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Del lado acá de Planadillas, a distancia de allí como una legua, en el sitio denominado La Pascua, sobre una altiplanicie enteramente abierta a los besos de la luz, altiplanicie que parece una gran plaza cubierta de verdura como suave terciopelo, levántase una ermita que se llama La Mano Omnipotente. Detrás, me dio escondida entre naranjos y verdes limoneros, está la casa en que vive el viejecito encargado de la limpieza y guarda de la ermita. Para llegar a esta, se recorre larga calle de jazmines de la India sembrados a cordel; en todo el centro hay una alta cruz de bronce, erigida sobre ligera peaña de mampostería pintada al óleo, en torno de la cual se enredan rosadas madreselvas y azules campanillas; ceibos y apamates, situados en hileras, bordean la planicie, y delante de los fornidos troncos blanquean los cercados enteramente rectos y engalanados por la naturaleza de risueñas trepadoras; la callejuela del medio, o sea la de los jazmines, está empedrada —100→ de lajas que brillan con el sol; sobre la yerba fina en que se alfombra la gran plaza ostentan sus capullos las flores de los trópicos; las golondrinas se posan en la torre a la caída de la tarde, y en los cercados, y en los árboles pomposos, y en los magníficos jazmines, y en la peaña de la cruz, los pájaros alegres, retozando entre las frondas, perennemente cantan la gloria de la naturaleza.
La iglesuela es nuevecita, con pavimento de mármol y porche de ladrillos muy lustrosos. El tejadillo le rojea, a trechos matizado por las líneas blanquecinas de la mezcla que pega las junturas o boquillas de las tejas. En derredor del tejadillo y coronando las paredes, se alza una cornisa gótica, por cuyas gárgolas de zinc se desahoga a gruesos chorros el agua llovediza. Enjalbegada por de fuera, muestra los muros por de dentro empapelados y con brillante zócalo de pintura al óleo. Tiene dos pilas de bronce, arco toral de madera tallada con exquisito gusto, altar de mármol blanco y alfombra costosísima en el ábside. Siempre está limpia como una porcelana, brillante como un oro, perfumada como un estuche de rico terciopelo. En el vértice del presbiterio enseña una crucesita de vidrios de colores, que se inflaman con el sol y resplandecen sobre el fondo azul del cielo. En cada una de sus paredes laterales se abren dos ventanas en que florecen y sonríen las ojivas; su frontispicio es gótico, igual que el de la iglesia de Lourdes en el Calvario de Caracas; y en la aérea torrecilla, que sube alegre al cielo cual regalada estrofa, resuena una campana a cuyas voces se descubre y ora la religiosa gente de los alrededores, pero con —101→ más respeto que cuando repercuten en el aire las de los otros templos.

Allá, en la penumbra del ábside, abre los brazos la trágica figura de Jesús Crucificado, —102→ aún no muerto, sino cuando pronuncia las siete palabras misteriosas. A entrambos lados, pendientes de dos largas varillas de metal y ensartados en cintas angostas de colores, cuelgan muchos exvotos -millares de milagrillos de plata- que representan distintísimas figuras, y que son el testimonio vivo de la virtud maravillosa del gran mártir del Calvario. Abajo, sobre las baldosas blancas, arden constantemente, en candeleros de cobre, hasta cincuenta luces; y en la mesa del altar, cubierta con un paño de batista fimbriado de encajes como espuma, lirios y rosas y azucenas ostentan el esplendor de su hermosura y embalsaman la iglesuela con el olor de sus fragancias. Por supuesto que ella no es ahora lo que era hace veinte años. Entonces no pasaba de ruinosa capillita, destartalada y pobre; ogaño, tanto lujo y tanta pompa han venido surgiendo a fuerza de limosnas, de dádivas ofrecidas por las personas ricas, de lo que han producido, al venderse, los exvotos. Lo único que no ha cambiado allí, es la milagrosa imagen.
El cura de Planadillas, que frisa ya en los setenticinco años de edad, dice misa en la capilla todos los domingos, y pronuncia además piadosa plática. Varón virtuosísimo y austero, enamorado del culto esplendoroso, apóstol convencido de los milagros de la imagen, a sus esfuerzos y honradez se debe la construcción del templo y la ornamentación que luce; y si anda con la sotana remendada, y da a los pobres cuanto le cae en la mano, y come con gran frugalidad, los dineros que son de La Mano Omnipotente, los maneja con la mayor —103→ limpieza, invirtiéndolos de fijo en aumentar el esplendor de la iglesuela. Por lo que hace al viejecito que la guarda, que la limpia y que la alumbra sin cesar hasta que el sol se oculta detrás de los pomposos brocateles del ocaso, vive y mora en la casita que se ha dicho, cultivando una hortaliza de cuyos productos se alimenta, acompañado de una hermana que le hace de comer, labrando el cacho en obrillas primorosas que le ofrecen algunos rendimientos, y componiendo con cariño los árboles y flores que engalanan la planicie.
La gran misa que en el templo se celebra cae el día de la Cruz, y es cantada, con diácono y subdiácono, con sermón del sobredicho sacerdote, con mucho estruendo de cohetes y con música traída de la cercana capital. Ese día la iglesuela permanece abierta hasta las nueve de la noche; los campesinos, echando mucho lujo, llegan de todas partes en piadosa y alegre romería, y la campana de la torrezuela vibra cada cuarto de hora. Los hombres traen velas, y las mujeres, en canastillos de mimbre, flores lozanas para ofrendarlas a la imagen. El orden y la compostura reinan entre los romeros; casi todos comulgan para santificar el día, y si en otras festividades religiosas de Planadillas, Maraure o Tierra-Alegre se emborrachan y bailan en ruidosos chapaleos por la noche, aquel día no prueban el licor ni se dan a ninguna diversión profana, sin duda para hacerse acreedores a las gracias y mercedes del Santo Cristo de La Pascua.
Desde hace cincuenta años, tiempo en que se fundó la ermita, todo aquel que por frente a —104→ ella pasa, se detiene y reza una oración en la silenciosa nave, o deposita una moneda en el cepillo que abre su rendija a la derecha de la puerta, o coloca una vela en el gran azafate destinado a recibirlas, o en manos del viejecito deja un milagrillo para que sea colgado en alguna de las varillas de metal. Personas hay que se empeñan en que la cinta del exvoto cuelgue del clavo de los pies de Cristo, porque de tal manera fue ofrecida la promesa, y ya en el clavo no queda sitio para más. Con íntimo fervor, con efusión sincera, con profundísimo respeto, la gente penetra en la capilla, se santigua con el agua de las broncíneas fuentes, póstrase de hinojos, eleva las miradas hasta la dulcísima que emergen los ojos de Jesús, abre el alma dolorida a las corrientes de la gracia, y reza con verdadera devoción. Naturalmente, todo lo que se ve, lo que se oye, lo que se aspira en el regazo de aquel templo, contribuye a sazonar la blanda disposición de ánimo con que allí se entra y ora. La espléndida figura de la imagen, cuyos brazos redentores parece que se abren para estrechar las almas; la alegría de las llamas en que los cirios arden, iluminando la gloria que enguirnalda la frente de Jesús; el claro-oscuro de la nave calientita, henchida de rumores misteriosos; la vaga melancolía que flota en el ambiente; los aromas de que llenan las flores el recinto; la arraigadísima creencia, la fe profunda que se tiene en la virtud milagrosa de la imagen; todo sobrecoge de tal suerte al corazón, que la plegaría brota pura de los labios, limpia como raudal campestre, olorosa como virginal capullo, —105→ ardiente como el trino de la madrugadora alondra.
Cuando la tarde muere, de rosas coronada, ungida de perfumes, llena de melancolía inefable; cuando la errante golondrina, monjita del convento de los cielos -del monasterio azul- posa el ala fatigada en la aérea torrecilla; cuando los pájaros se acogen a los nidos, y parecen los árboles fantasmas, y resplandece en el espacio el perfil de las montañas como línea de fuego irregular; cuando del seno de la naturaleza se escapa ese ruido soberano, esa indecisa melodia, esa vaga explosión de notas dulces que sobrecogen al espíritu de blanda somnolencia; cuando la campana de la iglesuela repercute en el ambiente con el pausado toque de oraciones, el caminante se detiene y ora, el labriego se descubre en medio de la verde sementera y junta las manos en actitud de súplica, el rico propietario deja al aire la cabeza y levanta la vista a lo infinito, y en torno de la madre se agrupan los amorosos hijos para rezar la plegaria del crepúsculo. Contemplando dentro de sí la imagen radiosa de Jesús, del sublime Crucificado de la ermita, todos se vuelven hacia allá con satisfacción intensa, y al ver blanquear la torrezuela y resplandecer la cruz de vidrios de colores sobre el fondo del espacio, sienten que sobre su alma cae, como frescura matinal, el rocío de la consolación.
Cuando el temblor siniestro estremece las entrañas de la tierra, brama con sordo estruendo y bambolea las casas; cuando la tempestad sacude sus alas de relámpagos sobre la cumbre de los montes, y el rayo se desprende —106→ del inflamado seno de las nubes para volver pedazos al roble centenario; cuando la guerra atraviesa por el campo en su corcel de fuego, hambrienta de infamias y maldades, desparramada al viento su cabellera ignífera, blandiendo enfurecida la espada segadora, asordando los espacios con los truenos de su ira, espumando odio la boca y sembrando por doquiera la riza y el desastre; cuando la negra inundación, desbordándose rabiosa de las cumbres, derrama los caudales de sus aguas para arrancar de cuajo hasta los musculosos troncos de los árboles que señorean la selva; cuando la peste vuelca sus ponzoñosas urnas sobre aquella región amada siempre de la naturaleza, y diezma los hogares, y envenena de pesar los corazones, y puebla de cadáveres las necrópolis humildes; cuando el dolor impera, y se entroniza el mal, y el pasmo se introduce en el espíritu, entonces las miradas no se apartan de la consoladora ermita, y la nave se ve llena de gente a todas horas, y parece el altar un ascua de oro por la multiplicidad de velas que lo alumbran, y se acendra la fe en las plegarias, olorosas a ternura, que llueven a los pies de la dolorida imagen como un raudal de lirios de los campos.
En medio de las tormentas de la vida, de los caprichos de la suerte, de los dolores que causa el desengaño, aquella iglesuela es un refugio de las almas que padecen. Allí encuentran medicina para el sufrimiento, rescoldo generoso para templar el frío que la desesperanzada, resignación para mejor sobrellevar las miserias de este mundo. Allí encuentran calor que refrigera, dulce paz en que el —107→ ánimo se goza, aplacible silencio interrumpido apenas por la armonía de los pájaros cantores, por el ruido del follaje, por la música de los arroyos. La luz que entra cernida por las ventanas ojivales; la fragancia que las flores recién cogidas vierten; el oro que chorrean las luces en medio de su chisporroteo arrullador; la tibia atmósfera que reina a todas horas en la angosta navecilla; la aureola que resplandece en torno de la cabeza de Jesús, alivianan el espíritu, templan su sed ardiente y le hinchen de frescas ilusiones. El que desea curarse alguna cruel enfermedad, el que busca salir de recio trance, el que ambiciona satisfacer vívido anhelo, el que persigue una esperanza, el que va en pos de un ideal, allí corre a arrodillarse, a encender una bujía, a dejar una limosna en el cepillo, a ofrecer una promesa a la imagen de Jesús; y como en ella tienen fe, y los milagros que realiza se repiten con frecuencia, y todo el mundo se hace lenguas para ensalzar la virtud maravillosa de la trágica figura, salen de la iglesuela alegres, con el espíritu oprimido de dulcísima emoción, confiados en que el Cristo de La Pascua devolverá a su corazón la paz perdida, o les hará gozar del bien ansiosamente suspirado. Ello es lo cierto que, como el Crucificado otorga de continuo sus mercedes, sanando a los enfermos, cambiando la fortuna de los desheredados, satisfaciendo aspiraciones y consolando a los que sufren, los exvotos de plata llueven de todas partes, las velas se multiplican para alumbrar la imagen desde que el alba apunta, y la poética iglesuela va ganando cada día en belleza y esplendor.
—108→Cuando Matías se quedó solo aquella tarde en la desierta cumbre de El Corozo, sentado en las raíces de la mata, cavilando acerca de su arrastrada suerte y lleno el corazón de pesadumbre, oyó de pronto resonar en el espacio el toque de oraciones que surgía de la torre de Maraure. Incorporándose en el acto, descubriose la cabeza y rezó un avemaría. Las lentas campanadas se apagaron, y el silencio reinó de nuevo en la inmensa soledad. No se escuchaba sino el ruido lejano del torrente, la penetrante solfa de los escarabajos escondidos en los agrios matorrales, el murmullo de las palmas del corozo sacudidas por el viento. La tarde se dormía con lánguido abandono; tal que otro lucero reía ya en el azul, y de las cosas no se veía sino el contorno sobre la media tinta del crepúsculo. Apoyados los codos en los muslos y las manos en la cara, Matías no pensaba sino en los hondos anhelos que sentía, en la tristeza que le embargaba el ánimo, en las amargas hieles que Encarnación le hacía tragar a fuerza de desdenes. Una nueva campanada resonó de improviso en el espacio. Sonora, cristalina, misteriosa, el aire la traía de muy lejos. Matías volvió a incorporarse, dirigió la mirada hacia La Pascua, quedose contemplando largo rato el que todavía era ruinoso campanario de la ermita, y sublime y luminosa en su espíritu surgió la figura de Jesús Crucificado. Algo así como celestial rocío cayó en su corazón para llenarlo de frescura, para calmar las aflicciones de su alma y aligerar las pesadumbres que se la entenebrecían. Entonces recogió el garrote, y empezó a caminar la vuelta de su casa.
