Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

El lenguaje en la obra de Miguel Delibes

Magnólia Brasil Barbosa do Nascimento





De hecho, es en la lengua y para la lengua que individuo y sociedad se determinan mutuamente. El hombre ha sentido siempre -y los poetas frecuentemente han cantado- el poder creador del lenguaje que instaura una realidad imaginaria, anima las cosas inertes, trae ante nosotros lo ya desaparecido.


(Émile Benveniste)                


Les pido permiso para responder a la pregunta que hace algunos años me ha hecho el escritor Miguel Delibes con ocasión de mi visita a su casa de la calle Dos de Mayo, en Valladolid: «¿Qué lleva a una profesora brasileña, del otro lado del mundo, a interesarse por mi obra?» Recuerdo haber respondido, bajo la fuerte emoción causada por aquel encuentro, que algunos de sus personajes absolutamente castellanos, como el Sr. Cayo, por ejemplo, vivían en mi país, con otro nombre, moviéndose a sus anchas, enteramente integrados a la realidad brasileña. Osé contarle una o dos anécdotas para que viera de qué manera aquellos tipos, nacidos en Castilla y tan auténticos en su manera de ser, en la intensa humanidad que trasudaban, me provocaban la sensación de familiaridad que me llevaba a identificarlos con gentes del otro hemisferio, de otra cultura pero con idéntica manera de relacionarse con la naturaleza y la vida.

Sin embargo, no logré comentarle sobre el encuentro ocasionado por el silencio crítico, por la denuncia que escurre de las páginas de su obra. Se me olvidó decirle que en muchas páginas de sus novelas yo leía otra faz de mi país y dialogaba con un sinnúmero de situaciones que me había tocado conocer / vivir / sufrir en dos diferentes épocas en que «libertad» era una palabra poco enunciada y aún menos cultivada. Por otra parte, nada le dije sobre la seducción que sus novelas ejercían sobre mí, resultado, para decirlo corto, del arte literario de Miguel Delibes.

Se me ofrece ahora la oportunidad de desarrollar algunas observaciones sobre una narrativa que recupera para la mirada investigadora un cuadro particular a universalizarse en la dimensión humana allí dibujada. En las consideraciones que siguen, espero complementar la respuesta que se quedó por mitad en aquel entonces.

Es muy vasta la fortuna crítica sobre la obra literaria de Miguel Delibes en el escenario de la literatura española en particular, y universal en una dimensión más amplia. El novelista de Castilla transforma los problemas, las pequeñas cuestiones de tierra, su aridez, las puestas de sol, los tipos humanos que allí viven en una grande y fascinante producción narrativa en la cual la cuestión social es traída a flote a cada momento por un escritor comprometido con su tierra y todo lo que le atañe. Miguel Delibes no esconde su pasión por los elementos que integran el universo castellano. Su mirada atenta e interesada sobre el campo y sus habitantes detecta la constante amenaza entrañada en un progreso deshumanizador y transforma ése y otros fragmentos de la realidad en materia novelable por medio de una expresión lingüística reveladora de su amplio conocimiento de Castilla y del lenguaje de Castilla.

Se percibe fácilmente que el trabajo con el texto de Miguel Delibes proporciona el encuentro y la revelación de aquello que da a la obra la dimensión mayor, el sello propio, la originalidad de tener como verdaderos protagonistas la palabra, el lenguaje. Es empresa osada desentrañar el hilo del tejido narrativo de Miguel Delibes, contar los puntos, deshacer los nudos, acompañar el movimiento del artesano, mientras se busca la verdadera trama entretejida en un doblez del texto, en el no dicho, en lo entrevisto. Al examinar el proceso por el cual Miguel Delibes, a partir del instrumento lingüístico recibido, lo modela, infundiéndole nueva vida, quiero observar el uso personal que hace de tal instrumento, el modo propio de trabajar las palabras y estructuras lingüísticas, transformándolas en una prosa limpia y clara. Trato de verificar en su obra cómo el soporte lingüístico se transforma en obra de arte, las múltiples significaciones, el valor específico de las palabras a partir del momento en que entran como parte en la extensa red de significaciones que es el todo ficcional. Importa investigar el lenguaje por ser el medio por el cual se expresa el escritor, medio que varía, para Pauk, según los cambios en la manera de enfocar la realidad humana (237).

