La ventana abierta del todo. Sol de las huertas silenciosas; sol de domingo de noviembre que pasaba desde la concavidad perfecta y azul. Daba el río un frescor de claridades. El río no semejaba correr por las espaldas remendadas de Oleza, sino por una ciudad de mármol y por tréboles tiernos.
Oleza callaba. Oleza debía de estar oyendo misa en monasterios y parroquias. Quietud y limpidez de otoño. Vuelos de palomos; crujidos de las ropas que lavaba una mujer en su piedra de la orilla; y los lienzos lavados en la calma del domingo parecían esparcir su olor de blancura nueva.
Pablo sentíase dichoso y bueno, y el sol entraba a dormirse dócilmente en sus brazos. La madre le acercó más el desayuno; y como él no acababa de soltarse de la pereza, le sumergía las rubias pastas en el tazón, hondo y fino como una magnolia, y luego se las ponía, emblandecidas de leche, en la boca.
-¡No eres como todas las mañanas!
Pablo, sonriendo, decía que no.
-No eres como todas las mañanas. ¡Te ríes y parece que te hayas olvidado de reír con tu risa de antes!...
El hijo parpadeó y se puso a beber con voracidad de niño. Paulina le fue contando las últimas pesadumbres por la santa causa. Pero cuando el príncipe viniese a sentarse en su reino, las mejores recompensas serían para los que le hubieren confesado en la desgracia. Todos se lo prometían. El «Olivar» había sido gravado, y la mitad de los dineros de la hipoteca se derramó en los Comités facciosos mortecinos, con beneficio para el semanario de Alba-Longa. Si algún sobresalto tuvo Paulina al poner su firma en la escritura, se lo quitó el ver a su esposo incorporarse de su cerrada torvedad.
-...¡Y vosotros redimiréis las tierras y la casa del abuelo Daniel!
Nada dijo Pablo, como si en ese «vosotros» no se sintiese junto a su padre.
Siempre, en los trastornos, en las aflicciones, siempre buscaba Pablo a don Magín; y después, de las palabras que el hijo le traía, iba recogiendo la madre un calor de refugio, de guarda, de remedio de la distante amistad del párroco y de doña Corazón, de la brava ternura de Jimena y, más alta, la promesa del sostén ilustre del obispo. Ahora, Pablo la escuchaba como si ya no amase su «Olivar» y, no amándolo, tampoco temiese perderlo.
Paulina le habló del obispo. Y Pablo volvió sus ojos, ocultándose de sus remordimientos. En todas las iglesias de la diócesis se rezaba por el llagado. El Señor le había elegido para salvar a Oleza. Y Oleza ya se cansaba de decirlo y oírlo. Oleza recordaba que el anterior prelado, de una mundana actividad de agente de negocios espirituales, no necesitó sufrir para obtener los bienes de su apostolado. Pues el otro pobre obispo de Alepo siquiera padecía por su perfección de santidad y no por redimir a nadie. ¿Ni redimir a estas horas de qué? Los hombres rubios pecadores, los extranjeros del ferrocarril, ya no estaban; y para los pecados del lugar no era menester una víctima propiciatoria.
La víctima llevaba mucho tiempo escondida, sin audiencias, sin oficios ni galas; invisibles sus atributos, escasas las noticias de sus dolores. Y hasta los más consternados por la laceria de Palacio habían de esforzarse para imaginarla y agradecerla.
De los santos queda el culto, la liturgia, la estampa y la crónica de su martirio. Del obispo leproso no se tenía más que su ausencia, su ausencia sin moverse ya de lo profundo de la ciudad, y el silencio y esquivez de su casa entornada. Y al pasar por sus portales, las gentes los miraban muy de prisa.
-¡Cuántas veces, Pablo, te habrá bendecido sin que tú te volvieses a su reja ni a su huerto, ese huerto tan tuyo cuando eras chiquito!
Pablo hundió su sonrojo en la almohada.
Paulina recordó una lejana visita del prelado al «Olivar». Fue la tarde que don Álvaro la pidió por esposa. El penitenciario, don Amancio y Monera rodeaban a su padre, el abuelo Daniel, tan desvalido, tan frágil, en el ancho sofá de la sala. Don Álvaro, de pie, muy pálido, tenía en su mano un pomo de rosas, su junco y su sombrero; el sol de los parrales le circulaba por la frente. Apareció Su Ilustrísima, cuyos ojos escudriñaban los corazones. A ella y su padre les sonrió, dedicándoles las palabras del escudo del primer obispo de Oleza: «Llamad y se os abrirá».
Pablo preguntó la hora, y en seguida quiso vestirse.
Cuando salió sonaba muy alto, encendiéndose de azul, el cimbalillo de la catedral. Entró por el pórtico de la plaza, y fue pasando verjas de capillas húmedas, rinconadas de imágenes de nicho, las palmeras de piedra del ábside. Volvió por la Vía-sacra. En el pináculo de un facistol, la paloma de la Trinidad abría su vuelo de oro roído delante del trono enfundado; y en el altar mayor, el señor deán iba miniando su misa de diez con primorosa tardanza de calígrafo.
No estaba María Fulgencia.
Pablo empujó el cancel del Sacramento. El arco del pasadizo episcopal le apagó el día. Asomose a Palacio. -Quizá María Fulgencia le esperaba ya en su huerto, como todos los domingos-. Y aquí, en este patio, árboles, pilares, sol y cielo cerrados, todo para los gorriones que brincaban por las cornisas y se espulgaban en la rama cimera del terebinto; y de pronto, estrujaron el silencio con sus alas rapadas. No se asustaban de los curiales y fámulos, y huían de él, que venía a tientas, conteniéndose, lo mismo que la mañana que quiso robar y no robó.
Pisó una losa rajada que le salían hormigas. La losa del hormiguero que miró y tocó cuando llegaba de la mano de don Magín. Nueve años sin acordarse de ella. Pero de la mano de don Magín pasó por esta claustra el día que lloraba el confesor del obispo. ¡Después de todo, no hacía tanto tiempo! Se lo dijo para que callase su pensamiento que le propuso: «¡Si no te contentases con mirar las oficinas!» -Estaban abiertas siendo domingo-. «¡Si fueses al lado del enfermo!...». Olor viejo de escritorios; sol en un rodal de estera, en una bisagra de armario. «¡Si no te impacientases por salir al huerto y buscar la puertecita del río!...».
Se impregnó de la respiración tranquila y madura condensada entre tapias blancas. -Cuando María Fulgencia le besara bajo su limonero, él podría decirse: «Pero yo estuve en casa del que sufre, y sufrí»-. ¡Pobre huerto, sin el goce de la balsa llena de agua clara y azul; sin el frescor de los cósioles de geranios, de malvarrosas, de alábegas! Ahora se hinchaba la cuaja verde del fondo... Y al revolverse del borde de yeso, se le apareció don Magín, rezando en su breviario, y con el índice tendido le mostraba a Su Ilustrísima, reclinado en un almohadón, al pie del limonero de sus antiguos recreos y oraciones.
El niño de antes aleteó en Pablo, y le pudo. Se dejaba llevar de aquella interior criatura mientras su frente se le endureció pensando: «¡Si yo no hubiese venido!». Y tuvo que inclinarse para pasar la bóveda olorosa. Le daban en las mejillas y en los hombros los follajes doblados del peso de los limones. -Dormitorio de María Fulgencia, de candidez de virgen y de flor de limón. Fruta que acercó sus manos, su risa, su boca... La espalda, el pecho, la garganta de ella siempre con fragancia de su limonero-. Y en el aire parado de este árbol, como el suyo, se derretían y se volatilizaban los aceites balsámicos de la carne padecida, carne del hombre puro que le miraba.
Le miraba esperándole:
-¡No me tengas miedo! ¿Te acuerdas, Pablo? Así te hablé la primera vez que, corriendo y jugando por todo Palacio, te asomaste a mi aposento. Te miraba jugar desde mi ventana. Aquella tarde sentí que venías, y ni me moví de mi sillón. Ahora también me estuve muy quieto para que tampoco me tuvieses miedo.
La misma voz de entonces, pero más afligida. ¿No era como la voz del Señor cuando reconviene al que se aparta de su gracia? Todo niño se postró Pablo en la tierra del tronco como antaño en la alfombra de la biblioteca. Un piar filial descendía de los árboles envolviendo de inocencia el balbucir de sus secretos; y, según los confesaba, iba sumergiéndose su corazón en el azul del domingo de otoño.
