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Frecuentemente en el transcurso de este trabajo, nos hemos de encontrar con las distintas denominaciones que llevan los actos municipales, y bueno será, para su debida inteligencia, aclarar el significado de ellas.
Notamos en la vida municipal de Teruel la existencia de dos distintas clases de reuniones: el Consejo y el Concejo. El primero, que podía ser público y privado (este último llamado Consejo de oficiales) lo componen solo los oficiales: juez, alcaldes, regidores, procuradores, jurados y juristas asesores. Cuando el Consejo es público, los ciudadanos, convocados a son de campana, asisten a las deliberaciones, pero no toman parte en ellas.
Al Concejo pertenecen no sólo los oficiales arriba enumerados sino que también los ciudadanos, eclesiásticos, hidalgos y vecinos. A Concejo se citaba a son de trompeta (anyafil) o por pregón (pública crida), que se hacía en la Plaza y en la torre de Santa María.
Los Consejos se celebraban comúnmente en la Sala de las Casas de la Ciudad; los Concejos no; si hacía mal tiempo se celebraban en el claustro (la claustra) de la mencionada iglesia, y si el tiempo era bueno en el pórtico (portegado), ocupando el Consejo (juez, alcaldes, reidores...) el lugar bajo la portada, a la manera de estrado y colocándose el pueblo por la plaza de Santa María. Por excepción suele reunirse el Concejo en la Sala del Consejo; pero en las reuniones relativas a la Inquisición lo hace de una manera constante para deliberar siempre sobre terreno de su indiscutible jurisdicción.
Estas noticias pueden comprobarse en cualquiera de los libros de acuerdos de la espléndida colección qae de ellos hemos formado en el Archivo municipal y que con ligerísimas lagunas se extiende desde los finales del siglo XIV hasta nuestros días.
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Esta carta sin duda debía ser del Inquisidor a los alcaldes, dándoles noticia de su llegada, y certificando la personalidad del Chauz y de Calcena como tales notario y alguacil de la Inquisición.
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I-A-3.
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Es curioso el cuidado que en estos primeros actos ponen los inquisidores en ocultarnos el nombre de este abat; otras veces le llaman capellan, y que era, según se ve en documentos posteriores (VI-C-II), el bachiller en decretos Juan de Alaves, canónigo y vicario de Santa María de Teruel.
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Calcena cometió entonces la inhabilidad de manifestar que todos venían de Zaragoza, donde habían deshecho los cadafalses y que no hacían la Inquisición allí por ciertas causas (albolotes, bajo una tachadura). Mas tarde el notario no tuvo inconveniente en negar que hubiese dicho tales palabras.
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La página del documento donde el escribano reseña minuciosamente esta sesión está llena de borrones, enmiendas, tachaduras, encubriendo con las frases de palabras ásperas, deshonestas o desordernadas, las cuales no podíe bien percebir, el indudable sentido de las que el irascible notario pronunció.
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La cibera, dice el documento, o sea la parte de trigo que pasa por la tolva al molino.
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