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La habilidad simuladora de los indígenas no se desarrolla aquí como ocurre en los Comentarios reales, donde se les dedican varios capítulos: «[en los templos] pusieron muchas figuras de hombres y mujeres, y de aves del aire y del agua, y de animales bravos [...] todo de oro y plata, vaciado al natural en su figura y tamaño [...]. Contrahacían yerbas y plantas, de las que nacen por los muros, y las ponían por las paredes, que parecía haberse nacido en ellas» («La fábrica y ornamento de las casas reales»; Libro 6, cap. I; De la Vega, 2003: 368); «[...] contrahacían de oro y plata muchos árboles y otras matas menores, al natural, con sus hojas, flores y frutas [...]» («Contrahacían de oro y plata cuanto había para adornar las casas reales»; Libro 6, cap. II; De la Vega, 2003: 369); «También había animales chicos y grandes, contrahechos y vaciados de oro y plata [...]. Entre otras grandezas, tenían montones y rimeros de rajas de leña, contrahechos al natural, de oro y plata [...]» (De la Vega, 2003: 370).

 

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«Con ello se cerraba el círculo cultural y la serpiente se mordía la cola. Si Garcilaso llamaba a Cuzco la nueva Roma y coloreaba de romanismo su historia de América, los humanistas y glosadores de textos latinos invocaban los usos y costumbres del Nuevo Mundo para aclarar sus clásicos. Surgía la etnografía y el folklore comparado» (Asensio: 593)

 

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Este régimen afecta incluso a algunas de las fuentes del texto, como son las relaciones de Alonso de Carmona y de Juan Coles. Las citas que Garcilaso transcribe son reproducción de algo que no existe fuera del marco de la reproducción (para Baudrillard el simulacro se define como imagen sin referente, copia sin original). Algo parecido ocurre con la obra de Blas Valera en los Comentarios Reales. Para el caso de La Florida, Durand (1963) considera improbable que se trate de textos apócrifos; Miró Quesada (1971: 147), sin embargo, dejaba abierta la posibilidad de que la relación de Coles fuese una impostura por recurso al tópico del «manuscrito encontrado» y así lo recoge López Baralt (LXXII). Rabasa, sin embargo, plantea y elude la cuestión en un sentido análogo al que aquí propongo: «Whether Garcilaso invented his sources or whether they truly existed, all share the common trait of not being histories in the strict sense of term» (1994: 137). Garcilaso explícitamente dice que «no escribieron con intención de imprimir, a lo menos el Carmona» y lo repite más tarde (V/2, 7: 497).

 

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Otra vez conviene señalar, para integrar los diferentes aspectos del régimen de la reproducción que Garcilaso utiliza una metáfora «biológica» para referirse a la «autenticidad» de esos discursos («cosecha de la tierra»).

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