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- V -

Corpus Christi



ArribaAbajo


ArribaAbajoI. La víspera

Es difícil no toparse alguna vez con el éxito. Si no llega por el camino real, viene por el atajo. Si caminamos muy despacio, él nos esperará sentándose en una piedra. Bien puede suceder que nosotros corramos tanto que le pasemos, y, entonces, como no nos podemos parar, él no nos puede alcanzar.

Pero el homeópata Monera no salía de su andadura, y el éxito le puso campechanamente la mano en el hombro y le dio un vaso de buen vino. Sus aciertos clínicos crecían. El mismo penitenciario, aunque le tutease (una hermana del homeópata servía en casa del canónigo), celebraba la ascensión de Monera. Un día, Monera sanó a un loco. Enloqueció un seminarista del grado de teólogos, y dio en la manía de que cayendo en la tierra la lumbre del sol se quedaba el cielo a obscuras. Consideraba el caso de suma magnanimidad de Dios, y el consentirlo nosotros, de empedernida indiferencia. El teólogo veía la desgracia del firmamento y el desgaste del astro. Había sido dotado de ojos de águila. Podía mirar de hito en hito al sol. «Tengo los ojos de un águila, y soy de la provincia de Gerona». Vestido de negro, con alzacuello de reborde sudado, pasaba los días en su patio devolviendo a los cielos con un espejo la imagen de la redonda hoguera solar. Pero como eran sus ojos los que antes recibían la lumbrarada, principiaron a manarle como si se le hubieran podrido. Ni profesores, ni enfermeros, ni médicos viejos le remediaban. Llegó Monera, le limpió con colirios, le quebró el espejo, y además le dijo que no era ni águila ni de la provincia de Gerona, pues si lo fuese no pertenecería al seminario de Oleza. El loco, sin el espejo en sus manos y con la lógica de Monera a cuestas, sumergiose en su cama, donde murió reposadamente, pidiéndole a Dios que le diera en la otra vida la luz que en ésta le había él reexpedido con su ingenio.

El éxito lo confirman los demás, y quizá no consiste sino en los demás. Una tarde, la de la víspera de Corpus, el matrimonio Monera entró en la sala de las Catalanas, y la esposa, con un suave cansancio, suspiró:

-¡Dios mío! ¡Me parece que estoy encinta!

Las de Menorca se volvieron a Monera, que les ofreció una sonrisa desconocida, reciente. Acababa de saber que ya sonreía con firmeza. Nadie le aturdía ni le negaba su voluntad. «He debido sonreír y he sonreído, y se acabó...».

En otros días la proclamación del embarazo hubiese alborotado el pudor de algunas amistades. Y ahora, no.

Lo repitió la señora acariciándose su anillo nupcial; lo dijo con gracia juvenil. Prometió criarse al hijo, y ella y sus amigas contemplaban sus pechos, tanto tiempo cerrados, como los de algunas mujeres insignes que, después de muchos años de matrimonio enjuto, los sintieron hincharse de generosa vida. No fue la Monera como esas casadas que se las ve todavía novias y a poco palidecen, se marchitan, andan despacio, y todo el mundo les sonríe diciéndose: «¡Qué prisa tenía esa mujer!».

Las de Puerta Ferrisa la miraban toda. No se «le conocía» en nada, y le acercaban el asiento más bajo y mullido. Pero los Monera les advirtieron que convenía más la silla alta y dura. Entonces ellas se sofocaron abundantemente disculpándose. ¡No podían atinar siendo solteras! Y después, las dos, se pusieron cavilosas. «¡Qué diría Elvira cuando lo supiese!».

En aquel momento Monera sonrió, y las dos hermanas se tranquilizaron. Monera sonreía por otra noticia que les dijo. La vida de Oleza se emocionaba. Este Corpus no se quedarían sin pompa pontifical.

-¿Oficiará ya Su Ilustrísima?

Pero el obispo de Oleza no tenía salud para tanto. Ni salud ni humor con que resistir las solícitas bondades de su diócesis. Los muebles de su antecámara eran ya un curioso relicario, una farmacia y herboristería del cielo que daba un olor rancio de liturgia y de eternidad.

-No es nuestro pobre obispo, sino monseñor Salom. Un santo mártir. Parece que fue salvado a medio martirizar, con mutilaciones horribles. ¡Lo que ese hombre ha padecido y lo que ha visto!

-¿Y está en Oleza?

-Llegará esta noche. Lo traen los Padres de «Jesús».

Quedó trastornada la gustosa plática, porque del huerto pasó una infantil algarabía. Y la señora Monera se impresionó mucho.

Su marido tuvo que decir:

-¡Todo la enternece!

Después de decirlo, otra hubiera ido sosegándose. La Monera, no.

-¿Tienen ustedes niñas en su jardín? ¡Yo nunca vi criaturas en esta casa!

Era una interrogación ávida y celosa. Seguramente sentía una inquietud de enferma, una irresistible crisis de su estado. Antes de que naciese su hijo, esas dos solitarias sin herederos se habían complacido en otros niños; los tenían en su huerto, y quizá pretendieron ocultarlo.

Las tenían en el huerto. Eran niñas de la vecindad. Todo lo adivinaban los exaltados sentidos de la señora a través de sus recelos y de sus lágrimas. Estaba llorando.

Siete niñas: tres vestidas de ángeles, con los trajecitos blancos de primera comunión, alas doradas, tules y corona; bandejas de flores y una esquila de plata; y tres, de labradorcitas del país; traían zagalejos rojos y verdes con franjas de verdugado, pañuelo de cotón de colores, corpiño negro bordado de lentejuelas y en sus brazos canastillas de espigas. Las seis muy empolvadas. Les habían puesto muchos polvos, polvos de tienda humilde. Así irían al día siguiente en la procesión, delante del carro magnífico de la custodia; y como las mahonesas después de misa ya no dejaban la clausura de su casa, ni siquiera por la procesión del Corpus, las familias de las zagalicas, vecinas de la calle, las engalanaron, la víspera, para que las dos señoras las viesen. ¡Bien sabían embelecarlas esas comadres! Las seis. Pero ¿y la otra, la séptima niña? La otra era más menuda, y toda de luto, y de luto pobre.

Se le enconó la congoja a la Monera.

-Es una huérfana -le dijeron-. Al padre lo mató un barreno, y la madre ha muerto tísica el último día de mayo. La recogió una viuda sin hijos, y nos la trae para que juegue en el huerto.

-¿Es huérfana?

Y la Monera quiso mirarla. Pero ya su marido se había apresurado a traérsela. Las tres ángeles y las tres labradorcitas les rodeaban.

La Monera se puso la huérfana en su regazo. Monera se estremeció; tendía sus manos ahuecadas para proteger el vientre precioso. Las Catalanas también se asustaron. Habían cometido la ligereza de tolerar críos en su casa viniendo visitas como la señora Monera.

Lágrimas y besos. Desesperación de lágrimas y besos. Monera, de pie, a su lado, luchaba con su dolor por los dolores de la señora, que decía:

-¡Ay, nena, nena! ¡Tú quisieras ir vestida como las otras!

La huérfana comenzó a balbucir, y la señora, para escucharla, le descansó encima de la boca su redondo carrillo.

-¿Qué dices? ¿Que irás a la procesión? ¡Pobre ángel de luto! ¡Sin pensar en nada!

-¡Ya pensará y ya llorará! -le prometió el marido, y quiso tomarle a la niña, pero su mujer la apretó con furor.

-¡Con tu lazo en la trenza y tu chambrita limpia! ¡No, no muy limpia! ¡Y aquí, en la nuca, debajo de los polvos, y en las orejitas tienes mugre!

La señora, desconsolándose, la desabrochaba, le abría el delantal, escudriñándole el filo de la espaldita, el pecho, el vientre, tan frágiles, y le buscó en los oídos y en el pelo sin parar de gemir:

-¿Te acuerdas de tu madre? ¿Dices que está lejos, pero que vendrá? ¿Que vendrá, dónde? ¿Para llevarte a la procesión? ¡Debieran raparla toda! Le he visto dos liendres. ¡Hija de mi alma! No vendrá tu madre. ¡Ya no la verás nunca!

La nena quiso desasirse. Toda arrugadita, la lazada deshecha, mojada de besos y lágrimas de compasión. Se afligió y le tuvo miedo. Entonces se sintió más aplastada contra aquel cuerpo rollizo, caliente y sudado. Ya no estaban las amiguitas. Tocaban las campanas de Oleza en el atardecer de la víspera del Corpus.

Adivinó Monera lo que estaba sufriendo su mujer. Lo adivinaba como esposo y médico. Y poderosamente le arrancó a la niña de los brazos, depositándola en el portal sin decirle nada, sin reprocharle nada, y volviose a la sala. Pero subió el llanto, y Monera tuvo que salir y tomarla de un bracito y llevársela más lejos. Allí, aquella criatura hizo lo que Monera no esperaba: arrojarse en el suelo, llorar a gritos, estremecerse del berrinche. Cuando acudieron algunas mujeres, y entre ellas la viuda que había prohijado a la niña, el homeópata se la entregó con algún enojo, diciéndole que malcriar a un huérfano era peor que desampararle.