El énfasis que Delibes da al lenguaje de los personajes, la arquitectura minuciosa de un comportamiento lingüístico que se modificará según las circunstancias, son decisivos para el éxito de su obra. A través del material lingüístico el autor elabora su ejercicio crítico, valiéndose de la lengua como el elemento de interacción entre el individuo y la sociedad en que actúa.

Miguel Delibes va al pueblo, observa el mundo alrededor y registra, oído atento (cf. «Me gusta mucho, me fascina oír» - Riera 210), no sólo aquel modo natural y espontáneo como lo recrea a perfección, confiriéndole la naturalidad y el frescor que imprimen médula y hueso a un discurso literario que parece estar animado por un soplo vital. Así, hace el registro eficiente del acto de habla en los personajes que crea e ilustra con precisión la lección de Jespersen, según la cual el habla del individuo considerado aisladamente dentro del grupo, no es siempre la misma. Su tono en la conversación y, con él, la elección de palabras cambia según el nivel social en que se encuentra en el momento. A eso se añade que el lenguaje toma diferente colorido según el tema de la conversación (181).

A través del ejercicio del lenguaje de sus personajes, Miguel Delibes no sólo los construye subrayando su modo de ser, dándoles libertad para mostrarse en su complejidad, sino que también expone aquellos puntos que son el eje de su temática, su preocupación constante: la no comunicación. La imposibilidad de dialogar salta del texto, de la boca y/o la pena de los personajes y se queda allí, cómplice en el viaje de la lectura.

La actitud de Delibes en relación al lenguaje y a todo lo que le atañe está engastada en el texto a través de diversas técnicas, pero su efecto, tan intenso cuan armonioso, chorrea de la justeza de la selección, actualización y adecuación con que pone en escena el habla de los personajes. Esa actitud revela al escritor que, según Alvar, «posee el pulso de la lengua» (27).

Para el argentino Ernesto Sábato, la riqueza del lenguaje puede ser medida por el número de palabras, pero no su poderío. Según afirma, algunos escritores se las arreglan con su vocabulario restringido, sacan matices y partido de lo que tienen por la maestría en la colocación. Añade Sábato que, tal como en el ajedrez, una palabra no vale por sí sola sino por la posición relativa, por la estructura total de que forma parte. Para el pensador argentino, sólo un escritor mediocre puede desdeñar ciertas palabras, como un mal jugador de ajedrez desdeña un peón: no sabe que a veces sostiene una posición (53).

Miguel Delibes considera que el lenguaje si no sirve como vehículo de comunicación, no sirve para nada. Fiel a ese pensamiento, trabaja el material lingüístico de que dispone de manera natural, tal como si estuviera entablando una charla. Su propósito es pegar la hebra y, al hacerlo, revela su gusto por la palabra, por el juego que consiste en suplantar sus límites, insuficiencia o traición. La importancia concedida por el escritor de Valladolid a la comunicación humana, a la conversación, al natural acto de pegar la hebra, puede tener peso en la expresiva presencia del diálogo formal en su obra, aún cuando sabemos que Delibes pone en escena la arquitectura dialogal, pura forma, no el diálogo comunicación, encuentro, calor como se ve en algunas de sus novelas, como Cinco horas con Mario (1966), Las guerras de nuestros antepasados (1975), Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983) y Señora de rojo sobre fondo gris (1991), por ejemplo.

En la recreación de los tipos castellanos, Miguel Delibes registra el habla de Castilla. Su intención, reafirmada con frecuencia, es la de mantener para la posteridad la riqueza de un mundo rural que se va perdiendo para el progreso. Tal como el escritor brasileño João Guimarães Rosa, Miguel Delibes trabaja la palabra como el orfebre la joya. En ese ejercicio con el lenguaje, ambos escritores logran construir la imagen de un campo que, en realidad, es, como quiere Castelo Branco, la imagen del mundo, ya que el campesino, para los dos escritores, es el ser humano mismo que convive con problemas de orden universal y eterno. Se observa que para Guimarães Rosa, el mejor de los contenidos de nada vale si el lenguaje no le hace justicia (Coutinho «Guimarães Rosa...» 2). Es allí donde coincide su visión sobre la importancia del lenguaje con la de Miguel Delibes. Ambos tienen una extraordinaria capacidad de poner voces, de crear personajes inolvidables por su manera de hablar, por su relación con la naturaleza, por representar, también lingüísticamente, una fracción de la región de que son originarios y, a un tiempo, por multiplicarse ficcionalmente en miles de otros seres con experiencias semejantes en su universalidad. El lenguaje, en la obra de Miguel Delibes y Guimarães Rosa, es un elemento primordial en la documentación que ambos hacen de los estertores de un mundo rural en proceso de desaparición.

