El goto: cuasi, cuasi, Señor de Madureira
José Eduardo Alcázar

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| Anónimo | ||
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Retirez-vous en vous, mais preparez-vous premièrement de vous y recevoir. |
| Montaigne: Essais. | ||
A Teresa y a Manolo, mis caminantes incansables,
que me enseñaron el otro lado de cualquier frontera.
A Jou, compañera solidaria en todos los caminos.
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| Doctor Aymoré Wuongderbilt, de la Realizante Academia de la Lengua Luso-Hispánica en el Congreso de Tarija Apondeborder de 2098. | ||
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GOTO.- Substantivo. Obediente de carrera. Empleado en empresa de economía global. Todo aquel que cumple órdenes, de forma inmediata y sin discutir. Se dice también, y en forma muy peyorativa, de todo aquel que obedece órdenes sin cuestionar o sin cuestionarse. Del arcaico: goto, contracción de GO TO. Comando utilizado en los primeros ordenadores, en el siglo veinte.
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Que no me entiendan mal: El trabajo lo acepté por los créditos en oro metálico global implícitos, nada más. Mi larga amistad con el Presidente, mi larga sociedad con el Presidente, me califican plenamente para este tipo de trabajo, es verdad, pero no lo haría si no hubiese un colateral que, en el caso, viene acompañado por un contrato bastante específico y también analítico. Mi propio defensor legal lo leyó, releyó, lo pensó y lo aprobó. En él están definidas mis obligaciones y todos mis derechos, en otras palabras, mis dius. Estoy en esto por los créditos, o como se decía en la antigüedad, por la plata. También estoy en esto porque me prometieron, me insinuaron, me dijeron, bueno nada concreto, me adulzaron la vida futura con la posibilidad posible de acceder al Señorío de Madureira. El título de Señor de Madureira no es poca coisa y lo sabría llevar muito ben. Hago la aclaración para que no se me tenga en la cuenta de un charlatán de caminos obrando por mera amistad, celos, calentura o cualquier otro impulso de vientre. Sou un profesional, a mí me pagan. Mi tarea es sencilla -así creo o así me hacen creer los que me pagan para justificar lo que me pagan: traer de vuelta, viva o muerta, herida o de cualquier manera a la hembra huida de Anastasio Mitre. Tengo siete días para cumplir la misión. Siete días a contar del momento —14→ que en llegue al primer distrito de investigación. Por qué siete días? Ni idea, debe ser por cábala, Mitre es cabulero como lo era Pitágoras. Qué ocurre si no cumplo la misión en siete días. Me mandan a visitarlo a Pitágoras, esté él en donde esté.
No la conozco a esta mujer fuchona, salvo que por oír decir y por sus archivos binarios, por sus vastos archivos digitales, guardados en la memoria infinita del Estado y que ahora son colocados, en parte, en una buena parte, a mi disposición para que la llegue a ella y la entienda. Tengo dudas particulares sobre este punto: se podrá entender a alguien por sus archivos? Digo entender totalmente, no puntuar, como hace el Estado. Una dudita empilchada no más.
No somos de la misma casta, Carmen y yo, y nunca frecuentamos las mismas ruedas. Si soy amigo de Mitre, socio en algunas cositas, lo soy por el lado nocturno del Presidente, no por juntarme con sus compinches y amantes. Nunca tuve el gusto, el placer, el cosquilleo atorrante, de verla en persona, a la hembra, o de sentirla a mano. Nunca nos cruzamos.
Parece que la relación que existía entre el Presidente y la mujer, terminó de forma ríspida y acribilladora: ella era la favorita, la suiti número uno y como tal, persona de gran prestigio y poder. Hacía y deshacía, indicaba, decretaba y su mansión era frecuentada por secretarios, ministros, oficiales, eclesiásticos, hombres y mujeres de algún biznes, picaretas, pedigüeños, tetamilones, todos en fin, que tuviesen algún deseo o pretensión a cualquier cargo, función o bien del Estado y que necesitasen de algún jeito realizante. Ella era capaz de conseguir lo que podía parecer imposible a un forastero, de eso yo mismo fui testigo, en más de una oportunidad. Era mujer de inspirar un decreto ejecutivo, y tenía fuerza para deshacer una orden emanada, firmada y sellada; lograba dar vuelta a un parecer categóricamente contrario, nombraba a un atorrante —15→ para una embajada, a un recomendado para hacer gerencias, a un facínora para aclarar justicia. Deleteaba los que le causaban estorbo, encarcelaba en mazmorras humillantes a los que quería hacer sufrir con más intensidad. No le fervía la sangre por ninguna aberración. Ejercía un poder soberano y esto le daba placer. Claro que además del placer puro por el ejercicio compulsivo del poder, había toda la vaina de créditos que ella se adjudicaba. La cosa funcionaba así: Se le llegaba con la cuestión, ella daba el jeito pertinente y, enseguida, sin demoras, salía la factura del guaformí. Y qué facturas insaciables! Era ella un padrino de costo alto, o una socia imprescindible, para comenzar un bigdil -ella decidía cuándo sería socia o padrino-. Un mast para iniciar, a veces, un garrote vil para la secuencia, casi siempre. Conozco a más de uno que se arrepintió de haberle pedido auxilio un día, a más de uno conozco. Más de uno terminó esclavo suyo, enredado y prisionero en el mismo proyecto y negocio que había tramado para facilitarse la vida. Todos ellos caían en la anecdótica trampa del reí, con el miserere esmolante: «Si queréis, majestad, podéis». Los que piden como siervos no se dan cuenta que un reí, de esta forma acordado, se vuelve el gran tirano que nunca entiende disculparse por tal. Más: El Presidente, un sometido de entrepiernas, lo consentía todo, la atendía en los pleitos y lo que ella pedía era siempre ley mayor en toda la República.
Años duró este estado de cosas. Había calles, monumentos, plazas, escuelas, parques, alabados con su nombre. Su rostro, bellísimo por cierto, figuraba en todos los cuadrantes de la urbe y uno la veía por donde mirara. Las expresiones con las cuales se la calificaba, eran sin límites, en número y en audacia de descripción. Se utilizaban todos los adjetivos excelsos de los diccionarios, todos los compuestos y todas las —16→ combinaciones y cuando se hubieran gastado, todos ellos, por el reitero cotidiano, algún lambeculo inventó el primero de una serie de adjetívos-substantívos sintéticos de apariencia, con valor onomatopaico-afectivo y sin sentido alguno. Se decía que ella era la «curro carra del currurru», la «jonda jondisísima», a «puputi del aku u» a «cululu exaltada», y se organizaban concursos, en escuelas y ministerios, para «llegar a la palabra más perfecta para designar a lo indesignable». Al feliz ganador de uno de estos concursos mensuales, se lo brindaba con el reconocimiento por la invención y la Presidencia mandaba publicar, en el Diario Oficial, que «el orgullo nacional, ciudadano fulano de tal, había logrado expresar la magna inspiración de todo un pueblo al invitar, del fondo del inconsciente colectivo, a la palabra "cululu" para vestir a la mujer primera».
Hoy, todo esto es pasado. Se borraron los nombres de avenidas, estadios y pueblos, se fundió el metal de varias estatuas «eternas» y más de un ciudadano, antiguo orgullo nacional, perdió el cargo en alguna repartición y fue ridiculizado en público por boludismo nefasto en el uso del idioma, si me entienden lo que digo. La gloria de ayer pasó y hoy me piden, me pide Él, que la encuentre y que la traiga de cualquier manera, en cualquier estado.
A una gran pasión, un odio sin límites, dicen los que dicen estas cosas. Habrá en este momento otra mujer y una otra corte piadosa y hambrienta lamiéndole los pies a la nueva favorita. Quien lo hubiese creído, quien, en su buen juicio, lo hubiese pensado, digo y sin embargo, me doy cuenta, al instante, que todas las creencias son creencias mientras crea uno en ellas, y basta que se deje de creer en lo que se creía para que no se entienda más, cómo carajo, mil carajos exponenciales, se creía en lo que se acaba de esfumar como creencia. Es siempre así, —17→ pienso yo, igual en todas las circunstancias, igual en todos y para todos: dioses y hombres, hermanados en la volatilidad de la impermanencia. Ni las piedras resisten, ni la luz del sol, nada queda para más de un cierto tiempo. No debo, con todo, buscar, rebuscar, recabar, estas ideas, para no herir la imagen que tengo de mi amigo de fe, Anastasio Mitre, el líder eterno; no es prudente profundizar estas conjeturas sobre la impermanencia de ángeles y gobiernos para no darles argumentos a los espiones espioneros de los espionados del Estado que están por toda parte, oyen todo y adivinan cuando hace falta; pero una última cosa y para dar por terminado este rápido bulshit: que las hay, las hay.
Qué harán con la bella dama después que yo la traiga? Seguro que la matan -qué más se puede hacer con una hembra que fuche?- y le dan de comer a los perros sarnosos o a las ratas grises que engordan en las oscuridades del palacio; eso ya no es cosa mía ni soy pagado para especular: la traigo, me pagan la otra parte combinada y nos esquecemos todos de esta cosa entera. Carmen. Este es mi target. El resto, fiu.
No sé en donde está, nadie sabe en donde está. Hay sospechas. Rumores sobre sus guerabauts. Oigo su voz carnosa cada vez que la preparo en mi gem. Al gem, invención maravillosa, me lo cargaron con lo que había disponible en memoria sobre ella, y más con un aplicativo que se alimenta de estos datos para construir situaciones axiomáticas posibles. Jodiendo, de puro jodón que soy, le pergunto, a la pantalla, en donde, carajo, está y ella se ríe virtual y me contesta que la encuentre si soy capaz. «En eso estoy, guaya, en eso estoy», pienso y me sonrío también.
En los parámetros que traigo, ella está sola, la veo siempre sola: probablemente deletaron la imagen de su acompañante de entonces, el Presidente, por motivos de seguridad. Las —18→ imágenes que traigo son de la Presidencia, con puntualismo, de la Sección Orden Promoción Personal y Ademaces, la SOPPA, famosa por sus presupuestos secretos, y son de la época en que ella vivía con el Presidente. En algunos momentos de las imágenes se nota claramente la falta del otro; la ausencia del interlocutor deletado. Ella está en un diálogo, queda claro como la noite, pero sólo veo el monólogo. Hay mil situaciones en la vida que son así: falta la otra parte, presumida como estando y que no está. Bah!
Ella no está con él, digo, en las imágenes que llevo. Ahora, y estoy hablando de la vida real, de ahora, con una visión práctica de la coisa, ella debe estar con otro, haciéndose hacer por otro, por otros, por cuántos? Se me antoja que debe estar foqueando con todos, la hembrona. Y se me antoja que es por esta razón y ninguna otra que me piden, que me pide Él, con rabia, que la traiga, a cualquier precio. Creo que un hombre como es mi amigo, poderoso como es, como pocos lo son o lo fueron, es capaz de perder la razón al saber que su humedad íntima es compartida. Qué odio debe tener! Lo imagino ciego de rabia, un hombre que no mide circunstancias para saciar el fuego que lo quema en sus adentros.
Me considero un hanter competente y obstinado, voy hasta lo último cuando tengo una misión. No me dejo estar por el camino. Por este motivo me confían trabajos. Por esto y por mi filin animal: huelo a la presa. En el caso concreto tengo muy poco para comenzar: sospechas, indicaciones vagas y un nombre y también un número que me aparecen en la pantalla cuando entro en los archivos de Carmen y que supongo sea el número de un perímetro y el nombre de su ocupante. Esto tendrá que bastarme.
—19→Cuando me llamaron para el trabajo me dijeron que era un pedido personal del Presidente. Todo bien, hice otros trabajos personales para Anastácio Mitre. Ya deleté a algunos, a pedido de él. Nunca a una mujer sin embargo. No que tenga, esta intención como punto de partida, pero uno nunca sabe lo que puede acontecer: de cualquier forma se está siempre renaciendo y haciendo cosas por vez primera. Cuando me dijeron que era un pedido personal del Presidente entendí el vector intimista de la cuestión y comprendí que estaba entrando en un asunto ciertamente peligroso y en donde me tendría que bancar solo, sin auxilio, ayuda o compadrío:
Alone, para lo que venga y dé. Pensé: No podré utilizar ninguna aidí especial, ninguna credencial con licencias de Estado, no podré invocar nombres, amistades, sociedades; no podré pedir comprensión, referencia, contextuación, para ninguno de mis actos. No podré gritar por clemencia, si el caso fuere. Solo, conmigo mismo y mi sombra, en cualquier parte adonde me lleve la investigación o mi filin carnal. Créditos, eso sí, llevo muchos y en cantidad: puedo comprar al más caro de los malditos, puedo orientarme en dirección a cualquier punto, puedo alojarme en donde me parezca que deba, puedo comer en las mesas que se me antojen, que tengo créditos para solventarme. El mundo estará en la palma de mi mano o al compás de mi bolsillo.
Tugél! Al trabajo.
Me visto, me preparo, llevo lo justo para la ocasión, no olvido mi guagua salvadora o mi guagua querida: yo lo chamo de las dos formas, depende de la ocasión. Mitre siempre dice que muchos hay que pueden abatir a una fiera peluda con armas de distancias pero pocos, poquísimos, se animan a sentenciar vida o muerte al oído de un hombre teniendo el filo de un —20→ puñal como única retaguardia. En esta misión, a la cual me aboco, no tendrán cabida los estampidos de pólvora que son seguros porque están alejados. Aquí habrá que obrar en silencio, y cuando, por ventura, fuere el caso, susurrando muerte y sangre como un amor bandido. La guagua es compañera antigua de intercambios. Su filo puntual ya se abrió caminos por entre las carnes de más de un aberrante.
Hago un último cheque mental para determinar que todo está ocai y atendido. Me pongo en marcha.
Me presento en la estación. El reil me comunica, prácticamente, con el mundo entero. Todavía no sé adónde voy. En mi trabajo uno se acostumbra a no indagar mucho. Me entregaron el número de una plataforma, un horario y fatalmente un destino. Los que me adelantaron estas direcciones deben tener motivos para creer que ella, la hembrona, haya hecho este camino.
El exprés está en su lugar, echando vapores comprimidos como si quisiera decir que se quiere soltar. Entro por la primera puerta que encuentro y me siento junto a la ventana para el viaje de horas. Voy en dirección al mar, ahora sé, este es mi destino, está anunciado en la pantalla del vagón, y se me ocurre pensar, por puro reflejo: adónde huiría una mujer, bella, joven, perseguida y con dinero? No puedo pensar en otro lugar que no sea cercano al mar, el Distrito Beta Cuatro de Brasiguaina, un antro de perdiciones, el epicentro de toda seducción.
No duermo en estos reils, porque no consigo dormir sentado. Bostezo, me desperezo, tengo sueño de monotonía pero no duermo. Me paso el tiempo mirando afuera, al paisaje que corre vertiginoso como un pálpito. Las campiñas áridas y amarillentas, los bosques artificiales, de troncos desnudos para —21→ la industria, los clasters racionales para la morada, repetidos, apiñados como núcleos de neutrones, lembrando, por el caos vislumbrado, las urbes antiguas de los almanaques; cielo bajo de carbono, lluvia o lluvina humeante por toda parte. Y me paso el tiempo mirando al paisaje vertiginoso que corre sin inventarse jamás.
-Señor Pietro -el nombre me sale de la boca sin querer y no molesta al poto que se sienta a mi lado: él no da ninguna señal de haber oído mi esputo verbal: Sigue con la misma mirada baja, al suelo, como si estuviese encumbrado en sus anécdotas personales de poco interés para cualquier otro. Mismo así, me parece que le gustaría compartir una conversa, una buena conversa. No converso con él. Podría hacerlo y no mirar afuera. Pero no quiero conversar con estos potos de mala muerte. Tugel!
