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1

En Imbert, pág. 161.

 

2

Ibid., pág. 160.

 

3

Ésta es la opinión de García Esteban, quien afirma que tanto El desalojo como El conventillo son «sainetes de compromiso [...] (que) fueron escritos porque nada le costaban y porque a pesar de eso, proporcionaron dinero». Por lo tanto, y en cuanto a El desalojo, éste no merece «consideración más alta que la que corresponde a la propia limitación de su planteamiento» (págs. 173-175).

 

4

Op. cit., pág. 265.

 

5

Op. cit., pág. 134.

 

6

Op. cit., pág. 114.

 

7

Según Jorge Páez, «el alquiler promedio de una pieza de conventillo ascendía a $ 5,80, cifra que siete años después, a favor de la voracidad especuladora que caracteriza a la vida económica del 80, se duplica con creces. Para evaluar la incidencia de los alquileres en el presupuesto obrero debemos tener en cuenta que hacia 1886, sobre la base de datos confiables, el salario promedio de un obrero calificado era de $ 2,50, en tanto que la mano de obra no especializada -que constituía un porcentaje importante de la población activa- llegaba excepcionalmente a salarios de $ 2» (pág. 29). Lamentablemente, el autor no aclara si los alquileres y salarios eran mensuales, quincenales o aun diarios, en el caso de estos últimos. Asumiendo entonces la situación óptima -que los primeros eran mensuales y los segundos, jornales diarios- la desproporción entre ambos aún era grande y el alquiler representaba por lo tanto una carga pesada en el precario presupuesto familiar. Por eso fue que, hartos ya de ser explotados, los inquilinos de Buenos Aires se declararon en huelga una tarde de agosto de 1907. Parece ser que con el pretexto del alza de los impuestos municipales, el propietario de un inquilinato en la calle Ituzaingó, don Pedro Holterhoff, había decidido subir el alquiler de las piezas a 25 pesos mensuales. Los vecinos decidieron no pagar esa suma hasta tanto la misma no fuera reducida a 18 pesos. La idea de no pagar se extendió rápidamente de conventillo en conventillo y en pocos días la población proletaria se adhirió en masa a la huelga. Se formaron comités y subcomités en todos los barrios de la ciudad y en menos de dos meses, 1996 conventillos -casi la totalidad de las casas de inquilinato existentes en la capital- se plegaron al movimiento. Algunos propietarios transaron; otros recurrieron, aunque no siempre con éxito, al desalojo compulsivo, Hubo actos de violencia, tiroteos y muertos, pero la huelga seguía su curso. Alcanzó proporciones colosales. Llegó a Rosario, Bahía Blanca y otros puntos del país. Hobart Spalding [en La clase trabajadora argentina: Documentos para su historia (1890-1912) (Buenos Aires: Ed. Galerna, 1970), y cit. por Gabriel Ross en «Crónica de la batalla de los conventillos», El Cronista Comercial, Buenos Aires, 6 de septiembre de 1975, VII] calcula que en su apogeo el movimiento reclutó unas 140.000 almas en toda la República Argentina, de las cuales 120.000 residían en Buenos Aires solamente. La primera cantidad representaba el diez por ciento de la población total del país. Cuando algunos propietarios cedieron a los reclamos de los inquilinos, comenzaron los festejos. Estos pequeños triunfos escindieron el movimiento y a fines de 1907, «los fuegos populares se habían apagado» (Ross, ibid.). Poco después, los propietarios volvieron a disponer a su antojo, exigiendo como antes alquileres exorbitantes y fianzas de dos o tres meses por tugurios de tres metros cuadrados. La «batalla de los conventillos», que había dado tantas esperanzas a los inquilinos, fue vencida por amargas realidades. El esfuerzo había sido en vano...

 

8

E. G. Gilimón, Hechos y comentarios (Buenos Aires, 1911), cit. por Páez, pág. 33.

 

9

Rosell, pág. 103.

 

10

Corti, pág. 266.