Su mujer le recibió prendiéndose la mantilla. Necesitaba la tranquilidad de su casa. ¡Oh, lloraba esa nena con un brío que no parecía huérfana! Se colgó del brazo del esposo. Se miró sus brazaletes, su collar, su leontina de medallón rizado como una valva en cuyas hojuelas pronto llevaría la miniatura del hijo, y despidiose de sus amigas y les sonrió perdonándolas.

A poco de llegar, sosegada que estuvo la esposa, marchose el marido a la tertulia de don Álvaro.



...Detrás de las frondosas rejas del caballero de Gandía pasaban los mozos con sus costales de álamo, de chopo y de mirto para enramar la calle, y todo se llenaba de un olor de Corpus y de felicidad de verano.

Conversaban de lo mismo que en casi todas las casas de Oleza: de monseñor Salom. Ya sabía don Amancio que monseñor había celebrado quince veces en la iglesia del Santo Sepulcro; que guió a los peregrinos españoles, portugueses y franceses por la Vía Dolorosa; que se quedó una noche del Jueves Santo, toda en oración, bajo los olivos de plata y los cipreses de ruiseñores y de luna de Gethsemaní; y que aquel silencio, rasgado por los sollozos del Salvador, crepitó de risas y besos de un francés y una española, y el justo se precipitó como un ángel terrible, arrojándolos de la tierra regada por la divina sangre.

Provechoso acierto de la comunidad de «Jesús» fue pedirle a este santo que viniese a Oleza. Hijo de casa labradora, había envejecido en misiones que dieron gloria al martirologio español. Vino a Europa para tratar con los legados de algunos países y con el Sumo Pontífice de una difícil reforma de los vicariatos apostólicos; y no quería internarse, quizá para siempre, en los remotos confines de su diócesis de Alepo sin despedirse de su pueblo natal. Y los Padres de «Jesús» fueron a su retiro de Bigastro para traerle a casa. Al otro día oficiaría en su iglesia, exaltando jerárquicamente el Corpus y el reparto de premios y término de curso.

Lo repetían, lo comentaban en el despacho de don Álvaro. Elvira sentábase un momento para escuchar; salía y reaparecía, dejando un suspiro. Ni ella ni su hermano podían cuidarse de fiestas.

Paulina había llegado a incomprensibles arrebatos. Revolvió roperos y cofres; encargó vestidos estivales, buscó en su escriño escogiendo las alhajas más hermosas para su adorno y una sortija de purísimos diamantes para Pablo. Quería solemnizar y premiar el principio de la nueva vida del hijo: vendría ya bachiller y a punto de cumplir los dieciséis años. Luego de unas semanas de descanso, en las que ella y el hijo pasearan su felicidad por Oleza, irían al «Olivar». Abrirían todos los armarios y arcas, se asomarían al pasado de todos los muebles, de todas las puertecitas; se mirarían en los mismos espejos de los abuelos, y esas lunas antiguas irían deshelándose al dar sus imágenes. Más de ocho años sin ese perfume y goce de su hacienda. Era menester reparar el abandono de aquellas salas, del comedor, del oratorio, de la panera. Las habitaciones de su padre, para el hijo. Y un sábado que vinieron los labradores, Paulina les encareció todos sus mandatos: avisar carpinteros, cristaleros, albañiles, colchoneros. Enjalbegar los corrales, desenfundar el comedor, vestir las alcobas, apartar las tres mejores cabras, embotellar todo lo que quedase del tonel de mistela que tenía su nombre esculpido a punta de navaja. Su hijo necesitaba cuidados primorosos. Para los postres de leche y de conserva repasaría el recetario de Jimena. ¿Y las tablas de fresas, y los perales espalderos, y los bergamotos, y los melocotoneros? ¡Por Dios, que no entrasen gusanos en sus frutales!

Cuando los labradores se marcharon y Paulina volvió a sus ropas y joyas, don Álvaro y Elvira la siguieron, mirándola en silencio; y como ella les pidiese su parecer y aguardase la confirmación de sus deseos, Elvira se le inclinó disminuyéndose:

-¡Tú eres el ama de todo!

Don Álvaro, apenadamente, le dijo su miedo a esos ímpetus y apasionamientos que la consumían hasta enfermar. Ella exclamó:

-...¡Seremos los padres más guapos de la fiesta de «Jesús»!

Su cuñada se les apartó sintiéndose excluida de toda porción de belleza, de toda fórmula de intimidad; y desde lejos miraba resignadamente a su hermano.

Y a medida que se acercaba el día prometido, iba todo sucediendo según la voluntad y la palabra de don Álvaro.

Elvira entornaba más los postigos y persianas; hablaba despacio, y si Paulina, afanada en los preparativos de sus adornos, no acudía puntualmente a la hora del rosario, la disculpaba siempre y pedía que se dispensase a la enferma de las devociones en familia. El canónigo y el padre Bellod toleraron que no saliese ni a la misa de precepto. Paulina principió a desfallecer de miedo a los augurios de los demás. Espió sus entusiasmos para contenerlos, y desconfió y guardose de sí misma.

Llegó una carta del «príncipe» que desde su destierro volvía los ojos a sus viejos caudillos. Don Álvaro, tanto tiempo desganado de empresas políticas, revivió sus horas de tumulto juvenil, de furor de cruzado, leyendo en la tertulia la carta-circular ungida por la firma del rey. Una luz atravesaba la tierra para caer en su frente como una bendición. Y ese momento de júbilo no era recogido ni comprendido por su mujer. Cuando la llamó para leerle las magníficas palabras, ella se le precipitó con una sonrisa de sollozos.

-¡Faltan cinco días nada más! ¡Yo no estoy enferma, yo no quiero estar enferma y no lo estaré! ¡Mírame, Álvaro!

El faccioso estrujó el documento en su bolsillo. Su hermana le alzó la frente pálida y dura.

Y el señor penitenciario presentaba sus manos tirantes, muy flacas. No era posible negar que sus amigos sufrían. Recordó la tarde que le había llevado al «Olivar» de don Daniel, la misma tarde que se iluminó su alma con la idea de un matrimonio de venturosas eficacias.

-¡Yo, amigo mío -acabó con grande emoción-, yo creí y anhelé llevarles a la felicidad!

Lo pronunciaba como un ruego contrito de que volviesen la mirada a sus fallidas intenciones.

Elvira quiso esconder sus lágrimas y no pudo.

-¡Es usted un ángel!

Y ella, retraída y humilde, subió al otro piso, previniéndolo todo, cerrándolo todo; encendió las mariposas de los Dolores, y se comió una yema de las que tenía escondidas en el segundo cajón de su cómoda.

Venía la hora de vigilancia y requisa. Desde abajo, Paulina siguió las pisadas en los techos, el quejido de las puertas. La casa iba penetrando en una sombra de encierro, sin el olor fresco de la tarde expulsada de todos los recintos como una mujer pecadora.

Una noche Paulina se dijo:

-Lunes: faltan tres días, y estoy enferma. Tenían ellos razón. Estoy enferma...

Y se le reanudó el sufrimiento de su desnuda sensibilidad, sufrimiento de mujer que deja en todo lo que miran sus ojos y tocan sus manos una caricia de belleza, todavía intacta, la gracia única en cada instante sencillo: en un vaso con flores, en el doblez de un paño, en el adorno de un frutero, en un manjar, en un perfume, en un mueble; el rango, el modo estricto de fineza escondidos en cada cosa que esperaban sus dedos que lo revelasen, y que se perdían o se ocultaban en los decaimientos de ella; y entonces predominaban los cuidados tiesos, administrativos, la obscuridad de ceniza, el silencio de voz apretada, el sahumerio dormido en los rincones, y surgía la cabeza de Elvira entre los cortinajes, mirándola.

-¡Estoy mejor; estoy casi bien!

Elvira le subía más las ropas y le cerraba más los maderos.

Así llegó la víspera del Corpus. Paulina madrugó. Se levantó en seguida que don Álvaro salió a misa de Nuestro Padre. Cuando la hermana asomose templándole el alimento, Paulina se peinaba delante de su espejo con las ventanas de par en par.

-¿Lo sabe Álvaro?

-¡Qué ha de saberlo! Es mi sorpresa. Para mí misma ha sido un milagro de salud. Desayunaremos juntas en la mesita del huerto. Hasta del río viene un olor y una canción de Corpus, de víspera de Corpus. Pablo no me ha visto en «Jesús» hace tres domingos. Imagina su alegría de mañana; ¡yo ya la siento y palpito toda!

Su cuñada le dejó la taza de enferma y alejose de puntillas; y a las criadas y a los mandaderos y cuantos venían les hablaba oprimiendo la voz, mitigando todos los rumores como si en lo profundo alguien sufriese.

El hermano decidiría. Pero don Álvaro comió reservadamente con el padre Bellod y el penitenciario para tratar de la ejemplaridad de ir ellos también a Bigastro.

Recelando las murmuraciones de su viaje, no fueron; y al atardecer se juntaron para tratar de la fiesta, en el escritorio de don Álvaro. Se asomaba la hermana dolorida, hasta que ya no pudo contenerse.

