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¡Es un ángel!

Ceferino Suárez Bravo

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PERSONAJES

ACTORES

MATILDEDOÑA MATILDE DIEZ.
ELENA (su hija) DOÑA JOSEFA PALMA.
SERAFINA(ama de llaves)DOÑA GERÓNIMA LLORENTE.
DON FÉLIX DON JULIÁN ROMEA.
DON PEDRO (padre de Matilde) DON PEDRO LÓPEZ.
EL VIZCONDEDON FLORENCIO ROMEA.
UN CRIADOD. N.

La escena pasa en Madrid.

Acto primero

Habitación elegante con dos puertas laterales y una en el fondo.

Escena I

El VIZCONDE, SERAFINA.

SERAFINA.
Que usted porfíe es en vano.
VIZCONDE.
¿Por qué tal tenacidad?
SERAFINA.
¡Yo, a una niña de su edad!...
VIZCONDE.
Aspiro a obtener su mano,
que es muy recta mi intención...
5
SERAFINA.
¡Oh! no la pongo yo en duda...
pero su lengua no es muda;
mueva usted su corazón.
VIZCONDE.
¡Qué diablo! no sé por qué...
pero es tan seria mi prima;
10
que el hablarla me da grima
de mi amor... y ya se ve...
ella... con su aire inocente,
me da unas contestaciones...
SERAFINA.
No tema usted, ¡aprensiones!
15
VIZCONDE.
Yo, que soy tan elocuente,
me trabuco... y...
SERAFINA.
¿Qué sería
si usted la tuviese amor?
VIZCONDE.
¡Usted duda!...
SERAFINA.
Sí señor.
VIZCONDE.
Pero...
SERAFINA.
Es vana esa porfía.
20
VIZCONDE.
Sólo mi pasión violenta
me hace andar tras ella al trote.
SERAFINA.
¿A quién no mueve una dote
de seis mil duros de reina?
Y usted, que está algo atrasado...
25
VIZCONDE.
¡Atrasado! no en verdad.
Mi casa es de calidad...
soy noble...
SERAFINA.
Pero arruinado.
Y hoy día, bien sabe usté
que más papel, no es ultraje,
30
hace un plebeyo en carruaje,
que un señor vizconde a pie.
VIZCONDE.
Yo sostengo dignamente
de mi cuna la hidalguía,
vivo con economía,
35
sí, pero elegantemente.
De lujo no hago jactancia,
mas, cual puede usté advertir,
consulto para vestir
los figurines de Francia.
40
Si mi renta no me deja
ir en coche...
SERAFINA.
Usted tenía
una yegua...
VIZCONDE.
Sí, Athalía:
¡pobre! se ha muerto de vieja.
Desde entonces, no hay remedio...
45
SERAFINA.
Hace usté a pie el Amadís.
VIZCONDE.
Hay más: he estado en París.
SERAFINA.
¿Cuánto?
VIZCONDE.
¡Dos días y medio!
SERAFINA.
Conocerá usted muy mal
sus costumbres...
VIZCONDE.
No lo siento;
50
que las conozco aparento,
que para el caso es igual.
Ya ve usted que sin rebozo
puedo aspirar a la mano
de mi hermosa prima.
SERAFINA.
¡Es llano!
55
VIZCONDE.
Si llega a amarme, ¡qué gozo!
SERAFINA.
De usted el triunfo será.
VIZCONDE.
Sin embargo, yo recelo...
que otro haya echado el anzuelo
con más fortuna quizá.
60
SERAFINA.
Persiga usted bien la caza,
que no es en amor tan lego.
VIZCONDE.
Es que siempre que yo llego
ya está ocupada la plaza.
Es con la damas fatal
65
mi suerte: ¡alguna me ha dicho
que prefiriera al capricho
de amarme, echarse al canal!
SERAFINA.
¡Pobre Vizconde!
VIZCONDE.
Mi prima
es muy amable; eso sí.
70
Mas... temo que otro haya aquí
conquistado antes su estima.
Ese don Félix...
SERAFINA.
¿Tal vez
le ha vuelto a infundir sospecha?
VIZCONDE.
¿Y quién el temor desecha?...
75
SERAFINA.
Debe desecharle usted.
VIZCONDE.
¿No tiene en la casa entrada
a todas horas?
SERAFINA.
Verdad.
VIZCONDE.
¿No habla con intimidad
a mi prima?
SERAFINA.
Pues no hay nada.
80
Si de guardar el secreto
palabra formal me diera...
VIZCONDE.
¡Oh! con tal que yo supiera...
SERAFINA.
¿Promete usted?...
VIZCONDE.
Lo prometo.
SERAFINA.
Pues si tanto le interesa,
85
sepa que no es su primita
por quien don Félix palpita.
VIZCONDE.
¿Pues quién?
SERAFINA.
Es por la marquesa.
VIZCONDE.
¿Mi tía! ¿qué dice usted?...
SERAFINA.
La verdad, señor vizconde.
90
VIZCONDE.
Pero... ¿ella le corresponde?
SERAFINA.
Tres años de su viudez
no habían pasado, y los dos
ya se amaban tiernamente.
VIZCONDE.
Entonces ¿qué inconveniente?...
95
SERAFINA.
Lo diré, ¡oiga usted por Dios!
VIZCONDE.
¡Ella, que es tan susceptible!
SERAFINA.
Y no lo piensa usté en vano,
que ofreció al galán su mano.
VIZCONDE.
¿Y él?
SERAFINA.
Rehusó.
VIZCONDE.
¡Es imposible!
100
Un hombre sin posición,
sin fortuna...
SERAFINA.
Pues por eso:
de su orgullo en el exceso...
VIZCONDE.
¡Hay semejante aprensión!
¿Y después?
SERAFINA.
Tal fue el pesar
105
que esto causó a mi señora,
que enfermó: usted no lo ignora.
VIZCONDE.
¡Quién pudiera adivinar
que esa la causa sería!
Pero ¿y él?
SERAFINA.
¡Qué sentimiento!
110
No se apartó ni un momento
de su lado.
VIZCONDE.
¡Hay tal porfía!
SERAFINA.
La convalecencia fue
muy larga, y por completar
su curación, que marchar
115
tuvo a los baños.
VIZCONDE.
Lo sé.
SERAFINA.
De ellos anoche llegó,
del todo restablecida.
VIZCONDE.
¿Y qué causó la salida
de mi prima, a quien dejó
120
en el colegio encerrada
cuando se marchó de aquí?
SERAFINA.
Fue el general quien de allí
la sacó, pues acabada
era ya su educación.
125
Sabe usted cuánto cariño
profesa a su nieta: un niño
con ella, ¡y tan regañón
con los demás!
VIZCONDE.
Y después
de tal desaire, ¿ha podido
130
mi tía darle al olvido?
¿demuestra algún interés
por don Félix?
SERAFINA.
¿Por qué no?
¡más, que nunca!
VIZCONDE.
¡Está demente!
¿y el antiguo inconveniente?
135
SERAFINA.
Ese estorbo ya cesó.
VIZCONDE.
¿Pues?
SERAFINA.
Don Félix ha heredado
una cuantiosa fortuna
VIZCONDE.
Según eso, ya ninguna
causa el lazo suspirado
140
podrá impedir...
SERAFINA.
Ciertamente.
VIZCONDE.
¡Oh placer! ¡y yo creía
que a mi prima pretendía!
Pues ahora fácilmente,
siendo libre, conquistar
145
podré yo su corazón.
Mío será el galardón,
si usted me quiere ayudar.
SERAFINA.
¿Qué es lo que yo puedo hacer?
VIZCONDE.
Declárele usted la llama
150
que mi corazón inflama.
Si hablo yo, lo echo a perder...
¿Me da usted palabra?
SERAFINA.
Sí.
VIZCONDE.
Entonces ya no me arredro.
SERAFINA.
¡Chis! aquí viene don Pedro...
155

Escena II

Dichos: D. PEDRO por la derecha.

PEDRO.
¿Tan temprano por aquí?
VIZCONDE.
De la salud de mi tía
me vine a informar.
PEDRO.
Muy buena.
La han probado bien los baños:
su curación es completa.
160
Serafina, que en su cuarto
te está ya esperando Elena.
SERAFINA.
¿La señorita? allá voy.

(Sale)

VIZCONDE.
Mucho quiere usté a su nieta.
PEDRO.
Su prima de usté es un ángel,
165
Vizconde: Matilde y ella
se reparten mi cariño.
Cuando a curar sus dolencias
marchó a los baños mi hija,
asuntos de trascendencia
170
me impidieron alejarme
de la corte. Eran apenas
trascurridos los dos meses,
y de Matilde la ausencia
so me hacía ya insufrible.
175
Yo, acostumbrado a su tierna
solicitud, me encontraba
triste; entonces de mi nieta
me acordé; la soledad
insoportable me era;
180
la saqué de entre las manos
de su inflexible maestra
de colegio, y a mi pecho
restituyó su presencia
la antigua calma, la antigua
185
satisfacción que perdiera,
que ahora con la venida
de Matilde es ya completa.
VIZCONDE.

(Aparte.)

Si yo pudiera explorar
sus intenciones acerca
190
de mi prima... -Y sabe usted
que todo el mundo celebra
su talento, su donaire...
PEDRO.
¡Ya lo creo!
VIZCONDE.
¡Y su belleza!
PEDRO.
Eso, acá para internos,
195
la niña es como una perla;
y el perillán qué consiga
interesarla...
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Quién fuera
tan dichoso! -Ciertamente;
pocos serán los que puedan
200
aspirar a tanta dicha.
¡Su hermosura! ¡Su modestia!...
PEDRO.
Y no olvide usted su dote.
VIZCONDE.
¡Oh! ¡Quién de dote se acuerda!
PEDRO.
Sin embargo, una fortuna
205
de seis mil duros de renta,
sin contar con otro tanto
que a mi muerte...
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Santa Tecla!
PEDRO.
Le corresponde; no es cosa,
no, que despreciarse deba.
210
VIZCONDE.
¡Ca! no señor; al contrario...
Eso, agregado a las prendas
de que hablamos, el valor
de su posesión aumentan.-

(Aparte.)

¡Doce mil duros!
PEDRO.
Usted,
215
como joven, aún no aprecia...
VIZCONDE.
¡Oh! crea usted...

(Aparte.)

Es preciso
que yo la haga vizcondesa.
PEDRO.
Ya es la una; yo me voy

(Mirando el reloj.)

al senado; bien quisiera
220
escusarlo; mas hoy debo
prestar apoyo a un colega
que interpelará al gobierno.
¿Se queda usted?
VIZCONDE.
La marquesa,
aún estará descansando.
225
PEDRO.
Sabe usted lo que molesta
un viaje.
VIZCONDE.
Sí, me voy.
Vendré más tarde.
PEDRO.
Ahora empieza
la sesión; si presenciarla
quiere usted, abajo espera
230
mi carruaje.
VIZCONDE.

(Aparte.)

Procuremos,
porque al fin nos tendrá cuenta,
captarnos su amistad. -Bien;
acepto su amable oferta.
PEDRO.
Pues vamos.
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Doce mil duros!
235
¡mi causa el cielo proteja!

Escena III

ELENA, SERAFINA, por la izquierda.

ELENA.
Déjame en paz, Serafina:
¡siempre de mi primo hablando!
¿por ventura no le aprecio?
¿acaso no le he mostrado
240
que mi corazón no olvida
nunca aquellos tiernos años
que en infantiles recreos
entrambos juntos pasamos?
SERAFINA.
Es verdad, pero él desea
245
cariño mas acendrado;
menos tranquilo.
ELENA.
No entiendo...
SERAFINA.

(Aparte.)

¡Qué inocente!
ELENA.
¿Pues acaso
existe afecto más puro
que la amistad?... No lo alcanzo.
250
SERAFINA.
Yo sí; más tiene otro nombre
para el corazón más grato.
ELENA.
¿Otro nombre?
SERAFINA.
Sí.
ELENA.
¿Cuál es?
SERAFINA.
Debe usted adivinarlo.
Se llama...
ELENA.
¿Amor?
SERAFINA.
Eso mismo.
255
Parece no serle extraño
a usted ese nombre...
ELENA.
Tal vez.
Pero he oído pronunciarlo
con frecuencia: por instinto
lo adiviné.
SERAFINA.
Bien: ¿y acaso
260
sabe lo que significa
esa palabra?
ELENA.
Es en vano
la pregunta: yo no puedo
contestar.
SERAFINA.
¡Hola! veamos.
ELENA.
Mientras viví en el colegio,
265
muchas veces sin pensarlo
a algunas de mis amigas
oí pronunciar muy bajo
ese nombre. A comprender
su temor nunca he llegado.
270
SERAFINA.

(Aparte.)

¡Miren las colegialitas!
ELENA.
Pero yo, nunca hice caso;
te lo juro.
SERAFINA.
¿Y bien? después...
ELENA.
Después... no me atrevo...
SERAFINA.
Vamos.
ELENA.
Esto hace muy poco tiempo...
275
después de salir...
SERAFINA.
Ya caigo...
del colegio; siga usted...
ELENA.
Pues bien... Pero no hagas caso...
son visiones nada más...
SERAFINA.
Si usted se empeña en callarlo...
280
ELENA.
Ya te contaré otro día...
SERAFINA.
A gusto de usted. Extraño
que don Félix todavía
por aquí no haya llegado.
ELENA.
¿Don Félix? Suele venir
285
más tarde.
SERAFINA.
Es que hoy sin embargo,
debe de hallarse impaciente
por ver...

