El conde abrazó a don Magín con elegancia; la condesa le tomó infantilmente las manos entre sus manos. Lóriz semejaba más menudo. Todos los Lóriz, en la madurez -según los lienzos de la sala familiar-, se quedaban cenceños y mínimos. Y este descendiente ya parecía un antepasado suyo, con empaque de reverdecida juventud, esa juventud de las decadencias adobadas por el ayuda de cámara.
-¿Usted tenía ese lunar en el pómulo? ¡Pues ahora se lo veo!
-¡Ahora, don Magín, acaba usted de verle a mi marido los ocho años que han pasado encima de nosotros!
Pero don Magín volviose a la de Lóriz, y la proclamó más perfecta en su gracia que cuando, recién casada, vino a Oleza.
-Entonces era usted una dulce aspiración de la de ahora.
-¡Ay, don Magín de mi vida, que se le ve su pobre lunar no viendo el mío! ¡Aunque sí que lo vio y demasiado que lo dijo: yo fui -ya no soy- una aspiración de mí misma! Lo más hermoso que se puede ser en este mundo.
Entró Máximo, el hijo. Y don Magín sintió la verdad del tiempo pasado; y ya no pudo valerse de galanas agudezas. En el heredero resalía otro Lóriz, un Lóriz del todo, sin puericias, un Lóriz en la carne y en el hueso; otro antepasado con su pliegue de orgullo y de cansancio en su boca delgada.
Se le quejó la señora de que tratase de usted a Máximo. Quería que fuese la escogida y provechosa amistad de su hijo.
-¡Ya lo creo que seremos dos amigos ejemplares, dos amigos que se tratan de usted!
-¿Y también le habla de usted al hijo de nuestros vecinos, los encerrados de enfrente?
-¿A Pablo? Pablo todavía es un zagalillo. No sé aún si ha de quedar sellado con la semejanza del padre o de la madre. En cambio, Máximo ya es todo él; se lleva años a sí mismo. ¡Acabará por ser mayor que su madre!
-¿De modo que soy la madre de un hijo envejecido?
Lóriz les propuso bajar al huerto, donde murmurarían de Oleza. Necesitaban repasar la crónica antigua y saber la nueva para graduarse de vecinos; porque ahora lo serían hasta que Máximo saliese de «Jesús» con su diploma de bachiller.
-Es voluntad de mi mujer, que parece la descendiente de mis abuelos olecenses. Cuando ya me creí tranquilo en mi Círculo, se le ocurre acordarse de que tenemos fincas en Oleza, de que hay familias madrileñas que traen sus hijos a «Jesús» de Oleza. ¡Pues nosotros también; todos a «Jesús»: Máximo, de interno, y yo, de externo! ¡La salvación, don Magín!
La hermosa señora le contuvo sonriéndole como a un hijo malcriado.
-¡Si no la salvación, puede ser este retiro nuestra restauración!
El jardín de casa Lóriz estaba cerrado por un claustro de piedra morena; y de allí recibían las salas y las galerías de tránsito una claridad académica y un silencio estremecido por hilos de fuentes y cantos de mirlos. Árboles grandes trenzados de yedras; almenas y bolas de romeros; glorietas de rosales, de glicinas y jazmines con bancos y estatuas; hornacinas con lotos y lámparas de cuencos de cactos; medallones de bojes, y en medio un albercón de agua inmóvil y celeste, que duplicaba la arquitectura de piedra y de follajes. Se alzaban y venían los palomos parándose en los jarrones de las cornisas. Se soltaban las bayas de las simientes y se las oía caer mucho tiempo, dejando un olor maduro. Atravesaba la fronda un humo de sol y se producía un fresco amanecer en los troncos y en los escondidos paisajes de musgos.
Lóriz se cansó de pisar hojas que crujían como huesos. Los senderos y arriates siempre estaban en un otoño húmedo. Resonaba la voz de don Magín:
-Nos hemos quedado sin don Vicente Grifol, el viejecito más puro que teníamos. Estaba en su butaca jugando con sus anteojos y el bastoncito en sus rodillas, como si fuera a levantarse para dar su paseo por la calle de la Verónica, y se nos fue a pasear por la plaza del cielo. Murió también mosén Orduña, el arqueólogo. Había completado las papeletas de su Iconografía Mariana, de la diócesis. Yo conseguí que viese desnuda la imagen de Nuestra Señora de la Visitación. Encendimos toda la cera del altar mayor. Fue en la madrugada. La comunidad le miraba desde el coro. Una monjita le preguntó: «¿Verdad que la modelaron los ángeles?». Mosén Orduña volviose y gritó tendiendo sus enormes brazos temblorosos: «¡Ese Niño, ese Niño es italiano; ese Niño no es su Hijo!». Mosén Orduña es el siervo de Dios que ha dicho más irreverencias en este mundo.
Entre dos pilares de murtas recortadas apareció el mayordomo, todo de paño negro y patillas blancas de contramaestre, y anunció que el chocolate estaba servido; el chocolate de casa rica del siglo XIX.
Pero la señora, antes de subir, les llevó a la sala del entresuelo. Después de la lumbre oriental de otro patio interior desnudo, la vieja estancia de artesones y tapices apagados quedaba en una fresca obscuridad de sótano.
-¡Párese usted, don Magín, y mire la alfombra!
El párroco la obedeció. Poco a poco fue exhalando la mullida tiniebla unas rápidas luces, unas fosforescencias desgranadas.
-No sé lo que es, pero esos brillos deben de tener un tacto glacial.
Abrieron los postigos y persianas, y vio don Magín el hermoso fanal de una pecera.
-Aquí tengo peces del Jordán, del Nilo y de las fuentes del Vaticano.
Y el conde añadió:
-Una maravilla sagrada que hemos traído a cuestas desde Madrid, por orden de mi mujer.
Bendijo don Magín la abnegación de Lóriz; y subieron al gabinete, donde les esperaba la merienda española.
En aquel aposento se juntaban muebles de distintos estilos y épocas. Butacones de guadamecí y, como estrado, una banca tallada de presbiterio; una mesa-camilla vestida de ropa de cachemira y detrás un pilar de retablo sosteniendo una Juno de piedra; un reloj de pesas, como un violoncello, entre un velador de taraceas y una consola con bernegales de cerámica dorada; lacrimatorios tan sutiles que sólo de hablar junto a sus bordes se quedaban vibrando con una dulce queja; y en una preciosa cómoda de olivo labrado como un mármol, dos vasos de Etruria, dos legítimos vasi di bucchero nero.
-Mi marido se ríe de esta almoneda; pero no importa. Pruebe usted esos concos de Inca. Oleza y Mallorca son los obradores de nuestra felicidad casera. En este cuarto he puesto lo que más me agrada. Mi marido es un crítico agrio, de esos críticos que delante de un cuadro, casi siempre mi cuadro predilecto, grita escandalizado: «¡Si esa figura que está sentada se levantase, se saldría del lienzo!». Yo no me apuro, porque sé que esa figura no se levantará. ¡Claro que yo no entiendo de estas cosas; pero a los aficionados no se nos va también a pedir que seamos inteligentes!
Lóriz la escuchaba recostado en sus almohadones y en su desgana de ese bullicio palabrero que le parecía muy de clase media de España y sus colonias. Tomó un sorbo de leche de almendras y suspiró:
-Cuéntenos usted más de este pueblo, porque no vale la pena de hablar de lo que nos va quedando. ¡La más humilde sacristía de Oleza nos aventaja en lujos y curiosidades!
La señora recordó el viaje a Madrid de Su Ilustrísima. Le tuvieron una tarde en su casa, y Lóriz le acompañaba en todos sus trajines para lograr el principio de las obras del ferrocarril.
-Estas gentes deben sentirse prendadas de nuestro obispo, que se cuida de abrirles caminos para el cielo y para el mundo.
Don Magín balanceó su testa imperial encanecida.
-El mundo de estas gentes no pasa de sus corrillos ni de sus haciendas; y ponen toda su gloria en vender la naranja, el aceite y el cáñamo en el bancal.
-Su Ilustrísima no se quitó los guantes ni la bufanda; guantes gruesos, bufanda rígida como una venda morada.
