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El humanismo solidario en la poesía de Leopoldo de Luis

Manuel Gahete Jurado

Leopoldo de Luis (1918-2005) conoce a Miguel Hernández (1910-1942) en 1935, con apenas diecisiete años, ocho menos que el poeta de Orihuela, cuando apenas acababa de llegar a Madrid. De cuna y formación diferentes, fue más la pasión por los libros que la ideología lo que unió a estos dos creadores. Leopoldo procedía de una familia avezada a la lectura. Su padre, Alejandro Urrutia, era un intelectual del grupo modernista cordobés, abogado, poeta, republicano y amigo, entre otros, de Julio Romero de Torres. Miguel, empero, tuvo que luchar contra la adversidad de sus orígenes. Esencialmente autodidacta, cuando su padre lo aparta de la escuela para convertirlo en pastor de cabras, serán los libros su principal fuente de educación y sus maestros los grandes autores del Siglo de Oro: Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Góngora. Al estallar la Guerra Civil, ambos se alistan en el ejército republicano y profundizan en su amistad. Juntos publican un pequeño libro que recoge poemas de guerra, donde también participa Gabriel Baldrich, otro poeta combatiente. El original de este libro ha estado expuesto en la sede del Instituto Cervantes de Madrid como parte de la exposición Leopoldo de Luis, poeta en un tiempo sombrío, clausurada el pasado 30 de septiembre, y se guarda celosamente en la Fundación Miguel Hernández que lo aportó. La guerra unirá además a otros poetas, Germán Bleiberg y Rafael Múgica (luego Gabriel Celaya), representante por antonomasia de la llamada poesía social, y todos de honda raigambre humanista, creadores que utilizarán la palabra como arma en un tiempo oscuro que acabó con la vida de miles y miles de seres humanos.

Sin embargo, como afirma Navarro Viguera (2015),

si se quiere etiquetar de algún modo la obra deluisiana, como síntesis de su labor poética, no es el de poeta social el calificativo más acertado, por cuanto su escritura comprometida apenas ha seguido los cánones dictados por la crítica y la metaliteratura del momento. Comparada con el resto de su producción, la etapa social -además de algunos poemas posteriores claramente denunciatorios de las injusticias del mundo- es una manera que representa mínimamente la forma de expresar un compromiso universal con el hombre y con la búsqueda del sentido de la vida; incluso cuantitativamente, la suma de todos esos textos sociales es insignificante si se compara con el humanismo existencialista que desarrolla en sus poemarios desde los orígenes hasta los últimos escritos.

(pp. 8-9)



No existe mejor modo de acercarse a la poesía de Leopoldo de Luis que a través de este hilo conductor del humanismo porque, si algún poeta ha sentido con más intensidad al hombre en su máxima dimensión, ese ha sido sin duda Leopoldo de Luis. Muchos críticos han confundido esta intensidad humana con los cánones, ciertamente difuminados, de la poesía social pero se equivocan por ignorancia aquellos que han preterido su obra sin discernir los límites; límites que no podemos abordar en un sucinto ensayo sobre la personalidad del poeta que, como afirmaba Antonio Machado sobre su propia obra, tenía el propósito de dirigirse a los universales del sentimiento, porque para hablar a alguien hay que hablar al hombre y, para hablar al hombre, hablar primero a un hombre (citado en De Luis, p. 809).

Catalogar a Leopoldo de Luis como poeta social tendría tan escaso carácter crítico como aplicar esta denominación a Miguel Hernández porque parte de su obra incidiera sobre aspectos aparentemente sociales cuando en realidad iban directos a restituir la dignidad y los derechos del hombre sea cual fuere el ámbito donde ejerciera su decurso vital. Y esto no significa que Miguel Hernández se enajenara de los problemas de clase que él sufrió pública e íntimamente o que su Cancionero y romancero de ausencias no fuera el germen de la poesía social que más tarde inundaría el panorama de la literatura española de posguerra con nombre tan rutilantes como Blas de Otero y Gabriel Celaya, a quienes este marbete tan poco grato para la poesía ha marcado con letra escarlata, secundado por otros creadores de la época -Gloria Fuertes, José Hierro, Carlos Bousoño, Ángela Figuera Aymerih-, entre los que se incluye al propio Leopoldo de Luis (Larrabide Achútegui, 1997, p. 348). Cuestión muy distinta es que Leopoldo interpretara mejor que nadie la vibración humana de una sociedad desolada por las secuelas de la guerra civil denigratoria que su familia había sufrido como tantas otras familias españolas obligadas a soportar la miseria, el desprecio y el exilio. Porque su carácter era sereno, siempre actuó con prudencia y escribió con mesura. Era consciente de que la violencia no podía solventar tanto desmán acaecido y alentaba la desolación con la esperanza de cambiar una situación insolidaria e inhóspita.