(Aparte.)

¡Pero iba a contárselo!
¡qué necia soy!
ELENA.
Vamos, di.
SERAFINA.
Será enterarla escusado...
290
de la amistad...
ELENA.
¿Que mamá
le profesa?
SERAFINA.
¡Y que une a entrambos!
ELENA.
Ya lo sé.
SERAFINA.
Pues por lo mismo,
decía que hoy más temprano
vendrá don Félix. Después
295
de una ausencia de medio año,
es natural que deseos
tengan de verse.
ELENA.
Eso es llano.
Y del afecto es muy digno
que mamá...
SERAFINA.

(Mirando por el fondo.)

Pero oigo pasos.
300
Don Félix.
ELENA.
¿Es él?
SERAFINA.
Yo bien
decía. Corro volando
a avisar a la señora.

(Aparte.)

No la pesará el recado.

(Vase.)

ELENA.
¡Yo no sé por qué palpita
305
mi corazón al mirarlo,
con tal violencia!

Escena IV

ELENA, D. FÉLIX, por el fondo.

FÉLIX.

(Recorriendo la habitación con la vista y sin ver a ELENA.)

¡No está!
ELENA.
Señor don Félix...
FÉLIX.
Perdón,
Elena, a mi distracción.
Aún no había visto... ¿Y mamá?
310
ELENA.
Pronto vendrá por aquí.
Tome usté asiento.
FÉLIX.

(Sentándose al lado de ELENA.)

Eso haré.

(Aparte.)

Mal mi impaciencia podré
contener. -Es para mí
el día de su regreso
315
día de felicidad.
ELENA.
Sé muy bien, que su amistad...
FÉLIX.
Es profunda; lo confieso.
Y jamás, Elena, olvido
que el martirio de su ausencia,
320
sólo la dulce presencia
de usted calmar ha podido.
¿La ama usted mucho?
ELENA.
Eso sí,
¿Quién de amarla dejaría?
que en sus brazos moriría
325
de gozo al verla creí.
Sin padre en edad temprana
halló en ella mi ventura
de una madre la ternura,
la indulgencia de una hermana.
330
De tierna conformidad
nos une el lazo profundo,
y ella tan solo en el mundo
basta a mi felicidad.
FÉLIX.
¿Ella tan solo?
ELENA.
¿Eso dije?
335
FÉLIX.
¿No hay en ese corazón
lugar para otra afección?
ELENA.
¿Por ventura esto le aflige?
FÉLIX.
No, fuera mucho pedir,
y a tal mi ambición no aspira,
340
del interés que me inspira
correspondencia exigir.
ELENA.
Crea usted no soy extraña
FÉLIX.
Pero pronto lograré
lo que ahora en vano sé
345
que imploro.
ELENA.

(Aparte.)

¡Cómo se engaña!
FÉLIX.
Dos meses hace no más
que conozco a usted, Elena,
y el afán que la enajena
ya he descubierto quizás.
350
Al lado de usted, constantes
mis ojos, han procurado
ver y al fin han encontrado
síntomas harto alarmantes.
Yo aunque joven, he corrido
355
el mundo, y en pocos años
de experiencia y desengaños
gran cosecha he recogido:
y usted en la edad felice
de las castas ilusiones
360
ocultar sus impresiones
aun no ha podido.
ELENA.

(Aparte.)

¡Qué dice!-
Yo, don Félix...

(Aparte.)

¡Qué rubor!
FÉLIX.
Más precio a mis ojos tiene
ese...

(Aparte.)

¡Y Matilde no viene!
365
ELENA.

(Con interés.)

Siga usted...
FÉLIX.
Noble candor,
que un donaire de sirena:
por eso, si tal deseo,
mejor que en un libro, leo
en esos ojos, Elena.
370
ELENA.
¿Y en ellos, qué lee usted?

(Aparte.)

¡Mal sofoco mi emoción!
FÉLIX.
Leo que ese corazón
ama por primera vez.
ELENA.
¡Cómo!
FÉLIX.
¿No es verdad?
ELENA.

(Aparte.)

¡Dios mío!-
375
Yo no lo sé.
FÉLIX.
¡Pues lo extraño!
¿no sabe usted si me engaño?
ELENA.
No...
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Pues me ha dejado frío!
¡posible es tanto candor!-
¿No siente usted?...
ELENA.
Siento sí,
380
que hay una inquietud aquí;
pero ignoro si es amor.
FÉLIX.
¿Y en el colegio tal vez
esa inquietud no ha sentido?
ELENA.
No.
FÉLIX.
¿Y después?
ELENA.
Después ha sido.
385
FÉLIX.
Voy a explicárselo a usted.
ELENA.

(Con viveza.)

No; yo nada saber quiero.
FÉLIX.
Pues si en ello insisto yo,
no es curiosidad, sino
un interés verdadero.
390
La inquietud que sin saber
cómo, de usted se apodera,
tal vez decir no pudiera
si es tormento o si es placer.
Es un vago sentimiento
395
muy difícil de explicar,
que hace unas veces llorar,
y otras reír de contento.
Es una inquietud que viene
sin sentir del corazón,
400
y en perpetua distracción
la mente absorbida tiene.
Llano cubierto de flores
o pendiente inaccesible;
mezcla extraña, incomprensible
405
de placeres y dolores.
Nunca la mente estará
de su esclavitud ajena.
ELENA.
¡Oh!
FÉLIX.
¿No es esto, bella Elena,
lo que usted sintiendo está?
410
¡Y Matilde!

(Aparte.)

ELENA.

(Aparte.)

¡Resistir
quién podrá su noble acento!-
Todo eso don Félix siento...
pero...
FÉLIX.
Voy a concluir.
y ese delirio sin nombre;
415
sepa usted al fin lo que siente,
¿no se presenta a su mente
bajo la forma de un hombre?
ELENA.
¡Oh!... ¡basta ya!
FÉLIX.
Ese rubor,
más que todo lo acredita;
420
y la inquietud que le agita...
ELENA.
¡Ah! calle usted...
FÉLIX.
Es amor,
ELENA.
No...
FÉLIX.
¿Y ese mortal será
digno de pasión tan fiel?
ELENA.

(Con entusiasmo.)

¡Oh! ¡sí! ninguno como él.
425

(Aparte.)

¡Dios mío! lo he dicho va.
FÉLIX.
¿Y su nombre?
ELENA.

(Con repentina confusión.)

Es mi secreto.
FÉLIX.
El momento es oportuno.
ELENA.
A usted... ¡menos que a ninguno!
FÉLIX.
Yo su voluntad respeto...
430
pero...
ELENA.
Alguien llega... ¡es mamá!
FÉLIX.
Si es tan honda la raíz...
ELENA.
¡Ah!
FÉLIX.
Yo la haré a usted feliz.
¡Ella es!

(Viendo a MATILDE y aparte.)

ELENA.

(Aparte.)

¿Si me amará?

Escena V

Dichos, MATILDE por la izquierda.

MATILDE.
Félix...
FÉLIX.

(Con viveza.)

¡Matilde!

(Reponiéndose.)

Señora
435

(Aparte.)

¡Qué hermosa!
MATILDE.

(Aparte.)

¡Mi corazón
late de gozo al mirarle!
FÉLIX.
Mucho mi contento es hoy;
pues después de tal ausencia,
que eterna juzgaba yo;
440
del placer de ver su rostro
gozando por fin estoy.
MATILDE.
Sabe usted que no es, don Félix,
ingrato mi corazón,
y que si es grande su dicha
445
no es mi alegría menor.
FÉLIX.
Elena con su presencia
mis pesares endulzó,
y a su lado para mí
corrió el tiempo mas veloz.
450
Somos muy amigos ya,
y espero que desde hoy
más crecerá nuestro afecto.
MATILDE.

(A ELENA.)

Pues conoces al señor
don Félix, querida Elena,
455
inútil contemplo yo
todo el afecto ensalzarte
que nos ha unido a los dos.
ELENA.
Mamá, don Félix no ignora...
FÉLIX.
Nada... y ventura mayor
460
no deseo que encontrarme

(A MATILDE con intención.)

algún día en posición
de hacer algo por su dicha.
MATILDE.

(Lo mismo a D. FÉLIX.)

Será pronto.
ELENA.

(Aparte.)

¡Óigale Dios!
MATILDE.
Y ¿qué tal, señor Pacheco,
465
por Madrid no hay variación
desde mi ausencia?
FÉLIX.
Ninguna.
MATILDE.
¡Cómo! seis meses ¡que horror!
vivir de una misma suerte
la sociedad comme il faut
470
de la corte!
FÉLIX.
A no ser que
cuente a usted las de rigor
que los diarios de París
nos importan.
MATILDE.
¿Puedo yo
hablar de otras? ¿Pues acaso
475
ignoro ¡líbreme Dios!
que en materias de buen gusto
no tenemos opinión
propia?
FÉLIX.
Y hacemos muy bien,
señora: ¿no es un favor
480
ahorrarnos el trabajo
de pensar en la invención
de la caprichosa moda?
¡Pensar nosotros! ¡qué horror!
¡si hacemos lo que otros piensan,
485
demos mil gracias a Dios!

(Inclinándose.)

Si ustedes me dan licencia...
MATILDE.
¿Nos deja usted?
FÉLIX.
Es razón
no importunar.

(A MATILDE en voz baja.)

Volveré:
procura estar sola.
MATILDE.

(Ídem a D. FÉLIX.)

Yo
490
te lo prometo.
FÉLIX.
A los pies
de ustedes...
MATILDE.
Pacheco...
ELENA.
Adiós.

(Sale D. FÉLIX por el fondo.)

Escena VI

MATILDE, ELENA.

MATILDE.
Pues solas nos han dejado,
ven a mi lado, hija mía:
¡este instante de alegría
495
cuánto tiempo he deseado!
Mi ausencia y mi enfermedad
rompieron nuestra cadena:
¡cuánto he padecido, Elena,
lejos de ti! ¿No es verdad
500
que tú también noche y día
lloraste de mí apartada,
y que nada pudo, nada
consolarte?
ELENA.

(Echándose en sus brazos.)

¡Oh, madre mía!
MATILDE.
No temas: desde hoy jamás
505
a alejarnos volveremos;
juntas siempre viviremos...

(Contemplando a su hija y besándola en la frente.)

¡Elena, qué hermosa estás!
ELENA.
Con eso no has de engañarme:
más lo estás tú...
MATILDE.
¡Aduladora!
510
¡tú debes tener ahora
muchas cosas que contarme!
ELENA.
¡Yo... mamá!
MATILDE.
No temas nada,
pues yo también te prometo
revelar cierto secreto...
515
¡pero has de ser reservada!
ELENA.
Esa duda injusta es:
cuenta con mi discreción...
MATILDE.
Sí; pero antes es razón
que hables tú...
ELENA.
No, no; después.
520
Con eso me animarás...
MATILDE.
¡Hola! veo que hay progreso...
ELENA.
Vaya; sí me dices eso,
ni una palabra sabrás.
MATILDE.
No hagas caso.
ELENA.
Es que supones...
525
MATILDE.
Pues para darte una prueba
de mi ternura, la nueva
que hoy colma mis ilusiones
voy a decirte, hija mía.
ELENA.
No sabes cuánto interés
530
tengo en saberlo...
MATILDE.
¿Y después?
ELENA.
¡Tener secretos podría
para ti!
MATILDE.

(Aparte.)

¡Qué ingenuidad!-
Sabe que he determinado
volver a tomar estado.
535
ELENA.
¡Qué me dices!
MATILDE.
¿No es verdad
que es mi proyecto el mejor?
ELENA.
Mi razón no le condena.
MATILDE.
Mas que la razón, Elena,
tiene en él parte el amor.
540
ELENA.
¿Cómo? ¿el amor?

(Aparte.)

¡También ella!
MATILDE.
Seis años de libertad;
viuda, rica y en la edad
para el placer la más bella;
la tirana sujeción
545
huyendo del ciego niño,
guardó entero su cariño
para ti mi corazón.
Do quiera me perseguía
de amantes turba importuna:
550
los unos por mi fortuna,
que es hoy prenda de valía:
los otros, y eran los más,
sólo por imitación;
mariposas de salón
555
que cual yo despreciarás.
A conservar decidida
mi libertad toda entera,
ya empezaba ¡qué quimera!
a creerme guarecida
560
de esa tirana pasión...
¡Delirios!
ELENA.

(Con interés.)

