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El Narrador

Luisa Valenzuela





Por largos períodos de tiempo me siento independiente y por lo tanto feliz. Ocurre así con esta misión que cumplo a veces a desgano, aunque desgano no sea la palabra, más bien a contramano de mí -a veces-, tratando de superar todas las vallas y las callaciones que a mi vez me impongo. Silenciamientos, eso, ganas de no decir lo que pugna por ser dicho cuando me parece percibir que desde la Zona me están dictando las palabras y eso me desespera. Cuando no las siento mías, a las palabras. Pero otras veces sí las siento mías, muy propias, y entonces me resulta exultante y al escribir es como si estuviera bailando y el cuerpo me acompaña más allá de las manos que se mueven. Piruetas en el aire hago, piruetas de la mente. Soy dueño de todos los espacios y los tiempos porque soy el Narrador y nadie me detiene.

Una misión bifronte es ésta de narrar, un mandato por momentos festivo aunque las manos de quien maneja el teclado dibujen tramas de sombra. No tengo sexo ni género en ese espacio del decir, al menos eso espero y sin embargo.

Una vez más me asalta el latido infernal en la sien derecha: me están llamando de arriba, de la Zona, para recriminarme. Atiendo o no atiendo. Tengo la posibilidad de reanudar el tironeo hundiéndome en las pringosas aguas de la duda. Mejor no atiendo. No atiendo nada, que se me resienta la sien pero yo llevo adelante mi proyecto sin modificación alguna. Soy el Narrador, qué cuernos, nadie tiene que venir de lado alguno a decirme cómo modelar las tramas.

Yo mismo metí a dieciocho narradoras en arresto domiciliario después de un pretencioso encuentro a puertas cerradas, o mejor dicho a ojos de buey y compuertas cerradas porque el encuentro tuvo lugar en un barco. Y anoto pretencioso no porque fuera lleno de ínfulas sino porque pretendía atravesar una frontera, sin saber a ciencia cierta cuál. Ni a ciencia incierta, cosa más inquietante aún.

Ahora hace rato que se me ha perdido el hilo de la historia comenzada meses atrás. Estoy bloqueado. No puedo dictar ni una palabra. Mi protagonista parecería haber cambiado de nombre y se me perdió su estela. No logro por el momento oler sus pasos, hay como cortinas opacas que me separan de ella y me impiden por ahora seguir narrándola. Puedo por lo tanto darme a conocer sin cortapisas, sin recurrir a máscaras ni a bigotes postizos -metafóricamente hablando como es siempre mi caso.

Muy al principio de la trama surgió un intruso que hubo de colarse en el territorio de mi protagonista, culpa de la mujer que va escribiendo la historia. El tipo se coló con la intención de subvertir el orden y arrancarme de las manos el hilo con el cual me proponía ir tejiendo la trama. Pero no voy a permitir que el intruso me desvíe de mi recto camino, no voy a permitir que me arrebaten a mi protagonista de la mira. Yo conozco su pulso. Nunca se lo tomé, no vayan a creerlo, ni me acerqué a ella en forma alguna no sólo porque me resultaría imposible sino​ porque lo último que corresponde es que la que escribe la historia sepa de mi existencia. Yo sé de la suya y eso basta. Si la que en términos generales escribe supiera de mí quizá desaprobaría mi estilo por no concordar con el estilo de ella, cosa por supuesto intrascendente porque si bien el estilo hace al hombre, según dicen, a la mujer vaya uno a saber qué la hace, y yo a la protagonista la hago a mi modo y con eso debería de conformase y debería agradecerme. A veces. Aunque no lo sepa. Agradecerme a veces cuando no soy demasiado severo con ella a pesar de haberla puesto en muy serios aprietos.