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Al día siguiente por la tarde, después que puso fin a la faena, dirigiose a La Mano Omnipotente, y arrodillándose ante el Cristo, se estuvo largo tiempo en oración. Pidiole con fervor el remedio de sus penas, la alegría de su espíritu, la conversión de su esperanza en realidad; y si al cabo le quería Encarnación, en recompensa de merced tan señalada el mozo le llevaría a Jesús un milagrillo de oro ensartado —110→ en cinta roja, y le encendería una vela durante doce días.
Cerraba ya la noche cuando volvió a su casa, confiado en la eficacia de su ruego, en la protección del Cristo, en el milagro que iba a hacerle.
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Una mañana Gertrudis bajó al pueblo, acompañada de un muchacho que le llevaba un gran canasto atiborrado de racimos de tomates encendidos, hermosos ramilletes de cebollas de cabeza y otras cosas semejantes. Se proponía vender aquello en el mercado, para comprar con el producto de la venta unas varas de zaraza, dos pañuelos de madrás y un retazo de bramante o de liencillo. Por no exponer el pollinillo a los deseos de tantos militares como vagaban por los campos haciendo de las suyas, lo dejó en el zanjón hartándose de yerba fresquecita, sacudiendo las orejas con estrépito y espantándose las —112→ moscas con el rabo, y prefirió pagarle a aquel muchacho para que le llevase el canasto hasta Maraure.
Encarnación se quedó de cuidadora, porque no era conveniente abandonar la casuca todo un día en aquellas circunstancias, y después que almorzó con toda la desgana que solía desde cuando la tristeza se le había introducido en el espíritu, se puso a lavar en el cequión. Sentada sobre la yerba de la orilla, inclinando la cabeza sobre la piedra en que lavaba, encuadrado el fresco rostro en el ala de un inmenso sombrero de cogollo, constelada la frente de gotas de sudor, con los brazos desnudos que daba gloria verlos tan rollizos, y acezando de fatiga a consecuencia del sol y del trabajo que el recio menester le ocasionaba, la muchacha respiraba espléndida salud por todos los poros de su cuerpo. Por sus torneados brazos, de hoyuelos en los codos, corría la sangre pura; del seno casi descubierto, donde lucía un rosario su brillante cruz de oro, se escapaba un olor como de rosas en capullo, aún no mancilladas y nacidas en la falda de las lomas; sus labios, encendidos como adelfas, tenían la inequívoca frescura que en la mujer denuncia el estado virginal. Ninguno, al contemplarla tan hermosa, podría imaginarse que su corazón sufriera, que su pecho fuese un vaso rebosante de amargura, ni que en su alma joven, vibrante como un arpa, hubiese más profunda sensación que la avasalladora alegría de vivir.
Pero ahora, como tantas otras veces, no cantaba al porracear en la piedra con la ropa, ni sonreía con el deleite que da la juventud, —113→ ni sus ojos resplandecían con ese brillo insólito que sirve a denunciar la absoluta alegría del espíritu. Sus miradas eran tristes, sobre todo cuando iban a perderse en el azul; la palidez de su semblante denunciaba el sufrimiento; dos anchas ojeras circundaban el borde de sus párpados; de vez en cuando una lágrima se desprendía de ellos, y con no poca frecuencia la chica suspiraba, pero con esa tristísima expresión del que siente algún dolor al suspirar. En ocasiones suspendía el movimiento del oficio, e inmóvil como una bella estatua de mujer, con las manos apoyadas en la piedra, abstraída de cuanto la rodeaba como el que está bajo la influencia del ensueño, echada la cabeza para atrás y con los ojos fijos en la soberbia cúpula del monte fronterizo o en el azul espléndido del cielo, parecía que hablaba sola, porque sus labios se movían y el viento se llevaba el rumor quedo de sus palabras indecisas.
¡Alegría! ¡alegría!, era lo que cantaba entonces todo en el regazo de la naturaleza: las frondas al soplo de los céfiros, las yemas de los troncos al impulso de la savia, las aves al calor del mediodía, las flores al ardoroso beso de los efluvios de la tierra. Sin embargo, Encarnación permanecía en una especie de laxitud abrumadora, y un pensamiento fijo, que nunca se apartaba de su mente, la dominaba en absoluto. ¿Qué podía ella hacer para acallar su corazón, para no entregarse nunca al hombre a quien quería, para doblegar su voluntad a la voz de su conciencia? ¿Qué podía ella hacer para triunfar en la batalla, cuando su amor era invencible, y heroicos —114→ los impulsos de su naturaleza, e indominables sus anhelos como bridones disparados en airosísima carrera por la pampa?
De improviso despertó, como asustada, de la abstracción en que cayera desde hacia media hora. Sintió hacia la izquierda el crujir de algunas ramas, y volteó llena de espanto, sin atinar a decir nada, encogido de miedo el corazón. Abriéndose camino por entre lo tupido del espinoso matorral, con los ojos desmesuradamente abiertos, las manos temblorosas y el semblante demudado, Matías avanzó hasta colocarse frente a ella. Su alejamiento de la casa, su aspecto melancólico, la amargura que revelaba el decaimiento de su ánimo, el hecho de no verle de mes y medio acá, los decires que corrían con relación a sus frecuentes embriagueces, amén de aquella solemnidad siniestra con que acababa de surgir de la arboleda, llenaron de terror a la muchacha; y al verse sola en el conuco, entregada a los caprichos de aquel mozo, cuya frenética pasión podía impulsarle a cometer un desafuero, palideció como una muerta y comenzó a temblar.
Matías no tardó en darse cuenta de aquello que pasaba por el ánimo de su adorada prima, tormento de su alma y origen de todos sus dolores, y echándose de espaldas contra el tronco de un naranjo, le dijo para tranquilizarla:
-Ya miro que te asustas de solamente verme... ¡Malhaya con mi suerte tan indina!... Por lo que se barrunta, de seguro que me crees un bandolero capaz de atropellarte... Pero escucha, no te figures nada malo, porque yo —115→ ¡por la Virgen del Carmelo te lo juro! no vengo a hacerte nada.
Y al murmurar aquello con voz sorda, el desdichado mozo se ahogaba de emoción, de una emoción profunda que sacudía todos sus miembros.
-Y ¿quién te ha dicho que me asusto? -balbuceó toda confusa Encarnación, tratando de dominar el estallido de sus nervios.
-Tú misma, con ese color blanco que tienes en la cara, con esos ojos que ya se te salen de las cuencas, con ese gran temblor que te brinca en todo el cuerpo.
-Pero puedes contar con que no es por miedo a ti, porque no hay razón pa ello. Como no te veía desde hace mucho tiempo, y como estaba descuidada cuando te sentí llegar sin esperarte, en el primer momento me asusté, porque creí que era otra gente. Y como ahora andan tantos ladrones por aquí, que arrasan con todo lo que encuentran, cuando escuchó tus pasos, sin que todavía te hubiera conocido, me quedé fría de miedo.
Encarnación mentía con el mayor descaro; pero mentir era preciso en tan difícil coyuntura, para evitar que Matías se irritara y diese rienda suelta a la vehemencia de sus pasiones tanto tiempo comprimidas. El cual, sentándose de firme en una de las piedras que bordeaban la orilla del cequión, le dijo a la muchacha:
-La ocasión de estar tú sola en esta casa, la he atisbao desde hace muchos días. Esta mañana, con la fresca, vi ganar a mi tía pa Maraure, y aquí me tienes con el alma hecha pedazos, pero resuelto de un todo a que me —116→ salves, o a que me acabes de enterrar... Vuelvo a decirte, pa que lo escuches bien, que no vengo a hacerte nada, sino a hablarte lo que siento con todo el corazón. Oyeme, pues, si quiera sea por caridá, y después que me respondas lo que quiero, quedas en libertá de ha cer lo que te plazca, que los gustos son pa eso. Pero añádote, sí, que en tus manos está el remediar mi pesadumbre, más negra que la noche, o el acabar conmigo de una vez.
Con la cabeza gacha, rayando con la uña del pulgar los pliegues de la enagua, y sin poder deshacerse del temor que en la sangre le picaba como un millón de agujas, Encarnación le escuchaba silenciosa.
-Ya sabes -agregó el mozo luego, apoyando el brazo izquierdo en la pierna respectiva y accionando con la derecha mano- ya sabes, porque mucho te lo he dicho de cuantos modos hay, que yo te quiero con locura, que no pienso sino en ti, que estoy dispuesto a hacer lo que me mandes, en consiguiendo tu cariño, y que si suelo emborracharme, es pa aliviarme de las penas que me borbota el corazón por tus desprecios... Aunque me sea feo el decirlo, yo soy un hombre honrao, trabajador como lo ves y de buenos sentimientos; y ninguno, más que yo, te haría feliz como tú te lo mereces. Mi tío, por lo bien que me conoce, se alegraría de verdá con lo que yo tanto deseo; y lo que es mi tía, ya ves lo que me quiere. El día que ellos se mueran, que Dios no lo permita en mucho tiempo, te quedas sin amparo en este mundo, y sola no tendrás sino meras pesadumbres. Ya sé que yo no tengo pa ofrecerte sino mucho corazón, —117→ que es lo que se agradece, y voluntá pa los trabajos, que es lo que los hace llevaderos; pero en queriéndome tú de buena gana, pa reírme del mundo y de sus grandes perrerías no va a alcanzarme el tiempo ni que jile muy delgao todo el copo... Conque ahí tienes ya, clarito como el agua del cequión en donde lavas, lo que traía pa decirte; y como a cada quien le gusta estar en el secreto del mal que ha de morir, yo quiero que me contestes ahora mismo. Una cosa sí te pido en buena ley y por el amor de Dios, y es que no vayas a engañarme: si no me quieres, pues prefiero que me lo digas de una vez, a que me hagas tragar una mentira.
Desazonada Encarnación con el pesado discurso de su primo, que salió de un tirón sin más ni menos, después de haber estado en gestación noches enteras, seguía rayando con la uña del pulgar los numerosos pliegues de la enagua, sin levantar del pecho la cabeza.
-¿Te escuece mucho el contestarme? -le preguntó Matías entonces, contrariado por aquel fosco silencio que no le hacía ninguna gracia.
-Y ¿pa qué quieres que te diga lo que ya sabes demasiao? -le preguntó a su vez Encarnación, tratando de eludir una respuesta en toda forma.
-Mujer, pa que no me quede duda.
-Quererte yo, lo que es quererte, sí te quiero, pero tan sólo como hermano.
-Es que yo no me conformo con cariños de esa estampa.
-Matías, ya me duele la lengua de decirte que no esperes de mí otros amores.
—118→-Y ¿no será porque tú tienes algunos enredijos con otro hombre?
-No es por eso- replicó Encarnación palideciendo- sino porque me dolería engañarte, casándome contigo sin quererte.
-Y si no es lo que yo digo, ¿por qué te apuras tanto, y te pones de amarilla como la flor de muerto, y me ves a la cara con temor?
-Porque todo eso te lo figuras tú, que no haces sino dar palos de ciego.
-Pues ten cuidao, niña -silabeó Matías al punto en tono de gran burla- no sea que a mí me hayan dicho lo que tú crees muy escondido.
Para disimular el raro efecto que aquello le produjo, Encarnación soltó en seguida una ruidosa carcajada, y murmuró:
-¡Por fortuna, mi conciencia está tranquila!
-¿De veras, niña linda?
-Como lo estás oyendo.
Hubo una pausa embarazosa en este punto, al término de la cual dijo Matías con alarmante seriedad:
-Mira, hablemos formalmente, y contéstame al fin si me desprecias, pa yo saber al cabo mis dolores.
-Pues, chico, formalmente te lo digo: te quiero como a hermano, y se acabó.
-Según eso -vociferó Matías, perdiendo los aplomos y olvidándose de todas sus promesas- ¿prefieres desbarrancarte como una desalmada, a vivir en la santa ley de Dios? ¿Prefieres matar a mi tío de amargura, y llenar de pesadumbre esta casa de honradez, y —119→ echarte encima las murmuraciones del vecindario entero, que no te dejará cabello sano? ¿Prefieres que mañana, cuando te vean pasar, te señalen pa decir: allí va la querida de D. Jacinto Sandoval, en vez de esto otro: allí va la mujer de Matías Bobadilla?
Con lo cual Encarnación se puso lívida, abrió los ojos que ya se le saltaban de las órbitas, levantó la cabeza con espanto, y exclamó:
-¡Matías, tú estás loco!
-¿Loco? Ni esto, mira.
-O andas bebido por lo menos, porque venirme con tan falso testimonio como ese, es lo mismo que tener un frasco de aguardiente en la cabeza.
Enardecido con semejante golpe, Matías arremetió con pujanza formidable.
-¿Sabes lo que hay, Encarnación? Que yo no trago entero, porque mi casta es otra; que tú estás hoy en camino de perderte, y que si no te has perdido hasta la fecha, es por la misericordia del Señor.
-¡Matías, por Dios, no seas infame! -gritó con energía Encarnación, creyendo que su primo decía aquello por mera suspicacia.
El cual, herido en lo más noble de su alma generosa, temblándole de cólera los labios, dueño de sí mismo por lo que había visto y escuchado aquella noche inolvidable, llaméandole los ojos y extendiendo el dedo índice de la derecha mano con ademán imperativo, gritole a su prima con furor:
-¡Niégame que tú sales de noche a conversar con D. Jacinto en el cercao del camino!
—120→-¡Te lo niego! -contestó resueltamente la muchacha.
-¡Pues eso, grandísima embustera, podrás decírselo a mi tío cuando vuelva, pa embojotarlo como tienes por costumbre; pero no a mí, que desde aquella piedra que está en el cafetal de los naranjos, asombrado de tu poquísima vergüenza y rebosándome las ganas de alumbrarte una paliza, te he mirao dejándote engañar por D. Jacinto! ¿Sabes cuándo? ¡Aquella misma noche que le dijiste que me tenías lástima, y que si no hubiera sido porque llegó mi tío, entregas cuerpo y alma sin ningún temor del cielo y te llevan los demonios!... Con que niégame ahora, perla, lo que yo mismo he visto con mis ojos.