-¡No acaban, no acaban Paulina y las costureras! Tu mujer se extenúa. Es una fiebre que se contagia. Hemos comido también en el huerto. Quiso levantarse...

Y bajó los párpados arrepentida de la condescendencia, de la lenidad de su custodia.

Alba-Longa profirió:

-¡La maternidad! ¡Santa fuerza de la maternidad!

Se llenó el cielo de campanas, y él tendía su mano señalando hacia la gloria de las torres.

-¡Corpus! ¡El hijo, el goce del hijo; las vacaciones!

El señor canónigo abrió con holgura sus brazos para recoger y disciplinar este instante.

-¡Santa fuerza de la maternidad, goce del hijo, ha dicho inspiradamente nuestro don Amancio; pero también pasión, y la pasión que se obedece siempre llega a ser costumbre, y la costumbre que no se resiste se trueca en necesidad!... Son palabras de San Agustín. Y lo veo en nuestra naturaleza. No nos negamos nunca. ¡Por eso veo siempre en Paulina a su pobre padre!

Se volvió a don Álvaro para recibir su aprobación. Don Álvaro sentía un desaliento que le secaba la boca y una brusca conciencia de su cansancio de aquella gente.

Llegó Monera.

-¡Ya le tenemos! -murmuró el canónigo.

Y Monera sonrió. Se le aguardaba; y a punto de sacar su reloj de oro para mirarlo sin gana, contuvo ese ademán de su pasada incertidumbre.

De nuevo pasó tímidamente Elvira. Se habían ya marchado las costureras, y Paulina llevaba las galas que le habían traído.

-No descansará si tú no la ves, Álvaro. ¡Nunca me ha parecido tan hermosa! ¡Mañana se la comerán todos con los ojos!

Don Álvaro se arrojó en su alcoba.

¡Tan hermosa! Se paró delante de ella mirándola. La claridad de la tarde la esculpía en las sedas negras y ligeras que le palpitaban por la brisa del río y se le ceñían a su cuerpo; palidez dorada de sol de junio que le glorificaba los cabellos; los ojos con el goce de sí misma; se embebía de luz su boca de flores húmedas y sensuales en su castidad. Toda hermosa, pero de una hermosura apasionada y nueva; un principio de plenitud de mujer que se afirmaría y existiría muchos años más, cuando él fuese alejándose por los resecos caminos de la senectud. Nunca había poseído ese cuerpo de mujer en su mujer. Y la miraba con rencor amándola como si Paulina perteneciese a otro hombre. Se inclinaba todo él a la caricia desconocida y brava. Y otro don Álvaro huesudo y lívido le sacudió con su grito llamando al médico.

Vio que Monera la miraba extrañamente. La encontraba mejor de lo que podía esperarse. ¡Únicamente ese pulso, ese pulso que no tenía medida!

Don Álvaro clamó delirante:

-¡No tiene medida! ¡Es eso! ¡No tiene medida, no tiene medida! ¡Acuéstate, desnúdate, acuéstate!

Se le torcía la boca con un temblor de poseído. Y agarró los cristales de la ventana del huerto y los cerró con un ímpetu espantoso. Después, cuando se pasó las manos por su frente, se dejó una frialdad húmeda de difunto.

Monera y Elvira habían desaparecido.

Paulina principió a desnudarse; y en el aire cerrado iba esparciéndose una blanca suavidad de ropas íntimas, un fino perfume de cuerpo de mujer. Por el aturdimiento de su obediencia bajo la furia del esposo, se desnudaba sin recatarse, de pie, inclinándose, curvándose, alzándose para descalzarse, y prorrumpían sus formas desceñidas, la cadera opulenta y firme, los pechos trémulos y perfectos, la espalda, los muslos... Así se contemplaría ella a sí misma todas las noches, todas las mañanas. Así la vería y la desearía un amante, otro marido; y se le obstinó el pensamiento celoso de ella por ella; ella mirándose, sabiéndose hermosa, pensando en ella y en quien la poseyese en todo su temperamento, todos los días, todas las noches; y él por única vez. Le sobrecogió una acometida de sensualismo abyecto que le brincaba flameándole por toda la piel, golpeándole las sienes, el cuello y el costado. ¡Si hubiera podido hablar con su voz, la suya, para decir su nombre y amarla como ahora; pero llamarla hubiera sido desconocerse a sí mismo y espantarla a ella; a ella -otra vez, Señor-, ella que se complacería en su solitaria belleza con unas calidades de sensibilidad de las que don Álvaro no fue dotado!

Acababa de tenderse en la cama, y le miraba con ojos anchos y atónitos. Estaba ya vestida por la castidad de su desnudo entre lienzos blancos.

Fue abriéndose la puerta del dormitorio, y apareció Elvira.

-¿Ya está? -y les sonrió.

Ya estaba todo irreparablemente como antes, como siempre.

-Se han ido sin querer llamarte. Os reuniréis en el vestuario de «Jesús» para la ceremonia de monseñor. Y no os apuréis por Pablo ni por nada. ¡Dios mío! ¿No me tenéis, no soy de vosotros? Pues servios de mí. ¡Yo os traeré a vuestro hijo!

En seguida abrió el armario que dejaba su esencia de cedro; buscó las mejores ropas del hermano: su levita, su chaleco de orillas. Pasó los topacios de don Daniel por los ojales bordados de la camisa finísima.

-Has de ir muy galán, por ti, por todos y porque la gente no murmure de tu abandono como si fueses un viudo, ¿verdad?

Don Álvaro se paseaba por la sala, ya del todo él, pálido, compacto y desgraciado.




ArribaAbajoII. Monseñor Salom y su familiar

Corpus vino aquel año en la plenitud de junio, como una fruta tardana del árbol litúrgico, olorosa de frutas de verdad: cerezas, pomas, albaricoques... La ciudad, con sus cobertores, sus toldos, sus altares a la sombra de tabernáculos de follajes para la procesión eucarística, daba una respiración agraria, inocente y devota; pero además, arrabalera con la crecida de forasteros, con estruendo y bullanga de diligencias, tílburis, galeras, faetones y calesines; gritos de vendedoras de almendras verdes, de alábegas y rosas, de peroles de quesillos, de lerchas de ranas desolladas, de pastas de candeal y gollerías, plagios humildes de los dulces monásticos.

A veces, por un callizo, por una cantonada entraba la frescura de las arboledas del río, la lumbre de los campos segados con los ejidos llenos de garbas, la quietud de los olivares en las tierras rojas. Y la ciudad subía en el azul como una vieja custodia de piedra, de sol y de cosechas, estremecida de campanas y palomos.

Nunca pareció tan adusto y desolado el palacio de Su Ilustrísima, ni tan pobre y obscura la catedral con el trono del obispo dentro de su funda lisa color de violeta.

El culto, el júbilo, el atuendo, la felicidad se juntaban en el colegio de «Jesús». ¡Qué mezclas de hábitos, de galas, de olores, de cortesías y cordialidades en aquellos salones y jardines! Aristocracia de Madrid y de provincia, hacendados, mercaderes, órdenes religiosas, el cabildo, cuatro caballeros santiaguistas, el comandante de la Zona...

Y todos salieron a los claustros, y se tendió un silencio reverente como un paño precioso. En la puerta labrada del refectorio de los padres apareció monseñor Salom rodeado de la comunidad. Más que hombre era la imagen viva de un santo de los primitivos siglos de la Iglesia. Vestía un hábito negro con cíngulo bermejo como una cicatriz de toda su cintura; le colgaba por pectoral un rudo crucifijo con orla de toscos granates; era su sombrero redondo, duro, sin felpa; su piel, de breña, y sus barbas, de crin. Hambres, trabajos, vigilias, rigores de climas y de penitencias habían plasmado en piedra volcánica aquel cuerpo de justo. Se le vio en seguida la señal de su martirio: una mano mutilada bárbaramente. Le quedaban dos dedos: el pulgar y el índice; los otros se los cercenaría el hacha, el cepo, el brasero, las púas, los cordeles, el refinado ingenio de los suplicios en que tanto se complacen los pueblos idólatras. También le miraban los zapatones, que se pisaban y levantaban en gordos pliegues las baldas mostrándose sus suelas, moldes de tantas leguas de santidad. Y el apóstol de Oriente se volvía de una fila a otra del concurso y en sus órbitas parecía que se asomasen dos diminutos anacoretas en cuevas recremadas. A su lado, el rector y el prefecto, silenciosos y pulcros, con los ojos vaciados en la luz de sus gafas, iban dejando su sonrisa. Si ellos, los hijos de San Ignacio, admitiesen dignidades, sus prelados serían como éste, con las mismas virtudes de sacrificio; como éste, pero más limpios, más cuidadosos de su persona. Y erguían las corvas alabardas de sus bonetes. El cortejo, como todos los cortejos de este mundo, se sentía ya particionero de la gloria del elegido.