Un día de estos me tomaré el tiempo necesario para reflexionar sobre las opciones, sobre la imprescindible necesidad de optar en cada encrucijada a causa de esa única línea que los destinos individuales están conminados a trazar, por más anfractuosos que parezcan. La urdimbre está armada desde el comienzo, los hilos están tensados y sólo esperan el paso de la lanzadera que les irá diseñando la trama. Algunos como yo estamos aquí para tomar la posta y trazarles un recto recorrido a otros como ella, mi protagonista que cierto día se embarcó (mejor dicho embarqué) en el Mañana. Un barco llamado Mañana, como si eso fuera factible. Establecí que se embarcaran dieciocho mujeres en total, escritoras para colmo de males. A todas esas díscolas les cupo la lección y con ellas se intenta el rediseño. No todas sin embargo se merecen un tejedor de mi calibre, narrador impecable, las otras diecisiete con suerte encontrarán otros narradores, cada una el suyo, imagino, aunque nunca faltan quienes logran escapar y diluirse.

Pero mi protagonista ha huido de la clausura por mí impuesta en tanto Narrador y puedo por fin darme a conocer -a medias como siempre sucede- y retomar en lo posible el hilo de la historia embarrada por cierto maldito intruso que se coló en el cuarto cerrado, como ya dijimos, para subvertir el orden. No todos los narradores tienen que enfrentarse como yo con tan oprobioso contrincante, el intruso violador de herméticos confinamientos, el inasible por mis palabras porque logró cometer el nunca explicitable crimen del cuarto amarillo, el clausurado cuarto que si bien no estaba sellado por dentro tenía inviolables sellos hasta que él hubo de franquearlos. Pero consiguió algo positivo -todo malhechor suele hacer algo bueno sin querer, o viceversa: todo bienhechor se entrega de costado a las maldades. Yo, por mi parte, ni lo uno ni lo otro porque ni me inmiscuyo, casi. Estoy acá sólo para que la historia avance. Pueden llamarme el Narrador, el Locutor, lo que quieran. Soy la voz en off, la que viene desde cualquier parte para insuflar vida a la trama e impedir que la trama se estanque (aunque no debo ser tan impreciso: la voz en off es la otra, la que me llega de arriba, de la Zona, a soplarme toda suerte de incomodidades). Por culpa de dicha voz no siempre las cosas salen como lo estipulo, y eso no es todo. Para colmo algunas veces  los seres bajo mi mira cobran exceso de humanidad y se retoban, con lo bien que estaban en su mera calidad de obedientes personajes. La mujer que va escribiendo esta historia (cuando se lo permito), lo sabe por experiencia. Ojalá la escritura pudieran ser tan simple. Hay vueltas sin retorno y cómo les gusta a ellos, a los personajes que en algún momento fueron mi exclusiva creación, pegar la curva inesperada y desaparecer de mi vista. Mi protagonista, por ejemplo, la que estuvo más enferma de imaginación que de la pseudo hepatitis que intenté inculcarle para guarecerla de quienes la tenían confinada. La muy zorra. No debo contagiarme. La imaginación contamina nuestra causa. Yo soy el Narrador objetivo, la Zona no me perdonaría un desliz en ese territorio que le es propio: el fantástico.

Tampoco debo inmutarme. Soy el Narrador y debo conservar los hilos en la mano. Aunque a veces me duermo y se me escapan. Eso pasa. A veces me llaman de la Zona y me soplan un cambio al que no siempre respondo. A veces hay intrusos. El violador, por ejemplo. Lo llamo el violador no por motivos sexuales sino inmobiliarios. Violador de domicilios que perturbó el proyecto: mi protagonista habría de salir de allí mansita, después de meses de encierro, su escritura nunca más haría lo que su escritura quiere. Obraría como corresponde. Ahora no sé para dónde habrá de encaminarse pero que se las arregle sola; siempre y cuando no se le ocurra dirigirse a la Zona tan solo para desvelar su inexistencia.