Descubierta por completo en lo que ella creía misterio impenetrable, y rabiosa con los bárbaros insultos que acababa de escuchar, a Encarnación no le quedaba otro camino que confesar lo que su primo aseguraba; e irguiéndose altanera y cejijunta, se le enfrentó para decirle:
-Sí es verdad, no te lo niego... Pero mira, ¿qué te importa a ti lo que yo haga? ¿Qué tienes tú que hacer conmigo? ¿Eres acaso hermano mío?
-Ni lo soy, ni tampoco quiero serlo; y por lo que hace a mi cariño, desde hoy te lo quito de raíz, porque pa mozas desalmadas como tú, en donde quiera se consiguen; y no permita el cielo que muy pronto tengas ya que arrepentirte de haberme despreciao; y acuérdate de que Dios castiga a las hijas sin concencia que se pierden por su gusto cuando su padre está en desgracia; y sigue engañando —121→ como te dé la gana a la buenota de mi tía, que ni siquiera ha podido maliciar lo que pasa en sus redores con el vagamundo ese a quien tú oyes encantada; y revuélcate en el fango como mejor te pidan las miserias de tu sangre, y después vete al infierno.
Dicho lo cual en un tono de rabiosa exaltación que parecía más bien un acceso de locura, Matías se alejó a paso largo por donde había venido.
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Así que le pasó la indignación que en su ánimo causara la numerosa parrafada de Matías, Encarnación dejó el oficio y se sentó sobre una piedra y se puso a meditar. Jamás se había encontrado en una situación más conflictiva. Dejar de querer a D. Jacinto, era imposible para ella; y si Matías, desengañado como estaba en absoluto de que ella en ningún caso llegaría a ser su esposa, le revelaba a Gertrudis su secreto, de seguro que esta trataría de entorpecer, por cuantos medios estuvieran a su alcance, las amorosas relaciones de su hija con el rico propietario. Lo cual haría con tanta más razón, cuanto que al regresar Felipe, que era hombre harto severo en punto a la honra de su casa, la apostrofaría indignado si la encontraba culpable de tibieza con la menguada hija.
Si Felipe regresaba, en el acto se pondría en los retazos de lo que estaba aconteciendo a la sordina en el conuco, aunque no fuera más que por virtud de la sospecha que tenía; y —123→ con el fin de extirpar de raíz la enfermedad, trataría de casar por la fuerza a Encarnación con su sobrino, porque Felipe era hombre para esto y mucho más. Encarnación veía como un hecho consumado lo que todavía no era sino apenas una hipótesis, pero hipótesis probable por más de un contrafuerte poderoso, y se volvía loca de desesperación.
Resignarse a ser la esposa de Matías, por más que este fuera el dechado más perfecto de nobles cualidades, era sacrificar sus ilusiones más queridas, renunciar a la felicidad que tanto había soñado en sus momentos de dulcísima abstracción, echarse encima el peso de un martirio continuado, y doblar el cuello al yugo de la más repugnante servidumbre, que no otra cosa es ni puede ser el matrimonio sin amor.
Ella quería a D. Jacinto con todas las ternuras de su alma, con todos los arranques de su ser, con todos los anhelos de su rica juventud, y había jurado ser de él en absoluto, aunque tuviera que pasar osadamente por sobre todos los escrúpulos del mundo. Ante aquella grandeza de su amor valían poco o casi nada la limpieza de su nombre, la honra de su casa, los cuidados de sus padres, el temor mismo de Dios. Y cavilando, cavilando de tal suerte, de repente aparecía en el fondo de su imaginación la figura de aquel hombre por quien tanto había gozado y padecido, y una lágrima corría por sus mejillas de sólo imaginarse que jamás volvería a verle, a sentir la voz ardiente de sus labios, ni a escuchar sus palabras cariñosas, que sonaban en su alma como divina música.
—124→Por consiguiente, antes de que Matías fuese a cometer un disparate, revelándole a Gertrudis lo que había, lo que importaba era dejarse de consideraciones, obedecer a los impulsos de la naturaleza, echarse ciegamente en brazos del destino, y aceptar las consecuencias que sin duda surgirían de aquel paso.
Y del modo que lo pensó lo hizo en breve.
Postrada de cansancio, acezando de fatiga y cubierta de sudor, como a las seis llegó Gertrudis acompañada de los perros, que traían la lengua afuera, encendida y palpitante, a consecuencia de la prisa del camino. En el banco de madera que había en el corredor, Gertrudis se sentó un rato a descansar, limpiándose los chorros de sudor con el pañuelo.
-Y ¿por qué se tardó tanto? -le preguntó su hija.
-Porque el fulano mercao ha sido pa mí hoy un puro inconveniente... Primero, que me costó mucho trabajo vender los coroticos que llevaba, porque lo quieren todo por el suelo... Después, que por comprar más baratos los trapitos que tú y yo necesitamos, anduve la seca y la meca hasta las tres, y eso con el estómago en un hilo, porque no había almorzao... Y en fin de fines, lo que me pasa siempre: que fui a ver al señor cura y a la señá Socorro, y me dilataron que dio miedo. Esa gente es tan buena con nosotros, que a una le da pena salirse tan ligero después de almorzar como un obispo. Al señor cura, que con mucho interés me encargó te saludara, le pregunté si no sabía algo de Felipe, y me contestó que nada. La tropa que salió de aquí, como que la han juntao con la que carga un —125→ feje de apelativo creo que Colina, que dicen que es muy guapo; y a según se barrunta por allá, el bochinche como que se acabará en poco tiempo, porque dizque al fulano Salazar lo tienen ya cercao pa cogerlo.
-Y ¿trajo la zaraza? -tornó a preguntarle Encarnación, desesperando de impaciencia porque la noche se venía a más andar.
-Allí está en el canasto... La compré de a real y medio, porque las más baratas son podrías. Ya la verás que es muy bonita, y el tendero me aseguró que no destiñe... Lo que sí es de flor es el bramante: sin maldita la pierna ni la goma, y doble que da gusto jalarlo, porque resiste como lona. Pal justán está buenazo.
Encarnación creyó que el momento había llegado, y dijole a Gertrudis:
-Pues bueno, mamita, mientras que usté descansa y se desviste, yo voy a la pulpería en un instante. ¿Le parece?
-Y eso ¿a qué, mujer?
-A comprar un poquito de aguardiente pa echarme en la cabeza. No se figura usté lo que me duele, y de golpe se me planta un tabardillo con el sol que cogí hoy en la lavada.
-Vete, pues; pero eso sí, anda ligero, porque ya va a cerrar la noche. Acuérdate de que esos melitares andan sueltos por ahí.
Encarnación, que acababa de bañarse y de peinarse con esmero, entró sobre la marcha al aposento y se vistió deprisa con la ropa dominguera, sin olvidar ni los pendientes, ni el collar, ni el pañuelo azul de seda, ni el jipijapa nuevecito que le caía en la cabeza —126→ como una gloria. Gertrudis habla ido a la cocina, con el fin de atizar la candela en el fogón y de informarse por sí misma de cómo —127→ estaba la comida aquella tarde, porque traía una gazuza soberana; y Encarnación se aprovechó de aquel instante para salirse en pinganillas, no fuera que Gertrudis maliciase alguna cosa al verla tan galana.

Una vez del lado fuera del tranquero, apretó el paso hasta llegar frente a la pulpería, para ver si divisaba por allí a D. Jacinto. Con el fin de ver mejor, sin que advirtiesen su presencia, se agazapó detrás de un espeso matorral. La pulpería estaba llena de campesinos que regresaban a sus chozas; muchos de ellos cargaban para entonces cuando menos medio frasco de ginebra en la cabeza; la algazara que formaban aturdía; el pulpero iba y venía como un azogue del un extremo al otro, sin dar abasto a la demanda; y los pollinos mientras tanto, atiborrados de sueño y de pereza, asediados por las moscas y resistiendo el volumen de la carga que les habían encaramado en las costillas, inclinaban la cabeza contra el suelo, descolgaban las orejas con visible abatimiento, meneaban con displicencia el rabo, meditaban con gran filosofía acerca de lo arrastrado de su suerte, y pedían, no sé a quién -quizás a Dios- que sus amos acabasen de llegar a las casucas, lejanas todavía, para refocilarse ellos con la provocativa yerba que verdeaba en los potreros.
Por más que atisbó bien al interior, Encarnación no logró ver a D. Jacinto. Esperó un rato, y nada: aquel no parecía. La pulpería se fue desocupando poco a poco, y los alegres campesinos, tambaleándose los unos, espontaneándose los otros en lenguaje no nada edificante y chorreándose los más de escupitajos —128→ la pechera, desperdigábanse, camino de sus casas, prendidos del rabo de los burros.
La noche se echó encima, pero trayendo afortunadamente un ejército de estrellas capitaneadas por la luna. Encarnación se movía de un lado a otro desesperando de impaciencia. El pulpero encendió luz, y desde afuera podía la muchacha, saliendo ya del matorral, observar a quien entraba sin ser vista, y esperar de centinela media hora todavía. Estaba resuelta a no marcharse hasta no hablar con D. Jacinto, que tardaría poco de seguro.
En eso entró a la pulpería un muchacho de la hacienda. Compró algo y volvió a salir en la misma dirección que había traído. Encarnación se puso en marcha, le alcanzó, y emparejándose con él, le dijo:
-¡Qué hay, Patricio?
-Nadita, Encarnación... ¡Caramba, y qué milagro verla a usté a estas horas por aquí!
-Es que ando en un negocio de interés -contestó Encarnación, tratando de despistar así la curiosidad del mozo-. Dime, D. Jacinto está en la hacienda?
-No, no está. Pa Maraure ganó como a las cuatro, y todavía no ha llegao.
-Pero, ¿él entra por aquí?
-Algunas veces, porque otras allega por la puerta de golpe del potrero.
-¿Tardará mucho?
-No lo creo, porque tiene que despachar temprano a los catorce piones que han de moler mañana... ¿No los oye en gran chacota? Pues allá están en el trapiche, esperando a D. Jacinto.
—129→Con lo cual Encarnación se dio por satisfecha, regresó a la pulpería, tomó camino abajo, y fue a situarse a la entrada del sendero que conducía a su casa, una cuadra más allá de la puerta de golpe indicada por Patricio. En medio de aquella soledad, a la muchacha se le encogía el corazón de horrible angustia, por temor de que Matías pasase por allí y fuese capaz de cometer con ella un desatino.
No se oía sino el rumor sonoro de la naturaleza, ese rumor solemne producido por la nota continuada de los grillos, por las ráfagas del viento, por el bullir de los raudales, por el sacudimiento constante de las frondas, por la respiración de cuanto vive en el regazo de la madre inmortal y soberana. Ruidos más intensos estallaban de improviso en medio del rumor uniforme que salía de todas partes, y Encarnación brincaba sobrecogida de terror, se agazapaba tras el monte y esperaba con anhelo.
De pronto percibió sobre el menudo cascajo del camino el ruidoso pasitrote de una mula encasquillada, y las manos se le pusieron frías, y una ola de sangre le corrió desde los pies hasta el cerebro, y comenzó a palpitarle el corazón de una manera inusitada. A poco D. Jacinto pasó por frente a ella; pero a pesar de sus esfuerzos no pudo conocerla, por lo cual se limitó a pronunciar:
-Muy buenas noches.
-Muy buenas, D. Jacinto -le contestó Encarnación.
Ello fue lo suficiente para que entonces él la conociese por la voz, y sofrenando la mula —130→ acto continuo, y haciéndose el sueco todavía, preguntó:
-¿Como que es Rosita Tello?
-No, señor, que equivocándose va usté; pero es que como ya me echó en olvido, ni si quiera me conoce. ¡Así es el mundo!
Allí mismo D. Jacinto se acercó a la muchacha, y fingiendo gran sorpresa al saludarla, exclamó con muchísimo aspaviento:
-¡Caramba, si es Encarnación!... ¡Pero cuándo me había de figurar que anduvieses a estas horas por aquí!... ¿Cómo estás?
-Buena por lo que es salú.
-Pues es lo suficiente. ¿Qué más quieres?
-¡Qué sé yo!
-¿Malas noticias de Felipe, acaso?
-Ni lo piense tan siquiera.
-¿Entonces?
-Que tengo una recia enfermedá que ya me mata y que no atino a explicar de ningún modo.
-¿Podría curarte yo?
-Tampoco sé.
-A ver, y ¿qué es lo que te pasa?
-¿Lo que me pasa?... ¡Tantas cosas!
-Decirlas no es difícil.
-Pero la ocasión no alcanza, porque yo estoy de prisa ahora.
-Es que en queriéndola tú, nada más fácil que buscarla.
-Pues esa es cosa suya -contestó Encarnación, mordiéndose los labios.
D. Jacinto se inclinó y le preguntó muy quedo:
-¿Quieres que vaya esta noche por tu casa?
—131→-Y ¿cómo es que hace un siglo que no va?
-Porque tú me has obligado a no volver.
-¡Caramba, no lo diga, que da rabia!
-Escucha, y si yo fuera, ¿me esperarías donde siempre?
-La pregunta está demás; pero váyase con tiento, y ojalá que pueda hacerlo por entre los cercaos, porque alguien nos atisba con empeño.
-¿Matías, acaso?
-El mismo.
D. Jacinto reflexionó un instante, y luego, dijo con la mayor curiosidad:
-Pero dime, ¿por qué te encuentro aquí? ¿En qué negocio andas? ¿Acaso Gertrudis está enferma?
-No, señor. Fue que al regresar de su pulpería de usté, a donde fui a comprar un poquito de aguardiente pa echarme en la cabeza, escuché el pasitrote de la mula, y por curiosa me paré a ver quién era.