Los invitados, singularmente las mujeres de más elegancia y belleza, eran tan dichosos que se sobresaltaban de serlo, y no sabiendo qué hacer ni que pensar, daban gracias a Dios. ¡Nunca olvidarían este Corpus! Pórtico del verano, tan azul, tan esenciado de emociones. Todos reunidos como una familia en un huerto de abuelos señoriales. ¡Qué ligereza, qué ímpetu y qué dulzura en sus ojos y en su sangre! Hasta tenían un mártir para su adoración: un obispo mutilado, venido de Oriente. Podían abrirse todas las rosas de los pensamientos y de los deseos bajo la gracia emitida por este buen pastor, que perdonaba la felicidad perecedera que él no conocía. Estaba todo: el goce en ellos y el padecimiento en el fuerte.

Detrás iba el Padre Ferrando, el confesor de Su Ilustrísima; detrás y solo, como el caudatario que llevase la cola de la magnificencia de la comitiva; el último, el más viejecito, de faz gruesa, morena y blanda de madre labradora, olvidada en la fiesta de suntuosidades. Pero, acaso se le dejaba respetuosamente el último. He aquí el hombre que veía en su desnudez la más alta conciencia de la diócesis y con sus manos rollizas atraía el perdón sobre la frente humillada del obispo enfermo. Y como iba el postrero, pudo pararse y hablar con el comandante de la Zona sin entorpecer el tránsito. En seguida tomó carrera y se juntó con el séquito.

Refirió el comandante las maravillas que acababa de oír. Monseñor Salom no había sido mártir de los infieles, sino de sí mismo, y lo sería hasta su muerte. Estaban cabales sus manos; pero desde que ingresó en el sacerdocio hizo voto de llevar dentro de la diestra una imagen de bronce de Nuestra Señora. Había envejecido con su mano devotamente crispada. Oficiando, comiendo, predicando, durmiendo, bendiciendo; en camino, en oración, en peligro, en reposo, siempre, siempre, siempre con sus dedos encogidos trenzando la figurita de la Virgen que iba penetrándole en la carne, comunicándose de ella, y le criaba una llaga callosa y verde en la palma.

Se conmovió la multitud. Algunas mujeres exquisitas llegaron a creer suya la penitencia del santo, y se amaron más a sí mismas. Era un estado de inocencia, de ardor, de beatitud, de voluptuosidad.

Inflamado el padre Bellod, se puso los puños en los riñones, y así gritaba:

-¡Viva monseñor!

Y un hidalgo corpulento, de paño gordo, de botas de ternera, sombrilla verde y un palillo en su boca, se hincó de rodillas, sollozando:

-¡Viva Corpus Christi!

Era el padre del colegial de Aspe y contratista de obras públicas. Don Roger, que llegaba con su cañuto de solfa, y un fámulo de la ropería, tuvieron que sosegarle. En aquel momento se abría el De Profundis o paraninfo. La multitud, con docilidad canónica, se acomodó según la pragmática de los espectáculos de «Jesús»: las señoras, a la izquierda, y los caballeros, a la derecha del estrado. Estrado con fondo de banderas bordadas, con friso de epigrafías de oro, candelabros de tulipas, mesa de terciopelo para los dos secretarios, jovencitos y pálidos, detrás de las grandes escribanías de plata, de las que no habían de servirse, y de bandejas de medallas, de cintas, de bandas, de mazos de diplomas...

Bajo, se abrían las gradas de alumnos. Un torzal rojo y ondulante separaba los internos de los externos. Enfrente, el dosel del obispo de Alepo; y de allí descendía un anfiteatro alfombrado, consistorial, de sillones Imperio, Luis XVI, Enrique II, de bancas de felpa y asientos de rejilla. Todo se pobló de sayales, de manteos, de mucetas, de levitas; y se afirmaron las cornisas de solideos de borla, de bonetes, de calvas, de cerquillos de tonsuras; y en lo último, el tupé lírico del señor Hugo y el cráneo recto y gris del comandante de la Zona.

Una voz atenorada, de evangelista y anagnostes, iba recitando la memoria académica, que todos los años comenzaba con tono y dejos de anales de Roma: «...Quod felix faustumque sit rei litterariae omnisbusque nostri gymnasi alumnis proemia sequenti ordine consequnti sunt»; y en el cierre o en la curva de un párrafo, en una demostración sinóptica, los padres sonreían y levantaban sus gafas y su frente a la bóveda, reprimiendo su emoción de maestros.

Iban espesándose las esencias sutiles de ropas de mujer; los abanicos aventaban los perfumes de los tocados, de las mejillas, de los pechos entre olores de verano tierno, de maderas y lacas. En los altos ventanales, las cortinas carmesí con el monograma de Jesús se combaban en un vuelo redondo; caía la lumbre y el aliento de las huertas verdes con sol. Era el paisaje como un ave infinita que de cuando en cuando moviese sus alas de cultivos. Los alumnos miraban ya indómitos a sus familias; las señoras y los caballeros se inclinaban enviándose parabienes; salía un temblor de cuerda de violín, una nota de armónium; otra vez las cortinas colgaban sin brisa, y pasaba la calma del mediodía; todo alrededor del eje de la palabra latina del secretario, tronco de elocuencia en que florecían los títulos y leyendas de laurel: «Quod in studiis optime profecerit; honoris causa; Dominus...»; y brotaban los nombres, también en latín, de los laureados: «Vicencius, Josephus, Emmanuel, Ludovicus...». Y dentro de esta onomástica de príncipes, de pontífices, de santos, se sentían glorificadas muchas familias, y paladeaban las mieles de la crianza en «Jesús».

«Pietate, Modestia, Diligentia...: Dominus, Victorinus Messeguer et Corbellá»; un interno robusto y sordo al que tuvieron que avisar a codazos. Y antes de que pudiese postrarse en la alfombra de la presidencia, le ganó el doméstico de monseñor, arremolinado de esclavina y faldas, cetrino y peludo, con retumbos de botas viejas. Se puso a conversar con su dueño, rascándose la quijada tupida, volviendo los ojos de relumbres minerales a la ceremonia. Monseñor le atendía desalentado. Una gota de sol se quebraba en su frontal recocido. Después quedose inmóvil, como si acabara de subirse definitivamente al cojín de piedra de un pórtico románico.

Messeguer y Corbellá les miraba aguardando el premio y la bendición. Y en los bancos de los alumnos y en las sillas del público pasó un leve rebullicio; y cuando el familiar bajaba del trono, una voz fisgona le llamó con el nombre latino del sordo: ¡Victorinus, Victorinus!

Atravesó el lego la sala y los claustros, y salió de «Jesús» a seguir su jornada bajo el sol de Corpus de Oleza. Monseñor necesitaba un coche de alquiler que le llevase a Murcia, a poco precio. Y él corría, de nuevo, hostales y paradores. ¡Qué ánimo tan encogido para la tierra tenían algunos santos tan valerosos para el cielo! Nada más que monseñor hubiese dicho: «Tráiganme un carruaje», le hubiesen llevado los mejores de la comarca. Pero el apóstol nada pedía, y los reverendos padres de «Jesús», que tan afanosos le buscaron, ya no se cuidaban sino de sus solemnidades y vacaciones.

Y entró el lego en el mesón de San Daniel. Criados, recaderos, mayorales, banastas de aves y frutas, atadijos, cofres de internos, colchones forrados de lona con el escudo del colegio. Carros cosarios, ruedos de caminantes, de huertanos, de mozos que gritaban, que se pasaban las calabazas de vino, las rebanadas de pan, las escudillas y ollas humeantes de condumio; y en el suelo de cortezas se arrufaban los perros, retozaban los gatos devorando mondaduras, aleteaban las gallinas picando entre los costales y a veces salían las palomas de lo profundo de las cuadras. El familiar preguntó a los cuadreros. Los caballos y mulas le miraban compendiándole en sus ojos húmedos; les crujía el pienso roto entre sus quijales, y, al volverse, el viento de sus morros levantaba el pajuz del pesebre. Coches y acémilas estaban ya comprometidos para familias de alumnos.

Se marchó el lego con sus zapatones gordos de estiércol y la cara hilada de colgajos de arañas. ¡Y monseñor se estaría en su baldaquino, con la ilustre comunidad que tenía jardines, salas artesonadas, huertas, refectorio, claustros, aposentos, sin importarle los alquileres de mulos ni galeras, sin cuidarse de nada, gracias a su voto de pobreza que les libraba de padecerla! En cambio, él y monseñor viajaban con la conciencia de su escasez. «¡Qué bien se vivirá en el palacio de Oleza, monseñor!», le había dicho, por la mañana, mientras le entraba las calzas y le abrochaba los hebillones de los zapatos. Monseñor le sonrió. «Hay que marcharse pronto, y ahorra lo que puedas, que hemos de atravesar el mundo, y un mundo costoso, antes de llegar a nuestros pobres conventos». «¡Si se muriese ese obispo llagado y nombraran a monseñor!». Pero el apóstol cerró los párpados, quemados por la luz y los relentes de Siria, y apretó más la imagen de bronce en su mano encogida.