Llegamos. Bajo del reil, me encamino a la salida popular: No creo que Carmen, huida como está, denunciada, sin aidís de valor, pueda haber ingresado en el sector selecto de los japifiu. En estos sectores, en cualquier urbe, la vigilancia es continua y nada pasa que no esté conforme a los parámetros acordados. Carmen habrá desembarcado por la salida popular, en donde la vigilancia es menos vigilante. Me presento a la puerta de salida, esloteo mi aidí y espero que la máquina procese los datos y suene el silbato característico de la legalidad. Un goto de merda me oja por cábala. Qué puede hacer un goto de merda, sino ojarlo a uno? Perdido en los lejanos e diluidos recuerdos de sus antepasados, todavía piensa que puede identificar a alguien ojándolo.
Salgo de la estación, a la calle alborotada de la siesta. Hace mucho tiempo que no vengo hasta aquí: no importa, por más —22→ que tenga mudado, puedo reconocer: cualquier barrio, ciudad, distrito, de cualquier parte o cuadrante, se ha convertido en su semejante y todo es replicante de todo, aquí o allí. Todo es global menos el huevo de la gagá, que es oval. Por lo menos hasta que no opinen en contrario los encargados del eficientismo. Una cosa lo distingue a esta porción de tierra y cerros: el olor a pescado que sopla del mar o que brota de los emunctórios, de las sentinas profundas de la urbe y que se sobrepone a todos los perfumes y olores, letrinales, cloacales, sulfurosos y ácidos, como un menstruo siempre presente. Recuerdo este olor característico, a pesar de los años. Me viene a la memoria una morena jovencita, una guaya sin aidí, una ilegal criminosa, que utilicé una tarde entera hasta dejarla quebrada en el suelo mojado de un baño público. Tenía una mirada llena de mar, o una boca que me recordaba el mar, o una putéz insaciable que se movía desesperada como el mar. No sé que era. Muerta, perdió toda su esplendorosa maresía.
Tiro a la suerte y me alojo en el Continental. La habitación es en el piso veinte y puedo ver, por las ventanas salpicadas de salitre, los bildings más altos que se entierran de cabeza en las inciertezas de una niebla sucia. A ratos aparece una mancha de sol que se dispone al reflejo ofertado. Se va, aturdida por la bruma y todo queda sin ganas, pachaciento, amenazado por la noche visceral. Nada de los cerros, de las colinas ondulantes que, dicen, hacían de esto, una urbe de rara belleza. Lo que fica, vive enterrado en las nieblas obligadas.
Agora al trabajo.
-Señor Pietro, procuro en el plan urbano las correspondencias.
—23→Me informo: ruela y número. Voy hasta la ruela indicada. Me sorprende un poco el perímetro, típico de retirantes. Creí que iba a encontrar otra cosa. Las infos que tengo de Carmen me sugieren un otro entorno, más clín o más seductor. Nunca hubiese pensado en un perímetro de retirantes. Sin embargo, la tenue información que tengo me apunta para esto: «Pietro» y el número que veo delante mío. Llamo a la puerta que designa el número «27789». De adentro me grita alguien. Yo no respondo y llamo de nuevo. Nuevo grito. Insisto. Finalmente el macho se me presenta y abre la puerta.
-Qué tú quer? -me lanza el umilucho.
-Abre la puerta frangollo -le impongo mi autoridad. El machito se asusta cuando entro y lo empujo a un lado.
-Qué tú quer? -Me pergunta ya sin querer perguntar nada. Lo ojo, me acerco y le tacho al cuello por atrevido:
-Qué tú quer, no, que tú non sabe cual con quién falas.
La guaya entra y me va logo reprochando:
-Qué tú quer aquí? -me lanza la descolocada. Carajo, no soporto impertinencias de umiluchos, menos todavía de guaya umilucha retirante. Que se cree esta marginada inútil, expulsada de donde estaba por ineficiente? Para poner las cosas en claro y determinar con precisión quién es quién y quién será quién, me la foqueo ahí mismo, delante del frangollo que mira la viu con interés de pajero.
(Una merda la guaya, sin vida. Me la hubiese probado de culo).
La punteo que se retire, ella obedece sin decir nada; me siento en una butaca y le lanzo al frangollo:
-A la paja servidor, al pajero corvalán, como se dice: dónde está Carmen?
Me mira como se me estuviese ojando, el maldito y responde lleno de mala onda:
—24→-No sei.
En una primera impresión me pareció que el frangollo sería fácil o frágil, lo que da en lo mesmo, no estoy preparado para ningún interrogatorio longo.
-Señor Pietro, fíjese: está viendo estas manos? Le muestro mis dos grandes manos abiertas, espalmadas contra su mirada.
-Son manos que tienen poder -me responde el frangollo y no entiendo por qué quiere complacerme. Miro mis manos y pienso que a mí no se me hubiese ocurrido decir semejante imbecilidad. Le retorco:
-Ése no es el punto, míster. Fíjese en los huesos de mis manos: qué le parece si chocan con violencia con los huesos de su cara? O con los huesos de la cara de la guaya?
Lo veo tragar en seco y me lo imagino llevándose las manos a la mandíbula pulverizada.
-No me bata -me lanza- no me bata.
Esperaba todo menos este pedido. Y no me gusta que me pidan cuando yo ni siquiera insinué que estaría dispuesto a oír un pedido. No dudé:
-Lo bato ahora y lo batiré después -le anuncio.
Me levanto con furia y le encajo un puñetazo violento que me deja la mano pulsante de dolor. El frangollo vuela y se destartala sangrante contra la pared. Espero un momento para que se recupere de consciencia. Cuando lo veo mexerse, lo levanto por los pelos y le aplico un codazo en el plexo. Vuelve al coma. Espero. Se mexe, lo levanto, lo coloco de cara, frente a mi cara, a portada del aliento primario; Le pergunto amablemente si desea continuar. No me responde. Su boca torcida es una confusión inmunda de carne, sangre y trozos de dientes. Le pergunto una segunda vez si quiere continuar. No me responde. Lo sacudo con decisión y lo oigo gruñir como un perro lastimado. Comprendo que no quiere continuar. Lo —25→ solto y cae al piso, disforme como un pedazo de ropa resbalado de una percha. Vuelvo a la butaca. Me siento, miro mis botas y le digo:
-Señor Pietro, señor Pietro, tanto suelo arado a toa... qué tal me contar?
El frangollo se desespera, se agita, procura ser claro con las palabras que consigue balbuciar, a pesar de todo:
-No, no, eu soy señor Zuza. Pietro mudouse de aquí.
Levanto la mirada de las botas, lo miro a él, después miro al techo. Retomo:
-Señor Pietro, faz un puta calor y mi cabeza parece que va a hacer bum, por eso, míster Pietro, vamos a ser serios.
-Pero no comprende, yo no soy Pietro, soy míster Zuza. Me rasco la cabeza, tengo los pelos engomados de sudor; bajo la mirada, lo miro al frangollo que parece sincero y pienso: rong aidí, carajo, rong aidí.
Continuo para no perder la visita:
-Alguna información objetiva sobre Pietro?
-No, no. Sei de él, mas no lo ojé nunca, no sei.
Rong aidí, carajo. Que calor. Ojo en vuelta el perímetro: retirantes típicos, igual a todos: pocos muebles, los que pudieron salvar, mucho polvo, barro pisado de la calle. Olor a encierre, paredes inmundas y el calor de puta sentado en el aire. Me pregunto qué haría Carmen en este lugar. Nada. Carmen simplemente no estuvo aquí. Rong aidí, mil carajos. Me la imagino a Carmen en un lugar como este, compañera de retirantes y basuras: estaría vomitando, la estupenda. Sin embargo, porque huye, llegué a pensar que podría estar aquí. Las vueltas que da la vida! Y agora va tenerse que acabar con estos dos guayos para no levantar huellas objetivas. Espero más un poco, sin ningún pensamiento en la mente. Apenas espero porque estoy bien sobre la butaca y porque quiero —26→ localizar una barata tonta que me pareció ver pasar a poca distancia. Estimo que se esconda detrás del maicroueiv. Me descalzo y le tiro la bota con fuerza al viejo maicro que se destartala con un jelovenois. La barata canalla, por supuesto, sale corriendo en mil patas, sin dirección, aturdida y sin rumbo. Perdida, se me acerca. Con el pie descalzo la piso y siento en la piel, su textura frágil de polvo y seda que termina.
-Barata de merda.
El frangollo me tiene en mira y quiere ser hospitalario sin saber cómo o con qué. Tiene miedo el frangollo, sabe que su vida está en mis manos. Qué puede hacer un frangollo retirante si no confiar en uno? Yo espero más un poco de tiempo y entonces digo:
-Chama a ella.
Él la chama y ella entra sumisa y desnuda para que yo la haga de nuevo. Se me pone enfrente, mira al suelo. Le gestulo que se gire y ella se gira. Lo chamo a él y lo comando al lado de ella y también le gestulo que se gire. Entonces me levanto, marcho hasta ellos y ainda les ordeno: -Quédense bien quietos los dos, bien quietitos, carajo.
Ellos obedecen y se enrigecen como gatos de invierno sobre el hierro de los bueiros. Le clavo, primero a él, después a ella; mi puñal estimado, la guagua, se entierra hasta sentir la punta gonflarse contra la rigidez pastosa de cada corazón. En el blanco, como siempre, y rápido: Soy buen gerente; todavía no se flamban completamente sobre el suelo, que ya estou en la porta, y bai bai, en la calle.
-Rong aidí, rong aidí, mil carajos.
Fortuitas góminas komblan mi cabeza. Me siento para pensar y presiento las próminas que sudan in déspote alborde.
—27→Vuelvo a empezar. Del bolsillo quito mi pantalla; la preparo a Carmen y ella se me aparece en el cristal, sobrepuesta al reflejo de los negros bildings a mi vuelta, peleando espacio con un pedazo de cielo que se espeja, presumido, con un azul que nunca tuvo. Carmen se sonríe y se aleja de mí, pero antes de que esto ocurra la oigo decir que lo visita al Señor Pietro. Se vira y me lanza, petulante, una sonrisa de provocación muleca.
-27789 si tú quer saber, mam faker.
Soy ciudadano consciente. Por eso chamo a los gotos para que se hagan presentes en el 27789. De esa forma se cumplen las formalidades y algún otro retirarte podrá salir de la calle y adueñarse del perímetro ahora desocupado.
-Perímetro libre -informo.
-La causa? -me pergunta el empleado.
-La causa, cambalacho, es que acaba de ser desocupado -le brinco para tentarlo.
Nadie desocupa un perímetro a no ser por una causa muy pertinente. Por eso el otro me insiste:
-Informe el motivo de la desocupación. Yo le digo, con dignidad:
-Perforación del músculo pulsante.
El otro me responde desolado:
-Me fala bem que no entendo.
Lo toreo para reírme:
-Perforación del jar, objeto punzante llegó al jar y lo desangró.
El otro no se ríe y me quiere seguir cuestionando:
-Cómo ocurrió la perforación?
Yo no estoy pa toda la mañana. Le podría iluminar y decirle que ocurrió un ataque al músculo cardiaco. En vez de eso le termino:
-Escreve no boletín: Jaratá duplo.
—28→-Identifíquese -me lanza el goto con voz de acero.
-Fakiu -le devuelvo riendo.
-Fakiu tambén hermano.
Él se ríe y ya nos sabemos latinos.
Hay que desconfiar del santo milagroso y hay que desconfiar de cualquier milagro. «Milagro es un buitre real hacer cara fea delante de un plato de merda», me enseñaba Mitre, un agnóstico fichado. Yo tenía que haber desconfiado que estaba fácil demás. Hubiese desconfiado de la pista en un primer momento. Pero son de esas cosas que le pasan a uno: sin querer, se busca lo más fácil, de la misma forma que una recta busca facilitarse el camino entre dos puntos. Hubiese desconfiado que el nombre de Pietro y el número informado me llevarían a una pista falsa, o mejor dicho, no necesariamente a una pista falsa, pero a una interpretación falsa de la pista, lo que no es igual. El nombre de «Pietro» y el número significan algo diferente de lo que encontré hasta ahora. De cualquier forma estoy como estaba en el inicio: un poco perdido.
Camino por las vías del centro, por entre la masa de umiluchos y retirantes, para quemar energías y tratar de ordenar las ideas. A cada paso, se me asalta para ofrecerme servicios u mercancías. Siento que el estómago reclama afago. Me dirijo a un quiosco que proclama todo sin gorduras y con bajas calorías. Cuido la salud y el físico: alimentación suficiente y ejercicios del cuerpo.
-Qué será? -me lanza el servidor gestulando a la variedad de opciones que se displean a un lado.
-A ver qué se me da -le respondo y me pongo a comparar mentalmente gustos, sabores, texturas, mientras siento que la boca se me llena de agua.
—29→-Será lo que será -me dice el servidor que espera mi pedido con una sonrisa de vitrina en los labios. Reconozco con benevolencia la sonrisa número seis del manual Ualmart del Servidor, capítulo «atención, afectividad y vigilancia». Me parece que en la ocasión estaría más apropiada la sonrisa número nueve, «inocencia y espera». Como cliente hubiese preferido esta expresión facial, teniendo en cuenta el porte joven y lavado del servidor masculino. Una opinión iría apenas. Tendrá él a su gerente que lo determina de otra forma. Me decido:
-Crepes al calor con pasta de corvina.
-Así será para su satisfacción y la nuestra -el servidor, muy apropiadamente asume el semblante indicado en el capítulo «comanda», si no me equivoco, posición tres. Correcto. Conozco, o conocía, de memoria este manual: tuve una compañera que drilava servidores y en una época, estuvimos muy juntos, tan juntos que yo la acompañaba durante las clases y oía, y también veía, claro, lo que iba aconteciendo. Buena época, me recuerdo y buen manual, el top.
Degustando mi snac, me pongo a pensar en mi situación. Por un lado es verdad que estoy comenzando: hoy llegué al primer distrito de investigación por consiguiente y según mi contrato, el plazo de siete días comienza a contarse a partir de mañana. Hoy es mi día cero. Todo lo que hice hoy fue apenas una preparación para lo que haré. En esto me parezco a Bruckner, con mucho orgullito me quiero parecer al gran Bruckner que compuso una sinfonía con el número cero porque le parecía que aquella era apenas una preparación para lo que tenía en mente hacer. En las oras que me pertenecen a mí mismo, oigo mucha música, soy un gran amante de los clásicos, de los tres bes, Juan, Beethoven, Bruckner.
—30→Estoy frustrado con el aborto del clú, «Pietro» y del número acoplado. Shit. Por un lado, como decía inda agora, estoy comenzando y no me puedo quejar si no tengo todo el panorama dispuesto. Por otro lado me doy cuenta que tengo muy poco para continuar o mismo para empezar. No me quejo del trabajo, nada de eso: lo acepté y sé hacer sudar al vidrio, como se dice. Confío en mí, pero no puedo dejar de pensar que tengo poco, muy poco para llevar a bien mi labor. Otra vez shit.
El gavilán se las pasa de mirón, por eso se mantiene con plumas y alas para volar. Lo que quiero decir es que el que no ve, no mama. Anastasio, el Presidente, lo refiero por el primero nombre cuando lo recuerdo profesor, decía que toda nuestra civilización se fundamenta en lo ocular y que este hecho determinó, no solo las religiones y las relaciones entre hombres y dioses, como también la física de los átomos, la filosofía de la crítica, la emancipación analítica y otras ciencias que no recuerdo más. Todo se basa en el ojo, en la capacidad que tenemos de ver y también de saber mirar, decía. Anastasio me hablaba de la ocularidad del fenómeno. Se dejaba llevar por mil y un senderos de especulación, se ponía serio, dramático, perentorio, locuaz, catedrático, mientras hablaba de lo que significa ver:
-Todo se resume al ojo; es en el ojo más que en el alma que llevamos a cielos y a infiernos, son los ojos que nos salvan y son ellos que nos condenan. La idea es del ojo. Uno es lo que aparenta ser, y las apariencias, aparecen y desaparecen porque hay miradas. Me consideraba su amigo y a veces me lo decía. Mitre sentenciaba al final: «Recuerda siempre, amigo mío, que las palabras del tirano, por más condenas que proclamen, no se equivalen nunca, pero nunca damas, a una —31→ sola imagen del terror». Anastasio Mitre que inventó los calabozos para el olvido y los empalamientos del invierno, sabía de qué hablaba.