-¡Tú quisiste robar, tú lo quisiste, y por otro pecado contra tu pureza!
-¡Pero yo no robé! -Y el orgullo de Pablo se deshizo en congoja, una congoja tan dulce de ser todavía infantil cuando ya se quedaba sin infancia.
Subió el obispo sus manos para perfumárselas en las hojas tiernas del limón; y las vio llagadas, y no quiso tocar la hermosura del árbol; y después, sin acercarlas, puso su bendición sobre la frente del hijo de la mujer en quien pensaba, tantos años, sin sonrojarse de ninguno de sus pensamientos.
Pablo se lo confesó todo al obispo; y creció su gracia y su fortaleza. Felicidad nueva. Todo rodeándole para que él lo poseyese. Así contemplaría el primer hombre la creación intacta delante de sus ojos y de sus rodillas. Y se compadeció de María Fulgencia, que estaba sola, sin el goce suyo.
Corrió a su huerto, y le recibieron sus brazos y sus labios. Temblaba encendida y se le alzaba el pecho anhelante y glorioso.
-¡Tú tardabas, y llegas contento, y yo me moría de no verte! -Y no se pudo contener en su amor, como siempre hizo hasta el retiro del ancho limonero, sino que, en medio de un vial de jazmines, lo abrazó besándole, besándole; y luego se lo apartaba para mirarle, y lo besaba más, como los niños que miran la fruta después de morderla.
Apretado encima de su boca, pudo decirle Pablo:
-Vengo tarde y vengo contento porque se lo dije todo al obispo. ¡Acabo de ser perdonado, y yo te comunico mi alegría!
-¡Tu alegría la recibo así! -Y se besaron delirantemente, y ella quiso la caricia más suya: desnudarle el pecho y contemplarlo para atinar con su boca en la punta de su corazón. Pero se quedó muy blanca y ciñó a Pablo, amparándole.
-¡Nos ha visto Diego! ¡Nos está mirando! -Y dio un brinco de pájaro y le besó en las pestañas.
Bajo los frutales pasó la risa del giboso como un alarido.
María Fulgencia volviose hacia lo profundo del jardín, y oprimiendo con dulzura los hombros de Pablo, fue llevándoselo hasta la puertecita. Miraba las rosas, los jazmines que se abrían a su lado, y parecía mirar a lo lejos.
-¡Se ha ido! ¡Pero se ha ido en busca de su tío, que estará con tu padre!
En el tapial, ella se lo separó.
-¡No te acerques más, pero mírame mucho!
De pronto le tomó de una mano, le sonrió y le despidió diciéndole:
-¡Bendito seas!
Entró Pablo, recatándose, por el postigo del hortal. Su casa seguía en el buen silencio del domingo. La mesa, ya parada; y en el mantel, en las vajillas y frutas brincaba con regocijo el sol. Ni siquiera se sentían las pisadas de tía Elvira. ¡Qué lástima que se trastornase esa quietud, tan gustosa hoy!
Apareció su madre; y supo que había venido Diego buscando atropelladamente a don Amancio, y como no estaba, se fue, y tía Elvira se le juntó en la calle.
-...¿Es algo tuyo, Pablo? ¿Es algo de allí?
¿Por qué diría ese «allí» que empujaba tan lejos la casa de María Fulgencia?
Quiso Pablo aquietarla con su sonrisa, y no pudo, recordando que ya no sonreía como antes.
Tantos años lisos de infancia entre paredes; tantos años para ir subiendo a la faz oreada de su júbilo, y en unas horas se le escombró la vida...
Se acercaban tía Elvira y su padre. Y volviose rápidamente a todo. Le dio vergüenza de lo que iba a suceder; le dio miedo ya de hombre, el miedo que después se vuelve miedo de niño. Tía Elvira le quemaba con los ojos.
-¿Tienes hambre, sobrino? ¡Pues a comer..., por si acaso!...
No había revelado nada; y así era la fuerte, la poderosa entre ellos.
Pablo mordía el pan, y lo dejaba. Tomó su copa, y el agua le amargó la lengua. Tía Elvira ya no se fijaba en él, sino en todo lo que tocaban sus manos.
«¿Y María Fulgencia?... ¿Y María Fulgencia?...». Se lo preguntó muchas veces a sí mismo, y su culpa de grande hinchaba hasta desencajarle su recóndita sensibilidad infantil.
-¿Qué tiene esa criatura que no atina ni a comer ni a mirarnos?
-¿Yo? -Tan breve esta palabra, y tropezó pronunciándola.
Su madre le tocó la frente y se la descansó en la suya.
Pablo quiso desasirse, y la buscaba más, cegándose en el dulce refugio, porque tía Elvira dijo con desgarro:
-¡Déjalo, que se ahoga de pena! ¡Déjalo, mujer, que principia a llorar como los viejos pecadores!
Se levantó pálido y feroz.
-¿Verdad, azucena, que me estrangularías? -Y tía Elvira precipitose y pudo alcanzarle en el vestíbulo.
Pablo la rechazó a puntapiés y puñadas como a una perra, y tía Elvira se le agarró de la cintura, torciéndose a sus brazos y a sus muslos, crepitando como el sarmiento en la lumbre, sonriendo bajo su respiración de odio, dándole la suya rota y caliente.
-¡No te arrancarás así de la Monja cuando ella se te embista!
Apasionado de rencor, centelleándole magníficos los ojos, Pablo le aplastó en la frente una palabra inmunda, y ella le miró con locura, y casi derribada por la rodilla del sobrino, pudo apretarle de los riñones, se lo volcó encima, onduló acostada, y le besó en la garganta buscándole la boca.
Resonó un grito desconocido de don Álvaro, y Elvira escapose de su condenación.
Paulina vio en su hijo y en su esposo un acento de estupor y de tristeza que les unía con una semejanza que nunca tuvieron; como si Pablo fuese viejo, como si don Álvaro fuese niño. Y adivinó que acababa de partirse la jornada inmutable de su hogar; y se encendió de piedad por todos.
Buscó a Elvira, y no pudo abrir la puerta de su alcoba. La llamó, y de la cerradura, cegada con un paño, salía silencio, y del silencio un gemir mordido. Quiso acogerse al lado de ellos. Bajó, y ya no estaban. Le afligía toda la casa. En el comedor vio la mesa abandonada. Subió, y estuvo esperando en el dormitorio de Pablo.
Así fue anocheciendo aquel domingo de otoño, como un último día de una época suya toda de sed por la misma cuesta...
Levantose Paulina de madrugada. Don Álvaro tenía los ojos abiertos, inmóviles en lo alto del muro.
Nunca se habían sentido tan cerca, sin haberse mirado. No se miraban para no verse en el fondo antiguo de sus ojos. Y él murmuró:
-¡Déjala!
Paulina le respondió:
-Es a él. Quiero ver a Pablo.
El hijo dormía entristecido y puro; pero se despertó bajo la ternura de la madre, como nos despierta la claridad en los párpados, y volviose su alma hacia el día que acababa de pasar. Por primera vez en la mañana recién abierta le pesaban los pensamientos viejos. Eso sería no ser ya niño: no principiar del todo las horas que siempre se le ofrecieron intactas; discos nuevos y resbaladizos de las horas entre sus dedos. Sol, árboles, olores matinales de la creación; mundo acabado siempre de nacer para los ojos y las manos que juegan descuidadamente con la virginidad del momento. Eso sería no ser ya niño: depender del pasado sentir, de su memoria, de sus acciones, de su conciencia, de los instantes desaparecidos; proseguir el camino, rosigar el pan de la víspera, acomodar la hora fina y tierna con la hora cansada: sol, árboles, azul, aire del día nuevo, todo ya con el regusto de nosotros según fuimos...
Pablo sintió en su carne el beso y el ardor desesperados de tía Elvira, y se compadeció con desdén, pero se compadeció de ella. Eso sería ser ya hombre: apiadarse y menospreciar; sentir por los demás y hacia los demás; resonarle humanamente el corazón.
Sentose su madre en la orilla de la cama; y él ya no temió sonreírle, y se lo fue contando todo; todo menos lo de tía Elvira. Eso sería ser ya hombre: verse desnudo; ver la desnudez de los otros.
...Y cuando acabó, le besó su madre, prometiéndole:
-¡Yo te salvaré!
