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El retiro honroso

Drama en un acto


M. Berquin



  -162-  
PERSONAJES
 

 
EL PRÍNCIPE LUIS DE SAJONIA.
Un OFICIAL,   que le acompaña.
MONSIEUR DE GERVILLE.
MADAME1 DE GERVILLE.
ENRIQUE,   de edad de 14 años, su hijo.
EUGENIA,   de edad de 11 años, su hija.
CECILIA,   de edad de 8 años, su hija.
MARIANA,   de edad de 5 años, su hija.
FEDERICO,   niño de pecho, su hijo.
 

La escena es en un bosque contiguo a la casa de MONSIEUR DE GERVILLE.

 



  -163-  
Acto único


Escena I

 

ENRIQUE, EUGENIA. EUGENIA está sentada en el tronco de un árbol derribado, entretenida en quitar los rabillos a una porción de fresas que tiene dentro del sombrero de paja puesto entre sus rodillas. ENRIQUE trae más en el suyo, y unas y otras están colocadas con mucho aseo sobre hojas de parra.

 

ENRIQUE.-   Toma, Eugenia: mira qué porción tan grande: hoy sí que llevaremos fresas en abundancia.

EUGENIA.-   Ya no sé yo dónde echar las mías: como que está colmado el sombrero.

  -164-  

ENRIQUE.-   No sé cómo tarda tanto Cecilia en traer el canastillo. No habrá más remedio que ponerlas en tu delantal hasta que llegue.

EUGENIA.-   Eso no, que están muy maduras y se me llenaría de manchas. ¿Y luego qué diría mamá? ¿Sabes lo que hemos de hacer? Las echaremos todas en tu sombrero que es el más grande, y mientras yo arreglo las que faltan, irás tú con el mío a buscar otras. ¿No es lo mejor?

ENRIQUE.-   No hay duda: entretanto vendrá Cecilia, y para entonces creo que ya tendremos bastantes.

EUGENIA.-   Hasta que estén todas en un montón no se puede saber de cierto si son pocas o muchas.

ENRIQUE.-   Las que no quepan en el canastillo nos las comeremos nosotros.

EUGENIA.-   ¡Poca gana tendremos hoy, Enrique! Esto de ser la última vez que estaremos a la mesa con papá, ¿a quién no quitará el apetito? ¿Y   -165-   quién sabe si le volveremos a ver? Que es lo peor.

ENRIQUE.-   Mira, hermana; no has de ser tan aprensiva: eso fuera bueno si todos los que van a la guerra hubieran de morir forzosamente.

EUGENIA.-   ¡Maldita guerra! Si los hombres no fueran tan malos y se quisiesen unos a otros como Dios manda, no hubiera guerras en el mundo.

ENRIQUE.-   ¡Qué simpleza! ¿Pues no estamos riñendo nosotros por frioleras a cada momento? Todos creemos tener razón, y muchas veces no es fácil decidir quién la tiene. Otro tanto sucede con los hombres, y ve ahí de que nacen las desavenencias.

EUGENIA.-   ¿Y por qué no se arreglan entre sí como nosotros? Nuestras quimeras no cuestan sangre.

ENRIQUE.-   Porque papá y mamá acuden a terminarlas. Pero hermana, los hombres no se dejan manejar como los niños, y sobre todo cuando tienen fuerzas a su disposición. ¿Además si se   -166-   nos hace una injuria, no hay derecho para repelerla? ¿Nos deberemos dejar desposeer de lo que es nuestro? ¿Ya ves que eso no es regular?

EUGENIA.-   Tú siempre hablas como un soldado.

ENRIQUE.-   Como que no tardaré mucho en serlo. Y digas lo que quieras, si no hubiera guerras, papá no sería militar, no tendría sueldo, y sería forzoso atenernos a nuestra hacienda, que no produce bastante para tantos. Pero no llores por Dios, que me da tristeza.

EUGENIA.-   Déjame llorar ahora que estamos solos. Mejor es desahogarme aquí, que no después en presencia de nuestros padres, aumentando su desconsuelo.

ENRIQUE.-   Vamos; déjate de eso, y distráete limpiando las fresas mientras yo vuelvo a llenar tu sombrero.

EUGENIA.-   Vete allá abajo, que por aquí ya están cogidas las que había maduras.


  -167-  

Escena II

EUGENIA.-    (Al cabo de un brevísimo rato.)  ¡Ah! ¡Si la pesadumbre me dejara rezar, tal vez nuestro Señor escucharía mis oraciones! Si fuera más grande iría a echarme a los pies del Rey, y estoy segura de que mis lágrimas alcanzarían la licencia de papá. ¿No le ha servido ya muchos años; pues qué más puede hacer?

 

(Sigue limpiando las fresas, y dando suspiros: en esto llega el PRÍNCIPE LUIS acompañado de un oficial de húsares, y se paran al ver a EUGENIA.)

 


Escena III

 

El PRÍNCIPE LUIS, un OFICIAL, EUGENIA.

 

PRÍNCIPE.-    (Al OFICIAL.)  ¡Qué niña tan graciosa! No me descubras que quiero hablarla.  (A EUGENIA dándola una   -168-   palmadita en el hombro.)  ¡A Dios, hija: qué aplicada estás!

EUGENIA.-    (Sorprendida.)  ¡Señor! ¡Jesús, qué susto!

PRÍNCIPE.-   Perdona, que no era mi intención asustarte. ¿Para quién preparas esas fresas? Por cierto que deben de ser muy buenas, y más estando limpias por tan blanca y linda mano.

EUGENIA.-   ¿Gusta V. probarlas, Señor?  (Le presenta el sombrero.)  Tómelas V. sin recelo, que están recién cogidas, pero disimule que no tenga mejor plato en que ofrecérselas.

 

(El PRÍNCIPE toma tres, y presenta el sombrero al OFICIAL, el cual toma dos.)