Pero don Magín se entretuvo rebañando infantil y eclesiásticamente su pocillo de soconusco sin reparar en la especulación suntuaria de Lóriz.
Lóriz sonrió para decir:
-Una pregunta indiscreta, que usted hará el milagro de que no lo sea: ¿Es verdad que nuestro obispo y los Padres de «Jesús» se tienen menos amor que usted y el penitenciario?
-El penitenciario y yo nos tenemos un amor literalmente evangélico. Y el confesor de Su Ilustrísima es un jesuita de «Jesús».
Recibieron los Lóriz una claridad de júbilo. «Jesús» se elevaba en jerarquía.
-¿De «Jesús»? Será el padre rector, o el padre prefecto, o el padre espiritual, o el padre...
-Es el padre Ferrando. De seguro que no lo conocen ustedes. Un viejecito humilde como un párroco de la huerta.
Y les contó que casi todos los días se paraba en el portón de los corrales del colegio un carro de heredad, o un labrador con su mula, y se llevaban al padre Ferrando dentro de sus adrales o encima del albardón. Le buscaban para confesar gentes pobres de la ribera; y al salir de la barraca del moribundo le llamaban de otras, aunque nadie estuviera muriéndose, para que también se dejase aviado al padre o al abuelo tullido o con tercianas. El padre Ferrando iba de senda en senda. Volvía a «Jesús» a la madrugada. El hermano portero le recibía rojo de malhumor y de sueño. El padre Ferrando, encogido y sudado, le refería las faenas de la salvación de aquella viña que el Señor le tenía encomendada. ¡Qué duras, qué pesadas esas almas para soltarse de sus cuerpos; pero en el cielo resplandecerían lo mismo que los bienaventurados de las mejores familias! El padre Ferrando caminaba por los claustros, subía por escaleras de servicio, atravesaba salas, corredores, pasadizos, anda que andarás, para llegar a su aposento, el último de una crujía alta del patio de la tahona.
Y ese jesuita, que semejaba calzado y vestido con lo viejo de la comunidad, era el escogido entre todos los religiosos de la diócesis y entre todos los reverendos padres de la casa para penetrar en la conciencia del prelado. A sus pies se arrodillaba Su Ilustrísima. Teólogos, moralistas, predicadores, honra del confesonario, verdaderos especialistas de la medicina pastoral, no podían esconder su sonrisa y su asombro. «¿El padre Ferrando? Pero, ¿de veras el padre Ferrando? Bueno; ¡el padre Ferrando!». Y algunos eminentes de «Jesús» le daban palmadas en sus hombros, sacando de su hábito polvo y olor de pesebres. Semejaba un abuelo que vive recogido en casa de los hijos que han criado con holgura ya familia, y del que todavía pueden recibir algunos ahorros.
Don Magín proseguía su crónica menuda de Oleza:
-Murió la madre de Cara-rajada, y como no pueden faltar amortajadoras en una buena república, tenemos a doña Nieves de las Agonías, que también ejerce oficio de santera, y no hay oración ni secreto que se le pase. Entra en todas las casas, participa de todas las tertulias, lo mismo de la de doña Corazón, que se nos quedó baldada, que de la de las Catalanas, dos solteronas con dineros y sin sobrinos, acosadas por la Monera y doña Elvira, las enemigas de doña Purita. Esta doña Purita, tan hermosa, que ustedes ya conocen desde mi herida de «San Daniel», ha de venir muy pronto a verles, porque quiere muy de verdad a la condesa.
-Nosotros -exclamó Lóriz en nombre de la casa-, nosotros también la queremos y la recordamos.
Ese tono de «nos» pastoral no pudo impedir que la condesa y don Magín le mirasen el lunar del pómulo, el lunar que crían los años.
El párroco se había levantado y hablaba paseando como si estuviese en su aposento rectoral. Verdadera falta de elegancia -según Lóriz-, resabio plebeyo de los célibes y de los capellanes y frailes españoles. Pero Lóriz se lo perdonaba todo a don Magín, que se detuvo en la vidriera y le envió su saludo a Paulina. Ella le sonrió inclinándose sobre su costura.
Se le acercaron los condes para mirarla. Y se empañó el cristal de la sala de don Álvaro con la cabeza lívida de Elvira.
-¡Carne azul que morirás intacta! Aunque también puedan morir lo mismo criaturas admirables como Purita...
-¿Doña Purita o Purita sigue...?
-Sigue soltera -anticipose don Magín-. Y en que lo fuese siempre se obstinó su familia y todo este pueblo.
-¿Pero es que este pueblo no da hombres para mujeres como ella?
-¡Ay, señora, aquí los únicos célibes somos los capellanes y don Amancio, que se ha dejado la barba!
Y don Magín tomó y comió primorosamente una pella de las clarisas de San Gregorio. Lóriz tuvo que confesarse que ni en la Gran Peña, ni en la Nunciatura, ni en el Ministerio de Estado se comía el dulce con el patricio regodeo de don Magín.
-Yo quiero a Purita tanto como a Paulina. Hace mucho tiempo, recién ordenado, con ilusiones de llegar a organista de la catedral más grande, salté un día de la banqueta de mi armónium y corrí a una casa vecina toda alborotada. Había muerto un nene; pero ya estaba tan bien plañido, que yo no esperaba que se recalentase el guayadero de las comadres hasta la hora de enterrarlo. Y encontré un torbellino de mujeres gordas y de pelo colorado que gritaban como si fuesen flacas. Eran las de López-Canci, las Panizas, madre y cuatro hijas, y en medio, Purita, muy pequeña, vestida de sobrina, con el niño muerto en sus brazos. La golpeaban y gritaban; y Purita, sin comprenderlas, gemía: «¡Yo no lo romperé!». En la Purita de ahora se me aparece la nena de entonces, jugando a dormir un hijo con un mortichuelo. ¡Y esa criatura se ha quedado soltera!
Sonó el estrépito de un carruaje sin alborozo de collerones, carruaje de luto. Los Lóriz se asomaron como si ya fuesen lugareños de verdad. Era el faetón del obispo. Iba un familiar acompañando a un médico forastero que venía casi todos los meses.
Pero don Magín no lo dijo. Don Magín se acomodó en su butaca, porque la condesa quería saber más de Purita.
-Creció y se hizo hermosa. ¿Y para qué había de llegar a mujer tan garrida sino para casarse? Pero estaba recogida por su tía. De modo que en la casa no había más mozas casaderas que las hijas. Lo menos que podía hacer Purita era aguardarse y aguantarse. Así lo dispuso su tía y lo quisieron sus primas y lo aceptaron las gentes. Tienen las mujeres días en que parecen, o son de veras, más guapas que nunca. Purita los tuvo y los tiene tan admirables, que hasta semeja emanar la belleza y la gracia de su vida, esparciéndolas más allá de su persona. Yo lo he oído y lo he pensado algunas veces viéndola en su ventana: «¡Madre mía, cómo está hoy esa mujer!». ¡Todo en ella, cada instante de su cuerpo, coincidiendo para la perfección, respirando hermosura!
Lóriz sentose a su lado, diciéndole:
-Vive usted, don Magín, holgadamente debajo de su hábito...
-Sí, querido conde; llevé siempre la sotana sin sentirla, pero ajustada como si fuese mi piel, porque Dios me ha librado de que me pese como las vestiduras de plomo de los hipócritas de Dante... Pues decía que las primas de Purita, de las que se ha murmurado su afán de marido y su antojo de convento, las primas, viéndola tan hermosa, se revolvían erizadas: «¡No mira lo que hacemos por ella! ¡Será capaz de casarse antes que ninguna de nosotras!». Muchas familias participaban de sus recelos y agravios; y los posibles novios, tan moderados aquí, pasan de largo. Diálogos con varón en su casa no se le permiten sino con don Roger. Ya verán a don Roger en el Colegio de «Jesús». Figura nueva para ustedes. Un buen hombre que ha cantado óperas por esos mundos. Habla un poco de italiano y de francés. Le refiere a Purita sus jornadas en todos sus idiomas; y ésta es la última alarma de las mujeres y la imagen de perversidad de los hombres de aquí: que Purita pueda amar y pecar en español, en francés y en italiano.
Le interrumpieron las risas de los Lóriz.
