Elogio del Inca a Roma: súmmum de imperio civilizado
Luis Palacios
«Garcilaso Inca llama a Cuzco la Nueva Roma y coloreaba de romanismo su historia de América1».
La ciudad de Córdoba custodia en el corazón mismo de su mezquita catedral la esencia del mestizaje más universal: restos del polvo y cenizas del Inca Garcilaso de la Vega, paradigma de la mezcla intercultural, prosista y cronista de Indias.
Así lo reconoce la propia UNESCO, que festeja con honores la defunción del Inca, como máxima consideración a su pluma humanística y transfronteriza, cada 23 de abril; la Fiesta del Libro. Proclamada por la Conferencia General de la UNESCO en 1995, esta fecha simbólica de la literatura universal coincide con el fallecimiento de los escritores William Shakespeare, Miguel de Cervantes e Inca Garcilaso de la Vega. Este día rinde homenaje a los libros y a los autores y fomenta el acceso a la lectura para el mayor número posible de personas. Trascendiendo las fronteras físicas, el libro representa una de las invenciones más bellas para compartir ideas y pensamientos universales.
De la efeméride funeraria de estos tres grandes caballeros de pródigo tintero, Garcilaso de la Vega, el inca literato, guarda eterna relación con nuestra ciudad de Córdoba. Y por ello, consideramos la responsabilidad de profundizar en sus reconocidas obras y degustarlas como frutos maduros del más exquisito mestizaje entre España y América. De sus virtudes y cualidades literarias son las tituladas La Florida, Diálogos de Amor, Comentarios reales de los incas e Historia General del Perú. Todas ellas, bajo rúbrica de Garcilaso, el Inca. Todas ellas escritas y rescritas en la calle del Deán de la otrora capital de la Bética romana o la Omeya califal: Córdoba.
1. De un natural del Cusco, que fue otra Roma
Resulta innegable la transcendencia universal de la figura del Inca Garcilaso de la Vega, cuya impronta literaria debe ser considerada fiel reflejo de sus comportamientos y legado en vida.
Así se ejemplifican los últimos años de su existencia, dedicados a la meditación y a la filantropía. A su pasión ganadera equina, al abandono de las armas y a su entrega esmerada a la literatura y a la pluma; como bien reza en su escudo de armas; «Con la Espada y con la Pluma»
. Afanado en proyectar el humanismo ingerido por sus lecturas más preciadas, de Plutarco a Dante, Séneca o Petrarca. Y a obedecer la propia naturaleza de su ser, caritativo, mesurado y elegante en las formas, pero a la par, inquieto y ávido de conocimiento y raciocinio. La propia definición de sus escritos más célebres. Son estas, referencias descriptivas todas ellas que se contradicen con el halo del Garcilaso más reservado y cuidadoso. Cautivado por desentrañar sus orígenes, y sumido en una constante necesidad por satisfacer la silueta de su íntima personalidad. Esa búsqueda interior por definir su identidad, su espacio y lugar dentro de una estructura social donde siempre sería considerado un extraño en su propia hogar, de aquí y de allá, por su dualidad al ser hijo de padre español y madre inca: mestizo.
Un aspecto sintomático en la prosa del Inca son sus continuadas referencias al sentimiento patrio que lo une al Perú y, especialmente, a su ciudad natal del Cusco, cabeza del imperio inca. Un rosario de alabanzas mantenidas sobre la grandeza social y geopolítica del pueblo inca: el más extenso y de mayor evolución geo-social de cuantos se dieron entre los pueblos nativos de América.
Y es precisamente al profundizar exhaustivamente en el análisis comparativo de las diferentes obras literarias del Inca donde se aprecian las repetidas comparativas a Roma como culmen del concepto de civilización preclara, libre y docta al que aspirar replicar. Conexiones y alegatos con los que el descendiente de los últimos reyes del Perú, Garcilaso Inca de la Vega, pretende elevar y difundir la importancia del legado de su propio pueblo.