-¿Que tú me salvarás? ¿A mí? ¿Y a María Fulgencia? -Buscó dentro de su alma peligros concretos que temer. Se había confesado con el obispo y con su madre. Ella y Dios lo sabían ya todo, y fue perdonado. Entonces, ¿qué faltaba para que aún fuese necesaria su salvación? Lo sabía su madre; lo sabía Dios. Pero es que, además de ellos, lo sabrían las gentes: el padre Bellod, Monera, el penitenciario, «Jesús», Oleza... ¡Y don Amancio, su maestro!
Y don Amancio, su maestro, era precisamente el dueño de María Fulgencia. ¿Consistiría la salvación en no ver y en no amar a María Fulgencia?
Su madre se le apartó repitiéndole:
-¡Yo te salvaré!
Pablo atravesó los corredores, el gabinete, la sala, y abrió el viejo balcón para mirar a su madre. Le pareció transfigurada. Muy pálida; pero no era por eso. No se puso mantilla, sino manto; pero tampoco era por eso. ¿Qué tenía su madre hoy, desde hoy, que nunca tuvo, que él no vio ni presintió? La miraba mucho. La llamó para que ella se volviese. Y de repente, lo supo: su madre tenía edad. Más joven que su padre, pero ya tenía edad esa vida de mujer que antes se hallaba fuera del tiempo de las otras mujeres; una edad suya que iría desgastándose como un oro, como un marfil; edad de madre siéndolo de un hijo que había cometido el mal, que hizo sentir el dolor y que sufría. Su deleite y su amor caían en el pecado desde que lo averiguaron y lo escarbaron los demás, desde que eran, desgracia para otros.
Se curvó para asomarse, y tocó la palma del último Domingo de Ramos, seca y atada entre los hierros. ¡Qué inmediato y leve aquel día de los «¡Hosanna, Hosanna!». La rama amarilla de palmera, tan fría y jugosa en sus manos. Su palma de un gentil latido en su punta. Su palma más recta que la de Aparici y Castro. (Aparici y Castro era de El Escorial, y decía azufaifas en vez de gínjoles. Aparici ya estaría estudiando para ingeniero agrónomo). Su palma más alta que la de Perceval y la de Lóriz. (Perceval se habría matriculado de Farmacia en Barcelona, y Lóriz se marchaba a un colegio de Inglaterra). ¿Por qué, Señor, había de recordarles en estos momentos? ¡Ni Aparici, ni Perceval, ni Lóriz necesitaban de salvación como él! Revolviose hacia la puerta del dormitorio de tía Elvira. ¡La pobre mujer! Y se avergonzó. ¿Pensarían ya todos de él lo mismo que él pensaba de la pobre mujer? ¡Eso, no! María Fulgencia, no. Hoy, a las doce y media, llevaría veinticuatro horas sin besarla. ¡Mañana, dos días; y después, más días y meses y meses!...
Su madre desapareció por la plazuela de la catedral, buscando la salvación...
Según se alejaba, se le perdían a Paulina los contornos de su propósito, como si esa salvación únicamente pudiera dársele al lado del hijo. Lo salvaría de los hombres, de su mismo dolor y del poder de María Fulgencia; y pronunciando este nombre le saltó de su pecho una dulzura de madre por ella.
Volviose para saber si la veían; llegó a su portal y tiró de la esquila de la verja.
Se abrió un ventanillo de la pared, y el jorobado, lívido en su blusón de hopa, estuvo mirándola mucho, con una sonrisa villana.
-¡Esto se acabó! ¡Colorín, colorado! ¡Ahora la mamá, y ayer el señoritingo del hijo toda la tarde de ronda como un gato!
Un codazo rechazó al chepudo, y presentose la Bigastra, que saludó con mucha crianza; y, relamiéndose y sonriendo, le dijo que don Amancio y la Monja se fueron a su casa de Murcia; que el penitenciario y el padre Bellod vinieron a despedirles; que ella iba muy blanca...
Paulina se refugió en el claustro de la catedral. El ciprés más afilado de Oleza, los viejos laureles, el pozo entre hierba quemada por las escorias de los incensarios, los lagartos soleándose en las baldosas. Altar de San Gregorio, con su cofre de basalto que guardaba las entrañas de un rey; y se paró, como su padre hacía todas las siestas del 28 de junio, leyendo los escomidos signos del epitafio. Altar de San Rafael y Tobías, con el único exvoto que le quedaba: un pie de cera morena.
Se hundió por un portalillo húmedo. La gran nave tibia y profunda. Fue rodeando el deambulatorio, escondiéndose de las viejecitas rezadoras que ya sabrían la culpa de su hijo. ¿Cómo le salvaría? Ella necesitaba decir: «Mi hijo engañó a su maestro, amigo de su padre. La casa del maestro fue la de su iniquidad. A estas horas las gentes de Oleza -Oleza que tanto nos amó-, esas gentes se ríen de nosotros. ¡Cómo le mirarán cuando él pase! Por ruin que haya sido el pecado, son más ruines los que con él se gozan. ¿Verdad, Señor? Se reirán también de don Amancio. A mí me da más lástima su mujer pecadora que él. "¡Yo te salvaré!". Y mi hijo me pidió que la salvase a ella. Pablo es generoso, y es todavía puro. Pureza y dolor después de pecar. ¡Qué infancia ha tenido mi hijo con ellos! Entre ellos está su maestro escarnecido. ¡Yo me quejé de la risa de las gentes; y aún no pensaba en el furor de ese hombre y de Álvaro! Seré yo sola para amarle; yo y la que no debe quererle. Yo quiero a mi hijo más que antes; y me compadezco de Elvira como nunca me había compadecido de esa mujer, y no puedo imaginarla desdichada sin ver -lo veo realmente- lo que hizo con Pablo. ¡Señor: acuérdate de mi vida en mi casa viejecita del "Olivar"!... ¡Cómo se ha trastornado todo para que no sea yo feliz! "¡Yo te salvaré!", le he prometido a mi hijo. Y no es posible salvarle sin salvar a María Fulgencia, sin salvar a Elvira, sin salvarnos todos. ¡Es que han sido ellos! ¿Serán ellos, Álvaro y el marido, los que tienen la culpa?...».
Y Paulina corrió porque todo lo estaba diciendo en la capilla del Señor del Sepulcro, el Señor que se adoraba el Jueves Santo, tendido en la alfombra del Monumento, y en cuyos pies desollados y duros sangró la boca inocente de Pablo. Y no podía decírselo a esa imagen ni acudir a la de Nuestro Padre San Daniel, que se parecía a don Álvaro; ni al padre Bellod, de tan horrenda castidad; ni al penitenciario...
Se llenó de sol en el pórtico. ¿Dónde buscaría la salvación? Estaba delante de la casa del justo, que padecía también por el daño que Pablo cometió, y en las vetustas puertas se le aparecieron las palabras de misericordia: «Llamad y se os abrirá». He aquí la hora de llamar y pedir su consejo. Y pasó rápida y sobrecogida.
El cansancio del último día y la mañana de afán le pesaban según iba subiendo los escalones de losas. Soledad de casa de enfermo sin cuidados de mujer.
En un quicio de la saleta colgaba un rótulo: «Suspendidas todas las audiencias», descolorido y viejo, como si ya no tuviese validez. La antecámara, tan honda, de armarios barrocos, de bancos y bufetes de velludo, tan fría y rigorosa con la figura del familiar de los anteojos de nieve, estaba únicamente habitada por una avispa que rodeó todo el torcido cordón de la lámpara. Salió por el abierto ventanal a los follajes de los naranjos, y en seguida vino y palpó el racimo de una talla. Ella contemplaba los rumbos de la avispa, que de un gracioso vaivén se coló por la sala de recepciones, y en seguida volvió a las claridades de la secretaría. Pero Paulina, no; Paulina se quedó bajo el reproche de un grupo de ensotanados; los unos con la faja colorada de los pajes, los otros con su lisura pobre y negra de los fámulos, y el familiar con su esclavina como las telas flojas de un paraguas, todos junto a la puertecita del dormitorio del obispo, como si aguardasen el mandato de precipitarse dentro. Se llegaron a Paulina para contenerla. Le hablaron con un susurro, con un asombro y ademanes de gentes enfaldadas. El señor había tenido un ataque y acababan de acostarlo. ¡Ya no podía más! Abriose la alcoba y apareció don Magín. Paulina se le cogió de las manos. Pero el enfermo se removía quejándose, y don Magín entró y le alzó la cabeza, que le colgaba por el borde del lecho para mirar entre el ahogo del vendaje.