 

PRÍNCIPE.-   No creo haberlas comido mejores. ¿Las vendes?

EUGENIA.-   No por cierto, aun cuando me diesen mucho más de lo que valen.

PRÍNCIPE.-   Dices muy bien, pues cogidas y preparadas   -169-   por esa manecita tan donosa no hay dinero con que pagarlas.

EUGENIA.-   No, señor, no es por eso. De buena gana estarían a disposición de V. con cuantas mi hermano y mi hermana pudieran coger de aquí a la tarde. Pero están destinadas a papá,  (Limpiándose los ojos.)  por ser las primeras que cogemos2 para él, y acaso serán las últimas que coma con nosotros.

PRÍNCIPE.-   ¿Eso es decir que está enfermo de peligro?

OFICIAL.-   Es de esperar que no se halla en tanto apuro una vez que piensa en comer fresas.

EUGENIA.-   No hay nada de eso, a Dios gracias. Es cierto que ha estado bien mato de dolores reumáticos todo el invierno, pero ya está mejor, aunque no totalmente restablecido. Sin embargo, pueda o no pueda, tendrá que marchar mañana.

PRÍNCIPE.-   ¿Tanta precisión tiene de hacer ese viaje?

  -170-  

EUGENIA.-   Sí, señor, porque su regimiento pasará por el lugar, y debe incorporarse con él sin remedio.

PRÍNCIPE.-   ¿Su regimiento?

EUGENIA.-   El del príncipe Carlos.

PRÍNCIPE.-    (Despacio al OFICIAL.)  ¿Qué apostamos a que es alguna de las hijas del capitán Gerville?

EUGENIA.-    (Que lo ha oído.)  Sí, señores: ése es mi papá: ¿le conocen Vds.?

PRÍNCIPE.-   ¿No le hemos de conocer si somos compañeros?

EUGENIA.-   ¡Válgame Dios! ¿Pues que tan cerca está ya el regimiento?

PRÍNCIPE.-   No, hija, no te asustes, que no llegará hasta mañana. Nosotros nos hemos adelantado de orden del Príncipe; se nos ha roto una rueda del coche aquí cerca, y mientras la componen, que ya debe faltar poco, nos entramos   -171-   en este bosque por gozar de su sombra. ¿Dime, no sale esta senda al camino real?

EUGENIA.-   No, señor, que sale al pueblo.

PRÍNCIPE.-   ¿Al pueblo en que tu papá tiene sus haciendas?

EUGENIA.-   No tiene más que una casa con su huertecita, este bosque y el prado inmediato. A esto sólo se reducen sus haciendas, y aquí reside con mamá y todos nosotros, siempre que no está de guarnición o en campaña.

PRÍNCIPE.-   ¿Parece que este invierno ha estado bastante malo?

EUGENIA.-   Muy malo, sí señor, y nosotros tan afligidos como V. puede imaginar. Los dolores le han tenido enteramente baldado, y además se le volvió a abrir una herida que recibió en la cabeza la campaña pasada. Lo peor de todo es que ahora que se iba restableciendo, tiene que exponerse a nuevas penalidades.

  -172-  

PRÍNCIPE.-   ¿Por qué no pide una ampliación de su licencia apoyándola en los informes del facultativo?

EUGENIA.-   Ese paso ya le ha dado mamá, sin que haya tenido ningunas resultas. No sabemos si consiste en que el Rey no la ha creído, o en que no haya apoyado su solicitud el príncipe, que manda su regimiento. Tal vez será algún hombre despiadado.

PRÍNCIPE.-   No extrañaré que ni el Rey ni el Príncipe consientan de buena gana en desprenderse de un oficial tan recomendable como tu papá, de quien los oficiales jóvenes, como yo, tenemos tanto que aprender.

EUGENIA.-   Cierto, que V. parece bien joven. ¿También tendrá V. padres, no es verdad?

PRÍNCIPE.-    (Algo cortado.)  Así es.

EUGENIA.-   ¡Cuánto habrán llorado al separarse V. de ellos! No se me olvidarán las lágrimas que derramamos   -173-   mamá y nosotras cuando mi hermano mayor marchó a su colegio. Ya ve V. que eso no es nada comparado con una campaña.

PRÍNCIPE.-   También mi padre sirve en el Ejército.

EUGENIA.-   Siendo así ya nada extraño, porque los padres que son militares no suelen tener muy tierno el corazón. Sin embargo no lo digo por el nuestro que es tan bueno, tan caritativo... menos en lo que llama puntos de honor, que en esta materia es inexorable. Así yo tengo mis recelos de que si no ha conseguido la prórroga de su licencia, es por culpa suya.

PRÍNCIPE.-   ¿Por qué razón?

EUGENIA.-   Porque no la ha solicitado con formalidad: siempre diciendo que las licencias y los retiros en tiempo de campaña son cosa de cobardes, y siempre deseando tener bastantes fuerzas para montar a caballo e ir a derramar por su patria la sangre que le queda. Ya estará contento, pues se le va a cumplir su gusto, pero sus pobres hijos nos quedaremos sin padre, si Dios no lo remedia.

  -174-  

PRÍNCIPE.-   No te aflijas sin motivo, criatura. Tú papá ha salido bien de muchas batallas, y es de creer que ahora le suceda lo mismo. ¿Piensas que cada bala que se tira mata un hombre? ¿No sabes que quien las reparte es Dios?

EUGENIA.-   Sí, señor, pero las reparte entre los que se hallan allí, y alguna de ellas puede tocar a mi papá.

PRÍNCIPE.-   Eso es verdad. ¿Mas quién es aquella niña que viene hacia este sitio?

EUGENIA.-   Mi hermana Cecilia.



Escena IV

 

El PRÍNCIPE, el OFICIAL, EUGENIA, CECILIA.

