, y poco más bajo tres cuartas de ella tenía dos brazos como de un palmo cada uno y cinco dedos en cada mano, la cual destruía toda la caza y comía las guardas, que no osaban, como dicen, asomar a la ribera.

Por qué se llamó Ursaria.

Santo Isidro.

Armas de Valencia.

Armas de Nápoles.

De manera que de los osos y fieras que en esta comarca se criaban, y de su destrucción, se llamó Ursaria, y pocos años ha que estando los Reyes Católicos en esta villa, saliendo de sus Reales palacios a caza por la ribera del río abajo, mataron un oso ferocísimo junto a la ermita del bienaventurado San Isidro, al cual piadosamente todos tienen por tal por los grandes milagros que Nuestro Señor ha hecho por su intercesión, y la perseveración que en su cuerpo vemos casi desde el rey D. Alonso   —206→   el VI, que ganó a Toledo y a Madrid, y por culpa del pueblo y sus ciudadanos, con ser el mismo santo de Madrid, no está canonizado; y los señores Reyes Católicos le pusieron con grande veneración en una capilla pequeña junto al altar mayor, en la iglesia del señor San Andrés, donde él fue enterrado; dejo sus grandes milagros, que están en un volumen en latín y porque mi principal intento no es poner aquí por extenso las cosas notables de este santo, ni las memorables que de Madrid hay que historiar, mas de declarar sus armas y divisa. Así que, desde antiquísimamente tomó este pueblo estas armas por la muchedumbre de osos que mataron, dejando llana y pacífica la tierra y toda su comarca de toda las ferocísimas bestias que hemos dicho, de la manera que los valencianos tienen por armas unos murciélagos, que ellos llaman rata perrata; lo cual fue, o por haber echado y alcanzado y vencido la idolatría y moros que en ella había, o porque comúnmente dicen que estando en el cerco de Valencia en la bandera y tiendas de los que la fueron a ganar, crió aquel murciélago. Y los napolitanos tomaron por armas un animal barbado, para denotar ser gentes para mucho y el continuo y ordinario trabajo, con el cual vencen y alcanzan todas las cosas.

La corona de las armas de Madrid.

Tienen las armas de Madrid, sobre el madroño y la osa, la corona Real, cuya razón es que los años pasados de 1544, haciendo cortes en Valladolid el emperador Carlos V, rey de España, padre del serenísimo y católico rey D. Felipe, nuestro señor, yendo por procuradores de Cortes de esta villa de Madrid D. Juan Hurtado de Mendoza, señor de Fresno de Torote, y Pero Juárez, acabadas las cortes les mandaron que entregaran sus memoriales, advirtiendo en lo que pedían se les hiciese merced; y el dicho D. Juan Hurtado, como tan ilustre, docto y magnánimo, suplicó que la merced que a él se le había   —207→   de hacer en particular la hiciesen a su patria, y que le diesen una corona Real que en sus armas trajese. El Emperador, por la voluntad que siempre a Madrid tuvo antes y después que en él se le quitasen las cuartanas, lo tuvo por bien y le hizo esta merced, y de este tiempo se puso en las armas de Madrid la corona Real, y a esta causa se llamaba Coronada villa de Madrid.

El tiempo que fue obispado.

Quasi autrix dicitur quia a Hispaniae aucta auget cives.

La iglesia de Santa María de canónigos en qué tiempo.

Estrellas de las armas.

Dejo de decir cómo este pueblo ha sido siempre muy estimado de muchos emperadores, pues el emperador Constantino el Magno, hijo de la reina Elena, emperador treinta y cuatro de Roma y señor de España, en el año del Señor de 339, después de haber sosegado y allanado muchos alborotos que en estos reinos había, para que se conservasen en paz y el culto divino fuese en perpetuo aumento, dividió a España con parte de Francia en seis arzobispados, entre los cuales el cuarto fue el de Toledo, y señalándole los obispados que le habían de ser sufragáneos y sujetos, cuenta la crónica con estas palabras: «E mandó que le obediesen estos obispados, Lorca, Cartagena, Madrid, Ausis, Segovia, etc.» De adonde claramente paresce como, ahora 1230 años, era Madrid obispado, que se deja bien entender cuántos años antes fue edificada y poblada de muchos ciudadanos, y su distrito y buena comarca. Y pocos años ha que la iglesia de Santa María, que llaman Nuestra Señora de la Almudena, la cual se llama así porque en arábigo este vocablo almut quiere decir medida, y en la puerta que comúnmente llaman de Alvega está una figura de piedra a manera de la medida que en castellano llamamos media hanega, y porque dentro de esta antigua muralla no había más de este templo de Nuestra Señora; por eso se llama Nuestra Señora de la Almudena; era de canónigos regulares, y así paresce en una pintura que en el portal de la iglesia, por lo alto, estaba junto a un sepulcro que   —208→   sobre una columna había de piedra, a la manera y forma de una arca con una tapa de piedra negrísima, y treinta años habrá que, renovando el enmaderamiento de la techumbre de la iglesia, borraron los canónigos, que con sus capirotes o cogullas estaban pintados en los tabiques del enmaderamiento, a los cuales pintaban como iban muriendo. Todo lo que testifican todos los antiguos y ancianos ciudadanos de este pueblo, y vese muy claro en el libro de los milagros de San Isidro, donde cuenta un milagro que sucedió a un canónigo, sacando el cuerpo santo, por la gran falta de agua que había, dice allí que fue en la era de 1270, que es año del Señor de 1253. Tienen las armas de Madrid por orla siete estrellas en campo azul, por las que vemos junto al Norte, que llamamos en griego Bootes, y en nuestro castellano, por atajar cosas y fábulas, llaman el Carro, las cuales andan junto a la Ursa; y por ser las armas de Madrid osa, tomó las mismas estrellas que junto a la Ursa, como hemos dicho, andan, por razón de que, como en tiempo de don Alonso VI, viniendo a ganar este reino de Toledo, el primer pueblo que ganaron fue a Madrid, y para denotar que así como aquellas siete estrellas que andan alrededor del Norte son indicio de la revolución y del gobierno de los orbes celestiales, así Madrid, como alcázar y casa Real y primeramente ganado, había de ser pueblo de donde los hombres conociesen el gobierno que por la asistencia de los reyes y señores de estos reinos de Madrid había de salir, y también porque este nombre Carpetano, como abajo declaramos, quiere decir Carro, por eso tomó las siete estrellas que en el cielo llamamos el Carro.

De dónde se llama Mantua Carpetana.

Qué significa este vocablo Madrid.

Llámase por otro lado en latín Mantua Carpetana, tomando el nombre de los montes y puertos que llamamos de la Fuenfrida y de Guadarrama, que en latín se llaman   —209→   Carpentano, y así los llama Julio César en sus Comentarios, y para diferenciar de la Mantua italiana se llama Mantua Carpetana; así la llama Ptolomeo, y la pone en 40º de latitud y pocos minutos más o menos, y de longitud 11º 4', y llámanse los montes Carpetanos, primero, porque quiere decir el Carro, porque toda esta tierra hasta llegar a estos puertos eran los trajineros y recueros de este instrumento de carros (que en latín, como digo, se llama carpentum), de donde se llamó Carpetana, por los llanos y planicies que en todos estos términos hay. Este nombre de Mantua tiene después que los draconíferos (que en la carta del Ayuntamiento arriba hemos dicho) ampliaron al pueblo con nuevos muros, y por la magnitud con que la habían adornado la llamaron Mantua, como si dijeran mayor; y aunque es verdad que los romanos también traían por armas los dragones, como lo dice Vegecio, De Re militari, llamándolos con este término draconíferos, así como en el lugar arriba dicho se declara, los principales que de ellos usaban por banderas fueron los griegos. Y así las armas de Atenas fueron dragones, y el emperador Epaminondas, griego natural de Tebas, usaba de estas armas, como lo referimos de las historias antiguas, recopiladas curiosa y elegantemente por Juan Pierio, en el libro quince, donde abundantemente trata de todas estas insignias de dragones y quién usaba de ellas; llámase este pueblo Madrid, y dejando patrañas aparte, este nombre es arábigo, y quiero decir en nuestro castellano «lugar ventoso y de aires sutiles y saludables, de cielo claro y sitio y comarca fértil.»

Salida de Madrid y fuentes.

Y por tanto, Madrid es ilustre en lo que hemos dicho, como en las cosas que por cualquier respeto se pueden pedir; quiero decir, en la que hacen a un pueblo calificado, que son las necesarias para la congrua sustentación y uso humano, como es abundancia de pan, vino, aceite,   —210→   caza, carnes, frutas y todo género de legumbres, y finalmente y aguas dulces y muy saludables, que así en el pueblo como por doquiera que salgan hay tanta frescura con la frecuencia de las fuentes, que admira ver en una salida que llaman el Prado de San Jerónimo ocho fuentes de muy excelente agua, y ellas en sí bien pulidas y fabricadas, con ornato de grandes arboledas y huertas de mucha recreación. Dejo otras, de la salida que llaman de Leganitos, donde hay cinco caños de muy excelente agua, con gran frescura de huertas, y los caños que llaman del agua de Lavapiés, la cual dicen que sana la enfermedad de la piedra y la deshace. Y no son de callar las dos fuentes santas: la primera, la que hizo el bienaventurado Santo Domingo, en el año del Señor de 1218, de la cual llenan por devoción para muchas enfermedades incurables, y de la fuente de San Isidro, en la cual ha habido muchos milagros, como parecen en su vida, en la cual están historiados, que son muchos los que Nuestro Señor en esta fuente ha hecho, y muy notables.

