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El presente artículo está basado en investigaciones y perspectivas especulativas contenidas en mi tesis doctoral en Literatura «La Araucana y el Estoicismo Renacentista e Imperial Romano. Séneca, lucano y Virgilio en Alonso de Ercilla» (2007). Para tal propósito utilicé el capítulo II bajo el subtítulo «La virtud de la constancia y firmeza en Ercilla».
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Dos son los académicos que establecen bases para corregir y especular con mayor rigurosidad en torno a la presencia de Séneca en La Araucana. El primero de ellos es J. Ducamin que en una nota afirma que Tegualda, Glaura y Dido podrían integrar el elenco de una tragedia de Séneca. Además, el sello senequista del estoicismo se revela, de acuerdo al académico referido, en que estos caracteres femeninos hablan persistentemente de autoeliminarse como «buenas hijas de Séneca»
(1900 p. LXXXII, nota 2). El segundo es J. Caillet-Bois quien sí avanza con mayor seguridad al declarar que Galvarino adopta la postura de un suicida estoico. La impronta suicida estoica de este héroe araucano se trasluce en su discurso de evidente trazo senecano. Efectivamente, de acuerdo al punto de vista de nuestro autor las líneas del canto poético erciliano: «muertos podremos ser, mas no vencidos, / ni los ánimos libres oprimidos»
(L. A. XXVI, 25, 7-8) corresponde a «una conocida distinción de Séneca»
(1964, p. 143). Sin embargo, detectamos un error significativo en esta disquisición de Caillet-Bois acerca de Galvarino y su inminente suicidio ante el hado adverso. Ciertamente, nuestro autor omite la obra en la que Séneca reflexiona sobre la materia, y decididamente se abstuvo de hacer alguna aclaración en cuanto al procedimiento imitativo que pudiera haber operado Ercilla respecto de aquella noción de Séneca. Aunque lo más relevante es que analizando el «De constantia sapientis» y el «De Providentia», obras que Caillet-Bois parece haber leído para escribir su artículo, no he descubierto ninguna línea que ponga en evidencia de modo claro y definitivo que Ercilla imitó a Séneca en la construcción del discurso de Galvarino.
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Este concepto lo extraje, con una modificación mía, de Albarracín-Sarmiento 1974, p. 13.
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Para la idea de «imitación» renacentista, nos atenemos a Burke 1999, pp. 34-35 y también al propio Burke 1998, pp. 100-105.
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Todos los textos latinos citados en el presente trabajo están traducidos por mí.