El olor de los bálsamos, de los aceites, de los inhaladores de hierbas, olor de otero, de anchura, de salud, era, allí, aliento de enfermedad.
Tuvo que esperarse, porque el llagado hablaba saliéndole un soplo de su laringe podrida.
Nadie le entendió.
...Cuando Paulina traspuso los umbrales de Palacio, tampoco llevaba la salvación del hijo.
Y en su casa, al descansar sus manos, tan pálidas, tan pueriles, en los hombros de don Álvaro, recogieron el temblor íntimo de su hueso; y comenzó a presentirla.
Elvira ya no estaba. La dejó su hermano en la diligencia de Novelda, y de allí seguiría en tren hasta Gandía.
Don Álvaro inclinó la frente para decir:
-¡Y nosotros nos encerraremos en el «Olivar»!
Tenía la mirada húmeda, los pómulos azules, su barba comenzaba a envejecer.
Su mujer sonrió a la promesa de felicidad. Miraba los viejos muebles de los padres de Elvira y de don Álvaro, y los muebles también la miraban. ¿La felicidad? Pero ¿y ellos, y lo que fueron criando y dejando con su presencia? ¿Qué haría en este mundo la perdiz embalsamada si ya no se hacía de aborrecer por ser de Elvira? Sus ojos redondos, embusteros, de botones de vidrio, que contemplaron las muecas íntimas, la soledad, las horas de vigilia de la beata y hasta sus horas de nobleza y de dolor de no haber sido nunca dichosa ni en trueque de la desgracia de los otros, ¿presenciarían los tiempos de la felicidad venidera? Y Nuestra Señora de los Dolores, con su terciopelo tirante y ajado, sus lágrimas heladas, su corazón transido de siete puñales de plata, esa Virgen que no consoló a Paulina, Virgen de la especial devoción de una casa tan remota y ajena de su pasado, ¿podría convertirse en una Nuestra Señora quietecita y suya, que acoge todos los años el dulce septenario de familia?
¿Y ésos, el señor Galindo, la señora Serrallonga, que miraban a la nuera y al nieto sin amarles, les miraban rápidamente y se aprovechaban de esa fugacidad para saber que tampoco les habían amado a ellos? ¿Y el óvalo del panteón de pelo de muerto, y los butacones, y el brasero de los sahumerios?
Pero Paulina no había de recelar de ese menaje que volvería para siempre a la casa originaria de los Galindo.
En el «Olivar» les esperaban los muebles suyos: las cómodas de olivo, los armarios de ciprés, los lechos de columnas de caoba, los candelabros de roca, los espejos románticos, las consolas, los relojes, los alabastros... Y según iba recordando sus contornos, sus calidades, y pronunciándolo, adquirían configuraciones y semblante de vacilación. Todo aquello y los muros y envigados de los ámbitos de la casona y los árboles, la tierra y el aire y el silencio, todo pertenecía a su legítimo pasado, a su sangre y, por tanto, a su hijo; todo estuvo aguardando la felicidad de la heredera desde antes que ella naciese. Y todo quedó en un olvido de repudio por la voluntad de don Álvaro, el amo nuevo. El «Olivar» se desaromó de su recogimiento; se cerró el casalicio, fraguándose el ambiente del desamparo, conformándose en la desgracia. ¿Se despertaría jubiloso ahora, uniéndose a una súbita felicidad que no era de allí?
Paulina se asomó al balcón para ver Oleza, verlo todo sin la vigilancia de Elvira.
Palacio de Lóriz, la catedral, los campanarios, las azoteas, los palomares, Oleza, también toda Oleza, se quedó mirándola con asombro: «¿De veras que ya está decidida vuestra felicidad? ¿No tiene eso remedio? ¿Entonces no servirá de nada lo pasado, lo padecido, lo deshecho? ¿Qué servirá para la plenitud de vuestro goce? No sabemos. Todavía no sois sino lo que fuisteis, y la prueba te la da tu memoria ofreciéndote como un perdido bien aquel «Olivar» de tu infancia y aquella felicidad que te prometías bajo los rosales. ¿Te bastará la improvisada felicidad de rebañaduras? Resultasteis desgraciados; una lástima, pero así era. ¿Vais ahora a dejar de ser lo que sois? ¿Y nosotros, y todos?».
Pero Paulina no había de atender sino a su vida. La felicidad no era un propósito de la juventud. Y se internó en sí misma, escuchándose transverberada por los ojos, por las palabras, por el silencio de su esposo y de su hijo. En aquellos días, ¡qué pasmo, qué corazón asustado delante de la felicidad! ¡Cómo sería esa felicidad, una felicidad que, para serlo, había de desvertebrarse de la felicidad que cada uno se había prometido!
Y una tarde paró en el portal la vieja galera, la misma galera en que vino don Daniel todos los 28 de junio para comer con su prima doña Corazón y asistir a las horas canónicas de la vigilia de San Pedro y San Pablo, la misma galera que trajo a Paulina para su boda en el alba del 24 de noviembre, día de San Juan de la Cruz. También era de noviembre aquella tarde. Se cerró la cancela y la puerta. Y en los ladillos de badana del carruaje se acomodaron Paulina, don Álvaro y su hijo. Casi a la vez se soltaron tres toques de la espadaña de Palacio. Se puso a retumbar un campanón obscuro, siempre dormido en su alcándara de la catedral; luego se removió todo el campanario, y a poco cabeceaban las campanas de las parroquias, de la Visitación, de Santa Lucía, de San Gregorio, de «Jesús», de los Calzados, del Seminario, de los Franciscos... Y el campaneo se volcaba roto en las calles, en las rinconadas, en las azoteas, en los huertos, en el río... Todas las campanas doblaban por el obispo, que acababa de morir.
Paulina, don Álvaro y su hijo se persignaron, y siguieron silenciosos, sin mirarse, camino de la felicidad.
María Fulgencia le escribió a Paulina:
«...Les han dicho que yo no estaba en mi casa de Murcia, sino en mi hacienda, y que sería inútil que pretendieran visitarme. Y sí que estaba. Yo sola. Les he visto desde que aparecieron por la esquina del aperador. Miraban ustedes mucho mis balcones. Les aguardé hasta sentirles en la escalera, y entonces corrí a esconderme en mi alcoba, la de mis padres, donde yo estuve muy enferma de tifus. En todos mis miedos me refugié aquí. Le vuelvo la espalda a todo el caserón porque me pongo en la ventana para mirar el huerto; todo lo miro muy bien; voy contando los limones que han salido en una rama, o las veces que acude la misma abeja al mismo albaricoque, o rompo papeles y los dejo ir para ver los trocitos que caen dentro de la acequia y se van a caminar por el agua, y yo me digo que estoy muy distraída, que al miedo me lo dejé perdido por la casa tan grande, y que no soy precisamente yo la preocupada y la temerosa. Eso quise hacer cuando ustedes iban subiendo. Me puse a la ventana para mirarlo todo, para contarlo todo, y nada me importó. Porque yo no quería volverme de espaldas a mí misma ni persuadirme de que no era yo quien huía de la sala donde usted y don Álvaro acabarían de llegar. Sí que era yo y eran ustedes, y entré hasta quedarme detrás de los cortinajes. Sentía la respiración de usted y la medía con mi latido. ¡Qué cerca estábamos; qué cerca yo de la madre de Pablo! Yo no le tenía miedo. Lo comprendí en seguida de mirarla. Nunca le había mirado tanto. ¡Si hubiese venido usted sola! Si usted hubiese venido sola, tampoco hubiera yo salido a besarla... Y yo les esperaba todos los días, desde que supe que quiso usted verme en Oleza. Y me dije: "Me escribirá o vendrá. Todos se imaginan que estoy recluida en el campo como una penitente. Pero ella me buscará y preguntará por mí en esta casa". ¡Y huí de usted! Es que ustedes, por ser generosos, no podían venir sino a consolarme. Y yo no quiero que me consuelen. ¡Si nos hubiéramos tratado; si nos hubiésemos querido allí, en Oleza! ¡Si es que allí no se quiere nadie! El grupo de nuestros maridos no necesitaba que fuéramos amigas nosotras. Les bastaba con tener ellos asuntos. No es que me queje. No me quejo de nadie ni de mí misma. Como es mi vida, es mía y la quiero mía. Hace un instante acusé a nuestros maridos de su amistad sin nosotras. Pero, ¿tratarnos, vernos, querernos nosotras? ¿Cuándo pude yo ir a usted, si en seguida se me apareció Pablo? Tuve que pararme a lo lejos. Y ahora, todavía más. Usted es su carne, su sangre; las manos de él son como las suyas, y la boca, y los cabellos, y la ansiedad de los ojos. ¡Qué vida tan profunda de mujer debe sentirse siendo la madre de él! Al principio de verme aquí sola me aconsejaba a mí misma: "Ya no he de recordar nada, porque ya no hay remedio". Pero, por eso, porque ya no hay remedio, no se me olvida nada. De veras le juro que no hay remedio; él no me verá nunca. Renuncio a lo más gustoso: a ser mirada por él; pero no renuncio a verle, verle sin que él lo sepa.