 

EUGENIA.-   ¡Gracias a Dios que estás acá! ¿Cómo te has detenido tanto?

CECILIA.-   Porque he tenido que ayudar a mamá a   -175-   arreglar la ropa de papá, y a hacer sus maletas.

EUGENIA.-   Dame el canastillo.

CECILIA.-   Toma. ¿Habéis cogido bastantes fresas para llenarle?

EUGENIA.-   Ahora lo verás.  (Echa en el canastillo las que tenía en el sombrero de ENRIQUE.) 

PRÍNCIPE.-    (Al OFICIAL.)  ¡Qué criaturas tan lindas!

CECILIA.-    (A EUGENIA despacio.)  ¿Quiénes son estos señores?

EUGENIA.-    (Despacio.)  Dos oficiales del regimiento de papá.

CECILIA.-   ¿Vienen a buscarle?

EUGENIA.-   No por cierto: van a la ciudad a esperar al Príncipe.

CECILIA.-   Así quisiera Dios que ellos, y el Príncipe y el regimiento estuvieran dos mil leguas de aquí.

  -176-  

EUGENIA.-   Habla bajo que temo nos oigan.

CECILIA.-   ¡Qué se me da a mí! ¡Bueno fuera que viniesen a llevar consigo a mi papá, y no tuviera yo libertad para quejarme!

PRÍNCIPE.-    (Al OFICIAL.)  No me parece que se alegran gran cosa de nuestra venida.

EL OFICIAL.-   Ya es tiempo de que V. A. se descubra.

PRÍNCIPE.-   Nada de eso. ¡Si supieras cuánto gusto me da su franqueza, y cuánto me conmueve el cariño que manifiestan tener a sus padres!...

EUGENIA.-    (A CECILIA.)  Voy a ayudar al pobre Enrique que está solo. Quédate acompañando a estos señores, y mira por Dios cómo hablas.

CECILIA.-   Anda, que yo sabré entenderme con ellos.

EUGENIA.-   Señores, permítanme Vds. que les presente a mi hermana Cecilia.

  -177-  

PRÍNCIPE.-   Con mucho gusto.

EUGENIA.-   Muy servidora de Vds.

PRÍNCIPE.-   Su fisonomía indica un carácter más resuelto y franco que la tuya, en que se advierte cierta timidez. ¿No es verdad?  (Al OFICIAL, que contesta con una inclinación de cabeza.) 

EUGENIA.-   Aquí se quedará dando a Vds. conversación, mientras yo voy a ayudar a mi hermano para volver pronto a casa, y anunciar a papá la visita de Vds., de que se alegrará mucho.

CECILIA.-   En eso no dice verdad, señores; ni mi papá, ni nadie de casa se alegrará de recibir hoy visitas, porque cabalmente deseamos pasar el día solos.

EUGENIA.-   Ésta es una atolondrada que dirá mil tonterías. Ruego a Vds. por Dios que se las disimulen.

CECILIA.-   Aquí no hay nada que disimular. Estos señores   -178-   saben muy bien, que cuando hay forasteros a la mesa, no se atreven las niñas a despegar sus labios, y yo por mi parte tengo muchas cosas que decir a papá, y no quisiera que se me pudriesen en el pecho.

PRÍNCIPE.-   Pierdan Vds. cuidado, que no seremos tan imprudentes que vayamos a interrumpir sus dulces coloquios.

 

(EUGENIA les hace una reverencia graciosa, y se va.)

 


Escena V

 

El PRÍNCIPE, el OFICIAL, CECILIA.

 

CECILIA.-   Pero díganme Vds., señores, ¿con qué conciencia se atreve el Rey a privar de su papá a unos pobres muchachos como nosotros? ¿Piensa que no hace falta un padre para educar a sus hijos?

PRÍNCIPE.-   Sí; ¿pero piensas tú que no le hacen falta valientes soldados que le dejen airoso en los combates?

  -179-  

CECILIA.-   Y ¿Qué necesidad hay de combates? ¿Por otra parte cuando mi papá se ocupa en dar buena educación a sus hijos, puede decirse que es inútil al Estado?

PRÍNCIPE.-   Y especialmente si todos tus hermanos están tan adelantados como tú.

CECILIA.-   ¡Hola! ¿Se burla V. de mí? También en casa suelen decirme que soy algo desenfadada, y que una escarapela me sentaría tan bien como a un militar.

PRÍNCIPE.-   Sí, sí: yo lo creo. Serías una amazona de quien temblaría todo el mundo.

CECILIA.-   ¡Oh! Con una espada en la mano, no se burlaría nadie de mí tan fácilmente.

PRÍNCIPE.-   Si en eso consiste, aquí tienes la mía. ¿Quieres que te arme caballero?

CECILIA.-   Con mucho gusto. Tendré sumo placer en serlo por vuestra mano.

  -180-  

PRÍNCIPE.-    (Después de entregarla su espada hace ademán de darla un beso.)  Estas son las primeras ceremonias.

CECILIA.-   No, no; por lo que hace a la última, hágame V. el favor de suspenderla.

PRÍNCIPE.-    (Insistiendo en besarla.)  ¡Oh! ¡Eres una muchacha tan hechicera!...

CECILIA.-    (Huye gritando.)  ¡Enrique! ¡Eugenia!

PRÍNCIPE.-   ¿Qué es eso? ¿Me tienes miedo?

CECILIA.-   ¿Miedo? No por cierto. Pero bueno será que no se acerque V. a mí demasiado, o tendré que llamar a mi papá. También es oficial como V., y no consentirá que nadie incomode a su Cecilia.

PRÍNCIPE.-   No tengo la menor intención de incomodarte. Esto era una chanza y nada más.


  -181-  

Escena VI

 

El PRÍNCIPE, el OFICIAL, CECILIA, ENRIQUE, EUGENIA.

 

ENRIQUE.-    (Con aire altivo.)  ¿No has dado un grito, Cecilia? Aquí tienes quien te defienda.

