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El Dios deseado y deseante de «Animal de fondo»

Concha Zardoya

Juan Ramón Jiménez publicó Animal de fondo en 19491, obra que es una anticipación de su gran libro -acaso el más definitivo- Dios deseante y deseado. Veintinueve poemas en verso libre integran Animal de fondo. El poeta de Moguer ha abandonado las formas tradicionales y se ha libertado de toda medida rítmica y de todo vestigio de rima, entregándose al libre fluir de la palabra poética. Los poemas -por esta misma razón- dejan de ser unidades independientes y no solo se enlazan sino que, más bien, se continúan. Todo el libro, de este modo, es un largo poema de sostenido aliento: el diálogo -monólogo del Poeta con un dios sentido como conciencia, con un dios a la vez deseado y deseante.

Al final de la selección nos encontramos con unas notas intensamente reveladoras y que aclaran para siempre el sentido total de la obra juanramoniana: la realidad de su poesía emana de lo espiritual y no excluye un dios vivido por el hombre en forma de conciencia inmanente resuelta en su «limitación destinada»; conciencia de sí mismo, de la propia órbita y del propio ámbito. Pero dejemos explicarse al poeta:

«Para mí la poesía ha estado siempre íntimamente fundida con mi existencia y no ha sido poesía objetiva casi nunca. Y ¿cómo no había de estarlo en lo místico panteísta la forma suprema de lo bello para mí? No que yo haga poesía relijiosa usual; al revés, lo poético lo considera como profundamente relijioso, esa relijión inmanente sin credo absoluto que yo siempre he profesado. Es curioso que, al dividir yo ahora toda mi escritura de verso y prosa en seis volúmenes cronológicos, por tiempos o épocas mías y que publicaré con el título jeneral de Destino, el final de cada época o tiempo, el final de cada volumen sea de poemas con sentido relijioso.

Es decir, que la evolución, la sucesión, el devenir de lo poético mío ha sido y es una sucesión de encuentro con una idea de dios. Al final de mi primera época, hacia mis 28 años, dios se me apareció como en mutua entrega sensitiva; al final de la segunda, cuando yo tenía unos 40 años, pasó dios por mí como un fenómeno intelectual, con acento de conquista mutua; ahora que entro en lo penúltimo de mi destinada época tercera, que supone las otras dos, se me ha atesorado dios como un hallazgo, como una realidad de lo verdadero suficiente y justo. Si en la primera época fué éstasis de amor, y en la segunda avidez de eternidad, en esta tercera es necesidad de conciencia interior y ambiente en lo limitado de nuestro moderado nombre. Hoy concreto yo lo divino como una conciencia única, justa, universal de la belleza que está dentro de nosotros y fuera también y al mismo tiempo. Porque nos une, nos unifica a todos, la conciencia del hombre cultivado único sería una forma de deísmo bastante. Y esta conciencia tercera integra el amor contemplativo y el heroísmo eterno y los supera en totalidad...

Estos poemas los escribí yo mientras pensaba, ya en estas penúltimas de mi vida, repito, en lo que había yo hecho en este mundo para encontrar un dios posible por la poesía, Y pensé entonces que el camino hacia un dios era el mismo que cualquier camino vocativo, el mío de escritor poético, en este caso; que todo mi avance poético en la poesía era avance hacia dios, porque estaba creando un mundo del cual había de ser el fin un dios. Y comprendió que el fin de mi vocación y de mi vida era esta aludida conciencia mejor bella, es decir jeneral, puesto que para mí todo es o puede ser belleza y poesía, espresión de la belleza.

Mis tres normas vocativas de toda mi vida: la mujer, la obra, la muerte se me resolvían en conciencia, en comprensión del "hasta qué" punto divino podía llegar lo humano de la gracia del hombre; qué era lo divino que podía venir por el cultivo; cómo el hombre puede ser hombre último con los dones que hemos supuesto a la divinidad encarnada, es decir enformada.