En el registro del lenguaje de Castilla, se percibe que, al crear sus personajes, Delibes lo hace de manera que su lector escuche a Castilla hablar, para que la riqueza expresiva del habla de Castilla no se pierda con el progreso, influjos extranjeros o paso del tiempo. Lo observamos en Las guerras de nuestros antepasados, por ejemplo, obra en que Pacífico Pérez expone, en las charlas grabadas con el Dr. Burgueño, una buena parte del saber rural. Pacífico, un ser primario, se mueve sin abdicar de su humanidad, de su individualismo. En su discurso, gana vida el habla relacionada con la naturaleza, poblada por palabras que, «dentro de muy pocos años, no significarán nada para nadie y se transformarán en puras palabras enterradas en los diccionarios e ininteligibles para el Homo tecnologicus» (Un mundo... 154). Al registrarlas, Delibes trabaja para impedir que ocurra lo que observa Frederic Ulhman, en Le Nouvel Observateur.

Cada vez que muere una palabra de 'patois', que desaparece un caserío solitario en pleno campo o que no hay nadie para repetir el gesto de los humildes, su vida, sus historias de caza y el mito viviente, entonces es la Humanidad entera la que pierde un poco de su savia y un poco más de su sabor.


(Delibes Un mundo... 155)                


El campo, sustentado por la palabra de sus personajes, por la cultura milenaria que lo reviste, revelado por un modo lacónico y preciso, a un tiempo sabio y eficaz, es lo que Delibes procura, al menos, documentar, presionado por un mundo en agonía. En la manera de hablar de Pacífico Pérez, en Las guerras de nuestros antepasados, más que el referido laconismo hay una primitiva locuacidad y mucha precisión. La palabra, usada con eficacia, se adensa:

P. P.- Bueno, qué quiere que le diga, oiga, tanto me daba. Lo único avisar al tío Paco. Pero como andábamos teniendo manzanas en las manzaneras tampoco se piense que fue una cosa del otro mundo.

Dr.- ¿Le encontraste allí?

P. P.- A ver, nunca faltaba, oiga. Arrancar la fruta, no la arrancaba, eso no, pero para colocarla era muy estricto, ¿entiende?, que no vea el orden que se gastaba. O sea, de chaval, él me decía, alinéalas en los vasares sin golpearlas, Pacífico, de otro modo se dañan y la manzana hasta que pudre, sufre, ¿entiende? Que yo, natural, ponía todo el cuidado. Y él, dale, las de la broza en la piel, son las reinetas; las verde-doncellas, son más brillantes, y éstas amarillas con el culo en forma de corazón, son las camuesas, hijo. A las manzanas has de aprender a conocerlas por la cara y por el culo, tal que a las personas, decía. Y así se iban las tardes, doctor, colocando manzanas en los vasares y platicando, que no vea el aroma tan rico que había allí, en las manzaneras. Que lo crea o no, para mí, mi pueblo, así, de lejos, es ese olor, o sea, el olor de las manzanas. Que, por un ejemplo, el día que ando así, como acuitado, cierro los ojos y doy en pensar en aquel olor y entonces parece como que me volviera el ánimo ¿se da cuenta?


(78-9)                


El discurso se poetiza: el habla de un hombre rudo, de campo, pleno del saber adquirido en el contacto con la naturaleza expone la fuerza expresiva de Miguel Delibes, el poeta del campo castellano.

Señor de un rico y vasto material lingüístico, el escritor de Valladolid lo trabaja artísticamente en la elaboración del tejido narrativo de sus obras: leer al Dr. Burgueño al presentar la trascripción de la conversación nocturna con Pacífico Pérez es penetrar en el pensamiento de Miguel Delibes, una vez sabido que él busca el lenguaje espontáneo y natural.