Cuando me di cuenta de que Diego nos había sorprendido -perdóneme- aquella mañana en el jardín, adiviné que yo, como casi todas las mujeres comprometidas, podía valerme de habilidades para encubrir la verdad. Pude remediarlo con embustes, y hasta se me ocurrieron y todo, y no quise. Y no quise fingir porque "él y yo solos", sin pensar en los demás, no caíamos en ninguna vergüenza; pero pensar en los otros hasta tener que engañarles era ya sentirse desnudos, como dicen que se vieron nuestros primeros padres en el Paraíso. Y anticipándoseme ese sonrojo, tuve el presentimiento de que mi paraíso estaba ya cerrado. Y si no había de entrar, ¿para qué entonces había de mentir? Cogí de la mano a su hijo y lo llevé hasta la puertecita de la ribera. Quise que me mirase mucho. Sabía que era la última vez que me miraba. Nada más nos mirábamos. Y cuando oí que me llamaban, entonces solté a Pablo, y rodeando las tapias me presenté a mi marido y dije la verdad, como si mi marido no fuese para mí sino un don Amancio Espuch. No es menester, ni debo contarle, nuestra pobre entrevista. Las gentes se han quedado sin drama ni comedia.
Aquella mañana, cuando Diego nos sorprendió, yo sentí un alivio muy grande, imponiéndome la renunciación. Acepté mi sacrificio con un poco de gracia de generosidad; lo acepté para no acatarlo algún día con malas actitudes. ¡Se acabó -como suele decir el señor deán-, se acabó el Ángel! Fue la promesa de mi felicidad. Yo lo buscaba, yo lo adoraba; quise ser su velada o su santera. Nunca me propuse que las cosas fuesen mías, sino yo de ellas. Por eso parezco tan antojadiza. Me rodeaba de estampas y de recuerdos de mi Ángel, y el Ángel fue la promesa de Pablo.
Principian a tocar las campanas del Sábado Santo. Tocan lo mismo que antes de marcharme a la Visitación. ¡Antes de ir a Oleza, cuánto había de sucederme! ¡Tocan las mismas campanas, y ya está todo!
Ya no voy a ver el Ángel. Ahora todos los días me asomo a mi terrado para mirar el tren de Oleza, el que sale de Murcia a Oleza. Tan lejos se quedó mi Oleza, que ya tiene tren, y con las mulas de mi labranza y un faetón de mis abuelos fui de este casón a la felicidad. Si su hijo también subiese a la ventanita más alta para ver el otro tren, el que viene a Murcia, no se enfade usted ni me aborrezca. Ya no pasará nada. Se lo juro, porque ahora ni su hijo podría volverme a la felicidad de antes».
Buena sonaja de los molinos; olor de harinas y salvados; olor de almazaras; olor de higueras, de naranjos, de maíces y cáñamos; los bancales de cáñamos donde pudo guarecerse toda la facción de Lozano en los tiempos heroicos. Llegaba de la vega el aliento del Segral, allí río crecido, del todo agrícola y caminante.
Casas de hacenderías. Casalicio de los señores. Porches y pilares con cuelgas de mazorcas. Estufas de capullos de la seda. Cañizos de almijar. En los zafariches se enjugaban los trigos, las ñoras, las cebadas. Al sol de las eras secaban sus meollos los calabazones de odre, las calabacillas bocales, las calabazas rotundas de cortezas de callo.
Viejos cipreses de aguja húmeda de cielo; su sombra, aceitada de antigüedad, y en el cerrado follaje el ruiseñor de todas las primaveras.
Romeros, jazmines, laureles; el aljibe con toldo de rosales. Jabardillos de palomas y golondrinas que vuelan redondamente y algunas descansan en las mismas socarreñas, en las mismas gárgolas de las palomas y golondrinas de antaño.
Calma de los insignes olivares. Sembradío, almendros y viñar que suben los oteros y bajan los barrancos; y en las lindes, los setos de granados agrios; de aromos con su leña de púas y sus cabezuelas de pelusa fragante; las pitas, con sus espadones dentellados y sus candelabros de tortas en flor; las chumberas, retorciendo sus codos de rebanadas verdes que dan en el borde los erizos de los higos.
De mañana y de tarde, a la misma hora, venía por el azul el silbo del tren de Oleza, y en seguida el estrépito del puente de hierro. Aquel ámbito de jácenas y tirantes roblonados parecía estrujarse, vaciándose de un temblor encendido que se descalfaba en las aguas dulces del Segral; y después, el silencio tan liso, tan desnudo en todo el campo.
Muchos días, de mañana y de tarde, vio Paulina a su hijo en la ventana cimera del desván contemplando ese tren, y no lo miraba cuando partía de Oleza para entrar en la comarca de Murcia, donde la mujer que le amó vivía retirada y sola; miraba el tren que de Oleza iba dejando la vega por los saladares, el que llegaba al mar y a las estaciones de enlace, principio de las líneas poderosas de ferrocarriles, los fuertes brazos que abrían las puertas del mundo lejano.
En el atardecer se desprendía el olor de los jazmines, de los naranjos, de los cipreses, que principiaban a enfriarse dentro del olor ancho y humedecido del horizonte.
Los jazmines, las rosas, los naranjos; los campos, el aire, la atmósfera de los tiempos de las viejas promesas; olor de felicidad no realizada; felicidad que Paulina sintió tan suya y que permanecía intacta en los jazmines, en el rosal, en los cipreses, en los frutales; la misma fragancia, la misma promesa que ahora recogía el hijo. El cielo se combaba glorioso sobre sus tierras, sobre los olivares extáticos. Un cántico balbuciente de agua que pasaba como entonces. Una nube blanca, pomposa, que dejaba un acento de alegría en la heredad.
La huerta, la labor, lo yermo, toda la heredad iba mirando don Álvaro, toda la corría en su ocio de caballero confinado, sin empresa ni designio que sentir ni consentirse. Se asomaba a los molinos, a las trojes, a los patios y alhorines. Buscaba su casa, hundiéndose por las salas, por los dormitorios, por las escalerillas de servicio. Llegaba a los sobrados, prenderías del tiempo: cribas, orzas, libros, cofres; la espada, las botas de espuelas y el casaquín de brigadier carlista de un tío de Paulina, y en lo alto, el estudio de astronomía del buen faccioso, con su butacón de terciopelo, el atril y la esfera de meridianos de arañas.
De la luz ancha de los desvanes a la clausura de los salones, al escritorio, al herbario, y de nuevo pasaba por las vides de su puerta, caminando sin goce, porque de todo lugar, de todas las cosas en que hubiese querido complacerse: del rosal del aljibe, que coronó a Paulina novia, cuando ella le esperaba sonriéndole de amor; de la noche, aquí tan íntima, tan nupcial; de todo motivo de ternura y delicia, y de sus recuerdos y de su cansancio; de donde quisiera reclinar el corazón le salía una voz, la voz de sí mismo, empujándole con el «Anda, anda, anda» del maldecido.
Don Álvaro se recostaría en los más grandes dolores sin una queja. ¿No repudió a la hermana? ¿No se apartó de su único camino: del ardor de la causa, del odio y de la amistad y del mundo suyo? Sería capaz del mal y del bien, de todo menos de entregarse a la exaltación y a la postración de la dulzura de sentirse. No se rompía su dureza de piedra, su inflexibilidad mineralizada en su sangre. Siempre con el horror del pecado.