Calle del Olmo, calle de la Corredera, plazuela de Gozálvez... Todo lleno, todo enramado. Sensación de los campos dentro de la ciudad vieja. Y desde el día siguiente hasta el otoño, Oleza se quedaría callada, quietecita; toda la ciudad en vacaciones, toda cerrada, respetando el sosiego de los señores de «Jesús». ¡Qué deleitoso verano en esta sede dormida al amor de las alamedas del Segral, fresca y olorosa de naranjos y cidros, como la antigua Jaffa! Y el doméstico se hundió en la Posada Nueva. Le rodearon los arrieros, los mozos, los compadres y galloferos que beben de fiado y viven de la bulla de los que pasan. ¿Un coche con regateo y en día de ganancia? Le miraban a lo socarrón. Un mayoral tuerto que picaba verónica con su faca consintió en alquilarles, en setenta reales, una diligencia arrumbada que le decían la mascota por su semejanza con el carro de lonas negras que recogía los cadáveres del último cólera. Salió una oveja preñada, llevándose delante gallinas y pavos, que se subieron con alboroto por las galgas de una carreta. La hostelera amasaba un lebrillo de patatas y maíz para sus cerdos. La pocilga estalló de guañidos candentes que se retorcían. Un pollastre se plantó encima de una corambre. Pompa blanca de manto de santiaguista y cresta de boina: aleteó con bizarría, mirando de reojo al misionero, y soltó su clarín de metal magnífico. Balaba la cordera; zumbaban avispas y moscardas de pesebre. Un labrador forastero disputaba con el mayoral muy en sigilo. Por fin, el tuerto se arrimó al fraile, y sin dejar su risa humilde, pidiole perdón y le negó la mascota. Aquel hombre le daba siete duros por otro viaje. El cántico del gallo fastuoso le taladraba sus sienes. Y marchose de allí tan desesperado, que las gentes se le reían compadecidas. A botes y zancadas se precipitó en «Jesús», y cuando llegaba al Paraninfo, el lector entonaba su invocación postrera, grito de júbilo y de aliento, últimas palabras que todos los alumnos se sabían y las iban silabeando a la vez: «Macti, o iuvenes, hodie dignis proemia diribentur quos vero spes fefellerit animum ne despondeant, sumant vires, audeant aliquid dignum patria in annum proximum». Y alzose el rector para cerrar la ceremonia con su discurso de gracias, mientras la comunidad se quitaba los negros torreones de sus bonetes.

-Reverendísimo prelado y misionero insigne...

Victorinus, Victorinus vuelve! -Y saltó la zumba de banco en banco. Los inspectores se atirantaban mirando a los que ya no podían contener en esas últimas horas escolares, y sus ojos de ascuas santísimas retaban al público, como si quisieran ponerlo de rodillas, con los brazos en cruz.

El doméstico escaló la tribuna estrujando el tapiz, dejándole las huellas de los establos, y se hincó de codos en los tisús de la mesa.

El padre rector subía la frente, y su boca se plegaba con resignación. La comunidad esperaba compungida. Algunos profesores se volvieron hacia ese diálogo, tan poco afortunado, del que caían nombres de hostales, precios de alquiler, tres duros y medio, siete duros, mayoral tuerto...

Con la dulzura de las apariciones, presentose un hermano descolorido junto al trono de monseñor; hizo una mesura de rúbrica litúrgica, y se llevó al doméstico hasta la fila del señor Hugo, y allí, sonriéndole, lo empujó con buen puño por los hombros, sentándole a su lado. Entonces derramose otra vez, clara y pulida, la palabra del padre rector.

-Reverendísimo prelado y misionero insigne...




ArribaAbajoIII. Monseñor, su cortejo y despedidas

Se acabó la disciplina. Sala de visitas y canceles abiertos y joviales. Patio de la lección silencioso, aulas desamparadas. Algunas señoras se asomaban, y se sentaron y todo en las cátedras, contemplando el obrador de la sabiduría de sus hijos; los padres se vanagloriaban de aquellos ámbitos, como de una herencia de familia.

Elegancias, risas y galanías en los jardines. Las madres, las hermanas de los alumnos cortaban un heliotropo, un azahar, un clavel, y después de acariciarlo, se lo prendían en el pecho.

El hermano portero balanceaba con lástima su cráneo redondo, con lástima de las flores. Sus ojos y su pensamiento buscaban el refugio de San Alonso Rodríguez, arca de su piedad y consuelo, y depósito de recados, de avisos, del bolsón de cuentas y de agallones para ensartar rosarios.

Los colegiales, al salir, le disparaban por la cerbatana de su diploma:

-¡Deo gratias, Deo gratias!

El hermano abría despacito, queriendo retardar el instante de abrirles las puertas de la perdición.

-¡Acuérdense del «Bendita sea tu pureza»!

-¡No se apure, hermano!

Le sonreían como a un santo de escaso poder; y el santo les veía alejarse con un celoso furor. Los grandes peligros de las vacaciones anidaban dentro de las familias: vestidos, olores, risas. Para todas era menester un internado perpetuo.

-¡Qué solitos se van quedando ustedes!

Y el padre rector, el padre prefecto, el padre ministro inclinaban la cabeza con exquisito apenamiento, enviando su gravedad de estirpe a las corvas almenas de sus bonetes, mientras se sometían a los menudos cuidados de recibir y devolver parabienes, de dar consejos para la holganza veraniega, de referir un viaje -¡hacía ya mucho tiempo!- a la misma comarca de la familia que estaba despidiéndose -una anécdota, un episodio de aquel viaje que sobresaltaba a todos-. Pero venían más grupos; y el rector, o el prefecto, o el ministro, abrían sus brazos, encogían sus hombros, elevaban los ojos significando que no se pertenecían; y después de unos pasitos hacia atrás, destocándose brevemente, se apartaban muy súbitos. Las señoras adivinaban que el padre rector, o el padre ministro, o el padre prefecto se marchó tan rápido porque ya no podía contener su emoción, y se volvían a mirarle, diciéndose que al fin ellos eran también criaturas humanas.

El padre rector, el padre prefecto, el padre ministro quedaban en seguida rodeados, haciendo los mismos ademanes, las mismas exclamaciones, el mismo sorbo de risa, retirándose con los mismos melindres que antes, porque se emocionaban otra vez; y así iban pasando de despedida en despedida.

Doncellitas, damiselas y mamás jóvenes se secreteaban, celebrando un donaire del rector, o sofocándose, besándose, ciñéndose la cintura, dejándose su mano como una paloma en la cadera de una amiga. Atravesaban legos y fámulos atrajinados, y desde un cantón de la claustra, desde una revuelta se paraban mirándolas.

Entre los follajes y vides de la huerta de Casa aparecían y se ocultaban monseñor y su séquito: el padre Neira, de Física; el padre Martí, de Matemáticas; el padre Bo, de Filosofía, y a lo último, el familiar.

En sus penosas jornadas de vicario apostólico, monseñor había llegado a penetrar los secretos de los bosques, las alucinaciones de los desiertos y de las soledades talladas en las rocas, los vapores de las marismas, los alaridos de los vientos y de las bestias, la intención de los ojos y de los recónditos idiomas de los infieles; y ahora se quedaba sin entender al padre Neira, al padre Martí, al padre Bo. ¡Qué agonías por alcanzar un poco de las sutilezas de la plática en ese paseo académico al amor de los árboles!; paseo y gay-parlar que duraría hasta que se fuesen los colegiales; y después, a refectorio, al festín en su honor, con sexteto y discursos.

El catedrático de Matemáticas le hablaba bellamente de Euclides.

-¡Ah, monseñor! ¡He tenido la gloria de sentir en mis manos la edición princeps!

-¿Princeps? ¡Muy bien, muy bien!

-La de Ratdolt. En casa está la romana con los Elementos, la Specularia y Perspectiva. Se nos han perdido los Fenómenos.

-¡Es una lástima! Los libros... Claro es que nosotros, allá en Oriente, ¿verdad? -Y volvíase a su doméstico y apretaba la imagen de Nuestra Señora.

El padre Neira dijo:

-También tenemos, monseñor, las Vulgares: la de José Zaragoza, 1673, y la inglesa de Roberto Simson, en cuarto, 1756...

Y añadió el padre Martí:

-No hemos podido encontrar las Ópticas, traducción de Pedro Ambrosio Ondériz, con gráficos, de 1585. Pero poseemos, en manuscrito, el Tratado de algunas dificultades de las definiciones de Euclides, de Omar Ibn Ibrahim El Khayyâm.

-¡Qué memoria tienen ustedes! Claro es que nosotros allí, tan escondidos... Las costumbres de nuestros diocesanos... ¡Oriente, Oriente!

El matemático exclamó:

-Oriente, monseñor, Oriente nos traza una profunda proyección en nuestra disciplina. Damasco fue también un camino de luz científica para nosotros. He pensado que Oriente realzó las imaginaciones geométricas de nuestro sabio. Damasco guardó en sus blancuras la infancia de Euclides, prestándole la claridad de sus demostraciones.

Monseñor quedose gratamente sorprendido.

-A un ingenio de Damasco se le debe un descubrimiento de nuevas proposiciones euclidianas...

-¡Es muy meritorio!

-Y una completa traducción...

-¿Y cómo se llama?

-¡Otomán, monseñor!