Lector acérrimo, nadie como él supo adaptar lo mejor de la tradición de nuestra literatura a la época que le tocó vivir (Asensi, 2003, p. 60). Porque Leopoldo sabía que el valor estético era esencial para la poesía, lo que no significaba una exclusión del valor ético que los poetas, llamados equívocamente sociales, ponderaban sin exclusividad junto a la perfección formal de la poesía. Leopoldo defendía que la llamada poesía social más que una moda era un modo de enfrentarse al mundo e interpretarlo; e insistía en los procesos temporales y las circunstancias históricas que marcan las sociedades (Asensi, 2004, p. 55). La respuesta del poeta no es necesariamente equiparable en unos u otros, de hecho, ante determinadas situaciones, unos prefieren rebelarse sin sutilezas ante lo que acontece y otros se revelan iluminando un universo donde también trasparece de manera mucho más sutil el desengaño del mundo.

Serían incontables los testimonios que demuestran la intensidad humana de un hombre preocupado por transmitir con precisión técnica y deslumbramiento verbal la belleza de la expresión poética. Francisco Umbral afirmaba: «Es un importantísimo poeta, pero por su estética, a la que sigue siendo fiel desde siempre, además de ir a contracorriente de las modas desde hace tres décadas, no parece tener sitio en este final de siglo. Personalmente lo lamento porque pienso que hace gran poesía» (citado en López Azorín, 2016). Se quejaba, y con razón, del ominoso olvido que Leopoldo ha tolerado con mesurada resignación y estoica humildad. Los críticos -y lamento expresarme con pesarosa honestidad- han leído poco y mal a Leopoldo de Luis. Adscribirlo sin reflexión a la poesía social equivaldría a minusvalorar la ingente y honda poesía delusiana, tan injusto y erróneo como considerar a Miguel Hernández un mero precursor de esta controvertida corriente social que responde a una época determinada y nos ha dejado algunos autores inconfundiblemente comprometidos pero cabalmente enamorados de la música y la belleza formal de la palabra. El poeta Manuel López Azorín (2016) afirma que lo más ajustado a la verdad es definir la producción poética de Leopoldo de Luis como una obra humanista, de corte existencialista, con cierta inclinación al simbolismo, donde resalta la voz lírica de un yo reflexivo que nos conduce a pensar en el sentido de la vida, el tiempo y la muerte, sobre toda otra cuestión radicada en la mera manifestación contestataria, lo que no significa que volviera la espalda a las circunstancias vitales que le tocó vivir, proclives a traspasar como un cauce profundo el río intemporal de su poesía. Siendo además un poeta fiel a la belleza de la forma, uniendo al rigor formal el sereno sentimiento frente a la situación vital del hombre que superaba conscientemente el doloroso statu quo que le tocó sufrir.