Fuera de lo apuntado, la trascripción es textual: he respetado incluso los balbuceos y torpezas de expresión que, aun dentro de la locuacidad que Pacífico Pérez llegó a adquirir a lo largo de nuestros coloquios nocturnos, no son ciertamente infrecuentes en su conversación. Los «o sea», «a ver», «que hacer», «tal cual», «por mayor», «aguarde» y otras locuciones semejantes están ahí no sólo por razones de fidelidad sino como exponente de una manera de ser, de una manifestación del léxico campesino de Castilla que, desgraciadamente, por mor del mimetismo urbano y de la televisión van desapareciendo [...].


(13)                


He allí lo oral, con su riqueza expresiva, su hesitación, las muletillas, el léxico de la Castilla rural y, entrañada en ellos, la crítica contra la destrucción de ese lenguaje por la hegemonía de lo urbano y la televisión.

Abulta a los ojos lectores en la obra delibeana un lenguaje real y humano, sin sabor a libro, más oído que leído. El acto de habla se destaca como indicador de la temática, de los personajes y de todo lo que les atañe, aún cuando el discurso es escrito, como en Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso y aún cuando sirve para subrayar el silencio, sugerir lo no dicho y marcar la diferencia.

El éxito de la obra delibeana está en la perfecta adecuación del lenguaje a los personajes y al medio de que forman parte. Miguel Delibes para dar a conocer el universo lingüístico castellano utiliza el repertorio de esa región tal como la sal en la conservación de los alimentos: la palabra es usada para conservar la lengua. Como la sal, la palabra da sabor. En la cultura bíblica y judaica, la sal es sabiduría; saber, del latín «sapere», primero significó «saborear» y «tener sabor». Sabor/saber/sabiduría son palabras íntimamente relacionadas. La palabra, en Delibes, es la sal del texto, sabrosa, derretida, impregnando todo con su toque especial y actuando desde dentro, imperceptiblemente, indispensablemente. A través de su texto transborda, sin ostentación, la riqueza de la lengua de Castilla. Delibes la quiere fecundante y alentadora. Artista de la palabra, el escritor crea sus personajes y estructura su texto sin perder de vista que la recreación del lenguaje de cada uno le permite revelar su tiempo, su grupo social y su propia importancia representativa.

El carácter oral, sello del discurso de Carmen, en Cinco horas con Mario y de Pacífico Pérez, en Las guerras de nuestros antepasados, se entremete, con parsimonia, es cierto, en la conversación epistolar del sexagenario Eugenio. De Carmen fluye el discurso de la mujer burguesa, el habla institucionalizada, plena de tics, circunloquios, muletillas, frases hechas y todo lo que constituye el universo coloquial; en Pacífico, el discurso revela a un hombre del campo que se expresa también apoyado en recursos coloquiales. Si desconoce palabras y expresiones del dominio de personas de otro nivel social y otro origen, dispone, sin embargo, de un rico vocabulario relativo al campo y a todo lo que le concierne. El discurso de Eugenio pone en escena al jubilado, a un hombre agarrado a su mundo, al hipocondríaco egoísta, al viejo voluptuoso y solitario. En los tres discursos, sin embargo, las marcas del coloquio están impresas, aunque con menor constancia en las cartas, por su naturaleza misma.

Sabemos que el personaje delibeano es libre para moverse según su manera de ser y el resultado de ese movimiento, en Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, es una obra en que la necesidad de comunicarse late en cada carta, en cada página, en cada línea. De todo ello resulta el amargo sabor de la absoluta imposibilidad de comunicación. Aunque hable la misma lengua (¿la misma?), Eugenio no logra el encuentro con Rocío y se ve a brazos, otra vez, con la falta de horizonte, el silencio y la soledad.

Carmen y Pacífico transitan verbalmente por sus respectivos mundos y Delibes se vale de su expresión oral para retratarlos y también a la sociedad a la que pertenecen. El lenguaje coloquial de Carmen da impresión de realidad a la re-creación en la que está puesto el sello del artista. La voz de esa mujer insatisfecha, que no comprende ni es comprendida, es el reflejo lingüístico de un modo de pensar que anda a contramano del pensamiento y de la manera de ser de Mario, su marido: Carmen y Mario hablan lenguas diferentes.

En cuanto a Pacífico, su discurso fue preservado por el recurso del grabador y sin embargo es vivo, va y viene sin respetar las reglas de la lengua escrita. No se lee a Pacífico: tal como Carmen, Pacífico se hace oír. El autor implícito echa mano de todos los elementos lingüísticos para representar hasta lo extra verbal, a través de la extensión de los párrafos, de la rapidez o lentitud momentánea y mucho más.