-¿Otomán? -Y se lo repitió a su lego-: ¿Otomán, Otomán?

-Se le cree del siglo X -apuntó el padre Neira.

Y el padre Martí, remedando los desafíos académicos de sus alumnos, se le precipitó:

-¡Corrige, corrige! Del siglo XI.

-¡Ah Santísimo Dios, del siglo diez y aunque fuese del once! -suspiraba monseñor Salom.

De la huerta pasaron al jardín de Lourdes; y cuando se internaban en la gruta, se levantó del banco del estanque un grupo de invitados a la comida de honor: el juez de Oleza, flaco y teñido, el comandante de la Zona, don Magín, el Padre Francisco de Agullent, guardián de los capuchinos de Oleza y docto botánico, corpulento, de barba bellida.

Sentose monseñor, respirando con delicia el frescor de roca y agua, y dio su permiso para fumar.

Los tres jesuitas se grifaron ante esa condescendencia de santo de Oriente y decaído; los tres se irguieron, sintiéndose apartados con la pureza helada del agua de la gruta.

Menos ellos, todos encendieron los cigarros que les dio don Magín. El familiar se frotaba las manos como un jornalero, y decía:

-¡Tuviese yo ahora mi narguile, monseñor!

El padre Francisco de Agullent recordó con júbilo de mocedad sus horas en el Sinaí, secando y coleccionando plantas olorosas. De trece hierbas aglutinaba combustible para su pipa hasta que la caravana de San Juan de Acre le abastecía de tabaco confitado.

El padre Neira odiaba esas sensuales memorias, y murmuró con voz muy delgada:

-Repare, monseñor, en el padre Francisco de Agullent: tiene la barba roja, como Judas.

El capuchino tocó suavemente sus vellones bermejos, y dijo con simplicidad:

-¿De veras, de veras que resulta comprobado que Judas fuese rojo? ¡Quién sabe, Dios mío! No hallé ningún texto que lo afirme. Ni si era flaco, ni menudo, ni orondo: ¡nada! Lo único cierto es que Judas perteneció a la compañía de Jesús.

El padre Martí, el padre Neira, el padre Bo se levantaron llevándose a monseñor, que distraído y dulce repetía:

-¡Muy gratas personas, muy gratas personas!

En el patio enlosado, donde estaba el gimnasio y las mosteleras, los zapatones de monseñor retumbaban multiplicadamente.

Le convidaron a recogerse en la biblioteca, en el oratorio, en algún aposento, cátedra o sala donde preparar su discurso de gracias.

-¿Mi discurso? ¡Un discurso! -Y de pronto anheló volver a la obscuridad de su vicariato; y colgó su mano cerrada en un hombro de su doméstico, preguntándole:

-¿No tiene ya remedio lo del carruaje?

-¡Señor, no tiene remedio!

-Un prelado -intervino el padre Neira-, cuando levanta su báculo para caminar, ve sometidas todas las voluntades y todas las sendas. Pero los caminos de monseñor se reúnen ahora en «Jesús» y en la diócesis olecense.

Llegó la Junta de los Luises con su caudillo, el padre espiritual, pidiéndole a monseñor que no les desamparase. Plegose el frontal de monseñor. Un congregante dijo:

-¡Monseñor: no tenemos prudencia, la prudencia necesaria para las lides del mundo; pero tenemos caridad!

Y el padre espiritual adelantose como si se ofreciese al sacrificio:

-No la caridad inspirada por las tinieblas de las Logias, condenada en encíclicas y pastorales, sino la caridad contenida en el vaso ardiente de la fe.

Monseñor asentía y se maravillaba mucho.

-No tenemos prudencia, ha confesado uno de mis congregantes más dilectos. Y yo digo -y el índice del padre parecía llegar al cielo-. Y yo digo: no quiero ser prudente, sino ciego y arrojado. Es la hora evangélica de decir al Maestro: ¡Baje fuego y consuma Samaria! Oleza es Samaria. Que os lo diga, monseñor, el padre Bellod, el señor penitenciario, el caballero Galindo. Yo pido que baje fuego. Que mis superiores, si conviene, impongan el comedimiento, que me contengan y me someteré. -Y habiéndolo dicho, bajó su dedo y lo tendió a los suyos, dándoles la vez para que fuesen refiriendo las abominaciones.

Sentose monseñor en un banco del claustro; delante, se doblaban los racimos de flores de las acacias, y a su vera le decían:

«... La tolerancia de los de arriba trajo el dolor de los fuertes, la vacilación de los tibios, la vanagloria de los flacos». (Frases del señor penitenciario).

Crónica de Alba-Longa:

Se había fundado el «Recreo Benéfico», que celebraba veladas, comedias, tómbolas, coros, jiras... Algunos sacerdotes apadrinaban los fines de la fundación: remediar a los perjudicados en las riadas, llevar la enseñanza y la salud a los críos del arrabal de San Ginés, socorrer a los enfermos y desvalidos... Todo a costa de júbilos y licencias, de perdición y de lágrimas. De lágrimas, porque había maridos liberales que obligaban a sus mujeres a participar de esas fiestas nefandas, prohibidas por su confesor de «Jesús»; y había hermanas y novias, vírgenes locas, aborrecidas y repudiadas por sus hermanos y prometidos.

«La sensualidad, los rencores, las discordias desanillaban sus sierpes en las familias de Oleza». (De un luis).

Todos se volvían a monseñor. Volaban los palomos por el huerto claustral; bullían los gorriones en los follajes y cornisas. Y él recordaba sus viajes por la escondida sede; su descanso en el monasterio de San Sabas; la verja erizada de cráneos amarillos de mártires; los monjes esparciendo grano en las terrazas donde acuden las palomas descendientes de las primeras palomas domésticas que trajo herodes al «país del Señor»; encima de los muros suben las rocas verticales, esponjas ardientes de sol que maduran precozmente los higos; la palmera del fundador, la que lleva dátiles sin hueso, de carne rugosa de azúcar; la cueva donde meditaba Sabas y a su lado jadeaba un viejo león que le seguía por el huerto y por los caminos, meneando la cola, lamiéndole sus manos como un lebrel... Y fueron entornándose los ojos del obispo, y la imagencita de la Virgen rodó sonoramente por las losas.

Muchas manos quisieron recogerla, pero a todas pudo el hidalgo de Aspe, que se la entregó de rodillas. De hinojos se puso también su mujer, mujer garrida con hermoso jubón, sayas muy anchas, pañuelo de cachemira, arracadas de almendrillas, el cabello negro trenzado en la nuca, y con raya luciente partiendo la crencha tirante.

El apóstol les bendijo. En aquel momento se detuvo la familia de Lóriz, acompañada por el padre rector. El de Aspe le besó dos o tres veces la diestra.

-¡Todo muy bien, padre rector, diga que sí, todo muy bien! ¿Pero quiere que le hable con franqueza?

Su reverencia volviose hacia los Lóriz, elevando la mirada, encogiendo sus hombros y mirándole como si dijese: «¡Hábleme con franqueza, si no hay otro remedio; pero me da lo mismo!».

-Pues nos ha faltado nuestro prelado. ¡Qué lástima!

-¡Felices vacaciones! -le interrumpió el jesuita, y llevose dos dedos al bonete, reduciendo la cortesía.

Iba delante Máximo con doña Purita. Parecía increíble que esta mujer no se sintiese rechazada por todos los corazones de «Jesús». Era la primera en asistir a las fiestas y comedias benéficas, y en un reciente ensayo no bajó de las tablas por la gradilla, sino de los brazos del galán y le soltó su risa en medio de la boca, como si lo rociase de besos. Se sabía en «Jesús». Y el rector doliose con los condes de la perniciosa generosidad en las amistades, y Purita le atendía, brillándole en la mirada una lucecita de insolencia.

-Quiera Dios que acertemos en nuestro designio. Pero, es verdad: ¡qué lástima! -según dijo el buen señor de Aspe-. Yo me pregunto si por mi sangre aragonesa no seré demasiado súbito. Nos faltó el prelado... ¡Siento la herida en medio de mi alma, y en mi herida deben sentirse todos heridos!

Lóriz hizo una grave mesura que afirmaba la solidaria herida en nombre de toda una raza; pero no le inquietaban las palabras del padre rector, y casi no las entendía ni las atendía. Ligero y adobado, se complacía en el contorno de doña Purita. Esta bella doncellona de pueblo le inquietaba ya como una endiablada mujer del gran mundo.

Infantil y graciosa, prometió la condesa, en nombre del bachiller su hijo, regalar al colegio el magnífico acuarium de peces del Vaticano, del Nilo y del Jordán. Lo aceptó el rector para el gabinete de Historia Natural. Pero la condenación que disparaban los arcos de sus gafas deshizo la gratitud. Purita se reía deliciosamente con don Roger y el señor Hugo. Don Roger la miraba embelesado. El señor Hugo caracoleaba con todas sus viejas bizarrías de circo.

El padre prefecto los veía desde la sombra del séptimo pilar del claustro. Y ya no fue menester que el padre rector les viese.

También lo vio todo la señorita Elvira Galindo que pasaba, y tuvo bascas de pureza.