PRÍNCIPE.-   ¿Contra nosotros, amiguito?

ENRIQUE.-   Contra todos los que ofendan a mi hermana.

CECILIA.-   Muchas gracias, Enrique. Aunque involuntariamente di un grito, no necesito del favor de tu brazo. Y si no, mira; aquí tienes ya desarmado al enemigo.  (Vuelve la espada al PRÍNCIPE.)   Tenga V. su espada que por esta vez le perdono la vida, pero cuidado con otra; ¿entiende V.?

PRÍNCIPE.-   No he visto en mi vida una criatura más singular que tú.

  -182-  

EUGENIA.-   Me alegro de que lo3 oiga de boca de V. Pero, señores, ya tenemos fresas en más abundancia, y podemos ofrecerlas sin reparo. Tomen Vds. las que gusten.

PRÍNCIPE.-   No creáis que hagamos tal cosa, sabiendo el respetable destino que queréis darlas.

EUGENIA.-   Las que Vds. gusten tomar se descontarán de la parte que nos corresponde a nosotros, y nada perderemos por comer hoy menor cantidad. Vds. son del regimiento de papá, y es nuestra obligación complacerles en cuanto podamos.

CECILIA.-    (Sacando un ramillete del seno y presentándosele al PRÍNCIPE.)  Siendo así, voy a dar a V. este ramillete que cogí para mí, y a fe que no le daría si papá y mamá no tuviesen cada uno el suyo. Pero como es mío, se lo regalo a V.

PRÍNCIPE.-   Y yo lo acepto de mil amores dándote un millón de gracias, amable Cecilia.

  -183-  

CECILIA.-   Ahora reparo que está algo marchito. Si V. tiene a bien esperar un poco, verá V. cómo le hago uno de flores más frescas. Tendrá jazmines, violetas, madreselva... como que el jardín está todo lleno.

EUGENIA.-   Si quieres que haya rosas no tienes más que acudir al rosal que está debajo de mi ventana, y tomar las que hubieren amanecido abiertas.

CECILIA.-   ¡Vaya! ¿Quiere V.?

PRÍNCIPE.-   Ésa es demasiada bondad, hermosas niñas, y la agradezco en el alma, pero me gusta más hablar con Vds. que cuantas flores hay en el mundo.

CECILIA.-   Ahora me ocurre una cosa. ¿No me dirá V., señor oficialito, qué es lo que se debe hacer para dejar el servicio honradamente? ¿Si V. quisiera darnos un buen consejo para que no se llevasen a papá?...

EUGENIA.-   Si V. nos sacara de este apuro, le daríamos todo cuanto tenemos.

  -184-  

ENRIQUE.-    (Que se ha estado divirtiendo con las borlas de la espada del PRÍNCIPE, y mirando con la mayor atención su sombrero y su uniforme.)  Mis timbales, mi cartuchera y mi fusil, todo está a la disposición de V. como papá se quede con nosotros.

CECILIA.-    (Con aire misterioso.)  Y yo le permitiré a V. de bien a bien que haga lo que poco ha intentaba hacer por fuerza.

PRÍNCIPE.-   Son tantas las cosas que me ofrecéis, que me alegrará de tener algún arbitrio...

EUGENIA.-    (Afligida.)  ¿No tiene V. ninguno de veras? De ese modo no hacemos más que estar afligiendo a V., sin que pueda sacarnos del ahogo.

CECILIA.-   No; pues yo no me contento con eso. El Príncipe Carlos que es el coronel tiene que pasar por aquí, y ya tengo pensado lo que he de hacer. Nosotros tres, y los otros dos hermanitos más pequeños iremos todos juntos, nos echaremos a sus pies, y agarrándonos bien a los faldones de la casaca, a las botas y a cuanto   -185-   podamos, no nos levantaremos hasta que nos otorgue nuestra petición.

EUGENIA.-   Sí, sí: muy bien pensado. Con eso verá nuestras lágrimas, escuchará nuestros clamores, le contaremos la enfermedad de papá y la debilidad que le queda todavía de sus resultas, y sobre todo le pintaremos lo que nos dará que sentir esta separación. ¿Cree V. que ha de ser tan inhumano que nos eche de sí despiadadamente?

PRÍNCIPE.-   No es creíble; pero el caso es que hasta dar principio a la campaña no vendrá a reunirse con nosotros. La fortuna que hay es que el Príncipe Luis su hijo viene en el regimiento en calidad de voluntario.

ENRIQUE.-    (Que siempre lo ha estado mirando de hito en hito.)  ¿De voluntario?

PRÍNCIPE.-   Sí, para aprender el arte de la guerra al lado de su padre. Estoy cierto de que se interesará mucho en vuestro favor.

  -186-  

EUGENIA.-   ¿Tiene V. algún influjo con él?

PRÍNCIPE.-    (Sonriéndose.)  Sí, cuando cumplo con mi obligación.

EUGENIA.-   Pues háblele V. por mi papá en caridad, a fin de que se sirva conservarle para bien nuestro. Procure V. por Dios aligerar lo posible las cargas del servicio que le impongan, y si por desgracia cayere enfermo o herido...  (Los sollozos no la dejan proseguir.) 

CECILIA.-   ¿Cómo herido? No, señor; no dé V. lugar a tanto. Si ve V. algún sable alzado amenazando su cabeza, atraviésese V. corriendo a quitarle el golpe.

PRÍNCIPE.-    (Aparte.)  ¡Qué trabajo me cuesta reprimirme!  (Alto.)  No, hijas mías, ningún recelo tengáis por su vida, yo os lo aseguro. (Habla con el OFICIAL, el cual se va.) 

EUGENIA.-    (Limpiándose las lágrimas.)  ¿Conque podemos contar con V.? ¡Qué gusto tan grande! Mas no por eso se olvide V.   -187-   de nosotros cuando vea al Príncipe. ¡Por Dios que nos restituya pronto a papá!