De Luis reconoce, al margen de modos y modas, que la estética del poema es crucial para la expresión poética y no merma sino potencia el contenido humanista. Lo cierto es que, si de algunos escritores podría decirse que la grandeza literaria va unida a la nobleza humana, solo en pocos escritores, y entre ellos Leopoldo, la contención expresiva y el esmero estético comulgan íntimamente para convertirse en enseña inexcusable de la plenitud del hombre. No hay más que acercarse a la lectura de sus versos para comprender la sensatez de sus dictados, la armonía y coherencia de su lenguaje, la verdad severa de su pensamiento y la emoción esperanzadora de su palabra. Pero además bastaba solo el roce de su mano, el vuelo rasante de su mirada o el cálido acento de su voz para entender y participar de la bondad de su espíritu. Concha Zardoya (citada en Gahete, 1990), que confesaba su enorme admiración por la poesía de Leopoldo y por su digna y humana trayectoria, y que incluso dejó escrito que era «humana, verdadera, conmovida y conmovedora, nos deja una huella imborrable en el espíritu y en el corazón [...] Nos ha tocado con su dolor, vertido en versos de clásica sobriedad y nos ha enseñado su lección de ética profunda, no tiene sin embargo ningún pudor en declarar que Leopoldo mantiene un sometimiento absoluto a las formas tradicionales y no se molesta en innovar formas» (p. VI/28). En esto declino mi conformidad con tan brillante escritora. Aunque De Luis es consciente del clasicismo heredado que implica dominar todas las técnicas de la expresión poética, se mueve con soltura en las estrofas y las rimas consonantes y, sobre todo, conoce a la perfección los procesos y procedimientos literarios, justamente por esto es capaz de conciliar sin estridencias en su escritura la arquitectura de un soneto perfectamente acordado y el boscaje indómito de los versos blancos y libres que responden a un concepto posmoderno de lo modernista y un recurso relativamente útil para ocultar posibles carencias estructurales. Y no quiero afirmar con esto que todos aquellos poetas que escriben exclusivamente en verso blanco o libre sean desconocedores del mester poético. Ejemplos hay de escritores indiscutibles -Vicente Aleixandre, Claudio Rodríguez o Pablo García Baena, entre otros- que se han limitado a escribir algunos poemas rimados cuando su ingente producción iba por otros derroteros; sin embargo son muchos los que proclaman el regreso a las formas clásicas, los poemas bien engarzados que no excluyen sino al contrario potencian el acento conclusivo, la textura diamantina de un texto estéticamente conformado. Decía, cuando comentaba Reformatorio de adultos, que en la obra de Leopoldo de Luis no faltan barruecos, perlas irregulares para romper conscientemente las formas reiterativas, esquemas anclados en el modernismo que se renuevan en la singladura de nuevas naves, sonetos en versos eneasílabos que se alternan entremezclándose con los usuales heptasílabos y endecasílabos, estrofas a las que Leopoldo llamaba «casi sonetos» porque no se acomodaban en plenitud al paradigma preceptivo, los versos asimétricos rimados en asonante rememorando y trascendiendo la tradición romancística (Gahete, 1990, p. VI/28). Precisión para demostrar que no se encorseta la capacidad creativa porque se atienda al ritmo y al acento, y libertad que favorece el ensamblaje de las formas aportando nuevos modos de expresión que no significan demolición. De hecho, como afirma Navarro Viguera (2015), desde la obra Igual que guantes grises (1979), Premio Ángaro de Poesía y Nacional de Literatura en esta modalidad, el lenguaje poético se erige en protagonista primigenio, demostrando así que la revisión metaliteraria que venía desarrollando no era gratuita y justificaba «la prioridad estética sobre la ética a la hora de producir un texto poético, o si se prefiere, la poesía, antes que social, es poesía» (p. 57).

Estas consideraciones más que aminorar ponderan la especial significación que aporta al lenguaje deluisiano la gravedad estética de Miguel Hernández y la visión cósmica de Vicente Aleixandre. Ambos, humanistas hasta la médula, conocían perfectamente las realidades de este valle de lágrimas y ambos tuvieron la fabulosa virtualidad de transmitirlas amasadas por los más deslumbrantes maestros. Para ambos, Luis de Góngora (y no menos Francisco de Quevedo) suponía una piedra angular imprescindible aunque ninguno de los dos, por sus especiales circunstancias, asumió la ironía descarnada del racionero cordobés. Mientras Luis de Góngora se granjeaba enemistades y perdía fatalmente el favor de sus allegados, tanto Aleixandre como Hernández supieron conjugar afabilidad con amargura, siendo populares y estimados por todos aquellos que conformaban su ámbito vital. Tanto en fondo como en forma, Leopoldo de Luis se adscribió por naturaleza y voluntad al espíritu de sus dos magníficos contemporáneos y bebió de aquella particular manera de entender el mundo sin esperanza pero esperanzado. Y este carácter profundamente humanista lo ha demostrado siempre en todo y con todos.