Un ejemplo de ello, se aprecia clara y pretenciosamente en el Proemio al lector de su obra Comentarios reales de 1609:
Aunque ha habido españoles curiosos que han escrito las repúblicas del Nuevo Mundo, como la de México y la del Perú y las de otros reinos de aquella gentilidad, no ha sido con la relación entera que de ellos se pudiera dar, que lo he notado particularmente en las cosas que del Perú he visto escritas, de las cuales, como natural de la ciudad del Cozco, que fue otra Roma en aquel Imperio, tengo más larga y clara noticia que la que hasta ahora los escritores han dado2.
Con la única pretensión de aportar luz y conciencia en España y el Viejo Mundo sobre lo que pudiera contarles de los incas, por testimonio de vista, un oriundo del Nuevo Mundo, natural del Cusco, el Inca Garcilaso aborda la plenitud de su obra con innumerables referencias al excelso modelo romano, con especial atención e intención en Comentarios reales. Garcilaso, huérfano de patria, dedica el prólogo de Historia General del Perú, obra póstuma y continuación de Comentarios reales en 1616, a sus parientes:
A los indios, mestizos y criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo Imperio del Perú. El inca Garcilaso de la Vega; su hermano, compatriota y paisano. Salud y Felicidad3.
Y, acto seguido, justifica su intencionalidad:
Por tres razones, entre otras, señores y hermanos míos, escribí la primera y escribo la segunda parte de los Comentarios Reales de esos reinos del Perú. La primera, por dar a conocer al universo nuestra patria, gente y nación [...]. Y de camino es bien que entienda el mundo Viejo y político, que el Nuevo no lo es ni ha sido sino por falta de cultura. De la suerte que antiguamente los griegos y romanos, por ser la nata y flor del saber y poder, a las demás regiones en comparación suya llamaban bárbaros, entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natural, mas por faltarle lo artificial, pues luego, con el arte, dió naturaleza muestras heroicas de ingenio en letras, de ánimo en armas, y en ambas cosas hizo raya entonces en el Imperio romano, con los sabios Sénecas de Córdoba, flor de saber y caballería, y con los augustísimos Trajanos y Teodosios de Italia4.
En este punto, debemos incidir en el contexto social en el que se desarrolla la obra del Inca. Y en lo particular, cuando trata de los Comentarios reales de su pueblo inca y fundamenta su glorioso e imponente legado. Garcilaso habita en la Córdoba de principios del Seiscientos que aún rezuma a intenso perfume califal. Ciudad rebosante del humanismo neoplatónico, la grandilocuencia renacentista y la inmensidad de los relatos de Indias. Entre todo ese aura de intelectualidad y civismo milenario, apuntalado por Maimonides y Averroes, Garcilaso se inspira en la capital de la Bética y en la inmensidad y hegemonía que le otorgaba a la Corduba de Claudio Marcelo ser parte del Imperio Romano.
Cuanto menos, resulta significativo que el Inca Garcilaso, vecino de la imponente mezquita de Córdoba en la collación de Santa María, se inspire en el concepto de Roma como modelo de civilización férrea y homogénea para equiparar y calibrar las grandezas del mayor y más notable imperio andino.
El Inca Manco Cápac fue el fundador de la ciudad del Cozco, la cual los españoles honraron con renombre largo y honroso, sin quitarle su propio nombre: dijeron la Gran Ciudad del Cozco, cabeza de los reinos y provincias del Perú. [...] Porque el Cozco, en su Imperio, fue otra Roma en el suyo, y así se puede cotejar la una con la otra porque se asemejan en las cosas más generosas que tuvieron. La primera y principal, en haber sido fundadas por sus primeros Reyes. La segunda, en las muchas y diversas naciones que conquistaron y sujetaron a su Imperio. La tercera, en las leyes tantas y tan buenas y llanísimas que ordenaron para el gobierno de sus repúblicas. La cuarta, en los varones tantos y tan excelentes que engendraron y con su buena doctrina urbana y militar criaron. En los cuales Roma hizo ventaja al Cozco, no por haberlos criado mejores, sino por haber sido más venturosa en haber alcanzado letras y eternizado con ellas a sus hijos, que los tuvo no menos ilustres por las ciencias que excelentes por las armas5.