Prosigue.
MATILDE.
Fui
víctima cuando creí
más fuerte mi corazón.
Entre los que con afán
565
me asediaban noche y día,
un joven se distinguía
de airoso y noble ademán.
Su reserva me admiraba;
nunca una frase galante
570
me dirigió, ni de amante
el puesto solicitaba;
y sin embargo, do quier
que me llevara el deseo,
en la calle, en el paseo,
575
su grata presencia a ver
estaba ya acostumbrada,
y si encontrarla quería,
buscando hallaba la mía
siempre su triste mirada.
580
Al principio, ya se ve,
indiferente me era,
mas después de tal manera
a verle me acostumbré,
que en los sitios que frecuente
585
tras mí siempre le mostraban
ya mis ojos lo buscaban
casi involuntariamente.
ELENA.
¡Hola!
MATILDE.
¡Síntoma fatal!
ELENA.
Y si después no lo vías
590
como otras veres, volvías
a casa triste...
MATILDE.
¡Cabal!
¿pero cómo?...
ELENA.
Y fue creciendo
tu ansiedad; y cada día
el joven te parecía
595
más bello.
MATILDE.
¡Qué estás diciendo!
ELENA.
Ya no soy tan ignorante...
¡Y siempre que le mirabas
un gozo experimentabas!...
y subía a tu semblante,
600
sin sabor cómo el rubor;
su acento te estremecía;
en él pensabas de día,
y el sueño reparador
con su imagen te acosaba...
605
y si al verle, fuerte nudo
ligaba tu labio mudo,
¡tu corazón le llamaba!
MATILDE.

(Con creciente inquietud.)

¡Elena! hija mía, di,
¿alguna vez has sentido
610
lo que dices?
ELENA.

(Confusa.)

Yo he querido...
hablar tan solo de ti.
MATILDE.
Después de haberte escuchado
engañarme fuera error;
¡para pintar el amor
615
es preciso haber amado!
No temas nada, hija mía:
¡tú secretos para mí!
¿la confianza perdí
que te inspiraba algún día?
620
ELENA.
¡Oh! no.
MATILDE.
Sepa yo si el mal...
ELENA.
Cuando tú me hayas contado...
MATILDE.
No, Elena, que has alarmado
mi cariño maternal.
Tú amas a un joven, ¿no es cierto?
625
ELENA.
Yo decírtelo quería...
MATILDE.
Tal vez en ausencia mía,
te habrá alguno descubierto
su pasión...
ELENA.
No, te lo juro.
Yo le amé, sin que él mostrara...
630
MATILDE.
¿Y si acaso no te amara?
ELENA.
¡Moriría de seguro!
MATILDE.
¡Calla, Elena, por tu vida!
¿Y él sabe tu pasión, di?
ELENA.
A veces... creo que sí.
635
Pero otras...
MATILDE.
¡Hija querida!
dime ¿y le ves con frecuencia?
ELENA.
Con mucha...

(Aparte.)

En vano reprimo...
MATILDE.

(Aparte.)

Don Félix solo y su primo
han entrado aquí en mi ausencia.
640
Si será... -¿Con que le ves?...
ELENA.
Todos los días.
MATILDE.
¿En dónde?
ELENA.
Aquí.
MATILDE.
¿Tu primo el Vizconde?
ELENA.
No es ese.
MATILDE.
¿Con que no es?
ELENA.
Debieras ya conocerlo...
645
MATILDE.

(Acometida de una idea.)

(Aparte.)

¡Cielos!
ELENA.
Te he dicho bastante...
de aquí salió hace un instante...
Es...
MATILDE.

(Tapándola la boca, y con la mayor agitación.)

¡No, no quiero saberlo!...
ELENA.

(Asustada.)

¡Dios mío! ¡qué palidez!
MATILDE.
No... es nada...
ELENA.
¡Esa conmoción!...
650
MATILDE.

(Aparte.)

¡Calla y sufre, corazón!
ELENA.
Su nombre al saber tal vez...
MATILDE.
No... lo ignoro todavía...
fue un vapor... ¡Ya se pasó!...
ELENA.
¿No has adivinado?...
MATILDE.
No...
655
¿me has dicho acaso?...
ELENA.
Creía...
MATILDE.
Quien tu cariño enajena...
¿no es tu primo?...
ELENA.
No, mamá.
No es él...
MATILDE.

(Haciendo un esfuerzo sobre sí misma.)

Don Félix... quizá...

(Pausa.)

¡Don Félix!... ¿no es cierto, Elena?
660
Tú ¡pobre niña inocente!
¿acogiste con ardor
las protestas de su amor?
ELENA.
¡Oh! no le acuses... detente.
Yo le amo... no sé por qué.
665
MATILDE.
Y él, ¿no te ha dicho?...
ELENA.
Jamás.
MATILDE.

(Aparte.)

¡Oh! ¿será cierto? -Quizás,
Elena, mal me expliqué.
Te habrá pintado el amor
como tú lo has hecho antes,
670
con maneras insinuantes...
¡con acento... seductor!...
¡Callas! sí, y tú le escuchaste...
ELENA.
¡Me haces... un daño cruel!...
MATILDE.
¡Y en sus palabras... la hiel
675
de la pasión apuraste!...

(Aparte.)

¡Yo estoy loca!
ELENA.
Madre mía,
¿por qué tu rostro se altera?
¿qué tienes?
MATILDE.

(Aparte.)

Si lo supiera,
¡de vergüenza moriría!-
680
Ve, estar sola... necesito...
ELENA.
¡Ya me alejas de tu lado!
¡y sufres!
MATILDE.
Te has engañado...
que nada tengo... repito...
¿No ves... qué tranquila estoy?...
685
Vete... y la inquietud serena...
Yo te lo suplico... Elena...

(Después de una pausa.)

Te lo mando.
ELENA.
Ya... me voy...
Saber la causa quería...
tal dureza no merezco...
690

(Sin poder contener las lágrimas.)

Usted manda... yo obedezco...
MATILDE.

(Aparte.)

¡Ay! -¡Elena!...
ELENA.

(Volviéndose y echándose en sus brazos.)

¡Madre mía!

(Quedan un momento abrazadas: ELENA se desprende de los brazos de su madre, y se retira por el fondo.)

¡Adiós!

(Vase.)

Escena VII

MATILDE, sola, y con la mayor agitación.

MATILDE.
¡Por fin puedo ya
dar libre rienda al dolor,
al despecho y al furor
695
que en mi pecho hirviendo está!
¡No es una ilusión cruel!
¡soy engañada... vendida...
yo que le amaba, y la vida
gustosa diera por él!
700
¡Yo que al verle hace un instante
sentí un placer infinito,
y que apenas pude el grito
sofocar del pecho amante!
¿Y no he de vengarme? Si...
705
Yo haré... amante desleal,
que tú y la indigna rival...
Pero, ¿qué he dicho? ¡ay de mí!
¿No es mi hija? Ella es... ella
la que me robó su amor...
710
la que tal vez el traidor
habrá encontrado más bella...
más pura... más inocente...
Ella que en su pecho abrigo
dio a la pasión... ¡Mas qué digo!
715
¡madre sin piedad... detente!
Hartas sus desdichas son
sin que aumentes sus desvelos;
calla y sufre, aunque los celos
abrasen tu corazón.
720
¡Celos! ese mal terrible
a sufrir de hoy te prevén...
¡Tienes celos! ¿y de quién?
de tu hija; ¡esto es horrible!
Mas... ¿si acaso me he engañado?
725
¿Si Félix siempre rendido
causa involuntaria ha sido
que ese amor ha despertado?
Si en su cariño constante...
me guarda entera su fe,
730
¿qué haré, Dios mío, qué haré?
¡Dudarlo puedo un instante!
En uno y otro lugar
miro un abismo de horror,
¡y entre el deber y el amor
735
no puedo titubear!
Amante perjuro o fiel;
tal sacrificio me ordena
la felicidad de Elena...
debo renunciar a él.
740
¡Adiós, soñada ventura!
¡Con mis labios sin temblar,
yo misma debo apurar
la copa de la amargura!
Mas... ¿qué engañosa ilusión
745
fraguando estoy en mi mente?...
¿Será Félix inocente?
¡No, que es cierta su traición!
Este fatal pensamiento
vuelve a mi pecho la hiel...
750
UN CRIADO.

(Anunciando por el fondo.)

Don Félix Pacheco.
MATILDE.
¡Es él!
¡Oh Dios!

(Al criado que se retira.)

Que espere un momento.
¡Oh! ¡que mi llanto no vea?
¡Valor tendré suficiente;
que al ver serena mi frente
755
feliz el traidor me crea!
¡No se goce en mi aflicción!
llevemos con valentía
en el rostro la alegría...
¡la muerte en el corazón!
760
Pueril valor no me infundo...
fingir bien está en mi mano...
¡Oh! ¡no he frecuentado en vano
la sociedad del gran mundo!
Que venga ya sin demora...
765
fría... impasible seré...
y si quiero... hasta podré...
reír... ¡como lo hago ahora!
Tal vez el falso vendrá
a encarecer su constante
770
pasión...

(Tirando de la campanilla, al criado que se presenta.)

Que pase adelante...
Casi verle anhelo ya.

Escena VIII

MATILDE, sentada, D. FÉLIX.

FÉLIX.

(Entrando.)

¡Matilde!
MATILDE.
¡Oh amigo mío!
veo que es usted puntual,
tome usté asiento. ¿Y qué tal?
775
FÉLIX.

(Sentándose.)

Gracias.

(Aparte.)

me he quedado frío.
MATILDE.
Perdone usted si le he hecho
esperar; mil pequeñeces
nos obligan muchas veces...

(Aparte.)

¡Oh! ¡que muera de despecho!...
780
Y siento que haya tal vez
a otra causa atribuido
el haberle detenido
más tiempo...

(Viendo a DON FÉLIX que vuelve la cabeza y registra la habitación con la vista.)

¿Qué mira usted?
FÉLIX.

(En voz baja.)

¿Nos está alguno escuchando?
785
MATILDE.
No, don Félix...
FÉLIX.
Yo creí...
MATILDE.
Los dos estamos aquí
solos...
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Se estará burlando!
MATILDE.
Haberle ofendido temo...
FÉLIX.
Puedo engañarme tal vez,
790
pero...
MATILDE.
¿Qué?
FÉLIX.
¡La encuentro a usted
ceremoniosa en extremo!
MATILDE.
Que es mi deber, nadie ignora,
disculpas dar atenuantes...
FÉLIX.
¿Sí? Nos tratábamos antes
795
con más franqueza, señora.
MATILDE.
Tiene usted memoria fiel:
entonces, ¡sábelo Dios!
nos amábamos los dos,
mas ya pasó el tiempo aquel.
800
Todo la ausencia lo cura;
cuerdos fuimos en verdad,
porque al fin es la amistad
una afección más segura.
No nace y muere en un día;
805
del tiempo el curso resiste,
y entre nosotros existe
tan extraña simpatía,
que hasta en olvidar, no miento,
tan conformes hemos sido,
810
que a un tiempo hemos tenido
los dos igual pensamiento.
¡Y hay quien a jurar se atreve
la constancia en el amar!
Vaya, ¡empeño singular
815
en el siglo diez y nueve!
Y usted también lo juró...
y yo también lo juré...
y ahora salimos con que...
¡ríase usted como yo!...
820
FÉLIX.
Perdone usted mi egoísmo;
pero si reír pudiera,
¡risa a los labios pidiera
para reír de mí mismo!
De mí, que con ciego error
825
hasta aquí me había creído
un campeón aguerrido
en los combates de amor;
y al mirarme ya venciendo
en tan peligrosa lid,
830
soy víctima de un ardid
cuyo objeto aún no comprendo.
De mí, que en amante anhelo
coloqué a un ser ideal
en un alto pedestal...
835
y ahora le miro en el suelo.
De mí, a quien mostró su error
la que engendró sus engaños...
¡de mí, en fin, que a los treinta años
aun creía en el amor!
840
¡Oh! ría usté a su placer,
pues si reírme pudiera,
yo de mí mismo riyera...
pues... ¡hasta mas no poder!
MATILDE.

(Aparte.)

¡Oh! ¡me ha helado el corazón!...-
845
Pues según lo que he escuchado,
usted es el engañado...
yo cometí la traición.
Finge usted con maestría
y le doy mi parabién...
850
Mas yo sé arrancar también
la máscara a la falsía...
FÉLIX.
¡Matilde!
MATILDE.

(Aparte.)

¡Ya me he vendido!
FÉLIX.
Al fin la vida me has dado.
Lo que tu enojo ha cansado
855
celos son: lo he conocido.
En vano es negarlo, sí:
ya no extraño tu rigor...
¡Tienes celos! que mejor
me conocieras creí.
860
No es el capricho ligero
ni la impresión de un instante
lo que a ti me une constante;
¡es un amor verdadero!
Oye, Matilde: ¡también
865
yo en un tiempo me he burlado
de esa pasión, y arrastrado
por el mundano vaivén
en pos de triunfos pueriles,
con un vacío en el alma,
870
iba perdiendo la calma
de mis años juveniles!
De los placeres hastiado
que en mi delirio apuraba,
no existe el amor, pensaba,
875
pues yo en vano lo he buscado.
Mas te vi, y en un momento
conocí todo mi error;
ahora creo en el amor,
Matilde, porque lo siento.
880
MATILDE.

(Aparte.)

¡Me ama!
FÉLIX.
Que vuelvan tus ojos
a mirarme sin desdén:
¡oh! que no sean, mi bien,
tan crueles tus enojos.
¡Aún dudas de mi pasión!
885
tan dura no te creí:
¿no hay nada en mi acento, di,
que hable ya a tu corazón?
MATILDE.