Y finalmente, dejando las fuentes del monasterio de la serenísima Princesa, que arriba hemos dicho, de Nuestra Señora de Atocha, y de San Jerónimo y San Francisco, de todos los jardines particulares, son tantas las fuentes, que es cosa de admiración ver tantas y tan ilustremente adornadas, de piedra de sillería y tan excelente obra, que adorna maravillosamente el pueblo, por lo cual se dice Madrid ser armada sobre agua.

Torres de pedernal.

Las murallas son de pedernal finísimo, de lo que se saca fuego; tiene en su contorno 190 torres, de las cuales son muchas caballeros, fortísimas, y no puedo dejar de sentir cómo cada día las derriban, y finalmente, en todo este territorio hay mucho pedernal, y particularmente en las canteras de Madrid, que llaman las almadrabas de Vallecas, donde hay tanta abundancia, que basta y es muy   —211→   suficiente para todos los edificios de la casa Real y de todo el pueblo, los cuales son tantos y tan ordinarios, que no es pequeña exageración decir que la abundancia de pedernal basta para todos, porque no hay calle ni barrio donde no haya nuevos edificios, con que el pueblo está, muy adornado y va en mucho adelantamiento: de manera que es tanta la copia, que aunque toda la furia del planeta Marte, que influye cólera y fuego, por lo cual fingieron los poetas que era dios de las guerras, influyera en este pueblo, no podrá, a mi parecer, hacer mayor efecto.

Nota lo que a un embajador de Madrid pasó con el gran Tamborlan. Por lo cual, enviando el rey D. Enrique III, padre del rey D. Juan II, a Ruy González de Clavijo, su camarero, y después lo fue del rey D. Juan, porque muriendo el padre en Toledo, quedó el rey D. Juan de veinte meses, y así este caballero, natural de Madrid, fue camarero de estos dos reyes, como digo; fue embajador al gran Tamborlan, que fue en el año del Señor 1400; el cual Tamborlan, de vaquero vino en poco tiempo a ganar a su propia tierra, que era Scitia, y todos los Medos, Albanos, Mesopotamia, Partos, Persianos y a las dos Armenias, y pasando el río Eufrates con seiscientos mil de a pie y trescientos mil de a caballo, sujetó la Asia Menor y cautivó a Bayaceto, rey de los turcos, de la familia de los Otomanos, al cual traía ignominiosamente en una jaula; por no parecer interpolar lo que vamos tratando, verá esta historia el curioso lector en Rodiginio, libro XII, y en Pedro Cisnito, capítulo I; siendo, pues, este Clavijo embajador del rey Enrique III de España, queriendo el gran Tamborlan mostrar algunas cosas notables, le dijo: «Mira esta ciudad y la fortaleza de sus murallas.» El cual respondió: «No te maravilles, señor, de ver esto, porque el gran León de España, mi señor, tiene una ciudad, que se llama Madrid la Ursaria, que es hoy más fuerte, porque está cercada de fuego y armada sobre agua, y entran   —212→   en ella por Puerta Cerrada; y más, sepa tu alteza que en esta ciudad hay un tribunal donde los alcaldes son los Gatos, y los procuradores son los Escarabajos, y los Muertos andan por las calles.» Y fue la historia que una puerta de esta villa se llama la Puerta Cerrada, que antiguamente llamaban la Puerta de la Culebra, por lo que arriba dijimos en la carta del Ayuntamiento, y hubo una familia de ciudadanos, principales en este pueblo, que se llamaban los Gatos, y otros que se llamaban los Escarabajos, todos gente honrada, y otros había que se llamaban los Muertos, porque yendo a la guerra muchos vecinos de este pueblo, acabada la guerra volvieron a sus casas, quedándose algunos o en las fronteras o pasando en Italia; siendo preguntados los que habían venido por los ausentes, dijeron que creían que eran muertos; y pasando algunos días, entendiendo todos que ya eran muertos, cuando los vieron venir, algunos maliciosos los llamaban luego los muertos, y de aquí les quedó este nombre. De todo lo cual quedó muy admirado el gran Tamborlan, y en especial de lo que le dijo este Embajador, mostrando una puente el gran Tamborlan, que su señor, el León de España, tenía una puente donde se apacentaban diez mil cabezas de ganado, lo cual dijo por el río de Guadiana, el cual se hunde diez leguas por debajo de tierra, a diez o doce leguas de Mérida, en Extremadura.

Finalmente, que de lo que este Clavijo pasó con el gran Tamborlan, y las cercas de piedra y la mucha agua que en este pueblo hay, tomó por divisa muchos eslabones hiriendo en pedernal, como lo declara maravillosamente este emblema y figura.

(El emblema que inserta Hoyos va estampado en la página siguiente.)

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EMBLEMA DE MADRID.

DOS ESLABONES HIRIENDO A UN PEDERNAL.

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Fui sobre agua edificada,
Mis muros de fuego son,
Este es mi insignia y blasón.



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ArribaAbajoNÚMERO 3.º

Real aparato y sumptuoso recebimiento con que Madrid (como casa y morada de S. M.) rescibió a la serenísima reina doña Ana de Austria viniendo a ella nuevamente, después de celebradas sus felicísimas bodas. Pónese su itinerario. Una breve relación del triunfo del serenísimo don Juan de Austria. El parto de la Reina nuestra señora. Y el solene baptismo del SS. príncipe D. Fernando, nuestro señor.

Dirigido al ilustrísimo y reverendísimo cardenal don Diego de Espinosa, obispo y señor de Sigüenza, presidente del Consejo Real, inquisidor apostólico general en los reinos y señoríos de España, etc.

Compuesto por el maestro Juan López de Hoyos, catedrático del Estudio de esta felice y coronada villa de Madrid.

Con privilegio impreso en la coronada villa de Madrid por Juan Gracián, 1572. Un tomo en 8.º, de 264 fojas.

En el extracto que vamos a hacer en este curioso libro, prescindiremos de la relación que precede a la de la entrada de la Reina, y que cuenta prolijamente su viaje, desde que desembarcó en Santander, en 3 de Setiembre, hasta que llegó a Segovia, donde se verificó el casamiento; la de esta solemnidad y la de la continuación del viaje hasta Madrid; limitándonos sólo a trascribir la descripción de esta entrada, de los festejos con que se celebró y de las localidades en que éstos tuvieron lugar, que es lo que hoy nos interesa, y descartando, por supuesto, la declaración prolija y ridícula de los arcos triunfales, sus   —215→   emblemas e inscripciones, en que luce el maestro Hoyos su empalagosa erudición histórico-mitológica y su pesado y chabacano estilo, y con que ocupa las nueve décimas partes de su libro.

Preparativos para la entrada de S. M.

Primeramente, por todos los caminos por donde había de venir S. M., se dio orden de muy gran copia de bastimentos, y los pasos dificultosos y de grandes atolladeros allanó, así con calzadas de argamasa, como con ingenios y otros instrumentos fortalesció para que queden perpetuas. En particular se remedió uno de los más importantes puertos o entradas que había a un pago, que llaman de Valnigral, distancia de media legua de Madrid. Han trabajado en él más de un mes ciento y cincuenta hombres cada día; gastose grande número de carretadas de piedra; allanose un cerro y queda enlosado, que se representan aquellas vías stratas romanas (de esto y de la puerta de Guadalajara y su ornato fue comisario Pedro de Herrera, regidor antiguo de este pueblo, varón celoso en lo tocante a las cosas del bien público), y otros muchos barrancos y obras harto necesarias, que la buena venida de S. M. ha remediado.

El Prado de Sant Hierónimo, sus fuentes y su ornato.

Esta planicie y llanura llega hasta la entrada del pueblo, donde se ha hecho una de las mejores y más delectables recreaciones públicas que hay en todo el reino, porque es una salida a Oriente junto a uno de los muy   —216→   Reales y aventajados monasterios, así en calidad y aposento, de S. M. como en la mucha religión que en él se profesa, de la orden de Sant Hierónimo, de cuya antigüedad y fundación dijimos en el libro que de la reina doña Isabel de Valois (que en gloria es) compusimos. Esta tal, santa vecindad hace esta recreación pública muy calificada, y a esta causa le llaman el Prado de Sant Hierónimo, en el cual se ha hecho una calle de más de dos mil pies de larga y ciento de ancha, plantada de muchas y diferentes suertes de árboles muy agradables a la vista. Al lado izquierdo como entramos, hay otra calle muy fresca, de la misma longitud y tamaño, y de muy gran arboleda de una parte, y de otra muchos frutales en las huertas que la cercan. Los árboles están plantados por sus hileras muy en orden, haciendo sus calles proporcionadamente, mezclando las diferencias de árboles para que sean más umbrosos y agradables.

En esta calle a sus lados se hicieron cuatro fuentes de singular artificio, suntuosa fábrica y particular compartimiento; todas cuatro son de una muy excelente piedra berroqueña; hace cada una una bacía, que hace una taza redonda; tiene de diámetro diez pies, media vara de borde, vaciadas por de dentro y aovadas por defuera, asentadas sobre un balaustre de cinco pies de alto y grande corpulencia en su contorno. Tiene cada fuente unos adoquines de piedra labrados harto pulidamente, que tienen de diámetro diez y siete pies.