Dicho lo cual, Encarnación se volteó con mucho asombro hacia el cercado, porque acababa de sentir algo así como el rumor que produce una persona al caminar con mucho tiento sobre las hojas secas, y agregó:
-Pero mire, D. Jacinto, váyase ya porque no puedo estarme más... Después conversaremos.
-¿Sin falta entonces?
-Y no se olvide de mi encargo.
-¿No me engañas?
-No lo engaño. Encarnación se deslizó a la carrera por el sendero angosto; D. Jacinto arreó la mula con las riendas camino de su casa, y Matías, —132→ brotando de la arboleda oscura como una aparición inesperada, sentándose a la orilla del camino y vomitando una indecencia formidable, refunfuñó en seguida:
-Aquí me estoy hasta que pase... Y lo que es ella, esta noche va a saber pa qué nació... Lo que quiero es reventarlos a los dos, porque de otra manera no me deja gusto... Por fortuna estoy borracho, y medio loco, y qué sé yo qué diablos más... Poner a mi tía en los retazos de lo que está pasando, sería lo más derecho; pero eso no lo hace ningún hombre que se estima, ni con hacerlo, Encarnación se ablandaría... Nada, que lo mejor es pecho al agua; y después que en ella esté, aunque me ahogue... y se ahoguen los demás.
D. Jacinto arribó a la pulpería, y llamando a un lado al mozo, le preguntó en voz baja:
-Dime, ¿Encarnación Bobadilla ha estado aquí esta noche?
-No, señor.
-¿Ni la has visto pasar camino abajo?
-Tampoco, no, señor.
El encuentro con la muchacha le llamaba la atención sobremanera, porque ella no salía a tales horas, a menos que anduviese con Gertrudis en alguna diligencia. Y lo que había en dos platos era, para hablar con claridad, que D. Jacinto sentía un escozor inaguantable, una mezcla de desconfianza y celos. Pero cuando llegó a su casa, y Patricio le dijo estas palabras con misterio: -Mire que Encarnación vino a buscarle ahora poco- la desazón se le volvió pura alegría, bebiose hasta dos dedos de coñac y se sentó a comer con apetito extraordinario.
—133→
Sorbiéndose los aires, asustándose de su propia sombra y volteando para atrás, con cruel angustia, porque el miedo la hacía imaginarse que alguien la iba persiguiendo, Encarnación salvó en diez minutos la distancia que había hasta su casa. Sin hacer bulla ninguna, descorrió los lustrosos varales del tranquero, y remangándose la enagua por detrás, caminando de puntillas y haciendo por la derecha un rodeo conveniente, se metió con sigilo al dormitorio, en un santiamén se desvistió, y respirando con notable ruido, se fue derechito a la cocina, donde Gertrudis se tomaba un chocolate suculento que a nada más olía que a la mismísima raja de canela.
-Pero, mujer, ¡qué dilación! -dijo la madre cuando la vio aparecer en el marco de la puerta.
-Mamita, no tengo yo la culpa, sino la pulpería, porque la habían cerrao. Me tuve que esperar hasta que el dependiente acabara de comer.
—134→Gertrudis alzó el coco lentamente, y sorbió con delicia el espumoso chocolate.
-Y de casualidá -murmuró luego- ¿no te encontraste con Matías?
-No, señora.
-Es que esta tarde andaba el pobrecito de remate.
-Pues por ahí dizque la ha cogido ahora -repuso Encarnación de mala gana, encogiéndose de hombros con desdén.
-A mí me parte el alma verlo así -dijo con lástima Gertrudis- no sólo porque es sobrino de Felipe, sino porque parece de oro en polvo... Y en resumidas cuentas yo no sé qué es lo que le pasa, ni por qué se ha tirao al estricote... Me le acerqué esta tarde pa preguntarle qué tenía, y me contestó que andaba así pa olvidarse de las penas... Pero, ¿qué penas tendrá él?... Me dio ganas de llorar el infeliz, porque limpiándose las lágrimas me dijo: -mire, tía, quiérame mucho, porque yo soy muy desgraciao.
Encarnación estaba en ascuas. Desde el principio de la conversación se figuró que Gertrudis la iniciaba con tales circunloquios y rodeos, para no ser tan brusca en lo que de seguro iba a averiguarle. Afortunadamente se calló, y todavía paladeando el chocolate, arrellanada en la banqueta, empezó a cabecearse. El cansancio la rendía y el sueño la dominaba en absoluto con los efluvios de su opio. Encarnación se serenó; sus nervios se aflojaron con dejadez dulcísima ante la perspectiva de aquel sueño que parecía ser de plomo, y en sus ojos se encendió el esplendor anticipado de la felicidad.
—135→Rezaron el rosario a rempujones, porque Gertrudis, cada rato, se demoraba en el camino. En ocasiones tartamudeaba apenas la oración, y columpiándose sobre las rodillas, como al soplo de los vientos un arbusto sobre el tronco, doblaba la cabeza y se dormía. Terminaron al fin como Dios quiso, y Gertrudis, desnudándose de un salto, se acostó para dormir serenamente, sin pesadillas ni visiones, como duermen las gentes bondadosas, las honradas, las que aman la justicia y viven para el bien.
Segura en absoluto de que aquel sueño era profundo, Encarnación volvió a salir, echó la mano a dos cabestros que guindaban de un clavo tras la puerta, aseguró los dos mastines por el cuello, y cerca del chiquero los amarró contra un naranjo. Enseguida alisose los cabellos, vistiose con la ropa que por la tarde se habla puesto, echose agua florida en la garganta y en los brazos, y masticando una conchita de canela, se sentó en el corredor, dejando, para cualquier suceso inesperado, entreabierta la puerta de la sala.
Pocas noches como aquella. Ni un celaje había en el cielo, que parecía rotonda azul de porcelana. Cada constelación se veía distintamente, precisa, luminosa, con los estremecimientos que el rayo de sol vivo produce en las facetas del brillante. Solitaria, misteriosa, cargada con la esencia del ensueño, la luna señoreaba los espacios y volcaba sobre el mundo las ánforas de la melancolía. En contorno, las montañas semejaban anfiteatro gigantesco, y allá en la altura la vagabunda exhalación se encendía de improviso como un penacho vívido de oro. El campo todo se veía —136→ como cubierto por un baño de espléndida blancura, pero blancura inexpresable, semejante a una gasa de espuma espolvoreada de átomos de sol. Olor potente se escapaba de la tierra; la cascada retumbaba en las entrañas del abismo como un trueno prolongado; el viento se dolía en las obscuras arboledas de no sé cuáles tristezas -¡quizás las de la raza indígena extinguida!- y la naturaleza pulsaba su grande arpa de numerosas cuerdas en el regazo esquivo de los bosques.
¡Cuán cierto es que el que espera desespera! Encarnación se rebullía cada rato en la banqueta donde se había sentado, y las horas le parecían eternidades. Era tan fuerte la impaciencia que sentía, que más de una vez llegó a creer que D. Jacinto, por vengarse, la había hecho esperar como a una lerda. Pero en el acto comprendía que aquello era el delirio de la fiebre que la tenía fuera de sí, producida por el impulso irresistible del amor, por el miedo de que Matías cometiese un disparate, por el silencio que reinaba a aquella hora, por los distintos pensamientos que le ardían en el cerebro, por el ansia misma, en fin, con que esperaba a D. Jacinto. Y después que se angustiaba lo indecible por suponerse víctima de la más pesada burla, volvía sobre sus pasos y exclamaba en su interior con alegría inexpresable:
-¡Caramba, si no es tarde!... ¡Los gallos no han cantao todavía!... ¿Habrase visto una mujer más rematadamente loca?
Cual si viniese del camino, pero medrosa, espeluznante, enteramente ahogada, de pronto oyó una voz que le decía:
—137→-¡Encarnaciooón!
El espanto se apoderó de ella, le dio un horroroso escalofrío, los miembros todos le empezaron a temblar y acurrucose cuanto pudo.
Siempre ahogada, pero distinta y más intensa, la voz tornó a decir:
-¡Encarnaciooón!
Aquello era capaz de amedrentar al más valiente. ¿Quién la llamaba y desde dónde? No podía ser D. Jacinto, porque su seña era un silbido largo y recio. Pero, ¿qué otra persona iba a llamarla a aquellas horas? ¿Sería alguna bruja, algún aparecido, alguna ánima en pena que venía a suplicarle algún responso? ¿Habría muerto Felipe en la campaña, y era su alma misma la que quería avisárselo al emprender el viaje de donde no se vuelve nunca? La muchacha se cubrió el rostro con las manos, porque ya le parecía que su padre, indignado, furioso, amenazante, salía de la arboleda como un fantasma blanco para pedirle cuenta de aquel comportamiento tan indigno.
Y otra vez, precipitada, temblorosa y más cercana, la voz dijo con vehemencia:
-¡Encarnaciooón!... ¡Encarnaciooón!
La muchacha trató de levantarse para huir despavorida; pero entonces vio que el pato, saliendo de detrás de la casita, estirando y encogiendo la cabeza, y con las alas blancas extendidas por el suelo, se iba caminando hacia la troje donde dormía la pata.
Las ganas que le entraron a la chica fueron de estrangular al hermosísimo animal; pero, en tal guisa se encontraba, cuando escuchó un silbido largo que resonó en su corazón como un —138→ acorde melodioso, y olvidándose de todo, corrió hacia el cercado con el alma desbordante de alegría.
Incorporándose en la rama del fragante limonero, y después de dirigir una mirada escrutadora en torno suyo, de contar las tres gallinas que los merodeadores le habían dejado apenas, de contemplar el firmamento con fijeza y de erguirse como soberbio emperador sobre sus curvos espolones de combate, el gallo sacudió en aquel momento las alas con estrépito, e interrumpió con el primer ¡cu-curu-cuuú! el profundo silencio de la noche.

D. Jacinto estaba ya del lado dentro del cercado, con el revólver en el cinto, camisa garibaldi y enorme jipijapa de ala vuelta sobre el rostro.
-¿Qué era lo que tenía, ah? -le decía Encarnación, poco después, estrechándole una mano con cariño-. Treintiseis días hace hoy que no lo veo, y usté no sabe lo mucho que he sufrido por usté... Y ¿se creía usté que una es de fierro?... Pues sepa que mientras usté no se —139→ acordaba de esta infeliz que lo quiere con el alma, yo me moría de pesadumbre... ¿Qué le pasaba? ¿Por qué diablos no volvía? Por ingrato ¿no es verdá?
Y le miraba a los ojos con dulzura, deslumbrantes los suyos de emoción.
Pasado aquel primer trasporte de entusiasmo apasionado, que era un desbordamiento incontenible del afecto tanto tiempo comprimido, Encarnación le preguntó:
-¿Hizo lo que le dije?
-No, por temor a una culebra; pero subí por la orilla del cequión.
-Pues véngase conmigo, porque aquí estamos mal... Yo tengo mucho miedo... Matías es capaz de un disparate, y esta noche, pa mayor calamidá, anda borracho... Figúrese que allí, agazapao detrás de aquella piedra, nos ha oído cuanto hemos conversao.
D. Jacinto desenvainó el revólver, y en el acto se dirigió a la piedra. No había nadie. Al regresar, Encarnación le llevó hasta la cocina.
Se hallaba esta situada a la mano siniestra del tranquero, casi casi pegada a la casita, de tal manera, que de un brinco se pasaba del corredor de la una al de la otra. El techo era de paja, en forma cónica, y de carrizo las paredes, con una capa de mezclote por encima.
Cuando entraron, los tizones rojeaban todavía en el fogón al través de la ceniza.
[...]
Así que trascurrió como una hora, del fondo de la arboleda que hacía frente a la cocina se vio salir un hombre de siniestra catadura. Miró a todos lados con fijeza, a fin de cerciorarse de que todo estaba en calma, y avanzó —140→ con paso lento pero firme, procurando esconderse bajo la sombra de los árboles, sin hacer ningún rumor al caminar, tratando de acallar el que salía de su pecho y conteniendo la fatiga de su respiración cuanto le era dado. Llegó a la puerta de la cocina a poco, y cogiendo consuma habilidad las dos argollas, de forma que no fuesen a sonar ni aun del modo más sutil e imperceptible, las amarró con un pedazo de mecate. Pegó el oído a los carrizos, pero nada oyó. Una sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa amarga como el absintio del despecho, dolorosa como el negro desengaño, siniestra como el crimen. Quedose inmóvil buena pieza, miró hacia la casita con una mirada de melancolía profunda, y dos lágrimas inmensas saltaron de sus ojos. Enseguida se escondió tras la cocina, rascó un fósforo en la caja, aplicó la llama al techo y se marchó a toda prisa por la arboleda obscura.
Aquel hombre era Matías.
Impulsada por el viento, en el acto la llama tomó cuerpo sobre la seca paja, y chirriadora, amenazante, horriblemente luminosa, se levantó como inmensa pirámide de oro, restallando como un látigo, inundando los espacios de humo espeso, lanzando como un árbol pirotécnico ramilletes de chispas encarnadas, rugiendo sordamente al sentirse fustigada por las ráfagas nocturnas, y despidiendo entorno suyo rojiza claridad. Las chispas estallaban con furor, los palitroques gemían al retorcerse y consumirse, el humo escalaba las alturas como soberbia espiral negra, y la enardecida llama, desgarrada en mil pedazos, flotaba al viento como bandera ígnea.
—141→Llenos de espanto inexplicable, los perros destrozaron las cabuyas con los dientes, y comenzaron a ladrar con desesperación; acompañado de las gallinas, el gallo se tiró del limonero y corrió despavorido por debajo de los arbustos rojamente iluminados; los dos patos arrancaron el vuelo con estrépito, y en numeroso enjambre los pájaros huyeron de sus nidos.
El incendio se trasmitió a la casa con rapidez extraordinaria, y mientras ardía el techo con ruido pavoroso, los carrizos de la cocina, al reventar con furia estrangulados por las llamas, simulaban el nutrido tiroteo de un combate. Las encarnadas chispas, ondulando como sierpes, cayeron sobre el tablón de caña, y también el tablón comenzó a arder. Diez minutos después parecía un mar de púrpura esplendente, en cuyo espacio las llamas semejaban un tumulto de espadas retorcidas y sangrientas.