Hoy pienso que yo no he trabajado en vano en dios, que he trabajado en dios tanto cuanto he trabajado en poesía...».


Estas palabras son válidas, para contradecir a ciertos críticos, quienes, basados solo en la sensibilidad, en la delicada capacidad intuitiva, en el refinado gusto selectivo y en un perfecto sentido de lo musical, han acusado a J. R. J. de que carece de una personalidad recia y profunda, reconociendo únicamente que su poesía es como un objeto bello, pero que está exenta de estremecida trascendencia. Solo le conceden un valor histórico, estético y estilístico. Los tales críticos se equivocan por la sencilla razón de que una Obra poética -suma de todas las realidades, REALIDAD suma- concebida como destino y teniendo por finalidad un dios-amor, un dios-eternidad y un dios-conciencia, necesariamente implica un valor trascendente. Creemos que J. R. J. -además de tantas otras significaciones dentro de la poesía española- y aún universal -contemporánea y de todos los tiempos- ha producido poemas inmortales que sacuden el alma del lector hondo de hoy y de mañana. Porque existen muy pocos poetas que puedan introducirnos, como J. R. J., en el trasmundo de la más extrema e inefable poesía. Ninguno como él ha elevado la poesía a religión, viviendo exclusivamente por y para ella, siendo alucinado ejemplo, sobre todo, para los poetas jóvenes del presente y del porvenir. ¿Por qué? Por su terrible exigencia consigo mismo, en su ansiedad por llegar a la inalcanzable perfección, en mística y titánica lucha, en incesante y heroica batalla, J. R. J. dirá siempre: «Tenerlo todo, pero con esfuerzo»... «Ningún día sin romper un papel». Es, pues, enemigo de la facilidad, de la holgazanería, en el deber sagrado de la creación poética. Solo por este afán -y he aquí la ascética juanramoniana- es exigente consigo mismo y duro con otros poetas. Su pasión perfectiva, por otra parte, se evidencia en esta afirmación rotunda: «Sí, me gusta el orden, el orden anterior y posterior a la creación. Ordenar no es terminar, es empezar. La libertad de ordenar es libertar y libertarnos, salvar y salvarnos. Libertarnos y salvarnos de nosotros mismos, civilizados o indígenas según los casos...». Pero no se entienda por perfección juanramaniana la elaboración de la palabra a torno. J. R. J. está muy lejos de todo virtuosismo. En este sentido, casi es un enemigo de lo clásico-académico, de lo redondo y perfecto a fuerza de pulimento y retoque, de las formas cerradas, de lo que él llama seco y ripioso. (Recuérdese, a este respecto, que los clasicistas son, para él, puro «ripio».) A pesar de que ha escrito: «No la toques ya más, / así es la rosa», en arrebatada y desatinada pureza, retoca y retoca la rosa de su poesía, infundiéndole vida nueva a cada jornada. Ningún poema se da por acabado: está siempre por hacer, por perfeccionar y recrear. El poema es algo en eterna fluencia y siempre ligado al yo de su creador, verdadero centro unitivo del que emana sin llegar nunca a secarse.

Entremos, ahora, en la profunda temática de Animal de fondo. Atendamos a su desarrollo, continuado, intenso, lleno de madura serenidad, de total reconocimiento y aceptación de un destino condicionado por un dios transparente.

Desarrollo temático

Dios es sentido en lucha de amor. Se identifica con la esencia del poeta y del hombre, con la esencia del todo. Es un dios uno y distinto, conciencia suma de lo hermoso, conciencia del poeta y conciencia de todos. La esencia de dios reside en el alma del poeta, es su forma suprema; conciencia. Es, también, un dios de la gracia que le colma, de la gracia sin molde:

«... la gracia

que no admite sostén,

que no admite corona,

que corona y sostiene siendo ingrave».