-Y ya no queda qué decir; o queda lo mismo por muchos años: Purita o doña Purita no se casa. Y no se casa porque todavía tiene dos primas solteras, y porque es demasiado hermosa y demasiado señalada por la malicia. ¡Parece capaz de todo! Y yo la proclamo la más casta y la más virgen de todas las solteras de la diócesis; y doy la medida más grande de nuestra latitud de amor. Ahora hablemos de Paulina. Pero no hablemos más, porque alguien viene cuando sus vecinos, los facciosos, se asoman y acechan este portal.
Y don Magín se despidió, y dos Padres de «Jesús» se presentaron en visita de cortesía antes del ingreso de Máximo en el colegio. Ingresaba privilegiadamente ya mediado el curso académico.
Abriose un balcón de los de Lóriz, y la condesa llamó a don Magín.
-¡Que me traiga usted pronto a Purita!
Todo se sintió desde el escritorio del caballero de Gandía.
Don Amancio Espuch, el penitenciario, el padre Bellod, se prometieron los males de tanta tolerancia. Y llegarían días peores.
Precisamente llegaba un ruido de azadas, no de azadas agrícolas, frescas, primitivas, sino un ruido de azadonazos rectos, unánimes, disciplinados que rajaban el campo para tender las traviesas y vías del ferrocarril.
Oleza parecía sobrecogerse escuchando a lo lejos.
Llegó una multitud. Había catalanes, andaluces, extremeños, valencianos y «gabachos». Ingenieros y sobrestantes franceses, grandes y rubios. Listeros, capataces, furrieles. Un ejército de invasión, con sus carros y toldos; y, como a todos los ejércitos, le seguía una nube de galloferos, de mercaderes y abastecedores de sensualidades. De Andalucía y de Orán venían mozas galanas, como la Argelina de tan curiosos afeites, olores y ringorrangos, que las pobres mujeres pecadoras del país se paraban y se volvían mirándola con ojos de mujeres honradas.
Cualquier bracero del ferrocarril comía y bebía con más rumbo que toda una familia hidalga. Algunas cosas, entre ellas los dulces monásticos, encarecieron un poco. Se instalaron figones y botillerías, con tablado para cante; y de noche volcaban en Oleza el vaho de los ajenjos y frituras, el trueno del fandango, la brama de los refocilos.
Oraciones, labor de aguja, tertulias recogidas se contenían por oír los huracanes de la abominación. Y en el silencio se desgarraba una risa de mujer. Las señoras, entre ellas las Catalanas, que tuvieron tienda de tejidos, no se explicaban que esas infelices pudieran estar solas con tantos hombres.
Al amanecer, los ingenieros se bañaban desnudos en el río. Después, salían todos al trabajo; y Oleza se quedaba inocente y tímida bajo las campanas y esquilones de sus conventos y parroquias.
Don Cruz, don Amancio, el padre Bellod, lo miraban todo con amargura. ¡Se habían cumplido sus profecías!
Don Magín y el síndico Cortina les dijeron muy socarrones:
-¡Todo pasa, y esas gentes también pasarán!
El padre Bellod, el mastín del rebaño blanco de las vírgenes de Oleza, redobló la furia de su castidad.
-¡Ya lo creo que se han de ir; pero cómo dejarán este pueblo!
De sus justas alarmas se comunicó el Círculo de Labradores y el colegio de «Jesús». Algunos corazones pusieron su confianza en Palacio.
Palacio callaba. Demasiada indiferencia habiendo contribuido a la venida de esas gentes. Ellas traerían el ferrocarril, un acierto, una mejora para algunas concupiscencias. Que a cambio de esas ganancias no se perdieran otros bienes: era el parecer de los amigos del penitenciario.
Por algo lo decían. Porque hubo familias que acogían ya en sus casas a los extranjeros, y les agasajaban. Algunas doncellas recatadas les miraban, les sonreían y acabaron por comparar esos hombres robustos y generosos con los reconcentrados de la Juventud Católica. Muchos viejos recordaban que, en otro tiempo, las mujeres de Oleza, tan tímidas y devotas, se habían montado a la grupa de los caballos de los facciosos, bendiciendo y besando a sus jinetes, colgándoles escapularios y reliquias, dándoles a beber en sus manos y ofreciéndoles frutas rajadas con su boca encendida.
Ese contraste del arrebatado fervor, de la pasión de la hembra olecense con su hurañía, su cortedad, su fácil sonrojo y la tristeza de su vida de clausura, lo atribuía también don Amancio Espuch a una irresistible herencia iberomusulmana.
Los más alborozados con los invasores fueron los del «Nuevo Casino», que para escarnio de las conciencias puras se fundó en la acera del puente de los Azudes, es decir, en recinto de la parroquia de Nuestro Padre San Daniel. En los ruedos de mecedoras y en torno de las mesas de billar se celebraba cada noticia de las jácaras y libertades de los bárbaros. El síndico Cortina elevó los brazos y se torció desperezándose. Como él era todo Oleza: un bostezo. El anterior obispo, andaluz y jinete, debió morir de murria. No había más pasatiempos que los aprobados por la comunidad de «Jesús» y por la comunidad del penitenciario. Procesiones de Semana Santa; juntas de las cofradías; coloquios de señoras con señoras, de hombres con hombres; tertulias de archivos; comedias de Navidad en el De Profundis de «Jesús». Allí, el público, de familias de alumnos, había de sentarse con separación de sexos, como en las primitivas basílicas, y bajo la vigilancia de un hermano, que se deslizaba por el pasillo central como el inspector de una brigada extraordinaria. Entre los socios del Casino había antiguos colegiales que representaron El martirio de San Hermenegildo y La vida es sueño, con loas al colegio y sin «papeles de mujer».
El único solaz en sala cerrada y con mezcla de juventudes -Hijas de María y luises, esclavas y caballeros de la Orden Tercera, camareras del Santísimo y seminaristas- lo traía Navidad, con el Nacimiento en los almacenes de «Chocolates y Azúcares de Nuestro Padre», de Gil Rebollo, proveedor del colegio; un Belén mecánico de lumbres y nieves, de molinos que rodaban y aguas que corrían por céspedes impermeables y torrentes de corcho.
En casa de Gil Rebollo podían sentirse cerca varones y hembras. Fuera de aquí, no; como no fuese en vísperas de boda o en la obscura soledad del pecado. Pero aun en la farsa sagrada de Gil Rebollo estaban presididos por padres de la Compañía; y sin su presencia no comenzaban a moverse los pastores y rebaños, los ríos, la estrella, los camellos, los leñadores, los panaderos, las lavanderas, ni se iluminaba el retablo, que tenía la ingenuidad y abundancia de pormenores de un Evangelio apócrifo. En los descansos, un coro invisible de señoritas cantaba villancicos del padre Folguerol. La sociedad olecense subía a la esterada tarima de la presidencia, persuadiéndose entonces de que el rigor ignaciano podía compadecerse con sutiles donaires glosando los anacronismos del «Belén» de Rebollo. Festivos, asombradizos, sonrosados, no semejaban los padres los mismos padres del colegio. Pero pasaban días, y en una plática o junta de congregantes sentían algunos que se les enroscaba la palabra del predicador flagelando las deshonestidades de una gala demasiado atrevida, de un martelo demasiado ardiente dentro de la inocencia de una noche de Navidad. Hasta lo más profundo llegaban los ojos de los Ángeles de la Guarda de Oleza...
...Ahora, los del Nuevo Casino tenían ya el goce de ver cómo gozaban los forasteros. Y el síndico acabó dándose una puñada en su frente de tufos. ¡Estaban hartos del color de ceniza de su vida! ¡Ellos eran otra Oleza! Y el grupo de más brío se fue con el síndico Cortina a contárselo a don Magín.
Paseaba don Magín al sol de su huerto, leyendo en un volumen del Licenciado Cáscales la epístola al Licenciado Bartolomé Ferrer Muñoz «Sobre la cría y trato de la seda».
Se lo dijeron todo, y el capellán sonreía escuchándoles.
-Tenemos Nuevo Casino, y tendremos comedias con mujeres, reuniones con mujeres, de todo con mujeres. Y a esas fiestas podrán asistir los sacerdotes y las familias de más remilgos, como a la sala de Rebollo y al salón de actos de los jesuitas, pero sin jesuitas. Eso para el invierno; y los ensayos para el verano, de noche, en la delicia de un jardín; ensayos y verbenas...
