El poeta y la isla
Carlos Murciano
El poeta: Leopoldo de Luis. La isla: la del Perejil, tan traída y llevada últimamente por un quítame allá unos huéspedes inoportunos.
En el arranque de la década de los cuarenta, De Luis anda por Marruecos, en Dar-Riffien, en un batallón de trabajadores. Nuestra guerra civil, recién conclusa, no acaba de borrar su triste rastro de horror y de ceniza. A las manos del joven poeta -veintipocos años- llega un libro que le conmueve y le sacude, y le pone, pese a todos los pesares, en trance de escribir. Se trata de La isla de Calipso, de Enrique Arqués, publicado en Ceuta, en enero de 1936, por la Imprenta África. Arqués, bibliotecario en aquella ciudad, hombre culto y de pluma galana, ha pergeñado su libro a la zaga de Víctor Bérard, sabio helenista galo, traductor minucioso y prologuista de La Odisea, autor de Les phéniciens et l'Odysée, y tenaz buscador de la isla calipsiana, que, al final de sus días, aseguró haber hallado e identificado, tras penosos desvelos, en la isla del Perejil. (El artículo de Unamuno en torno a esta isla, que reprodujera ABC, ligado estaba por completo a la estela de Bérard).
De Luis concibe su canto, que titula Sonetos de Ulises y Calipso, en diez sonetos, seis alejandrinos y cuatro endecasílabos, que vienen a conformar una historia de amor, con un delicado halo romántico, que se inicia con el nominado «Isla del Perejil», y se continúa con «Gruta de Calipso», «Calipso (1)», «Calipso (2)», «El mar», «El amor», «Las lamentaciones de Ulises», «El mandato de Zeus», «El retorno de Ulises» y «El Olvido». Sonetos barrocos, ricos de verbo e imágenes, sorprendentemente maduros, que vienen a probar el temprano dominio que de esta forma reina tenía el poeta andaluz, y que hasta la fecha ha cultivado y acrecido, con innegable magisterio. Es curioso que, ya entonces, De Luis compusiera uno de sus sonetos, concretamente «El mar», cambiando las rimas del segundo cuarteto, cosa que en estos últimos años ha venido haciendo con insistencia caracterizadora: una prueba más, junto con el juego de la métrica de ese dominio que señalo.
Con sus versos bajo el brazo, De
Luis llega a Madrid en 1944. Aparte
de unos poemas de guerra, publicados
junto a Miguel Hernández, carece
de bibliografía, y aún pasarán dos
años antes de que aparezca su primer
libro, Alba del hijo (1946).
Muestra sus sonetos a su amigo Pepe
Altabella, quien no duda un momento
y le pone en contacto con José García
Nieto, director a la sazón de la
revista Garcilaso, ya por su número
14. En ese instante, García Nieto
tiene treinta años; De Luis, veintiséis.
Tampoco el poeta asturiano duda
de la calidad de estos sonetos, y
los publica en el número 15 de su
revista, fechado en julio de 1944, junto
a poemas de Vivanco, Pérez Valiente,
Montesinos y el propio García
Nieto, y prosas de María Alfaro y
García Luengo. De Luis encabeza su
colaboración con una dedicatoria,
que él cree obligada, a Enrique Arqués,
«africanista ilustre»
, y con un
texto de cadencia e intención poéticas,
en el que, entre otras cosas,
apunta: «Allí, en la confluencia verdiazul
de dos mares, junto a Punta
Leona, la isla mitológica de las viejas
leyendas de edades fabulosas. Del
Perejil la llaman hoy nuestros pescadores.
Ogigia fue su nombre en las
bocas helénicas, y en ella estuvo Ulises,
náufrago en su aventura, preso
en los dulces lazos del amor de Calipso,
la diosa hija de Atlas»
; texto este
que se completa con una cita, situadora
de lugar y tema, del mismo Homero:
«Hay en medio del mar una
isla, Ogigia, morada por Calipso, diosa
funesta de hermosos cabellos»
...
Han transcurrido casi sesenta
años y, que yo sepa, nadie ha recuperado
estos hermosos sonetos de las
páginas de Garcilaso. Ni siquiera
su autor lo ha hecho, en antologías o
ediciones recopiladoras. Y en verdad
que lo merecen, a un lado lo que puedan
hoy tener de interés por aquello
del isleño rifirrafe hispano-marroquí.
«Rapsoda trágico»
, llama Leopoldo
de Luis, en su verso final, al Olvido.
De sus dedos, o de su lira, habrá
que rescatar estos sonetos y darlos a
conocer en edición propicia. Yo no
me resisto -y entiendo que el lector
atento me los agradecerá- a reproducir
el primero de la serie. (Aclaro
que «Abyla» es cómo llamaron los
fenicios al Yebel Musa). Dice así: «¡Isla
del Perejil! Aquí, bajo mi planta, /
se mezcla y se resume de dos mares
la espuma. / Entre las blancas manos
de baja y leve bruma / la hispana orografía
frontera se levanta. / Y la tarde
marrueca, violeta, se abrillanta /
de un rubio sol occiduo que su fulgor
esfuma, / y la belleza augusta que el
ocaso rezuma / se ahoga en un sollozo
deshecho en mi garganta. / ¡Isla
Ogigia! Cercano, el vetusto gigante /
Abyla que elevara la columna de Atlante, /
puerta cerrada al caos de las
aguas ignotas. / Desde tus mitológicas
arenas yo saludo / a Europa hecha
en España borde de azul
desnudo / bajo elipses comunes de
viajeras gaviotas»
.