Es libérrima gracia, sí, «el gozo del temblor», «el fondo del amor», «la transparencia». Es el uno final en la unitaria vida y en la unitaria obra del poeta: en el mundo creado por este para su dios y a causa de su dios:

El poeta ha estado creando nombres, acumulándolos, día tras día, «como la estrella, sin precipitación y sin descanso». Ha estado creando un mundo para su dios. Y, ahora, el poeta sabe que su dios «ha tomado el puesto / de toda esta nombradía». Todos los nombres que el poeta puso al universo -que recreaba solo por su dios-, se le convierten en uno solo; en un dios:

«El dios que es siempre al fin,

el dios creado y recreado

por gracia y sin esfuerzo.

El Dios. El hombre conseguido de los nombres».



Además de conciencia, el dios de J. R. J. es el Nombre supremo, el Nombre-esencia, la esencia del Nombre y de los nombres: platónico Nombre-idea.

Y ese dios deseado no solo está entre los hombres: está también en el mar, visible imagen del movimiento.

«de tu devenir propio y de nuestro devenir».



En el mar -en el mar cósmico y en el mar de la existencia-, dios se hace, se ha hecho «inquietud abstracta», fondo mismo de toda la conciencia que es él. En el mar, ejemplo y espejo de la imaginación en movimiento del poeta, el cual le siente como «elemento triple incomparable, / agua, aire, alto fuego / con la tierra segura en todo el horizonte».

Pero el dios juanramoniano es mucho más todavía. No solo conciencia. No solo nombre que contiene todos los nombres creados y por crear. No solo triple elemento -agua, aire, fuego-. Es amor cósmico que late en fuego, agua, tierra y aire. Y es amor en cuerpo de hombre y en cuerpo de mujer. Es amor en cuerpo del poeta:

«el amor que es la forma

total y única

del elemento natural, que es elemento

del todo, el para siempre...».



Es el amor más completo, pues contiene la sustancia toda y toda la esencia de los sentidos corporales y anímicos del poeta, quien, ahora, en luz, lo sabe todo:

«Lo sabe todo, pues lo supo más y más;

el más, el más, camino único de la sabiduría;

ahora yo sé que estoy completo,

porque tú, mi deseado dios, estás visible,

estás audible, estás sensible

en rumor y en color de mar, ahora;

porque eres espejo de mí mismo

en el mundo, mayor por ti, que me ha tocado».



El amor se ha hecho sapiencia; el dios deseado, espejo del poeta en el mundo. Este es la revelación de dios y el poeta puede percibir al deseado a través de sus sentidos. El poeta, así, se siente y se sabe completo.

No solo en la presencia del mar halla el poeta a su dios y constata su plenitud. Las ardientes nubes -las que existieron, existen y existirán- son, además, signos de evidencia, afirmación alzada del «fondo de aire» en que vive el poeta, de su constante remontarse a «lo alto profundo», por vía místico poética, en ascendente progresión que ansía su unificación con la gracia, la luz y la conciencia de dios. Las altas antorchas cárdenas de las nubes le confirman «el subir verdadero del subir, / el subir del hallazgo en lo alto profundo».

J. R. J., en el poema «La fruta de mi flor», nos explica cómo es y cómo ha sido esta conciencia suya, este dios que le habita y condiciona. Dice que esta conciencia rodeó toda su vida -su «vivida»-, como halo o atmósfera de su ser. Mas, ahora, se le ha metido dentro.

«Ahora el halo es de dentro

y ahora es mi cuerpo centro

visible de mí mismo...».



Su cuerpo es la fruta de esa flor que es su halo. Es maduro fruto de su flor, a causa de su dios deseado y deseante, «siempre verde, florido, fruteado», sin más tiempo ni espacio que el de su pecho. Y su corazón es la semilla del fruto: el dentro de ese dios, «estación total toda en un punto». El poema acaba con esta positiva certeza: «Dios, ya soy la envoltura de mi centro, de ti dentro».

Y esta conciencia plena -deseante dios- le lleva por el mundo. Y él casi oye la voz de su dios -«tu voz del viento ocupante total del movimiento» -«tu voz de fuego blanco que graba su órbita segura».