-¡Así sea, aunque no me importe!
Le replicaron que le buscaban precisamente para que le importase y les encaminase a conseguir su propósito de divertirse sin tutela y en beneficio de enfermos y pobres de la diócesis.
-¡Ah, vamos: la obra de caridad, la alcahueta de siempre! Pues ni por sus oficios alcanzaréis lo otro si no lo cobijáis en los jardines y claustros de «Jesús».
Oyendo a don Magín se marchitaban los ánimos de los fuertes. Todos ellos encontrarían en su mujer, en sus hermanas, en su madre, en su novia, una voluntad encogida, necesitada siempre de la consulta y legitimación de otras voluntades.
-Sobre todas las de la diócesis -gritó Cortina- está la voluntad de Palacio.
Palacio tuvo tiempos apacibles. El señor obispo mostraba una infantil complacencia en su salud. Bajaba a su huerto por la puerta de la Provisoría. Los curiales le veían conversar con el hortelano; acoger con risas los botes y cabezadas del mastín; daba de comer a los palomos; se sentaba y leía subiendo sus dedos para tomar el olor de una rama de limón.
Ofició en muchas solemnidades. En la del Corpus predicó un padre de «Jesús», que puso todos los tonos de su garganta, la pálida inmensidad de su frente teológica y la elegancia de sus manos, tan femeninas entre la riqueza de su roquete de Gonzaga, al servicio de una frondosa ciencia dogmática. Acabado el sermón, el señor obispo, sin dejarle tiempo de bajar del púlpito, fue comentando, desde su baldaquino, la institución eucarística, claro, dulce y lento, comparándola a la «luz prendida de otra luz». El cabildo, las autoridades y los fieles volvían la mirada, desde el prelado, que movió su báculo como si quitase bondadosamente una niebla del ojo blanco de la radiante custodia, al jesuita que escuchaba inmóvil, con el bonete en el pecho y un dardo en cada cristal de sus gafas...
En esta época hizo su última visita pastoral; restauró algunos conventos; mejoró las casas parroquiales más pobres, y en una de un pueblo fragoso pasó el verano. Pidió que viniesen ingenieros, y con ellos caminó la comarca más amenazada del río, estudiando embalses y paredones que lo contuviesen, y a sus expensas se acabó el muro de Benferro. Logró el estudio del ferrocarril, y en Palacio se celebraron las primeras juntas para conciliar a los técnicos con los hacendados.
Poco a poco, Su Ilustrísima volvió a sus soledades. Palacio vivía en voz baja. Una madrugada el paje de servicio oyó gemir al señor. Asomose al dormitorio por la puertecita de la sala de los retratos, y le vio rajándose las llagas con un agujón de oro calentado en un fuego azul.
Lo supo don Magín y recordó las palabras de Grifol: «No se curará; tiene el dolor en las entrañas». Casi lo mismo, pero con más arrequives científicos que el difunto Grifol, dijo el médico forastero que venía a Oleza en el coche episcopal. Ese mal de la piel era como el mandato y la muestra de otro mal recóndito, de una etiología callada. Habló de sobresaltos y trastornos de emoción que predisponen a padecimientos que si no significan un peligro pueden ir fermentándolo.
Su Ilustrísima nombró la lepra, y el médico apartó sus recelos con un ademán indulgente. Antaño se confundía y agrupaba la lepra con otras enfermedades; pero en estos tiempos cualquier curandero la reconocería desde sus principios. No se olvidó de decir el descubrimiento del bacilo, ni de nombrar a Hansen y a Neisser, ni la forma y las medidas del microbio por milésimas de milímetros, sin omitir los ensayos de remedios más audaces como el de inocular ponzoña de serpientes. También contó sus visitas a leproserías donde murieron leprosos de pulmonía, de nefritis, de vejez, los cuales habían vivido más de veinte años con las llagas cerradas y secas, sin dolores, y con capacidad sensitiva hasta en la zona atacada, de modo que debieron ser rehabilitados sanitariamente; estaban limpios de su podre, y se les dejó morir entre los inmundos. Y el médico terminó con una bella frase de revista o conferencia dominical: «Si la medicina antigua tuvo carácter religioso, colocada entre el rito y el milagro, la medicina moderna participaba de la Ética y de la Sociología».
Era un dermatólogo de piel tan magnífica, de porte tan pulido, que todos sus enfermos se sentían realzados de ser el objeto de los estudios de ese hombre y hasta llegaban a no creer tan horrendos sus males tocándolos aquellas manos.
Para Su Ilustrísima la elocuencia del doctor objetivaba demasiado el mal. Escuchándole se veían las enfermedades separadas de la carne, contenidas y humildes bajo el poder de tanta sabiduría y elegancia. Después se soltaban por el mundo, y la suya se le escondía en la sangre y en los huesos, y se quedaba a solas con el dolor. Enfermo sin familia, con un pudor adusto de sus tristezas.
El cabildo, los familiares y domésticos recogían de sus ojos y de su silencio un veto de llegar a su intimidad. Enfermero y confidente de sí mismo, a sabiendas de que se hablaba de su padecer. No lo desnudaría con la palabra pronunciada. La palabra era la más preciosa realidad humana. Y el obispo se imponía esa ilusión de todos los que sufren de que el secreto existe, aun entre los que lo conocen, mientras la voz no lo abre.
Don Magín lo había aceptado. En sus conversaciones elegía asuntos y anécdotas que recrearan al pastor y al amigo y hasta contrariedades gustosas. Una de las más grandes la tuvo Su Ilustrísima cuando don Magín rechazó una canonjía de gracia.
-Serás canónigo por obediencia.
-Señor, ni por obediencia. ¡Huiré como un santo!
El señor obispo estuvo mirándole mientras le decía:
-¡Mi pobre salud no ha de recibir ningún daño!
Pero don Magín le replicó con maliciosa mansedumbre:
-Señor, que tampoco lo reciba la salud de las pobres criaturas como yo.
Y pidió la prebenda para un viejo capellán y el traslado a su rectoría de un vicario, los dos sometidos a la dura servidumbre del padre Bellod.
Pasó un doméstico anunciando a la comisión del Nuevo Casino. Don Magín adelantó los intentos y supuestos de aquellos diputados. El familiar presagió temerosas discordias: «Jesús» no toleraría esos solaces; el penitenciario y los suyos, tampoco. Se culparía de todo a Palacio. Su Ilustrísima hizo abrir la mampara, y desde su sillón bendijo cansadamente a los de fuera, diciéndoles:
-Si vuestra obra es buena, prometemos ir alguna vez y presidirla.
Salió don Magín con las gentes del Casino, que le llevaban abrazado.
Al atravesar el puente de los Azudes, cerca del Nuevo Casino, les atropelló uno de los socios corriendo y gritando como huido de una perdición:
-¡Qué bárbaros! ¡Lo he visto, lo he visto yo!
Lo había visto y escapaba para contarlo. Los ingenieros, después de almorzar en las obras, habían desnudado a la Argelina, y desnuda del todo la colgaron entre dos naranjos en flor; ella cantaba, y los hombres la rodeaban campaneándola y dando bramidos. Una hoguera de carne. Tocaban acordeones, y parecía envolverles un viento marinero.
Desde la baldosa repitió a gritos la aventura para que llegase a los que salían del tresillo y del billar.
Así lo oyeron y se inflamaron todos los socios; los socios y la señorita de Gandía y la señora de Monera, que, grifadas de honestidad, iban entonces muy de prisa, camino de casa de las Catalanas.