(Aparte.)

¡Qué he hecho, Dios mío!
FÉLIX.
Refrena
ese rigor, que es injusto;
890
de tu frente el ceño adusto
ahuyenta, mi bien.
MATILDE.

(Aparte.)

¡Y Elena!
FÉLIX.
¿Quieres doblar mi altivez?

(Doblando una rodilla.)

Heme a tus plantas humilde.
¡Yo te amo siempre, Matilde!
895
MATILDE.
¡Y yo!... Yo no le amo a usted.
FÉLIX.

(Levantándose.)

¡Señora!
MATILDE.

(Aparte.)

Dadme valor,
o sucumbo, Dios clemente.-
Amor que es tan elocuente,
no es, don Félix el mejor...
900
Crea que es sincero... sí...
pero aunque en este momento...
sienta usted ese tormento...
pasará lejos de aquí.
Como no he de agradecerlo...
905
no sintiendo yo esa llama;
aunque usted... dice que me ama...
no... yo no quiero creerlo.
Será el recuerdo tal vez
de un tiempo que ya pasó...
910
la ausencia... mi amor... borró...
¡también borrará el de usted!

(D. FÉLIX quiere hablar.)

Basta... nada quiero oír...
Sé que le he dado... es verdad...
de amor y fidelidad
915
pruebas mil... Que resistir
no pudiendo a la pasión,
mi fin he visto cercano...
que le he ofrecido mi mano...
¡Y bien! ¡tiene usted razón!
920
Perjura me creerá...
falsa... ingrata... a su placer:
¡he engañado!... soy mujer...
¡no le amo a usted!...
FÉLIX.

(Con amargura.)

Bien está.

(Adelantándose a un ademán de MATILDE.)

¡Oh! no terna usté una queja
925
de mis labios, ¡qué locura!
que es usted falsa, perjura,
ingrata; ¡costumbre añeja
de amores sentimentales!
Si yo la he engañado a usted,
930
que usted me engañe ¡pardiez!
eso es quedarnos iguales.
Además, yo solo ahora
la culpa de ello he tenido...
¡Usted la víctima ha sido!...
935
¡yo el verdugo! Mas, señora,
ese protesto de celos,
aunque bien imaginado,
no es nuevo; ya se ha gastado
mucho entre nuestros abuelos.
940
MATILDE.

(Con angustia.)

¡Don Félix!
FÉLIX.
La altiva frente
alce usté al cielo, señora;
humíllela yo en buen hora;
pero usted... ¡es inocente!
MATILDE.
¡Oh! que fuera usted creí
945
más generoso.
FÉLIX.
¡Locura!
¡generoso! ¿por ventura
lo ha sido usted para mí?
¿Podrá estéril compasión
en el curso de mi vida
950
curar la profunda herida
que llevo en el corazón?
MATILDE.

(Aparte.)

¡Oh! ¡la angustia no mitigo!-
¡Será mi amistad constante!
FÉLIX.
¡Quien ha vendido al amante
955
mejor venderá al amigo!
MATILDE.

(Aparte.)

¡Oh Dios! ¡no tiene piedad!-
Si usté a mis ruegos no accede...
FÉLIX.
¡Ya entre nosotros no puede
haber, ni amor, ni amistad!
960
MATILDE.
Acaso un día los dos
podremos mejor que ahora...
FÉLIX.
¡No!... ¡para siempre, señora!
MATILDE.

(Cayendo en un sofá y con acento desconsolador.)

¡Para siempre!

(D. FÉLIX titubea un momento, va por fin a dirigirse a MATILDE; pero esta se levanta y dice con firmeza.)

¡A Dios!
FÉLIX.

(Yéndose.)

¡A Dios!

FIN DEL ACTO PRIMERO

Acto segundo

Sala de descanso: puerta en el fondo por donde se ve una de las salas del baile: a la izquierda un grande espejo. Dos puertas laterales.

Escena I

El VIZCONDE, por el fondo.

VIZCONDE.
No hay nadie. Me he adelantado
sin duda.

(Mirando el reloj.)

Aún no son las diez...
Mejor... así podré hablar
a mi prima sin tener
quien estorbe nuestra plática.
5
¡Si no alcanzo de esta vez
el logro de mis proyectos!...

(Se abre la puerta de la izquierda.)

¿Será Elena?

(Viendo a SERAFINA.)

Me engañé.
Es la respetable ama
de llaves: ¡cargue Luzbel
10
con ella!

Escena II

El VIZCONDE, SERAFINA.

SERAFINA.
Señor Vizconde,
temprano ha llegado usted.
VIZCONDE.
Es verdad, soy el primero...
SERAFINA.
Y yo adivino por qué...
VIZCONDE.
Juro a usted que mi intención...
15
SERAFINA.
¿Acaso quiere usté hacer
el reservado conmigo?
VIZCONDE.
¡Oh! no. Sabe usted muy bien
que por el contrario, siempre
sus consejos escuché...
20

(Aparte.)

¡Si la disgusto, la guerra
me hará esta Matusalén!
SERAFINA.
Quiere usted hablar a solas,
con la señorita...
VIZCONDE.
¡Pues!
Digo, no es precisamente...
25
SERAFINA.
Vamos, en vano es querer
ocultarme...

(Con misterio.)

¡Se conoce
que no se descuida usted!
VIZCONDE.
¿Cómo?
SERAFINA.
Muy pocos momentos
hace, con grande interés,
30
me dijo que la avisara
de su llegada...
VIZCONDE.
¡Oh placer!
Si usted fuera tan amable...
SERAFINA.
Aún hay tiempo, ¿no sabré?...
VIZCONDE.
¡Es un secreto!
SERAFINA.
¡Un secreto!
35
¡y yo lo ignoro! muy bien.
VIZCONDE.
En otra ocasión...
SERAFINA.
No, no.
VIZCONDE.

(Aparte.)

Me ha pillado: al fin tendré...
SERAFINA.
¿Así paga usted, Vizconde,
el afán que en proteger
40
su pretensión he mostrado?...
VIZCONDE.
Yo siempre agradeceré...
SERAFINA.
¡Vaya! ¡existir un secretor,
y yo no saberlo!...
VIZCONDE.
Bien.
Nunca ha sido mi intención
45
ocultárselo: oiga usted.
SERAFINA.
Ya escucho.
VIZCONDE.
Con gran misterio,
Elena me ha dado ayer
una comisión difícil
que en cumplir he sido fiel.
50
SERAFINA.
Veamos.
VIZCONDE.
Usted no ignora,
cual yo, que desde hace un mes
don Félix en esta casa
los pies no ha vuelto a poner.
SERAFINA.
Ya usté a decirme el motivo...
55
VIZCONDE.
¿El motivo? no lo sé.
SERAFINA.
Sin duda él y la señora
están reñidos...
VIZCONDE.
Tal vez.
SERAFINA.
Lo cierto es, que desde entonces
huyó para no volver
60
de su rostro la alegría.
Su tristeza cada vez
va en aumento; y mucho temo...
VIZCONDE.
Pues ¿y Elena?
SERAFINA.
Ya se ve;
quiere tanto a su mamá
65
que se aflige ella también...
VIZCONDE.
Sí; pero es una aflicción
inverosímil... ¡perder
el color de sus mejillas!
¡la extremada languidez
70
que en ella se nota! Vamos...
que se aflija justo es...
pero tanto...
SERAFINA.
¡Es muy extraño!
VIZCONDE.
No lo puedo comprender.
Debe haber otro motivo
75
que ignoramos.
SERAFINA.
Oiga usted,
muchas veces he creído
lo mismo...
VIZCONDE.
Cual yo; y después
de meditarlo he llegado
a pensar... que nada sé.
80
SERAFINA.
Bien; pero esa comisión
que dice le ha dado ayer...
VIZCONDE.
A eso voy. Después de hablarme
con su amable sencillez
de cosas indiferentes
85
que contar inútil es...
-¿Ves con frecuencia a don Félix?
me preguntó; y contesté.
-Sí, primita. -Entonces ella,
redoblando su interés...
90
-Tú puedes, dijo, un servicio
hacerme, que yo tendré
muy presente mientras viva.-
-Habla. -Si a Pacheco ves,
dile que se halla ofendida
95
mi amistad de su desdén:
que su inmotivada ausencia
a qué atribuir no sé;
y que si de tanto aprecio
conserva el recuerdo fiel,
100
en el baile de mañana
tuviera al verle un placer.-
SERAFINA.
¡Hola!
VIZCONDE.
Poco mas o menos
esto lo que dijo fue,
con aquella vocecita
105
que me suena veces cien
mejor que una sinfonía
de Rossini o Mayerbeer;
y echándome aquellos ojos
que tienen... un no sé qué...
110
que siento cuando me miran
calofríos de placer.
SERAFINA.
Es un ángel y adivino
ya la causa...
VIZCONDE.
Y yo también.
SERAFINA.
La marquesa no ha querido...
115
VIZCONDE.
¡Pues!
SERAFINA.
Dar su brazo a torcer...
VIZCONDE.
Sí, y ha encargado a su hija
que me hablase, claro es,
para traer a su amante
esta noche...
SERAFINA.
¿Y cumplió usted
120
su comisión?
VIZCONDE.
Por supuesto...
Pero alguien viene...
SERAFINA.

(Mirando por la izquierda.)

Ella es.
No quiero estorbar a ustedes,
y me voy.

(Sale por el fondo.)

VIZCONDE.
¡Haces muy bien!

Escena III

El VIZCONDE, ELENA, vestida de baile.

ELENA.
¡Oh! con ansia te he esperado...
125
VIZCONDE.
Me detuvo a mi pesar...
ELENA.
Si nos pudiera escuchar...
VIZCONDE.
Nadie. No tengas cuidado.
ELENA.
¿Has visto a don Félix?
VIZCONDE.
Sí,
en el Circo le encontré
130
cual de costumbre... y le hablé.
ELENA.
¿Y vendrá esta noche aquí?
VIZCONDE.
Así me lo ha prometido.
ELENA.
Con que lograste...
VIZCONDE.
¡Pues no!
¡cuando me he empeñado yo!
135
ELENA.
Y dime, ¿no has advertido
en él alguna señal
de disgusto?
VIZCONDE.
Te diré.
Al principio... yo no sé
si habré reparado mal...
140
mas creo que se turbó
al oír...
ELENA.
¡Qué tal creyeses!
VIZCONDE.
Y con frases muy corteses
tu invitación rehusó.
ELENA.
¡Cielos!
VIZCONDE.
Y tuve barruntos,
145
al ver su cara sombría,
que mejor que a un baile, iría
a un oficio de difuntos.
ELENA.
¿Pues le aflige alguna pena?
VIZCONDE.
Sí, prima.
ELENA.
No me dijiste...
150
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Cómo finge!
ELENA.
Si está triste...
VIZCONDE.
¡Qué! si es un contagio, Elena.
No sé qué mal aire os dio;
pero si esto no se olvida,
por vez primera en mi vida
155
voy a entristecerme yo.
ELENA.
¿Y cómo le has decidido?...
VIZCONDE.
Corta fue la resistencia...
mi natural elocuencia
todo obstáculo ha vencido.
160
ELENA.
Dime...
VIZCONDE.
Por ti, prima bella,
con afán me preguntó.
ELENA.

(Con alegría.)

¿Cierto?
VIZCONDE.
Sí.
ELENA.
¿Y por mamá?
VIZCONDE.
No.
Pero yo le he hablado de ella.
ELENA.
Mal hiciste.
VIZCONDE.
¡Mal! ¿por qué?
165
ELENA.
Aunque no me ha prohibido...
VIZCONDE.
Con reserva y al descuido
su tristeza le indiqué.
¡Y ha sido un golpe maestro!
ELENA.
¡Maestro!...
VIZCONDE.
Apenas lo oyó,
170
en asistir consintió
al baile: ¡soy yo muy diestro!
ELENA.
Primo, las gracias te doy:
que nada sepa mamá.

(Aparte.)

¡Por primera vez quizá
175
la engaño!...
VIZCONDE.
Sí, sí: ya estoy.
Vive confiada en mí...
ELENA.
Quizá llegará algún día...
VIZCONDE.
No hables de eso, prima mía,
¿qué no hiciera yo por ti?
180
ELENA.
¡Oh, no he de olvidarlo, no!
VIZCONDE.

(Aparte.)

Que este es el momento creo...-
Sólo que pagues deseo...
mi...
ELENA.

(Con viveza.)

¿Tu amistad?
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Me clavó!
ELENA.
¡Oh! desde hoy puedes llamarme,
185
no tu amiga...
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Me amedranta!
ELENA.
Tu hermana, ¿no te contenta?
VIZCONDE.
¡Vaya, no ha de contentarme!
Que eternamente ¡oh placer!
nos una amor... fraternal...
190
y... la...

(Aparte.)

¡Soy un animal!
¡que no me haya de atrever!
ELENA.
Prosigue.
VIZCONDE.
Quiero decir,
que a veces no es uno dueño...
¡y ya es antiguo el empeño!...
195
¡Oh! si, yo no sé mentir...
Tú ya lo habrás conocido.
Contesta sin vacilar,
que al fin...
ELENA.
¿Qué he de contestar,
primo, si no te he entendido?
200
VIZCONDE.
¿Con que no?
ELENA.
Al menos no infiero...
VIZCONDE.
Mejor callando obraré...
pues yo explicarme no sé...
ELENA.