Antes que se entre en el Prado se hizo un pilar, que en castellano más tosco llaman Abrevadero, todo de cantería de piedra berroqueña. Tiene de largo más de setenta pies, de hueco más de doce, dos gruesos caños de agua en los dos testeros, el uno sale por la boca de un delfín de bronce, que se levanta del agua más de dos pies; tiene una palabra de letra de relieve que dice (Bueno); el otro   —217→   caño sale por la boca de una culebra; a ésta rodean otras dos arevueltas, y en la esfera que hacen tienen un espejo de bronce, y en medio de él dice (Vida y gloria), que corresponde con la letra del delfín, y así dice todo: (Del fin bueno vida y gloria.)

Las cinco fuentes del Prado hacen tan gracioso murmullo y salen los caños por ellas tan artificiosamente, que no nos notará el discreto lector de afectados en por extenso dar noticia de ello.

A la mano derecha de la entrada del Prado da luego la vista en una fuente, de enmedio de la cual salen cinco caños, que suben los cuatro tres pies en alto, y al caer hacen cuatro arcos, que resuenan en el borde de la bacía harto e graciosamente. De enmedio sale otro, que sube más que ninguno.

De la que a ésta corresponde a la mano izquierda se levantan de enmedio mucha abundancia de caños, que hinchen toda la bacía en su contorno y hacen muy suave sonido. Tiene alrededor, labrados de cantería, unos asientos en un semicírculo para que de verano se goce de una tan excelente recreación, porque el agua sale tan desparcida y por tantos caños, que parece siempre llover.

Más distante de enmedio de la que a ésta corresponde, salen cuatro golpes de agua gruesos, que suben más de cuatro pies en alto; al caer cada uno de ellos hace un gracioso arco, que da en el borde de la bacía, hace grande ruido y suave armonía.

La cuarta, que graciosa y agradablemente se ofrece a la vista al fin de la calle y arboleda campeando, hace muy vistosa perspectiva, como objeto y blanco en que la vista se recrea; de enmedio de ésta brota con grande ímpetu una espadaña de agua más ancha que dos palmos, de enmedio de la cual salen dos caños a los lados, gruesos de medio real, suben cerca de una vara, hacen una   —218→   apariencia y vista tan graciosa y de tan gran artificio, que quisiera yo poderlo particularmente significar.

Hay otra fuente que mira al monasterio de Sant Hierónimo, ochavada, de cantería bien labrada; tiene de alta cinco pies, y doce de diámetro, asentada sobre dos gradas de cantería, con sus molduras relevadas por la parte de afuera. De enmedio de todo esto se levanta una columna dórica con su basa y capitel, encima tiene una bacía con un cobertor, que hace un globo o bola redonda, con un bocel; por enmedio de la junta tiene cuatro serafines, en la boca de cada uno de ellos un caño de bronce hecho un balaustre, por do sale el agua: está singularmente acabado. Con que esta recreación y salida es la más insigne que en todos estos reinos se halla, por ser tan espaciosa y desenfadada, con tanto ornato de fuentes y arboledas, huertas y aires, que en esta parte soplan tan plácida, suave y saludablemente, que parece dilatarse los ánimos y desechar gran parte de melancolía, extendiendo los ojos por tan agradable espectáculo, donde ninguna parte se puede mirar ociosa o baldíamente. De este tan ilustre aparato y su buen término fue comisario Diego de Vargas, más antiguo regidor y de la antigua y valerosa familia de los Vargas de Madrid.

Entrada de S. M. en Madrid y orden de su Real rescibimiento.

Llegados 26 de Noviembre del 1569, domingo, continuándose la claridad y clemencia del cielo para que la venida de S. M. fuese más cómodamente solemnizada, y se pudiese el gran concurso de gente que de toda España (por verla) había concurrido extender y dilatar por los campos, fue cosa de admiración la frecuencia y gran   —219→   concurso de gente que más de una legua antes que S. M. llegase a Madrid se había desparcido por una parte y por otra del camino. Parecía un muro la espesura de gente que por doquiera había. La gente de infantería que se previno de todos los oficios fueron más de cuatro mil infantes, muy lucidos y de singular bizarría soldadesca, con más de mil quinientos arcabuceros. Quince banderas, que hermoseaban todo el campo y eran muy gratas a la vista. Don Francisco de Vargas Manrique (patrón de la capilla de San Juan de Letrán, fundada por su tío el muy ilustre y reverendísimo señor don Gutierre de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia), en esta villa de Madrid muy calificado, y de superbo edificio, fue capitán general, como tan ejercitado en el arte militar, como paresce en el suceso de Malta, y en la gente que llevó a la guerra de Granada este año pasado de 1569, ordenaba y disponía su campo con tanto acierto como si hubiera de dar en efecto una campal batalla. Anduvieron más de un mes antes que S. M. en Madrid entrase, por todo el pueblo, con sus pífanos y tambores regocijándolo. Los días de fiesta se hacía muestra y alarde de cada compañía en particular, donde sus capitanes hacían bravos gastos de comidas francas y tiendas particulares para ello.

Poco antes que S. M. llegase a vista del pueblo, el Duque de Feria, capitán de la guarda de S. M., ordenó toda su gente, así de pie como de a caballo, y dende sus casas, con gran concierto y música, salió a rescibir a S. M. Al principio de la vanguardia iba D. Lorenzo Xuarez de Figueroa, marqués de Villalva, heredero de la casa del Duque de Feria, su padre, con Mons de Sela, capitán de los archeros, precediendo los archeros, muy lucidamente aderezados con la librea de S. M., con sus celadas y morriones en las cabezas, adornadas con sus plumas. Campeaba mucho su ornato, orden y majestad. A éstos siguió la   —220→   guarda de a pie española, la cual notablemente representaba la braveza y autoridad española. Tras ellos iba el Duque con un bastón en la mano. Luego se seguía la guarda alemana y borgoñona bien lucida. En la retaguarda iba la guarda de a caballo española, con sus lanzas jinetas en sus manos; parescía bien el triunfo y magnificencia Real en el copioso número, lucido ornato, orden y valor de tanta caballería. Todos así juntos salieron buen trecho hasta que llegó S. M., y acercándose a Madrid, comenzando a entrar por el Prado (que habemos dicho), estaba de graciosa pintura Pales, diosa de los prados, que los antiguos poetas fingieron ser diosa de los pastos. Esta ofrecía a S. M. una guirnalda de flores, y le suplica reciba y mire con clemencia un espectáculo de tanta recreación, como allí S. M. tan aficionadamente miraba, con esta letra dándole la guirnalda:


Recibid la de las flores,
Pues, con ser tan sin segundo,
Gozáis la de todo el mundo.

Las ninfas que a ésta acompañaban, estaban algo distantes, parecían humillarse a la hermosura de S. M., con este soneto, en el cual habla la diosa de los prados:


Serenísima Reina, con clemencia
Os suplico miréis mi nuevo Prado,
Con sus hermosas fuentes adornado,
Al cual ilustra más vuestra presencia.
    Ya las silvestres ninfas obediencia
Han hoy a vuestra gran belleza dado,
Y con suaves canciones celebrado
Vuestra gran hermosura y excelencia.
   Dichosa Mantua, dichosos collados,
Dichosas ninfas, muy dichosas fuentes,
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Gozaos con nuevo triunfo aqueste día.
Derramad vuestras aguas y corrientes
Con suave murmullo por los prados,
Pues con razón mostráis gran alegría.
Al reverso habla la diosa Pales:
No porque sea rústica pastora,
Criada al sol y al viento por los prados,
En estos regocijos deseados
Tengo de ser ingrata a tal señora.
   El Indo ofrezca el oro que atesora,
Tajo sus ricos dones y dorados,
Presente Aricie olores regalados
Y aquel santo licor que mirra llora.
   Las tres Gracias ya han dado lo más alto
Que jamás pudo darse en gentileza,
El cielo ya ha influido mil favores;
   Y porque sola soy yo la que falto,
A tanta majestad y a tanta alteza
Ofrezco aqueste Prado con sus flores.

Mucho gusto rescibía S. M. de ver el gracioso murmullo de los caños de agua que de las fuentes hemos dicho iba gozando, las cuales se ofrescían mirando a una y otra parte; y así, al fin del Prado, con grandísima brevedad y diligencia, se hizo, en espacio de diez días, un estanque de más de quinientos pies de largo y ochenta de ancho, con buena profundidad. A un lado del Prado, a la mano izquierda por la parte superior de la parte de Sant Hierónimo, se hizo un castillo muy formado con cuatro rebellines a las esquinas. Del medio se levantaba una torre, que llaman del homenaje, éste muy poblado de artillería; su planta fue a la orilla del estanque, que parescía el agua batir en la muralla. Representaba una muy formada fortaleza, y en la artillería y disposición parecía a Argel. Armáronse ocho galeras en tan poco tiempo, que en   —222→   días se echaron al agua, que no es mediano argumento de la diligencia, suntuosos gastos y copia de artífices que en ello se ocupó; paresció bien la industria de Juan Baptista, extranjero, así en esto como en la arquitectura de los arcos; cada galera llevaba sus remeros con ropillas y bonetes azules y zaragüelles, hasta en pies encadenados, y en cada una un muy diligente cómitre, haciéndolos bogar; llevaba cada galera veinte soldados de pelea, bravamente aderezados, cuatro tiros en cada una, con gran número y cantidad de cohetes; llevaban las galeras en sus mástiles y antenas banderas de tafetán carmesí, y en la capitana las armas Reales, trompetas y músicas, que parescía armada copiosa y muy a punto de guerra. Junto a este estanque se hizo un cadabalso, a manera de trono, de muy gran majestad, que tenía catorce gradas en contorno, para que sin confusión por una parte se pudiese subir a besar las manos a S. M., y por la otra bajar. Todas las gradas, y por lo alto que hubo un buen espacio de cadabalso, se cubrieron de brocado de tres altos. Había también un dosel muy suntuoso, debajo del cual se puso un sitial, en el cual S. M. se sentó para gustar de las danzas e invenciones y bailes y folías que allí se le representaron. Hubo en el cadabalso otras dos sillas a los lados del sitial.