Eran dos. Menorquinas -mahonesas- de nacimiento, y comerciantes de Barcelona. El padre trajo a Oleza su negocio de tejidos de la calle de Puerta Ferrisa. Murió del cólera, y se alejaron veloces los años encima del mercader. Casi nadie se acordaba de su gabán color de aceite, de su gorro de punto de estambre con una borla morada que le caía cansándole la sien. Se le olvidó de manera que las huérfanas semejaban no serlo, no haberlo sido nunca ni necesitar de madre: prolem sine matre creatam; como si fuesen hijas de sí mismas, hechas de sí mismas. Según estaban, debieron de ser desde su principio y serían para siempre, aun después de muertas y sepultadas. No se las podía imaginar sino en su presente: altas, flacas y esquinadas; los ojos gruesos de un mirar compasivo, el rostro muy largo, los labios eclesiásticos, la espalda de quilla y, sobre todas las cosas, vírgenes. Sus lutos -todavía de retales de la tienda- nadie los creería de viudez ni de maternidad rota. Solteras. Estatura, filo y pudor de doncellez perdurable. Para ser vírgenes nacieron. Las dos hermanas se horrorizaban lo mismo del pecado de la sensualidad que nunca habían cometido, y casi tanto temían el de la calumnia, prefiriendo que fuesen verdaderas las culpas que se contaban en su presencia. Por eso, había de referirse todo menudamente, hasta quedar persuadidas de que el prójimo recibía su merecido nada más.
Luego de comer paseaban entre los cuatro limoneros y las dos palmeras de su huerto, el huerto del almacén de Miseria; los árboles y las dos hermanas se reflejaban deformes en las bolas metálicas de jardín colgadas de los arcos de un cenador de geranios y pasiones. Se cansaban y tosían a la vez, y entraban a sentarse en las butacas de lienzo puestas junto a la reja de la sala. Les quedaba un poco de dejo catalán; se acordaban con regaño de la plaza del Pino, de la calle de Puerta Ferrisa, de la Canuda y de su único viaje a Madrid, en 1850, donde una de ellas pudo ser la enamorada del dueño de un comercio de ropas de la calle de Atocha, que después no resultó dueño. Suspiraban, alzándose el pañuelo que les bajaba por las mejillas. Lo traían de seda de pita dentro de casa, y para fuera, manto. Y a esperar. Todo limpio, todo guardado. Sabían lo que habrían de sentir, comer, rezar, vestir y pensar en fechas memorables. De modo que a esperar al lado de la vidriera; a esperar que alguien viniese y empujase las horas hasta la de las oraciones. Ese alguien era siempre la mujer del homeópata Monera, y Elvira. Oyéndolas, no tenían más remedio las Catalanas que sobresaltarse. Pero la virtud de casada de la Monera y el furor de los ojos y de la lengua de la señorita Galindo, les curaban los escrúpulos. Sus amigas lo escarbaban y lo probaban todo, gracias a Dios. Y ya las dos hermanas podían respirar compadeciéndose de este mundo.
...Vinieron las de siempre. No pasaron juntas porque una celadora de la Adoración retuvo en el portal a la Monera. Elvira precipitose en la sala y, sin besar a las dos viejas señoras, les refirió ella sola la depravación de los ingenieros.
Las Catalanas principiaron a toser y consternarse, diciendo que no era posible tanta inmundicia.
-Pero ¿desnuda? ¿Sin enaguas, sin pantalón de punto, sin medias? ¿Atada y colgando de dos naranjos? ¿Y ellos qué hacían, Dios mío?...
Entró la Monera. De sus ojos que le bailaban y del ansia de su resuello de mujer lardosa le salía el gozo de decir alguna noticia caliente. Pero Elvira no se dejaba vencer delante de aquellas solteronas sin herederos, y se olvidó de la Argelina para comentar el traslado de don Pío, vicario de «Nuestro Padre», a la parroquia de don Magín.
-¡Atiende, que Dios los cría y ellos se juntan! -la interrumpió, ahogándose, la del homeópata.
-¡Yo no sé si los criará Dios de ese modo; pero quién los junta me lo sé de sobra!
Aquí volvieron a su susto las Catalanas. ¿Es que don Pío no era un buen sacerdote?
Casi recién salido del seminario ingresó en la parroquial del padre Bellod. Descolorido, muy dulce, de tez de niña; resultó poeta. Ya en las veladas y concertaciones del Convictorio fue siempre el escogido para la oda o disertación de honor, ofreciendo, como encanto separado de las virtudes literarias, la elegancia de su figura, de sus ademanes, de su sotana y la delicada belleza de su voz y de su mirar de adolescente.
-¡Ahora habrá que oír y ver al curita poeta!
-¡Si el Señor le ha dado gracia para eso! -dijo, compungida, una de las Catalanas en nombre de las dos.
-¿Gracia para qué? ¿Para que en sus versos celebrando a las santas que se sabe que fueron muy lindas y de familia ilustre, y a las que pecaron a su gusto antes de la santidad, se sientan requebradas señoritas y señoras de este pueblo que no son para tanto?
Enrojeció la Monera en su amor olecense. Añadió Elvira que el padre Bellod ya tenía rebajados los vuelos de su vicario, y, un domingo, en el ofertorio de la misa conventual, se desmayó don Pío. Subieron en su socorro las Hijas de María. Quiso el padre Bellod adobar al dulce pichón. Pero Su Ilustrísima lo puso al lado de don Magín.
-¡Pues, atiende, que muchas lloran su marcha! -Y la Monera se relamió su boca gruesa de comadre.
-No se apure, que ya van en su busca, y el banquillo de su confesonario de San Bartolomé amanece como un tocador de novia, todo de flores, y entre las flores, cartas de pena, sin firma; allí se arrodillan las señoritingas y se las oye confesarse sollozando.
-¿Y no será calumnia? Es mucho. ¡Ya verá!...
En seguida, la de Gandía fue sosegándolas. Su lengua iba descubriendo todas las intimidades de la ciudad, como si soltara los vendajes de un cuerpo llagado; y en cada revelación probada, ponía el ungüento de una protesta de ternura, porque no podía esconder que amaba ya este pueblo como suyo, y lo mismo les sucedería a sus amigas.
-¡Lo mismo, lo mismo! ¡Ya verán! ¡Por eso nos duele lo que dicen!
Toda la Monera se removía en un tumulto de despecho, mientras agradecía y alababa tanto amor.
Elvira le sonrió con impertinencia. Ella bien sabía que en todos los tiempos hubo males y escándalos en Oleza. Lo sabía por don Amancio. ¡Qué saber de hombre! Desde que se dejaba la barba parecía más mozo: una barba lisa hasta el pecho, una barba preciosa de color de azafrán... Pero, en otros tiempos, no contaba Oleza con partidos como el que representaba su hermano don Álvaro, y más atrás, ni siquiera hubo obispo en Oleza. Ahora, en cambio, parecía no haberlo. Porque con un obispo enfermo, y un enfermo como ése, iba pudriéndose la diócesis.
Aquí Elvira les avisó de las últimas fugas del seminario: tres del curso de «teólogos», cinco del grado de «canonistas», un fámulo de refectorio... A otros se les oía llorar en sus aposentos; mordían la beca; se volcaban desnudos crujiendo en su márfega de forraje de panoja, sin poder contener sus deseos impuros. Si se refugiaban en la meditación de la castidad de algunos santos y santas, en seguida huían del remedio para no incorporar las imágenes inmaculadas a las imágenes de pecado. Dos «menoristas» pidieron a gritos convulsos que les abriesen la puerta para salir a la perdición del mundo. Vino don Magín, lector de Moral y Patrología, y los empujó contra una balsa, gritándoles: «¡Dejaos de perdición! No vale la pena. ¡Resistid vosotros los apasionados, no nos quedemos con los que no sirven ni para las tentaciones!».
Las señoras de Puerta Ferrisa sintieron generosas alarmas:
-¡Ay, si todo esto lo supieran los enemigos de la Fe!
Se espantaban en vano, porque en Oleza no había ni un enemigo de la Fe. No lo eran los arrabaleros de San Ginés, que en su vivir andrajoso de muladar se respetaban sus machos, sus hembras y sus corralizas y cumplían con los preceptos de la Iglesia bajo la voz de don Magín. Tampoco lo eran los del Nuevo Casino, por muy audaces y aburridos que se creyesen. No faltaban a las conferencias cuaresmales, sintiéndose halagados cuando el predicador, casi siempre de Madrid o de Valencia, proclamaba encendidamente, al despedirse, que nunca había visto un espectáculo de piedad tan grande como el que Oleza ofrecía a los ojos de Dios y de los hombres. Íntegros y liberales, eran de la cofradía de «Jesús atado», y en la procesión matinal del Viernes Santo rodeaban el Prendimiento, vestidos de legionarios, sumisos al centurión don Amancio Espuch...