La deducción de Roma como modelo cívico para Garcilaso se observa en la abundante lectura clásica de su bien nutrida biblioteca y se aleja con rotundidad de la realidad social y etnográfica de la Córdoba de 1600. Obras como Problemata y Retórica de Aristóteles formaban parte de sus muy escogidos libros. Del mismo modo y en gran número, las lecturas privadas del Inca son en italiano. Autores como Petrarca, Boccaccio o Dante. Virgilio, César u Ovidio. Hasta doscientos títulos conformaban la biblioteca del Inca Garcilaso a 5 de mayo de 1616. Entre los más notables, las Tragedias de Séneca o las Vidas Paralelas de Plutarco.
De la Corduba de Claudio Marcelo brotaron para mayor gloria del basto Imperio Romano los dos Sénecas, padre e hijo. Y el poeta Lucano. Como en la mejor época del califato, Roma gobernó en Córdoba también por varias centurias. Y su legado aún permanece visible en forma de monumentales restos urbanos. Tal paso del tiempo dejó testimonio tanto en lo arquitectónico como en lo humano. No solo en Córdoba, sino en todo el mundo conocido en la antigüedad. Y es por lo que el Inca se vale de la hegemonía y grandeza de Roma, de la eternidad del legado romano que Garcilaso ingiere a base de literatura y experiencia vital. Para el Inca, la grandeza de Roma transciende de la propia Ciudad. Roma representa en el Viejo Mundo un concepto heterogéneo de consistencia y prestigio en el buen gobierno. Roma es su lengua, sus leyes y derecho, su moneda, sus ciudades y monumentos, sus vías, su poderoso ejército. Sus ciudadanos y libertos. Su religión e idolatría:
Los indios, convencidos por las razones del Inca, y mucho más con los beneficios que les había hecho, y desengañados con su propia vista, recibieron al Sol por su Dios, solo, sin compañía de padre ni hermano. A sus Reyes tuvieron por hijos del Sol, porque creyeron simplicísimamente que aquel hombre y aquella mujer, que tanto habían hecho por ellos, eran hijos suyos venidos del cielo. Y así entonces los adoraron por divinos, y después a todos sus descendientes, con mucha mayor veneración interior y exterior que los gentiles antiguos, griegos y romanos, adoraron a Júpiter, Venus y Marte6.
Este nombre Raymi suena tanto como Pascua o fiesta solemne. Entre cuatro fiestas que solemnizaban los Reyes Incas en la ciudad del Cozco, que fue otra Roma, la solemnísima era la que hacían al Sol por el mes de junio, que llamaban Intip Raymi, que quiere decir la Pascua solemne del Sol; celebrábanla pasado el solsticio de junio7.
Ese concepto de Ciudad, como representación máxima de unidad cultural heterogénea de las costumbres y tradiciones de un mismo pueblo, se ejemplifica perfectamente en la definición de Roma y Cusco. Pues la sola mención de sus nombres evoca la grandeza de los imperios que dominaron. Y, a su vez, de cómo la rica multiculturalidad de su inmensidad se concentraba en un único y mismo espacio. Ya sea en Roma ya sea en Cusco. La Ciudad como un orbe que representa a todo un imperio. A todo un pueblo:
Una ciudad es el signo máximo de una cultura. Y no hay gran cultura que no esté simbolizada y dirigida por una gran ciudad. A cada «imperio» histórico corresponde una. Mas, la grandeza suprema de una ciudad es la que no corresponde a ningún Imperio, a ningún poder, sino que resulta de ser el órgano de la cultura misma; el substrato de una civilización8.