Cuando terminaba de asuntar, después de una longa exposición, científiateológieticamoral, sobre el ojo, sus derivados y apostasías, me miraba con la ascendencia rectilínea de un verdugo, esperaba que sus palabras se manifestasen sobre mi rostro, como huellas de látigo tensionado y se desinflaba pachorro, se sonreía y entonces yo sabía prever lo que se me venía: estaba interesado en alguna hembra. Me anunciaba, grave, mesiánico «tengo que verla, amigo mío, tengo que verla»; continuaba a fundamentar la importancia que los ojos, que todos los ojos, tienen para la vida y terminaba su apología ordenando que se la trajera al objeto de sus antojos. Y entre risas y divagos me prometía:
-Amigo mío, después te cuento lo que vi.
Entre risas y divagos yo aprendí mucho, de veras. En Mitre, todo era entre risas y divagos: cuestiones de estado, reuniones ministeriales, decisiones políticas, negocios, antojos, sentencias. «El Presidente sólo se pone serio cuando coge», así decía él, y lo dice aún y yo no hago más que repetirle las palabras. Pues entre risas y divagos aprendí que el ojo es importante, aprendí que quien no mira no mama e inventé, por pura fantasía de ocurrencia, lo que decía sobre el gavilán, sus plumas y su vuelo. Yo mismo me las paso de mirón, como el gavilán; por esto sé donde piso y sé adónde voy; sé dónde estoy, sé quién me rodea. Y por ser así, cauto y atento, con el ojo mío y con el ajeno, sé que alguien me oja en este momento; lo presentí en un primer instante, hace un ratito; agora, ya lo achei. Lo presentí mientras corría mi panqueca y lo veo ahora que me sigue, entre la masa de potos, desorderos, retirantes y desocupados, por las vías, ruelas, becos y galerías: Dobla cuando doblo, —32→ para cuando paro, se esconde cuando me vuelvo y lo quiero ojar. No sé quién es, quién puede ser, pero sé de otra cosa con seguridad: tiene relación con lo que hago aquí, con mi cazada a Carmen, el filin de la experiencia me lo apunta.
Tengo variantes para la situación; si quiero, puedo perder a quien me sigue, ciencia para tanto no me falta, lo dejo a cosarce el codo si quiero. Sin embargo, decido diferente, tomo la directiva de no huir y me expongo al peligro de ser seguido y a lo que demás vier. Dejándome seguir aprendo sobre quien me sigue. Voy a minerar en aguas turbias y de la canga que encontrar sabré reconocer el lid precioso que me falta y que me llevará a la respuesta que muchos se hacen como yo: en donde, mil y un carajos, está la hembrona huida de Anastasio Mitre.
Como primer medida de estrategia, me dirijo hasta el hotel que me aloja. Quiero que quien me sigue sepa, si ya no sabe, donde puede encontrarme o reencontrarme si es que me pierde mientras me sigue. Vuelvo al hotel discretamente, tampoco quiero dar en la cara que me escancaro todo, a merced del seguidor. Invento un pretexto, llego al hotel, subo al cuarto y bajo de nuevo a la vía con otra camisa: pretexté cambiarme de ropa, seguro que por el calor.
Me encamino en dirección al mar, sin grandes prisas, tomando cuidado para que el guayo no me pierda en la masa de gente y máquinas que colman las vías.
El mar se me destapa al vencer yo una esquina. Antes de encontrarlo siento que se acerca por el pulsar ofegante de la maresía mezclada, contra mis narinas. Maresía que mezcla flujos de orina, pisadas de mierda, vapores de basura orgánica abandonadas en los cantos oscuros.
Y al vencer la esquina, el mar se me descubre por entero. Lo veo, ser inmenso, que se mueve con una sola voluntad, ondulándose por etapas para no causar sobresaltos.
—33→Paseo por la rambla costanera, veo a mi lado, las rocas brillosas de limo que atajan, con dientes carcomidos, algas, papeles, metales, vidrios. La espuma rosada burbuja entre las aguas.
Alejados de la costa, dentro del agua, se puede ver la silueta tenebrosa de un u otro edificio abandonado en pie cuando comenzaron las inundaciones del deshielo. Algunos resistieron a las resacas violentas no sin perder mucho de lo que fueron, algunos todavía resisten. En momentos de mar intenso, cuando el oleaje se viene salvaje, cae una pared, un pilar, pedazos de cemento y hierro que se hunden hasta la antigua vía bajo agua. Entonces, la silueta ya podrida, cariada, se vuelve más dantesca aún.
Por sobre el hombro, ojo a quien me sigue: allí está, turbeiro apostrofante, mirándose las botas, mientras piensa que yo no sé.
Sigo caminando al compás del oleaje que se insiste sobre la costa artificial, barrera inventada contra la mar. Una puta deliciosa se me acerca gatutina y me ofrece su rumor. Yo me la sonrío y ella, complacida, se relame:
-Fokof -le digo.
-Fokin -me tienta, mientras ya mira al siguiente que pasa, esperando comprensión. Y sigo mi camino, ramblando sobre la rambla, oliendo el aire de vapor salado.
Me figuro lo que dirá el guayo que me sigue: De cierto piensa que así, caminando sobre la costa, espero algún contacto marinero, quien sabe, una salida del mar, una sirena, quien sabe. O entonces me cree capaz de una proeza mayor, hacer aparecer un transatlántico para me divertir. Los seguidores son así: piensan que aquel a quien siguen es muchísimo más de lo —34→ que de verdad es. Nunca se dan cuenta del embuste por la sencilla razón de que no quieren desengañarse jamás. En la verdad enemiga muchos perderían la motivación que los mantienen vivos. A la mentira entonces, que me crea lo que no soy: el impostor propuesto es él. Seguro que no desconfía de nada: piensa que me sigue y soy yo el que lo busco. No es todavía hora de definir; paciencia, hay que tenerla.
La oscuridad aumenta con la hora y la noche toma su turno en algún lugar detrás de la niebla. Hora de hacer el camino de vuelta. La marea está baja y descubro un baúl herrumbrado entre escombros de piedra; un remanente de alguna habitación de aquellos perfiles abandonados y dementes que insisten en apuntar las vías submersas en donde clavan sus pies. El mar que no veo, los golpea sin treguas y de las entrañas dolidas, machacadas, suenan los baques siniestros que se oyen con temor.
La puta gatutina baja lépida del móvil de un cliente. Se incorpora, se gusta en una sonrisa, se comprime la cintura recién preñada, se firma en las piernas, levanta pecho y me provoca, insaciable, mientras paso:
-Fokmi.
No le respondo ni ella percibe mi silencio. Busca siempre a un otro, siempre a otro para existir.
El guayo continúa en mi cola. Llego al hotel, subo al cuarto. Del piso veinte lo veo discreto, apoyado en un árbol. Con el largavista lo ubico mejor. Consulta el reloj. Tiene las uñas cuidadas, cubiertas con esmalte. Lleva una cicatriz ancha, pegada a la boca. Tiene un receptor metido en el oído. Y cuando se mueve para acomodarse en su puesto, deja parpadear, dos veces, a la luz del alumbrado, algo que espeja con pulsión: de seguro que es la lamina de un puñal. Un kiler, como yo. Estamos entendidos y me voy a dormir antes de comenzar mi día primero.
—35→
No soy un hombre de sueños, o entonces no me los recuerdo al despertar. Esta mañana fue diferente. Recordé esta mañana haber soñado como nunca antes en mi vida y estoy computando aquí toda mi vida mesmo, de cuando era un muleco, hasta hoy. Me desperté con un innegable bienestar que me llevó, acto continuo, a indagarme, angustiado, que carajos pasaba. Pero el bienestar era de tal orden que no permitió que se lo discutiera y se impuso como cosa justa. Me sentí bien, me dejé estar bien y no me cuestioné sobre el porqué. Después se desvelaron las imágenes de mi sueño y con más tenacidad se me afincó la sensación de estar bien en el mundo: Soñé que me ahogaba en un océano que no tenía fin conocido, que era más hondo que todos los mares sobrepuestos, que era translúcido como el aire de una primavera de archivo, que era cálido como la entrepierna usada de una guaya, y soñé que me moría ahogado, toda mi vida.
Me doy un baño caliente, de vapor presionado. Cuando escojo un hotel, procuro el que tiene, por lo menos, baño de vapor presionado a cualquier hora. Me gusta poder bañarme al antojo y aunque no tenga el chorro gustoso de agua que se ve en los museos, un buen vapor, lo moja a uno y lo deja primordial.
—36→Mi plano para este día primero es muy sencillo: voy a utilizar lo que se me pone en camino. Y lo que se me pone en camino es la cola que me sigue. Pretendo que me siga durante el día entero y pretendo, en algún momento, llegar a saber por qué me sigue, a mando de quién me sigue. El conocimiento, que me llevará a mi target, que me llevará a Carmen, lo preveo yo y mi piel entera.
«Al trabajo, pan de ajo».
Ni bien pongo el pie en la calle y mi seguidor se incorpora, atento a lo que yo hago. No hago nada, me quedo estático bajo el toldo plástico de la puerta del hotel. Más de uno que pasa me ofrece sus servicios. Me decido y me pongo a caminar, subiendo la avenida que me aleja del mar. El sol está más valiente que ayer y consigue estampar su disco rojo por sobre la niebla compactada en altura. Flano sin ideas, sin prisas, voy mirando lo que pasa a mi vuelta; me hago espacio entre cuerpos de atorrantes que todavía duermen sobre la calzada, abrazados y en familia. Pienso que a uno de estos les habrán designado el perímetro de los retirantes que deleté en la víspera. Los umiluchos, los vendedores ambulantes y los artesanos de todo artículo, dan a las vías un formigueo de mercado bíblico. Por otro lado, amputados, sarnosos, escuálidos, se dan en espectáculo para provocar piedad. Los del comercio se ingenian a los gritos y chaman la atención para sus productos. Los artesanos se postan en sus butacas a la entrada de sus nichos donde producen de todo. Con discreción lo busco a mi cola. Lo veo que me sigue, distraído, como si me quisiera perder. El fuerte olor escremental se une a los vapores de alientos con hambre, y los dos, le pelean espacios, en el aire, al condimento preparado de los pastelitos primavera que se venden a cada paso.
—37→Como no tengo un carajo que hacer decido que me doy un regalo. Entre la fauna que se me ofrece, busco la primera butaca de calzado; me hago camino y le lanzo a la china:
-Me haz un calzante.
Prontamente, la china y su hijo cachorro, me muestran modelos y materiales. Lo que me muestran no tiene novedad. Le replico:
-Si es pra facer merda, me fico sin nada.
La china pone cara de quien descubrió la luna:
-Pois sí, pois no, algo especial pa Manoló -se sonríe, desaparece detrás de una cortina sucia y vuelve, toda confidente. Me pide que me acerque y me lanza en voz baja:
-Escamas de cobra para un calzante articulado.
No me impresiono en lo más mínimo. La rechazo:
-Continúo sin nada, con la merda que ta.
La china se sorprende, me oja con atención, me calcula, vuelve a desaparecer detrás de la cortina sucia que alberga un universo; reaparece con una bolsa y me lanza, triunfal:
-La merda es la merda, lo que no es la merda, no es la merda: qué tú me diz?
Me abre la bolsa que trae y me muestra el contenido. Pequeños puntos, negros y con brillo.
-Guadeel?
-Tanajura natural, calzante con resistencia para toda a vida.
No es por tener algo que dure mucho o que dure toda la vida. Ya expliqué y aclaré que soy contra las duraciones largas -con una bendita excepción, que es por amistad y que ya fue aclarada. Creo que la gracia es el cambio, estamos hablando de ropa, de moda, de cosas que pueden pasar, estamos hablando de tener algo agora y otra cosa diferente después. Pero me seduce tener un calzante de piel de formiga, con resistencia para toda la vida y acepto la sugerencia de la china:
—38→-Va rápido que si no, da merda.
La china me toma las medidas y más una vez desaparece por la maldita cortina sucia que esconde una portezuela, que esconde un túnel, que esconde un mundo. Me imagino que toda la familia trabaja en mi pedido, como formigas, bien a propósito.
Mientras espero, miro en vuelta y lo veo a mi cola que se prueba un guarda polvo de camaleón. Le cae como el culo pero cada uno con su cada cual.
Al poco rato la china retorna con mi calzante. Me lo pruebo y tengo que admitir:
-Un calzante de san puta, china de merda.
La china me agradece orgullosa. Le paso créditos, le dejo algunos guaformí al cachorro y me alejo, contento con la compra. Antes de dar tres pasos, me sorprende un grito y un tumulto que acontece. Me volteo y veo una aglomeración de gente se formando justo en el lugar en donde estaba mi cola, probándose el guarda polvo. Un vulto corre y se aleja del lugar, esquivándose de muchos que le tentan cerrar el paso. Me dirijo al local aglomerante. Curioso, me acerco al punto en que la masa humana es más densa. Me abro camino a manazas. El burburinho es enorme. Un goto se viene silbatando. Cuando voy a llegar al núcleo de la aglomeración, diviso a un cuerpo tirado al piso. Empujo para ojar mejor. El cuerpo me da las espaldas y está inmóvil. El goto se acerca, siempre silbatando. Me empuja para un lado. Le doy pasaje pero no pierdo mi lugar: puedo seguir ojando lo que acontece. El Boto se agacha sobre el cuerpo, lo voltea, primero de cabeza. Veo la cara apagada, los ojos cerrados, un filete de rojo vivo que escurre de la boca y bordea la cicatriz que comienza en el canto del labio. Reconozco al hombre que me seguía. El goto lo termina de voltear de cuerpo y entonces me aparece, colado al pecho, —39→ por sobre la camisa, el mango oscuro de un puñal. Por la empuñadura me hago la imagen del acero y calculo que lo explotó al corazón y lo expiró al pulmón.
-Tú coñeces? -me lanza el goto y para mí es una sorpresa que me haga tal pergunta. Debí estar ojando al cadáver con mirada de buen mirón y el goto confundió todo, pensando que el que mira ya conoce lo que mira. Si es una conclusión a la que se puede llegar, no era el momento de aprofundar: en las circunstancias no me convenía demorarme en interpretaciones. Puse cara de ofendido y le retorquí, con la pompa que conseguí reunir:
-Si tú no lo coñeces por qué lo tería que coñecer yo?
-Porque tú te lambuzas con la víu.
El maldito era buen ojante. Lo enfrenté y reclamo:
-Tuel, de lambuzarme no me lambuzo, lo que pasa es que me choca un corpo estendido no chón.
El goto se larga una carcajada práctica y me lanza:
-Cuántos hay, forastero, por toda parte, y tú te chocas?
La carcajada del goto es imitada por los presentes. De repente soy yo el pallazo del circo.
-Me choca que se rían porque me choca -digo con voz solemne de catedral.
El goto me ojaba con intensidad. Aprendí que si uno le da pasto al fuego, el incendio fructifica, si uno persiste, encuentra, si uno permanece inerte se va a la puta. Por eso, siempre con cara de ofendido pero ya ensayando la expresión del angustiado con las tragedias del mundo, que me pareció más adecuada de mostrar y más fácil de llevar -por la angustia que me asaltaba-, fuime volteando, la cabeza gacha, la mirada perdida, las manos al aire, pidiendo paso a la muchedumbre que se abría cordera y que, cómplice ignorante, me protegía del goto, al cerrarse detrás mío.