No; no había en Oleza enemigos de la Fe. Lo dijo soflamándose la del homeópata.
-¡No los habrá -arremetió Elvira-; pero este bendito pueblo permite que se agravie a Dios y a la decencia!
-¡Y ahora! ¡No diga eso!
-¿Que no lo diga? ¡Si yo lo he visto! Hace un instante, don Magín no podía contener la bulla oyendo el escándalo de la Argelina, y con la boca llena como de un mal bocado, me saludó dejándome la baldosa para que yo sintiese aquella indignidad, que a buena crianza no hay quien le gane. En su casa, casa-rectoral, se regodean los ingenieros. No se santigüen, porque, después de todo, Palacio fue quien nos trajo esas cuadrillas de trueno, pidiendo, con las prisas de la salvación, que se hiciese el ramalico del ferrocarril. ¡Para qué querrá Su Ilustrísima el tren teniendo que pasar los años escondido arrancándose postemas! Palacio, sí, señoras; es decir, los dos palacios: ése y el de Lóriz, porque no hay quien me niegue que Lóriz puso dinero de la condesa en las obras, el poco que les va quedando; y a eso vino: a vigilarlas y, de paso, dejar interno en «Jesús» a su cría canija; hijo de vicioso, que le pegará sus resabios a los hijos de casas decentes. En la ropería del colegio no caben los cofres del ajuar del niño. Ni el de un novio. Lo sé. Cada presentación de la criatura es un alboroto. Recuerden las ayas, las nodrizas y aquel lujo del parto a todo pregón...
-¡Lujo de parto... -balbució una de las Catalanas, mientras la otra elevaba con beatitud sus ojos-, lujo de parto el de la reina, el año cincuenta, cuando nosotras estuvimos en la corte!
-¡La única vez que fuimos a Madrid!
-La única. ¡Éramos muy jovencitas!
Elvira y la señora Monera sonrieron delgadamente.
-En el Palacio Real se prepararon alcobas completas, con sus lavabos y armarios y todo, para los grandes de España y los ministros. Y arriba, en las terrazas, había guardias -nosotras los vimos- con banderas y fanales de colores para avisar de día o de noche si venía al mundo príncipe o princesa. Cañones, músicas, tropas; todo el pueblo en la calle para contar los cañonazos... ¡Lo estoy diciendo, y mírenme la piel cómo se me eriza!
La hermana también mostró su piel erizada. Elvira gritó:
-¿De modo que forasteros, madrileños, soldados, todos sabían lo de la reina?
-¡Oh! ¡Ya verá: es la reina! -convinieron las Catalanas, casi arrepentidas de sus predilectas memorias-. ¡Las reinas tienen que consentirlo!...
-¡No lo sería yo por nada del mundo, y menos preñada! ¡Jesús!
Nunca se le quitaría de sus oídos el grito de Paulina cuando parió. De no acudir la Monera, lo hubiese presenciado todo siendo soltera. Después estuvo lamiéndose la espumilla de sus labios, y preguntó:
-¿Y qué hicieron esos palacianos, tanta gente y tanto cañón cuando nació la criatura?
Las Catalanas, confundiéndose más, dijeron:
-No sabemos... ¡La señora reina malparió!
-¡Menos mal! A mí se me raya el hígado de ver esa vanagloria del vientre y ese embuste de disimularlo entre sedas y galas, estando todos en el secreto del disimulo; porque yo no puedo remediarlo: ¡yo me lo imagino todo!
Era verdad: Elvira se lo imaginaba todo con un ímpetu candente.
Las viejas señoritas de Mahón la miraban rendidas, tosían menudamente, sin cuidarse de la Monera, que no se resignaba al tono menor de segundona de la amistad en aquella casa. Y comenzó a decir:
-Ya no nos acordábamos de hablar del último escándalo. No lo adivinarán. ¡En cueros, como una perdida, y adrede!
-Lo conté yo cuando vine. Tuve que tirar la noticia de mi boca porque me quemaba.
-¡Si usted, Elvira, tampoco lo sabe! Me lo dijo, cuando llegábamos, una celadora de la Adoración. ¡Una afrenta de mujer!
Las Catalanas se dejaron a Elvira, volviéndose con ansiedad a la Monera.
-¿Y la conocemos nosotras? ¿Entra en esta casa?
-La conocemos; pero no viene a esta casa ni a la mía...
-¿Y de este pueblo? -suspiró Elvira-. ¡Es no acabar!
-¡Purita!
-¿Purita? ¿Doña Purita?
-Purita, o doña Purita, ha salido desnuda a su reja, cuando le daba toda la luna, para que el de Lóriz la viese desde la calle... ¡Lo puedo jurar!
Las Catalanas levantaron las manos y los ojos.
-¡Si no es posible, Jesús! ¡Y delante del cielo! ¿Es que esa infeliz no pensaba en Dios, que todo lo ve? -Las dos señoras enrojecían mirándose su cuerpo tan virginal, tan guardado bajo sus ropas de lutos-. ¿Pero el de Lóriz la vio desnuda del todo? ¿Y qué hizo ese desdichado?
Y, afligiéndose más, suspiraron:
-¡Esos padres, esos padres, qué cuenta han de dar a Dios!
La tienda de doña Corazón siempre tenía sueño y quietud de archivo, de archivo de sí misma. De tarde, dos potes de Manises goteaban rápidamente de sol. Después, todo parecía más interno y callado. En los vasares sudaban los tarros de astillas de canela, de libros y ovillos de cera, de estrellas viejecitas de anís, de gálbulos de ciprés y eucaliptos, de gomas de olor...
No latía el reloj de pesas, seco y embalsamado de silencio, con sus dos saetas plegadas entre las diez y las once, las dos juntas, sin medir ningún tiempo, como si nunca hubiesen podido caminar por el lendel de las horas. El calendario, liso, sin días, como una lápida de cartón de las fiestas desaparecidas. La estampa del Sagrado Corazón de Jesús se torcía casi descolgándose; y aunque el Señor tuviese entre los dedos su lis de llamas prometiendo «Reinaré», semejaba ofrecerlo y decirlo por divina costumbre, por infinita condescendencia con las casas de los hombres.
En el escritorio se volcaba un gato, y junto al cancel, una mujer enjuta, una viuda pobre, miraba quietecitamente el mismo rodal de hierba menuda de la calle de la Verónica, donde brincaban los gorriones. Anochecido se cerraba el portal; arriba, se hincaban unas pisadas de madera; todo crujía; y luego iba pasando un coloquio de mujeres.
De mañana, muy temprano, volvían a sentirse los tacones de zancas. La mujer vestida de viuda dejaba entornado el postigo. Venían mozas de la vecindad; no mercaban nada; preguntaban por doña Corazón.
Doña Corazón seguía lo mismo: engordando y cuajándose en su sillón de anea, tullida de dolores; muy limpia, muy peinada, haciendo labor con un aleteo de manos de niña que dejaban luces de anillos arcaicos y aroma de bergamoto. Puesta en el ancho asiento, ella misma, con el ímpetu recogido en sus brazos mollares, lo hacía caminar de pata en pata, cansadamente, como una vieja cabalgadura. No quiso que le pusieran ruedecitas al mueble, miedosa de creerse ya baldada sin remedio.
De su alcoba de velos blancos a la ventanita florida. Ya no tenía más jornadas su vida. Cuidábala Jimena, la antigua mayordoma del «Olivar de Nuestro Padre», maciza y colorada y el pelo como el lino.
Le daban compañía muchas amistades. Labradoras, artesanas, señoras humildes, señoras de rango acudían a compadecerla y dejarle los regustos del mundo.
El funerario de Oleza quiso arrendar el obrador de chocolates. No lo permitió la dueña; pero, desde entonces, sus amigas se creían entre coronas y ataúdes, y le pidieron que quitase ya los despojos del comercio, transformándolo en pulido zaguán. Lo contradijo don Magín. Los cedazos, las cóncavas piedras, los rodillos inmóviles, todavía olorosos de la pasta de cacao, tenían para él una belleza arqueológica. Arrancar esos testimonios del ayer sería pecado de desamor.
-Sin ellos, sin ese ambiente, yo, lo confieso, yo no vendría a esta casa con tanto agrado y frecuencia...