A veces quiso leer. Abría viejos documentos y volúmenes de los abuelos de Paulina. Una noche leyó en las Ordenanzas de Castilla la ley XXI, donde se manda «que todas las barraganas de los clérigos de todas las ciudades, lugares y villas traigan por señal un prendedero bermejo, tan ancho como tres dedos, encima de las tocas, pública y continuamente...». Recordó el beso delirante de Elvira a Pablo. La que besó de esa manera ¿no pudo traer la faja de ignominia?
En la Crónica de Oleza encontró un pregón del Justicia que decía: «que se hiciese requisa en las casas de los capellanes, llevando a la mancebía las mujeres que tuvieran amagadas...».
¿Se hubieran llevado también a su hermana? Y se avergonzó de su pensamiento.
Horror del pecado. Horror de la desgracia que podía suceder.
Otra noche quiso un libro. Lo abrió por el capítulo XV. Y leyó:
«No hay nadie que tema más el infortunio que aquellos cuya mísera vida les habría de dejar a salvo del miedo y que debieran decir como Andrómaca: ¡Pluguiera a los dioses que yo temiese! Hay en Nápoles cincuenta mil hombres que se alimentan de hierba, que se cubren con harapos, y estas gentes se horrorizan a la más leve humareda del Vesubio. Tienen la simplicidad de temer que puedan llegar a ser desgraciados».
El ferrocarril de Oleza-Costa-Enlace dejaba la emoción y la ilusión de que toda la ciudad viajase dos veces al día: en el correo y en el mixto; o de que toda España viese a Oleza dos veces al día. Oleza estaba cerca del mundo, participando abiertamente de sus maravillas.
La estación, de ladrillos encarnados y andenes de eucaliptos y acacias, era por las tardes sala de familias, horizonte diario de la mocedad, alivio de los afanados, solaz de canónigos y caballeros, feria de flores -en ramos, en haldadas y canastas- y de las sabrosas especialidades de masa y confitura: pasteles de gloria de las clarisas de San Gregorio, costradas de yema de la Visitación, hojaldres de las verónicas, limoncillos y arropes de las madres de San Jerónimo... Muchos sábados se voceaba también El Clamor de la Verdad, y los jueves La Antorcha -semanario liberal-. La Antorcha se complacía de esta abundancia de productos olecenses. Carolus Alba-Longa, no. Alba-Longa, desde sus fondos titulados «Alerta», daba el aviso de fraudes funestos para el merecido renombre del dulce de Oleza. No era posible que todo lo que se vendía y se facturaba en la estación saliese de los obradores de las comunidades. De seguro que lo apócrifo se mezclaba cautelosamente con lo legítimo. La Antorcha publicó su réplica: «¿Y qué?», epígrafe de arremangada impertinencia. Probó, a la fría luz de la estadística, que la cochura de pastas y compotas no había menguado en los hornos monásticos. Domingos y fiestas, las clarisas, las salesas, las jerónimas, las verónicas no podían satisfacer todos los pedidos. Al mismo tiempo doblaban sus tareas las confiterías seculares, tareas no clandestinas, porque las casas estampaban su marca, y ni en aprovecharse de las advocaciones de los dulces monjiles había engaño, sino uso lícito de una onomástica tradicionalmente ineludible. Si los viajeros del ferrocarril de Oleza-Costa-Enlace compraban hojaldres y bizcochos laicos, creyéndolos amasados en las artesillas «de las hacendosas abejas de los panales del cielo» -verdadera galantería liberal-, ¿qué culpa tenía el gremio de dulceros? ¿Que se confunden las castas de dulces? ¿Y qué? Si el dulce del siglo resultaba tan gustoso como el del claustro, ¿negaría Carolus Alba-Longa las eficacias del progreso, los beneficios públicos de la competencia?
De este pleito se apartaba el señor penitenciario, amargo de realidades diocesanas; el padre Bellod, de broncos sentidos, y el homeópata Monera, sin ninguna voluntad para los gustos de este mundo.
Pesábale al canónigo que Alba-Longa se disipara en naderías, necesitándose de tanto ahínco para otras difíciles empresas. Por ejemplo.
Cuando pronunció «por ejemplo» ocurriósele al homeópata decir:
-Sin don Álvaro, todos habíamos de confiar en don Amancio; don Amancio se tiene por el caudillo. ¡Se llama a sí mismo el Juan de la Causa!
-¿Juan? -preguntó el padre Bellod soltando su risa-. Juan ¿qué?
-Por ejemplo -insistió recremándose el señor penitenciario-: siete meses está Oleza sin pastor, siete meses huérfana, y nadie parece sentir la expectación aflictiva de otros tiempos de sede vacante. ¡Cómo se encendía entonces don Amancio pidiendo nuestro remedio! Su generosa palabra no fue oída en Madrid, por fortuna para mis sienes...
El padre Bellod sonrió con boca marrullera, mirándoselas con su único ojo.
-¡Mis sienes, que no hubieran resistido la pesadumbre de la mitra! Y ahora...
Monera necesitó interrumpirle otra vez. Después del apartamiento de don Álvaro Galindo y del fracaso conyugal y tibieza política de don Amancio Espuch, Monera podía creerse el seglar eminente del corro. Y Monera dijo:
-Ahora no es entonces; ahora ya tiene Oleza candidato seguro, candidato de «Jesús» y de los liberales: monseñor Salom.
-¡Monseñor Salom! ¡Pobre monseñor Salom!
Y el penitenciario y el padre Bellod se reían de Monera.
(Es difícil escaparse del éxito. Pero el éxito se descabulle de todas las manos. Es arcaduz que ya sube colmado, ya baja vacío. Por la mañana, Monera no supo cómo aplacar a su mujer, que, poco más o menos, le gritó: «Tráeme tazas y picheles de las alfarerías de Nuestra Señora, barro bendito que vuelve fecundas a las estériles. ¡Venga un hijo, hija o hijo; yo lo que quiero es quedarme embarazada!». Y por la tarde, Monera no supo cómo resistir la burla y los ojos del penitenciario, y miró sin gana su reloj, gordo como una naranja de oro, lo mismo que hacía en sus poquedades de antaño).
Tenía razón el canónigo: Oleza no se desesperaba por su orfandad. Pasaba el tiempo, y pasaba el tren divirtiéndola de su luto.
Desde la Glorieta hasta la estación, el antiguo y arbolado camino de Murcia convirtiose en alameda con bancos, baldosas, faroles, podas y riegos municipales. Tránsito y rebullicio de mocitas y viejas del arrabal y de la huerta, vestidas de pendones y mugres, flacas y descalzas, pero sin faltarles en su moño la brasa de un clavel o la peina estrellada de diamelas. Llevaban pomos de rosas, manojos de clavelones y nardos, biznagas de jazmines, ramos de figura de jarrón, ramos de tres pisos de forma de ánfora con un leve temblor de nebulosas y estelarias; las asas, de hierbacinta; la boca de azucenas y de azahar o de magnolias abriéndose en el nido de follaje de laca de su árbol, y el mazo de los tallos zumosos atado sabiamente con tomiza fresca...
Los beneficios del ferrocarril para los floricultores y floristas no los negaría Alba-Longa. Los cosecheros de naranja, de pimentón, de aceite, de hortalizas y cáñamo; los terciopelistas, los aperadores, los alfareros exportaban ahora lo suyo en los trenes mixtos y mercancías; pero antes tampoco se les malparaban las cosechas y las industrias agrícolas, porque todo hallaba salida con los cosarios y arrieros que iban a los mercados de la provincia y de la Mancha y a los muelles de Alicante, de Torrevieja, de Cartagena y Águilas. Pero las flores, no; las flores renacían, se multiplicaban y se ahogaban dentro de Oleza. Oleza había sido un jardín cerrado y abandonado. Las flores se criaban entre las habas y las fresas, en los tablares de lechugas, en las lindes del panizo. Cuadros de coles con orillas de alhelíes, de rosales, de francesillas, de carraspiques y dalias; senderos de lirios, de margaritas, de hierbaluisa; cañar de alubias con espalderas de heliotropos y de celindas; rebordes de noria plantados de girasoles y geranios, arrimo y puerta de barraca a la sombra de un olmo y del árbol del Paraíso; blancas campánulas y galán de noche entre la higuera y la vid, y no había corral sin dondiegos y cidro, balcón sin claveles, azotea sin jazmín, leja ni cantarero sin albahaca, sin vaso de flores. Flores en los altares, en el mostrador, en la sala, en el burdel, en el corpiño y en los cabellos de la mujer de manteleta y de la andrajosa.