—40→Me alejo del lugar sin mirar por sobre el hombro y a buen paso. No me interesa ningún tipo de diálogo y menos con gotos que siempre le piden a uno explicaciones y referencias. A la vuelta de una esquina veo un móvil del Estado hacerse paso penoso entre la masa humana. Puedo ver claramente el sello del «Servicio de Retirantes»: una víbora enroscada en un árbol, apuntando, con la lengua bifurcada, el camino de la expulsión a dos sombras que se acurrucan a un lado de la imagen. El móvil klaxona, sirena y se mueve con dificultad. La masa no le da paso. El móvil para. Los gotos se bajan y abren la cubierta posterior. Por lo visto decidieron descargar a los retirantes allí mismo sin esperar llegar a una vía principal, como manda da ley. Uno de los gotos, el más graduado, se perfila en posición de sentido, y grita la catilinaria que se estila en las circunstancias:
-Aquí termina a sopa. Ciudadanos, fostes japifiu y non sobestes manter a posizón. Sois fracos e ineficientes. En este momento dejáis de ser o que fuisteis y vos declaro expulsados. Sois retirantes, viviréis en estos distritos. Se tiverdes suerte, fareis pon.
El goto se relaja y los indica a los retirantes para que se muevan. Los veo que se bajan del vehículo: guayas y potos, tres cachorros tambén, todos caídos en desgracia económica, quebrados, falidos, incapaces de mantenerse en los distritos superiores y por eso mismo expulsados de inmediato. Los pasantes se acercan, los tocan, carcajean, uno que otro les esputa un insulto. Veo que bajan del móvil, aturdidos; traen poco, alguna ropa, algún mueble pequeño como recuerdo, lo que pudieron tomar en la corrida expulsoria. Las caras, como en la mayoría de las veces y puedo decirlo porque no sólo presencié varios de estos desembarcos como también los —41→ comandé, son de incredulidad, de espanto con la nueva situación. Un japifiú jamás piensa que puede pasarse al otro lado y dejar de ser un japifiú. Cree que su situación es eterna y cuando pierde todo y lo expulsan, no cree que le esté pasando lo que le pasa. Muchos no soportan el ordil y se matan antes mismo de que se pueda consumar la expulsión. Otros, no tienen el coraje para acabar con sus vidas: se dejan sacar de sus viviendas, se dejan correr de sus barrios, se dejan encimar en los transportes, se dejan traer como retirantes. Difícilmente se integran al nuevo mundo. Deambulan por la vida, zombis solitarios, desagregados de todo y de todos: lloran, gritan, enloquecen. Como tienen instrucción, por lo general tienen instrucción, tienen modales y saben hacer algo, son botín para los mercaderes de vidas, que los capturan en raides nocturnos, los llevan a centros de selección. Allí apartan a los más débiles, a los más inútiles, que son tirados, de vuelta, a las ruelas de la urbe. Los mejores, al África. Los devueltos, los que no sirven para la exportación, no aguantan mucho, mueren de pena y hambre y terminan sin glorias, cortados de sus antiguos panteones de carrara, encimados en fosas comunes, desnudos, escuálidos, cubiertos con moscardones azules y verdes, paseados por baratas marrones y negras y salpicados de creolina blanca. Los más fuertes, los más capaces, los más jóvenes, los deijumeidit, son dejados en los galpones de selección; después son encerrados en vagones en donde apenas se puede respirar y finalmente son enviados al puerto, a la espera de un navío blanquero que los llevará al África, para el escambo monetario en los grandes mercados de sucata humana.
Los gotos terminan de bajar a los retirantes, suben de vuelta al vehículo y parten enmedio a sirenas y klaxones que piden el camino que nadie da. Los retirantes perplejos miran en vuelta. No se mueven, se compactan, se protegen, forman la —42→ imagen de un nudo de resistencia en medio al fluir constante de la masa. Poco a poco el nudo se deshace, erodido por los que pasan y ya no queda nada.
Camino, procuro acalmar la cabeza y ordenar las ideas. Hago un recuento de las últimas horas: primero me meto en una pista falsa, ta ben, nadie es perfecto, después descubro que alguien me sigue, ta ben, si me quer seguir que me siga, me dejo seguir para quitar ventaja del hecho y de repente alguém, que tampoco sé, lo mata a mi cola y escapa. Aquí hay truta, que hay, hay. Puede ser que sea apenas una coincidencia, puede ser que a mi cola lo hayan matado por un motivo que no pasa por mi persona, puede ser. Sin embargo yo no creo en este «puede ser»: para mí, hay, sin duda que hay. Y ya que estamos con la cabeza acalmada y pensante, decido lo obvio para continuar mi investigación: procuro hacer el camino que hizo el kiler en su fuga; quien sabe, no encuentro clús que me puedan servir. Al poto lo vi correr en la dirección que ahora es la mía. Subo una ruela vagabunda y oscura. Ojo el camino que voy a pisar: nunca se sabe lo que se deja caer en una fuga. Mitre filosofaba mucho sobre este punto y era oracular cuando afirmaba: «Se puede conocer a un hombre por mil indicaciones, pero todo conocimiento estará siempre incompleto hasta que el hombre emprenda su huida. Solamente entonces, por los rastros que deja el fuchidor, se podrá conocerlo y decir verdaderamente quién es y quién fue». Y concluía, Mitre: «En la fuga un hombre sólo lleva a su piel y deja caer todas las máscaras que lo abrigaban». Para Mitre, y esto no era claro en mi cabeza, todo hombre, en algún momento, tiene que huir. Por qué? varias veces me pregunté sin encontrar explicación. Él decía que no todos huyen a todo instante pero que nadie, ningún ser viviente, deja de huir en algún momento de su vida. —43→ No es aconsejable dudar si no se tiene un buen motivo para tal y por esto voy ojando, con atención de investigador, el camino que debe haber hecho el kiler.
Miro al piso, busco huellas pero no encuentro otra cosa que no sean presencias viscosas, indefinidas, formas adulteradas, materiales corrompidos, sobre un suelo húmedo, inmundo.
De las portezuelas de las casonas por las que voy pasando, a cada instante, me ofrecen servicios, con una monotonía que me excluye de la existencia.
Si no encuentro en el suelo lo que procuro voy a buscar un poco más arriba: levanto los ojos. Miro las portezuelas que tengo delante mío, subiendo la ruela. Con certeza, en alguna de ellas, hay alguien que me pueda informar. Mientras me doy el tiempo para abordar la que me parece más adecuada, devaneo irresponsable sobre el mundo que hay detrás de cada una de ellas: umiluchos, picaretas, retirantes, guayos, marginados de cualquer edad y sexo; foquean sin parar en los intestinos de la urbe, digiriendo sus propias entrañas y devolviendo la masa putrefacta que colma, sin destinos, las vías por donde paso. Piratas, que copian marcas y las venden a mejor precio, marketeros del sueño, que si el precio es menor, la marca no es la misma. Artesanos de la alegoría bastarda, de los mercados reificantes, usurpadores del símbolo en espiral. Parásitos también, inefables parásitos de las cosas como están, aunque uno no quiera ver lo obvio, estampado en las carotas diferenciadas de la convivencia hipócrita. Yo mismo los alimento, yo mismo les ensayo una esperanza: ellos piensan que yo indico algo con la ilusión del trueque y del comercio: me ofrecen sus servicios, me ofrecen sus productos, a veces accedo, como cuando me sirvo de un calzante. Pero nada cambia, ellos donde están, yo donde estoy y nos engañamos —44→ todos, en la ilusión que nos redime y que nos permite, a todos, seguir llevando, la bendita vidita clincat, como está: que foqueen, que se inunden por las vías y ruelas, yo paso, los veo y no me importa un carajo.
Me decido por la acción, que tanto devaneo es peligroso: ojo una portezuela que me parece seductora y allá voy a presentarme:
-Procuro a un hombre que pasó por aquí.
-Y qué? -me lanza el poto sin respeto.
Cuento hasta tres pero calculo que cuanto hasta mil, tal es la rabia que me produce ser respondido de esta manera por un maldito de portezuela.
-Voy a comenzar otra vez: procuro a un hombre que pasó por aquí, tú lo viu?
-Po que sí, po que no, y qué?
No conviene que me altere: no es bueno para la salud ni es bueno para la misión que tengo. Me mantengo calmo y entro en el diálogo:
-Suponiendo que po que sí.
-Y qué?
-Tú lo viu, suponiendo que po que sí?
-Maibi.
Se hace un silencio y parece que llegamos a un impase. El poto arregla el mostrador aparcado sobre la butaca. Silba un tono propio. Yo espero con paciencia, no será por falta della que me iré las manos vacías. El poto sabe que lo tengo ojado. Silba con más vigor para darse coraje y hacerme creer que no me tiene más en cuenta. Continúa el arreglo estéril de su mostrador; el poto se tensiona sobre la butaca. Para no ponerlo contra la pared y sin salida, rompo el silencio y le propongo con voz comprarte de obispo misionero:
—45→-Por qué tú non me diz lo que viu?... te preciso compañero.
Toda piedra tiene antojos de brisa y todo hombre, por más tirado, o lastimado que esté, tiene la esperanza inmortal de que algún día, de alguna forma, alguien lo llevará en cuenta y lo podrá llegar a querer. Por esto le tendí la trampita afectiva al poto que se me figuró particularmente desdichado. No me equivoqué. Se me retuerce como felino mañoso, sonríe, supremo desarme y me lanza un reclamo, para no perder la dignidad completa:
-Qué de importante puede saber un viejo sentado sobre su butaca?
Yo le respondo, comprante:
-Camón, camón, hermano que tú sabe los secretos del mundo.
El poto suspira convencido y sus ojos se aguan de emoción. Sin mirarme, levanta el brazo lo apunta y me informa:
-Un hombre nefasto, con miedo en la cara se fue por agí.
-Gracias hermanito, mil gracias te doy -y me afasto antes que el puto me suplique más atención.
Doblo la esquina para seguir las indicaciones del hombre. La ruela es más angosta, más oscura y más sucia. Me resbalo en restos esponjosos que se me esconden en la falta de luz. La ruela tiene una pendiente pronunciada y me pergunto cómo hacer para mantener el equilibrio si es que las porquerías del camino continúan. Piso con prudencia, con pena del calzarte nuevo. En el alto de las casonas veo que el cielo abierto de la mañana cambió, ojo los velos de niebla que voltean con el viento: la lluvina de vapor marrón, aparece y desaparece caprichosa y el suelo se aviva de brillo en el encastre que es opaco.
Llego a la parte más alta de la rucia y tengo, a continuación, la bajada del otro lado. Pienso con mis botones que nadie sube —46→ tanto si sabe que tiene que bajar enseguida, para qué? El hombre que procuro, si subió lo que subí, no bajó y está por perto. Miro en vuelta con atención digna de goto. Nada descubro que sea diferente: casonas, portezuelas y la masa de caras ofreciendo servicios.
Me quedo quieto en posición de sorprender la diferencia o alguna idea fortuita. No ocurre ni una cosa ni la otra. Busco refugio en la acción. Camino hasta una portezuela en donde vigila una guaya.
-Qué tens? -le lanzo, inocente.
-Todo para te facer feliz -me contesta.
-Chómi -me intereso. Ella se levanta de la butaca, se fica en pie, esbelta y arrogante, agarra, con la punta de las uñas, el borde de la capa que le ciñe la cintura y se la abre despudorada sobre su piel desnuda. Que víu, pajero, que víu! Me intereso:
-Tú es producto de consumo o muestra gratis?
-Vitrina de lo que hay adentro, apurado -me reprocha ella.
-Bueno, no te zangues, perguntaba.
-No vas a pasar? -y ella se cubre con la capa escarlata.
-No sería mala idea si no tuviese otras prioridades.
-Nada es más importante que esto -me observa con razón.
Miro en vuelta para ver si alguien me oja. Nadie parece importarse con mi presencia. Aprovecho el anonimato constatado y lanzo:
-Procuro un hombre que pasó por aquí.
-No es común que hombres pasen por aquí, forastero. De un modo general entran, por lo menos los que son hombres de verdade.
Para no hacer papelón, por un lado, y porque creo que voy a conseguir alguna información con estas confidentes profesionales, por el otro, me voy entrando que nadie es de fierro.
—47→En un salón de techo bajo y olor a borra, hay putas a mansalva, para todos los gostos y todas las taras. Murmuran entre ellas historias que nadie oye. Una u otra me mira pero no se fija en mí y tengo la impresión de que esas miradas son solamente el encuentro casual de mi cuerpo dentro del campo de las incesantes varreduras de ojos que hacen las mujeres. Como no se manifiestan a mi respecto, me siento libre y con ascendencias para seducir. Miro, comparo, busco en la memoria, antiguas sensaciones que puedo relacionar con las caras, las formas y las expresiones que se me avitrinan.
Busco mujeres que no tuve, labios que no besé, ojos que no me dieron bola; quiero rehacer lo que en algún momento y por una u otra razón fue imposible.
Una vez le dije a Mitre, le di una opinión que se me ocurrió en el baño, cuando me vaporeaba. Le dije: -Presidente por más que un hombre se mate por conquistar a mujeres diferentes, me parece que es siempre a la misma que la quiere coger. Uno piensa que se aleja, dueño y señor, pero se empantana, recurrente, en la misma humedad-. El Presidente me ojó pensativo y me dijo que era muy probable de que tuviera mi razón y que, en ese caso, lo que él buscaba, al indagar en tantas, era llegar a la totalidad completa de una sola mujer. Po que así sea. Ojo a una poncha que veo en deslumbre. A quiebra luz las pasiones se facilitan. Nada hay, en esta semi claridad, que esté totalmente afuera de uno, y las caras, las formas, los gestos, que se aparentan a media luz, no son sino cunas impostoras para los delirios deliciosos del amor propio. Tomo la iniciativa y me acerco a ella, a quien imagino más que veo, lleno de cosquilleos formigantes por tuda parte. Cuando me acerco, ella se descubre escogida y florece objetiva con una sonrisa particular:
-Vou te facer feliz como nunca lo fostes.
—48→Bula de remedio no se discute y para saber si el purgante surte efecto o no, hay que tomarlo primero. Me dejo llevar, de la mano, por entre otras mujeres que ahora me miran seductoras.
Subimos por una escalera estreita que termina en un cómodo de entre piso. Hay una lamparina que emana perfume de petróleo y que sombrea la pared grafitada con desesperaciones. Encostada a la pared, una silla delgada y centinela. La cama redonda esta cubierta con una manta plástica con motivos florales y escenas de campo. Al pie de la cama una alfombra felpuda, manchada y carcomida. Un poco más afastada, dos ratoneras gigantes, armadas y relucientes. La puta ve lo que ojo y me interpreta:
-No tengas medo: hay más tres ratoneras del otro lado. Aquí te quedas tranquilo que las ratazanas no te suben a la cama.
Yo, que no había perguntado nada, no digo nada. Camino hasta la cama, me tiro vestido y agotado, me dejo hacer por la mujer de mis sueños.
Tiempos después, cuando todo se había terminado, la puta fedorenta me perguntó si me había gustado. Yo que no había hablado nada hasta aquel momento, continué callado.
Me intrigaban dos ruidos secos, como latigazos, y la noción de que algo se deshinchaba. Me incorporé en la cama, me asomé a un lado y allí estaban, dos ratonas inmensas, presas en el metal mortífero que les habría la panza y las desinflaba. Una de ellas todavía tremía de las dos patas delgadas.
Volví a tirarme pa tras, crujiendo la manta de plástico en mis espaldas:
-No me ficestes feliz como prometiste.
Ella se puso de rodillas, sobre la manta, a mi lado, me tocó el pecho y me dijo sin piedad:
—49→-Fuiste feliz sin, yo mesino te lo oí decir al oído mientras me foqueabas con desespero, alejado de cualquier razón. Tú no lembras pero fuiste solo felicidad.
Pensando bien, todo tiene dos caras y por más que uno piense que va solo, son siempre muchos los hombres que se meten en la cama y que se asombran con la misma mujer. Si yo dije lo que dije, dije lo que dije y está dicho. No me sentía feliz y pensaba, en las ratonas gordas, en la pieza, en la cama redonda. Sentía el olor de lamparina y oía el rumor que contaban las putas en la planta de abajo.