Su dios, desde sus cúmulos celestes, gobierna las formas que llegan al cenit, guía la conciencia del poeta en su mar de eternidad, cumple su éxtasis de amor y de infinito. Su dios se ha vuelto brújula: brújula de inmortalidad.

«Tú vienes con mi norte hacia mi sur,

tú vienes de mi este hacia mi oeste,

tú me acompañas, cruce único, y me guías,

entre los cuatro puntos inmortales,

dejándome en su centro siempre y en mi centro

que es tu centro».



La órbita del poeta es la órbita de su dios: ambos coexisten en el mismo centro: centro del tiempo y del espacio: «centro rayeante» lo llama el poeta. Centro del que se irradian rayos. Sol de entraña abierta, «tesoro palpitante»: corazón de amor y de infinito.

Pero su conciencia se identifica también con la luna -«ojos de plata / fundida en pensamiento miriante» de su dios deseado y deseante, «oasis definido» del «limpio ideal unánime» del poeta. La luna es exacto reflejo de su dios-conciencia, porque su paz y claridad son idénticas:

«conciencia diosa una,

disfrutadora y disfrutada mía,

disfrute de lo májico esencialmente nombrado».



Su antiguo verso «Dios está azul...» de las Baladas de Primavera (1907) -se encarna en esta conciencia deseada y deseante, la impregna de su azul -nube, ola, espuma, mar y cielo-. Y el poeta identifica aquel dios azul de su pasado con esta conciencia azul de su hoy:

«dios hoy azul, azul, azul y más azul,

igual que el dios de mi Moguer azul,

un día».



Cerrada y abierta esfera de lo azul: Dios... Conciencia. Centro único del espacio azul y del tiempo azul, infinitos.

J. R. J. vuelve a mirar hacia atrás y hacia el mundo. Y vuelve a comprobar que su andar por la tierra y su estar entre los hombres ha sido solo para encontrar a su dios deseante y deseado. Idas y venidas, pensamientos, sensaciones del cuerpo y del alma, derivaban, devenían, se sucedían, hacia dios, hacia sí y hacia él, «sin saberlo o sabiéndolo yo y ellos». Todo le afirma en la certeza de que él posee a dios, de que está en el centro mismo de su conciencia, porque le esperaba desde su infancia «sin descanso ni tedio».

El mar es el extendido, cambiante y unitario fondo de estos poemas. ¿Por qué? Porque siempre está despierto, porque nunca reposa, ni siquiera en noche ni en mediodía: como su conciencia, como su dios. Porque le «da mejor que nadie y nada» esa conciencia de su dios deseante y deseado, también desvelado, también vigilante:

«Conciencia en pleamar y pleacielo,

en pleadios, en éstasis obrante universal».



Ni aniquilación ni quietismo: eterno obrar, eterno éxtasis del crear. El dios de J. R. J. es incesante creador, infatigable creante: «obrante universal»: conciencia activa, actuante, creante.

Si el poeta y su conciencia duermen, es: un sueño en vigilia el que duermen. No se olvidan. Siguen alertas en el bienestar del dormir. Duermen despiertos o semidespiertos. Cuando despiertan del todo, cambian el sueño en acto. Entonces, el poeta se alza dinámico ante su dios, ser que es todo y solo luz, «luz vividora y luz vivificante»; ante su dios, «conciencia diamantina», dios en ascua blanca, «que sustenta, que incita y que decide en la mañana oscura».

En la penúltima jornada de su vida, J. R. J. se identifica con el niño que fué -el que remontaba cometas blancas-; elevado a los cielos, en la plena eternidad nocturna, besa los ojos de su dios consciente, en sus estrellas. La cruz del sur le velaba la inocencia primera. La cruz del sur le vela su conciencia última. Edad infantil y ancianidad se abrazan. Su dios maduro -dios-conciencia- da la mano a su «niño-dios» -dios-inocencia-. La cruz del sur ha estado en todo el cielo azul de su inmanencia:

«eran sus cuatro ojos la conciencia

limpia, la sucesiva solución de una hermosura

que me esperaba en la cometa,

ya, que yo remontaba cuando niño».



