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El compromiso en la poesía (Sobre un libro de J. Lechner)

Leopoldo de Luis

La poesía de testimonio, guste o no, es un hecho y resulta inútil negarla. Se podrá discutir su calidad, pero parece impropio de una crítica seria hacerlo en bloque. Cada producto, individualizado, debe ser el objeto de un juicio. ¿Quién va a encontrar de baja calidad toda la poesía de paisaje o toda la poesía de tema religioso? Se criticarán un autor o una obra.

Hay épocas -escribía en cierta ocasión Vicente Aleixandre- en que se exige del poeta una actitud moral; hay otras en que se prefieren en su obra los valores estetizantes. Esto es así y, como consecuencia, los poetas poco personales procuran adaptarse a la corriente en boga. Tal es la explicación más plausible -aunque hay otras de tipo social y político- de que durante unos años predominarán hasta la fatiga las publicaciones adscritas a la «poesía social», en tanto que hoy escasean. Pero el poeta personal y auténtico al que el tema le importa (de importar: llevar dentro), al que lo siente necesariamente, poco o nada le influyen los gustos ocasionales, como al poeta enamorado no le acalla el que en su tiempo puedan «no llevarse» los poemas de amor. La poesía está entre las escasas actividades humanas donde la ley de la oferta y demanda no impera. Y volviendo al tema del compromiso, pese a su eclipse parcial, recordemos que durante los años setenta también han aparecido varias obras de incuestionable valía. (Ejemplos: Los que viven por sus manos, de Ramón de Garciasol; buena parte de Enseñanzas de la edad, de José María Valverde, o libros de Carlos Sahagún, de María Beneyto y de Florentino Huerga, entre otros).

Por otra parte, y como dice Sartre, el escritor se compromete hasta con su silencio. «Considero responsables a Flaubert y a Goncourt de la represión que siguió a la Commune, porque no escribieron una sola palabra para impedirla», afirma. Si es mucho decir «para impedirla», matícese «para denunciarla», «para protestar», «para lamentarse», al menos. Claro que Sartre excluye al poeta, considerándolo fuera de la comunicatividad y únicamente creador de objeto verbales, al manipular los microcosmos que, en sus manos, son las palabras. Pero las disquisiciones sartrianas en torno a la poesía se desvirtúan solas, desde el momento en que él mismo admite siempre la presencia de una parte de prosa en el poema, así como una parte de poesía en la literatura prosística. Todo estriba, pues, en la dosificación.

Tampoco ha sido la posguerra española el terreno único y nuevo de ese cultivo. Para algunos críticos -y concretamente para J. Lechner, sobre cuyo libro escribo este comentario1-, la poesía comprometida de los años cincuenta es una continuación de la que escribieron algunos poetas del 27 y aún anteriores. Continuación, diacrónicamente, es todo, por supuesto: nada surge exento ni por generación espontánea. Pero sincrónicamente vista, la poesía que me ocupé de reunir y escoger en mi antología de 1965 con el título de Poesía social responde a un contexto socio-político diferente y reviste aspectos peculiares.

Ocurre, sin embargo, que debemos a Lechner un buen estudio -el único completo, que yo sepa- en torno al compromiso en la poesía española del siglo XX, aparecido el año 1968 en dos tomos, cuyo análisis comprendía incluso la producción poética durante la guerra civil2. El autor, en posesión de un rico material de primera mano (consultó las fuentes durante varios años en España y ha mantenido la información bibliográfica al día), ha querido completar su estudio, realmente meritorio, examinando las tendencias y el curso de esta temática entre 1939 y 1974.

Fruto de tal examen es este nuevo volumen, de 140 páginas de estudio crítico y 35 páginas de documentación aneja, que Lechner abre con un repaso terminológico conducente a la adopción de «poesía comprometida», después de comentar los adjetivos «civil», «testimonial», «historicista», «desarraigada», «social», que fueron manejados por la crítica de nuestra posguerra. Como ocurre siempre, estas voces distan de ser sinónimas, pero volver sobre ellas y sobre sus matices resultaría aquí prolijo y extemporáneo. Entendemos bien la materia que Lechner ampara bajo su título, y eso es lo importante a los efectos de estas líneas.