Pienso en lo que me había traído aquí, en primer lugar. Con voz alejada, la razón puesta en algo diferente, le hago la confidencia:
-Busco a alguien que pasó fuchindo.
Elle me mira, me contempla por un buen rato y después me pide con virtud:
-Me lo descreves.
Continuo con el pensamiento alejado. Me dejo llevar por la mujer y le digo sin reparar en lo que digo:
-Apenas lo vi fuchir corriendo del local en donde mató a un hombre.
Ella se incorpora:
-Era amigo ten, el muerto?
Tengo consciencia de la respuesta que preparo. En verdad no sé si era amigo meu. En verdad no sé quien era. Le digo:
-No.
Ella concluye, con victorias en la voz:
-Entón, que te importa quién lo mató?
Quiero revelar sin decir mucha cosa:
-No se trata de eso, es coisa más funda.
Ella argumenta con egoísmo:
-Mais funda que eu?
—50→-No es eso.
-Qué más hay neste cuarto além do teu deseo e do meu consolo?
-Las ratonas gordas que se dejan matar.
Ella me mira, acerca su cuerpo y siento su piel que roza la mía:
-Esquece -me propone.
-Está bém -le digo sin creer en lo que digo.
Su cuerpo se avecina en recomienzos, su piel se desliza sobre la mía. Siento que sus olores se activan y se hacen a la luz por los infinitos poros que respiro de su ancho. Tengo tiempo y la poncha tiene estilo. Me dejo estar para ver adónde se va a llegar. Con estas guayas sapientísimas uno siempre descubre que, al final de las cuentas, no se sabía un carajo sobre la cosa toda. Nos agarramos, nos volteamos y cada uno, a su manera, procura al otro dentro de sus posibilidades.
-Te fiz feliz otra vez?
Ni le respondí, para no responder. Yo no estaba feliz.
Ella me miraba en silencio y de repente, en su mirada, escondida como una espina de flor de amor, conseguí ojar, en un relámpago, la certeza de que ella sabía algo de lo que yo quería saber. Salté de la cama para llegar a mi ropa que estaba sobre el respaldo de la silla contra la pared. En el salto sentí que posaba el pie sobre una de las ratazanas atrapadas, caliente, pegajosa, reventada. Me apoderé de mi calza y de adentro la retiré a mi guagua. Con otro salto estaba de vuelta sobre la carea, a su lado. Ella me miraba indiferente, podía decir que hasta con cierto desprecio. Desfundé la guagua, le mostré la lámina en la cara y no perdí más tiempo:
-Me fala.
—51→Ella no se calentó. Siguió mirándome y comenzó a sonreír:
-El hombre que tú procura ya no está más aquí.
Yo me pongo furioso, con los ojos saltones. Le esputo:
-Dónde está?
Ella continúa con desdén:
-Ni idea.
Yo continúo furioso:
-Mas esteve aquí?
Ella hace la pausa y en el contrapunto, me canta:
-Esteve.
Recomienzo en un ton más calmado:
-Y que veío facer, si mal no hago al perguntar.
En esto, ella asume la sonrisa que apenas amenazaba y su mirada se vuelve burlona. Me lanza:
-Mira, beibi, él entró por una puerta y salió por la otra, no tocó a nadie, y sólo quería perder sus huellas entre nosotras todas, si tú me entende.
-No entendo pero sé el poder de mi guagua.
Le toqué la cara con el filo de mi arma. Podía cortarla, desfigurarla o sangrarla. Era señor del momento. Ella me lanza:
-Continúa.
-Nem comencé, putona.
Apreté con más fuerza el arma y la piel de su rostro se resentía al borde de la ruptura. Ella no apagaba la sonrisa de la boca y me provocó:
-Cuando comenzar, avisa.
Decidí que era hora. Con un movimiento de maestría, abrí un sulco en el rostro que se inundó de sangre.
-Es agora -le dije para que supiera que había comenzado. Me pareció percibir un movimiento de hombros que no sé si fue de desprecio o de dolor. Ella dijo, siempre sonriendo:
-Para marcar hay que ir más fundo.
—52→No espero que me pida dos veces. No encuentro resistencia y puedo trabajar de forma diligente. Hago la marca que me gusta, que me acompaña y que tiene la forma de una luna menguante. Corto la curva convexa, mas podría ser cóncava si tuviera yo otra posición u otra habilidad. Mientras trabajo le esputo:
-Vai falar, vai falar?
Ella no responde, está sobradora y noto que yo me desespero: Si non fala es que non sabe, no creo en héroes, ni en grandes resistencias al dolor. Por las dúvidas le lanzo, como último recuerdo:
-Tú sabe que a marca non sai nunca, non sabe?, y tú sabe que continúo se quicer.
Ninguna contestación.
Me di cuenta que no adelantaba nada y hubiese querido empezar todo de nuevo para no hacer lo que hacía. Ella tenía una manera especial de derrotar, me ojaba muleca, continuaba burlona y quién puede contra la burla? El poder de una burla, lo sabe Mitre y lo sabemos todos, somete a cualquier metal, es una sarna intestina que no se puede rascar. Mi amigo, le temía a la burla y me dijo en más de una oportunidad: «El que se burla de mí, me mira por delante y me ve por detrás». Deshice mi actitud beligerante, guardé la guagua después de limpiarla; me vestí con calma y miraba la pared grafitada con frases de amor y odio: me dispuse a bajar la escalera estrecha para ir embora. La miré a ella para verle la cara: Estaba herida, marcada de por vida, pero continuaba soberana sobre la cama, sentada, las piernas cruzadas, ojándome a mí y a todo lo que pasaba. Me lanzó:
-Dime guayo, fostes feliz conmigo?
No iba a darle bola pero hice diferente. Me voltee y le lancé:
-Quer saber?
—53→Sus ojos chispean cuando dice:
-Quiero saber.
Y yo le formulo, con sinceridad:
-Mira, te digo que creo que fui, non me lembro y esa puede ser una señal de que realmente fui.
Ella se ríe, levanta la cabeza como si esperara algo del cielo, junta las manos, las palmas sobre las palmas, suspira, no dice más nada y me deja salir.
En la ruela hago el camino de vuelta, voy bajando por donde subí. La lluvina de la tarde se abre camino por cada poro de existencia y todo es resbaladizo, fedorento y malsano. Mientras paso, de las butacas me ofrecen los servicios, como una letanía de la infancia. Una ratazana negra cruza mi camino y va a esconderse entre cajas y detritos. Con certeza un pariente, próximo o lejano, de las dos que se dejaron extripar con alambre torcido.
Me decido por volver al hotel, pienso quedarme un buen rato bajo el vapor concentrado. Voy a limpiar las ideas, después voy a tener una charlita con Carmen; la voy a teclear, voy a usar todos los axiomas cargados en el ordenador y quiero ver lo que descubro, además del hecho de que fue a visitarlo a un tal señor Pietro, que yo no sé quién es.
Cuando llego a la puerta de mi cuarto, ojo las señales claras de la violación. Ninguna marca aparente que se pueda ver, si uno no tiene intención. Pero me cuido, tomo mis precauciones: como hombre expuesto al peligro y siempre que salgo, dejo un fío de cabelo prendido en un canto insospechable. Ahora que llego, no lo veo al cabelo y reconozco que la puerta fue abierta. Me paro a un lado. Quedo quieto. Escucho. Nada. Espero más un poco y como nada acontece, con mucho cuidado, voy abriendo la puerta. Sé, por experiencia de muchos —54→ años, que la falta de alguna evidencia acústica apunta, en estos casos, a la ausencia del violador. El pájaro ya voló, por eso no crea ruidos. Tomo mis cuidados mismo así: abro la puerta con esperteza. Con la puerta abierta, me hago a un lado. Oigo: nada. Entro. En la penumbra salpicada por los anunciantes multicolores de neón, el cuarto está en total desorden, todo revoleteado, todo remexido, que desastre! Cierro la puerta detrás mío, hago la luz y me pongo a calcular el balance de la visita clandestina. Como no traje mucha cosa, la tarea no es difícil; lo esencial está siempre conmigo: la guagua, el gem; el resto, fiu!
No llevaron nada, o no llevó nada, porque debe ser trabajo de uno sólo aunque mandado por más de uno; no perdí nada, mantengo todo lo que tenía. Quien estuvo por aquí buscaba lo que no encontró. Shit. Doy vuelta a la situación y me pongo yo a buscar algún clú objetivo sobre el invasor. Examino el piso, los cantos del cuarto, el fondo de los armarios, las gavetas de la mesa, busco en mis cosas, en las que él tocó, sus huellas, alguna identidad. No encuentro nada. El aberrante es un profesional de calibre. Tengo buen olfato, en lo figurado y en lo concreto. Me pongo a inspirar el aire del cuarto, con cuidado, en inhalaciones cortas, como aprendí en los buenos manuales profesionalizantes. Busco, en el aire que respiro, la fragancia extraña, el buqué diferente, la esencia del mal. Camino en vuelta para sorprender bolsones escondidos de olor. Me agacho como perro, la nariz en el piso, me levanto, me pongo en la punta de los pies, huelo arriba, huelo los rincones: nada, ni una molécula olfativa que pueda reconocer como siendo extraña y por eso, reveladora en las circunstancias. Pienso en el gem. Puede ser que me tenga alguna sorpresa aunque lo dudo. Sin muchas esperanzas inputeo los datos que tengo: —55→ violador, profesional, sin huellas, sin olor. Inputeo la hora y finalmente le informo al gem el despelote que el invasor me hizo en el cuarto. Escojo la opción «who is». La pantalla me informa que la opción es inválida o está errada. Carajo! El maldito Geminguei que leí en el original! Corrijo, teclo «juis». El aparato me informa que está trabajando y que espere.
Al rato me señala que terminó la operación y que está listo para responder. Le pido que me dé el resultado y él me imprime en la pantalla:
-Identificación perjudicada por falta de datos.
Puerra, las máquinas son así: lo mismo podía hacer yo, si nos ponemos a pensar, sin prejuicios o resentimientos. Yo, que no funciono ni en paralelo ni en cuantas, podría haber llegado a la misma conclusión. Si no se puede hacer nada hay que esperar hasta que se pueda. Me quito la ropa y me preparo para mi baño de vapor. Suena el intercomunicador:
-Es de la portería, señor, alguein que quiere hacer contacto personal.
-Juis?
Oigo al frangollo que pergunta a alguein por su nombre. El frangollo me devuelve:
-No quer decir, dice que es importante y que es sobre Carmen.
Me retiezo. Por otro lado ya estoy desnudo. Pienso rápido: diez minutos no molestan a nadie.
-Fala pra ele que suba en diez minutiños que me voy al vapor.
Oigo el frangollo hablar y yo corto la comunicación. Diez minutos de tiempo, es lo que tengo. Camino expectante y entro al vapor concentrado que me llena de felicidad. Me dejo olvidarme, por un buen rato, un buen rato largo.
—56→El calor es ovejero, lo vuelve medio oveja a uno; el calor entorpece a la mayoría de los sentidos mientras que, es cierto, agudiza a otros. El calor es amigo del olvido. El calor de la lucha, por ejemplo, dicen que apaga al dolor; el calor de una pasión, borra las consecuencias; aunque también es cierto que el calor forja el acero y hace el buen filo. Lo que quiero decir y diciendo de otra forma que me parece más justo, es que la silueta de las cosas se vuelve más confusa con el calor. Con el frío todo es radical e insofismable. Pienso en esto mucho tiempo después de ocurrir el acontecimiento que me provocó esta idea y las explicaciones pertinentes. En el momento mismo de la historia, estaba confundido por el calor, ovejeado por así decir, metido en un vientre cósmico de vapores y sales que me llenaban de impotencias. Oí que alguien se aproximaba, con pasos cautelosos. No sé decir si oí el primer paso, el segundo, o cual de los pasos oí. Cuando oí alguno, me invadió el terror de una muerte cercana: porque no sabía cuántos pasos habían habido antes de aquel, porque no sabía a qué distancia estaba mi victimario. Tuve pánico de voltearme la cabeza y verlo ya sangriento de mí, a mi espalda, riéndose de mi descuido infantil. Me encogí con el instinto natural que dice que lo pequeño es menos vulnerable en un mundo de gigantes. Y encogido me animé a mirar en dirección a la puerta que estaba abierta y que llevaba al cuarto colmado de peligros. Del cuarto llegaban los ruidos de los pasos y de la muerte. Hasta adonde alcanzaba la mirada, no había nada. Podía ver la luz del cuarto, una parte de la cama, un pedazo de carpete. Peor así: El enemigo estaba invisible aún y lleno de condiciones para sorprender. Con mucho cuidado, procurando no hacer el menor barullo, me deslicé para fuera de la tina. Me quedé agachado, quieto sobre el piso. Agudicé el oído: silencio. Los pasos que me habían despertado estaban ahora quietos, con seguridad, expectantes, escogiendo el mejor momento.
—57→Fico quieto, espero. Mi corazón palpita con fuerza en el pecho y en la nuca. Procuro no respirar. Oigo otro paso, muy cerca, a la vuelta de la puerta. Y enseguida otro más. Después silencio. Me voy levantando de mi posición agachada, y cuando estoy terminando de incorporarme, veo la silueta negra de un cuerpo, que aparece del otro lado de la puerta y me cae encima, rápido, con peso. Salto para un lado en un reflejo y la masa oscura continúa su trayectoria de caída hasta golpear el piso con un ruido seco y definitivo. El hombre, era un hombre, queda sin movimientos, la cara virada para un lado, las manos espalmadas sobre el granito. Yo lo ojo sin moverme. Mis ojos van a las manos abiertas sobre la piedra, vuelven, percorren los brazos en arco, la cabeza, el pescuezo distendido y paran en un punto de la espalda en donde se clava un puñal. Puedo ver el mango enterrado hasta el límite. Y puedo ver sobre el mango, el trabajo artesanal, hecho por manos habilidosas: caramba, carambolas. Un vértigo súbito me distancia de la verdad pero, como niebla de maresía, así como llega se va y entonces contemplo, me doy cuenta que veo, no sólo el mango del puñal, trabajado por un artesano habilidoso y conocido, como toda la belleza y la soberbia potencia de mi propia guagua, tan infielmente usada. Entro al cuarto, desnudo y desarmado para sorprender al impostor: no hay nadie, la puerta fechada, la ventana também. Vuelvo al baño, lo volteo al cuerpo. Le ojo la cara: no me dice nada. Meto la mano en los bolsillos: ningún papel, ningún aidí. Vuelvo al cuarto, camino hasta donde está mi ropa: la guagua estaba aquí. Miro con atención, alguna marca, alguna pista. Nada. Olfateo el aire y una alarma de peligro máximo me suena en alguna parte del alma. Cuidado! Cuidado, carajo! De un salto vuelvo al baño, empuño a la guagua, que está enterrada en el cuerpo del —58→ desconocido. La chamo para mí; siento que huesos y carnes comprimen el acero como si no quisieran dejarla salir. La puxo de un golpe: es mía y además, cuidado carajo!, quien mató está por perto e quer de novo, matar. Vuelvo al cuarto, dispuesto a enfrentarlo, y al poner el primer pie sobre el carpete, oigo la puerta de salida que se cierra con un baque sordo. Corro, el arma preparada, salgo al corredor; nadie; tarde, el kiler se esfumó.
Chamo a la portería. Hago una voz serena. No se trata de provocar alarma. Procuro tranquilizarme, modulo las palabras y pergunto:
-Dime, frangollo, el poto que quería parlarme está agí?
Se hace un tiempo corto y viene la contestación:
-Señor, el míster ya subió, conforme instrucciones suyas, subió hace uns diez minutos.
Corto la comunicación.