CECILIA.-   Dígale V. que somos una porción de niños que como una manada de pollos han menester para robustecerse el abrigo de las alas de su padre. Dígale V. también que una muchacha de ocho años le desea mil felicidades, si le devuelve un padre a quien ama, y cuyo amparo necesita.

EUGENIA.-   Sí, señor; dejamos a V. con esta lisonjera esperanza, y aunque nos quedan bastantes cosas que decirle, su buen corazón de V. las adivinará. Perdone V. el que nos vayamos, porque papá estará ya esperándonos con impaciencia, pues no nos queda más tiempo de gozar de su lado que hasta mañana.

PRÍNCIPE.-   Id con Dios, preciosas niñas, mas permitid que os deje alguna expresión en memoria del placer que he tenido en este corto rato. Toma esta sortija, amable Eugenia.  (Se quita una del dedo.)  Ahora será demasiado holgada para ti, pero ya te la estrechará un platero.

  -188-  

EUGENIA.-    (Rehusando la sortija.)  No, señor; eso no: mi papá no lo llevaría a bien, y no quisiera darle motivo de disgusto por cuanto el mundo vale.

PRÍNCIPE.-   No hay remedio; es preciso que la tomes. Por lo demás, a mi cargo queda desenojarle cuando venga al regimiento.

EUGENIA.-   Muy bien está. De ese modo papá se la entregará a V. si no le parece conveniente que la haya tomado. En caso que no lo lleve a mal, tendré a mucho honor la memoria de V. y la conservaré mientras viva.

CECILIA.-    (Tomando de la mano a su hermana.)  Vámonos, Eugenia, que nos hemos detenido demasiado.

PRÍNCIPE.-   Y tú, Cecilia, ¿repugnarás por ventura recibir un recuerdo mío? Aquí tienes este estuche de metal dorado con una piedra falsa.

CECILIA.-    (Mirando el estuche.)  ¿Falsa? No, señor: aquí no hay nada falso sino las palabras de V. Esto es oro y muy oro,   -189-   y no le quiero tomar. Apuesto a que le ha pillado V. en algún saqueo. Mi papá aunque también es capitán, no tiene alhajas de éstas que poder regalar. Bien que él nunca ha traído a casa despojos de nadie.

PRÍNCIPE.-   No tengas escrúpulos, que tampoco esto lo es. Son alhajillas mías que de nada me pueden servir en campaña. Si no quieres quedarte con el estuche, guárdamele hasta la vuelta.

CECILIA.-   Eso es diferente.

PRÍNCIPE.-   ¿Y no me darás un beso por vía de recibo para mi seguridad?

CECILIA.-   Ya sabe V. que se le tengo ofrecido con ciertas condiciones. Si V. las cumple...

PRÍNCIPE.-   Puesto que no hay otro arbitrio, haré cuanto pueda por cumplirlas.

CECILIA.-   Pues para ese caso me hallará V. pronta. Ven con nosotras, Enrique.

  -190-  

ENRIQUE.-   Idos delante, que yo tengo una cosa reservada que decir a este señor.

PRÍNCIPE.-   Soy contigo al instante, amiguito.

 

(Entra el OFICIAL, se acerca al PRÍNCIPE, le da una carta, y hablan un poco los dos en secreto.)

 

CECILIA.-    (A ENRIQUE por lo bajo.)  ¿Es para que te dé también un regalito?

ENRIQUE.-   Yo no quiero regalos de nadie. Es cosa de más importancia.

CECILIA.-   Si tuviera humor de divertirme, me reiría mucho de ese aire de gravedad, de que te has revestido para tratar el asunto de importancia.

ENRIQUE.-   Y si tú no fueras mi hermana, me habías de pagar a buen precio el haberme creído capaz de sonsacar regalos a las gentes.

CECILIA.-   A Dios; que salgas airoso de tu asunto importante.


  -191-  

Escena VII

 

El PRÍNCIPE, el OFICIAL, ENRIQUE.

 

PRÍNCIPE.-   Me alegro de que hayas querido acompañarme un rato más, querido Enrique, porque hasta ahora nos conocemos muy poco. Acaban de decirme que todavía no está listo el carruaje, conque podemos tratar el punto que quieras.

ENRIQUE.-   No quisiera que sospechase V. que me he quedado aquí con intención de que me dé V. nada.

PRÍNCIPE.-   No tengo semejante sospecha.

ENRIQUE.-   Dígolo porque habiendo V. regalado a mis hermanas, pudiera imaginar... pero desde ahora protesto que nadie me hará tomar un alfiler.

PRÍNCIPE.-   Por desgracia tampoco tengo a mano cosa alguna que ofrecerte.

  -192-  

ENRIQUE.-   Esa desgracia la miro como fortuna, pues así ni V. caerá en la tentación de dar, ni yo en la de recibir.

PRÍNCIPE.-    (Al OFICIAL.)  ¿No te gusta la fisonomía franca de este chico, y los nobles sentimientos que descubre? (El OFICIAL inclina la cabeza.) 

ENRIQUE.-   Sólo quisiera hacer a V. una pregunta.

PRÍNCIPE.-   ¿Di cuál es?

ENRIQUE.-   Dijo V. poco ha que el hijo del Príncipe servía en clase de voluntario. ¿Qué se entiende por voluntario?

PRÍNCIPE.-   Un soldado libre que no tiene obligación ni grado alguno: sirve porque quiere, sigue el regimiento y el servicio cuando le acomoda, y cuando no, se vuelve a su casa.

ENRIQUE.-   ¡Oh! Pues si yo lo fuera, no me volvería mientras pudiera haber combates. Con esta condición sería voluntario de buena gana.

  -193-  

PRÍNCIPE.-   Pero has de saber que para servir de voluntario se necesita tener dinero. ¿Supongo que tú le tendrás en abundancia?