Lechner arranca fundamentalmente del estudio de las dos revistas famosas en los años cuarenta: Garcilaso y Espadaña. Varios críticos han puesto ya sus manos sobre tales documentos, clasificando y comentando sus contenidos. Lechner es quizá quien mejor lo ha realizado, pero no se libra tampoco de una casi inevitable dificultad de comprensión. No es imposible ver, a grandes rasgos, Garcilaso como síntoma del conformismo y Espadaña como una punta de ruptura, pero, sin haber vivido la circunstancia histórica, es difícil entender claramente el hecho cierto -el hecho y sus causas- de que, en buena medida, las colaboraciones de ambas revistas fueran intercambiables. Por otra parte, la iniciación de la poesía de compromiso en nuestra caótica y confusa posguerra no nace en Espadaña -aunque Crémer y Nora figuren entre los primeros de ese talante-, sino en algunos de los poetas que habían hecho la guerra. Varias veces he señalado cómo se olvida más de la cuenta cierto poema -«Quejas a Rubén Darío»- de Garciasol, por ejemplo. Esto aparte, el análisis que lace Lechner de las dos revistas resulta interesante y útil, y están muy bien vistas la aparición del lenguaje coloquial en el poema y la presencia del tremendismo, precursor de la poesía de protesta (en este punto echo de menos en las páginas de Lechner la alusión al poeta Salvador Pérez Valiente). Otro acierto del hispanista holandés es poner de relieve la influencia que tuvieron en la poesía testimonial de los años cincuenta los aforismos publicados por Vicente Aleixandre, en Ínsula (número 59, noviembre de 1950), y en Espadaña (número 48, diciembre del mismo año). La ascendencia de Aleixandre era -y es- grande; en aquellos años, cualquier palabra suya, cualquier gesto, encontraban incalculable repercusión. Las ideas vertidas en aquellos aforismos (Poesía, moral, público) tuvieron, en efecto, mucho que ver en la labor de los poetas de entonces. También tuvo que ver Hijos de la ira, el libro de Dámaso Alonso, pero su gran impacto se produjo sobre todo en la expresión, en el vocabulario: un rompimiento formal y una liberalización del lenguaje.

Discrepo de Lechner en su valoración de las ideas poéticas de don Antonio Machado: reconoce la influencia, pero las encuentra confusas. Sin embargo, el borrador del discurso para la Academia, aun no siendo sino eso, un borrador, y, por tanto, aunque pudiera presentar aspectos perfilables y ajustables, resulta no solo claro, sino vaticinador. Mas no olvidemos que ese texto no llega a difundirse suficientemente hasta su inclusión por Guillermo de Torre en Los complementarios (Losada, 1957), volumen no asequible en España hasta bastante después, de donde carece de peso para los poetas de 1950. Lo que sí pesó fue la obra poética misma de don Antonio y, por supuesto, el recuerdo ejemplar de su conducta.

En su minucioso recorrido por las publicaciones de la época, Lechner acierta en la identificación de dos revistas importantes a su propósito. Muy diferente una de otra, tanto en su contenido cuanto en su programación y, desde luego, en su vida. Una es Ínsula, a la que dedica elogios como fundamental en la cultura española contemporánea. La otra es Poesía de España, de corta duración, lanzada por Ángel Crespo y Gabino Alejandro Carriedo, con Caballero Bonald. En cuanto a la crítica echa de menos, y no sin fundamento, una actividad rigurosa y plena en aquellos años y piensa que de haber existido quizá hubiera evitado las caídas en la reiteración y en otros defectos que luego se han imputado a la labor de los poetas sociales.

El estudio no se hace libro por libro ni autor por autor, sino más bien buscando direcciones, ya que el compromiso presenta diferentes aspectos y grados. Además, Lechner no se limita a los poemas, sino que busca y analiza los textos definitorios o las declaraciones que los poetas han ido haciendo, para lo cual examina las poéticas, que, con alguna frecuencia, incluyen las antologías de la época, y exhuma también, en investigación escrupulosa, párrafos de artículos perdidos por periódicos y publicaciones menores. Ha tenido cuidado de no dispersarse, centrando la indagación en aquellos poetas que juzga más representativos de tiempo y tema. El procedimiento es válido, y yo no iré más allá sino para apuntar un par de nombres omitidos que estimo necesarios. Agustín Millares y María Beneyto, aparte de otros surgidos después.

Como documentos anejos se incorporan al libro reproducciones de los artículos programáticos de Garcllaso y de Espadaña, así como las respuestas de algunos de los poetas, contestando los cuestionarios propuestos por el propio autor. Lechner ha trabajado concienzudamente y ha ofrecido un estudio serio y bastante completo de esta parcela, nada desdeñable, de nuestra poesía. Su conclusión es que «la obra de los poetas que hemos estudiado quedará como reflejo y expresión de una coyuntura histórica y como testimonio del talante de sus creadores». Es claro que tampoco podía dejar de plantearse un crítico como él el problema de la eficacia de esta poesía que se proclama mayoritaria y al servicio del hombre. «Estos poetas -dice- ponen en su obra la ética sobre la estética, pero conocen sus limitaciones, acaso su inutilidad. Entonces, ¿por qué escriben?». El propio crítico se contesta: porque, después, el impulso estético prevalece. No es, creo yo, una paradoja, no es una contradicción, sino el resultado de motivaciones distintas. Su conciencia moral exige del poeta la dedicación a una temática grave, y que le preocupa; su comprensión de las situaciones socioculturales no le engaña respecto de su alcance, pero su vocación estética y su inquietud creadora le incitan al poema y a su publicación.

Es interesante recoger la consecuencia con que Lechner concluye: «Lo que, probablemente sin saberlo, han conseguido estos poetas es que su obra haya fomentado una toma de conciencia donde menos lo esperaban: en los intelectuales que se han ocupado de ella; una toma de conciencia acerca del compromiso y de las condiciones en que puede o suele darse».