El que primero se dio cuenta de lo que sucedía, fue D. Jacinto; e inculpó a Encarnación con un grito que parecía un rugido, y corrió a abrir la puerta; pero la puerta resistió a los embates de sus músculos de bronce. Estupefacto, medio loco, escuchando el rumor sordo de la llama, sintiendo en la cabeza los manojos de chispas que caían y haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró meter los dedos por la rendija que se abría en la parte de abajo de la puerta, y volvió a sacudirla con toda la energía de sus brazos; pero nada, aquello era imposible.
-¿Qué significa esto, Encarnación? -bramó entonces con espantable acento.
—142→Pero Encarnación corría de un lado para otro con el semblante horriblemente descompuesto, dando gritos de terror, sacudiéndose las brasas que le caían encima y retorciéndose las manos con indefinible angustia.
-¡Infame, canalla, bandolero! -era lo que exclamaba con voz ronca en tan supremo instante, refiriéndose a Matías.
Las llamas descendían a la carrera, ardían ya los carrizos, el techo amenazaba derrumbarse, y D. Jacinto, sudoroso, fatigado, impotente para romper la puerta, maldecía y blasfemaba como un descamisado. La muerte era segura. Y ¡qué muerte tan horrible!
En eso se oyó fuera un alarido, y luego estas palabras:
-¡Encarnación!... ¡Hija del alma, en dónde estás!... ¡Sal pronto, que te ardes!
Y Encarnación gritó con voz aguda:
-¡Mamita, aquí estoy en la cocina, pero no puedo salir porque la puerta está amarrada!... ¡Abra pronto, que me quemo!
La madre, medio loca, se precipitó al corredor de la cocina y trató de desatar el fuerte nudo; pero no fue posible. Encarnación entonces, súbitamente iluminada en medio de su gran perplejidad, cogió un cuchillo de la troje y lo pasó por la rendija baja de la puerta.
Pero en aquel momento se abrió un agujero por uno de los rincones de la izquierda, y un lienzo de cañizo cayó al suelo. D. Jacinto, acabó de derrumbarlo, aun a riesgo de quemarse, con un sacudimiento heroico, y saltó por el boquete para huir al trasvés de la arboleda, a tiempo que Gertrudis cortaba la cabuya con la vehemencia de las supremas desesperaciones, —143→ y que la pobre Encarnación se escapaba por la puerta.
Cuando llegó al patio seguida de su madre, que en vano trataba de explicarse, en medio de su tribulación, por qué su hija se encontraba en la cocina con la puerta amarrada por de fuera, los pajareques y los techos se quejaron de repente con quejido prolongado, y al fin se desplomaron con formidable estruendo. De la casa de Felipe no quedaba sino una brasa inmensa, un montón aún caliente de cenizas y el recuerdo venturoso de un hogar.
Gertrudis no pudo aguantar mas, y cayó al suelo desmayada.
[...]

Algunos vecinos acudieron como a la media hora, y casi al mismo tiempo regresó D. Jacinto de su hacienda, a caballo, envuelto en su capote para evitar que se le viesen las notables quemaduras que cargaba en la camisa, —144→ acompañado de seis peones y fingiendo la sorpresa que era necesaria para salir bien librado en la partida.
-Pero esto ¿cómo ha sido? -preguntó con singular desembarazo.
-D. Jacinto, yo no sé -le contestó Encarnación en igual tono, pero medrosa y aturdida en presencia del desastre.
Gertrudis, todavía descoyuntada, apenas suspiraba con angustia.
Estupefactos aún, los demás permanecieron en silencio.
D. Jacinto dio orden enseguida de que los peones cargaran en brazos a Gertrudis, y el grupo se alejó. Delante iban los perros, los fieles compañeros de Felipe, cabizbajos y acezando.
Y así que nadie quedó por todo aquello, Matías salió de su escondite, avanzó con paso lento hasta las ruinas, y sombrío, taciturno, medio loco, atormentado por la voz de la conciencia, se sentó en una piedra a contemplarlas.
—145→
La rápida campaña iniciada por el heroico Salazar, había terminado su papel en Tinaquillo con la derrota y el desastre. Guzmán Blanco, a la cabeza del partido liberal de Venezuela, acababa de vencer al insurrecto y temible guerrillero. De aquella gran tragedia no quedaba sino la sombra de un patíbulo regado con la sangre de un valiente; pero la influencia y el prestigio de un hombre superior en el desenvolvimiento de la política de Venezuela, fueron desde entonces el sólido fundamento de la paz y el muro de granito contra el cual se estrellaba impotente el caudillaje.

«Vencido el enemigo común en la gran batalla de Apure -ha dicho en narración asaz verídica el General Guzmán Blanco- y festejándose la paz de un extremo a otro de la República, atravesó el General Salazar las fronteras de la Nueva Granada, y por el Alto Apure, Zamora y Portuguesa, se vino a las serranías que promedian entre los Estados Cojedes y Yaracuy. Allí concentró todos los restos —146→ oligarcas, que dispersos y sin esperanzas huían por el Sur y Occidente de la República; empuñó la bandera del enemigo; cambió sus insignias, y renegando de su causa, proclamó la continuación de la guerra hasta sucumbir o dar en tierra con la obra de sus compañeros».
Salazar había ocupado a Potrerito, punto fuerte para defenderse con éxito y abrir operaciones. Con la certera previsión de su talento extraordinario, Guzmán Blanco se dio cuenta de la astucia con que Salazar quería atraerle, a fin de causarle el desconcierto con un golpe atinado y peligroso para las armas nacionales; y por comprenderlo así con perfecta —147→ claridad, y para contrarrestar sin pérdida de tiempo los estudiados planes de su rebelde adversario, ordenó a uno de sus tenientes que ocupase la plaza de San Carlos —148→ con ochocientos hombres, agregándole enseguida:
-Al saber que usted está allí, Salazar abandonará la posición que ocupa, con el designio de atacarle a usted y con la completa seguridad de destrozarle. Pues bien, defiéndase usted y sostenga los fuegos durante cuatro horas, tiempo suficiente para posesionarme yo de Potrerito con mi ejército.

La operación se practicó en el acto. El mencionado teniente entró a San Carlos y se atrincheró de firme. Súpolo Salazar, y abandonando a Potrerito, marchó contra San Carlos; pero al pasar por Pegones, caserío situado frente a Tinaquillo -como a las seis de la tarde y bajo el formidable azote de una lluvia torrencial- algunos de sus amigos le dijeron:
-En Tinaquillo está Colina con setecientos hombres.
Salazar se detuvo en aquel punto, y resolvió asaltar al intrépido Colina en la madrugada del siguiente día, seguro de vencerlo en la pelea.
A la sazón, Guzmán Blanco ocupaba a Potrerito.
El combate decisivo de aquella insurrección, fue rápido, rabioso, encarnizado. El soldado venezolano, el de la intrepidez serena, el del coraje irresistible, el que ha ilustrado nuestra historia con acciones memorables, probó allí una vez más la estupenda bizarría de su raza. Tinaquillo dormía aún; la lluviosa madrugada lo envolvía con sus sombras; las casas parecían manchas negras, y del fondo del silencio se escapaban los tintineos de los sables, las voces de los centinelas, el rumor —149→ que levantaban los bridones. Las compañías estaban en sus puestos, los jefes hablaban por lo bajo, todos abrían los ojos y aguzaban los oídos para observar, si era posible a aquella hora de tinieblas, los menores movimientos del ejército enemigo. De vez en cuando resplandecía en la oscuridad la brasa de un tabaco.
Las cuatro y media eran cuando sonó la primera voz de alarma, y el combate se empeñó con formidable decisión de entrambas partes. Aquello fue una carnicería espantosa, una lucha tremenda cuerpo a cuerpo, una arrogancia del heroísmo patrio al arma blanca. En la guerra de la emancipación hubiera sido un timbre más por la defensa del derecho y de la Patria; en nuestras luchas fratricidas, en las cuales se ha derramado tanta sangre generosa para sólo fecundar el ponzoñoso manzanillo del personalismo, es una acción luctuosa.
Salazar hizo prodigios de valor en el asalto; pero al fin salió vencido en la contienda heroica, y con un grupo de fieles compañeros corrió a guarecerse en las entrañas de las selvas, para que luego le hiciesen prisionero «en los montes mismos de que él solo en la República era conocedor». Siete Generales guzmancistas resultaron macheteados, entre ellos el intrépido Colina, el león de Coro, el viejo veterano de la Federación. El campo quedó lleno de cadáveres y heridos, de ellos, los adalides sin fortuna, los esforzados combatientes por principios de que siempre hizo escarnio la ambición de los tiranos, los héroes sin nombre sobre cuyo sepulcro jamás cae la —150→ siempreviva del recuerdo, ni los caudillos vierten la voz de la alabanza, ni el genio de la Patria se lamenta con los trenos de la clásica elegía.
Al cabo de una hora, el telégrafo comenzó a funcionar con rapidez extraordinaria para llevar a todas partes la noticia, el triunfo decisivo de la causa de los pueblos, la resonante gloria del partido liberal y de su ilustre conductor. Como a la una de la tarde, Maraure aparecía engalanado con la soberbia pompa de sus mejores días. Grímpolas, banderas, estandartes, gallardetes, festones y guirnaldas salieron a ostentar en las ventanas y balcones los alegres colores nacionales; circundado de coronas de laurel, el retrato de Guzmán Blanco, ora a pie, ora montado en arrogante pisador, ora en traje militar, ora vestido con levita ciudadana, se puso en dondequiera con encomiásticas leyendas; las campanas echaron a volar el repique de sus lenguas; los cohetes se prendieron en numerosa cantidad; las gentes voltearon los baúles y se vistieron con las galas domingueras; los granujas quemaron triquitraques a millones; las puertas de la iglesia se explayaron, y allá en el presbiterio hubo Te Deum solemnísimo, cantado por el cura, el sacristán, el organista (vejete langaruto que no entendía mucho de becuadros, sostenidos ni bemoles), los dos monaguillos y el barbero, el cual becerreaba con su enorme vozarrón lo que aquellos otros cafres desafinaban desvergonzadamente en toda la extensión del pentagrama.
Faltaba lo mejor, que era la publicación por bando del telegrama en que venía la noticia; —151→ mas no se crea que se hizo esperar mucho, ni que dejó de realizarse con la solemnidad que el asunto requería. A eso de las cuatro de la tarde comenzó la gran parada militar, cuyo recuerdo jamás se borrará en los anales de aquel pueblo, ni dejará de trasmitirse a las generaciones que allí vayan aprendiendo a celebrar los triunfos y las glorias de la Patria, o lo que es lo mismo, la matanza de hermanos por hermanos, el inmenso desastre que originan las tremendas pasiones y los odios implacables de partido.
Para ver desfilar la gran parada por en medio de la calle, la gente se agrupó en las esquinas, en las ventanas y balcones (los cuales no eran sino tres: el de la casa de Gobierno, el de la del señor cura y el de la de D. Pedro Obando, prestamista de dinero, al tres por ciento cuando menos, con buenas hipotecas, propietario de haciendas de café que le daban un caudal todos los años, personaje influyente en la política y en todos los asuntos de la localidad, sujeto demasiado entremetido, pesado como un plomo, muy rotundo en el decir los mayores disparates, y muy pagado, archipagado de sí propio, a pesar de ser un bestia).
Abrían la marcha en el paseo militar los muchachos callejeros, llenos de sietes y remiendos los calzones, de tiras el andrajo de camisa, de sucio endurecido los cachetes y de negras porquerías la nauseabunda boca, y marchaban quemando triquitraques, disparando hacia los aires los cohetes, soltando vivas y silbidos que aturdían por lo agudos. Seguía después la música, compuesta de un violín (a quien si Paganini hubiera oído, con toda seguridad —152→ que le rompe una costilla de un trancazo), un clarinete en sí bemol, un estrombón de mete y saca, un triángulo asaz repiqueteado, la formidable tambora y los platillos. Aquellos facinerosos, muy hechos cargo de la dificultad y creyendo que lo hacían a maravilla, iban tocando un pasitrote (composición del tuerto organista de la iglesia) en cuya segunda parte los instrumentos se callaban durante tres compases, con el fin de que solamente el bombo simulara los cañonazos de un combate. Enseguida caminaban muy orondos los empleados del Distrito, vestidos con levita de remonte y llevando cucarda amarilla en el sombrero de felpa trasnochado. En último término marchaba un batallón de infantería (¡así se dijo, con la mayor frescura, en la revista que pocos días después se publicó en Caracas!), el cual no era batallón, ni aun siquiera compañía, sino un puñado de infelices campesinos que no sabían qué era lo que estaban celebrando, que no entendían el lenguaje militar porque jamás lo habían oído, que les decían flanco derecho y tomaban el izquierdo como que si tal cosa, los unos con el fusil al hombro y los otros terciándolo al revés, riéndose de su triste situación y provocando la rechifla de los espectadores. Todo lo cual no obstaba para que uno de los hijos del prestamista Obando, que era el capitán que los mandaba, deslumbrante de charreteras y cordones, transfigurado de olímpica soberbia, creyéndose en la cumbre de la gloria e imaginándose que era Napoleón en presencia de sus tropas después de la batalla de Austerslitz, pegase cada grito que hacía temblar la tierra. Al llegar —153→ a cada esquina, redoblaba el parche hueco, el hijo de Obando mandaba descansar a sus soldados, recostábanse estos con desgana en la boca de los chopos, arracimábase la gente en derredor del secretario de la Jefatura, y en voz atronadora leía este el telegrama. Terminaba el secretario, y se quemaba de orden superior una docena de cohetes. Luego salía el Jefe Civil hasta el medio de la calle, y poniéndose en el épico tono que debía, gritaba a pulmón pleno, coreado por la turba de hombres y muchachos:
-¡Viva el Gran Partido Liberal!