ENRIQUE.-   ¿Qué es eso de tú, tú? ¿No sabe V. que mi papá es capitán, y que yo lo he de ser también con el tiempo?

PRÍNCIPE.-   Pues por lo mismo te tratamos ya como a un camarada.

ENRIQUE.-   Si es por eso, tutéenme Vds. cuanto quieran. ¿Pero qué decía V. de dinero? ¿Pues no tiene el Rey bastante, y no está obligado a mantener a los que le sirven?

PRÍNCIPE.-   Es mucha verdad, pero eso no se entiende con el que sirve de voluntario porque no tiene plaza fija en el Ejército.

ENRIQUE.-   Lo siento mucho. Y yo por otra parte poco gasto había de hacer, pues con agua y pan de munición estaría contento. ¡Si a lo menos quisiesen recibirme en lugar de mi papá!...

  -194-  

PRÍNCIPE.-   ¡Cierto que harías muy buen papel a la cabeza de una compañía! ¿No ves que para eso se necesita representación y experiencia?

ENRIQUE.-   Si no tengo la suficiente para mandar, la tendré para obedecer. Yo lo que deseo es servir al Rey aunque empiece en clase de soldado.

PRÍNCIPE.-  ¿Y cómo te compondrías para hacer las marchas?

ENRIQUE.-   Andaría a pie lo que pudiese, y luego mal sería que no hubiese un carro en que echarme, o un cañón en que ir montado.

PRÍNCIPE.-   ¿Pero no ves que si habías de servir por tu padre, era fuerza que te separases de él?

ENRIQUE.-   Eso importa poco con tal que no desampare a mamá y a mis hermanos, y halle ese descanso en su vejez. Ya ve V. que el Rey nada pierde en el cambio, porque mi papá poco puede ya servir, y yo dentro de algunos años seré tan buen militar como él lo ha sido.   -195-   ¡Tengo tal pasión a la guerra! Mire V. no hay canción alguna de los granaderos, que no la sepa, y la acompañe al son de la caja. Aquí tengo un cuaderno que contiene varias de ellas: quédese V. con él si gusta, pues yo no lo he menester porque ya las sé de memoria.

PRÍNCIPE.-   Dámelas acá y en cambio te daré yo una muy buena que traigo aquí.  (Abre su cartera y saca unos papeles.) 

ENRIQUE.-   Si no es más que una canción no tengo inconveniente en recibirla.

PRÍNCIPE.-   Mira; ésta es para tu padre.

ENRIQUE.-   ¡Qué! ¡Si mi papá no sabe ya cantar, ni le gusta otra música que el estruendo del cañón!

PRÍNCIPE.-   Nada importa; pues con sólo leerla estoy seguro de que se divertirá infinito. Ésta otra es para ti.

ENRIQUE.-    (Saltando de alegría.)  Muchas gracias; a ver si es alguna de las mías...

  -196-  

PRÍNCIPE.-   No, que luego la leerás... después que nos vayamos.  (Le da juntos los dos papeles.)  Mételos en el bolsillo, y cuidado no los pierdas. Adiós, querido, y cuenta conque ya somos camaradas.

ENRIQUE.-    (Se echa en sus brazos.)  Sí, sí; ya lo somos; y siempre le querré a V. como tal. En la primera batalla iré a pelear a su lado de V. ¿No es verdad?

EL OFICIAL.-   Ahora vamos a llevar la noticia al regimiento.

ENRIQUE.-   Háblenle Vds. bien de mí, y díganle que me voy a dar prisa a crecer para incorporarme cuanto antes en las filas.

PRÍNCIPE.-   Conozco cuán costoso debe ser para el corazón de un padre el separarse de unos niños tan preciosos. Retirémonos un poco a observar lo que hace Enrique al abrir los papeles, y a gozar de los primeros arrebatos de alegría que le causará su lectura.

 

(Éntranse en el bosque siguiéndolos ENRIQUE con la vista hasta que se le ocultan.)

 

  -197-  

Escena VIII

ENRIQUE.-    (Lleno de agitación, sentándose en el tronco de un árbol, volviéndose a levantar, y dando algunos paseos.)  ¡No era mala ocurrencia la de hacer cantar a papá!  (Saca los papeles del bolsillo.)  ¡Hola! Éste está cerrado con su sello y todo. ¡Qué rareza! Pero veamos el mío.  (Le abre.)  Mala traza tiene de canción granadera, pues los renglones llenan todo el papel de una orilla a otra.  (Lee.)  «Valga por cien doblones que mi tesorero deberá satisfacer al portador de la presente libranza.»

ENRIQUE.-   Esto sin duda ha sido una equivocación del oficial, o un chasco que ha querido darme por divertirse a mi costa. Precisamente se ha equivocado tomando un papel por otro, porque en éste se trata de dinero, y nada más. Voy corriendo a buscarle.  (Echa a correr gritando.)  Señor oficial, señor oficial.


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Escena IX

 

MONSIEUR DE GERVILLE, con semblante abatido y pasos vacilantes como de un convaleciente, MADAME DE GERVILLE, EUGENIA, CECILIA, ENRIQUE y MARIANA, que trae a su padre de la mano, FEDERICO en los brazos de su madre.

 

MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¿Dónde está? ¿Dónde está que no le veo?  (Viendo a ENRIQUE.)  Enrique, ¿dónde se halla el príncipe?

ENRIQUE.-   Yo no he visto ningún príncipe, papá.

CECILIA.-   Aquel señor joven que estaba hablando con nosotros.

EUGENIA.-   Él que me dio esta sortija; porque dice papá que sólo un príncipe pudiera haberme hecho tan rico regalo.

ENRIQUE.-    (Con sentimiento.)  ¡Majadero de mí! ¡Qué no le haya conocido!