Combate naval, batería del castillo y besamanos.

Llegada S. M., descendió del coche con el príncipe Alberto de Austria, y subiendo al cadabalso y sentada en su trono, se le hizo la salva y su batería al castillo con gran alarido de los moros, que en efecto paresció un prelio naval que antiguamente los emperadores romanos en estas fiestas, regocijos y triunfos solían representar. Aunque en éste no será atrevimiento decir que fue más estruendo por   —223→   la artillería y pólvora con que se representó, batiendo el castillo las galeras por el agua con mucha música y artillería, la infantería por la parte de la tierra, y hizo un tan animoso asalto, que en poco tiempo pusieron sus banderas en la torre más alta del castillo, aunque él se defendió con su artillería, y el número de turcos y de moros que en él había era grande, la grita y alaridos, ingenios de pólvora y alcanciazos fueron tan furiosos, que cayeron muchos soldados de la muralla.

Fue ésta una muy soberbia batalla, que, a testimonio de todos los extranjeros, afirmaban no haber visto más formado campo, ni que con tanta destreza hubiese representado este acto militar.

Había en este tiempo una confusión y ruido que no nos entendíamos unos a otros, así por el sonido y estruendo de los atambores, como por la música de los menestriles, resonancia de las trompetas, la tabaola de los tamboriles de las danzas, que fueron más de cincuenta, de maravillosos aderezos y de diferentes invenciones, y el apretura de la gente, con ser un campo harto espacioso y desenfadado.

Habiendo S. M. gustado mucho de este espectáculo, el Ayuntamiento y Senado de esta villa, habiendo ya venido dende su tribunal todos juntos con muy acertada música de trompetas, atabales y menestriles, precediendo todos sus ministros de justicia, con libreas de grana de polvo, franjas de carmesí; a éstos siguiendo los escribanos de Ayuntamiento y procurador general de la república, que en el pueblo romano llamaron Tribuno del pueblo, con jubones de raso y calzas de terciopelo blanco, medias de aguja, zapatos de terciopelo, espadas doradas, vainas y tiras de terciopelo blanco, capas que llaman rozagantes, de terciopelo turquesado, aforradas en raso amarillo, gorras de terciopelo negro con plumas del color del vestido.

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Seguíanse el Corregidor y los señores de Ayuntamiento y el licenciado Gaspar Duarte de Acuña, su teniente, y toda la más justicia, con aquellas vestiduras senatorias hasta los pies que acerca de los romanos fueron tan celebradas. Eran de terciopelo carmesí aforradas en tela de oro, jubones de raso blanco con botones de oro, muelles de terciopelo con tafetanes de tela de oro, y- medias de aguja y zapatos de terciopelo, espadas doradas, gorras de terciopelo con sus plumas y piezas de oro, collares de oro con mucha pedrería, gualdrapas de terciopelo, trenes, estribos y guarniciones de los caballos doradas.

De todo este ornato de guarniciones fue comisario Miguel de Cereceda y Salmerón, regidor de esta villa. Por este concepto llegaron al sitial donde S. M. estaba. El Corregidor, después de haber besado a S. M. la mano, hizo este breve razonamiento que se sigue, y dijo:

«La venida de V. M. sea tan próspera y felice y por tan largos años como el bien universal de estos reinos lo ha menester y todos a Nuestro Señor suplicamos. V. M. reciba con la clemencia que acostumbra el servicio que esta villa tan aficionadamente, como casa y morada de V. M., hace, deseando en todo acertar, como tan fieles y leales vasallos.» Dicho esto, todos los regidores por sus antigüedades besaron las manos de S. M. y vinieron al primer arco triunfal, adonde esperaron a S. M. con el palio, como adelante diremos.

El ilustrísimo y reverendísimo cardenal D. Diego de Espinosa salió con grande y muy ilustre acompañamiento de todos los señores del Consejo Real y sus ministros, los alcaldes de corte y mucha frecuencia de caballeros. Por este orden salieron los demás consejos y tribunales de la corte Real de S. M., con sus presidentes y ministros, todos los cuales salieron a este campo de Sant D Hierónimo, aguardando que S. M. llegase.

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El orden que en besar las manos a S. M. se tuvo y guardaron los Consejos fue éste. Después (como hemos dicho) del regimiento, besaron las manos a S. M. todos los consejos. El primero fue la Contaduría Mayor de Cuentas, donde iban D. Pedro Nuño y el Conde de Olivares, como contadores mayores de cuentas. En seguida, la Contaduría Mayor de Hacienda. El tercero, el Consejo de las Órdenes, cuyo presidente es D. Fadrique Enríquez de Olivera, mayordomo del Rey. El cuarto, el Real Consejo de Indias. El quinto, el consejo de Italia, y con él su presidente el doctor D. Gaspar de Quiroga. El sexto, el Consejo de Aragón, donde iba el vice-canciller de Aragón y el Conde de Chinchón como su tesorero general de este reino de Aragón. El sétimo y postrero de todos fue el Consejo Real, donde el cardenal D. Diego de Espinosa, etc., como presidente y cabeza, fue el primero que llegó a besar las manos a S. M. La cual, usando de su generosidad de ánimo, se levantó a él y le mandó dar una silla, preguntando a S. S. I. por su salud (porque en Segovia había estado indispuesto). S. S. I. respondió e hizo un razonamiento de subido concepto y singular elocuencia, dando a S. M. el parabién de su felice venida y significándole la voluntad con que tan aficionadamente todos recibían a S. M. y habiéndose S. S. I. y R. sentado, comenzaron a besar las manos a S. M. los señores del Consejo por sus antigüedades, nombrando el cardenal a S. M. cada uno quién era.

En el cadahalso hubo gran frecuencia de grandes y señores de título acompañando a S. M. Entre ellos estaba el príncipe su hermano Alberto de Austria, al lado izquierdo, apartado de S. M., sentado en una silla. Halláronse allí el Conde de Benavente, el Duque de Medina de Rioseco, el Marqués de Mondéjar, el Conde de Alba de Liste, el Marqués de Ayamonte, D. Fernando de Toledo,   —226→   prior de San Juan; el Conde de Arambergue, y las damas que con S. M. vinieron.

Después que todos los consejos hicieron este oficio con la autoridad y decencia que de tan grandes señores y letrados padres de la república a S. M. se debía, todos precedieron a caballo con los grandes, y toda la nobleza de España que a S. M. acompañaba.

Ornato de S. M. a su entrada en Madrid.

La Reina subió en un palafrén blanco mosqueado, ricamente aderezado, con un sillón de oro con mucha pedrería, muy bien labrado, gualdrapa de terciopelo negro guarnescida y bordada con franjas de oro. S. M. se mostró este día hermosísima, y con aquella majestad y señorío que tan natural y tan fundado y con tantos dotes del ánimo esmaltado tiene, representó muy bien su ser y monarquía. Llevaba S. M. vestida una saya de tela de plata parda bordada de oro y plata. Un gualdrés de terciopelo negro aforrado en tela de plata, prensado y guarnescido con unas franjas de oro; collar y apretador de muchos diamantes, rubíes y piedras de mucho valor; un sombrero adornado con una cinta de oro, con unas plumas blancas, coloradas y amarillas, que son los colores del rey N. S. El príncipe Alberto y el ilustrísimo Cardenal iban cerca de S. M. acompañándola. El orden con que el demás acompañamiento iba, diremos adelante.

Procediendo un poco más adelante, S. M. recibió muy grande contento en ver dos estatuas de mármol aparente. La una representaba a Baco y la otra a Neptuno. (Sigue aquí la descripción alegórica de estas estatuas, y los versos y artificios que las engalanaban, y continúa.)

Habiendo S. M. gustado de este tan agradable   —227→   espectáculo, llegándose poco a poco a Madrid, no era de menor recreación ver la copia de gente que desde este lugar hasta el primer arco poblaban los cadahalsos y talleres que se habían hecho desde esta fábrica de Baco y de Neptuno.

Arcos triunfales y descripción de la carrera.

A la entrada de Madrid se fabricó un arco triunfal de la mayor máquina y majestad que hasta hoy a ningún príncipe se ha fabricado ni jamás hecho. Fue cierto, exquisitamente elegido, etc. (Este sitio era en la Carrera de San Jerónimo, hacia donde después se fundó el convento del Espíritu Santo.)

Este arco, cuya descripción ocupa setenta fojas del libro, representaba las victorias de los Reyes Católicos y de la Casa de Austria.

Orden de la procesión.