La conversación en Las guerras de nuestros antepasados es formal, convencional: los personajes tienen autonomía, pero no se entienden. El médico-analista intenta conocer a Pacífico, penetrar en su mundo con el fin de descubrir la fórmula salvadora para librarlo del garrote vil; sin embargo, queda muy claro que los interlocutores transitan por esferas diferentes: ellos buscan entenderse, captar lo que cada cual dice al otro, como se observa por las preguntas sencillas de Pacífico. «¿Cómo dice?» (47), «¿Eh?» (107), reveladoras de su incomprensión frecuente del lenguaje del médico; o por la necesidad de Dr. Burgueño de certificarse del verdadero significado de algunas expresiones y frases de Pacífico Pérez. Es tan difícil para aquel ser sencillo y rural comprender la propuesta mayor del médico cuanto para éste, ser urbano, cultivado en otra cultura, comprender puntos básicos relativos a otra vivencia y modo de encarar el mundo.

En verdad, por detrás de las palabras está un mundo muy especial, una manera de ser diversa. Por el lenguaje, por el contraste entre el habla rural y el habla urbana, el habla técnico-científica y el habla personal, el habla culta y la semiculta o bien entre el habla de quienes piensan diferentemente el mundo, el autor logra mostrar el desencuentro entre los personajes. La conversación entre el médico y el paciente, que debiera caminar hacia el acercamiento, la comprensión, acaba por alejar a los interlocutores, marca inexorable de la no comunicación. Carmen y Eugenio encuentran la motivación para su discurso en el interlocutor que no habla directamente: Mario provoca por lo que subrayó en la Biblia, donde Carmen cree leer la manera de ser de Mario, su modo de pensar el mundo. Eugenio responde a las insistentes y nada agradables cuestiones que Rocío trae a flote indirectamente.

El lenguaje también es utilizado por Miguel Delibes para señalar el encuentro, la comunicación, como ocurre en la obra de 1991, Señora de rojo sobre fondo gris. En esa novela, la motivación de Nicolás, el narrador, no es la hija que lo escucha en silencio, sin interrumpirlo, nada contraponiendo. Es el deseo de revisitar a Ana, la esposa fallecida, recreándola más que para el oído filial, para sí mismo por medio de un discurso contenido, emocionado, organizado lógicamente.

El ritmo del discurso de Nicolás es mucho más tranquilo que el del vertiginoso discurso de Carmen. Si algunas repeticiones existen, como en los episodios de la visita a los hijos en la prisión, eso no es la marca dominante: ellas subrayan exactamente lo que es necesario denunciar, lo que no se puede aceptar, mientras en Carmen ellas van y vienen, en una especie de círculos concéntricos que acentúan su ritmo obsesivo. Nicolás tampoco baja a detalles prosaicos de un cotidiano nada interesante, monótono, vacío. Él mantiene en su discurso un tono vivo, bien de acuerdo con lo que era esencial para un pintor: «Para pintar vida precisaba vida» (53). Aunque muerta, el vivo recuerdo de Ana le ofreció las tintas necesarias para pintarla/contarla. Es ese el gran juego: la escritura está para la pintura como el libro está para la tela, juego que hace de Señora de rojo sobre fondo gris un libro/tela:

En las sobremesas solíamos sentarnos frente a frente y charlábamos. Yo seguía en el yermo y estas pláticas me serenaban un poco. Asentía, cuando ella me preguntaba si bajaban los ángeles, engañándola a sabiendas. Ella también intentaba engañarme diciéndome que se encontraba algo mejor que la víspera. [...] Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad.


(112)                


Se reconoce allí el fuerte trazo del lenguaje culto usado naturalmente en su subjetividad. De ese discurso fluye el encuentro, la comunicación entre Nicolás y Ana que el viudo busca reentablar al contar y contarse a la hija silenciosa.

Los discursos de los personajes iluminan el significado de la frase de Miguel Delibes en el ensayo «Novela divertida y novela interesante»: «El lector descubrirá el sentido del problema planteado a través de las acciones y diálogos que el novelista le brinda» (67).

A propósito de la adecuación de los personajes y su modo de hablar, es oportuno recordar la lección de la lingüista brasileña Eni Orlandi:

[...] as palavras não significam por si, mas pelas pessoas que as falam ou pela posição que ocupam os que as falam. Sendo assim, os sentidos são aqueles que a gente consegue produzir no confronto do poder das diferentes falas1.