La cita anterior recoge perfectamente el concepto de Ciudad que consideramos fue pretensión en Garcilaso cuando equipara la Ciudad de Cusco a Roma. Entiende el Inca como legítimo en similitud el origen de ambas ciudades y su transcendencia y legado en la Historia.
La historia humana llega a serlo verdaderamente cuando ofrece algo que transciende de los acontecimientos, de los hechos por importantes que sean, cuando crea algo. Y crear no es lo mismo que producir, aunque en toda humana creación, subsista siempre un rastro o residuo de producción [...].
Lo que es solamente producto se extingue en un tiempo más o menos largo; lo que es creación perdura y, todavía más, es fuente de creación ilimitada [...].
La ciudad es lo más creador entre las estructuras de humana convivencia por serlo en sí misma, y por haber sido a su vez el lugar donde las creaciones del espíritu humano se han dado. [...] A guisa de ejemplo, se puede recordar todo lo que en el orden de las artes, incluido el arte de gobernar, dio al mundo la ciudad de Florencia, en la ciencia, en grandes hombres surgidos en ella o en sus contornos, como Dante, Leonardo, Botticelli, Miguel Ángel, Galileo, Maquiavelo, y el extraordinario, original gobernante que fue Lorenzo el Magnífico, para no citar sino a los más universalmente conocidos de sus hijos.
Una ciudad es también una arquitectura, un hablar, unas tradiciones religiosas y profanas, unas costumbres, un estilo y hasta una cocina: un orbe entero que lo contiene todo; un sistema de vida. Un lugar privilegiado, una luz que le es propia, un paisaje.
Y es también una ciudad un rumor que resuena por plazas y calles; unos silencios que se estabilizan en lugares de donde nada puede romperlos; un tono en las voces de sus habitantes y una especial cadencia en su hablar; una altura en los edificios y un modo de estar plantada en el lugar que le es propio. [...] Y así sucede igualmente con los monumentos, hay una plaza en Córdoba, ciudad horizontal si las hay, donde un crucifijo de piedra llamado «el Cristo de los faroles» se alza alta, absolutamente alta, hacia el cielo, lo que no puede ser atribuible a la modesta dimensión de ese sencillo monumento9.
Etimológicamente, la palabra ciudad (cittá) abarca dos conceptos fundamentales: uno material, arquitectónico y de desarrollo urbanístico. Otro espiritual y etéreo, proyectado como aquella comunidad de personas que comparten rasgos sociales y capacidad organizativa. Ambos son pronunciamientos inspirados en la polis griega y la urbe romana como señal indivisible de civilización avanzada y prospera: la ciudad del Cozco, que fue otra Roma.
En este contexto comparativo sucesivo, otro pasaje del capítulo XVII del libro II de los Comentarios reales equipara a reyes Incas con Augustos césares.
El nombre Cápac que quiere decir rico, no de hacienda, sino de todas las virtudes que un Rey bueno puede tener. Y no usaban de esta manera de hablar con otros, por grandes señores que fuesen, sino con sus Reyes, por no hacer común lo que aplicaban a sus Incas, que lo tenían por sacrilegio, y parece que semejan estos nombres al nombre Augusto, que los romanos dieron a Otaviano César por sus virtudes, que, díchoselo a otro que no sea Emperador o gran Rey, pierde toda la majestad que en sí tiene10.
Garcilaso comete la osadía de equiparar su ciudad natal de Cusco con otra Roma. Y lo hace en su obra cumbre: Comentarios reales de los incas, señores que fueron del Perú. Y en su continuación como Historia General del Perú. Dotar de ese punto comparativo, Roma, ampliamente aceptado como el súmmum de Imperio civilizado, aporta solemnidad y grandeza a los relatos sobre su pueblo, en pleno Renacimiento. Aquí, entendemos, radica la pretensión de Garcilaso; equiparar imperio inca con imperio romano. Resaltar las muchas similitudes que en la distancia espacial y temporal llevan al hombre docto y cabal, bien gobernado e intelectualmente avezado, a contraer una serie de pautas de conducta genéricamente compartidas. Ya sea en Cusco, ya sea en Roma.