(Aparte.)

Y yo entenderte no quiero.

(Desde este momento hasta el fin del acto sen ven atravesar por la sala del fondo damas y caballeros en todas direcciones.)

Ya van llegando las gentes...
205
VIZCONDE.

(Ofreciéndola la mano.)

¿Vamos?
ELENA.
No; tendré quizás...
VIZCONDE.
Reina del baile serás
en cuanto en él te presentes.
ELENA.
Gracias.
VIZCONDE.
¿Quedarte prefieres?
ELENA.
Sí; después será mejor.
210
VIZCONDE.

(Aparte.)

Seguiré haciendo el amor
como hasta aquí, por poderes.-
No te hagas mucho esperar.
ELENA.
Pronto me verás allí.
VIZCONDE.
Voy de rabia ¡pese a mí!
215
furiosamente a bailar.

Escena IV

ELENA, sola.

ELENA.
¡Va a venir! no sé por qué
de mí el temor se apodera...
tal vez imprudencia fue...
¡Oh! si mamá lo supiera...
220
¿mas por qué se lo oculté?
Ella, que en verme dichosa
cifra su empeño mayor,
¡tan tierna, tan cariñosa
para mí! ¿puede su amor
225
negarme ninguna cosa?
¡Oh! sí: ¿por única vez
no he visto su faz severa,
cuando en mi amante embriaguez
el secreto, sin doblez,
230
de mi amor dije sincera?
Desde aquel día, risueño
su rostro a ver no volví.
«Tu amor, Elena, es un sueño,
me dijo: olvida ese empeño,
235
que yo velaré por ti.»
Y don Félix no ha venido
desde entonces... yo no sé
qué razón habrá tenido...
¿mamá le habrá prohibido
240
que vuelva aquí? mas ¿por qué?
¿Tan gran delito es amar?
¿qué hay en esto que la asombre?
sin yo quererlo indagar,
¿no me llegó a confesar
245
que amaba también a un hombre?
A comprenderlo no alcanza
mi mente, y a obrar así
me impelo la confianza
de una secreta esperanza...
250

(Viendo a D. FÉLIX.)

Pero ¡cielos! ya está aquí.

Escena V

ELENA, D. FÉLIX, por el fondo.

FÉLIX.

(Aparte.)

Elena sola.
ELENA.

(Aparte.)

¡Yo tiemblo!
FÉLIX.

(Aparte.)

De ella indagarme conviene...
ELENA.

(Aparte.)

¡Qué palidez!
FÉLIX.

(Inclinándose.)

Señorita...
ELENA.
Don Félix, no es poca suerte
255
que hoy se haya usted acordado
de nosotras...
FÉLIX.
Me parece
que no será mi venida
causa de que los placeres
de la fiesta en nada pierdan
260
su atractivo.
ELENA.
Nos ofende,
señor Pacheco, esa duda.
¿Acaso nunca ser puede
enfadosa la presencia
de un amigo?
FÉLIX.
Si pudiere
265
de ese título jactarse,
seguro de poseerle,
fuera el mostrar esta duda
muy ingrato ciertamente.
Mas si cual yo a esa afección
270
título ninguno tiene...
ELENA.
¡Títulos! yo no creía
que de ellos menester fuese...
FÉLIX.
Y ni aún bastan: ¡la amistad!
¡bella palabra, que hiere
275
dulcemente nuestro oído
y que en aire se convierte!
ELENA.

(Aparte.)

¡Cuán amargo es su lenguaje!-
Yo no creo que usted siente
lo que dice...
FÉLIX.
¿Por qué no?
280
ELENA.
Aunque es verdad que no tiene
hasta hoy de esa amistad
ni una prueba la mas leve,
juro a usted que sin embargo
aquí vive eternamente,
285
y el dudarlo es una injuria
que no creí merecerle.
FÉLIX.
Perdone usted; soy injusto
por damas: tal es mi suerte,
que hasta que a un sentimiento
290
de amor o amistad me entregue,
que para de un desengaño
reciba el castigo siempre.
Hice mal, y ruego a usted
me perdone una y mil veces.
295
¿Y la marquesa?
ELENA.
¿Mamá?
vendrá pronto... antes que empiece
el primer baile...
FÉLIX.
¡Estará
tan satisfecha y alegre!
la fiesta de hoy lo acredita...
300
ELENA.
¡Oh! nada de eso, don Félix...
FÉLIX.
¡Cómo! el baile de esta noche...
ELENA.
Ha sido precisamente
dispuesto por lo contrario...
Yo no sé qué es lo que tiene
305
mamá; me oculta sus penas,
y su salud desmerece
de día en día...
FÉLIX.
¡Es posible!
Muy mal entonces se aviene...
ELENA.
Es fuerza que a su despecho
310
esta fiesta se celebre.
El abuelo se ha empeñado
en ahuyentar de esta suerte
nuestra tristeza...
FÉLIX.
También,
según eso, usted padece...
315
ELENA.
¿Yo? no: se le ha figurado.
FÉLIX.
¡Bien la causa se comprende!
ELENA.
¡Cómo!
FÉLIX.
Quien cual yo conoce
el cariño que usted tiene
a su mamá, no es difícil
320
que ese motivo penetre.
Usted al verla sufrir,
sufre también...
ELENA.

(Bajando los ojos.)

Ciertamente...
FÉLIX.
¿Y acaso usted no sospecha
qué es lo que así afligir puede
325
a mamá?
ELENA.
Creo que sí.
FÉLIX.
Pues si no hay inconveniente...
ELENA.
¡Oh! no: con usted ninguno.
No es una sospecha leve
tan solo: es una certeza...
330
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Si será!... -Espero impaciente...
ELENA.
Yo no sé cómo decir...
Aún mejor los hechos pueden
enterarle a usted...
FÉLIX.
Ya escucho.
ELENA.
Pues bien: al día siguiente
335
de su llegada... ella misma
sin que yo lo pretendiese
me reveló... pues... que amaba
a un hombre...
FÉLIX.
¿Sí?
ELENA.
Ciertamente.
Verdad es que me ocultó
340
su nombre: si yo supiese...
FÉLIX.
¡Oh! tal vez a las dos horas
pensaba ya de otra suerte.
ELENA.
Usted la injuria; después
la he sorprendido dos veces
345
besando un retrato...
FÉLIX.
¡Cómo!
ELENA.
Y llorando amargamente.
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Oh! ¿pues no me ha enviado el mío?
¡luego es otro el que posee
su cariño!...
ELENA.
Amigo mío,
350
¿qué tiene usted?
FÉLIX.

(Aparte.)

No sospeche
lo que sufro; el disimulo
mas que nunca me conviene!-
ELENA.
Esa súbita tristeza...
FÉLIX.
No es nada: usted me dispense
355
si no he prestado atención...
¡Yo triste! estoy muy alegre

(MATILDE aparece por la izquierda; pero al ver a DON FÉLIX se detiene en el umbral de la puerta.)

En prueba de ello esta noche
me dedico enteramente
a los placeres del baile...
360
Ya han llegado muchas gentes,
y muy pronto de la orquesta
los ecos oírse deben.
¿Viene usted? Su caballero
seré como usted me acepte...
365
ELENA.
¡Oh, sí! y mucho me complace
verle ahuyentar de repente
su mal humor... He creído
que usted padecía...
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Imbécil!
¡Y esperaba todavía!...
370
¡oh! ¡no podré contenerme
si la veo!
ELENA.
¿Viene usted?
FÉLIX.
Vamos

(Aparte.)

Volveré; no puede
quedar esto así.-

(Dando a ELENA la mano.)

Al placer
me consagro enteramente.
375

(Entran por el fondo.)

Escena VI

MATILDE, siguiendo con la vista a D. FÉLIX, en la mayor agitación.

MATILDE.
¡Él aquí! ¿me habré engañado?
Félix en mi casa... ¡Oh! sí.
¿Y a que ha venido? ¡ay de mí!
¿Quién al baile le ha invitado?
¡Esto solo me faltaba!
380
Dios mío; dadme valor,
vos que sabéis el dolor
que su ausencia me costaba.
¡Porque le amo todavía...
al verle aquí, a mi despecho
385
creí un punto que del pecho
mi corazón se salía.
En vano por ahuyentar,
su recuerdo abrasado,
sin hallar ya en mi dolor
390
lágrimas que derramar...
secreta lucha emprendí,
sorda, terrible, sin nombre;
¡pero la imagen de ese hombre
siempre delante de mí!
395
Y arrancarla en vano empeño,
fija está en mi corazón:
¡Y él aquí! ¡negra traición!
¡tan alegre, tan risueño!
Él al placer entregado,
400
mientras yo en triste retiro
sin cesar por él deliro...
¡Oh, no! ¡esto es ya demasiado!
Yo también le olvidaré...
quiero olvidarle, ¡traidor!
405
¿y este premio a mi dolor
guardabas? me vengaré.
Aún amargar los instantes
infiel de tu dicha espero...
¡Aun soy hermosa... aún si quiero
410
tendré a cientos los amantes!
Hermosa; no hay duda...
Así me aclamó la fama un día...

(Dirigiéndose a un espejo.)

Debo serlo todavía...

(Cubriéndose el rostro con las manos.)

¡Oh! ¡desdichada de mí!
415
Tarde el desengaño empieza;
muerto es para mi el amor...
Ya ha marchitado el dolor
los restos de mi belleza.

(Como hablando con su imagen en el espejo.)

¿Y eres tú la misma, di,
420
que del mundo en los placeres
fue envidia de las mujeres?
Dime, ¿quién te ha puesto así?
Y esa menguada ventura
perder hoy, cuando quisiera
425
¡oh! ¡que nada resistiera
a mi insolente hermosura!
¿Y he de mostrar humillada
ante ese enjambre que un día
me adulaba en su porfía
430
mi belleza marchitada?
No; ¡y antes en mis furores
veré por tierra esparcidos
estos adornos mentidos
que me afrentan!

(Se arranca las flores que lleva en la cabeza, y las arroja al suelo. D. FÉLIX entra al mismo tiempo y se queda contemplando las flores.)

Escena VII

MATILDE, D. FÉLIX.

FÉLIX.
¡Pobres flores!
435
MATILDE.

(Sorprendida al ver a D. FÉLIX.)

¡Don Félix!
FÉLIX.
Yo soy, señora.
MATILDE.
Acaso... ¡usted me escuchaba!
FÉLIX.
No; del baile me alejaba
y en esta sala entro ahora.
Que está usted confusa... advierto.
440
MATILDE.
¿Yo? no... pero habrá extrañado...
FÉLIX.
¿El que haya usted arrojado
esas flores? No por cierto.
Por sus brillantes colores,
o un capricho femenil,
445
del jardín entre otras mil,
eligió usted esas flores.
Mas por un capricho igual,
desde su frente hasta el suelo
las arroja usted sin duelo...
450
¿Hay cosa mas natural?
Con que el pasado recuerde
tal acción no extraño yo...
Si un capricho las buscó...
otro capricho las pierde.
455

(Recoge las flores.)

MATILDE.
¿Qué hace usted?
FÉLIX.

(Examinándolas.)

¡Quién lo creyera!
¿y conservan todavía
su brillante lozanía
y su fragancia primera?
Abandonadas ahora
460
temprana será su muerte:
¡dignas son de mejor suerte!

(Entregándoselas a MATILDE.)

tómelas usted, señora.
MATILDE.
¡Oh! ¡gracias! mas considero
que molestia inútil fue;
465
pues si antes las arrojé,
prueba es de que no las quiero...

(Las vuelve a arrojar.)

FÉLIX.

(Con calma.)

Bien; yo esperaba eso mismo...
MATILDE.
Que usted se ofenda no creo;
aunque tan dado lo veo
470
hoy al sentimentalismo.
FÉLIX.
Cierto.
MATILDE.
Y estoy admirada...
FÉLIX.
Por un contraste fatal,
parezco sentimental
siempre que no siento nada.
475
MATILDE.
Tiempo hace que lo sabía...
Sin embargo... hace un momento
le he visto a usted tan contento...
FÉLIX.
¡Oh! sí... y lo estoy todavía.
¿Lo duda usted?
MATILDE.
¡Yo! ¿y por qué?
480
Al contrario, me ha alegrado
saber que usted ha variado...
de carácter... ya se ve...
cuando...
FÉLIX.
Siga usted...
MATILDE.
Decía...
FÉLIX.
Cuando enamorado estaba
485
de usted... cuando usted me amaba...

(Movimiento de MATILDE.)