Y don Magín se puso a mirar la tarde entre los tiestos de ciclamas y albahacas y el estrépito de los pardillos, que le festejaban desde los trapecios y cunas de sus jaulones.
Mediaba marzo. Olor de naranjos de todos los hortales. Aire tibio, y dentro de su miel una punzada de humedad, un aletazo del invierno escondido en la revuelta de una calle. Nubes gruesas, rotas, blancas, veloces. Azul caliente entre las rasgaduras. Sol grande, sol de verano. Más nubes de espumas. Otra vez sol; el sol, cegándose; y la tarde se abría y se entornaba, ancha, apagada, encendida, fría...
Doña Corazón elevó su sonrisa a don Magín. Aunque nada quedara de sus tiempos, no le faltaría el palique de su capellán.
-¡Adivine lo que ahora pienso!
La dulce señora se asustó sin querer.
Don Magín había cruzado sus brazos, dejándose una mano alzada donde descansar el medallón de su rostro como en una ménsula; y desde allí, mirándola, decía:
-Todos, todos en este mundo, hasta los que tienen entrañas puras, entrañas de azucenas como usted...
-¡Ay, no lo diga!
-¡Todos cometemos ingratitudes!
Se alarmó más la señora. Sus azucenas se doblaban dentro de la grosura de su cuerpo tullido bajo un poniente de memorias, que siempre había de ser don Magín quien lo trajera.
-¿Piensa usted, don Magín, que voy olvidándome del pobre don Daniel? ¡Desde estas jamugas de mi borriquito -y tocaba su asiento con sus manos primorosas- miro yo a lo lejos los años de su desgracia y de la mía!...
-En cambio, ¿se acuerda usted de don Vicente Grifol? ¿Lo ha recordado usted hoy?
¿Hoy? ¡Precisamente hoy, no! Sin decirlo, lo confesaba compungiéndose.
Don Magín era como la conciencia de la apacible señora.
-Pues hoy, precisamente hoy, se cumple el año de su muerte, tan silenciosa como su vida. Todos, usted, usted y yo también, fuimos crueles de desapegados con aquel hombre, que hasta para dar un golpezuelo de bastón en una losa miraba que no hubiese ni una hormiga que dañar. De todos nosotros, la única buen alma que le acompañó en su agonía fue doña Purita. Le veo morir en su butaca sin perder su sonrisa. Purita le tomó los quevedos; les puso su respiración de frutas; se los limpió con sus guantes, y el enfermo le pedía: «Guárdemelos en mi bolsillo del pecho para no dejármelos en este mundo». Cuando yo fui a reconciliarle, no quiso. «He de morir riéndome de los cuentos de Purita; y si allí me lo quieren cobrar por irreverente, enhorabuena pase yo algo por esta criatura». De madrugada volví para ungirle, y ella seguía a su lado sonriéndole y enjugándole los sudores.
-¡Y aquí me tienen ustedes! -y entró, riéndose, la mujer ensalzada que esparcía el júbilo y la claridad de su vida.
Don Magín se sofocó de que le hubiese sorprendido elogiándola.
-¡Si usted no pasa de párroco a obispo, ni yo de solterona, yo seré quien le cuide y le bizme, si lo necesita, en la vejez!
-¡Usted, hija mía, me cuidará y me bizmará! ¡Porque usted y yo haremos todo lo posible para no pasar de lo que somos!
-¿De modo que no me casaré, no me casaré nunca? -Y Purita lo dijo mirándose, desde su virginidad, sus pechos, sus brazos, sus caderas de diosa, de diosa casada; se los miraba dulcemente, como si fuesen de una hermana suya; y así murmuró:
-¡Ya no están los ingenieros rubios!
-¡Todavía han de volver algunos!
-¡Qué se me da que vengan, don Magín, si para lo que ellos quisieran, por ser libres como extranjeros, yo soy decente, y para esposa, yo soy, según dicen, demasiado libre y ellos demasiado de Oleza! -Y lo que pudo acabar en un gemido, se abrió en un alboroto de risa.
Era secretaria de muchas Juntas y de la Cofradía de la Samaritana. Su plenitud de treinta años le trajo el doña, sin quitarle el diminutivo de su nombre, avenido con su soltería, con sus gracias y ligereza. «Eva deseando escaparse del Paraíso, todo un paraíso de manzanos, sin un primer hombre siquiera», según don Magín.
A don Magín se volvió, pidiéndole que se apartara porque tenía que hacer confesión de un pecado mortal.
-Aquí estoy para escucharla.
-No, señor; que para los pecados peores busco siempre la más grande inocencia, y vengo de confesarme con don Jeromillo.
-¿Y qué dijo don Jeromillo?
Contó doña Purita que, al principio, salió una mano del capellán estremeciéndose en el borde del confesonario; ella suspiró, y se doblaron dos dedos; pero el cordal, el índice y el pulgar porfiaban erguidos. La penitente se contuvo en la delicia de la contrición; toda la mano colgó madura. Y en acabando el «yo me acuso de que digan que me han visto desnuda del todo», don Jeromillo rebotó, golpeándose en la jaula, diciendo: «¡Leñe, qué ocurrencia!».
La dulce tullida parpadeó mucho, a punto de llorar. Don Magín quedose rojo, y la Jimena, ronca y espantada, le gritó:
-¡Doña Purita, Madre mía Santísima, Reina Soberana!
Doña Purita tomó las manos de doña Corazón; estuvo jugando con los viejos anillos de la señora, y en esta actitud de nena distraída, exclamó:
-Han de saber que esa «ocurrencia» la tenían picoteada en la tertulia de las Catalanas. La Monera y Elvira, la beata de Gandía, juraron que yo me quedé desnuda en mi reja para que el de Lóriz me viese... Todo me lo cuenta después la misma Monera, con celos de la otra.
Por el corpiño de doña Corazón subió un oleaje de pena y de ira que se le deshizo en un sollozo. La mayordoma se revolvía, prometiendo rebanar y pisar todas las lenguas de víboras.
Doña Purita la contuvo:
-¡Es que hay verdad en lo que dicen! ¡Un poco de verdad!
Doña Corazón ya no tuvo más remedio que llorar, mientras don Magín no tuvo más remedio que reír.
-Yo me resigné a que esa «ocurrencia» fuese pecado porque las gentes lo decían, pero yo no pequé. Yo estaba acostada, sin sueño. (Lo de acostarme sin sueño vendrá de mi niñez de sobrina protegida). A mi lado hay un espejo, lo único que heredé de mi casa, un espejo grande, donde me miro y me veo del todo; pero un espejo decente. Y me vi esa noche. Había luna llena, esta luna de marzo, la de la víspera de la luna de Semana Santa, cuando yo soy más feliz sintiéndome una María Magdalena virgen.
-¿No tiene usted en su reja un rosal?
-Sí, don Magín de mi alma, un rosal, ahora ya tierno, que da gozo. Pues me dio la gana de ver la noche entre mi rosal. Abrí los postigos, y entonces me aparecí en el espejo. Yo estaba sola, y me daba tanta luna, que quise verme como en un baño. ¡Ay, don Magín, nunca me he creído tan buena ni tan dichosa! Nos mirábamos la luna y yo en mi desnudez y en silencio. ¡Qué silencio de luz!... Dicen que me vieron. Yo cerré la ventana apenas me llegó ruido, y me oculté y me cubrí, porque ya con sospecha de alguien no sentía yo la misma delicia. Ustedes me escuchan sonriendo y aceptándome. Yo no sé por qué las flacas, las feas, las de piel verdosa y ardiente como las Elviras...
-¡Purita, por María Santísima!
-Doña Elvira sabe que yo la llamo verde, flaca y ardiente, y lo es. ¿Verdad, don Magín, que lo que yo digo es el Evangelio?
-¡No será precisamente el Evangelio, pero lo creo lo mismo!
-Pues yo no sé por qué las Elviras se enfurecen tanto de que las que no lo somos nos guste vernos, a la luna, blancas y hermosas. Sí, señor: blancas y hermosas, aunque me arrepienta en seguida de decirlo. Solas, desnudas, mirándonos. Yo, sola, mirándome y complaciéndome como si yo no fuese yo ni otra.