Guarashit, beibi! Es lo que decía: no hay que facilitar con el calor. Me doy cuenta que mientras estaba en los vapores, dos hombres se me metieron en el cuarto, no sé si llegaron juntos o vinieron uno después del otro. Eran dos y se fue uno. Uno de ellos utilizó a mi guagua para acabar con el otro. Quienes son, quién es el uno y quién es el otro, no sé.
Qué carajos hago con el que está tirado en el baño? La primera idea que me viene es la de arrojarlo a la calle por la ventana y transformarlo en problema colectivo: un cuerpo que aparece de repente, así porque sí, autofdeblú, es una preocupación para la urbe; es social, el problema pasa a ser de todos. La idea no fructifica porque estos malditos hoteles tienen ventanas que no se abren nunca: sucias, inmundas, con la maresía colada, pero fechadas, trancadas.
No se abren y estamos conversados.
—59→Tengo que pensar en una alternativa. El rumservis llega dentro de horas y la cosa toda puede quedarse fea. Estoy pensando en esto y suena el intercomunicador:
-La portería chama.
-Sí, goaged.
-Temos registro de uma visita al su apartamento.
-Sí?
-Míster Pietro, subió para falar y até agora non voltou.
Le pergunto, por si escuché mal:
-Pietro, míster Pietro, me falastes servidor?
Él no me contesta directamente, sigue con su mensaje:
-... Y segundo las normas da empresa hotelera, visita que permanece por más de un tiempito es hóspede e cobramos la diaria. El lema es. No nos interesa lo que os hospedes facem, interesa o que eles ocupam. Este es apenas un aviso.
Yo me intereso:
-Pietro me dice: tiene un outro nome?
El servidor eficiente me responde en el acto:
-Sim, es claro: Pietro Bolarda, tengo o registro dele bem na mea frente. Y quero avisar que estamos facturando a tarifa de duplo.
Me pudre esta obsesión monetaria:
-Moito bem.
Él me recita la fórmula contractual para que yo no le pueda hacer un losut futuro:
-Cliente avisado es cliente satisfecho.
Le indago:
-De qué manual es a frase, si se pode perguntar?
Él se llena de orgullo y me dice:
-Cum toda certeza que se pode perguntar ilustre cliente: guía Maruhilton do bom receber.
Le suplico:
—60→-Frangollo, me faz um favorciño lastimeiro?
Él está para eso y le gusta que le pidan:
-Pois non míster, con tuas ordens y mea devoción.
Yo le hago una pequeña pausa, suspiro y le lanzo:
-Atira o culu na vasura que tu merdeia pela boca.
Yo desligo: a los infernos com estos porteiros malditos: tuel!
Mi situación, ojándola por un punto de vista estratégico, no es buena y se complica.
Dejo para más tarde el problemita que se plantea, o que va a plantearse, con el occiso del baño. Tengo que buscarme clús y mi fuente es el ordenador. Tecleo el nombre de Carmen en el gem. Ella me aparece y me sonríe. Me fala de Pietro, me da el tal número, me dice que la encuentre si soy capaz. Lo vi a este filme antes. Comienzo con esta imagen y procuro los antecedentes. Quero saber qué acción la precedió. No sé si me siguen el pensamiento. Explico: busco las imágenes y por ende a toda la información que antecedió a aquel momento en que Carmen se me voltea y se ríe de mí. El ordenador pide que espere; procesa. Finalmente diz que terminó la operación. Informa:
-Dato no disponible.
Shit, cómo no disponible? Esto no es cosa del gem. Cualquier ordenador tiene un antes y un depois para cualquier situación. Insisto:
-Informe por qué la información no esta disponible? De forma inmediata me responde:
-Información no disponible.
Ocai. Busco la consecuencia, quiero saber qué hizo Carmen después de provocarme para que la encuentre. Aguardo la información:
—61→-Información no disponible.
Hago diferente: no creo que esto sea un mero acaso. Sospecho que alguien programó el aplicativo para esconder informaciones: Pergunto a la aplaianz:
-Quién determinó la sonegación de informaciones?
-Confidencial -me responde la máquina secretona y al mismo tiempo reveladora: hay una información que le fue pasada en confidencia y que ahora ella protege. Cosa del top, de alguno de la Sección Orden Promoción Personal y Ademaces, alguien bien plantado en la SOPPA, según mis deducciones. Gente del primer círculo de poder. Con qué propósitos, planos, uafores, me quieren sonegar información, non sei. En principio yo debería tener acceso a todas las informaciones referentes al target, quitando aquellas que hablan de momentos húmedos o íntimos de Mitre con su hembra. En principio yo tendría que ser informado de todo, en primera mano. No ocurre tal, el gem se niega a deducir escenarios virtuales a partir de datos axiomáticos que trae, yo sé que trae, en la memoria, obedeciendo a órdenes verticales que le dan.
Pienso un pequeño tiempo y se me ocurre una idea bastarda: si no tengo acceso a la máquina intentaré seducir a su prisionera. Carmen se encargará de doblegarla a la anatemática. Digo que es una idea bastarda por la sencilla razón de que no reconozco, de inmediato, su origen lógico ascendente. No es loable, ni eficiente tenerlas a estas ideas que son como impulsos de pecho o vientre, mucho más que ideas, pero, a falta de algo más objetivo, se me perdonará el pecadillo.
La tecleo a ella: Carmen se me aparece como siempre, gatutina y deslizante. Me tienta, se expone para que la vislumbre, porque sabe que de buenas a primeras yo no la —62→ puedo atrapar. Estoy en sus manos, hago parte de su voluntad malcriada. Pero eso, porque ella me objetiva, me ve de lejos o de afuera. Tengo que entrarla, a la máquina. Me defino de la manera más precisa que puedo, me describo en lo físico, pinto mi alma, listo rápidamente mis parámetros morales, recuento memorias, manías, vocaciones y broncas. Reviso el material; no me reconozco con facilidad en la descripción que me hago, sin embargo, analizo que soy así. Pues, si así soy, así soy. Inputeo estas informaciones en los circuitos del gem, me doy un nombre de archivo al acaso, y comienzo a evolucionar, propuesta semántica, desde una explosión de bits, diseñando, componiendo, modificando, el casi infinito espacio de la memoria todavía insignificante.
Voy a comenzar a desdoblarme en otro, cuando tocan a la puerta y me interrumpo. De reojo, veo una parte del cuerpo que está extendido sobre el piso del baño: el muerto. Pensando en que tengo que ser discreto, levanto la voz y pergunto a quien chama a la porta:
-Juis?
-Rumservis.
No pedí nada, no deseo nada, qué me vienen a molestar? Pergunto, haciendo voz de cansado como si estuviera en la cama:
-Qué quer?
-Preparar el cuarto para la noite.
-Ya está preparado.
Hay un momento de silencio. La voz de la culi me contesta:
-No está preparado que no está registrado.
-Yo lo preparé y ya estoy deitado.
Ella se impacienta:
-Anda, hóspede, abre que yo tengo que facer o cuarto.
-No abro que estoy deitado.
—63→-Abre amado hóspede, abre que tengo que facer o cuarto.
-Se tú me ama, dexa que eu durma.
-Abre te suplico.
-Y eu no abro.
Se calla, la culi, busca como seguir. No tarda:
-Hóspede do corazón, porque me faces sofrer: qué te fiz, qué te fiz, irse responde?
-Quem sufre soy yo, que estou deitado y no me dexas dormir.
Ella replica:
-Tú non sabes cómo yo sufro con a tua recusa.
-Me dexa en paz.
-Teño que entrar.
-Non te deixo.
-Te aviso que entro con la chave mestra.
Shit, mil veces shit. Me doy cuenta que no la puedo parar. El guía Maruhilton que practican en este hotel, es uno de los métodos más eficientes para lograr el binomio cortesía-rigidez de principios: si sigue el Maruhilton, entra, va a entrar.
Mudo de táctica. Revuelco la cama para dar la impresión de que estaba acostado y me meto en el baño. Tranco la puerta del baño, lo hago al cuerpo para un lado -pesa el bruto- y me quedo pelado para las circunstancias: aquí la culi no me entra, con guía o sin guía, no me entra. Me pongo en el vapor y al rato la oigo abrir la puerta del cuarto con el clásico:
-Amado cliente, te quero servir.
No le doy bola ni garantía, me contento en el calor. Como estoy en el baño, me dejo llevar para la vieja manía: preparo los pulmones para modular con altivez. Solto la voz con entusiasmo y canto en el vapor, mi himno querido, Maigüei. La culi que haga la cama, que limpie alfombras y armarios. Que me cierre las ventanas, corriendo las cortinas, que fasa lo —64→ que le canten los manuales. Yo por mi lado me emociono con la melodía que modulo. Y si a la culi de merda, al oírme cantar, le parece que soy un viejo culón, fakinshit, es mi manera de ser.
Que el calor es ovejero, ya dijimos todo y nada más hay que sumar. Canté varias veces hasta cansarme la voz. Me dejé estar en el vapor, perdí la hora. Cuando me di cuenta, no oí ruido que viniera desde el cuarto, puse uno más uno, y concluí que la culi había partido.
Me salgo del vapor, con cuidado abro la puerta, miro pa fuera y, así mismo como dije, el cuarto estaba vacío.
Hago un pequeño paréntesis porque me parece de justicia: Hay que reconocer que estos profesionales del agasajo son eficientes y sultanes. La cama está arreglada de una forma tal que a uno lo empuja la voluntad en su dirección; lo único que piensa uno es llegar a ella, meterse en ella. Las sábanas están dobladas, de un lado, ligeramente bombeadas, del otro, lisas como una campiña de bisontes, invitando al cuerpo a entrar para reposar. El color de la textura del lienzo es suave pero si uno lo oja con severidad, se adensa la textura y se pone fuerte el color para estopar la vigilia y traerlo al sueño de la mano. Sobre la cama, en bandeja oval, un plato de ostras, con limones zumosos y algas profundas que le quitan agua a la boca. En el ambiente, una nube invisible de perfume. La culi dejó la luz adecuada al momento, media luz, y encortinó las horribles ventanas de vidrios inmundos para callar a la urbe entera con sus salpicos de neón propagante.
Pensaba retomar la tarea que estaba por comenzar cuando golpearon a la puerta, pensaba encontrarla a Carmen, dentro del gem. Pero qué hacer en un ambiente de estos, preparado —65→ para un huésped? Me olvido del trabajo, de mi situación precaria, me considero cliente amado, hago lo que esperan que haga. Me siento en la cama, escojo una ostra, la rocío con limón, la ojo que se encoge, me la lénguo; después, una alga profunda, para marcar las resonancias del sabor. Espero que el frior me inunde, de boca a estómago, con la vigilia del alma y cuando ya me olvido de la sensación gustosa, repito la operación: la ostra, el limón, la alga profunda.
Me adentro en los lienzos carmosos: todavía siento que el colchón se me acomoda al cuerpo. Siento que me inundo de cansancios amigueros, pienso que las cosas se arreglan si se les da el tiempo suficiente para tanto, me aplaudo, ya casi sin fuerzas, por haber escogido el albergue en donde estoy, levanto una plegaria, casi inconsciente, para que al método Maruhilton, lo mantengan por los siglos de los siglos, sueño con Carmen, mi destino, mi misión. Una leve sombra de preocupación me quiere sacudir o despertar: plazos, incógnitas, dificultades, pero estoy en la cama: a las aflicciones que se las lleve el viento y me digo, sonámbulo y remembrante.
-Shit, tumorro is anaderdei
—[66]→ —67→
Me despierto con pocas ganas de despertarme. Estoy cansado. Me quedo un tiempo en la cama sin pensar en nada. Estiro los miembros, estiro los músculos, me lleno de preguisas.
Una sensación desagradable que no puedo identificar, me incomoda. Pienso que tengo un día duro por delante. Estoy en mi día segundo, me faltan cinco, y tengo que tomar algunas acciones. La puerta del baño está abierta. Levanto la cabeza. Veo la sombra del cuerpo estirado sobre el piso y entiendo en el acto, cual es la sensación desagradable que no podía identificar: no es apenas una sensación, es un aroma y es el aroma del muerto que está en el baño. Olfateo el aire. Como dije, soy bueno en olfatear. No es olor de la carne en putrefacción, es un olor más suave y al mismo tiempo más punzante: son los gases acéfalos del cuerpo que se abren camino por entre los dientes, por las narinas, por los oídos, por los ojos, gases que se empujan y filtran del interior de las ropas, y que se alzan en el encierre del cuarto. La noticia de la muerte ya está en el aire y cuando vuelva la culi del rumservis no habrá como blefar sobre algo tan serio. Una cosa es deletear un par de retirantes: a quién le importa el fin de un improductivo? Otra cosa es envolverse con muerte en —68→ las premisas de un hotel. El que entra a un hotel tiene perfil para tanto y donde hay biznes no puede haber dudas o desorden.
Calculo el tiempo que todavía tengo. No es mucho pero soy buen administrador de la escasez. Me pongo de pie, me dejo estar un buen periodo en el vapor, salgo, me visto, pego todo lo que puedo llevar sin causar sospechas prematuras en la portería y me voy, bai, bai.
Al pasar por la portería el frangollo me interpela:
-Míster, una atención, se pode.
Perguntan si pueden pero saben que pueden. Le devuelvo con el mismo cinismo:
-Si está en mi modesto alcance responder...
Se da un tiempito para registrar con la sonrisa pertinente el mimo «ofrecimiento aceptado». Después, con eficiencia:
-Su amigo todavía no confirmó el hospedaje.
Pienso rápido:
-Cuando llegó y lo dejaron subir, no mostró aidí?
-Sí, mostró.
-Identificación positiva?
-Con seguridad.
-Ocai, cuál es o problema: Tú lo viste bajar, servidor?
-Ni yo ni nadie lo vio.
-Pues porque está hospedado en el cuarto, no es así?
-Que está hospedado en el cuarto está, pero hay que explicitar.
Tengo que ganar tiempo y le lanzo con alguna firmeza:
-Está bem, cuando baje, dentro de poco, él explicita, firma, asume, carimba. Agora está cansado, no se durmió nada en la noche y él quiere dormir.
El frangollo mariketa me oja insinuante, de arriba a abajo, de abajo a arriba y suspira para sus interiores:
—69→-Guarenait, doli, guarenait!
No vale la pena explicarle nada. Le lanzo:
-Fakiu -y me voy.
Estoy yo con todas mis circunstancias. Me alejo del hotel y al mismo tiempo me acerco de algún punto que todavía no sé precisar. Busco un lugar seguro en donde pueda trabajar con el gem, meterme al mundo de Carmen y intentar salir de él con algún clú. En poco tiempo la culi del rumservis va a entrar al cuarto, todavía durmiente, cortinado, oliendo a muerto, va a descubrir la sorpresa helada que está en el baño; con certeza se va a asustar y va a sonar el alarme. En poco tiempo tendré gotos, mil gotos, en mis talones. Tengo que esconderme: me hago clandestino hasta encontrar a la hembra huida de Anastasio Mitre.
Camino con pasos rápidos. No tan rápidos que puedan despertar sospechas o chismerios. Busco una mela alejada y oscura para perderme por un tiempo. Seguro que encuentro un antro boticario colmado de delirantes, bebedores y dormitantes. Entre ellos estaré protegido por un rato.
Busco la ruela y la encuentro: la más oscura, la más perdida. Por la cara que presenta, gotos no pasan por aquí. No ponen sus botas sobre el piso carcomido de inmundicias. No botan sus pones en estos parajes de demonios en deterioro.
Me adentro por una portezuela que reclama guinzando de herrumbramiento. Bajo escalones desiguales. Me procuro encontrar en la turbiez del ambiente. La luz llega por una única claraboya recortada contra la calzada. Cuellos de botella, cosas embarradas, dorsos de ratas que pasan, se perfilan a contra luz. Busco un lugar para estar. Encuentro. Estoy por fin en el fondo, al abrigo de muchas cosas. El ejecutivo del lugar me —70→ oja a distancia. Debe estar confundido sobre mis propósitos. Tengo que amigarme con él. Me levanto y voy hasta donde está. Del otro lado del tampo de madera que sirve de balcón, él se aturde al ojarme y yo recibo su respiración de alcohol en plena cara.