Así al menos lo creía.
MATILDE.
¡Oh! pero...
FÉLIX.
Al hablar así
creo no hacerla un agravio:
¡tantas veces de ese labio
490
lo escuché, que lo creí!
Hui entonces los placeres...
Mal pudiera imaginar
que fuera usted a imitar
el vulgo de las mujeres.
495
MATILDE.
Peregrino es el pretexto
para culparme...
FÉLIX.
No hay tal.
MATILDE.
¡No ha sido tan grande el mal,
pues se ha curado tan presto!
Para todo, no es extraño,
500
remedio siempre ha de haber.
FÉLIX.
¡Oh, me ha dado usté a beber
tal dosis de desengaño!
MATILDE.
Arguye usté con primor;
mas quien de amor penas llora,
505
en un mes...
FÉLIX.
Un mes, señora,
un siglo es para el amor.
Y aunque no debo admirar
tan importuno despecho,
no sé yo con qué derecho
510
quejas me viene usté a dar.
MATILDE.
¡Quejas yo!
FÉLIX.
Me ha parecido...
MATILDE.
¡Oh! está usté en un error.
FÉLIX.
No son quejas del amor,
sino del orgullo herido.
515
MATILDE.
¡Tal suposición escucho!
quejarme... Vaya... ¿y por qué?
¿porque me ha olvidado usté?
Mejor... yo me alegro mucho.
Fuimos uno de otro en pos...
520
yo olvidando la primera,
y luego usted... de manera...
FÉLIX.
Pues... que olvidamos los dos.
MATILDE.
No me cogió a la verdad
de sorpresa... Demasiado
525
sé yo que es fruto vedado
la constancia en nuestra edad...
Y aunque me ha sido muy grato,
harto bien lo conocí
cuando... hace un mes recibí
530
mis cartas y mi retrato.
Dos horas pasado habían
desde nuestro rompimiento...
y tanto apresuramiento...
FÉLIX.
Ya en mi poder no tenían
535
objeto, y era razón
sospechas desvanecer,
pues pudiera usted temer
de mi alguna indiscreción.
MATILDE.
Que fuera torpe malicia
540
en mí, tal sospecha, infiero.
Sé que es usté un caballero.
FÉLIX.
Eso es hacerme justicia.
Y aunque sea descortés,
si bien culparla no trato,
545
recuerdo que mi retrato
vino ocho días después.
MATILDE.

(Confusa.)

Si... es verdad... tan impensada
fue de los baños mi ausencia...
que allí... por inadvertencia...
550
dejé la copia olvidada...
fue un descuido...
FÉLIX.
¡Y muy fatal!
MATILDE.
Dispense usted...
FÉLIX.
¿Yo? ¿y de qué?
antes ha olvidado usté,
señora, el original.
555
Verdad es que de esa extraña
detención, me parecía
otro el motivo, a fe mía;
¡mucho el amor propio engaña!
MATILDE.
¿Y cuál?
FÉLIX.
Creí, sin razón,
560
debiera usted repugnar
así incompleta dejar,
señora, la colección.
MATILDE.

(Dolorosamente ofendida.)

¡Cómo!
FÉLIX.
Al fin es un placer...
MATILDE.

(Aparte.)

¡Que tal sospeche de mí!
565
FÉLIX.
¿No era esa la causa?
MATILDE.

(Con marcada ironía.)

¡Oh! sí.
¿Cuál otra pudiera ser?
¡Sublime penetración!
Yo alabo la perspicacia...
¡Vaya! me ha hecho mucha gracia
570
eso de la colección.
Deje usted que me alboroce,
que aunque para mí no es nueva,
me ha dado usted una prueba
de lo bien que me conoce.
575
¿Colección ha dicho usté?
eso es muy poco a fe mía:
tengo ya una galería
de retratos. Ya se ve,
¿qué no alcanza una coqueta
580
cuando cifra sus afanes
en tener de los galanes
poco amor, mucha estafeta?
¡Yo soy en eso extremada!
tanto... mas ¡qué candidez!
585
iba a contárselo a usted,
a quien no se oculta nada.
¡A usted, que en lazo engañoso
prender también conseguí
y víctima fue de mi
590
maquiavelismo amoroso!
A quien incauto además
atraje al dulce reclamo,
y a quien no amé, a quien no amo...
a quien no amaré jamás!...
595
FÉLIX.

(Con ímpetu.)

¡Señora!

(Aparte y conteniéndose.)

La ira me abrasa...
MATILDE.
Si mi franqueza le ha herido...
FÉLIX.
A mí... no...
MATILDE.
Me ha parecido...
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Félix, qué es lo que te pasa!

Escena VIII

Dichos: el VIZCONDE.

VIZCONDE.
¡Cómo! ¿usté aquí conversando,
600
marquesa, con tal sosiego,
cuando yo, no es broma, ronco
ya de contestar me encuentro
al número interminable
de damas y caballeros
605
que por usted me preguntan?
MATILDE.
Verdad es: voy al momento...
VIZCONDE.
Pues es claro: tenga usted
piedad de ese pobre viejo
de general, que en ausencia
610
de usted hace a su despecho
los honores de la casa.
¡Qué! ¡si da lástima el verlo!
Él, tan poco aficionado
a farsas ni cumplimientos,
615
verse precisado... ¡Vamos!
veinte veces por lo menos
me ha preguntado. -¿Y Matilde?
¿Dónde está? ¿qué hace allí dentro?-
Y suda y se afana...
MATILDE.
Sí:
620
mas detenerme no quiero.
VIZCONDE.
¡Verá usted qué animación,
qué vida, qué movimiento!
Hoy en la fiesta, marquesa,
tiene usté lo mas selecto
625
que encierra la sociedad
madrileña de ambos sexos.
Va usté a gozar de un placer
MATILDE.
Vizconde, mucho me alegro.
Precisamente esta noche
630
más que nunca lo deseo...
voy a divertirme... mucho...
VIZCONDE.
¿Con que sí?
MATILDE.
¡Mucho! ¡en extremo!
VIZCONDE.
¡Ah! quien también preguntó
por usted con grande empeño
635
ha sido aquel coronel
que frecuentó en otro tiempo
la casa.
MATILDE.
¿Don Luis Mendoza?
VIZCONDE.
El mismo.
MATILDE.
Pues lo celebro.
Es un joven muy amable
640
y a quien profeso un afecto
especial... precisamente
tengo que hablarle... y me alegro
de su venida... Señores...
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Oh, me sofoca el despecho!
645
MATILDE.

(Aparte.)

¡Siempre fingir! ¡qué suplicio!-
Con que...
VIZCONDE.
Marquesa... hasta luego.

(Vase.)

Escena IX

D. FÉLIX, el VIZCONDE.

FÉLIX.

(Aparte.)

¡Jamás lo hubiera creído!
¡juzgué mi pasión vencida,
y aún brota sangre la herida!
650
VIZCONDE.

(Observando a D. FÉLIX.)

¡Qué cara! ¿si habrán reñido?
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Oh! ¿por qué la he vuelto a ver?
VIZCONDE.
Parece que le ha plantado
Matilde. ¡Bueno tía quedado!
¡Ca! ¡pero no puede ser!
655
Si no ha sido su intención
al traerle hasta este punto
reconciliarse, ¿a qué asunto
darme a mí la comisión
de hacerle venir? ¡Cuidado
660
que es singular! yo no acierto
con el motivo... Es muy cierto
que la que me lo ha encargado
y esto algo me desalienta,
no fue Matilde, no a fe...
665
sino mi prima... ¿Si habré
trabajado por su cuenta?
¡Diablo! no es tan infundada
la idea si se examina:
clavada tengo la espina
670
de que ella está enamorada
de este prójimo... ¡Si son
ya las niñas tan expertas!
Y ahora me acuerdo de ciertas
circunstancias... Con razón
675
desconfiaba... y no en vano
recelo ¡suerte cruel!
que he estado haciendo el papel
del perro del hortelano.
FÉLIX.
¡Yo vengarme necesito!
680

(Saliendo de su distracción y viendo al VIZCONDE.)

¡Hola! ¿Usted aquí?
VIZCONDE.
Cabal.
Me encontré allá dentro mal,
y he venido aquí un ratito
a tomar aliento. Al fin
todo cansa, y yo a mi vez...
685
FÉLIX.
En otro tiempo era usted
un furioso bailarín.
VIZCONDE.
Y aún lo soy. Precisamente
es mi pasión absoluta.
FÉLIX.
Y usted debe, sin disputa,
690
bailar primorosamente.
VIZCONDE.
Hay quien mi destreza alaba...
FÉLIX.
¡Bah! talento y no destreza:
es un talento... que empieza
por donde el de otros acaba.
695
VIZCONDE.
Muy amable está usted hoy.
FÉLIX.
Lo que estoy es... ¡muy contento!
VIZCONDE.
Pues yo creí hace un momento
que...

(Aparte.)

¡Pero qué es lo que voy
a decir!
FÉLIX.
Vamos.
VIZCONDE.
Me había
700
aquí al entrar, parecido
que estaba usted distraído...
y como sé que mi tía
ha tenido con usted
relaciones muy estrechas...
705
concebí algunas sospechas...
FÉLIX.

(Seriamente.)

¡Inmotivadas!
VIZCONDE.
Tal vez,
FÉLIX.
Es cierta mi distracción.
Estaba a solas gozando
lo que he visto recordando
710
ha un momento en el salón.
¡Qué brillante perspectiva!
VIZCONDE.
¡Oh! deliciosa, es usté
de mi opinión, no podré
olvidarla mientras viva.
715
¡Cuánto lujo! ¡qué riqueza!
es la primera impresión
al entrar en el salón...
FÉLIX.
La de perder la cabeza.
VIZCONDE.
Sí, mas dura poco.
FÉLIX.
¡Pues!
720
VIZCONDE.
Y la vista deslumbrada...
FÉLIX.
Justo, ve... que no ve nada.
VIZCONDE.
Es verdad... pero después...
FÉLIX.
Sí, después ya es otra cosa.
Luces, adornos, preseas,
725
y treinta mujeres feas
lo menos por cada hermosa.
VIZCONDE.
Es cálculo exagerado;
mas aún no siendo bellas
divierte observar en ellas,
730
los primores del tocado.
El lujo y la variedad
del adorno, en mi entender
contribuye siempre...
FÉLIX.
A hacer
resaltar la fealdad.
735
VIZCONDE.
Cierto; pero una escogida
sencillez...
FÉLIX.
¡Donosa idea!
jamás he visto a una fea
sencillamente prendida.
VIZCONDE.
¡Oh! no soy de esa opinión.
740
Se conoce que está usted
de un terrible esplín...
FÉLIX.
Tal vez.
VIZCONDE.
¿No volvemos al salón?
FÉLIX.
Pronto voy.
VIZCONDE.

(Aparte.)

Si yo pudiera
sin peligro hacerle hablar.
745

(Se va hacia el fondo, y queda un rato mirando hacia donde se supone que está el salón de baile.)

FÉLIX.

(Aparte.)

¡Que no pueda un medio hallar
para vengarme! en la fiera
lucha que mi pecho esconde
todo me parece poco...
¡cosa es de volverse loco!
750
VIZCONDE.

(Volviendo a la escena.)

Ja, ja.
FÉLIX.
¿Qué es eso, Vizconde?
VIZCONDE.

(Aparte.)

Probemos.
FÉLIX.
¿Saber podré
qué es lo que así le alboroza?
VIZCONDE.
Nada, ¡ese pobre Mendoza!
FÉLIX.
¿Mendoza?
VIZCONDE.
Sí.
FÉLIX.
Yo no sé...
755
VIZCONDE.
¿Ya lo echó usted en olvido?
Ese que tanto se apura...
Coronel... buena figura...
dicen que tiene partido
con las damas... mas preveo
760
que eligió mal esta vez...
FÉLIX.
Bien y...
VIZCONDE.
¿Le conoce usted?
FÉLIX.
Me parece...
VIZCONDE.

(Aparte.)

Ya lo creo.
¿Sí? pues de ver me reía
el empeño decidido
765
con que ese mozo ha emprendido
la conquista de mi tía.
¡Oh, no es su paciencia corta!
Desde allí le he columbrado
hecho un Cupido a su lado...
770
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Esto más! -¿Y qué me importa?
VIZCONDE.
De amor no hablaba quizá;
mas en su gesto advertí
tal calor...
FÉLIX.
Pues obra así,
algún título tendrá.
775
VIZCONDE.
No diré yo lo contrario...
Mendoza al fin no es un necio,
y Matilde mucho aprecio
le demuestra...
FÉLIX.

(Aparte.)

Es necesario
que yo averigüe...
VIZCONDE.
Además...
780
yo sé que él y la marquesa...

(Con indiferencia afectada.)

Pero a usted no le interesa...
FÉLIX.

(Agarrándole del brazo.)

¡Hable usted, por Barrabás!...
VIZCONDE.
Bien; corno tales asuntos
fingía usted serle extraños...
785
FÉLIX.

(Con violencia.)

¡Vamos!
VIZCONDE.
Pues bien, en los baños
han estado los dos juntos.
FÉLIX.
¡Juntos!
VIZCONDE.
Sí; pero deseo
que usted no interprete mal...
FÉLIX.
¡Oh!
VIZCONDE.
Fue un encuentro casual...
790
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Todo explicado lo veo!
VIZCONDE.

(Aparte.)

En el blanco ha dado el tiro.
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Posible es tanta falsía!
VIZCONDE.

(Aparte.)

Pacheco ama todavía
a la marquesa: ¡respiro!
795
FÉLIX.

(Aparte.)

¿Serán celos lo que arder
siento aquí dentro? ¡qué error!
celos suponen amor,
y yo no amo a esa mujer.
No, que el amor en mi pecho
800
amarga hiel se ha tornado:
sólo quiero duplicado
volverla el mal que me ha hecho.
Sí; ¿mas cómo he de lograr?