-¡Vivaa!
-¡¡Viva el ejército vencedor en Tinaquillo!!
-¡¡Vivaaa!!
-¡¡¡Viva el General Guzmán Blanco!!!
-¡¡¡Vivaaaa!!!
—154→
¿Qué había sido de Felipe mientras tanto?
En una de las cargas al machete, de esas en que el soldado venezolano se distingue por su pujanza arrolladora, Felipe cayó herido mortalmente, hendida la cabeza de un sablazo y revolcándose en la sangre que de ella le manaba en abundante chorro. Los soldados que recorrían el campo después de la pelea, le encontraron moribundo, echado en la sabana boca arriba, esparrancadas las dos piernas y con los ojos ya vidriosos y entornados. Allí mismo le hicieron reconocer por un practicante del ejército, y después de colocarle en una parihuela, le llevaron corriendo al hospital, donde se le cosió la ancha herida y se le administró la primera curación. Desde entonces, la fiebre se apoderó de él y comenzó a delirar.
De su boca se escapaban, en manantial arrebatado, increpaciones tremebundas, rugidos espantables, lamentos de dolor supremo, palabras insultantes, y hasta blasfemias crispadoras —155→ que horrorizaban al nervioso sacerdote encargado de ayudar a bien morir a los que iban entregando el alma a Dios. Aquello era el arranque irrefrenable del más hondo sufrimiento, la manifestación incontenible de la amargura en silencio reprimida durante cinco meses, el inconsciente desahogo de un alma combatida por todo género de dudas, recelos y temores. Cuanto de malo para sí había supuesto en aquellas largas horas en que hacía centinela por la noche; cuanto cruelmente padeciera, después que resonaba el toque de queda en los tambores y cornetas del cuartel, con los recuerdos de su casa; cuanto llorara a solas, acurrucado en un rincón y reprimiendo los sollozos, en aquellas madrugadas henchidas de fatídicas visiones y misteriosos ruidos; todo salía ahora de su pecho, atropellándose a impulsos del delirio, como una protesta irremediable contra la torpe injusticia de los hombres. Y en su cabeza poblada de sospechas, en su alma ensombrecida por la duda, en su corazón llagado por el constante sufrimiento, los recuerdos de su hogar aumentaban su delirio, le agrandaban la impaciencia de la fiebre, le hacían revolcarse por la mugrienta estera, avasallado por la desesperación que consume y aniquila. El sacerdote le escuchaba con angustia, los soldados le miraban con piedad, los otros heridos trataban de aliviarle siquiera con palabras de consuelo, y el oficioso practicante, mozo listo y servicial de todas veras, le administraba los auxilios de la ciencia con entera decisión, como si Felipe le hubiese tocado con sus gritos en lo más hondo del alma.
—156→El sacerdote era un viejecito simpático y bueno como el pan, risueño de semblante, encorvado un si es no es y de blancura sonrosada. El curato del pueblo lo servía desde quince años atrás; tenía la cabeza como un copo de algodón, y sus cabellos resaltaban vivamente bajo el ala del redondo sombrero de tercio pelo negro; de los dientes no le quedaban ni raigones al relés de las encías; los vivarachos ojos, azules como cuentas, le llameaban al través de los brillantes espejuelos encajados en óvalos de oro; caminaba muy despacio y apoyado en un bastón de argentada empuñadura; fumaba tabaco a todas horas; tertuliaba por la noche, en la botica, con el médico del pueblo, los ricachones de más fama, el Jefe Civil de la parroquia, el sacristán y el boticario; usaba el balandrán desabrochado por delante, y aunque su nombre de pila era Leonardo, en el pueblo no le llamaban de otro modo que el padre Vasconcelos.
Vivaracho y suspicaz como ninguno, caritativo de verdad y generoso hasta rayar en temerario, desde el punto en que a Felipe le acometió el delirio, comprendió que en aquella alma sucedía algo extraño, y se propuso administrarle todo género de auxilios. Cuando Felipe volvió en sí, en el momento echó de ver el interés con que el padre Vasconcelos le atendía, le consolaba, le infundía fuerza y valor con su lenguaje bondadoso, le servía de solícito enfermero y se dolía del abandono en que le habían dejado. Felipe le contó la historia entera de su vida, le reveló sus penas, le abrió su corazón, y el buen viejo, desde entonces, le puso más cariño y se dolió todavía —157→ más de su ingratísima fortuna. Comprendió que era un sujeto de excelentes cualidades, un corazón de oro, un alma retemplada por la virtud austera, y le halló digno de su estimación. Para embobar el tiempo y distraerle de algún modo, solía hacerle preguntas acerca de las costumbres de Maraure, y charloteaban de seguido horas enteras. Al cabo de ocho días se trataban como dos viejos amigos; pero Felipe sabía darse cabal cuenta de su inferioridad, y lo que aquel sacerdote le inspiraba era veneración profunda.
Mejorándose hoy para recaer mañana, sintiendo un desasosiego horrible, soportando las curaciones sin quejarse del dolor que le causaban, combatido por los ardores calcinantes de la fiebre y sumido en un silencio impenetrable cuando el padre Vasconcelos no estaba por ahí, el pobre conuquero, durante quince días, luchó a brazo partido con la muerte. Tendido en un rincón, enflaquecido hasta contársele los huesos, envuelta la cabeza en un pañuelo de madrás, desencajado el rostro y con los ojos inmensamente hundidos, lo que pedía a Dios era salud para volver a trabajar, aunque de su heredad no quedase para entonces sino el sitio. No obstante que iba mejorando poco a poco, le parecía que el practicante le engañaba; las horas se le antojaban días, y cada nuevo sol que apuntaba en el Oriente era una nueva eternidad para su alma. Sólo cuando el padre Vasconcelos le obligaba a conversar, haciéndole preguntas respecto de su casa, Felipe cobraba animación, se distraía con los recuerdos que acudían de tropel a su memoria, casi casi veía en torno suyo a los —158→ seres que su alma idolatraba, sus ilusiones renacían como brotes de maíz recién plantado en los barbechos, la esperanza de recobrar pronto la salud le calmaba con su influencia bienhechora, y cuando el sacerdote se alejaba camino de la iglesia, quedaba más tranquilo, ofreciendo a la Virgen del Carmelo y al Santo Cristo de La Pascua numerosas promesas por su pronta mejoría, que lentamente iba pintando inequívocas señales.
Pero cuando más padecía era al principio de la noche, porque todo servía para evocarle, vivas como la misma realidad, las memorias de aquel rincón querido cuya tranquilidad no cambiaría él jamás por todos los encantos de la tierra. Los caminos, las veredas, el cequión, el rumiar del toro negro a la sombra del naranjo, la llegada de las vacas cuando brillaba el primer fulgor del día, las pláticas con su hija y su mujer a la puerta de la sala, en tanto que los tres desgranaban el maíz repantigados en el suelo en un petate; todo surgía poco a poco en el fondo de su imaginación, y al fin no podía menos que llorar para sentir algún alivio. Mientras que una que otra voz cantaba allá a lo lejos, al son del guitarrillo, esas coplas populares en que el llanero pone todo el sentimiento de su alma enamorada; mientras se oía distinto cada rato el alerta de los centinelas; mientras los demás heridos dormían profundamente, Felipe velaba en el silencio de la media noche, sin acordarse para nada de lo que había en torno suyo: -aquel cuarto ruinoso, descascarillado y lleno de telarañas negras; aquellos pobres hombres tendidos sobre esteras en que la sangre se había —159→ secado ya, cubiertos de hilas y adhesivo, fieramente acuchillados en la cara y en los hombros; aquella mancha de mortecina claridad que se metía por la puerta y que arrojaba el candil del corredor; aquel ruido de ratas que bajaban de los techos a llevarse las boronas que quedaban por el suelo, y alguna que otra vez, el tintineo de la culebra cascabel en los alrededores arrebujados en la sombra.
Al cabo de quince días la herida comenzó a cicatrizar, desapareció la fiebre, pudo pararse haciendo un gran esfuerzo, y aunque muy descaecido todavía por la dieta rigurosa que el practicante le impusiera, empezó a hacer pinicos, a caminar por los corredores paso a paso, a vagar por las calles con una lentitud que daba lástima. Del fornido y robusto corpachón no le quedaban sino huesos envueltos en la piel; su amarillez parecía dada con jenjibre; los ojos, antes vivos, ahora tristes y circundados de lívidas ojeras, se le perdían en lo profundo de las cuencas; los pómulos salientes, los carrillos harto hundidos, el pronunciado afilamiento de la mandíbula inferior, le daban un aspecto de cadáver; las canas se le habían multiplicado en la cabeza, y la sonrisa había huido de sus labios. Su flacura quijotesca, la intensidad de su mirada, la expresión entristecida de su rostro, el silencio en que vivía y la pesada lentitud con que iba recorriendo el empedrado de las calles, le hacían aparecer como un fantasma. Había veces que se paraba en una esquina, y se quedaba horas enteras contemplando el horizonte, inmóvil, cejijunto, distraído.
—160→El primer día que salió se fue a la iglesia derechito, penetró en ella temblando de emoción, tomó agua bendita de una de las pilas empotradas en el muro, avanzó hasta el presbiterio, y arrodillándose trabajosamente ante el comulgatorio, puso a un lado el enorme jipijapa, juntó las manos con religiosa unción y comenzó a rezar. Del fondo de su alma, henchida con los fulgores de la fe, salía, para remontarse al cielo como fragante mirra, la acción de gracias a la Virgen por haberle devuelto la salud. Al terminar, besó el suelo varias veces.
De allí en adelante la mejoría se fue acentuando en él por manera halagadora. Recuperaba las fuerzas a la posta, la sangre tornaba a sonrosar la palidez de su semblante, le volvía la agilidad a los brazos y las piernas, y por lo mismo, y porque la guerra parecía haber terminado definitivamente, no pensaba en otra cosa que en pedir la licencia necesaria para emprender el camino de su pueblo.
—161→
Una mañana se presentó en el hospital una mujer cuyo pergeño parecía de cocinera, preguntando por Felipe. En el acto salió este, y la mujer le dijo:
-¿Es usté el señó Felipe?
-El mismo... ¿Qué quería?
-Mucho gusto en conocerlo, y pa servirle a usté... Que le manda decir el señó cura que le haga el servicio de ir allá.
-¿El padre Vasconcelos?
-Sí, señó.
Felipe dejó a un lado a la mujer, y tomó inmediatamente la dirección de la casa parroquial. Receloso como vivía con todo, aquello no dejaba de extrañarle. ¿Para qué le quería el señor cura tan temprano? En un momento se le llenó la imaginación enfermiza de aludas y negras mariposas, y cuando tocó en la puerta del zaguán con los nudillos de los dedos, sentía dentro de sí la más desagradable sensación.
El sacerdote abrió la puerta, le saludó con gran cariño, palmoteándole en el hombro, y —162→ le soltó esto a quemarropa del modo más cordial:
-¡Sargento Felipe, albricias!
Al pobre hombre le volvió el alma al cuerpo con aquella recepción tan halagüeña, y siguiendo al sacerdote, entró a la sala. La cual era pequeña, un poco sucia, telarañosa en los rincones, con pavimento de ladrillos, cielo raso de coleta, rinconeras de caoba muy labradas y cornisas de la misma edad del siglo. En un rincón había un butaque de vaqueta muy lustrosa, con tachuelas amarillas que parecían de oro por el constante y largo uso; en otro un pequeño escaparate, montado sobre la mesa de escribir, donde tres o cuatro libros harto viejos dormían a sus anchas el reverendo sueño del olvido; en otro una banqueta, en la cual se veía despatarrado, enseñando sus caracteres góticos y su papel amarillento, un breviario de singulares dimensiones. El cura estaba en bata, con chinelas de terciopelo negro, gorro de la misma tela con bellota de hilo de oro, alzacuello azul celeste bordado en mostacilla, y pantalones color de ala de mosca que a la legua se dejaban adivinar por lo raídos los cinco años que tenían de servicio continuado en la parroquia. La sala olía a tabaco, y el balandrán guindaba del ropero haciendo visos con el sol, que se metía por la ventana muy orondo y muy risueño, trayendo una caricia de la espléndida mañana.
-Con que, sargento Felipe, vaya usted preparando las albricias -volvió a decirle el padre Vasconcelos con la mayor jovialidad, sobándose las manos y mirándole por encima de las enormes antiparras, que se le iban por —163→ la ternilla de la nariz abajo-. Siéntese, siéntese usted, amigo mío, y dispóngase a recibir un alegrón como una pascua.
Felipe le miraba con los ojos muy abiertos, sin atreverse a decir nada, ni tampoco a imaginarse lo que aquello podía significar.
-Pues es el caso, amigo mío -agregó el cura- que anoche ya bien tarde me entregaron una carta; que en el acto rasgué el sobre para leer el contenido... y que dentro me encontré con otra carta para usted, que de seguro viene de Maraure.
Los ojos de Felipe resplandecieron con alegría suprema.
-El señor cura y vicario de Valencia, que le supone a usted aquí con el ejército, me la recomienda mucho, y por eso le he llamado a usted tan de mañana.
Y el bondadoso viejecito, sacándose la carta del bolsillo, la puso en las manos de Felipe, que la cogió con avidez y se puso a darle vueltas, mirándola con ojos nublados por las lágrimas.
-Pero léala usted, hombre de Dios, y no se quede tan así, que de seguro ha de traerle noticias de su casa -se apresuró a decirle el padre Vasconcelos, observándole con gran curiosidad.
-Es que yo de leer no entiendo nada... Si su mercé me hiciera la caridá de leérmela ahora mismo, yo se lo agradecería de todo corazón.
-Por supuesto, amigo mío... Démela usted acá, que yo estoy a su servicio para eso y mucho más.