Procederé como si tuviera conmigo el rescatado disco rígido de su computadora. Yo mismo le dibujé la compu a mi protagonista al dibujarla a ella. Era una laptop de las más viejas, sólida, incomunicada con el mundo externo, y ella por su cuenta, retobándose contra su sepulcral silencio, la reventó de una patada. Atinó eso sí a conservarle la memoria y pudimos rescatar buena parte del material allí anotado. Lo reviso a conciencia pero hay partes muy dañadas por las que nos resulta imposible transitar. Con los expertos de la Zona hemos hecho todo lo posible. Hay tramos enteros que nos faltan como si pudiera haber estática en la letra grabada, y eso que es letra inventada por nosotros.

«El libre albedrío» son las últimas palabras que pudimos recuperar con cierta claridad, todo el resto es una masa informe, una confusa mancha como debe de ser ella en estos momentos, lanzada a un mundo al que no pertenece por la simple razón de que no se lo hemos trazado nosotros. Saldremos a buscarla por cielo y tierra, es decir en las entrelíneas de lo ya escrito, en los silencios de lo ya dicho. Yo al menos la buscaré por esas zonas de penumbra no para devolverla a su condena sino para poder seguir narrando -sin tener que recurrir a inventos y falacias- su historia que en realidad es mía. Y recuperaré también el pendrive que se llevó consigo. Así mi protagonista, nacida de esa pluma de mujer que responde a mi dictado, mi protagonista que logró independizarse por su cuenta, quedará despojada de sus propias palabras. Sus malditas invenciones.

En la Zona seré muy aplaudido.

Debo ser riguroso en mi búsqueda y a la vez muy prudente. Que nadie pueda inferir los alcances de nuestra misión. Debemos mantener constante alerta. Aunque a esta protagonista me tienta atacarla con sus propias armas e inventarle otra trama. Debo resistir la tentación, aferrarme al lenguaje preclaro donde todo significa exactamente lo que YO quiero decir y algo más, de yapa.

Para continuar narrándola podría recurrir a la imaginación que por momentos ha sido mi mejor aliada, pero en estos andurriales por los que me muevo ahora a las alianzas conviene tomarlas con toda precaución, con pinzas como quien dice.

Si eso fuera tan fácil, me soplan desde la Zona pero no los escucho.

He aprendido a narrar con tanta precisión que parece vivido. De la misma manera podría decirse -y la Zona suele apreciarlo- que he aprendido a vivir con tanta precaución que parece narrado.

No en vano soy el Narrador, el único.

Sin embargo ahora estoy en la estacada.

Aún me late la sien derecha, y es intenso el latido. La tentación es grande de no escuchar el llamado de la Zona y largarme al garete, pero demasiado bien conozco la consigna y es tranquilizadora: no irse por las ramas, no caer en el pantanoso terreno en el cual todo vale, ajustarse a la regla, es decir a las necesidades propias de esta ficción precisa. Soy el Narrador, la historia es mía aunque ignore por ahora el desenlace, y no debo apartarme del hilo narrativo de esta historia. Todo en alguna parte está trazado hasta en los más mínimos detalles, y si un espacio abierto debo dejarle a la invención será espacio acotado para que no se me vuelvan a colar seres inoportunos (desafortunados infortunios). Retomo entonces el tema del malhechor que ha quedado por oficio propio (es decir ajeno a mí) incorporado a la nueva trama, la misma que habré de rediseñar por su sola presencia. Pero hay que reconocer que algo bueno logró el tipo al forzar la clausura y permitir el paso de un hilo de luz allí donde todo debía ser opresión y claustrofobia. Sólo que por ahora mi protagonista ha cambiado de nombre, se hace llamar Marisa y se ha refugiado allí donde le está permitido el sueño, y eso no es sano. No es sano para mí. Pero a no olvidarlo, la trama es mía, ella sólo puede hacer uso de intersticios. Y lo hace, nomás, al uso, tratando de cuestionar lo incuestionable, tratando de minar mi lugar de dueño absoluto del lenguaje. Es el colmo. ¡Libre albedrío mis pelotas!