Escena X

Dichos: ELENA. Al final de esta escena se oye la orquesta.

ELENA.
¿Don Félix?
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Ya pareció!
805
ELENA.
¿Posible es que tenga yo
que venirle a usté a buscar?
El baile va ya a romper,
y usted su promesa olvida.
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Pues! ya está comprometida
810
con él.
FÉLIX.

(Aparte mirando a ELENA y como acometido de una idea.)

¡Ah!
VIZCONDE.

(Aparte.)

Y yo sin poder...
ELENA.

(Ofendida viendo que D. FÉLIX sigue mirándola y no contesta.)

Le creía más galante...
FÉLIX.

(Con galantería.)

¡Oh! temple usted su esquiveza,
pues la luz de esa belleza
me desconcertó un instante.
815
ELENA.
¡Cómo su ingenio encontró
pronta disculpa al agravio!
FÉLIX.
No, que es sincero mi labio...
VIZCONDE.

(Aparte.)

¡Lindo papel hago yo!
ELENA.
¿Con que vamos?
FÉLIX.
Vamos, sí;
820
que hablar a usted me interesa,

(Aparte.)

¡Oh! ¡por mi nombre, marquesa,
que te has de acordar de mí!

(Salen por el fondo. El VIZCONDE hace un ademán de impaciencia.)

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

Acto tercero

La decoración del primer acto.

Escena I

PEDRO, por la derecha, SERAFINA. Poco después DON PEDRO solo.

PEDRO.
¿Y tu señora?
SERAFINA.
En su cuarto.
PEDRO.
Bien; ¿y está ya levantada?
SERAFINA.
Sí lo está.
PEDRO.
Dile que venga
aquí, pues tengo que hablarla.
SERAFINA.
Voy.

(Aparte.)

¡Qué significa esto!
5
Con que...
PEDRO.
Vamos, ¿a qué aguardas?
¿no has oído? que la espero.
SERAFINA.
Ya estoy; pero...
PEDRO.
Menos charla.

(Sale SERAFINA.)

Sí, estoy resuelto: hasta ahora
no he creído necesaria
10
mi intervención, confiando
en la prevención sensata
de Matilde; pero veo
con pesar que esto no marcha
por buen camino. La niña
15
está más enamorada
cada día de ese joven;
cuya presencia en mi casa
ha ahuyentado la alegría
que antes en ella reinaba...
20
Luego Matilde, por mucho
que en disimular se afana,
seguro estoy, todavía
le ama a su vez; que la llama
de una pasión cual la suya
25
fácilmente no se apaga...
Esa profunda tristeza
que nada a templar alcanza,
y que mina sordamente
su salud ya quebrantada,
30
me va inquietando, y es fuerza
que yo a combatirla salga.
Aquí viene.

Escena II

D. PEDRO, MATILDE.

MATILDE.
¿Con que usted
quiere hablarme?
PEDRO.
Sí, hija mía.
Siéntate aquí.
MATILDE.
Yo tenía
35
igual deseo a mi vez.
PEDRO.
Pues la propicia ocasión
aprovechemos.
MATILDE.
Sí; pero
debe usted hablar primero.
PEDRO.
Óyeme con atención.
40
Bien sabes que desde el día
en que tomaste otro estado,
aunque viviendo a tu lado
fácil disculpa tendría,
en mi casa has reunido
45
todos los poderes juntos,
y mezclarme en tus asuntos
domésticos no he querido.
Desde entonces, siempre igual,
viví en dichosa indolencia,
50
descansando en tu prudencia
y en tu celo maternal.
Tal mi propósito fue,
y sabes que le cumplí.
MATILDE.
¿Y de haber obrado así
55
se arrepiente usted?
PEDRO.
No a fe.
Mis votos siempre has cumplido;
de esposa y madre hasta hoy
modelo fuiste, y estoy
de ser tu padre engreído.
60
Pero... a veces el empeño
no basta de la razón...
Hija mía, el corazón
no se manda; él es el dueño.
Don Félix...
MATILDE.
¡Oh!
PEDRO.
Deja que hable;
65
pues fuerza es que me decida
por fin a sondear la herida...
MATILDE.
No, que es herida incurable.
PEDRO.
¡Qué! ¿y ha de ser tan pequeño
el poder de tu razón?
70
MATILDE.
¡Oh, señor! el corazón
no se manda; él es el dueño.
PEDRO.
Pero ese es un desvarío;
y aún así mi celo inflamas
mucho más. ¿Con que le amas
75
todavía?...
MATILDE.
¡A pesar mío!
PEDRO.
Tu imaginación quizá
pasión juzga un desconcierto...
MATILDE.
Yo a explicármela no acierto
tampoco; pero aquí está:
80
¡Oh! ¡no es un vano artificio!...
jamás la fría razón
comprenderá la extensión
de mi cruel sacrificio.
De madre cumplí un deber...
85
rompí ese lazo; aunque era
mi gloria, mi vida entera...
¿qué más he podido hacer?
PEDRO.
Quien feliz verte prefiere,
mas a tu constancia pide...
90
MATILDE.
Sí, que la memoria olvide
lo que ella olvidar no quiere.
PEDRO.
Pues si tu dicha consiste
en verte a Pacheco unida,
di; siendo correspondida
95
¿por qué ese lazo rompiste?
MATILDE.
¡Y Elena! ¿no he dicho a usté?...
PEDRO.
Sí, que de todo ignorante
en tu ausencia...
MATILDE.
¿Y no es bastante?
PEDRO.
Su inexperta sencillez
100
habrá juzgada pasión
lo que tal vez no será
más que un capricho.
MATILDE.
¡Ojalá!
PEDRO.
A esa edad toda impresión
es pasajera.
MATILDE.
Lo sé.
105
PEDRO.
Además, tampoco es justo
que sacrifiques tu gusto
por ella.
MATILDE.
¿Qué dice usté?
Después que ella incautamente
su pasión me reveló,
110
pudiera decirla yo...
«pues bien; borra de tu mente
cuanto esperar has podido
de ventura y de alegría:
de ese amor ¡pobre hija mía!
115
otra es la dueña ¿has oído?
Otra mujer, que tendrás
sin duda que aborrecer
desde hoy; y esa mujer
es tu madre!...» ¡Oh; no, jamás!
120
PEDRO.
Y ese don Félix, ¿qué espera?
¿Conoces tú su intención?
¿es digno de una pasión
tan profunda, tan sincera?
¿Cómo su amor conciliar
125
con tan repentino olvido?
Dime: ¿es de un hombre cumplido
proceder tan singular?
A pesar de tus desdenes,
desde aquel baile fatal
130
todos los días puntual
aquí en tu casa le tienes:
¿sabes a qué viene?
MATILDE.
¡Oh!
por piedad...
PEDRO.
No, ya es forzoso,
aunque sea doloroso
135
para ti, que hable aquí yo.
De él la niña enamorada,
tú su presencia evitando
y libre el campo dejando,
has dado ocasión sobrada
140
a que su amor la dirija;
y no es cosa que me cuadre
que así a falta de la madre
se consuele con la hija.
De que ésta ignore has tratado,
145
no sé yo por qué razones,
tus antiguas relaciones
con don Félix: sin cuidado
la pobre niña a ese amor
se entrega, que debería
150
ahuyentar, y cada día
el daño se hace mayor.
Y en fin, don Félix será,
yo concedértelo quiero,
un cumplido caballero;
155
mas bien puede ser quizá,
que agriado por tu desdén
su furia vengar intente
en esa niña inocente.
MATILDE.
Sí, ¿no es verdad? yo también
160
eso mismo he sospechado;
¡quién a creer se decide
que con tal presteza olvide
quien con tal constancia ha amado!
¡Y él me amaba, estoy segura,
165
con una pasión tan fiel,
tan ardiente! ¡y yo con él
he sido ingrata y perjura!
Aunque fingiendo desvío
a otro afecto se encadena,
170
no crea usted que ame a Elena,
no; ¡su corazón es mío!
Es mío: sólo el despecho
pudo arrastrarle a fingir
lo que no debe sentir:
175
yo sola tengo derecho
a su cariño, y si humilde
hasta aquí pude arrostrar
lo amargo de mi pesar,
en adelante...
PEDRO.
¡Matilde!
180
MATILDE.
¡Sí, sí: basta ya: es razón
que sufrir más no me cuadre:
soy mujer!...
PEDRO.
¡No, que eres madre!
MATILDE.
¡Cielos! ¿qué he dicho? ¡perdón!
¿y pude echarlo en olvido?
185
son delirios de un momento,
sí, que yo misma no siento:
¡son celos que no ha podido
contener la voluntad!
PEDRO.
¡No eran vanos mis recelos!
190
¡tienes celos!
MATILDE.
¡Tengo celos!
PEDRO.
¡De tu hija!
MATILDE.
¿No es verdad
que es un tormento doblado?
Y no estoy arrepentida
del sacrificio: ¿mi vida
195
qué importa, si habré logrado
que mi hija sea quizá
más feliz que he sido yo?
PEDRO.
¿Y que el mal se aumente? No.
¿Sabes tú si lo será
200
por ese medio? Hija mía,
fuerza es tomar un partido:
ya que valor has tenido
para inmolar en un día
al imperioso deber
205
esa pasión que hoy te oprime,
tu sacrificio sublime
concluye: si has menester
quien en tan triste ocasión
te dé su ayuda y consejo,
210
aquí estoy yo, que aunque viejo,
joven tengo el corazón.
¡Es el que al tuyo dio ser,
donde halla siempre eco doble
todo lo que es grande y noble!...
215
MATILDE.
Y bien, ¿qué debo yo hacer?
PEDRO.
Que aquí sin más dilaciones
hoy mismo a Pacheco veas,
y le exijas, como creas
conveniente, explicaciones
220
de su conducta: este paso
te parecerá vulgar;
pero hay cosas que fiar
no se pueden al acaso.
Procura ocultar tu pena;
225
que en ti vea siempre igual,
no una ofendida rival,
sino la madre de Elena.
¿Valor te faltará acaso?
MATILDE.
¿No le he tenido hasta aquí?
230
pues ya tanta hiel bebí,
¿qué importa apurar el vaso?
PEDRO.
¡Oh! no sabes, hija mía,
cuál tu dolor me interesa;
sé que es inútil empresa
235
consolarte, mas confía,
que sino logra calmar
tus penas el porvenir,
seremos dos a sufrir...
MATILDE.
Seremos dos a llorar:
240
gracias; por más que me aflija,
pronto llegará usté a ver
que madre he sabido ser.
PEDRO.
Sí, pues fuiste buena hija.
MATILDE.
Adiós.

(Sale por la izquierda.)

PEDRO.
Yo salgo y muy luego
245
volveré.

Escena III

D. PEDRO, luego SERAFINA.

PEDRO.
¡Nunca creyera
que hasta tal punto llegase
su pasión! Mucho me inquieta
el estado en que la veo;
y más mi inquietud aumenta
250
el pensar que no es posible
hallar un medio que pueda
restituirla la calma...
¡Pobre Matilde! y Elena
por otra parte complica
255
la situación de manera
que es de temer que esto al fin
término feliz no tenga.

(Tira de la campanilla.)

Si hablara yo a ese don Félix
de hombre a hombre... tal vez fuera
260
mucho mejor...
SERAFINA.

(Saliendo.)

¿Llama usted?
PEDRO.
¿Mi carruaje?
SERAFINA.
Abajo espera.
PEDRO.
Mira... si viene Pacheco...
dile...

(Aparte.)

No, mejor es que ella
lo haga. Yo lo echaría
265
a perder...
SERAFINA.
Con que...
PEDRO.

(Aparte.)

Ni es esta
la ocasión...
SERAFINA.
Con que le digo...
PEDRO.
Lo que sin saber te quedas.
Nada, no le digas nada.
SERAFINA.
Pero yo...
PEDRO.
¡Maldita lengua!
270
¡Oh curiosidad! tú eres
el imán de estas doncellas
de sesenta años. Me voy.

(Sale.)

Escena IV

SERAFINA, luego D. FÉLIX.

SERAFINA.
Sí, ¡viejo gruñón! ¡sesenta
años! no los he cumplido.
275
Tú si que tienes acuestas
los sesenta con un pico
respetable. ¡Que no pueda
averiguar lo que pasa!
Y algo pasa aquí... por fuerza.
280
La cara del general
está hoy mucho mas seria
que de costumbre... Es verdad
que desde algún tiempo a esta
parte veo tales cosas,
285
que no es fácil me sorprenda
ya nada. Aquí está don Félix...
FÉLIX.

(Entrando.)

¿Y la señora marquesa?
SERAFINA.

(Aparte.)

La contestación de siempre...
sigue un poquito indispuesta...
290
FÉLIX.
Lo siento.
SERAFINA.
Voy a avisar
a la señorita Elena.
FÉLIX.
Que no se moleste; yo
no tengo ninguna priesa.
SERAFINA.
Sí; pero ella me ha encargado...
295
con tanta impaciencia espera
su visita...
FÉLIX.
En ese caso...
SERAFINA.
Sí, ya voy.

(Aparte.)