Los indios del Perú comenzaron a tener alguna manera de república desde el tiempo del Inca Manco Cápac y del Rey Inca Roca, que fue uno de sus Reyes. Hasta entonces, en muchos siglos atrás, habían vívido en mucha torpeza y barbariedad, sin ninguna enseñanza de leyes ni otra alguna policía. Desde aquel tiempo criaron sus hijos con doctrina, comunicáronse unos con otros, hicieron de vestir para sí, no sólo con honestidad, mas también con algún atavío y ornato; cultivaron los campos con industria y en compañía unos de otros; dieron en tener jueces, hablaron cortesanamente, edificaron casas, así particulares como públicas y comunes; hicieron otras muchas cosas dignas de loor. Abrazaron muy de buena gana las leyes que sus Príncipes, enseñados con la lumbre natural, ordenaron, y las guardaron muy cumplidamente. [...] Porque, bien mirado, no es tanto de estimar lo que Numa Pompilio padeció y trabajó en hacer leyes para los romanos, y Solón para los atenienses y Licurgo para los lacedemonios, porque supieron letras y ciencias humanas, las cuales enseñan a trazar y componer leyes y costumbres buenas, que dejaron escritas para los hombres de sus tiempos y de los venideros. Pero es de grande admiración que estos indios, del todo desamparados de estos socorros y ayudas de costa, alcanzasen a fabricar de tal manera sus leyes11.
En cualquier caso, se trata de un elogio excelso y permanente que destaca la sabiduría y destrezas en el proceder de estos dos pueblos. Para Garcilaso, toda evocación comparativa entre Cusco y Roma implica unos valores esencialmente modélicos. Para mayor glosa del legado romano, el Inca se aferra a su colección de lecturas clásicas, al humanismo neoplatónico de su biblioteca, para argumentar su línea literaria y filosofía. Como base integradora de lo mejor del Nuevo y el Viejo Mundo, para el Inca, Cusco es igual a Roma.
En sus textos enfatiza en la importancia de preservar los ritos y tradiciones, tanto escritos como orales, por entender Garcilaso que la esencia de cada pueblo radica en sus modos de vida y en que estos sean preservados:
Piensa que te envían a la Acaya, esto es, a la verdadera Grecia, a la Grecia pura, donde, según opinión general, nacieron la civilización, las letras y hasta la agricultura; que vas a gobernar ciudades, hombres libres en su sentido pleno, pues han mantenido sus derechos naturales por su ánimo, virtudes, amistades y finalmente por sanción de la religión [...]. Respeta la antigua gloria de esta nación y la ancianidad tan sagrada en las ciudades como venerable en los hombres; honra su antigüedad, sus famosos hechos y hasta las leyendas de su pasado. No intentes nada contra la dignidad, libertad y hasta vanidad de nadie. Recuerda constantemente que de ese país hemos sacado nuestro derecho, que no impusimos leyes a ese pueblo después de vencerlo, sino que él nos dio las suyas después de suplicárselo. Vas a Atenas, vas a mandar en Lacedemonia, y sería inhumano, cruel y hasta bárbaro quitarles el nombre y la sombra de libertad que les queda12.
No resulta difícil advertir la pretensión emérita del Inca de rendir tributo al más extenso y avanzado de los imperios de América. Próspero, admirado y temido hasta justo antes de la llegada de Colón. Y parece oportuno tal tributo ante sus iguales del Viejo Mundo, dado que, para el Inca, en el Nuevo Mundo la ciudad del Cozco, fue otra Roma.