A la entrada de este arco, con toda la música dicha, el Ayuntamiento y Senado de Madrid, después de haber S. M. con mucho contentamiento extendido los ojos por esta tan maravillosa fábrica, la rescibió con un muy suntuoso y Real palio de tela de oro frisada, brocado de tres altos riquísimos, en el cual entraron cuarenta y cuatro varas; tuvo dos pares de goteras con su flocadura rica de graciosas labores, franjones de oro y plata, con los pendientes de supremo y suntuoso valor; fue esta comisión de D. Pedro de Bozmediano, regidor. Este estaba puesto en veinticuatro varas doradas, las cuales tenían veinticuatro regidores, porque aunque es más su número, no se hallaron todos aquí.

Entrando S. M. debajo del palio, comenzó toda la   —228→   gente a caminar por este orden: delante de todos las trompetas y atabales de S. M. y con ellos los de la villa, los cuales iban alegrando todo el pueblo con su Maravillosa armonía.

A éstos seguían gran concurso y copia de tras ellos, los señores de título, españoles y extranjeros. A éstos seguían cuatro maceros con sus mazas de oro con las armas Reales de todo relieve. Estos representad aquellos lictores que Rómulo, fundador de Roma, ordenó para que le precediesen, representando Su Majestad e imperio, y de allí fueron ministros de los cónsules.

A éstos seguían luego los grandes que habemos dicho, y con ellos D. Francisco Laso de Castilla, como mayordomo mayor de S. M. En su seguimiento, cuatro reyes de armas con sus cotas. Luego se seguía S. M. debajo del palio, y poco atrás, junto al palio, iban el príncipe Alberto de Austria y el ilustrísimo y reverendísimo cardenal don Diego de Espinosa, etc. A estos dos príncipes seguía el guión, que es una bandera pequeña con una asta con las armas Reales. Este se lleva de camino para notar que va allí la persona Real. Luego le seguía doña Leonor de Guzmán, camarera mayor de S. M., a la cual acompañaba el Duque de Feria. Seguíase luego doña Catalina Laso de Castilla, mujer de D. Francisco Laso de Castilla. Luego iba la guarda mayor, y tras ellas las damas ricamente vestidas, con muchas perlas, collares, cintas, apretadores de oro riquísimos, sentadas en sus palafrenes con sillones de plata, gualdrapas de terciopelo guarnecidas, acompañadas de príncipes y señores opulentamente aderezados. La guarda de a pie acompañaba a un lado y otro, haciendo plaza, apartando los molestos encuentros del gran concurso de la gente. A la postre de todos iba la guarda de a caballo y archeros por retaguarda. Este fue el orden con que S. M. partió deste primer arco.

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Procediendo poco a poco, no era pequeño espectáculo dilatar los ojos por el ornato de colgaduras de brocados, rasos, damascos y otras tapicerías de oro y seda de grandioso valor. Las ventanas eran tan adornadas con grande frecuencia de señoras y damas, que adornaban e ilustraban la fiesta.

La Puerta del Sol y la calle Mayor.

Llegando cerca del monasterio de Nuestra Señora de la Victoria, que es de frailes de la Orden de los mínimos, junto al Hospital Real de esta corte, se le ofreció un arco exquisitamente fabricado y medianamente elegido, porque, en efecto, es uno de los más heroicos e inmortales triunfos que a ningún príncipe ni monarca basta hoy se le ha ofrecido ni solemnizado, como el discreto lector, considerándolo bien y notando lo que en él se comprende, verá claramente ser verdad.

Éste se fabricó en un lugar harto espacioso, que llaman la Puerta del Sol: ésta tuvo este nombre por dos razones: La primera, por estar ella a Oriente, y en naciendo el sol paresce ilustrar y desparcir sus rayos por aquel espacio. La segunda, porque en el tiempo que en España hubo aquellos alborotos que comúnmente llamaban las Comunidades, este pueblo, por tener guardado su término de los bandoleros y comuneros, hizo un foso en contorno de toda esta parte del pueblo y fabricó un castillo, en el cual pintaron un sol encima de la puerta, que era el común tránsito y entrada a Madrid. Y después de la pacificación y quietud de estos reinos, por lo mucho que el invictísimo emperador Carlos V, rey de España, N. S., trabajó en allanar los grandes y pacificar todos los reinos de España, este castillo y puerta se derribó para ensanchar y   —230→   desenfadar una tan principal salida como es esta de esta puerta; por el sol que allí estaba, llamaron todos este término la Puerta del Sol.

Sigue la descripción del arco, que representaba los reinos y poderío de España en las Indias; ocupa desde la foja 104 a la 123, llena de digresiones de indigesta erudición, y continúa así:

Habiendo S. M. recibido gran contentamiento en haber visto y entendido un tan soberbio triunfo de tantos reinos como aquí se le ofreció, porque el Conde Ladrón, que hacía el oficio de caballerizo, brevemente declaraba a S. M. la sustancia de lo que se la ofrecía.

Prosiguiendo la reina N. S. con la majestad y triunfo dicho, llegó al tercer arco, el cual se fabricó en medio de la calle Mayor (hacia la calle de Coloreros), que así por la comodidad del lugar, porque en él concurre una encrucijada, como por el sujeto en cuyo servicio se fabrica, porque en él se pone alguna de las muchas grandes y heroicas virtudes que resplandecen en la majestad del rey don Felipe II, N. S., fue la más aventajada cosa que en estos reinos se ha visto.

Su elección y compostura, etc.

La descripción de este arco, sus alegorías y leyendas, alusivas al apoteosis que representaba del Monarca, no coge menos que cien hojas del libro. -Dice luego:

Procediendo S. M. por el orden que hemos dicho desde este arco hasta la puerta que llaman de Guadalajara, era grandísimo contentamiento dilatar y extender los ojos por tanta variedad de riquezas de oro y plata y sedas con que todo este trecho estaba adornado, pasando en silencio las damas y señoras que a una parte y a otra por las ventanas   —231→   con su espectáculo ilustraban y regocijaban las fiestas.

Antes que entremos con la historia dentro de la muralla, me pareció poner aquí un encomio y loa, en que se verá claramente su antigüedad, y el que más quisiere saber, remítole al libro que de la muerte de la serenísima reina doña Isabel de Valois compusimos, porque allí hicimos un particular capítulo de las armas de este pueblo y su declaración.

Aquí reproduce el grabado de las armas de Madrid del otro libro, e inserta además el de la culebra de Puerta Cerrada en los términos que, copiado en facsímile, va en la página siguiente.

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Esta es una figura del dragón que los griegos pusieron, como fundadores de esta tan superba muralla, y vese claro haber sido ellos los que la fabricaron, pues en las puertas principales pusieron sus armas, como es en esta puerta que llaman la Puerta Cerrada. Y en la puerta de Moros, que mira al Septentrión, pusieron una cruz de medio relievo, en lo alto de la puerta, con un encasamiento de piedra, la cual señal tuvo aquella sabia gente por pronóstico de mucha felicidad, salud, victoria, triunfo y perpetuo adelantamiento, lo cual se debe conservar y tener en mucho, pues conforme a esto, tiene Madrid mayor nobleza de antigüedad que Roma y muchos pueblos comarcanos.

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Denotat hic praesens coluber monumenta priorum
Mantua qui patrum te muniere sibi,
Et tibi gestamen graecorum pulcra vetistas
Moenia fuit nobis, hoc docet tua.

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Puerta de Guadalajara y su ornato.

Llegando a esta puerta, que es de la soberbia y antiquísima muralla, se le ofreció toda renovada desde su planta hasta la punta de las pirámides de los capiteles. Ésta tiene dos torres colaterales fortísimas, de pedernal, aunque antiguamente tenía dos caballeros, a los lados inexpugnables; la puerta, pequeña, la cual hacía tres vueltas, como tan gran fortaleza. Estos se derribaron para ensanchar la puerta y desenfadar este paso, porque es de gran frecuencia y concurso. Estas torres o cubos en que al presente están hacen una agradable y vistosa puerta de veinte pies de hueco con su dupla proporción de alto, y en la vuelta que el arco de la bóveda hace, todo de sillería berroqueña fortísima, hace un tránsito de la una torre a la otra, con unas barandas y balaustres de la misma piedra, todos los cuales se doraron. Sobre este tránsito se levanta otro arco de bóveda, que hace una hermosa y rica capilla, toda la cual está canteada de oro, y se hizo un altar con una imagen de Nuestra Señora con J. C. N. S. en los brazos, de todo relievo o, como el vulgo dice, de bulto, todo maravillosamente dorado y adornado con muchos brutescos. Esta imagen está en un encasamento que hace una muy devota capilla, y, acompaña mucho la imagen con todo buen ornato de sus términos y frontispicios dorados. Sobre esto, en un encaje que hace otra manera de baranda, está el Ángel de la Guarda, que los antiguos llamaban tutelar, porque guarda y ampara al pueblo de los ángeles malos. El cual tiene en la mano derecha una espada desnuda, y al otro lado un modelo de Madrid de todo relievo.

Sobre todo lo dicho, en contorno de todas las torres   —234→   viene una baranda de hierro bien formada. De enmedio, de esta fábrica suben tres torres con tres pirámides, que el vulgo llama chapiteles. Éstos son de grande altura, muy resplandecientes, porque todos son de hoja de hierro colado, y cada uno tiene cuatro chapiteles pequeños; a sus cuatro ángulos de sus remates tiene cada uno un globo y por lo alto tienen los de enmedio unas cruces con sus velas doradas, que suben sus globos o acroterías; esto es, en los colaterales, en los cuales hay diez chapiteles. La torre de enmedio sube algo más con toda buena proporción de arquitectura. En el remate de ésta de los cuatro ángulos suben cuatro columnas de mármol muy bien estriadas. Sobre éstas se levanta otro chapitel de maravillosa fábrica y singular artificio, en medio del cual, en el hueco que hacen las columnas, pende el reloj, que es una maravillosa campana, que se oye tres leguas en contorno del pueblo. Éste también tiene su cruz y vela dorada, con las armas de Madrid sobre los globos y acroterías.