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EUGENIA.-   ¡Qué señor tan generoso!

CECILIA.-   ¡Tan bueno!, ¡tan tratable! ¡Con qué cuidado guardaré mi precioso estuche toda la vida!

MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¿Pero ha mucho que se marcho?

ENRIQUE.-   Ahora mismo. Cuando Vds. llegaron iba yo tras él.

MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¡Paciencia! Preciso será esperar a mañana, pues afortunadamente le debo encontrar en la ciudad inmediata, y podré manifestarle mi gratitud. Siento sin embargo no tener el gusto de alojarle en casa esta noche. ¿Ni os hubierais alegrado también vosotros de tenerle por huésped?

ENRIQUE.-   Yo muchísimo. ¡Cómo que me llama su camarada!

CECILIA.-   Pues yo, aunque le quiero infinito, me alegro de que no se haya quedado, porque así tendremos más libertad para gozar de la compañía   -200-   de V. el poco tiempo que nos queda.

MADAME DE GERVILLE.-   Tiene razón Cecilia. A lo menos, hijos míos podré yo mezclar mis lágrimas con las vuestras libremente, y entonces hubiera tenido que reprimirme y sofocar mis suspiros.

MONSIEUR DE GERVILLE.-   Ésa es otra razón más para sentir que no se haya quedado, porque reprimiendo vosotros vuestra aflicción, hubiera yo tenido bastante esfuerzo para contener la mía: ya veis que en la necesidad de haber de dejaros...

MARIANA.-    (Tomando con ambas manos la de su padre, y besándola.)  Por Dios, papá, no hable V. de eso.

 

(El niño apartándose de su madre extiende los brazos hacia su padre y éste le toma en los suyos, y le besa.)

 

MONSIEUR DE GERVILLE.-   No, hijos míos: mi ausencia no puede ser larga. La paz es lo que más desea nuestro buen Rey, y no debe tardar en hacerse. Yo a lo menos tengo gran confianza en que pronto he de volver a veros.

  -201-  

MADAME DE GERVILLE.-   Pero lo cierto es que te vas, y nosotros quedamos en el mayor desconsuelo.

EUGENIA.-   De muy buena gana le volvería yo mi sortija con tal que le dejase a V. con nosotros.

CECILIA.-   Muy bonito es su estuche; pero con esa condición se le devolveré gustosa.

ENRIQUE.-   Y yo su papel de doblones. Mire V. lo que me dio diciéndome que era una canción granadera.  (Le da el papel.) 

MONSIEUR DE GERVILLE.-    (Dando al niño a su madre.)  ¿A ver qué te ha dado?  (Lee.)  ¡Qué joven tan bondadoso, y qué modo tan amable de ejercer su generosidad! Ésta es sin duda una libranza de las que su padre habrá puesto a su disposición para sus diversiones.

ENRIQUE.-   ¿Conque según eso me engañó como un chino? Ya puede V. volvérsela al momento que le vea, pero ahora que me acuerdo, también me dio otra canción para V.

  -202-  

MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¿Para mí? No es posible, Enrique.

ENRIQUE.-   ¿Cómo que no? Ahora la verá V.

LOS CHICOS.-    (Riéndose unos con otros.)  ¡Una canción para papá! ¡Qué risa!  (Rodean todos a su padre con la mayor curiosidad.) 

MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¡Cielos! ¡El sello real! ¿Qué vendrá a ser esto?  (Abre el pliego y lee las primeras líneas.)  ¡Oh querida esposa! ¡Hijos míos! Regocijáos.

MADAME DE GERVILLE.-   O te quedas con nosotros, o no: ninguna otra cosa puede causarme el menor regocijo.

MONSIEUR DE GERVILLE.-   Déjame leerlo todo. (Todos están alrededor con el mayor silencio; lee algunos renglones.)  ¡Oh gran Monarca!  (Sigue leyendo.)  No, esto es demasiado: ni aún en sueños hubiera yo podido figurarme un fortunón de esta especie.

MADAME DE GERVILLE.-   Por Dios, sácame de dudas.

  -203-  

EUGENIA.-    (Muy deprisa.)  Papá, díganos V. lo que es.

CECILIA.-    (Muy deprisa.)  Yo no puedo con mi impaciencia.

ENRIQUE.-    (Muy deprisa.)  ¿A qué se reduce su canción de V.?

MONSIEUR DE GERVILLE.-    (Abrazando a su mujer.)  Ya no nos separaremos jamás.  (Echa los brazos a todos los chicos que están rodeados a él.)  Siempre estaremos juntos, hijos míos.  (A su mujer.)  Toma, léelo tú misma.

MADAME DE GERVILLE.-    (Tomando el papel medio aturdida.)  Yo no sé lo que me pasa, ni sé si acertaré a leerle.

 

(Los niños saltan, se abrazan y hacen otras demostraciones de alegría.)

 

TODOS.-   Ya no se va papá: ya no se va: ¡Qué alegría tan grande!

MADAME DE GERVILLE.-   ¿Pero cómo es esto? Yo estoy aturdida.

  -204-  

MONSIEUR DE GERVILLE.-   Esto es que el Rey, compadecido de mis males, me dispensa de ir a campaña, añadiendo que en premio de mis buenos servicios me nombra gobernador de una ciudadela con el grado de coronel. ¿Queréis más?

MADAME DE GERVILLE.-   ¿Es posible? ¡Qué felicidad tan inesperada!

EUGENIA.-   ¡Tantas gracias a un tiempo!

CECILIA.-   Ya no me trueco por nadie del mundo.

ENRIQUE.-   ¿Conque ya es coronel?

MONSIEUR DE GERVILLE.-   Ahora es cuando puedo decir que empiezo a ser completamente dichoso.  (A MADAME DE GERVILLE.)  Perdona, querida esposa. Lo más singular es que yo no he dado paso alguno, ni hecho la menor solicitud.