-¿Pero la vieron a usted, la vio desnuda el de Lóriz? -le preguntó la Jimena con ansiedad.
Doña Purita se reía con exquisito pudor.
Y desde afuera vino una vocecita frágil, diciendo:
-Si a ella le agradara que la viese desnuda el de Lóriz, no sería por la ventana abierta, sino con la ventana cerradita, mis hijas.
Pasó doña Nieves la Santera, con su altarín de San Josefico, haciendo a todos sus comedimientos; y sentose arrebujada en su manto, como si estuviese en las Cuarenta Horas. En doña Nieves se daban tres cualidades, por lo menos, de su nombre: blanca, fina y fría. El tono de su habla quebradiza semejaba de niña enferma y con regaño. Sus ojos, de un azul pálido y quieto, presenciaban impasibles los dolores y desventuras de casi todas las familias de Oleza. Asistía a los agónicos; amortajaba y velaba los difuntos sin admitir salario ni limosna, dejando los dineros para la que acudiese por oficio. Vio morir a sus padres, a sus hermanos; quedó sola en su casa, y nunca se le empañó su mirar. Para lavar a los muertos, les tomaba de los brazos, tan rígidos, de las piernas, tan grandes y duras; los zarandeaba con suavidad, con pocos crujidos, como si volviese muñecas primorosas, las muñecas con que jugaba aquella niña enferma que residía dentro de su vocecita.
Doña Purita la recibió aplaudiendo de júbilo:
-¡Doña Nieves! ¡Doña Nieves ha de valerme! Doña Nieves ha de ser la prueba de mi negocio. Vean a doña Nieves: ella jamás habló a nadie, ni a nosotros, de su vida. Ella sale de su casa, cierra y se guarda la llave. Vuelve; abre, entra, cierra y se queda dentro sola. Nadie la ve; nadie la visita. ¿Quién pisó su alcoba? ¿Quién se asomó a su arca? Parece que doña Nieves no sea de bulto, sino lisa, estampada. ¿No es verdad? Ni ama ni odia, ni llora ni teme. Mírenla reír sin rebullirle los labios. Doña Nieves penetra en nuestras intenciones más que los ojos de Nuestro Padre. Ella sí que nos ve a todos desnudos, como si fuésemos cadáveres. Pero nosotros no pasamos de su ropa, como si detrás no hubiese más que el reverso de la tela. Doña Nieves es un misterio; debiera ser un misterio, y no lo es. En el Círculo de Labradores, en el Nuevo Casino, en San Ginés, en todas partes de Oleza se dice que doña Nieves, cuando se recoge, de noche, en su dormitorio, saca cuatro cirios amarillos, cuatro candeleros de madera, y se viste su mortaja de sayal de agustina; se la pone para dormir, como yo me pongo mi camisona; pero ella se añade la toca, las calzas de algodón, las alpargatillas, todo con una crucecita morada entre sus iniciales. ¿Es verdad, doña Nieves? Usted no lo ha contado, y lo sabemos. Ni usted tuvo la vanagloria de decirlo ni de mostrarse amortajada para dormir, ni yo de que me viesen desnuda. Y nos ven. Oleza tiene ojos de gato y de demonio que traspasan las paredes.
Doña Nieves había depositado en la consola su capilla. Hizo una genuflexión y, suspirando, abrió las hojuelas. Apareció San Josefico, muy lindo, con pelo de mujer, el tirso jovial de flores y las ropas ingenuamente bordadas, como si lo hubiesen vestido las niñas de Costura. Tenía a los lados floreros de cipreses con rosas de oro; el fondo, de bovedilla azul con avecitas, lúnulas, querubines, signos del zodíaco, atributos de labores artesanas y agrarias, y delante de sus sandalias miniadas, el vaso de la mariposa que cada familia llenaba del mejor aceite. Veinticuatro horas lo dejaba en su poder para que le rezasen y le pidiesen gracias y le alumbrasen, y al recogerlo, le daban socorro. Con él y sus recados ganaba su pan: recados de venta y trueque de joyas, telas, encajes, abanicos, bujería y olores. Corredora, medianera, consejera y amiga pobre, sin perder entono y señorío, de las principales casas de Oleza, cuyos hijos y criados la trataban siempre de doña, y ella tuteaba a todos, y sentábase a su mesa, comedida y ganadora de la confianza. En fin, su altarillo era su refugio, su alacena, su escudo y su llave para llegar a lo recóndito de todos los corazones y viviendas, y al lado de cada aflicción ajena sabía poner el dulce resumen de un suspiro.
Asomose don Magín a la hornacina, y desde allí decía:
-Este San Josefico, tan aldeano y tan guapo, me impone más que la tremenda imagen de Nuestro Padre San Daniel. A Nuestro Padre se lo cuentan todo a voces; es santo de multitud. San Josefico se pasa una noche y un día en la intimidad de cada casa y se apodera hasta del olor de los ajuares. Lágrimas, murmuraciones, gritos, sonrisas y silencios se van quedando en esta cajuela. No se le puede mirar sin sentir como el pulso de algún recuerdo o confidencia de otro devoto. Aquí dentro está Oleza.
Doña Corazón le escuchaba mirando la menuda imagen. San Josefico presenció la olvidada agonía de don Vicente Grifol. A la otra tarde, doña Nieves le trajo el santo. Y hoy, que se cumplía el aniversario de la muerte, volvía San Josefico a pedir posada de piedad en su alcoba. San Josefico movía la rueda emocional de los tiempos y de los hogares. La imagen hablaba por la boca marchita de doña Nieves. Ella siempre advertía de dónde acababa de venir, y el diminuto huésped dejaba las encomiendas, las sensaciones y el vaho de la otra familia.
-¡Ahora lo traigo del lado de Paulina!
Y doña Nieves suspiró y dejó que su San Josefico emanase la emoción de la ausente.
Todos callaron mirándolo; hasta que don Magín volviose a la bizarra doña Purita:
-Ni ojos de gato ni de demonio, como usted dijo; sólo San Josefico tiene poder para traspasar las paredes y averiguar el secreto de la casa de don Álvaro.
-¡Yo también lo sé! -prorrumpió, encrespándose, la Jimena-. ¡A mí no me engañó esa gente! ¡Por algo mientras casaban a Paulina le pedí yo a Dios que me diera coraje y maldad para defenderla de todos!
Y don Magín sonrió.
-¡Pero no siempre atiende Dios los ruegos de sus criaturas!
-Al pasar por aquella casa -gritó doña Purita- se tropieza una con el silencio y la obscuridad. Si veo cerrados sus balcones, me pregunto: ¿qué ocurrirá?, y si están abiertos, me digo: ¿qué habrá sucedido? Porque parecen balcones y rejas de salas, de dormitorios donde hubo un difunto, un difunto que nunca acaban de sacar. Y lo más horrible es que nunca pasa nada.
Entonces la vocecita endeble de dona Nieves exhaló como desde el pecho de San Josefico:
-Mis hijas; bien avisado iba don Magín: mi santo pequeño debe de saber más de Paulina que Nuestro Padre San Daniel. Mujer que no resista la mirada de Nuestro Padre, es mujer pecadora. Nuestro Padre no sabe sino que le llevan a Paulina bajo sus ojos. Pero San Josefico sabe más: sabe que Paulina puede resistir la prueba resistiendo cada noche los ojos de don Álvaro.
Alzose Purita, y mientras se componía su tocado en el espejo de doña Corazón no paraba de hablar:
-¡La frente de don Álvaro está rota por un pliegue como una herida abierta desde su alma! ¡Qué será ese hombre, que el hijo tutea a la madre y a él le habla de usted! ¡Hombre puro, que siempre tiene a Dios en su boca! ¡Dios de don Álvaro, Dios de doña Elvira!
-Ya es viejo el dicho -se interpuso el capellán- de que si los triángulos imaginasen a Dios, le darían tres lados. Pero por mucho que los hombres se afanen, y entre todos don Álvaro, en invocar a un Dios que se les parezca, Dios siempre es mejor que ellos, por fortuna para los bienaventurados.
-¿Mejor? -revolviose la Jimena santiguándose-. ¡Más puro y rígido el Dios de don Álvaro que el mismo don Álvaro! ¡Ay, don Magín, y qué Dios tan terrible! ¡Dios nos libre de ése!