Este es un cimborrio que levanta por alto treinta y seis pies, es sexevado y va en diminución como pirámide. Tiene a los cuatro ángulos otras cuatro pirámides pequeñas de a doce pies de alto; en los huecos de las torres se pusieron cuatro colosos, hechos de todo relievo, representando unos gigantes de grande altura, con sus guirnaldas de laurel y bastones en las manos: miran por la delantera y el reverso de estas torres a, la mano índice, que señala las horas en el reloj, porque es de singular artificio que a dos haces se parece, con que hace una agradable y muy suntuosa perspectiva, y el pueblo tiene mucho ornato.

El altar este día a día tuvo muy rico frontal de brocado, con media docena de candeleros altos de oro, con sus velas de cera blanca, que causaba harta devoción.

Habiendo S. M. dilatado la vista por esta tan maravillosa fábrica, y las joyas, tan ricas preseas y brocados,   —235→   con que los mercaderes habían adornado todo este tránsito. Pasando más adelante, no estaba menos ataviada la Platería de riquezas y joyas, aunque al fin, la parte que es de la cárcel, los toldos que allí hubo fueron los lamentables gritos y profundas voces con que los presos pedían a S. M. misericordia. Lo cual oyendo S. M., preguntó al corregidor, D. Antonio de Lugo, que qué gritos eran aquéllos; él respondió que eran los presos, que pedían merced y libertad a S. M. A los cuales se les hizo la merced como de S. M. se esperaba.

Saliendo de la Platería, se da luego en la plaza de San Salvador, que es el concurso de todos los nobles, donde está todo el colegio de los escribanos de número y donde se bate el cobre de todos los negocios, porque en ella está la audiencia y foro judicial, con las casas del ilustre Ayuntamiento.

En este lugar se pusieron cuatro colosos, que representaban a Paris, Juno, Venus y Palas, o sea el Juicio de Paris, sobre cuya declaración se extasía el autor en veinte y tantas hojas de mitología.

Entrada de la segunda muralla, y lo que en ella se hizo.

Llegando S. M. a la puerta de la segunda muralla de este pueblo, que vulgarmente llaman el Arco de la Almudena, la cual, con una torre-caballero fortísima de pedernal, se derribó y rompió para ensanchar el paso. Estaba tan fuerte, que con grandísima dificultad muchos artífices con grandes instrumentos no podían desencajar la cantería, que entendieron que no era pequeño argumento de su grande antigüedad. Pero para servir a S. M., ninguna cosa había que se pusiese delante, teniendo respeto a lo   —236→   mucho que se debe hacer en su Real servicio. Quedó un tránsito muy claro, espacioso y desenfadado, todo blanqueado y canteado, con sus puntas de pirámides y acroterías, que difinen y rematan por lo alto.

Entrando, se ofreció luego a S. M. en la plaza de la iglesia mayor un coloso, estatua y figura del gigante Atlas. (Declárase quién fue Atlas, alusión a Felipe II, y lo que sobre él fingieron los poetas.)

Llegada a Santa María y Te Deum.

De aquí S. M. llegó con mucho contentamiento (aunque cansada y maravillada de ver tan gran variedad de cosas) al templo de Santa María, que es la iglesia mayor y más antigua de Madrid, donde toda la clerecía y cabildo se había congregado, esperando la felice venida de Su Majestad, todos con capas de brocado muy ricas, y las catorce cruces de las parroquias salieron de la iglesia rescebir a S. M. El Vicario, con una cruz muy rica, llegó a un sitial, donde S. M. se apeó, y tomando la cruz el Ilmo. y Rmo. cardenal Espinosa, etc., la dio a besar a S. M., la cual, hincadas las rodillas devotamente, adoró y besó la cruz. Y procediendo la procesión con mucha música, volvieron al templo.

Su Majestad, con el príncipe Alberto de Austria de la mano, y el Ilmo. cardenal Espinosa, etc., al otro lado, entró en el templo a hacer oración, el cual estaba muy adornado, con muchos toldos y paños de sedas y brocados toda su entrada y pórtico, renovado y canteado con ilustre ornato. Junto al altar mayor se puso un rico sitial de brocado y dos cojines de lo mismo, donde S. M., hincada de rodillas con mucha devoción, se detuvo buen espacio de tiempo, mientras la capilla Real, con muy   —237→   concertada música, cantó el Te laudamus, dando todos muchas gracias a Dios por la merced que a todos estos reinos ha hecho.

Esta es una muy santa, muy religiosa y muy antigua costumbre de los reyes de España, que la primera visita es dar gracias a Nuestro Señor, y reconocer como todo el triunfo y gloria se le ha de dar y referir a Su Divina Majestad; pues viniendo de su divina mano, será perfecto y no habrá lugar para que la polilla ambiciosa y soberbia del mundo estrague aquello que, recibido por Dios, ilustra al cuerpo y al alma. Este afecto de religión guardaron muy bien los romanos cuando, entrando por Roma, triunfando, todo el acompañamiento, con el que triunfaba, iban al Capitolio, donde estaba el templo de Júpiter, y allí, dando gracias a Dios por la victoria y triunfo alcanzado, hacía muchos sacrificios.

Llegada a Palacio.

Acabado pues, el Te Deum laudamus, y dicha la oración, la cual dijo el Vicario (como capellán de S. M..), la Reina nuestra señora partió de la iglesia, con todo su acompañamiento y triunfo. Y procediendo poco a poco, llegó a vista de Palacio, una de las más principales v suntuosas casas Reales que hay en el orbe, tan ilustrada con la asistencia de todos los reyes de España, como su antigua casa, y tan Real aposento, y de nuevo amplificada, y tan feliz por el asiento y habitación del D. Felipe, rey nuestro señor, el cual con muy suntuosas y exquisitas fábricas, dignas de tan gran Príncipe, cada día de nuevo la ilustra, de manera que es (consideradas todas sus cualidades) la más rara casa que ningún príncipe tiene en el mundo.

  —238→  

Con este tan agradable espectáculo y concurso, toda la infantería que en el asalto del castillo, como ya dijimos, se halló, la cual toda con sus banderas y muy buen orden y concierto concurrió a la puerta de Palacio, en el cual lugar hay un campo y plaza muy espaciosa, hechos sus escuadrones de gente tan lucida y tan bizarra, que fue una de las cosas de que S. M. más gustó.

Entrando S. M. en Palacio, toda la infantería, con sus alambores y pífanos, las trompetas y menestriles, con toda la artillería de una y otra parte, y la que la guardia de a caballo trae y dispara en estas solemnidades, toda a un tiempo, con grandísimo estruendo, hizo una de las más solemnes y graciosas salvas, y (a dicho de todos los que con S. M. venían) que más gusto diese, que en todos estos reinos jamás se ha visto.

Llegada S. M., y entrando dentro de Palacio, la salieron a rescebir hasta el zaguán la serenísima princesa de Portugal, doña Juan de Austria, y las infantas doña Isabel Eugenia, doña Catalina, y los Sermos. príncipes Rodolfo y Ernesto salieron del aposento de las serenísimas infantas y con este orden:

Precedían el Duque de Nájera y el Marqués de Sarriá, y el Marqués del Adrada, D. Antonio de la Cueva, mayordomo mayor, y D. Gonzalo Chacón y D. Pedro Lasso de Castilla, señor de San Martín, mayordomo de S. M., todos con sus bastones en las manos. Luego los serenísimos príncipes; tras ellos, las infantas, que llevaba la serenísima Princesa delante de sí, y detrás de S. A. iba doña, Aldonza de Bazán, marquesa de Fromesta, camarera mayor de la Reina; llevábanla de la mano la Duquesa de Feria y el Marqués de Fromesta, su hijo. Luego doña Isabel de Quiñones, camarera Mayor de la Princesa, y doña María Chacón, aya de las infantas; luego doña Teresa de Guevara y otras muchas señoras de título.   —239→   Últimamente iban las damas de las SS. Infantas y Princesa, con grande ornato y compostura.

Llegadas, pues, todas se recibieron con grande amor, y abrazándose muy enternecidamente, subieron al aposento de la Reina, llevando la Princesa a la Reina a la mano derecha, delante las infantas, y a la Serma, infanta doña Isabel llevó el Ilmo. cardenal Espinosa de la mano, las cuales hospedaron a S. M. donde por muchos años Nuestro Señor sea servido conservar con suprema felicidad esta tan santa compañía, para que con el fruto de su bendito matrimonio se amplifique toda la república cristiana, con la paz y contentamiento que de tan dichoso matrimonio al presente goza. El Ilmo. cardenal D. Diego de Espinosa, etc., dejando a S. M., volvió a su posada, acompañado de toda la nobleza de la corte, el corregidor y Ayuntamiento, el cual tenía prevenidos doscientos soldados lucidamente aderezados, los cuales llevaban en contorno de su Ilma. señoría sus hachas de cera blanca.