(95)                


Eugenio es instrumento del poder; Carmen, en su discurso formado en el franquismo, se sitúa al lado de Eugenio. Sin embargo, el habla autoritaria de Carmen contrasta con la debilidad del discurso de Eugenio. Pacífico lucha con sus armas «pacíficas», pero es sometido por el poder de la sociedad y todo ello se revela por la palabra. Solamente Nicolás ofrece en Ana el ejemplo de otro tipo de poder, el de la resistencia, también a nivel del habla: «aquel hombre no va a ser eterno» (Señora de rojo... 67).

Carmen, Pacífico, Eugenio y Nicolás son personajes de una realidad que el novelista desea comunicar al lector: la mujer burguesa, el hombre del campo, el jubilado periodista provinciano y el sensible pintor, con su lenguaje, ejemplifican lo que Francisco Umbral llama de «montaje idiomático al servicio de una realidad novelable» (66).

La tensión permanente entre mensaje y código en la obra delibeana es, para Umbral, literatura en el más profundo sentido de la palabra. El acierto en el énfasis dado al lenguaje es el sello del artista de la palabra y del arte de contar que es Miguel Delibes. Tal acierto es una de las especificidades del arte literario de un escritor que, sin hacer concesiones a la moda, ha recibido los más diversos e importantes galardones de España.






Bibliografía

  • Alonso de los Ríos, César. Conversaciones con Miguel Delibes. Barcelona: Destino, 1993.
  • Celma, Ma. Pilar (Ed.). Miguel Delibes: homenaje académico y literario. Valladolid: UVA y Junta de Castilla y León, 2003.
  • Delibes, Miguel. Cinco horas con Mario. Barcelona: Destino, 1981.
  • ——. Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso. Barcelona: Destino, 1983.
  • ——. Las guerras de nuestros antepasados. Barcelona: Destino, 1985.
  • ——. El disputado voto del Señor Cayo. Barcelona: Destino, 1987.
  • ——. Castilla, lo castellano, los castellanos. Barcelona: Destino, 1988.
  • ——. Señora de rojo sobre fondo gris. 17.ed. Barcelona: Destino, 1992.
  • ——. Pegar la hebra. 6.ed. Barcelona: Destino, 1991.
  • ——. Un mundo que agoniza. Barcelona: Destino, 1994.
  • ——. «Todo escrito admite una posdata». Gaceta Universitaria 113 (mayo 1994): 13-30.
  • ——. «Novela divertida y novela interesante», en Pegar la hebra, 6.ed. Barcelona: Destino, 1991.
  • Guimarães Rosa, J. Grande sertão: veredas. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 1986.
  • Jespersen, O. «Humanidad, nación, individuo». Revista de Occidente Argentina (Buenos Aires: 1947).
  • Nascimento, M. B. B. O diálogo impossível: a ficção de Miguel Delibes e a sociedade espanhola no franquismo. Niterói: EdUFF, 2001.
  • Orlandi, Eni. Discurso e Leitura. Campinas: Unicamp, 1988.
  • Pauk, E. Miguel Delibes: desarrollo de un escritor (1947-1974). Madrid: Gredos, 1975.
  • Proença Filho, D. Estilos de época na literatura. 6. ed. São Paulo: Ática, 1981.
  • Riera, C. «Participación en mesa redonda sobre el narrador y los narradores», en Miguel Delibes: Premio Nacional de las Letras 1991. Madrid: Ministerio de Cultura, 1994.
  • Umbral, F. Miguel Delibes. Madrid: E.P.E.SA, 1970.



Documentos electrónicos

  • Castelo Branco, E. L. Disponible en: http://eduquenet.net/veredas.htm
  • Cátedra Miguel Delibes: http://www.catedramdelibes.com/archivos/00001 l.html#premios
  • Coutinho, E. F. «Guimarães Rosa: um alquimista da palavra». Disponible en: http://www.scribd.com/doc/6936692/Guimaraes-Rosa-Ficcao-completa
  • Jara, O. Revista BABAB, 2000, no paginado: http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/ miguel_delibes.htm
  • Sábato, E. Uno y el universo. Buenos Aires: Sudamericana, 1970. Edición digital: http://www.librosgratisweb.com/pdf/sabato-ernesto/uno-y-el-universo.pdf


Indice