-Profesor -le tiro mirra.
Él se gusta y se ilumina. Se da un tiempito para saborear el Olimpo. Satisfecho, abre los ojos y se coloca:
-Qué le doy a mi patrón?
-Paz, tranquilidad, una agüita para beber-. Le indico con la mirada el lugar que quiero ocupar y le digo lleno de complicidades: -amigo, procuro un canto en donde no me molesten: preciso terminar una historia que comenzó.
-Escritor el patrón?
-Ni tanto.
-Se asombra y me reprocha:
-Termina una historia, me contó.
Y yo:
-De facto, solo que la historia me la dieron comenzada. Y él:
-Coautor!
Lo malo del humo es que sube, sube, sube y no se lo puede parar. Para combatirlo hay que apagar el fuego, fuente de todo humo. Tengo paciencia y lo converso como igual:
-De una manera u otra siempre se está siendo coautor, no le parece?
-Depende en qué sentido me lo ponga.
-Póngase en mi lugar.
-Bueno, para empezar le tengo que decir que, de ser verdad lo que me dice, tendría que tenerlo en cuenta mucho más veces.
-Me lastimo pero no lo sigo: qué quiere decir?
-Quiero revelarme el temor que le tengo a las historias.
—71→-El miedo es el motor mayor de la evolución.
-Cree en ella?
-En la evolución? Sería considerado un ignorante si no la viera como segura.
-Me refería a la historia que quiere terminar.
-Eso es otra cosa.
-Pero cree en ella?
-No sé, voy creyendo en la medida en que me embarro en sus percances. Tengo momentos de fe y momentos que son duros de llevar por la soledad reconocida.
-La historia es un relato nunca una acción: cómo puede tener fe o dejar de tenerla si actúa. O bien le pasa eso cuando cuenta?
-Difícil decirlo, muy difícil.
Me estoy metiendo de cabeza en un bulshit que no tiene tamaño ni fin anticipado. Cuidado! es bueno parar. De vez en cuando Mitre hacía lo mismo, por puro descuido: comenzaba y cuando se daba cuenta el bulshit lo había enterrado varias veces. La gran diferencia es que él tenía la autoridad y el mando para desbulshitear cualquier cosa en cualquier momento. No es mi caso. Pongo una cara de antojos contrariados, suspiro hondo y lo quedo mirando, al ejecutivo, con la mirada vacía de carnero degollado. Él me pergunta:
-Qué haces?
Un relámpago de lembranzas cae en mi encima. Me sorprendo y me lleno de emoción por Andrés.
Quieren saber, quieren saber de verdad? Miren: la luz era aquella, en mi imaginación era aquella, el ambiente me recordó el mismo ambiente, y sentí que me ponían la pelota enfrente al arco para que la chutara al gol. Qué situación! Por todo esto pensé, bah! va al carajo, me animé y le respondí, triunfante:
-Escribo Paludes!
—72→Ni siempre se puede uno dar el gusto fresco de la molecage suelta. Me di el gusto, lo dejé pasmado al ejecutivo, no desconfiado, pasmado apenas y volvía instalarme en el lugar que había escogido para trabajar. Tuel, que uno se siente bien con una buena molecage.
Me pongo confortable sobre la butaca, tiro mi gem, lo apoyo sobre la cubierta plástica de la mesa, y la llamo a Carmen. No tarda en llegar, la veo sobre la pantalla. Ocurre lo mismo de antes: ella modula el nombre de Pietro, me dice el número, se ríe de mí, va a irse, desaforada, va a dejarme como siempre pero en ese instante, la entro a mi imagen informatizada en el ordenador: yo aparezco atrás de Carmen en el momento en que ella se vira para ojarme por pantalla. Carmen se sobresalta al verme a su lado. Es el instante en que me dice que la encuentre si soy capaz. Como estoy a su lado, se calla. La veo que duda. Se recompone llena de vida y sin mirar a la pantalla pero mirándome a mí, modifica su discurso y me lanza sin pudores.
-Me leva si tu for homem.
Me quedo quieto, virtual y ella se aleja presumida.
Estoy quieto en mi butaca, circulado por los deshechos del mundo. Ojo las demás butacas que se sombrean en el oscuro: es mucho si puedo ver formas definidas, no sé si de hombres o de mujeres. Cada uno en su nido de fantasía, durmientes, embotados en la borra que todos huelen y respiran como aire infectante de foiarbaj. Toman sorbos largos, o inspiran, ávidos por felicidad, o fuman a quemarse los pulmones. De repente, en el ambiente, se deja oír una exaltación de palabras sin sentido, alguien no ataja la garganta y exhala sonidos con —73→ semblanza de primordios; nadie da bola, cada uno está con su cada cual; y yo que estoy pensante, digo que son vanos chisporroteos que callan y no prosperan, partidos de ganas frígidas como yermas repetidas mil veces. No son nada, por más que manifiesten, son tentativas de hacer sentido, islas casuales de un mar hundido.
Estoy quieto en mi butaca, veo, ojo y por esta atención de voluntad, me diferencio, me volteo de cabeza y pies y digo que tengo salvación; tengo consciencia y redención.
La dejo a Carmen partir con ventaja de distancia, no importa: aquí la encuentro a la vuelta de un axioma, en la cuenta de bits esclavachos. Es el gem, son los aplicativos: suponiendo que, determinados parámetros, entonces, sigue que, y la reencuentro belezante de miradas, compuesta para mí y mis circunstancias, otra vez, repetición voluntaria, que ahora tiene más propiedad. Guarefokintoy, beibi! Me siguen? Guarefokintoy.
Un día de verano, de aire abierto y caliente. Nada para tapar la vista, que se puede alejar, libre, como quiera y en cualquier dirección. Como soy yo el que axioma, voy a axiomar a la felicidad o a los insaits arquetipales que tengo de ella: un día de verano, abierto y franco, la luz hermana con alegría cualquier dirección. Oigo rumor a agua.
La chamo a Carmen. Ella se me aparece espléndida y muleca, me oja de lejos, se ríe y me va a repetir, pero siempre por primera vez, lo de Pietro. No me hubiese importado oírla falar, con aquella voz carnosa de atorrancia: es verano y todo es posible. Pero pienso diferente y la interrumpo:
-No me fala de Pietro.
Ella no dice nada; me mira y apenas puedo ver un tenue velo de contrariedad que aparece, de repente, sobre su rostro. —74→ De la misma forma como apareció se esfumó y ella, de vuelta, me ojaba soberana. Antes que pudiera decirme nada, insistí:
-Lo de Pietro lo conozco, Carmen.
Por primera vez la chamara por el nombre. Una emoción de descubierta, de intimidad repentina. Ella se aproximó y cuando estaba tan cerca que le podía sentir el perfume, me largó, para que yo entendiera como pudiera:
-Tú no sabe de nada, goto.
Me lastimó las entrañas que me chamara así, me hirió en lo más escondido de mi intimidad, allí donde se prende el carboncito para cocinar lentamente el auto estima; me dolió que ella, Carmen, me refiriera como goto. Me pensaba mucho mejor a sus ojos o me gustaría saber que así podría ser.
Que merda! Yo que me creía el banban. Decido que no es el momento ni tampoco el lugar para lamentarme o para sumergirme en consideraciones y análisis de complacencia. Si me duele, me guardo el dolor para ruminarlo después. Me pongo cara de malo, la ojo mortal y le lanzo:
-Que no sei, no sei. Mas que vou saber, vou saber.
Ella no se inmuta, no veo que se inmute y me tira:
-Fakiu.
Después se aleja, situada en algún mundo paralelo que a veces está a mi lado pero al cual no puede acceder.
Camino por los parajes nuevos que me son abiertos por la hipótesis Carmen. Por aquí no hay ruelas inmundas, no hay lluvina pegajosa, no hay peligros abundantes. Me lo sé un poco a este mundo por mis andanzas con Mitre en los tiempos en que lo servía más de cerca. Podría saberlo más si mi relación con el Presidente, como ya dije en el comienzo, no —75→ fuese tan nocturna. Me imagino que en estas partes encerradas se puede andar sin calzante, tal es la suavidad del piso. Qué idea!
Llego a una esquina. Atravieso la avenida. Camino en la sombra de los árboles que margean las casas de madera. Paso delante de una casa blanca: la puerta principal está entreabierta. No peleo la compulsión de acercarme. A medida que me acerco, oigo voces que vienen del interior de la casa. Me llego más aún. Entro. La sala está desarreglada con suavidad, como si todavía no la hubiesen desperezado, abriéndole cortinas para la luz de la mañana: platos de un esnac rápido, calzantes de mujer, un lado en pie, un lado acostado, hojas de lectura por el piso. Las voces se hacen desde un cuarto; parlan, un hombre y una mujer. La mujer es Carmen, revivo su voz. Me atrevo hasta la puerta. Apresto oídos. Carmen expone. Abro la puerta: una ventana abierta, una cortina soplada y la forma del hombre que se aleja, hundiéndose en las sombras del jardín. Hago la cortina a un lado y estoy solo en el jardín, entre los árboles del verano. Me volteo sobre mí mismo: allí está la casa, con la puerta principal entreabierta. Me animo, me acerco. Oigo voces interiores, una de ellas es de Carmen; entro a la sala que está desarreglada con calzantes tirados, hojas de lectura esparcidas y un plato de manzanas doradas a mitad comidas. Las voces me reclaman y me acerco a la puerta de donde salen. Abro la puerta y puedo ver una ventana abierta que abordó un hombre en fuga. La cortina se mueve solitaria y ella me lo delata. La separo para continuar y estoy en el jardín.
Vuelvo a la casa blanca con la puerta entreabierta. Entro. Voy hasta la puerta del cuarto. La oigo a Carmen. No entro. Espero una pausa en su exposición. La aprovecho y me hago oír. Anuncio:
—76→-No entro.
No me responden de adentro pero el silencio que se manifiesta me asegura que me oyeron y saben que estoy a la puerta. Yo mismo continúo:
-No entro, mas quero conversar -y le adiciono, mañoso- puedo?
No me responden enseguida. Oigo que se mueven en el cuarto, oigo pasos que se acercan de la puerta. Carmen es la que habla:
-Estoy aquí.
La voz es prestativa y por primera vez en esta historia toda, estou a punto de mantener un diálogo que puede ser revelador para el guai y el varum de mi presencia aquí. Ella está del otro lado de la puerta, alejada de mis ojos, pero puedo hablarle con la imaginación que, sabe gastón, no es nunca simple alegoría repetida y sí su real construcción.
Me animo, lleno de vontades:
-Camón beibi, quem está contigo?
No me cabía hacer la pergunta, afinal, las órdenes eran de encontrarla y llevarla de vuelta a su dueño. Su amo que le cuestionase sobre los porqués, los porcuántos y los conquiénes. No era mi biznes entrar en cuestiones particulares y saber con quién estaba; de seguro que no me llevaría a alguna información para ubicarla. De curiosón, de metidote, que a veces soy, le hice la pergunta.
(Le hice la cuestión, está hecha, y seguro, me juego lo que no tengo, que ahora todos, toditos, quieren saber con quién estaba ella; claro que sí, que quieren saber. Hay que tener un cuidado sacramental con los impulsos de vientre que invaden los centros protegidos de la acción y le hacen hacer a uno cualquier cosa. Shit!).
—77→Carmen vuelve a hablarme:
-Tú me diz que quer conversar, mas comienzas con perguntas que imponen una dirección al diálogo. Existe algo de más adolescente, te pergunto?
Dice adolescente pero quiere decir inseguro: encuentra que mi postura es insegura. Le retorco con lo primero que me sale de la boca.
-Soy un adolescente, Carmen: Juventud, divino tesoro! Habré tomado purgante de beterraba o sopa de pato silvestre y debo estar con acné en la lengua para decir lo que acabo de decir. Carmen se ríe de mi parlatorio plumero y me desprecia; suelta la voz y dice:
-Te tragaste un pato silvestre con plumas de beterraba, comilón. Te saldrá acné en la lengua.
Yo procuro reencontrar el rumbo perdido:
-Ni siempre se puede evitar el ridículo.
Y ella:
-Lo siento por ti y te acompaño en el dolor. Una situación así lo deja a uno por el suelo con ganas de ser tragado por la tierra.
Y yo:
-Me reconfortan tus palabras. En estos momentos de crisis, son fundamentales las locuciones de estirpe.
-El tropezón de ridiculez te dejó tan mal así?
-Me dejó con un gusto amargo en la lengua y cuando hay gusto amargo en la bush, o hay problema de raíz, o hay escombros en el ser.
Otra vez y de forma inconsciente me estoy metiendo en un bulshit de llenar las medidas. Es que tengo plazos que cumplir y todavía mucho que andar antes de dormir, mucho que andar antes de dormir. Me explico lépido, que si no, se bobea —78→ congelante el bulshit del bulshit. Quiero decir que cuando se está libre para investigar las ideas vienen solas. Uno se prepara, se predispone a ellas y, de repente, las ideas llegan, repentinas pero nunca inesperadas. Es diferente cuando hay plazos, cuando los plazos para la investigación son cortos, porque plazos largos son como la ausencia de cualquier plazo: el infierno se vuelve terrenal y la cabeza quema para comandar a los dedos que deben formar la trama de la investigación. Por eso el bulshit es siempre una amenaza latente a la cual se quiere derrapar para ganar espacios e ir cumpliendo las reglas del juego que establecen mínimos e máximos. Por eso, y volviendo al punto reclamado, yo, por mí, qué hago en esta situación, qué haría en esta situación que me toca vivir? Saben lo que hago, por mí, saben lo que hago en este momento, parado delante de la puerta? Abro la puerta, la puerta del cuarto, la seguro, bien segura, a Carmen, por el brazo y me la arrastro hasta jogarla prostrada a los pies de Mitre; por mí hago eso y termina todo.
Pero no hago eso, no puedo hacer esto, por lo menos no todavía. Intenté esta salida al entrar a la casa, a la sala, al cuarto por primera vez. Por curiosidad de auténtico pajero, intenté ojar a quien se había escapado por la ventana. Perdición mítica. Corrí la cortina y estaba de vuelta en el comienzo mesmo de la situación, afuera de la casa, si me entienden lo que quiero decir. Ahora es tarde para actuar como hubiese actuado o como quería haber actuado. Vi a alguien que salía del cuarto, lo vi, comenté que lo había visto, desperté a la curiosidad. Shit. Vamos enfrente, que cuando se acordan ciertos dragones, no hay otra solución que no sea continuar. Vou retomar el diálogo interrumpido para las explicaciones:
-Está bem, está bem, nada de perguntas, nada de imposiciones costumeiras. No se me ocurre, por ahora, un —79→ diálogo, estoy seco de adentro. Tu ficas por ahí, no te molesto. Yo me voy para volver más tarde.
Ella se tira una carcajada solerte y me responde marcial:
-Te espero forastero!
La dejo, la apago en el gem y veo, a mi vuelta, la inmundicie del penochón.
El ejecutivo del lugar parece dormitar en su puesto, detrás del mostrador. Los de siempre se enajenan en los vapores que nuvean el salón. Como ya dije, no hay silencio porque se oyen palabras que ahora y después, salen desconexas de las bocas. Pero a pesar de esto, por la insignificancia de los sentidos, es como si fuera silencio, por todos los cantos. Me levanto y me voy al ejecutivo:
-Míster, que agüita se puede tomar?
El ejecutivo tiene un sobresalto al despertarse; se esfrega los ojos, me mira aturdido. Yo espero que mi pergunta llegue a su entendimiento. Él se enderecha en la butaca y me lanza:
-Aguita de lejos o de perto, quer el patrón?
Yo lo ojo y pienso que inspiro su confianza, de otra forma no me hubiese revelado de manera tan abierta la desobediencia a la prohibición de comerciar aguitas de lejos. Hago cara de circunstancias, levanto las cejas para insinuar admiración. Le lanzo, para congratularlo:
-Baluarte do vicio.