-Señor, Dios se lo pague.
—164→El padre Vasconcelos rasgó el sobre, desenvolvió la carta, subiose los anteojos a su puesto, arrellanose en el butaque y comenzó a leer. La carta era muy vieja y aparecía firmada por el cura de Maraure. Decía así:
«Mi muy querido amigo y piadoso feligrés:
»Comienzo por decirle, después de saludarle tan afectuosamente como lo he hecho siempre, que ignoro por completo el paradero de usted; pero como supongo que no debe se encontrarse muy lejos de Valencia, a juzgar por los telegramas del General Guzmán, los cuales van indicando claramente los movimientos del ejército, escribo a la capital de Carabobo a una persona de eficacia como el señor vicario, para que él me haga el favor de encaminar la presente a su destino.
»Después de haberlo meditado mucho, porque el asunto de esta carta merecía meditarse largamente, me resuelvo por último a escribirla, aunque bien sé que las noticias que contenga le sumirán a usted en el más profundo duelo; pero es mejor que usted las sepa de una vez, porque por el camino podría dárselas cualquiera, abultadas por un lado y a retazos por el otro, lo cual sería, a no dudarlo, más triste y doloroso para usted. Ármese, pues, del valor que ha menester en semejante trance; pídale a Dios resignación y no se desespere, porque todos los mortales, a riesgo de incurrir en la impiedad, debemos con formarnos con los inescrutables designios del Altísimo».
El cura no pudo menos que interrumpirse en este punto, y descargando una fuerte —165→ puñada en el brazo del butaque, redobló en alta voz:
-¡Bien dicho, hombre, muy bien dicho!
Felipe, mientras tanto, se estremecía de miedo al ver venir la tempestad que presentía con verdadero espanto, y un sudor frío le manaba de la frente a gruesas gotas.
«A raíz de la salida de usted de este su pueblo, sobrevinieron en él y en sus contornos los mayores desatinos que nadie pueda imaginarse, a tal extremo, que la gente se escondía horrorizada. Numerosas partidas de uno y otro bando pasaron por aquí, poniendo empréstitos enormes, robándoselo todo, cometiendo atrocidades y sembrando el terror por dondequiera. Del conuco de usted cargaron con el toro, con las tres hermosas vacas, con los tiernos becerrillos, con el maíz y el papelón que había en el soberao, y con los diez sacos de café que estaban en la sala. Cuando le digo que arrearon hasta con las gallinas, ya podrá usted figurarse cómo sería el desorden. La pobre Gertrudis iba perdiendo el juicio aquella mañana pavorosa en que saquearon el conuco; y de cuál suerte sería la irrefrenable indignación que se apoderó de ella, que no obstante ser tan tímida, puso a aquellos desalmados como unos trapos sucios a fuerza de insultarlos. Sólo que a ellos no se les daba mayor cosa de la estupenda granizada, sino que antes bien, la celebraban con horribles desvergüenzas, salvajes carcajadas y porquerías de la más baja ralea».
-¡Y sin embargo -bramó el cura, interrumpiéndose de nuevo y cogiéndose el asunto para él -estos facinerosos, los unos y los otros, —166→ los de este y aquel bando, tienen la audacia y el cinismo de llamarse liberales!
Apretado el corazón, lívido de coraje y con los puños descansando en las rodillas, Felipe escuchaba todo aquello inmóvil y anhelante.
«Para seguir viviendo, y aun eso a rempujones, Gertrudis y Encarnación tuvieron que echar mano de cuanto su habilidad les sugirió en semejantes circunstancias; y haciendo hoy unos sombreros de cogollo, amasando mañana para la pulpería, vendiendo al otro día lo que iba quedando en el conuco, lograron sostenerse, a tira que te alcanzo, como Dios las ayudó».
-¡Pero pobrecitas, hombre, pobrecitas! -tornó a exclamar el padre Vasconcelos, realmente condolido.
«Nada de esto vale mucho, sin embargo, comparado con lo que después ha sucedido. Nuestro Señor Jesucristo ha querido poner la paciencia de usted a dura prueba, enviándole tal suma de dolores en sólo una partida. Porque ha de saber usted, mi amigo, que una noche, a eso de las doce y sin saberse por qué causa, de buenas a primeras se declaró un incendio en la cocina del conuco, la cual quedó en breve convertida en un montón informe de abrasados palitroques; que las llamas se trasmitieron en el acto a la casita, reduciéndola a cenizas y carbones con todo lo que había dentro de ella; y que las chispas cayeron enseguida sobre el cañaveral que había detrás, plantado por usted con tantos sacrificios, para abrasarlo también todo en un momento. Cuando Gertrudis despertó, fue en medio de las —167→ llamas, y salió despavorida, dando gritos, llena de horribles quemaduras y creyendo que Encarnación había muerto achicharrada, porque por más que la llamaba a grandes voces, ni la veía salir, ni de ella obtenía respuesta alguna. Al fin le contestó de la cocina, la cual ya iba a derrumbarse consumida por el fuego; pero es el caso que no podía salir de allí, a pesar de sus esfuerzos, porque alguien, que no se sabe quién, había amarrado las argollas de la puerta por de fuera; que Gertrudis trató de desatar el fuerte nudo, pero en vano; y que al fin Encarnación le pasó un cuchillo por la rendija que se abría en el dintel, cuchillo con el cual cortó el mecate. Ello es lo cierto que las dos mujeres se salvaron milagrosamente, y que aquella misma noche D. Jacinto Sandoval, que supo en el acto lo ocurrido y como a la media hora acudió con varios peones de su hacienda, se las llevó para su casa.
»Ahora bien, según dice la misma Encarnación, ella se fue a la cocina aquella noche, después que Gertrudis se acostó, a hacer un bebedizo de borraja y manzanilla, para ver si al tomarlo se aliviaba de una fortísima jaqueca que atrapó al mediodía, lavando en el cequión. El sueño la rindió, y se quedó dormida como un tronco, hasta que el ruido del incendio la hizo despertar. Despavorida corrió hacia la puerta; pero la encontró cerrada: tiró de ella con toda la fuerza de sus rollizos brazos, y no consiguió abrirla. En eso oyó que Gertrudis la llamaba a grandes voces desde afuera, y entonces fue cuando la atribulada madre, después de lo que atrás he referido, —168→ logró cortar el nudo que amarraba las argollas. Pero ¿quién pudo amarrarlas y por qué? Semejante acto indica muchas cosas a la vez, que nadie es capaz de precisar, y la causa del incendio permanece todavía en el misterio más profundo. No falta quien le tire a Matías la pedrada, y se funda quien tal hace en que Matías le propuso matrimonio a Encarnación más de una vez, sin que ella le contestara de otro modo que con desdeñosas burlas; y aun agregan por ahí que Encarnación procedía de tal manera inexplicable, dadas las excelentes condiciones de Matías, porque dizque tenía unos amores muy secretos con D. Jacinto Sandoval. Yo no afirmo ni tampoco niego nada, porque para adivino, Dios. Es más aún, se me figura que tales sutilezas no se inventan sino para mantener siempre encendidas las charlas callejeras, obligado pasatiempo de estos tan recónditos lugares, en donde el silencio aburre, las crónicas son raras y todo el mundo trata, por lo mismo, de divertirse con el prójimo.
»Sin embargo».
-¿Eeeeh? -refunfuñó entonces el padre Vasconcelos como si estuviese solo; y abstraído por completo en la lectura de la carta, y atorándose con algo de improviso, y olvidándose de que Felipe estaba allí, escuchando con doloroso anhelo la terrible relación de sus amargas desventuras, murmuró:
-Lo que es el peine, ha parecido; y lo que es la muchacha, se me figura que la hizo en toda forma.
Felipe no despegó los labios; pero en el temblor de ellos, en la nerviosa crispatura de sus —169→ manos, en lo desencajado y amarillo de su rostro, en la horrible expresión de su mirada, en todo se dejaba adivinar las impresiones de rabia y amargura que en tan supremo instante combatían su corazón.

«Sin embargo, hay quien afirme que aquella misma noche, muy temprano, Encarnación bajó al camino real, que se paró frente a la pulpería, que preguntó a no sé quién por D. Jacinto, que después habló con él en la boca del sendero que conduce hasta el conuco, y que D. Jacinto subió a este a eso de las doce. Una hora después fue cuando volvió a la hacienda con la alarma del incendio, y allí mismo salió acompañado de seis peones, que a poco regresaron trayendo a Gertrudis desmayada. Naturalmente, todo esto da mucho en qué pensar; y al agregarle el hecho de haber aparecido Encarnación encerrada en la cocina, se acentúan las sospechas referentes a sus amores con el señor de Sandoval. Además, usted bien sabe que D. Jacinto ha sido siempre un hombre asaz afortunado en esta clase de aventuras; y si a ello usted me junta la agravante circunstancia de que su hija Encarnación, a fuerza de sentirse tan feliz, ostenta hoy una hermosura que desde luego atrae las miradas de los hombres, y de que vive muy contenta, y de que el rico propietario le dispensa gran cariño y consideraciones tales que las otras mujeres de la hacienda no vuelven todavía de su asombro, tendremos que convenir forzosamente en que en esas hablillas callejeras de que antes me hago cargo, resalta un gran fondo de verdad. Mas con todo, y con mucho que falta por decir en este asunto sobremanera asendereado, y en resguardo conveniente de mi responsabilidad, repito a usted que yo no afirmo ni tampoco niego nada».
Al descansar en el final de este parágrafo el sacerdote miró al conuquero con fijeza por —171→ sobre los anteojos, y le preguntó con acento imperativo:
-¿Quién es el que le escribe esto a usted?... ¿Algún amigo suyo?
-A según dice el prencipio -le contestó Felipe con doloroso acento- creo que es el señor cura de Maraure.
-¡Pues aunque sea el señor cura de Maraure -exclamó el viejecito briosamente, descargando otra fuerte puñada en el brazo del butaque- es un canalla!... ¿Me oye usted?... ¡Un solemnísimo canalla, indigno de su sagrado ministerio!... ¡Cañafístola, mi amigo, con el señor cura de Maraure! ¡Valiosa joya la que gastan ustedes en su pueblo!
«Me falta ahora dar a usted la más triste las nuevas, y la que de seguro hará más mella en su afligido corazón, por lo cual debe echar mano de todo su valor para resistir el golpe. Se trata, amigo mío, de Gertrudis. Las distintas emociones que sufriera la noche del incendio, capaces todas ellas de abatir las energías más heroicas; la violentísima sorpresa que la sobrecogió al despertar en medio de aquel océano de fuego, que amenazaba devorarla con sus chirriadoras fauces; la insólita impresión que le produjo el gran rumor con que cayera el abrasado costillaje de la casa; el recuerdo constante de usted desde que se verificó el incendio, juntamente con la idea de lo que usted iba a sufrir al encontrar perdido su mediano bienestar; y por último, las enormes quemaduras que tenía en todo el cuerpo, enfermaron a aquella buena esposa y excelentísima mujer. La fiebre se apoderó de ella con insólita energía, y al fin, después de haberse —172→ confesado y recibido la santa Extremaunción, entregó su alma a Dios el veintiseis de mayo a las doce de la noche. Hoy reposa en el rincón derecho del cementerio de Maraure».
El sacerdote hizo una pausa, miró con honda lástima a Felipe y trató de infundirle algún consuelo. Con la cabeza doblada sobre el pecho, el pobre hombre lloraba como un niño.
«Réstame sólo, para acabar de cumplir este deber que me impone la amistad, decir a usted que el conuco se encuentra abandonado por completo, que el monte va creciendo a todo andar, y que si usted no vuelve pronto, lo que al fin encontrará será una selva asaz tupida y atestada de culebras. Encarnación está muy gorda, muy rosada y buenamoza; y por lo que a Matías se refiere, aunque la gente persiste en la creencia de que él fue el incendiario, ni hay manera de probárselo en la debida forma, ni tan siquiera indicios leves que lo hagan aparecer como culpable.
»Deseo que usted se encuentre en perfectísima salud; reciba en estas líneas mi más sentido pésame por la muerte de Gertrudis, y créame su amigo, su inútil servidor y afectuoso capellán -TELÉSFORO RALDÍRIZ».
Emocionado, silencioso, llena el alma de piedad y respetando el dolor del pobre hombre, el viejecito volvió a doblar la carta, la encajó dentro del sobre y se la entregó a Felipe, diciéndole en voz tierna y compasiva:
-Tome usted, amigo mío, y tenga resignación cristiana para que pueda soportar el peso de tanta desventura... Si usted me cree útil en algo, puede ocuparme con franqueza, porque estoy pronto a servirle.
—173→-Señor, Dios se lo pague -repuso el conuquero con voz estropajosa, oprimida la garganta y haciendo esfuerzos inauditos para no soltar de nuevo el llanto.
Enseguida se despidió del sacerdote, salió a la calle hecho un imbécil, dirigiose a las afueras del poblado, y allá, en la sabana solitaria, se sentó en una piedra a sollozar aquel dolor inmenso que sentía en el corazón.
[...]
-¡Infeliz hombre! -exclamó el cura cuando le vio salir-. Le han deshonrado la hija, se le ha muerto la mujer de pesadumbre y todo lo ha perdido en un momento... Y en resumidas cuentas, ¿por qué, vamos a ver? Por la patriotería soez, escandalosa y sin conciencia de este ilógico país; por principios que no valen dos pepinos, porque para que jamás se cumplan, mejor fuera que no los proclamaran con cierta avilantez que mueve a risa... Libertad, democracia, instituciones, garantías... ¡sí, hombre, mientras están abajo! Pero si agarran el poder veinticuatro horas, son capaces de reírse hasta de Dios... Quieren Patria, y fomentan el desorden; quieren libertad, y dan pábulo medroso a la tiranía del sable; quieren progreso, pero todo lo destruyen; quieren para la propiedad respeto, pero asaltan lo ajeno y se lo roban con el mayor cinismo quieren derechos, y no hacen otra cosa que alimentar día por día el predominio de la fuerza brutal y descarada, que es la de los guapos... No hay que darle vueltas: personalismo, personalismo, y nada más que personalismo, porque lo que es aquí, las ideas no tienen relación alguna con estas infames zalagardas de dos —174→ meses -monstruosas por lo hibridas- que hemos dado en la flor de llamar revoluciones... ¡Oh ambición desordenada de los pérfidos, oh crimen horrible de los desocupados, oh guerra civil eternamente lamentada y execrada por los hombres de corazón cristiano y de buena voluntad! ¡Maldita seas! ¡Maldita seas, sí, porque tú vives de odios que horrorizan, y todo lo profanas con la asquerosa baba de tus rencores implacables!