J. R. J. siente que no hay mayor gozo que dejarse mecer en dios, «en la conciencia / rezagada de dios, en la inmanencia madreada, / con su vaivén seguro interminable». Ese brizar es:

«... el movimiento

de lo eterno que vuelve, en ello mismo

y en uno mismo;

esa órbita abierta

que no se sale de sí nunca, abierta,

y que nunca se libra de sí, abierta

(porque)

lo cerrado no existe en su infinito

aunque sea regazo y madre y gloria».



Afirmación de inmensidad, de infinitud, del pleno ser sin fin y sin límites, en infinito vaivén, brizado por la conciencia mecedora del dios deseado y deseante, «bienandante dios».

El poeta ha alcanzado la conciencia última y, en este estado sumo, sigue deseando, llenando -«en amoroso llenar»- a su dios deseante, «como el sol o la luna... / de un mundo todo uno para todos». Está deseando, llenando amorosamente a su dios, en tanto que los demás -todos- trabajan tranquilos en sus faenas «vocativas»; el maquinista, el timonel, el pintor, el carpintero, el capitán, la mujer...

Su «mirante dios deseado y deseante» está en el mar y en el sol que alumbra la llegada del poeta -libre ya de la duda que desconfiaba de que él pudiera ser en dios como ahora- al término de su vida, en un fondo de aire en el que tiene a su dios:

«este término hermoso cegador

al que me va entrando tú,

contento de ser tuyo y de ser mío

en lo mejor que tengo, mi espresión».



Ha llegado «a una tierra de llegada» en la que le esperaban dios y todos los suyos, en un anhelar de años. Y con dios le esperaron, y con él esperaron a dios. Inefable, alta, luz entre ellos, entre todos: cenital, imprevista. En un reconocimiento colectivo,

«qué cantar, qué decir,

qué abrazar, qué besar;

qué elevación de ti en nosotros



hasta llegar a ti...!». Hasta tocar, en carne y alma, la conciencia desvelada que es el astro

«que acumula y completa, en unificación,

todos los astros en el todo eterno.

El todo eterno en el todo interno».



Universo y alma coexisten en un centro. Dios y poeta se identifican, se intervalen en este centro total y único de conciencia plena.

Y en este llegar, irá, irá llegando -desierto mar del río de su vida- a la muerte, «la corriente infinita» e «incorruptible». Su «fondo de animal de aire se hace más igual» y la imagen de su desvenir fiel a la belleza

«se va igualando más hacia mi fin»,



dios final no es ya ola detenida, «sino la tierra sólo detenida, que fué inquieta, inquieta, inquieta».

Y si la vida del poeta ha llegado a su cima, su dios deseado está en «circumbre» dominándolo todo. Todos le ven, desde todos los lugares, altos y bajos. A todos llega dios por mil lados, a todos hiere su luz. A todos ama y a todos desea, lo mismo que el poeta.

«Porque tú amas, deseante dios, como yo amo».



Este sur de su vida -postrimerías de sus años- coincide con el sur de su infancia. Allá en Moguer y, en Cádiz, el niño que fue soñaba, triste, con «el ultramar, con la ultratierra, el ultracielo». Descubre que lo soñado estaba aquí, en su conciencia «plenitente», en la que el poeta ha encontrado su totalidad, su norte y sur, fundidas ya, jubilosamente, las dos mitades de su vida. En su conciencia actual se funden el niño y el anciano y, con ellos, sus deseos.

El poeta echa la mirada atrás... Contempla sus recuerdos y ve que su conciencia, su dios deseado, estaba siempre a su lado, pero no había entrado todavía en él. Hasta que la entrada -milagro y hecho natural, a la vez- ocurrió un día: el poeta rescató su nombre que antes se ocultaba en su ser que le cansaba, para ser dios deseado y deseante por «todo el futuro iluminado iluminante».

