1
Gil y Carrasco, Enrique, «Una gota de rocío. A un amigo: don José María de Ulloa», El Español, 17 de diciembre de 1837.
2
Gil y Carrasco, Enrique, «Recuerdos de la infancia. La Niebla», El Liceo Artístico y Literario Español, Año 1838, II, pp. 19-23.
3
Narración publicada en el periódico El Correo Nacional, 12 y 13 de noviembre de 1838.
4
Gil y Carrasco, Enrique, El Lago de Carucedo. Tradición Popular, Semanario Pintoresco Español, 1840, II Serie, pp. 228-229; 235-239, 242-246 y 250-255.
5
Kostka y Vaya, Estanislao de, Los terremotos de Orihuela o Henrique y Florentina: Historia trágica. Adornada con una lámina, y un mapita de la situación geográfica de los pueblos que más o menos se han arruinado en el terremoto del 21 de marzo de 1829, Valencia, Librería de Cabrerizo, 1829.
6
El Sol. Diario político, religioso, literario e industrial, Madrid, I, n.º 65; II, n.º 82; IV, n.º 89; V, n.º 97; VI, n.º 99; VII, n.º 132 y VIII, n.º 137.
7
Gil y Carrasco, Enrique, «La violeta», Semanario Pintoresco Español, Año 1839, Serie II, n.º 14, p. 111.
8
Gil y Carrasco, Enrique, «La caída de las hojas», Iris, Año 1841, n.º 8.
9
Gil y Carrasco, Enrique, «El pastor trashumante», en Los Españoles pintados por sí mismos, Madrid, J. Boix Editor, 1843, I, pp. 439-446. Enrique Gil engarza con sutil destreza las labores propias del pastor con la naturaleza circundante: «Por fin, después de cuarenta y cinco días gastados en esquilar y caminar, cruzar la cabaña los frescos contornos de León y a muy poco henos a nuestro pastor enfrente del campanario de su lugar. La Babia es un país triste y riguroso por invierno, porque ocupa la mesa de las montañas y de las nieves y ventarrones duran allí mucho tiempo, pero a la época en que llegan los pastores, la escena ha cambiado enteramente, pues aunque la desnudez de sus colinas siempre lo entraste un poco, las praderas que verdeguean por sus llanuras, sus abundantes aguas, la alineación casi simétrica de sus montecillos cenicientos de roca caliza, y los vapores de sus húmedos campos levanta el sol del verano, le dan un aspecto suave y vago semejante al que distinguen algunos paisajes del norte»
(Ibid., I, p. 444).
10
Gil y Carrasco, Enrique, «El segador» (Ibid., II, pp. 75-80). Un cuadro que resume la dura vida del segador gallego, cuyo destino es recorrer las tierras de España para ganarse el sustento de su humilde familia. Su recorrido por Castilla, Extremadura y La Mancha revela la dura vida de este oficio ligado a la naturaleza. Presa de ladrones por el dinero ganado con su esfuerzo todo su afán consistirá en «salvar los pueblos y verse por lo menos a las orillas del Sil y del Burbia, vecinas ya de su patria [...]. En cuanto pasan de la Bañeza las cuadrillas hasta allí reunidas y compactas comienzan a aflojarse y esparcirse, y los más cansados a rezagarse, de manera que el camino viene a ser una cuerda de gallegos»
(Ibid., II, pp. 78-79).