De repente el viejecito hizo silencio y se paró de firme en todo el medio de la sala, con las manos envainadas dentro de las faltriqueras, con la cabeza estirada hacia adelante, con los labios entreabiertos y mirando con recelo a la ventana.
Era que un oficial bajaba por la acera de la casa, golpeando mucho la metálica vaina del machete en los ladrillos.
—175→
Felipe pasó el día sin comer, lejos, del pueblo, solo con su amargura y afligido hasta la muerte. Abatimiento, dolor, indignación, tedio de la vida: he ahí las sensaciones que en su alma se iban sucediendo con cruel intensidad, para dejarla luego como descoyuntada.

Aquella misma tarde, antes del toque de oraciones, se personó en el cuartel, y pidió al —176→ General Julián Castro, que había quedado en Tinaquillo al frente de la mayor parte del ejército, la licencia para irse.
-Mi General -le dijo- ya usté ve que las razones no me faltan: por un lao, que estoy enfermo, y viviendo como vivo, no podré curarme nunca; por el otro, que la guerra ha terminao, y yo quiero volverme a mi conuco. Además, mi General, hoy recibí una carta en que me dicen que mi mujer ha muerto, que mi casa se quemó, que mi hija vive arrimada mientras llego, y que mis pocos intereses se han vuelto sal y agua. Póngase usté en mi caso, tenga compasión de todo eso, y hágame la caridá de darme ahora mismo la baja, pa ver si me voy por la mañana con las primeras luces de la aurora. Acuérdese, mi General, de que yo, aunque me sea feo el decirlo, me he portao como un hombre en la campaña, y que por tener vergüenza me han llenao de agujeros y canales. El ejército de mi tierra ya debe de haber llegao, y yo ando todavía por aquí sin hacer nada, viviendo como Dios quiere y aburrido hasta no poderse más.
La actitud de Felipe era humilde pero digna; su voz temblaba de emoción, y en su semblante se veía una sombra de tristeza abrumadora e infinita. Nada de ello pasó inadvertido para Castro, el cual, incorporándose en la hamaca en que se columpiaba perezosamente, llamó enseguida a un escribiente de la secretaría.
-¿Cómo se llama usted? -le preguntó al conuquero.
-Felipe Bobadilla.
-¿De dónde es?
—177→-Del pueblo de Maraure.
-¿Qué grado tiene en el ejército?
-El de sargento.
Castro se dirigió al escribiente.
-Extienda usted ahora mismo -le ordenó- un pasaporte con las indicaciones mencionadas, recomendando muy especialmente al sargento Bobadilla a las autoridades del tránsito, como valiente servidor de la causa liberal. Exprese usted que va enfermo a consecuencia de las heridas que ha recibido en la campaña.
Diez minutos después regresó el escribiente con el pliego, y Castro lo firmó.
-¿Qué necesita usted para su viaje? -volvió a preguntarle al conuquero.
-Mi General, no tengo ni un centavo.
Castro sacó dos morocotas del bolsillo del chaleco, y junto con el pasaporte se las entregó a Felipe, estrechándole la mano y diciéndole con cariñoso acento:
-Pues aquí tiene usted para los gastos del camino, y desde luego puede irse cuando quiera. Si le ocurre algún tropiezo por ahí, no tiene sino presentar el pliego que le doy... Y mire, tome esta carabina, que le regalo yo, para que se defienda de cualquier vagabundo que quiera atropellarle.
-Adiós, mi General, y Dios le pague a usté el servicio que me hace.
-Adiós, sargento -dijo Castro.
Y volvió a coger la hamaca.
Felipe abandonó el cuartel y se dirigió a la casa parroquial.
-Mi padre -dijo al cura- vengo a decirle adiós, porque me voy ahora mismo.
—178→El sacerdote abrió la boca con asombro, y exclamó todo asustado:
-Pero ¿cómo?... ¿De qué manera?...¿No ve usted que si le cogen le habrán de castigar severamente?
-No, señor, porque ya todo está arreglao... El General Castro me ha dao la licencia, y aguaite su mercé, aquí llevo el pasaporte.
-¡Caramba, pues ya eso es otra cosa!... Pero ¿se va usted ahora mismo, así tan de carrera?
-Sí, señor, porque me urge volver a mi casa cuanto antes... Écheme la bendición, y no se olvide de encomendar mi alma al cielo.
El sacerdote se descubrió acto continuo la cabeza, y exclamó:
-Dios lo bendiga y lo lleve felizmente hasta su casa.
Entonces Felipe abrió los brazos en señal de despedida, y aquellos dos hombres de generosa índole se estrecharon tiernamente el uno contra el otro.
Al llegar a la inmediata encrucijada, Felipe se volvió hacia la casa parroquial, enseñó el cielo con el índice de la derecha mano... y se perdió de vista.
-¡Adiós! -le dijo el padre Vasconcelos por lo bajo.
Y dos lágrimas cayeron de sus ojos.
—179→
Felipe recorrió la larguísima distancia que había hasta su pueblo, en sólo cuatro días. Ni los ardientes soles, ni las noches henchidas de peligros, ni el anómalo estado del país, armado todavía de todas armas, fueron parte a detenerle en la forzada ligereza con que iba. Para abreviar el tiempo, ganaba muchas veces por senderos excusados que se lo economizaban, aunque el terreno resultase por ellos más pendiente, más quebrado y más difícil de andar lo por lo mismo. Cuestas pedregosas, angostísimas veredas por entre recios matorrales, quebradas acrecidas por la lluvia, exuberantes plantaciones, vastos potreros henchidos de guinea, todo iba pasando ante su vista como un sueño. Caminó de día y de noche, sin entrar a las posadas sino para comprar un pan, un pedazo de queso y un frasco de aguardiente. Cuando tenía hambre, se sentaba en una piedra a la orilla del camino, se comía lo que llevaba en el morral, y luego bebía un trago; cuando le daba mucho sueño, se metía al corredor —180→ de alguna casa, acostábase en el suelo y descansaba un rato, para seguir luego la marcha con más brío.
Al fin llegó a Maraure, pero triste, sombrío, acoquinado por el más hondo sufrimiento. Por no comer sino boronas, por no dormir sino a retazos, por beber mucho aguardiente, había vuelto a enflaquecerse. Los carrillos se le hundían, los pómulos se le afilaban, su amarillez era cetrina, su mirada tenía la vaguedad de la locura. Aquel hombre se moría de pesadumbre.

Sería la una de la tarde cuando pisó, casi borracho, la calle principal. La gente corría a saludarle con cariño, y él se esforzaba por pagar de igual manera todo aquello, que no se le antojaba sino humillante compasión; pero apenas contestaba con brevísimas palabras, y seguía caminando.
Cuando llegó al silencioso cementerio, y preguntó al sepulturero por la tumba de Gertrudis, —181→ el miserable empleado, después de saludarle con muchísima sorpresa, contestó:
-Aquella es, la que está en el rincón.
Era una tumba humilde, un revoque de ladrillos en derredor del cual crecía el monte entrelazándose con fuerza, se arrastraban las sucias sabandijas y cantaban los grillos por la noche la canción de los difuntos. En la juntura de la cruz colocada en un extremo, resaltaba esta inscripción en un recorte de hojalata: Gertrudis Almenar de Bobadilla.
Felipe avanzó con paso firme, descubriose la cabeza, se estuvo largo rato delante de la tumba, y volvió a salir al cabo, taciturno, silencioso, inmensamente pálido. Su corazón era una úlcera.
Media hora después se detenía ante el tranquero del conuco, sin fuerzas para entrar, apretado el corazón, llena el alma de amargura. ¡Oh gran desolación! Lo que imperaba allí, pero con formidable imperio, era el silencio, la soledad, el abandono. Ni el trajín de las faenas, ni la presencia de su hija y su mujer, ni tan siquiera aquella casa levantada a tanta costa, aquel abrigo de su alma, aquel caliente nido de su amor: nada, nada. Al fin entró. Un tremendo escalofrío le circuló por todo el cuerpo, y los recuerdos le punzaron como espinas. Lo único que hablaba allí era el cequión, pero tan sólo para evocar los dulcísimos recuerdos de la felicidad perdida, que en la hora del infortunio hacían más cruel y abrumador el sufrimiento de Felipe. Las lagartijas corrían asombradas, el monte crecía con lujuria repugnante, el café se había caído y se pudría que daba lástima en el suelo, las —182→ culebras se rebullían con pereza bajo los agrios matorrales, el bochorno contribuía con sus vahos ardorosos a entristecer el alma, de cada fronda parecía que se escapaba la nota de un lamento, y en medio de aquella pavorosa soledad, de aquel silencio interrumpido cuando más por el ruido continuado del cequión, —183→ resaltaba el gran desastre, la inmensa mancha negra del incendio.

Turbios los ojos y el semblante demudado, Felipe se alejó de allí como a las cinco de la tarde. Luego se internó en uno de los frondosos cafetales -enantes limpios por la eficacia de su mano, ahora cubiertos y oprimidos por una vegetación salvaje y vigorosa- con el fin de que nadie le viese en la comarca. Enseguida se sentó sobre una piedra, y aguardó la llegada de la noche con el mayor anhelo. En sus ojos ardía una luz rojiza, una luz que revelaba algo siniestro, fatídico, medroso. Hubo un momento en que cogió la carabina, la examinó con calma, le cambió el fulminante, y volvió a ponerla a un lado. El sol se ocultaba en el ocaso en uno como océano de púrpura; los celajes parecían cendales trasparentes de escarlata; los perfiles de los montes se veían resaltar con energía en el azul de lo infinito. Mientras tanto, el crepúsculo, trémulo y doliente, parecía que cantaba, con sus voces gemebundas, algo así como un grandioso miserere.
Bien cerrada ya la noche, y cuando calculó que eran las ocho, se levantó como un fantasma de la piedra, se echó la carabina al hombro, fuese a campo traviesa hasta llegar a la linde del camino real, atisbó hacia arriba y hacia abajo, atravesó el camino con instantánea rapidez, salvó con ligereza el cercado fronterizo, y agazapándose cuanto le era dado, y yendo con cautela para no producir sobre las hojas ni el más ligero ruido, anduvo la arboleda de café que terminaba en la tapia que servía de lindero en ese lado —184→ a uno de los patios de la hacienda de D. Jacinto Sandoval.

Allí, detrás de la pared, se subió a un árbol, se puso en acecho, y esperó. En el trapiche, remisamente alumbrado por un farol de turbios vidrios, los jornaleros cantaban dulces coplas al son de la guitarra. De nuevo los recuerdos asaltaron a Felipe; el corazón se le apretó hasta dolerle con un dolor agudo, y dos lágrimas brotaron de sus párpados, dos lágrimas de rabia y de vergüenza.
De improviso, los ojos de Felipe se inyectaron.
Allá, en el extenso corredor iluminado, un hombre apareció.
¡Sí, era él, el pérfido, el infame, el desalmado, el robador de su honra, el autor de su desgracia!
Felipe se afirmó contra uno de los brazos del corpulento árbol, apoyó la carabina en una horqueta, echásela a la cara poseído del —185→ satánico furor de la venganza, tomó la puntería con precisión certera, y disparó.

El tiro retumbó con ronco estruendo en el silencio de la noche; la bala pegó en el corazón, y D. Jacinto cayó muerto.
[...]
Cuando Felipe, que se escapó corriendo como un gamo, llegó a su conuco, se detuvo unos instantes para respirar con fuerza. Enseguida se fue por un atajo, y comenzó a subir. —186→ ¿Hacia qué lado? Hacia el de la montaña. Subió, subió, subió, unas veces con pesada lentitud, otras como impulsado por el arranque de la desesperación, tambaleando por los desfiladeros guarnecidos de matas espinosas, agarrándose a ellas para trepar hasta la cumbre, desgarrándose las manos y ensangrentándose los pies.

A poco aparecía allá sobre la cresta de un medroso precipicio cuya altura desvanece, en cuyos bordes erizados no se encuentra ni la —187→ huella que imprime la pezuña de las cabras montaraces, y en cuya contemplación el alma siente el escalofrío del pasmo. La falda abrupta y pedregosa cae a plomo en el abismo; de ella se desprenden con frecuencia, arrastradas por las lluvias torrenciales, enormes rocas que retumban en el fondo con el estrépito del trueno; abajo corre el río, desheredado de la luz, rompiendo sus cristales contra peñascos revestidos de verde terciopelo; arriba, sobre la calva cima erizada de zarzales infecundos, desenrosca la serpiente sus anillos, la iguana ostenta sus bellísimos colores y se arrastra la venenosa escolopendra.
La luna ardía serena en la mitad del estrellado firmamento, y al favor de sus destellos, Felipe llegó arriba jadeante y sudoroso. Miró hacia abajo, y allá, en todo el centro del conuco, le pareció observar la mancha negra, negra como las penas de su alma. Entonces levantó la vista al cielo, arrimose al precipicio con la faz desencajada, se santiguó tres veces, hizo una mueca horriblemente dolorosa, abrió los brazos con desesperación... y se lanzó a lo profundo del abismo.
La cabeza golpeó contra las rocas, y se volvió pedazos.