En tanto Narrador mi propuesta era describir el encierro de la protagonista sin complicaciones, ni para mí ni dentro de misma la narrativa. Sin detenerme en personajes secundarios, contar algo unipersonal y sencillito si bien opresivo, donde las cosas son lo que debieran ser. Pero ella empezó con las preguntas. Como buena mujer, se metió a inquirir y así le abrió la puerta sin saberlo a personajes secundarios. Que dichos personajes secundarios cobren una vida intensa, independiente de mí, me descoloca. Que se hagan a su vez preguntas y elaboren complejas conjeturas sobre mi propia arma, mi herramienta vital, que se metan con el tema del lenguaje es imperdonable. Debí detenerlos. Borrarlos de la página.

Ahora ya es tarde, quizá de arriba, de la Zona, me empujaron la mano. Entonces doy la cara. Hace rato ya que he salido a enfrentar las consecuencias a lo macho. Lo sé -no se cansan de repetirlo y aunque no lo repitieran lo sé- que la narrativa de los hechos cambia íntegramente nuestra percepción de los hechos. Por eso es tan crucial designar una meta y no apartarse ni un ápice porque el más mínimo desvío en el punto de partida nos puede conducir a cualquier parte unas páginas o unos días o años más adelante en la historia.

¿Pero de qué meta estoy hablando si me gusta zarpar sin rumbo fijo?

Será por eso que la protagonista se me ha escabullido refugiándose en oscuros andurriales. Andurriales de la mente, supongo.

Debo recuperarla y devolverla al buen camino es decir a la trama que le corresponde. ¿Cómo hacerlo si a cada rato ella se me desliza entre los dedos como agua o arena? Lo de arena me trae el recuerdo a su perra Sand, pero ni la mujer que escribe ni yo sabemos a quién fue regalada y no es cuestión de salir a la caza de perros inventados; no es digno de alguien de mi estatura moral, pero no crean que no lo hice, buscarla en su momento: cuando uno está bloqueado cualquier recurso es válido y fue así como me ajusté el nudo de la corbata, guardé los anteojos en el bolsillo superior de mi saco (todo metafórico, claro) para partir en pos del hilo de la trama que se me ha perdido. Me puse en marcha (metafórica) aguzando el olfato. Como una perra en celo la trama, y yo intentando olfatearle las huellas. Cualquier papel me cuadra, soy el Narrador y por lo tanto puedo ser todos y ninguno.

Pero todo Narrador conoce la incontestable ley: cada narración conlleva una verdad implícita de la cual no hay apartamiento posible so pena de traición. La Zona no nos lo permite, sólo ella puede darse ese lujo. En tanto Narrador soy de alguna manera pintor, y por eso desde acá le pinté con palabras su hábitat a mi protagonista. Desde el lugar donde estoy que no requiere precisión alguna en el espacio, le pinté el universo cerrado en el que habría de moverse y lo hice con la minuciosidad de un trampantojo, un trompe l'oeil pensado hasta en el más mínimo detalle visible e invisible, para confundirla y perderla al darle la ilusión de poder elegir. En ejercicio del libre albedrío: esa mentira que ella supo mentar a mis espaldas, la misma con la cual nos han cercado los creyentes, ese portavoz infame a decir del filósofo, ese enemigo interno que no comprende el verdadero valor de las propuestas universales de la vida pública, a decir del filósofo. Y ella se burló de mí, la muy infame, ella se fugó por una puerta impensada. No se entiende. Si me habían asegurado que la mujer sólo existe en la medida que atrae la mirada del hombre, y yo la estaba mirando, sí, no la perdía de vista y lo que es más, la estaba describiendo, y ella supo esfumarse ¿Cómo, cuándo? No hay antes ni después, todo está en el aquí y ahora del lenguaje.