Y dejando a S. S. Ilma. en su posada, anduvieron regocijando al pueblo con otras muchas diferencias de luminarias e ingenios de fuego, con que hubo un público regocijo muy solemnizado.

Fue comisario de todo el aparato de las hachas y luminarias Pedro Rodríguez de Alcántara, regidor.

El concurso de la gente fue muy grande, como hemos dicho; la abundancia de bastimentos y de todas las cosas necesarias fue tan notable, que valió este día todo muy barato, más que los otros días ordinarios. Por caer todos tan cansados de haber visto tantos y tan agradables espectáculos, todos se retiraron a descansar y reposar.

  —240→  

Festejos al siguiente día.

Otro día el Corregidor mandó pregonar se holgase todo el pueblo y concurriesen a Palacio todas las compañías de infantería, las cuales, con tanto número de pífanos y tambores, y sus lucidas banderas, vinieron con harta secuencia de muy bizarros y dispuestos soldados, anduvieron por todo el Campo del Rey a vista de S. M., haciendo reseña y muestra lucida y curiosa, que se gustó de este ensayo y preludio militar, como si fuera un campo muy formado. Al cual, por ser cosa hermosa y tan agradable, los latinos le llamaron Bellum, que quiere decir hermoso, bello y agradable.

En esta parte los plateros habían hecho un muy hermoso castillo, con sus rebellines y muchos ingenios de fuego en su contorno. Venida la noche, después de haber Sus Majestades cenado, el Corregidor, con todos los caballeros del Ayuntamiento y algunos ilustres de Madrid, hicieron un juego de alcanciazos con muy suntuosas libreas. Fueron ocho cuadrillas de a veinte caballeros, que hacían ochenta. Cada cuadrilla fue de diferentes libreas de sedas de varios colores.

La del Corregidor fue de marlotas de tafetán carmesí y capellares de tafetán amarillo, turbantes de terciopelos del mismo color.

Don Francisco de Vargas Manrique, con su cuadrilla, marlotas negras, capellares blancos.

Don Lope Zapata, con su cuadrilla, marlotas blancas y capellares morados.

Don Diego de Ayala, con su cuadrilla, marlotas blancas y capellares morados.

  —241→  

Juan de Villafuerte con su cuadrilla, marlotas encarnadas y capellares morados.

Don Pedro de Rivera con su cuadrilla, marlotas amarillas y capellares morados.

Pedro de Herrera con su cuadrilla, marlotas amarillas y capellares colorados.

Bartolomé Vázquez de la Canal con su cuadrilla, marlotas azules y capellares verdes.

Todos con turbantes de terciopelo y guarniciones a los caballos de lo mismo, trompetas y atabales y menestriles, con libreas de damasco colorado y fajas de terciopelo amarillo; todos así juntos, con hachas de cera blanca en las manos, salieron muy ordenadamente de las casas de Ayuntamiento, precediendo toda la música, vinieron a vista de palacio, donde, en presencia de SS. MM., después de haber hecho una muy concertada escaramuza, se dieron de alcanciazos en sus adargas, que fue una muy agradable y concertada fiesta.

En el interior del castillo se desparcían y tiraban a diversas partes muchos cohetes, ardían en su contorno unas acroterías e ingenios de fuego, con que a modo de pirámides remataban los rebellines. Toda la infantería cercando el castillo le combatió y subieron las banderas a lo alto, donde, con grande estruendo, se desparcían muchos ingenios de fuego. Hecho este asalto harto animosamente, se desbarató el juego, y por todo el pueblo con grande regocijo anduvo la caballería solemnizando la fiesta; fue de gran contento, porque en todo el discurso que hemos contado ninguna infelicidad ni desgracia ha habido, antes con mucha paz y tranquilidad (que no ha sido pequeña merced de N. S. habiendo habido tan gran concurso de gente) se remataron estas fiestas.

La corte de S. M. está muy florida, con gran concurso de grandes, libreas muy costosas, gran abundancia de   —242→   todas las cosas, concordia y paz en todos sus reinos, la cual N. S. por muchos años con larga vida de estos serenísimos príncipes, reyes y señores nuestros conserve, para que de su deseado fruto se alcance la feliz prosperidad que todos estos reinos con tanto amor y afecto desean. Lo cual por su divina clemencia y misericordia conceda.


Qui vivit et regnat trinus
et uno, in saecula
saeculorum.
Amen.



  —243→  
ArribaAbajoNÚMERO 4.º

Fiestas en el Retiro en 1637.

(De un manuscrito contemporáneo.)

En 13 de Enero de 1637, recibiendo el rey nuestro señor D. Felipe IV la feliz nueva de la elección de rey de romanos del serenísimo Ferdinando III, su cristianísimo primo hermano, determinó de hacer una pública demostración de su contento, que fuese benemérita de él y de su grandeza, en esta manera:

Plantose una plaza de madera fuera del nuevo y lucidísimo palacio del Buen Retiro, en un eminente sitio, que tenía 608 pies de largo, 480 de ancho, y en toda su circunferencia 408 balcones de gran capacidad, al fin en que trabajaron más de 3.000 hombres, cubriéndose la fábrica de tejados fingidos de madera teñida en rojo, que miraba por la parte del Mediodía a lo más vistoso de esta corte, así por la copia de edificios como por la frescura de su prado y arboledas. Por la del Septentrión terminaba la puerta de Alcalá y monasterio de religiosos descalzos de San Agustín. Al Oriente, el Real de los de San Jerónimo, y al Occidente, el de los carmelitas descalzos85. Estaban   —244→   los balcones por la parte exterior con barandilla de plata y oro, y por dentro perfectamente colgados de variedades de sedas y tapices. En cada pilar que los dividía, dos hachas blancas; corriendo por toda la circunferencia sobre el friso y cornisa novecientos faroles de hermosos vidrios y graciosa forma, labrados para solo este efecto, en los cuales había innumerables luces, porque tenían a cuatro cada uno, a más de trescientos que, con ventajosa grandeza, se señalaban de espacio a espacio breve, quedando entre uno y otro tres menores.

A la parte septentrional estaba fabricado un balcón de mayor eminencia para las personas Reales, de barandillas doradas, y lo mismo el techo, con gran primor, teñido de agradable verde perfilado de oro: rompía la cornisa un hermoso globo del orbe; a un lado, el cuarto planeta, rematándolo todo una corona imperial, y debajo de ella esta letra: Illustrat et fovet. Adoraban tan vistosa estancia muchas vidrieras cristalinas, desde las cuales, reverberando esa máquina de luces, hacía dudar de la posibilidad de reducirse a número, y así quedaba la claridad de la plaza en modo que podía preguntarse si había amanecido con estrellas o anochecido con sol.

Partían desde los extremos de la cornisa de este balcón en grande espacio sobre la de toda la fábrica los escudos y armas de los reinos que felizmente están unidos a esta monarquía. A la mano derecha aparecían el Real Consejo de Castilla, el de la Inquisición, el de las Indias, el de órdenes, el de Hacienda y la Diputación del Reino. A la mano izquierda, el de Aragón, el de Italia, el de la Cruzada el de Portugal la Villa de Madrid y la Junta de Abastos.

Asistían el Nuncio de Su Santidad, el Patriarca de las Indias, el Embajador de la Majestad Cesárea, los de los reinos y diferentes repúblicas. Cuando el domingo 15 de   —245→   Febrero quiso dar S. M. principio a esta pompa con salir de casa de Carlos Stratta (el palacio de Híjar), caballero del hábito de Santiago, que vivía entre los Italianos y los Clérigos menores, adonde fue a vestirse, hallada con el aparato y lucimiento posible a tal ocasión; desde ella hasta la puerta del Real convento de San Jerónimo procedía una amplísima calle con dos hileras de luces encendidas en varias y copiosas materias y agradables correspondencias, con que se manifestaba todo desde un extremo al otro, así como pudiera de día.

Sobre la primera puerta estaba fabricado un balcón, guarnecido de lo propio que la plaza, en que se puso la Reina, el Príncipe su hijo, y la Princesa de Cariñán con los suyos, empezando luego a componerse la fiesta en este modo.

Iban delante ocho tambores a caballo vestidos de lana blanca y sombreros de lo mismo; seguíanlos cuatro trompetas también a caballo con vaqueros de terciopelo carmesí guarnecidos de plata y sombreros de lo propio; distaban poco las chirimías con los demás instrumentos sonorosos, dispuestos por su orden, llenando el aire de armonía inmensa, a quien seguían quince cuadrillas de a doce caballeros, con la de S. M. diez y seis, todas conformes en los vestidos de terciopelo liso negro, bordados de hilo de plata blanco, tocados, plumas y jaeces de las mismas colores, puestos todos en vistosos caballos de dos en dos, en la Carrera de San Jerónimo, con sus hachas de cera blanca en las manos, y con otras los seguían gran número de lacayos de la misma librea; siendo los padrinos de esta fiesta el Almirante de Castilla, el Príncipe de Esquilache, el Duque de Híjar y D. Carlos Coloma. Estando todos puestos como se ha dicho, salió S. M. de la casa de Carlos Stratta, acompañándole su cuadrilla, vestidos del mismo color, si bien el del Rey y Conde de   —246→   Olivares, bordados de rica y vistosa labor. De las demás fueron cuadrilleros y entraron en ella los señores y caballeros siguientes:

Cuadrilla de S. M. -Marqués de Belmonte (hoy duque de Maqueda), Marqués de Cañete, Marqués del Espinar, Conde del Puerto, Conde de Aguilar, Conde de Barajas, Conde de Fuensalida, Conde de la Moncloa, Conde de la Corzana, Conde de Osidus y D. Francisco Mascareñas.