En cuanto al tiempo, su conciencia-dios es fijo presente, pura esencia de todas las edades. En el poeta se cumple la estación total de este dios y en él se realiza su intemporalidad: dios, deseante de su vida, y él, deseante de la vida de dios.

La luz de mediodía es el absoluto resplandor de este dios-conciencia que cae sobre el mundo y contenta todos los deseos, penetrando toda vida de alegría. El poeta es su imagen, «en ascua de fundida plenitud». Y esta es la gloria: la gloria de dios en el poeta, la gloria del poeta en dios.

Y en este mutuo llenarse, contenerse y gozarse, el poeta -que se ha llenado de sí mismo, a la par- siente que su vida es de dios, es la vida de su dios:

«¡Qué bien se comunican nuestras venas!».



Y entre dios y él circula el sol, el aire, el amor, total, entero. Dios es su suma y su síntesis, su maduración, su forma y su música, en completa simbiosis, íntimamente identificados contenido y continente, significado y significante.

«Dios, circula el amor gustador y oloroso,

y cantando circula, tocante y mirador,

porque eres mi flor y mi fruto en mi forma,

porque eres mi espejo en mi idea

(idea, forma, espejo, fruto y flor, y todo único)

porque eres mi música, dios, de todo el mundo,

toda la música de todo el mundo con la nada».



El poema «Soy animal de fondo» cierra este libro intenso, hondo, concentrado y amplificante. En él, J. R. J. afirma que es «animal de fondo de aire», sobre la tierra y el mar. Su «fondo» es el pozo sagrado de sí mismo. Y en ese pozo también está su dios, que es lo grande y lo pequeño de su yo. Estaba dios en su pozo con la golondrina y el toro. Cuando era niño, joven o mayor y cuando se ahogaba en este pozo porque ignoraba que en él estaba dios, centro de la tierra y de la vida. Y dios era «en el pozo májico el destino / de todos los destinos de la sensualidad hermosa / que sabe que el gozar en plenitud / de conciencia amadora, / es la virtud mayor que nos transciende». Termina el libro con la afirmación de que el dios deseado y deseante es destino: destino del poeta y del hombre: destino de todos los destinos.

«Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,

para hacerme sentir que yo era tú,

para hacerme gozar que tú eras yo,

para hacerme gritar que yo era yo

en el fondo de aire en donde estoy,

donde soy animal de fondo de aire

con alas que no vuelan en el aire,

que vuelan en la luz de la conciencia

mayor que todo el sueño

de eternidades e infinitos

que están después, sin más que ahora yo, del aire».



Algunas peculiaridades simbólicas y estilísticas

La falta de espacio nos obliga a destacar aquí solo algunas de las acusadas características que, en cuanto al estilo y la expresión poética, presenta Animal de fondo. No podemos dedicarles el estudio que merecen, pero sí apuntaremos los matices más sobresalientes.