En el monográfico Homenaje a Leopoldo de Luis que le dedica El Pregonero en mayo de 1994, casi cien creadores acuden a la llamada del director de la revista literaria Juan Manuel Ónega y Pacín y entre ellos reconocidos nombres de la literatura contemporánea: Vicente Aleixandre, Concha Zardoya, Ana María Navales, Carlos Murciano, José G. Manrique de Lara, Justo Jorge Padrón, Jaime Siles, Francisco Mena Cantero, Luis Alberto de Cuenca, Rafael Montesinos, Antonio Hernández, Juan José Téllez, Carlos Álvarez, Antonio Buero Vallejo, Rafael Pérez Estrada, Fanny Rubio, Rafael Morales, Jorge Urrutia... Tuve el honor de colaborar entonces -cuando ya me unía a él una solícita amistad- con el poema «Deuda de gratitud» que transcribo:

I

Hombre para el amor, de amor sobrado,

mi corazón te canta, en él alienta

un jugoso licor de vino y menta;

y una explosión de gozo desbordado

en mis labios estalla. Conturbado

por tu grave palabra, mi alma inventa

una suerte de lucha terne y lienta

que pronuncia tu nombre arrebatado.

¡Oh, tu nombre de sal, frío de fuego!

Digo hombre y, al fin, digo Leopoldo:

barro, sangre, sudor y dolor ciego.

Quién acude a mi voz, qué dios conmigo

me reclama en la fiebre del rescoldo

y me nombra y me llama como amigo.

II

Y me nombra y me llama como amigo

el que alcanza la lluvia con sus manos,

quien proclama el amor de los hermanos

con acento de miel y áspero trigo.

Pongo al hombre del aire por testigo

de mi lábil valer y de mis vanos

simulacros de amor que tan humanos

son en ti, son por ti, sin ti y contigo.

Hombre solo y mortal que, por tu afecto,

se devana licuado en agua y vino

escrutando la causa y el efecto.

¡Cómo tú que eres oro y plata puros

has posado la luz del pan y el lino

en mis ojos de sombra tan oscuros!

¡Cómo olvidar! Si estás amaneciendo,

si hasta tu nombre, tierra, mar y pino,

sigue en mis labios siempre balbuciendo.


(Gahete, 1994, pp. 65-66)



La subdirectora y coordinadora del monográfico, Encarnación Huerta Palacios (1994), me enviaba la revista y me escribía, con fecha del 16 de mayo de 1994, lo que sigue: «Querido Manuel: con el amor que tú has escrito el poema así te envío yo la revista. / Leopoldo te va a escribir una carta especial porque está muy emocionado». Y, efectivamente, no había pasado un mes cuando recibía esta carta de su puño y letra:

Mi querido amigo Manuel Gahete: Ha sido para mí una satisfacción leerte en las páginas de la revista que un grupo de cariñosos amigos ha querido dedicarme.

Tu poema está entre los más personales y emotivos, y quiero darte las gracias por él.

Ojalá se mereciera de verdad mi modesto trabajo literario la generosidad de tan buenos amigos.

La cordial manifestación de este cuaderno me conmueve profundamente.

Con mi agradecimiento, recibe un fuerte abrazo.

(De Luis, carta autógrafa, junio 1994)



Era yo sin duda quien le debía toda mi gratitud porque me había demostrado sobradamente que su amistad no era cuestión de impostura sino que se asentaba en la autenticidad y la constancia. Cuando en 1992 publicaba el Glosario del soneto a Córdoba de Góngora en la Real Academia de Córdoba, fue raudo en agasajarme por escrito autógrafo, como siempre, con este hermoso poema que transcribo:

El gran río, el gran rey de Andalucía

no es el Guadalquivir: es el soneto.

Viene de un manantial hondo y secreto,

agua lírica al mar de la Poesía.

Góngora lo tiñó de luz sombría

y en sus diques barrocos fue sujeto.

A los tres siglos apareció un nieto

que desde Cádiz cauces le daría.

¿Y en Granada? También. Nadie lo niega.

Pero Córdoba es Córdoba, y ya muerto

en aquel mis seiscientos veintisiete

Góngora resucita y nos entrega

el río puro y otra vez despierto

en el cauce seguro de Gahete.


