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Las palabras de la ondina-madre -«Yo lo recogí en mis brazos, porque me hallaba entre las aguas del arroyo junto al cual le asesinó tu inicuo padre»- nos retrotraen al capítulo XV, cuando el arroyo arrebata el cadáver de Arturo, propiciando la identificación ondina-arroyo. Llenando un vacío informativo, la reaparición del cadáver en la gruta, «fresca y húmeda, cubierta de algas marinas», se explicaría a partir de la proyección sobre lo maravilloso de un análisis lógico causal: la ondina-arroyo es la fuerza que traslada el cuerpo de Arturo a la gruta.

 

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Sebold, en el estudio preliminar a la edición de las Leyendas de Bécquer editadas por la editorial Crítica (Barcelona, 1994), afirma que, en El Artista, se encuentra algún cuento digno, «por su temática, ambientación y suceso sobrenatural, de ser una leyenda becqueriana, y lo que es más, realizado ya con técnicas prácticamente idénticas a las del gran sevillano». El mejor ejemplo de ello es, según Russell Sebold, «Beltrán» de José Augusto de Ochoa, muy inferior en calidad literaria a «Luisa».

 

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Gabriela Pozzi, en el artículo citado en la nota 2, señalaba como técnica usual en los cuentos de El Artista «la presentación implícita o explícita de varias versiones de los hechos»; el narrador, añadía, «enuncia dudas frente a la historia o refuta la acción sobrenatural con declaraciones y a veces datos de carácter racional». Al tratar de «Luisa» se limita a defender el modo fantástico del relato, según lo define Todorov, tras indicar que el «narrador inestable» manifiesta «sus dudas» al final del cuento, aunque a lo largo del relato «cita en varias ocasiones una crónica que contradice los acontecimientos sobrenaturales de la versión principal». Personalmente considero como «versión principal» la correspondiente a la «crónica», pues desde ella se pueden racionalizar y explicar verosímilmente, apoyándonos en las referencias a los sueños, los elementos sobrenaturales. Inexplicable error de lectura, si no se trata de una errata, es su afirmación de que el narrador se pronuncia, al final de texto, a favor de la crónica.

 

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El origen de la Ondina, ninfa de las aguas, se remonta a una leyenda medieval alemana, relacionada con el linaje de los Stauffenberg. Paracelso trata de ella en su obra Liber de nimphis, sylphis, pygmaeis et salamandris, et de caeteris spiritibus, presentándola como testimonio de que la rotura de la promesa de fidelidad a un ser sobrenatural produce la muerte del ser humano. En los primeros años del siglo XIX atrae a varios escritores alemanes, entre ellos Achim von Arnim, pero su popularidad se debe a la narración de F. de la Motte Fouqué, Undine (1811), que relata los amores de Ondina con el caballero Uldibrando, muerto por un beso de la ondina cuando éste quiere casarse con una joven. Ochoa debió conocer esta obra o su adaptación a una ópera de 1816, con libreto de Fouqué y Hoffmann, a cuya representación pudo asistir durante su estancia en París. El argumento de su relato, sin embargo, es independiente de esas obras. Años más tarde, Gertrudis Gómez Avellaneda retomaría esta figura en su narración La ondina del lago azul.