Las referencias a la civilización griega y romana se convierten en símil habitual dentro de las obras de Garcilaso Inca de la Vega. Para el Inca, son ejemplos de la más alta solemnidad en la expansión y desarrollo cultural de un mismo pueblo. Desde la Traducción del indio de León Hebrero a La Florida del Inca. Desde Comentarios reales de los incas a Historia General del Perú. En todas ellas se percibe el humanismo ingerido por el Inca e interiorizado para ser interpretado como español y peruano. En tal dicotomía se sumerge Garcilaso hasta el último de sus días, ocurrido el 23 de abril de 1616. Insistiendo en la creencia de establecer un vínculo inquebrantable entre España y el Perú, entre Europa y América.
Para el Inca, su ciudad natal del Cusco fue otra Roma en América.
Roma evoca rectitud, equilibrio y buen proceder en el Inca. Un sentimiento de ejemplaridad clave en su búsqueda permanente de identidad cultural propia que se transmite cognitivamente entre sus más allegados. Su hijo, Diego de Vargas, adquiere un singular ejemplar de la biblioteca de Garcilaso, su padre. De entre los bienes del difunto Inca puestos a la venta en almoneda pública el 5 de mayo de 1616, apenas 10 días de fallecido Garcilaso, Diego de Vargas se adjudica el siguiente remate:
Rematose en Diego de Vargas los libros siguientes: Cayda de principes, las tres ordenes, historia de Etiopia, teatro de varios acaecimientos, historia de la tierra santa, orlando, historia de Roma. Todos siete en diez y seys reales13.
Toda conexión trazada con respecto de Cusco a Roma transciende como asociación pretendida de reconocimiento, destreza y nobleza. Por antigua y noble, fundada de los romanos en tiempo de Julio César, califica el Inca a Badajoz, cuna de la estirpe de su señor y padre y, por tanto, de su genética española. El término romano como comparativo superlativo de la excelencia y el honor que otorga al origen familiar castellano del Inca ser herederos del Imperio más imponente del Viejo Mundo. Así lo enuncia Garcilaso en Historia General del Perú, como preludio de un hermoso oratorio, a modo de epitafio griego, para rendir cumplido tributo a quien fuera corregidor del Cusco, entre 1554 y 1556.
ORACIÓN FÚNEBRE DE UN RELIGIOSO A LA MUERTE DE GARCILASO, MI SEÑOR.
En Badajoz, ciudad bien conocida en España por su antigüedad y nobleza, fundada de los romanos en tiempo de Julio César en la frontera de Portugal, de la parte de Extremadura; nació entre otros caballeros que le ayudaron ganar en Nuevo Mundo, Garcilaso de la Vega, de padres nobilísimos14.
De este modo concluimos este Elogio a Roma de un príncipe inca de múltiple identidad. Orgulloso de las proezas familiares de su genética noble y mestiza. Nacido en el Cusco, que fue otra Roma.
Bibliografía citada
- DE LA VEGA, G., La Florida del Inca, Lisboa 1605.
-
DE LA VEGA, G., Comentarios reales de los incas, Lisboa 1609.
- Proemio al Lector, 16.
- Libro VII, cap. VIII, 366-370.
- Libro II, cap. I, 68-70.
- Libro VI, cap. XX, 315-317.
- Libro II, cap. XVII, 104-105.
- Libro V, cap. XI, 238-240.
- De la Vega, G., Historia General del Perú, Córdoba 1617.
- Prólogo, 12-18.
- Libro VIII, cap. XII, 738-754.
- ZAMBRANO, M. «Una ciudad: París», Lyceum 27 (1957), 13-17.
- ASENSIO, E., «Dos cartas desconocidas del Inca Garcilaso». Nueva Revista de Filología Hispánica 7 (1953), 583-593.
- ZAMBRANO, M., «La ciudad, creación histórica», Semana (1964), 4.
- PLINIO, Epístolas: Plin., Ep. VIII, 24.
- DE PAZ, A., «La Almoneda del Inca Garcilaso». Taberna Libraria (2019), 3-23.