Si no se engorda con las flores, daban un jornal menos duro que menando soga o recogiendo estiércol del camino.
Fueron conocidos los ramos de Oleza, y subió la fama de sus dulcerías y tahonas.
Pero las familias de rango no aceptaban otros manjares de postre de santos y fiestas que los modelados por dedos místicos. Cundía la preferencia entre muchos golosmeadores forasteros, con lo que creció tanto la demanda de las especialidades legítimas, que ni quebrantando el horario regular lograban las abejas del cielo abastecer la parroquia de este mundo, y tuvieron que valerse de labores profanas. Así fue perdiéndose la virtud de la emulación, cantada por La Antorcha. Y todos fueron unos. Aunque fuesen unos, don Magín siempre quiso los dulces monásticos; pero los ensalzaba todos. Proclamaba la importancia del dulce por lo que recuerda y sugiere y por su valor folklórico; afirmaba también que era un indicio del carácter, de las virtudes y de los pecados de toda una época. Y se dolía de no ser tan docto en disciplinas históricas como Alba-Longa, y más aún de no serlo como el tío de Alba-Longa: el difunto Espuch y Loriga; pues, siéndolo, juntaría papeles y estudios para escribir un comentario de la cocina y artesa de la antigua Corona de Aragón, desde los últimos confines de la diócesis de Urgel hasta los primeros términos del obispado de Cartagena-Murcia. En esta obra, con apéndices de parcelas filológicas, se vería que el horno y el amasador van medrando al abrigo de la liturgia y de la hagiografía, y que la Corona de Aragón comprendía las tierras más emocionadas de tradiciones y devociones; la más rica en artes populares, en variedad de culturas estéticas y agrarias y en condimentos, suculencias, conservas, masa de huevo, de manteca y aceite. Deduciéndose de todos los datos y doctrinas que una buena gollería, un buen saborete de abolengo responde siempre a un estado categórico civil y eclesiástico de la vida y del idioma.
Retozaban las risas, y todos decían:
-¡El don Magín de siempre!
-¡Si todo se muda, a todo se acomoda! ¡Tañe el esquilón y duermen los tordos al son!
-¡Y siempre tordos son! ¡Y don Magín siempre es don Magín!
Pero ¿de verdad era don Magín el mismo don Magín? Como siempre, seguía su itinerario mañanero por las calles de Oleza, ceñido un lado del manteo y el otro cayéndole a pliegues; el canalón, en la nuca, le dejaba la frente al sol; sus dedos, con la caricia de una hoja tierna, de un copo de gramínea. Se volvía hasta sin querer a todas las rejas donde floreciesen nardos, clavellinas, doncellas bordadoras, y descansaba en el portal de algunos obradores de chocolates para recoger el generoso vaho. Corredera de San Daniel, con trajín de recuas de molino; calle de los Caballeros, de casones blasonados; calle de la Aparecida, con umbría de tapias y frutales y ruido de acequias; plazuela de Gozálvez, con su álamo de aldea, cargas de encendajas para las tahonas, y, en medio, el farol de aceite, que le decían el Crisuelo.
-¡Ya viene don Magín!
-¡Atienda, don Magín!
-¡Eso no será sin don Magín!
Lo mismo que siempre. ¿Lo mismo? Ya no estaban los de Lóriz en su palacio, que tampoco era palacio, sino lonja de contrataciones de las industrias de sedas y cáñamos. Ni se asomaba don Magín al huerto y biblioteca del obispo; acabó su diálogo de amistad, amistad sin desencanto, sin llaneza de camaradas que se quedan en mangas de camisa y precipitadamente se ponen la muda de paño nuevo de domingo. Don Magín y el prelado nunca se desnudaron del señorío de sus calidades ni tuvieron que añadirse de pronto vuelo de almidón. Oleza se encogía de hombros al pasar por el Palacio episcopal, entornado y vacante. Desapareció la Monja. Se cerró la casa de don Álvaro... Todo se quebrantaba y aventaba en el ruejo y en la intemperie de los años.
Y don Magín seguía siendo don Magín. Capellán de cuerpo entero y bien entero. Afirmativo y consustanciado de la Oleza clásica; comunicado del aire y sal de humanidad de todos los tiempos. Se hablaba de él y se le sentía hasta por tradición, como el clima, las campanas, el edificio histórico de un lugar. Pero el clima de una tierra y de sus ánimas mejor lo siente el forastero que el lugareño; las campanas le suenan y retiñen al vecino cuanto más se aleja de su parroquia, y el edificio famoso quedó para eso: para fama, y no se ha de meditar en lo que de todas maneras ya tiene su concepto sellado. Así don Magín en Oleza.
Como ya se sabía que don Magín era don Magín, no se sabía de él ni su pecado, su pecado concreto, lo más conocido de todos los clérigos y seglares. Por su brío y sensualidad podría cometer los peores con la misma elegancia que llevaba su manteo y su paraguas de Génova.
Las flaquezas de los demás serían en don Magín robusteces. Finalmente, no se le perdonaba la paradoja de que, siendo según era, fuese puro.
Meditaciones primarias de don Magín: «No aspires, alma mía y alma de mi prójimo, a demasiada perfección; no grandes sacrificios, no fuera que lo costoso de estos actos te disculpe de cumplirlos. Acepta las humildes bondades, que el gusto y la ternura que les siguen nos convidan a otras mejores. El Kempis dice: «Tentación es la vida del hombre sobre la tierra. El fuego prueba al hierro y la tentación al justo». Yo te digo: toda la vida del hombre es un sacrificio, y se asusta cuando se le impone estrictamente alguno. Después de todo, el sacrificio es una virtud resolutoria. ¿Que no puedes poseer lo que apeteces? Sacrifícate a no tenerlo. Luego ¿deberá aceptarse el sacrificio más a sabiendas y pronto para que sus provechos se ocasionen antes? Dejemos a los sacrificios con sus desabrimientos y dolores, y así, y por lo menos, serán sacrificios, y el hombre tendrá que agradecerse algo y que ofrecer a Dios, ya que nunca se le ofrecen los goces. Y si los sacrificios no fueren soluciones, que sean siquiera un sufrimiento, y serán algo, aunque no sean afirmativamente nada».
Algunos decían que en don Magín se daba el difícil primor de esconder lo mismo sus pecados que sus virtudes. Y para eso hubiera tenido que vivir siempre cerrado, con luz artificial y bajando el resuello. Y él no renunciaba al grito ni a la holgura, y así pudo responderle a doña Purita, que le quiso picar y recelar por desaparecer de las amistades:
-¡Yo, hija de mi alma, lavo, tuerzo y tiendo mi vida al sol!
-¡No será al de la ventana de doña Corazón, donde ya no se le ve ni por lástima de aquella impedida!
Al separarse, no pensaba don Magín: «¡Cómo está hoy esa mujer!», sino: «¡Qué tendrá esa criatura!» En la mirada de la gentil doncellona había una quietud de lejanía.
Y aquella tarde apareciose en la sala de la tullida señora. A la Jimena se le reverdeció y alborotó el enfado de la ausencia del capellán con tan súbita presencia.
Con ellas estaba una celadora del Santísimo, y nadie más. Poco fue lo que se devanó: que una de las Catalanas -la mayor o la menor- había muerto, y los bienes quedaron para la otra, de la que pasarían -según testamento de entrambas- a dotar tres capellanías en Barcelona, menos su casa y tierras de Oleza, legadas a Nuestro Padre San Daniel, y mil reales a una niña huérfana de su vecindad. Que don Roger y el señor Hugo, después de mirar un día con tristeza a doña Purita, dejaron ya de mirarla, y se volvieron, dóciles y arrepentidos, a «Jesús», y «Jesús» los aceptó misericordiosamente.
...Y doña Purita no venía, y doña Nieves tampoco.
Agotado el hilo, recordose la Jimena de la beata de Gandía y de don Álvaro. Llegó a decir que había sido de justicia aborrecerles tanto y que en fuerza de ser tan justos con ellos iban aborreciéndoles menos.
En el regazo de dona Corazón y entre sus manos pulidas y perfumadas de sebillo de bergamota se dormían los años viejos de Oleza, y a la vez rodaban las mudanzas de los tiempos.