ArribaAbajoIV. Pablo, Elvira, don Álvaro

Las ventanas del salón de estudio, de par en par. Azul de mediodía estremecido y madurado de azul; anchura cortada por la rotonda de la enfermería; la torrecilla y las dos setas de cobre del reloj con sus mazuelos, que cada cuarto de hora se apartan tirantemente y tocan lo mismo que en los días angostos, lo mismo que siempre. Un trozo de monte plantado de viña; los naranjos, los olmos, la noria y las tapias de Casa; la llanada de las huertas de Oleza, una curva del río; sierras finas, de color caliente... Todo eso fue para Pablo la promesa de una felicidad, la lejanía, el principio de un mundo de cuento; y ahora, por haber terminado el curso y seguir delante de su pupitre, todo aquello era lo de todos los días, era paisaje escolar, la renovada conciencia del año de clausura.

Quedaban en el salón nueve colegiales. En la tarima, un hermano con gafas negras, las gafas del disimulo de todo el año, repasaba una Lectura Popular. ¡La Lectura Popular, con su olor de imprenta húmeda; el periódico que les repartía el cuestor de estudios a la hora en que comenzaban a subir del patio los olores de cocina! Y dentro del ruido de aquellas fojas entre los dedos del hermano se les perdía la sensación del Corpus. Se recodaban en sus pupitres sin asignaturas, mirándose su uniforme de paño recio y de oro escomido, con un cansancio de jornada ya cumplida. Todo eso, todo eso era lo mismo que si se sentaran en un banco de andén de estación para esperar después de llegar. Y se volvían de pronto a la puerta de la sala. Saludos de los que se iban; jovialidad de reverendos padres; y esos reverendos padres, si se asomaban, recuperaban la cautela y el canon de la plena observancia.

Pablo se precipitó en el pasillo. Tía Elvira le llamaba desde el fondo moviendo un mitón vacío.

-¡No te canses mirando a lo lejos, que no viene nadie más por ti!

-¿Y mi madre?

-¡La pobre no puede soportar mis trajines! Pero, anda, hijo, y despídete y vámonos, que estoy sola para todo.

La obedeció Pablo; y luego vino arrancándose las insignias y medallas y estrujando su gloria dentro del bolsillo de su casaquín. Sus labios se apretaban en una curva de sollozo y de ímpetu contenidos.

Cuando salieron a la escalera apareció en el quicio de la sala de recreación de la comunidad un grupo de sacerdotes y de seglares eminentes. Empujó tía Elvira al sobrino, y Pablo inclinose y besó la mano de su padre.

Tierra, calles, sol de Oleza. Oleza ya suya del todo, sin que la viese ni la sintiese desde «Jesús» ni en los paseos en ternas. Oleza, olorosa de ramajes para la procesión; vaho de pastelerías y de frutas de Corpus; aleteo de cobertores, aire de verano; goce de lo suyo, de lo suyo verdaderamente poseído, con perfume de los primeros jazmines, de canela y de ponciles. Todo el pueblo, todos los árboles, todas las gentes parecía que perteneciesen a la heredad de Nuestro Padre; todo le acogía como si él volviese de profundas distancias.

Y entró en su portal llamando a su madre. Gritaba para remover el viejo silencio de su casa entornada; y gritaba para oír su grito, grito único, sin el plural del griterío de los patios escolares. Quiso tía Elvira impedir tanto alboroto, y el bachiller se le escapó al dormitorio de su madre. Abrió los maderos y celosías y subiose al lecho de la enferma. Las blancas paredes y cortinas se encendieron de día grande, y en las almohadas se volcó un trigal de trenzas y de sol. El humo azul del braserillo de espliegos se apretaba en los rincones de la alcoba.

-¡Levántate para comer conmigo!

-¡Conmigo y con tu padre también!

-¿Mi padre? ¡Mi padre come hoy con monseñor y todos ésos!

-¡Ay, hijo, y qué bien aprendiste la graciosa crianza del niño de Lóriz! -Y tía Elvira les apartó, porque se sonrojaba de verlos abrazados y tendidos bajo los velos de la cama de su hermano.

Paulina pidió sus ropas, y el hijo se levantó brincando y aplaudiendo.

-¡Así quieres a tu madre! -clamó tía Elvira-. ¿Y tú, te vestirás sin saberlo Álvaro? ¿Te vestirás delante de tu hijo?

La enferma se recostó sumisa y, sonriendo, le dijo a Pablo que abriese las vidrieras del comedor para verle y tenerle cerca mientras comían. Se resignó él, y sentose vestido de uniforme.

Tía Elvira le trajo una blusa de colegio.

-¿Ésa?

Había de ser su madre quien le diese y le vistiese las ropas suyas, las de hijo; porque para enfundarse con delantal de internado, bien estaba con su levita, su fajín y hasta con gorra. Prefería creerse del todo en «Jesús» y que aun hubiera de venir el júbilo de la primera comida de vacaciones. Y no comer con tía Elvira nada más. ¡Sopa de puchero de enfermo, y casi a oscuras! ¡Más claridad había en el refectorio!

-¿Ropas tuyas, preparadas por tu madre para ti? ¡No tengo su primor; pero tú tienes blusa que ponerte porque yo me cuidé de aviártela!

-¿Ésa? ¿La vieja, con volantes de añadidos? ¡Por ella se me rieron en clase, y yo lloré, y el padre Neira, comiéndose su risa, nos recordaba: «los que lloran serán consolados; los que se humillan serán ensalzados!». En recreo me llamó el hermano Buades; estuvo tocando los remiendos, y decía: «¡Blusa crecedera! ¡Tira nueva en lienzo viejo, hasta en los Evangelios se prohíbe!». ¡Entonces yo me la desgarré!

-¡No la rasgarías como yo! -Y tía Elvira se la arrebató; sus dedos crujieron como un cardizal, y sus lágrimas gotearon el mantel.

Pablo pidió los fruteros, y desbordándole las manos de cerezas, volviose al dormitorio.

-¡Aunque sea pecado jurar, yo te juro que no cometeré nunca la simpleza de llorar delante de ti!

La congoja rompía las palabras de tía Elvira.

Pablo acostose al lado de su madre. Desde allí miraba los álamos y salgueros del río, la planicie hortelana con las coordinaciones de los verdes jugosos; los campos de siega en un vaho azul traspasado por una palmera, por un ciprés, y en la cerámica rosada de una colina florecía el lirio de un santuario.

-Ya tengo tu olor -gritaba Pablo jugando con las trenzas de su madre-. Los demás huelen a vestidos, a gente y a olores. ¡Tú sola, tú nada más, hueles a ti!

Ella se lo atrajo más; le puso la cabeza en su brazo desnudo y le sonrió.

-Siendo como eres, ¿por qué has de hacer sufrir? ¡Tía Elvira ha llorado!

-Quiero más a don Amancio que a ella.

-¡Quiérela por tu padre!

-¿Por mi padre? Y además, es que no te quiere; no nos quiere a nadie. ¡En «Jesús», todos los días, menos los jueves, cocido! ¡Pues hoy, jueves, Corpus, primera comida de vacaciones, cocido también en mi casa!

-¡Desde mañana yo seré tu cocinera, y tú me darás de salario el ser dulce para todos, y habrá siempre alegría en esta casa!

-¿Alegría en esta casa, que si no fuera por ti, yo...?

-Por mí y por tu padre, Pablo, por tu padre...

-¿Mi padre?...

-¡Tu padre, tu padre! -Y Paulina incorporose angustiada y miraba con ansiedad la frente ceñuda y pálida y los ojos magníficos y adustos de su hijo.

Poco a poco se le suavizó la faz. En el silencio semejaba verse el clamor del río enrollándose frescamente en la alcoba como un viejo mastín de la casa.

-Esta noche lo sentiré desde mi cuarto, lo mismo que cuando le tenía miedo. ¿Tú no te acuerdas? Tú hablabas del río como de un abuelo que cantaba para que todos los niños se durmiesen temprano; y yo me dormía viéndole y queriéndole...

Tronó una puerta al cerrarse por el vendaval de un codazo de la señorita de Gandía. Pablo se crispó de rabia.

-¡He sentido el golpe en las sienes!... Pues yo se lo dije una noche a ella, a tía Elvira, y me dijo que lo tuyo era todo embuste; que el río retumbaba tanto de noche porque salían a las orillas las ánimas en pena. ¡Yo no podía dormirme; me persignaba y lloraba, y las ánimas me tocaban, gordas y mojadas como sapos!

Paulina le abrazó. La madre y el hijo se fueron quedando dormidos bajo la evocación de aquellos años, en una quietud profunda y clara como una bóveda de firmamento; y la tarde de junio les envolvía de suavidad; la tarde, allí tan parada encima de la vega, tenía la pureza y la fragilidad de un vidrio sagrado, y a veces, se rompía de aleteos de campanas y músicas del Corpus. Y en la tarde tan ancha se traslucía otra tarde muy remota, ciega de nieblas que iban creciendo del río. Campanas de Todos Santos. Paulina y su hijo caminaban abriendo el humo de la lluvia; y al pasar por el huerto de Palacio se arrodillaron para recibir la piedad de una mano que les bendecía y de unos ojos tristes que les acompañaron desde lejos.