Él se ríe como se reiría un perro casero si se pudiera reír al recibir un afago en la cabeza. Me responde:
-Para servir al patrón.
-Y la aguita, la mejor?
-Aguita de Irlanda, qué tal?
De Irlanda? Puerra, que este lugar no es tan de lo último así. El ejecutivo tiene coisa boa y coisa boa atrae las coisas —80→ malas. Creo que además de ratas, si hay de Irlanda, habrán gotos, con toda certeza. Le formulo:
-Estoy seguro aquí, pensas?
-Para terminar tu historia?
-Para unas cositas más.
Él me mira, levanta la vista y creo que está curioso para saber qué cositas más son esas a que me refiero.
-Hay cositas y hay cosonas.
No tengo interés en adelantarle nada pero tampoco debo enseñarle hostilidad. Voy con cautela y con voz amiguera.
-Cositas de la tierra, infortunios de humedad, si me capta con delicia.
Él se sonríe, balanza la cabeza, baja la mirada y me devuelve lastimoso:
-Las hembras, las hembras, lo que no haría por tener el cariño de una.
Me habla y se acaricia las manos como si imitara una vieja lembranza. Yo le indago:
-Y por qué no la tens a una hembra?
-Por una cuestionsita aquí y otra cuestionsita más allá.
El ejecutivo parece de veras triste y solitario. Ojo en vuelta porque tengo registrado algo indefinido en el inconsciente. No demoro en encontrar lo que busco. Al entrar, sin querer, me fijé en ella. Es una morena, de pelo fuerte, cara ancha, labios desbocados, tetas en volumen y más no puedo decir porque el resto se esconde por detrás de la mesa en que está. Una beibi para no dejarse así no más. Había en su delante, una buena copa de aguita. Fumaba en desespero de su pipa. Tenía la mirada deslocada.
Le cutuco al ejecutivo y le punteo la morena. Él mira en la dirección que le muestro. Me devuelve una expresión sin socorro. Yo estimulo:
—81→-Profesor, aquela guaya, pelo que veo, da caldito pra um batallón. Por qué non se anima?
Él me responde sin ánimos:
-El patrón tem talento de buen ojador: ella sabe hacer. Es mi mujer. Mas non da cariño. Tenemos un biznes: ella se deja hacer, yo le doy aguita.
Al herido de superficie sí se le muestra sangre, es capaz de hacer un derrame de consecuencias. Para evitar que me alquile como compadre de drama, corto el tema por la raíz y le lanzo:
-Amigo, te cuento una confidencia ruminosa: así es siempre, el mundo es así, sin cariños gratuitos; todo es biznes.
Él suspira hondo, no levanta la mirada:
-Un cariñito desvinculado no me facía mal. Me impaciento:
-Mas no tem y si no tem, no tem.
Le hablo duro que de otra forma la hemorragia no estanca. Estoy interesado en averiguar sobre mi seguridad. Le lanzo:
-Tem coisa boa na tua casa. Con certeza frecuencia buena, noguaraimin? Como perguntaba, estoy seguro aquí, pensas?
-Mi casa es mi casa y la de mis amigos.
-Y si gotos hipotéticos perguntan?
Él se da el tiempo del drama, se cosa la cabeza, me mira y me lanza, actuante:
-Patrón forastero, al dongivedam.
Con la aguita de Irlanda sorbida con calma y en el ambiente de turbia promiscuidad que impera, me embarco pa bien lejos. Me dejo estar sin remorsos o castigos inventados. No puedo decir que este tipo de ficada sea de mi predilección, de ninguna manera. Pero pienso que preciso de un recúo con relación a —82→ Carmen. Estoy entrando en nuevo campo de la investigación y quiero perderme de la vigilia para volver con mejores ojos. Me dejo estar en mi canto propio y en poco tiempo todo se esfuma.
Me incorporo con violencia sobre mi butaca. Una idea tenebrosa se me ocurre. Golpeo la mesa veinte veces por no habérseme ocurrido esto antes. Me asusto. Pienso en la incursión que hice al encuentro de Carmen. Veo la casa con la puerta entreabierta, lembro que entro a la casa, entro al cuarto en el momento en que alguien fuge. No veo quién es. Es un hombre y me lleno de pavor al intuir que tal hombre no es otro que el Presidente Anastasio Mitre, saliendo por la ventana al presentir mi entrada al cuarto. Con seguridad la guardia palacíana no apagó todas las presencias suyas y este pedazito que se mantiene en la memoria del gem, se asusta cuando me oye llegar. Maldición, si es verdad lo que pienso, estoy mal. Tengo que averiguar. Preparo el gem. La llamo a Carmen, debo encontrarla, a ella sola, y saber la verdad. La preparo, la tecleo. Ella aparece y no me mira. Pienso que no sabe de mi presencia. Está sentada y parece que olía algo que tiene sobre la falda. Yo me quedo un rato sin importunarla. Cuando voy a meterme, ella, sin levantar la vista, me lanza con desprecios de un borbón:
-Este tipo de interferencia va a ocurrir a menudo?
Me toma de sorpresa. Por lo visto me tenía presente desde el inicio. Yo le respondo:
-Estoy utilizando las hipótesis que los aplicativos permiten.
-Y mi privacidad?
-No hay privacidad cuando otros formulan las hipótesis.
Ella suspira pero no levanta la cabeza. Continúa entretenida en algo que tiene entre la falda. Le digo la verdad, apenas, eso. No quiero indisponerla contra mí. Le hago la pergunta:
—83→-Carmen en la última vez que me puse a tu lado, todo comenzaba con una casa que tenía una puerta entreabierta. Yo entraba a esta casa porque en ella oía a dos personas que hablaban. Una de las voces era la tuya. Las voces llegaban de un cuarto. La puerta de este cuarto estaba cerrada. Yo abrí la puerta y vi que un hombre huía por la ventana abierta. Intenté perseguirlo pero lo perdí. Dos veces entré al cuarto, las dos veces un hombre huye, las dos veces lo pierdo.
Ella parece que no me escuta. Le pergunto:
-Me oyes?
-Te escuto.
Me atrevo con cautela a perguntar:
-Quién sale por la ventana?
Ella se larga en una carcajada gustosa. Me mira, atrevida y me lanza:
-Quién sale por la ventana?
Yo le retomo el hilo:
-Sí, quién es?
Ella me responde, cargada de malicia:
-Por qué tú no dices, quién foge, en vez de quién sale?
Le miento:
-No sé si está fuchindo o si sale.
Ella se ríe y me confirma:
-El que sale por la ventana, apresurado, cuando tú entras, está fuchindo con piernas de viento. Se aleja cuando oye que alguien llega.
Carmen me oja directamente en los ojos. Yo me atrevo a seguir:
-Y quién sería, el que foche, si es que foche?
Ella abre los brazos, como si estuviera sorprendida. Me lanza:
-Cómo voy a saber yo?
—84→-Tú estabas en el cuarto con él.
Ella baja los brazos, me sigue ojando y está curiosa. Me lanza maternal:
-Beibi, yo no estaba en el cuarto, yo no estaba en lugar alguno. Tú abriste la puerta, entraste, ahí, entonces, yo estaba en el cuarto: yo y más un fuchitivo que no sé quien puede ser y que, me cuentas, sale fuchido por la ventana. Esa es tu historia, son tus hipótesis, es tu aplicativo, es el maldito gem que me interfiere a cada rato. No tengo nada a ver con todo esto, soy víctima.
-Tú hablabas con él, vas a negar?
Se me pone callada. Piensa o busca una respuesta.
-Hablaba por mi parte, no sé con quién hablaba.
-Era un diálogo.
Yo mismo no podía decir con quién hablaba. La voz del macho no me llegaba clara. Pero ella tenía que saber. Carmen me responde con alguna indignación en la voz:
-Seguro que era un diálogo, no soy loca para hablar sola o con las paredes. Todavía no soy loca.
Yo insisto:
-Entonces quién era?
-No sé.
Estaba dispuesto a continuar mi interrogatorio y estoy seguro que algún clú me podría conseguir. Soy bueno en esto de interrogar, tuve muchísima práctica en trabajos especiales que hice para Mitre. Interrogué a potos a pedido de Mitre. Claro que aquellos a quien me refiero no había que tratarlos de forma tan oratorial o parlante, si es que me entienden. En aquellos casos, yo sabía de antemano lo que quería que ellos me contaran y entonces buscaba apenitas la confirmación: es diferente y es más físico: hablamos de carne y hueso, de hueso y carne. En este caso, aquí con Carmen, cómo carajos voy a —85→ ejercer lo físico si ella es una virtualidad? Es mi primera vez en esta modalidad, mi primera investigación desde un gem. El procedimiento es diferente, menos físico, más pensante. La conclusión es la misma. Por las buenas o por las malas, la tengo que hacer hablar, ella me cuenta, descubro en dónde está y se acaba todo. Con paciencia y maña la hago hablar, que a las mujeres les gusta la maña, y simpatizan con la paciencia. Pues entonces, como estaba diciendo, iba a continuar con las perguntas, iba a continuar con mi trabajo paciente de investigador, cuando se me alerta el oído. Es un ruido de gente que viene. El ruido es de mi entorno y no viene del gem. El ejecutivo dormita detrás del mostrador. En eso se abre la puerta que da para la ruela. Un caño de luz turbia se proyecta desde afuera. Dos hombres en uniforme se introducen. Sin pensar, apalpo mi guagua, ojándolo a los gotos de lado. Los gotos se mueven en dirección al mostrador. El ejecutivo los recibe como si los reconociera de a mucho. Parecen amigos. Yo paro los oídos para flagrar cualquier indiscreción. Imposible oír algo: hablan en voz baja. Yo fico quieto. Uno de los gotos mira en volta. Además de ficar quieto, me achico en la butaca, siempre observando de lado lo que puede pasar. Tengo la impresión de que la mirada del goto estaciona sobre mi butaca. Queda un tiempo parada, la mirada del goto. Puedo ver que el goto le pergunta alguna cosa al ejecutivo. Calculo una acción evasiva. Soy capas de armar un despelote con todas las mesas ocupadas y huir enmedio a la confusión y al humo.
Si voy a actuar tengo que actuar ya, no puedo esperar, si es que quiero mantener el factor sorpresa de mi lado. Me dispongo a la acción, le aviso a la guagua, alerto los músculos y estoy al borde de comenzar cuando veo que los gotos se sonríen, descontraídos, con el ejecutivo. El ejecutivo les sirve una aguita, seguro que la de Irlanda; los tres trocan más algunas —86→ palabras y se despiden. Yo espero un tiempito y me doy cuenta, por el corazón acelerado que me golpea el pecho, que me asusto.
Como quien no quer nada, me chego hasta el ejecutivo:
-Profesor -le incienso- se pode saber algo?
El ejecutivo no me pone su mirada y me responde con voz durmiente.
-El patrón pergunta lo que quer.
Yo aprovecho la oportunidad que él me da e vou directo al grano.
-Qué facían los dos gotos, se perguntar no lástima?
El ejecutivo levanta los ojos, me oja y me lanza, como si estuviera revelando todo lo obvio del mundo. Se abre los brazos y dice:
-La aguita de Irlanda, patrón.
Aguita de Irlanda, maifut. Que la aguita atrae y que la aguita de Irlanda es motor para sorver gotos, no hay como negar, pero no creo que en este caso, la visita de los gotos, sea apenas causada por la aguita de Irlanda. Aquí hay cosa, filin de sobreviviente. Me quedo en mi lugar. No le reprocho nada al ejecutivo que es para no quebrantar las buenas relaciones que quiero mantener; pero me quedo con un pie atrás. Le reconozco la excelencia de la aguita y él me acredita a cuenta otra porción. La pruebo de labio, bajo su supervisión:
-A cada nuevo trago aumenta el duende.
-El patrón conoce lo bueno.
-Te digo una cosa, buen profesor: estive en mil partes do mundo, estive en palacios que tú non quer saber, y nunca me la sentí tan relamiente a esta aguita de Irlanda que tens aquí.
Era casi cierto. La aguita que el ejecutivo tenía era de primerísima y las que había sorbido yo en mis andanzas por el —87→ mundo, no eran peores, eran iguales. La diferencia estaba en los palacios, que el entorno, cuando es lujoso, le cambia el paladar a uno. Por eso, y nada más que por eso, digo lo que dije «que era casi cierto».
Después de haber aplaudido su producto le indago de nuevo al ejecutivo sobre la visita de ahorita que es lo que me interesa en el momento. Le pergunto:
-Los gotos de ahorita, pareció que ojaban en mi dirección. El ejecutivo anota mis gastos en un viejo cuaderno de almacén. Mientras escribe de forma pausada y con buena caligrafía, los valores de mis gastanzas, en las columnas pertinentes, me va diciendo como si fuera sabio:
-No te conocen, por qué te ojarían?
Espero un tiempo de prudencia, que no quiero parecer afectado por mis intuiciones o por los acontecimientos y le pergunto, con la voz más inocente que puedo imitar:
-No perguntaron quién era o forastero?
Él termina de escribir un número, después levanta la mirada, y me dice, ojándome los ojos:
-No.
Suspiro en imaginación y le digo con una sonrisa y como si fuera cínico:
-Buen, pues estou aliviado.
No estoy aliviado y si le digo esto al ejecutivo es para obligarlo a bajar la guardia. Si él me ve tranquilo y desguardado, hará algún movimiento en mi contra, esto es, si hay créditos en mis sospechas, y entonces lo podré sorprender. Hay que esperar el momento apropiado para cosechar. Creo que me cree cuando le digo que huyo porque tengo pendencias con mujer, creo que el motivo que le muestro, le pajeriza la fantasía y lo hace cosquillear de vientre; de alguna forma me transformo en su ideal o en su héroe, así creo. Estos potos se —88→ pasan la vida encogidos y se quieren desperezar con cualquier solcito de fantasía. Me dispongo a volver a mi lugar, me volteo con mi aguita, voy saliendo. Oigo que el ejecutivo se limpia la garganta como si se prepara para decir algo molesto. Me dice a espaldas:
-Tu matou un hombre.
No me pergunta, me dice. Lo oigo toser de nuevo y me imagino que está contrariado con lo que acaba de decir. Me volteo, de forma lenta, hasta encararlo de frente. Él me está ojando con atención. Le lanzo:
-El goto te dijo que yo había matado?
No me responde al instante. Mexe con los dedos sobre el cuaderno de almacén. Después responde, modulando las palabras:
-Me dijo que alguien que ellos procuran había matado -y repite- alguien que ellos procuran.
-Mas tú me dicestes que yo había matado.
Él traga en seco:
-Dije de una manera de decir, como si estuviera perguntando.
Yo insisto, quiero aclarar la cuestión para poner las cosas en claro:
-Tú perguntabas o afirmaste?
El ejecutivo intenta armar una sonrisa pálida, quiere ser bonachón, se presta en ideas para que yo le pase la mano por el oso de peluche imaginario que lleva en la cabeza:
-Perguntaba, por perguntar -y agrega, con maña-. No creo.
Pienso rápido y me digo que le revelaré la verdad. Será mejor. Le suelto, bien sincero:
-Eu non matei.
Él baja la mirada, y murmura:
-Los gotos diceran que alguien mató.
—89→Yo levanto los hombros con decisión y pergunto:
-Y quién puede ser, el que matou?
El ejecutivo no levanta la mirada pero pone cara de indignado:
-Ni ellos, que son ellos, saben, con toda esta la inseguridad reinante.
Yo le concuerdo:
-Hay tanto desmando que puede ser cualquiera.
-Así es patrón, así es.
Abro los brazos, lo miro con cara de perdido y antes de voltearme para llegar a mi lugar, le lanzo:
-Que lo procuren entonces y que nos deixen en paz.
Voy caminado. Lo oigo que me informa:
-Foi lo que les dije, patrón.