-¡Ay, todo pasa, todo pasa volando, don Magín!
Don Magín penetró en la segunda morada de su conciencia:
«¡Era verdad; todo pasaba volando después de haber pasado! Pero ¿y antes de pasar? En las delicias y en las adversidades pocos escapan de decirse: ¡Eso no lo pude gozar! ¡Esto no lo podré resistir! Pues aguardemos, y dentro de algunos años: diez, quince, veinte años, todo se habrá derretido. Escondida tentación de mujer: ¿Es aquélla? ¿Es esta mujer? -¿Pensaría entonces don Magín en doña Purita?- Ella tiene treinta años y yo cincuenta. ¡Dentro de veinte más! Todo pasa, inclusive lo que no pasó».
| Pues que vemos lo presente | |||
| que en un punto se es ido | |||
| y acabado, | |||
| si juzgamos sabiamente | |||
| daremos lo no venido | |||
| por pasado. |
¿También lo no pasado lo daremos por pasado? Todo pasa. ¿Todo? Pero ¿qué es lo que única y precisamente pasará sino lo que fuimos, lo que hubiéramos gozado y alcanzado? Y si no pudimos ser ni saciar lo apetecido, entonces ¿qué es lo que habrá pasado? ¿No habrá pasado la posibilidad desaprovechada, la capacidad recluida? ¿Y nuestro dolor? También nuestro dolor. ¿Y no quedará de algún modo lo que no fuimos ni pudimos, y habremos pasado nosotros sin pasar? Dolorosa consolación la de tener que decir: ¡Todo pasa, si morimos con la duda de que no haya pasado todo: la pasión no cumplida, la afición mortificada!...
Sin doña Purita se desganaba la charla, quedándose en porciones. Verdaderamente habían pasado también los tiempos de la tertulia de doña Corazón.
Y el capellán levantose y se fue a su banco de la alameda, frente a los huertos; allí fumaba y tragaba el aire del atardecer, que venía embebido de olor de campo tierno; desde allí recogía el silbo y estrépito del tren, que le dejaba la promesa de distancias, más claras y grandes en las losas de su banco predilecto que en los andenes ferroviarios donde se ve con exactitud al maquinista y el número de la máquina; y después, en su aposento rectoral, dentro de la corona de luz de su velón de aceite, se abrían los horizontes de su mundo y se apretaba su soledad, tan yerma sin el obispo leproso.
...Estruendo y polvo de un coche amarillo, con muestra verde de la «Fonda de Europa»; antiguo parador de Nuestro Padre.
Mandaderos, mozas, anacalos y aprendices con bandejas, cuévanos y tablas de hornos y pastelerías.
Trallazos, colleras, herrajes y tumbos del coche del «Mesón de San Daniel».
Familias de Oleza, menestralas de las sederías, arrabaleros de San Ginés, viajeros rurales, frailes, socios del Casino...
Mujeres con ramos de flores, de cidras y naranjos. Una vendedora, toda vibrante y dura como un cobre, le dio a oler a don Magín su esportilla de magnolias húmedas. Y el capellán entró todo su rostro en las carnales blancuras suspirando: «¡Ay, sensualidad, y cómo nos traspasas de anhelos de infinito!».
Alameda callada; don Magín solitario; y comenzó a sentirse el tren que venía de Murcia. Entonces, bajo el toldo de los árboles, surgió, al galope de botes de mula, una tartana de alquiler con cestos, atadijos, y a la zaguera un cofre. Volviose don Magín para mirarla, y vio entre los equipajes un bulto repulgado y una graciosa silueta que le envió un adiós cohibido.
Don Magín olvidose de su edad, de su hábito, de su sosiego, y se atolondró y corrió como un don Jeromillo.
La visera de cinc de la marquesina y el lomo del tren cerraban la tarde; y dentro hervía la folla de viajeros, de ociosos, de mendigos, de ferieros...
La vieja ciudad episcopal palpitaba en las orillas del universo. Desde las portezuelas, comisionistas de azafrán y cáñamo, técnicos ingleses de las minas de Cartagena, viajantes catalanes, mercaderes valencianos de sedas, familias castellanas de alumnos de «Jesús», cogían en brazos las flores, los manojos de limas, de naranjas, de ponciles... Tanto se condensaban los aromas que don Magín tuvo angustia. Los vagones le parecían capillas de vela de difunto y altares de novia. Olor nupcial. Olor de muerte. No paraba la barbulla de huertanas ofreciendo ramos a peseta, a seis reales, a nueve reales... Y al segundo toque de la esquila ferroviaria, vino la baja de los precios del mercado floral. ¡A seis, a nueve y doce perros jordos!
En el estribo de un segunda, un buen hombre, todo inflamado, devoraba una pella de San Gregorio, torcida la gorra, saliéndosele los puños postizos de porcelana; y se reía y ahogaba de manjar defendiéndose de las floristas.
Se le embistió una rapaza con dos espigas de nardos y dos magnolias entornadas, las dos más altas y frías del árbol. ¡Todo por siete perricas!
-¡Quiere decir!
-¡Cinco!
-¡Obsolutamente! (Era de Granollers).
Se apartó para que bajase una viejecita de manto.
-¡Doña Nieves!
Vio la santera de San Josefico a don Magín, y santiguose diciendo:
-¡Estaba de Dios! ¡Aquí lo tienes, mi hija!
Y apareció doña Purita. ¡Se marchaba de Oleza escondiéndose, como si huyese!
-¿Hasta cuándo?
-¡No lo sé, don Magín!
Y rápidamente le contó que su hermana casada en Valencia la llamaba. Medraron los asuntos del marido; crecía la casa. A nadie más que a doña Nieves se lo dijo. De nadie más quiso despedirse. Doña Nieves lo presenciaba y resistía todo sin una lágrima.
El último toque. Estrépito de portezuelas.
-¡A cuatro perricas!
Don Magín tomó los nardos, las magnolias. Y subieron los valores.
-¡A peseta, don Magín!
Le rodearon las vendedoras; y él les arrebataba rosas ardientes, rosas pálidas, capullos de naranjo, broches de jazmines, y todo lo volcó en el asiento y en el regazo de la viajera.
Ella le besó la mano, y cortó un nardo y también lo besó y se lo dio diciéndole:
-Cuando yo iba de corto, usted me dijo que me parecía a un nardo. ¡Tómeme chiquitina!
Descubriose don Magín, y se inclinó en silencio.
Silbó la máquina, retumbó todo y comenzó a salir el correo de Oleza.
-¡Adiós, don Magín; adiós, doña Nieves! ¡Ya no me quedo para vestir imágenes; voy a vestir y lavar y besar sobrinos que dan gloria!
...Vientecillo fino, crujidor, que le alborotaba los rizos y el velo. Anchura de campo. Purita se asomó más. En la primera acacia de la estación permanecía don Magín con la cabeza desnuda, plateada; una mano caída y la otra elevando la flor besada. Don Magín, de lejos -de lejos para siempre-, parecía envejecido y más solo que ella. Y a su lado, muy quietecita y disminuida, doña Nieves, con el pañolito en los ojos impasibles.
El tren arremolinaba la hojarasca de las cunetas. De cada cruce de vereda, de cada barraca se alzaba un vocerío en seguida remoto. Un rugido de agua. Calma y silencio. Carretas de bueyes. Senderos entre maizales. Humos de ribazos. Pozas y agramaderas de cáñamo. El paso a nivel de la carretera con sus olmos corpulentos. Dos jesuitas que miraban el correo y después siguieron su vuelta a «Jesús». Ruedas de menadores en un camino hondo de tapias. Más silencio. Más pequeña Oleza, recortándose toda en las ascuas de poniente. Racimos de campanarios, de cúpulas, de espadañas -ruecas y husos de piedra- en medio de lienzos verdes, de barbechos tostados, de hazas encarnadas, de cuadros de sembradura. Palmeras. Olivar. Todo giraba y retrocedía bajo la comba del azul descolorido. Cipreses y cruces entre paredones. El Segral solitario. Lo último de Oleza: la torre de Nuestro Padre; el cerro de San Ginés... Se adelantó un monte con las faldas ensangrentadas de pimentón. Nieblas y cañares. Y se quedó sola en el campo una colina húmeda con una ermita infantil. Encima temblaba la gota de un lucero...