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El poeta Leopoldo de Luis: premio de las Letras Españolas

Pilar Gómez Bedate

Es muy probable que Leopoldo de Luis no lo recuerde pero, con Ángel Crespo y con Gabino-Alejandro Carriedo, fue padrino de la primera conferencia que yo he dado en mi vida. Una charla sobre Eduardo Chicharro, en la Sala Neblí de Madrid, creo que en 1965, cuando -Ángel Crespo me había asociado a sus trabajos- estaba yo preparando el pequeño volumen de poemas del inventor del postismo (muerto hacía poco más de un año) que publicamos en «El toro de barro» para conmemorar su segundo aniversario, y que fue el primero de los dos únicos de este poeta que han aparecido hasta ahora.

Leopoldo tenía en la vida literaria de Madrid una autoridad formidable y era respetado tanto en el grupo de Vicente Aleixandre como en el de Gabriel Celaya, pero también en el de los editores y amigos de la revista Poesía de España que, precisamente en aquellos años, se separaban del segundo de ellos y, aun militando políticamente frente al franquismo, tomaban posiciones en contra de una poesía dirigida por consignas ideológicas por muy antifranquistas que fuesen estas. La independencia de su criterio, su fe en la poesía (a la que siempre exigía una calidad estética), la ausencia de vanidad personal y la solidez de su amistad, hacían de este poeta, entonces en la plena madurez de su vida, un maestro admirado para los escritores más jóvenes, amigos míos, a quienes siempre infundía optimismo en las circunstancias adversas, que eran muchas para quienes tenían un ideal de vida y de arte.

La aparición reciente, en la editorial Visor, de la obra poética reunida (1946-2003) de Leopoldo de Luis, ha sido seguida por la concesión de este Premio de las Letras Españolas, muy merecido, y ambas cosas acercarán felizmente a los lectores de hoy una obra hecha con calma que ha recorrido con paso seguro el camino que lleva desde un postmodernismo no rupturista a la actualidad, evolucionando serenamente hacia un realismo simbólico, humilde y vigoroso, que tan bien se conjuga con el gusto moderno y que recoge con toda verdad la vida psíquica de un poeta para quien siempre ha existido la esperanza.

A pesar de los muchos años que han pasado creo que no ha perdido actualidad el artículo que los directores de Poesía de España le dedicaron en el número 3 de la revista, acompañando a unos poemas inéditos -posteriores a Teatro real (1957) pero anteriores a Juego limpio (1961)-, porque en él se hace manifiesto un juicio de estima y de valor que es un testimonio de cuanto estoy diciendo.

Después de una introducción que no es necesario reproducir por entero, donde se alaba la sobriedad de una voz que no necesita gritar para convencer y el acierto de una continuada obra crítica, dice el final de este texto, atento al momento histórico en que fue escrito:

Es el tiempo de la fraternidad, de la comunión con las cosas y con los hombres, con las tierras y los oficios, con los utensilios y las angustias, con las esperanzas personales pero no particularizadas sino en armonía con el múltiple latir del espíritu colectivo [...] Los [poemas] que ofrecemos en este número, todos ellos inéditos, pertenecen a otros tantos libros en preparación. En ellos, el poeta sigue fiel a su voz, en que el tono sencillo y convincente demuestra no solo el conocimiento de una realidad poética que podríamos llamar tradicional sino también una voluntad de actualización que cuenta con las libertades indispensables para no encadenar el pensamiento sometiéndolo a moldes demasiado estrictos o a retóricas despiadadamente normativas.

El poeta encuentra el fruto de la serenidad, la contención y el aplomo que le han guiado por el camino poético que se abre entre el silencio y la palabra, en esta voz de ahora que, por conseguida y consecuente, nos parece definitiva.