MADAME DE GERVILLE.-   Eso ya lo sabía yo, y por lo mismo me atreví a representar a S. M. tu situación y nuestros deseos. ¡Quién hubiera podido esperar tan próspero resultado!

  -205-  

EUGENIA.-   Ya veo, papá, que si mamá y el Rey no hubieran mirado por nosotros más que V....

CECILIA.-   ¿Conque V. nos estaba engañando cuando decía que enviaba continuas representaciones para quedarse? ¿Y está eso bien hecho?

MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¿Tenéis razón?; pero ¿Qué queríais que hiciese? ¡Es cosa tan mal recibida entre los militares pedir su retiro en tiempo de guerra! Por otra parte bien conozco que no estoy ya para servir, y que me fuera imposible resistir las fatigas de una campaña.

MADAME DE GERVILLE.-   ¿Y qué ventajas hubieran resultado de tu obstinación? Quitarme a mí la vida, y dejar a tus hijos reducidos a la orfandad y a la miseria. En fin Dios lo ha hecho mejor, y es inútil hablar de esto. Lo que ahora importa es darle gracias por sus misericordias, y ver si podemos hallar al Príncipe, pues tal vez no habrá marchado aún. Sentiría mucho no poder hospedarle esta noche y manifestarle nuestro agradecimiento.

  -206-  

ENRIQUE.-   Vamos corriendo hacia el camino.

MONSIEUR DE GERVILLE.-   Sí; eso es lo mejor. Lo que siento es no estar tan ágil como vosotros.

CECILIA.-   Ahora sí, que le daría tres besos en lugar de uno.

 

(Se preparan a echar a correr cuando de repente sale del bosque el PRÍNCIPE.)

 


Escena X

 

El PRÍNCIPE, el OFICIAL, MONSIEUR DE GERVILLE, MADAME DE GERVILLE, EUGENIA, CECILIA, ENRIQUE, MARIANA y FEDERICO.

 

PRÍNCIPE.-    (Agarrando a CECILIA.)  Pues, amiga, te tomo la palabra.  (La da tres besos.) 

EUGENIA y ENRIQUE.-   El príncipe; el príncipe.

CECILIA.-    (Un poco avergonzada.)  ¡Qué susto me ha dado V. con sus besos!

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MONSIEUR DE GERVILLE.-   ¡Oh Príncipe mío! ¡Cómo podré expresar a V. A. mi reconocimiento por tantos favores!

MADAME DE GERVILLE.-   Tampoco yo encuentro palabras con que pintar a V. A. mi gratitud, como quisiera, no sólo en mi nombre sino en el de mis hijos, pues por su mediación he recobrado a mi esposo, y ellos a su buen padre.

PRÍNCIPE.-   Esos beneficios no es a mí a quien se deben sino a nuestro justo Monarca, ni tengo más parte en ellos que la de ser el conducto por donde se han comunicado a Vds. Perdida la esperanza de tener por compañero en esta campaña a Monsieur de Gerville, cuyas lecciones y ejemplo me hubieran sido utilísimos, quise tener el consuelo de dar una buena noticia a su respetable esposa y a sus amables niños, disfrutando en ello una satisfacción y un regocijo que no olvidaré jamás.  (Alarga la mano a MONSIEUR DE GERVILLE, que la aprieta entre las suyas y la besa.) 

MONSIEUR DE GERVILLE.-   Nada prueba tanto la bondad de V. A. como   -208-   la parte que se digna tomar en la felicidad de una familia, a quien ve por la vez primera.

MADAME DE GERVILLE.-   Después de regalar tan generosamente a mis hijos, y de haber sufrido con tanta afabilidad sus impertinencias, ¿cómo no he de estar llena de confusión y agradecimiento?

EUGENIA.-   Estoy avergonzada por haber aceptado la sortija, pues no creí que fuese de tanto valor.

PRÍNCIPE.-   El valor le tiene ahora por estar en tu mano: yo la desconozco enteramente.

CECILIA.-   También quisiera yo devolveros el estuche, pero veo que será perder el tiempo.

ENRIQUE.-   No; pues yo reclamo la canción que V. A., me tiene ofrecida, y le devuelvo este papel que es cosa muy diversa.

PRÍNCIPE.-   Cierto que me equivoqué; pero ya no tiene remedio. Por otra parte mi padre ha cuidado de proveerme de equipaje con tanta abundancia,   -209-   que ninguna falta puede hacerme esa cantidad bien que se puede emplear en el del alférez Enrique de Gerville.

ENRIQUE.-   ¿Alférez yo? ¿Y del regimiento de V. A.?

PRÍNCIPE.-   Sí, amiguito, pronto tendrás tu despacho corriente.

ENRIQUE.-   ¡Estoy loco de contento! De esa manera se conservará en el regimiento nuestro apellido, y yo procuraré que no sea con menos honor que hasta aquí.

MADAME DE GERVILLE.-   V. A. nos acaba de dispensar tal cúmulo de gracias, que no sé si me atreva a pedirle otra que sería de suma satisfacción para mí.

PRÍNCIPE.-   Quien tiene que pedir a Vds. un favor soy yo, y es que a mi compañero y a mí nos reciban en su casa por esta noche, porque veo que es tarde para llegar a la ciudad. (MONSIEUR y MADAME DE GERVILLE contestan con una gran reverencia.)  Esto se entiende4, si no lo tiene a mal Cecilia.

  -210-  

CECILIA.-   Una vez que V. no se ha de llevar a papá, estése V. el tiempo que quiera.

EUGENIA.-   Ahora por fin tengo esperanzas de que coma V. mis fresas.

CECILIA.-   Por cierto que cuando las cogimos estábamos muy lejos de creer que las hubiésemos de comer con tanto gusto.

EUGENIA.-   Y en tan buena compañía.

 

(Cae el telón.)

 




 
 
FIN
 
 


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