Lo primero que advertimos es que J. R. J., más que explicar su experiencia místico-poética, la vive desde dentro. Esta nueva vivencia exige, por tanto, un lenguaje adecuado: nuevo, original, personal, perfectamente adaptado y adaptable a la extraordinaria experiencia de un dios deseante y deseado. Los recursos estilísticos han de plegarse a esta insoslayable necesidad. Así, el lenguaje capta -poliédricamente- las múltiples posibilidades simbólicas de este hallazgo divino-poético, las matizaciones expresivas de una experiencia nueva, íntima, pero no menos universal e inefable. J. R. J. renueva su vocabulario y sus imágenes. Algunas veces, estas se transforman en símbolos para expresar el misterio de esta relación mutua entre el poeta y su dios-conciencia. La experiencia númica le exige un lenguaje alegórico, circunlocutorio, ambivalente y siempre poético. Por una parte, acude a las metáforas simbólicas de la mística española, pero las repristina a la luz de su propia experiencia místico-poética que nada tiene que ver con el dogma ni la teología católica: «fuego», «llama», «antorcha», «la gracia», «el amor lleno», «el subir», «sol», «pozo», etcétera. Crea la «mañana oscura» -en la que irrumpe la luz de su dios-, en vez de la «noche oscura», y la «noche serena y señalada». (Ya veremos por qué). Por la otra, abundantísimos neologismos y palabras compuestas extreman la expresividad de esta lengua místico-poética: «clariver», «nombradía», «mi vivida», «pleacielo», «pleadios», «rayeado movimiento», «pensamiento minante», «inmanencia madreada», «amarillomar» (sobre verdemar), «dudón», «iomar», «desiertoriomar», «ríomardesierto», «circumbre», «ultratierra» y «ultracielo» (sobre ultramar), «cuerpialma», «matinado», «conciencia rezagada», etc. Los participios activos confieren gran dinamismo a estos versos: «Deseante», «olas abrazantes», «éstasis obrante», «conciencia plenitente», «mirante dios deseado y deseante», etc. A veces, utiliza el juego de palabras y consigue una expresividad muy elocuente. J. R. J. tiene la misma actitud que los místicos en el empleo de recursos estilísticos, porque le acucia la misma necesidad ontológica y espiritual: revelar una experiencia místico-poética.

La diferencia fundamental que separa a J. R. J. de un San Juan de la Cruz, por ejemplo, además de la total ausencia en aquel de inspiración católica, es que su alma no se ha «desnudado», sino, más bien, se ha enriquecido. No se ha adelgazado, pulido y purificado, sino, amplificado, engrandecido a fuerza de amor y sensibilidad. No se ha ajenado a cuanto es secular y temporal, sino, representándolo todo, ha asumido lo total. No se ha desasido de gustos y aficiones, sino que los ha integrado en sí. Si para los místicos españoles y germánicos la «desnudez» era cualidad y un estado imprescindible para la unión del alma con Dios, para J. R. J. es un estado de riqueza y plenitud el que le lleva a la identificación con su dios-conciencia. Si para San Juan de la Cruz Dios comenzaba a reinar en el «alma vacía y desnuda», para el poeta moguereño su dios le ha estado rodeando desde su infancia y solo entra en él cuando su alma y su vida se han colmado de dones y han llegado a la máxima plenitud. Esta sustituye, pues, a la renuncia mística. Si el alma del místico debía quedar vacía, en oscuridad y pobreza, acendrada, desasida, resignada y libre, la de J. R. J. ha de expenderse en la luz, llenarse de sí y de todo lo creado, verterse en la obra, asirse al universo, enriquecerse jubilosa, vinculándose al Todo, a sí misma y a su dios, en triple ontogenio. «Yo nada tengo que purgar» -dice J. R. J. en un poema-. «Toda mi impedimenta no es sino fundación para este hoy en que, al fin, te deseo». No se sume en la «noche oscura del alma», sino que «crea un mundo para su dios». Su dios es «gracia libre», «la gloria del gustar», «la eterna simpatía», «el gozo del temblor», «la luminaria del clariver», «el fondo del amor», «el horizonte que no quita nada», «la transparencia», «la conciencia». Y esta conciencia se da como una perfección final suma, tras el largo y sostenido crear -única ascesis para J. R. J.-, inexorable pero gozoso, en búsqueda siempre de lo hermoso. Pero esta culminación no desemboca en el desasimiento ni en la recogida quietud que anhelaba el místico, sino en clara, vital y activa conciencia de identidad con dios. Para J. R. J. no existe el «sosiego» de los místicos españoles: toda su vida ha sido un incesante crear y, creando, un incesante desear a ese dios que, también, le deseaba. Finalmente, esta entrega dinámica se confunde con el éxtasis. No hay aniquilamiento, sino lucidez total de la conciencia. No hay negación ni olvido de sí mismo, sino aceptación plenaria, en la «vividora luz» de «lo alto profundo», en la doble dimensión única de su dios deseante y deseado.