Cuadrilla del Conde-Duque. -El Conde-Duque, el Marqués de Palacios, el Conde de Visaven, D. Rodrigo de Cárdenas, D. Luis Puerto Carrero, D. Lope de Hoces, D. Diego de Zárate, D. Diego Ramírez de Haro, conde de Bornos; D. Luis Carnero, Conde de Loyola del Príncipe, D. Juan de Vargas, D. Rodrigo Pimentel y D. Juan de Silva.

Otra cuadrilla del Conde-Duque. -El Conde-Duque de Villalba, D. Francisco de Bracamonte, D. Luis Jerónimo de Contreras, D. Antonio Bonal, D. García de Brizuela, D. Juan de Luján, D. Francisco de Balcázar, D. Juan de Prado, D. Gaspar de Prado, D. Francisco de Rojas Vivanco, D. Gaspar de Robles y D. Juan Mejía.

Cuadrilla del Condestable de Castilla. -El condestable Marqués del Fresno, su hermano Marqués de Cuéllar, Marqués de Tabara, Conde de Grajal, Conde de la Revilla, Vizconde de Molina, D. Antonio Mesía de Tovar, su hermano D. Alonso Ortiz de Velasco y D. Pedro de Castelví.

Cuadrilla del Duque del Infantado. -El Conde de Tendilla por el Duque, Marqués de San Román, Marqués de la Fuente, Marqués de Aitona, Conde de Oruña, Conde de Villar, Conde de Brantivilla, D. Esteban Hurtado de Mendoza, D. Baltasar de Zúñiga, D. Bernardino de Ayala, D. Luis de Mendoza y D. Gaspar de Mantilla.

  —247→  

Cuadrilla del Marqués del Carpio. -Marqués del Carpio, Marqués de Povar, Conde de Castrillo, Conde de Lodosa, Conde de Cedilla, Conde de la Torre, D. Sancho de la Cerda, D. Fernando Barradas, D. Cristóbal Guardiola, D. Francisco de Lerma, D. Martín de Saavedra y don Luis de Peralta.

Cuadrilla del Duque de Pastrana. -Duque de Pastrana, Duque de Ciudad-Real, Marqués de la Alameda, Marqués de Almenara, Marqués de la Miceda, Marqués de Mirallo, D. Francisco Luzón, D. Luis Trejo, D. Gaspar Bonifaz, D. Francisco de Angulo y D. Juan de Morales.

Cuadrilla del Duque de Híjar. -El Duque de Híjar, Marqués de la Conquista, Marqués de Castrofuerte, Conde de Taroca, Conde de Figuero, Conde de Villamonte, D. Francisco Gurrea, D. Alberto Coloma, D. Francisco Enríquez de Silva, D. Juan Ramírez, D. Pedro Niño de Castro y D. José Stratta.

Otra cuadrilla del Duque de Híjar. -El Conde del Real, D. Francisco Valenzuela, D. Pedro de Vasconcelos, D. Diego de Quiñones, D. Diego de Guzmán, don Alonso de Paz, D. Rodrigo de Herrera, D. Gaspar de Guzmán, D. Pedro de Alba, D. Jerónimo de Carvajal, y D. Baltasar de la Cueva.

Cuadrilla del Duque de Peñaranda. -Duque de Peñaranda, Marqués de Fromesta, Conde de Motezuma, don Juan de Cárdenas, D. Fernando de la Cerda, D. Francisco de la Cerda, D. Jerónimo de Vera, D. Gonzalo Manrique, D. Pedro de Vega, D. García de Cárdenas, D. Rodrigo de Tapia, D. Pedro Reinoso y Toledo, señor de Utrilla.

Cuadrilla del Conde de Oropesa. -El Conde de Oropesa, Marqués de Villamayor, Marqués de Povar, Marqués de las Navas, Marqués de Malpica, Marqués de Salinas, Conde de Montalván, D. Francisco Garnica, D. Manuel   —248→   de Arriarán y Gamboa, D. José de Castrejón, D. Alonso Lancol y D. Agustín.

Cuadrilla de D. Luis de Haro, conde de Morente. -Conde de Morente, Marqués de Comares, D. Luis Ponce de León, D. Francisco Mejía, D. Fernando Bazán, D. Cosme de Médicis, D. Fernando de Alarcón, D. Francisco Ibáñez, D. Diego de Salcedo, D. Francisco Vivanco, don Martín Porres y D. Vicente Zapata.

Cuadrilla del Conde de Ricla. -El Conde de Ricla, Marqués de Malagón, Marqués de Torres, Conde de Concentaina, D. Álvaro de Luna, Martín Alonso de Ataide, D. Juan de Borja, D. Mateo Ibáñez de Segovia, D. Salvador Correa, D. Pedro Hurtado de Corcuera, D. Pedro de Valenzuela y D. Gabriel de Silva.

Cuadrilla del Conde de Alva de Liste. -Conde de Alva de Liste, Marqués de la Adrada, Conde de Villa Franqueza, Conde de Peñaflor, D. Manuel Enríquez, D. García Pareja, D. Luis de Córdoba, D. Pedro Niño, D. Fernando Rivadeneira Calderón, D. Pedro de la Mota Salmientos, D. Pompeyo de Tassis y D. Luis Enríquez.

Cuadrilla de la coronada villa de Madrid. -El Conde de Montalvo, su corregidor; Francisco Enríquez, Felipe Sierra, D. Gaspar de Valdés, D. Jerónimo Casanate, Claudio de Cos, D. Diego Ordóñez, D. Lope de Porras y Castro, D. Francisco Sardoneta, D. Francisco Méndez Testa, D. Juan del Castillo y D. Luis Zañes Montenegro.

Otra cuadrilla de la Villa. -Marqués de Cusano, don Cristóbal de Medina, D. Jerónimo Carmenas, Manuel Cortizos de Villasante, Pedro Martínez, D. Rodrigo de la Castra, D. Bernardo de Salas, D. Mateo Alonso de Ortega D. Pedro Rodríguez de Villarroel, D. Gonzalo Pacheco, D. Diego Meras y D. Pedro Romero.

Luego se seguían dos carros triunfantes de maravillosa   —249→   y apreciable traza, pintura y adornos, hechos por Cosme Loti, industrioso arquitecto florentino, que tenían 22 pies de ancho, 30 de largo y 46 de alto. En la parte extrema de cada uno se levantaban dos pirámides, en cuyas puntas iban tremolando tafetanes carmesíes: alumbrábase cada uno con cien hachas, cargados de lucidísimas figuras, con varias insignias e instrumentos músicos, distribuidos con gentil orden.

Cada uno iba tirado de veinticuatro bueyes con paños rojos, guarnecidos de plata y alumbrados con multitud de hachas, puestas en manos de hombres vestidos de velillos de plata de varios colores a la turquesa, crecía el número de luces.

Cuarenta salvajes llevando en las manos grandes mazas encendidas como hachas. Con este orden iban andando hasta el balcón donde dijimos estaba la Reina, entrando en la plaza donde se hallaba, cuando por ella entró S. M. gobernando su cuadrilla, el Conde de Olivares la suya, y cada uno de los demás la que lo tocaba, formando varios laberintos de escaramuzas, compasados con los escudos de jeroglíficos, que para división de las cuadrillas estaban en diferentes puestos.

Fueron entrando los carros, dando vuelta a la plaza, empezando las figuras a sonar los instrumentos, acompañándolos con su misma música, que llegando enfrente del balcón de la Reina, representaron un coloquio de la Paz y de la Guerra.

Al pie casi del mismo balcón estaban plantadas las vallas y el estafermo, adonde S. M. ejecutó la destreza que en esto tenía, superior a todos, de común aplauso, continuándolo los señores y caballeros. Dejó el Rey la plaza, subiéndose al balcón de la Reina, después de haber dado tanto que admirar, estuvo mirando el resto de la fiesta, que fueron representaciones, músicas innumerables, gente   —250→   varia natural y extranjera de cuantas naciones frecuentan su corte; y últimamente, oyendo repetir las voces de tanta multitud junta, viva la felicidad de Felipe IV, viva, viva; con que los Reyes se retiraron a las once al palacio del Retiro, dando fin a la fiesta, siendo de tal calidad, que la pudieron envidiar los más pomposos frutos que celebran las memorias del mundo en siglos pasados y han de celebrar en los futuros.

Los días siguientes, desde el 15 hasta el 25 de Febrero, continuaron las fiestas, dirigidas, el primer día, por la Condesa de Olivares, con teatro, baile, loas y merienda; el segundo, por el Conde-Duque, con máscara, folla y entremeses; el tercero, paseos en barcos, con músicas, coros, iluminación y cena espléndida en el bosque; otro día toros con rejoncillos en la plaza nueva; otro un certamen poético, que presidió Luis Vélez Guevara, y de que fue secretario Alfonso de Batres, y jueces el Príncipe de Esquilache y otros; otro día, cucañas y carnestolendas por las salas, con huevos de olor; el domingo de Carnaval, 22 de Febrero, una gran mojiganga y músicas, baile y comedia por la noche; lunes, carreras de cañas todos disfrazados, y martes, otra gran mojiganga y la representación de la comedia Don Quijote de la Mancha, de don Pedro Calderón.