En 1995, Leopoldo prologaba El cristal en la llama (Antología abierta 1978-1995), una ingente obra que compendiaba la mayor parte de lo editado hasta ese momento, incluyéndose inéditos y poemas sueltos publicados esporádicamente. Es ciertamente notable y noble el cuidado que prestaba para que resultara conforme todo aquello en lo que se comprometía. Son múltiples las pruebas de esta meticulosidad y rigor. Le ofrecí corregir las pruebas de su prólogo que me devolvió cabalmente revisadas, con una nota a mano donde puntualizaba: «Me alegro que salga, al fin, tu libro. Unas palabras para devolverte estas pruebas. Ya te hablaré de la separata. A este texto, que está bien corregido, ¿podría ponérsele el año? ¿Era 1991? ¿Qué te parece? Si te parece bien, pónselo. Un abrazo. Leopoldo de Luis»1.

En aquel prólogo Leopoldo (1995) volvía a reafirmarse, con su palabra alta y sonora, de que poesía es respirar por la herida: «Algunas veces he escrito que poesía, para mí, es respirar por la herida, y estos poemas de Regreso a Mellaria me confirman que sigue siéndolo, por encima -o por debajo- de cualquier esteticismo. Porque el poeta, además de brillante creador de belleza, es consciente de su condición humana» (p. 15). Y esta idea la reiteró en el Ateneo de Madrid, durante la presentación de la obra, señalando el filósofo existencialista que aflora detrás del barroquismo y la raigambre cordobesa de mis versos (cita de De Luis, 1996, p. 3); versos que Leopoldo recordaba cuando le preguntaban por la Córdoba de su infancia, tras la concesión del Premio de las Letras Españolas en 2003, señalando, junto a otros de Pablo García Baena, Rafael Porlán y Carlos Clementson, aquellos míos que hacen referencia a la sangre y las cenizas confundidas en las viejas murallas (Asensi, 2004, p. 55) donde Córdoba guarda la memoria de sus poetas intemporales y Leopoldo de Luis mantiene viva la luz de la auténtica poesía, «alentada por el amor y la esperanza, envuelta siempre en la necesidad de la comunicación con los otros» (Sobrino, 2018, p. 54).

Referencias bibliográficas

  • ASENSI, A., «Leopoldo de Luis obtiene el Premio Nacional de las Letras», El Día de Córdoba, Cultura (3/12/2003), p. 60.
  • ASENSI, A., «Leopoldo de Luis. Poeta», El Día de Córdoba, Cultura (18/4/2004), pp. 53-55.
  • GAHETE, M., «Deuda de gratitud», en AA. VV., Homenaje a Leopoldo de Luis, El Pregonero, número monográfico (1994), pp. 65-66.
  • LARRABIDE ACHÚTEGUI, A. L., Miguel Hernández y la crítica, Universidad de León, 1997. Tesis doctoral.
  • LÓPEZ AZORÍN, M., «Memoria poética. Leopoldo de Luis II: Rigor formal de sereno sentimiento», en Blog Manuel López Azorín (4/6/2016).
  • LUIS, L. de., «Antonio Machado ante la crítica», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 304-307, tomo II (octubre-diciembre 1975-enero 1976), pp. 792-809. Conferencia pronunciada en la Universidad de Extremadura.
  • LUIS, L. de, «La exaltación lírica de los contrarios (Itinerario poético de Manuel Gahete)», en M. Gahete, El cristal en la llama (Antología abierta 1978-1995), Córdoba, Cajasur, 1995, pp. 11-15.
  • NAVARRO VIGUERA, V., El pensamiento poético de Leopoldo de Luis, Universidad de Sevilla, 2015. Tesis doctoral.
  • NAVARRO VIGUERA, V., «Leopoldo de Luis, el poeta», Semiosfera, segunda época, n.º 3 (2015), pp. 51-60.
  • REDACCIÓN, «Manuel Gahete en el Ateneo de Madrid», Sierra Albarrana (1996), p. 3.
  • SOBRINO, A. L. (Comisario), Leopoldo de Luis, poeta en un tiempo sombrío, Madrid, Instituto Cervantes, 2018.