De pronto, Paulina se revolvió sobresaltada, y sus latidos le resonaron en todo el dormitorio.

Venía la voz del esposo:

-¡Pablo, Pablo!

El hijo se le apretó más, mirando a lo profundo de la casa, ya obscura.

-¡Pablo!

Apareció el padre, y detrás la silueta de su hermana.

-¡Pídele perdón a tía Elvira!

Obedeció Pablo, humillándose sin mirarles.

-¡Pablo, bésala!

Tía Elvira puso un pómulo grietoso en la boca de Pablo.

Y él acercose, y no la besó.

-¡Bésala! -Y temblaba de imperio la cabeza de don Álvaro.

Los labios de Pablo palpitaban por el ímpetu de un sollozo mordido; y el padre agarró la nuca del hijo, y lo empujó apretándolo en la mejilla de su hermana.

Pablo sintió el hueso ardiente de tía Elvira. Y no la besó.

Los ojos de don Álvaro daban el parpadeo de las ascuas. Y esos ojos le acechaban como la tarde del Jueves Santo, en que la boca del hijo sangró hendida por los pies morados del Señor. Paulina dio un grito de locura. ¡Sangre por el Señor, la ofrecía como martirio suyo; pero sangre de herida abierta por el hueso de aquella mujer la llagaría y marcaría siempre su vida! Y saltó desnuda del lecho, amparando al hijo. Pablo levantó su frente entre los brazos de la madre, y gimió desesperado:

-¡No puedo, y no la beso!

Paulina le mojaba con su boca en medio de los ojos, queriendo derretirle el pliegue de dureza, el mismo surco de la frente de piedra de don Álvaro.

Y como si estuviese muy remota, muy honda, percibiose la voz del padre:

-¡No puede! -Y se estrujó su barba entre sus manos pálidas de santo.




ArribaAbajoV. Final de Corpus

Fervorines. Tantum Ergo. Bendición y reserva. Solos del nuevo Himno Eucarístico del Padre Folguerol... Jornada gloriosa para don Roger. El señor Hugo le felicitó, cogiéndole atléticamente de las muñecas:

-¡Y ahora, un buen verano! -Y lo soltó con elegancia, como si lo dejara caer a la pista desde un trapecio.

El padre prefecto les aguardaba en la puerta del coro; y de sus manos recibieron las cesantías de sus cátedras.

-¿Cesantes? ¿Y en vacaciones y para siempre? -exhaló el solfista, con voz tenue por primera vez en su laringe.

-¡Quizá, sí!

-¡Pero padre prefecto!...

El padre prefecto suspiró un «¡Aaah!» pequeñito, y se les apartó rápidamente.

Don Roger y el señor Hugo, que entraban juntos en «Jesús» todos los días, a las diez y media, salieron también juntos esa tarde. En el pórtico se pararon, mirando la hornacina donde está el Señor con su cayada de caminante. ¡Qué hermosura fuera vivir como el Señor, sin más impedimenta que un cayado!

Campaneo de las parroquias, de los monasterios, de la catedral; música de la procesión; estampidos ardientes del «Sacre», el dragoncillo de San Ginés atorado de pólvora gorda; aliento de los jardines y de la vega de junio... Y al bajar los escalones creyeron descender a una ciudad torva y desconocida.

Lo primero que dijo el señor Hugo lo pronunció en su lengua natal. Plegó los brazos y se tocó los bíceps. ¡Para qué los quería en Oleza! Luego, como casi todas las criaturas, necesitó que alguien tuviese la culpa de su desgracia.

-¡Ha sido por doña Purita; por la amistad de doña Purita!

¿No bendecían los ancianos de Troya la belleza de Elena, aunque les trajese la ruina de sus hogares, el incendio y la muerte? Así, don Roger, que al lado de la queja y de la acusación del señor Hugo, puso el elogio a la beldad menospreciando las pesadumbres del mundo:

-¡Qué guapa estaba hoy! ¡Dios la bendiga!

Después, de su pecho de cantor, precisamente del suyo, tan apacible y no del arrogante gimnasta, salió la nota viril:

-¡Qué hacemos! ¡Es menester luchar!

-¿Luchar? ¡Muy bravo, cuando a los sesenta y tres años se tiene más voz que a los veintitrés!

Don Roger llevose sus dedos enguantados al garguero. Hasta en silencio se presentía y casi se palpaba la fortaleza de su órgano. Pero fue generoso, y fue justo, diciendo:

-¿Y yo, yo qué hago aquí con tanta voz cerrándome «Jesús» sus puertas?

-¿Nos ha perdido la amistad de doña Purita? ¡Vayamos a ella y luchemos!

Y el señor Hugo tendía bizarramente su mano en la cantonada de la calle de la Verónica.

El profesor de solfeo ensalzaba y bendecía a la hermosa mujer; pero escogía un itinerario de más prudencia: «Jesús». «Jesús» por la mediación de don Álvaro Galindo y de otras casas de grande valimiento.

Persuadiose Hugo, y bien avenidos llegaron a los dinteles del caballero de Gandía.

Se pasmó la vieja criada de ver dos hombres tan nuevos allí y de tan desemejante catadura: uno, rotundo y dulce; otro, de un verticalismo acrobático, aunque entrambos hiciesen una misma sonrisa junciosa y sometida.

No les recibió don Álvaro, sino su hermana, que, mirándoles mucho, les aconsejó que visitaran a los Lóriz, a don Magín y otras gentes parejas. ¡El mundo era muy ancho!

-¡Tan ancho -le respondió el señor Hugo-, y nos tropezamos siempre!

-¡Huy, no será conmigo!

Y la señorita de Gandía les llevó al portal y cerró duramente la cancela.

-¡Usted con toda su voz y yo con todos mis bríos, y usted se ha callado y yo no aplasté a la señorita contra el escritorio!

Y el señor Hugo arqueó con fiereza su pecho; hizo una flexión de brazos y apartose de su camarada.

Partían los caminos: él, al Palacio de Su Ilustrísima para pedirle misericordia; y don Roger, al palacio de los Lóriz.

Conmoviose halagadoramente el músico recibiendo el saludo de una gentil doncella. Se lo hubiera contado todo en el zaguán para que se lo transmitiese a la señora; y prendido de la graciosa sonrisa de la camarista pasó el patio de entrada, deslumbrante de blancura, y de aquí a un aposento entornado, que olía a magnolias. Se quedó solo y comenzó a decirse: «No veo, pero se adivinan las magnificencias. Las alfombras deben ser preciosas; las alfombras, porque de seguro que hay más de una y de dos para que el suelo resulte tan mullido. Me dormiría de pie. Casi es increíble que yo sea un pobre hombre sin acomodo sintiéndome tan ricamente en esta sala...». De súbito le asustó más saber que se hallaba esperando a los condes de Lóriz, que pensar en su desventura. «¡Dios mío, ya me sudan las manos! Los guantes se me van embebiendo de sudor angustioso. Parece que el único remedio de los sudores es olvidar que se suda. ¡Pues lo olvidaré! ¡Qué tibieza y olor de lujo! Todavía no se me olvida. Quizá no haya tanta suntuosidad como yo imagino. Es que no veo. ¿Tendré un síncope sin saberlo? ¡Me sudan las manos, la frente y las rodillas! Es que llego de ese patio de sol y de piedra, y esta obscuridad me venda los ojos con una cinta de seda perfumada. Es muy probable que tarden los señores en aparecérseme. Primero se presentará un criado con luces, encenderá la lámpara, no una lámpara, sino una o dos arañas de cristal. Arañas de Venecia, de ese color marino, de vislumbres de perla...». Pues ese lacayo no había de encontrarle inmóvil y encogido.

Y don Roger se animó y se puso a pasear con algún tonillo. De repente le reventó en la contera de sus zapatones un estrépito vibrante de esquilas de vidrio, un estallido Hidráulico. Se le cuajó la conciencia y la sangre. Únicamente dijo: «¡Estoy sudando!». El sudor le bañaba los pies y le salía y empapaba el tapiz como lluvia en un prado. Ladeose un poco, y todo el prado crujió. Creyó que se le caía el corazón a pedazos, y cada trozo le rebotaba en la alfombra golpeándole en los carcañales. Fue doblándose, doblándose, y entre sus manos enguantadas sintió rebullirle no un fragmento, sino todo el corazón, palpitante y glacial, y le saltó, dejando una rápida lumbre. Dentro de la blanda quietud del recinto se oía un brincar cansado, gelatinoso, un húmedo aleteo. Don Roger se arrancó un guante con los dientes; encendió una torcida de muchos fósforos.

-¡He roto algo! ¿Qué habré yo roto?

Había roto la pecera regalada al padre Rector de «Jesús».

Los peces del Nilo, del Jordán, del Vaticano agonizaban mirándole y estremeciéndose, sagrados y magníficos.

Don Roger, todo don Roger era una branquia que latía. Fue retrocediendo; alzó un cortinaje, salió al patio, abrió una verja, después un postigo, y escapose de la casa de Lóriz sin volver la cabeza.