Esto me pasa por hacer de mi protagonista una escritora, es decir contrincante, como un desafío, y ella astutamente supo encontrar una salida y huir de mi alcance. A veces habrá que creer en la tan cacareada intuición femenina. Huyó a la calle, a la vida, caracterizada quizá para poder avanzar por su cuenta. De seguro salió con la intención de liberar a sus diecisiete colegas sin nombre que yo apenas esbocé para darle a ella un contexto, pero ella bien supo de la existencia de sus colegas, por más esbozadas que hube de presentarlas, y escapó de su encierro quizá para intentar liberarlas. Eso al menos es lo que habrán pensado en la Zona, lo que explica que en aquellos días de su fuga mi cabeza estuvo a punto de estallar, mis sienes eran fuego, ambas dos, la derecha y la izquierda, sin distinción y sin piedad alguna. Creo que en la Zona se demoraron unos días, al acecho, esperándola, tendiéndole redes, pero ella no asomó las narices por los territorios previsibles. Como si por un pase de magia o un acto de prestidigitación se nos hubiera borrado del alcance de nuestra imaginación creadora. Y hay que reconocer que es una imaginación elástica, adaptable, abierta a las contingencias de su paso.

Cierto es que a la Zona nunca nada de le escapa. Pero me ha cortado de cuajo la comunicación. Ahora recuperar la función de antena propia de todo Narrador y salir a captar por las inmediaciones el efluvio de mi presa, como buen sabueso, y con el olfato afilado disponerme a retomar el hilo de su historia. ¿Me lo agradecerá la mujer que la escribe, la circunstancial escritora?

Temo que hay más personajes de los ya encarados, que acechan en bambalinas, personajes que no están en el delineamiento de la trama, pero no debo detenerme en ellos ni siquiera invocarlos ni -menos aún- temerlos. Pero los temo. Pueden hacer saltar toda la estructura si aparecen de golpe. Es indignante cuando la narrativa de base se sale de madre y emprende caminos desconocidos hasta para el propio Narrador. ¿Y qué logramos? Sólo un caos mayor y la invasión de más y peores elementos. Suerte que del Gobierno Central me siguen respaldando, aunque de la Zona me abruman con reclamos. Por eso mismo, para acallar a la Zona, es que ordené la liberación de las narradoras aún cautivas. Los servicios de inteligencia bajo mi férula entendieron los motivos. El aceitado funcionamiento de una historia depende sin lugar a dudas de la lógica secuencia de los hechos, aún los no descriptos. Y cuando se abre una brecha en lo apretado de una trama, más vale servirse de la brecha antes de que los demás personajes se tomen libertades para actuar por cuenta propia. Es decir, se tomen más libertades aún de las que generalmente se toman para actuar por su cuenta (que ya suelen ser demasiadas, cabe reconocerlo, porque en cumplimento de nuestras funciones narrativas no podemos permitirnos trampa alguna, imposiciones caprichosas o la simple censura).

En la Zona suenan voces de alarma, pero la Zona es algo exclusivamente mío. La Zona es un rasgo de mi genio que aflora desde los confines de mi ser. A los detractores externos los mato con la indiferencia, los relego al olvido por el simple hecho de ni siquiera llamarlos por su nombre. Ante un verdadero Señor de la Narrativa como el que suscribe, basta con quedar fuera de su novela para perder existencia.

Como si eso fuera fácil, me dictan desde la Zona. No los escucho aunque la sien derecha me esté volviendo loco. Mirala, me dictan desde arriba, mirala a tu protagonista. Ahora el agonista sos vos, me dicen desde arriba; ahora ella está soñando... perdiste la batalla, me dicen. ¡Prestá atención!, me dicen, aunque nada vas a oír porque es mudo su sueño.

Un universo sin lenguaje, el de su sueño. ¿Dónde se habrá visto tamaña aberración? ¿Tamaña negación de mi existencia?

¡Ya vamos a ver quién toma la manija, es decir la palabra!

De El chiste de Dios





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