Hoy todos llegan
con pocas ganas de hablar.

(Sale.)

Escena V

D. FÉLIX, solo.

FÉLIX.
La mamá sigue indispuesta...
300
es decir, no quiere verme;
y en tanto con impaciencia
la hija espera mi visita.
Saber esto yo debiera
por demás; y sin embargo
305
siempre lo escucho con nueva
pesadumbre. Lealmente
obrando, yo no debiera
volver a poner los pies
en esta casa. ¿Y Elena?
310
¿Y esa niña que me ama
con tal ardor, tal fineza,
y a la que yo en un momento
de locura hice promesas
que en estado de cumplir
315
mi corazón no se encuentra?
Quise vengarme, es verdad;
creí encontrar resistencia;
creí vencer, más luchando;
y entonces, noble marquesa,
320
de mí te hubiera quedado
memoria viva y eterna.
Pero ante un ser tan ingenuo
que se rinde, que se entrega
sin desconfianza alguna;
325
que a las razones primeras
con lágrimas de placer
y gratitud me contesta,
mi cólera y mis proyectos
de venganza el viento lleva.
330
Para ello era preciso
tener corazón de piedra
y ser cobarde y malvado.
¡Dónde hay suerte más adversa
que la mía! ¡preso estoy
335
en mis propias redes! Fuerza
es confesar, que a su lado
la amargura de mis penas
se templa... ¡es tan parecida
a su madre!.. mas no es ésta
340
la razón: ¡no puede ser!
¡Matilde! ¡que ya no pueda
apartar de la memoria
este nombre!.. y en tanto ella;
tal vez otro amor... ¡No puedo
345
acostumbrarme a esta idea!
Al principio sospeché
de ese Mendoza, más pruebas
hoy tengo de lo contrario...
La casa nadie frecuenta
350
más que yo... y ella al retiro
y a la soledad se entrega.
Sin embargo... ¡ese retrato
que besar lo ha visto Elena!...
¡Oh! diera por poseerle...
355
Calmémonos; alguien llega.

Escena VI

D. FÉLIX, ELENA.

ELENA.
¿Le he hecho a usted mucho esperar?
FÉLIX.
No, que ahora mismo he llegado.
ELENA.
Como ayer se ha retirado
usted quejoso; aumentar
360
su disgusto sentiría.
FÉLIX.
Quejoso no; verdad es
que a impulsos del interés
que usted me inspira, quería
la razón averiguar
365
de la inquietud que he advertido
en usted; pues vano ha sido
quererla disimular.
ELENA.
¡Hay semejante aprensión!
Nada he sentido, ni siento...
370
FÉLIX.
El rostro en este momento
le está haciendo a usted traición.
Vamos, sea usted conmigo
más franca...
ELENA.
Pero... si no...
FÉLIX.
¿Por ventura no soy yo,
375
su más fiel, más tierno amigo?
ELENA.

(Bajando los ojos.)

¡Amigo!
FÉLIX.

(Embarazado.)

Quise decir...
amante...
ELENA.
¡Oh! no. Calle usted;
pues tampoco yo a mi vez
quiero obligarle a fingir.
380
Del corazón la tibieza
mal con palabras se dora...

(Después de una pausa.)

¿No comprende usted ahora
la causa de mi tristeza?
FÉLIX.
¿Quién tal sospechar podría?
385
ELENA.
Pues ya di el paso primero,
este peso arrojar quiero
que me oprime noche y día.
Sí; al principio confiada
creí cierta su pasión:
390
hoy tengo la convicción
de que nunca he sido amada.
FÉLIX.
¡Oh!
ELENA.
Deje usted que prosiga.
Cuando por primera vez
de la fiesta en la embriaguez
395
me pintó usted su fatiga;
con tal fuego, tal verdad
su pasión vi retratada
en el gesto, en la mirada;
que, locura o ceguedad
400
sería, mas la creí...
Luego mas dulce estrechez
nos unió... ya no era usted...
el mismo que entonces vi.
Llena usted su amante empleo...
405
con violencia... distraído...
casi como arrepentido...

(DON FÉLIX hace un movimiento.)

¡Oh! yo tampoco lo creo.
Nueva en las lindes de amor,
bien pudiera haber formado
410
un concepto equivocado
de ese afecto engañador;
y esto un alivio me fuera;
pero allá en mi pensamiento
juzgo por lo que yo siento
415
lo que usted sentir debiera.
La causa de esa aflicción,
con lo dicho harto se deja
ya ver; ¿no es justa mi queja?
FÉLIX.
No, Elena...

(Aparte.)

Tiene razón.
420
ELENA.
¡Oh! que es cierto ese desvío
claro en su silencio veo.
FÉLIX.
Pues que tal es su deseo,
seré franco, a pesar mío.
Yo tengo treinta años ya;
425
y a esa edad es fácil cosa
comprender que mi amorosa
crónica larga será.
Siempre en pos de los placeres,
vime en apurados trances;
430
y de tan variados lances
conocí a muchas mujeres.
Hui al fin de ese elemento
ya muchos años pasados,
con los sentidos gastados
435
más virgen el sentimiento.
ELENA.
No comprendo...
FÉLIX.
Sí, es verdad;
al decir esto olvidaba
que era usted con quien hablaba.
¡tiene usted tan poca edad!
440
Decir con esto he querido
que vine a vida mejor
sin conocer el amor.
ELENA.
¡Es posible!
FÉLIX.
¡Sí; la ha sido!
ELENA.
¿Y después?
FÉLIX.
¡Quién lo creyera!
445
ELENA.
¿Ha sido usted más sensible?
FÉLIX.
Allí donde hay combustible,
de la chispa más ligera
se alza una violenta llama.
Después... amé locamente;
450
¡con esa pasión ardiente
con que sólo una vez se ama!
Mi delirio adormecer
no pude de ningún modo:
¡mi dicha, mi gloria, todo
455
lo cifré en una mujer!
ELENA.
Pues tal pasión inspiró,-
de ella muy digna seria.
FÉLIX.

(Con amarga ironía.)

¡Oh! sí: ¡muy digna a fe mía!
ELENA.
¿Quién es? ¿dónde está?
FÉLIX.

(Después de una pausa.)

¡Murió!
460
ELENA.
¿Murió?
FÉLIX.

(Aparte.)

Al menos para mí.-
Sí, Elena; y todo acabado,
rendido y desengañado
a la razón acudí.
Despertar en vano intento
465
hoy mis antiguos trasportes;
esa pasión los resortes
gastó en mí del sentimiento.
Por eso a despecho mío
puedo ofrecer solamente
470
un afecto poco ardiente,
que parecerá a usted frío,
pero sincero y leal,
y aún por eso más constante,
en que el amigo, el amante
475
se confunden por igual.
Sin reserva he dicho aquí
lo que yo olvidar quisiera.
ELENA.
¿Y si esa mujer viviera,
la amara usted más que a mí?
480
FÉLIX.
¡Oh!
ELENA.
Quiero que sin disfraz,
aunque se aumente mi pena...
FÉLIX.
¿Por qué me hace usted, Elena,
esa pregunta?
ELENA.
Es verdad.
¿Por qué atormentarme así?
485
¡Oh! de olvidar trataré
que a otra su amorosa fe
ofreció usté, antes que a mí.
Y fío en mi buena estrella,
que con el tiempo alcanzar
490
podré, me llegue usté a amar
como la amó usted a ella.
Ese afecto, aunque pequeño,
ya le acepto agradecida,
y una dicha más cumplida,
495
un lazo mas halagüeño
sin quejarme aguardaré;
sí, sí: y aún más le prefiero
franco, leal y sincero,
que mintiendo incierta fe.
500
¡Pues la sombra de un engaño
solamente el sospechar,
fuera para mí un pesar
cruel!...
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Me está haciendo daño!
ELENA.
Pero me olvidaba ¡ay Dios!
505
que de otro asunto tenemos
que tratar, y que hoy podremos
dudas aclarar los dos.
En distintas ocasiones,
y ayer más recientemente,
510
se ha mostrado usté impaciente
por conocer las razones
del triste retraimiento
de mamá.
FÉLIX.
Sí, sí, es verdad:
un interés de amistad...
515
y el muy justo sentimiento
que causaba a usted...
ELENA.
Lo sé.
Noble es y digno el objeto
que le guía.
FÉLIX.
¿Su secreto
descubrió usted?
ELENA.
No lo sé.
520
Aunque sospecho que sí.
¿Recuerda usté aquel traslado
de que tanto hemos hablado?
FÉLIX.
Sí. ¿Ese retrato?...
ELENA.

(Sacando una cajita.)

Está aquí.
FÉLIX.

(Haciendo un ademan para cogerle y conteniéndose.)

¿Ahí?... ¿y sabe usted... quién es?...
525
ELENA.
¡Cómo! ¿Puede usted pensar
me atreviera a profanar,
aunque por un interés
legítimo, su secreto?
No, que hija suya me llamo,
530
y el cielo sabe que la amo
tanto como la respeto.
Y aunque de abrirle existiera
en mí derecho o razón,
repugna a mi corazón,
535
y a hacerlo no me atreviera.
Le estraje furtivamente
por un instante no más;
pero verle yo, ¡jamás!
Usted, es muy diferente,
540
puede verle sin temor;
y aunque yo ignore su nombre,
sabrá usted quién es ese hombre
que la inspiró tanto amor.
Usted le conocerá...
545
y ¿quién sabe, dónde alcanza?...
Es una loca esperanza,
sin fundamento quizá.
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Oh! ¡tan noble sencillez
me avergüenza, a pesar mío!
550
ELENA.
Es un secreto que fío
a la lealtad de usted.
Mis votos no serán vanos...

(Entregándoselo)

Véale usted sin demora...
FÉLIX.

(Aparte y dando vueltas a la caja.)

No sé por qué, pero ahora
555
que le tengo entre las manos,
mi vista un velo oscurece,
y apresurado palpita
mi corazón!...

Escena VII

Dichos: SERAFINA, precipitadamente.

SERAFINA.
¿Señorita?
ELENA.

(A D. FÉLIX rápidamente y en voz baja.)

Guárdele usted.

(D. FÉLIX lo hace.)

¿Qué se ofrece?
560
SERAFINA.
La señora viene aquí.
ELENA.
¿Qué dices?
SERAFINA.
Lo que he contado;
y como usted me ha encargado
que la avisara...
ELENA.
Sí, sí.
Vamos.
FÉLIX.
¡Cómo! ¿Se va usted?
565
ELENA.
Temor pueril tal vez sea,
mas no quiero que nos vea
juntos.
FELIZ.

(En voz baja.)

Pero...
ELENA.

(Lo mismo.)

Volveré.

(Salen.)

Escena VIII

D. FÉLIX, luego MATILDE.

FÉLIX.
¡Va a venir! ¿qué me querrá?
de calmar en vano trato
570
mi agitación. ¡Y el retrato!

(Hace un ademán para sacarle y se contiene al ver a MATILDE.)

Ya no es tiempo.
MATILDE.

(Aparte.)

Solo está.
¡Valor!
FÉLIX.

(Conmovido y aparte.)

¡Oh, qué palidez!
MATILDE.

(Se adelanta con vacilación, apoyándose en un velador inmediato a la puerta de la izquierda.)

Señor don Félix...

(Aparte.)

Yo muero...
¡Ah!
FÉLIX.

(La contempla con ansiedad un momento, y viéndola próxima a vacilar, se dirige a ella sin poder contenerse, exclamando.)

¡Matilde!
MATILDE.

(Dominando su turbación.)

¡Caballero!
575
FÉLIX.

(Retrocediendo y con tono frío y respetuoso.)

Señora, a los pies de usted.
MATILDE.
Fue un leve decaimiento...
Mas ya pasó... Por mi mal,
no estoy de salud cabal.
FÉLIX.
Perdone usté un movimiento
580
involuntario...
MATILDE.
Sí, sí.
Lo aprecio, aunque a la verdad
no había necesidad...
FÉLIX.
Repito que necio fui.
Tiempo ha que en mí con porfía
585
su injusto rigor se ceba,
poniendo así a dura prueba,
señora, mi cortesía.
Y aún más lo debo extrañar
dirigiendo mal mi grado
590
la memoria a lo pasado.
MATILDE.

(Con fuego.)

¡Y lo osa usted recordar!

(Conteniéndose.)

Pero no es esta ocasión
de reproches...
FÉLIX.
Bien lo sé.
Ni lo será para usté
595
jamás...
MATILDE.
Tiene usted razón.
Mi capricho no halló traba
ninguna... anduve ligera...
rompí un lazo que debiera
respetar... pero no amaba.
600
Para mí...

(Aparte.)

¡Estoy en un potro!-
Llegó a la razón su vez...
FÉLIX.
No, porque a otro ama usted.
MATILDE.

(Sorprendida.)

¿Yo?...

(Reportándose.)

Sí, es verdad: amo a otro.
FÉLIX.

(Aparte.)

¡Y esto mi furor consiente!
605
MATILDE.
Pero el pasado olvidemos,
que antes, don Félix, tenemos
que tratar de lo presente.
FÉLIX.
¡De lo presente! Por Dios...
MATILDE.
Su sorpresa es natural...
610
tal vez me he explicado mal.
FÉLIX.
No hay presente entre los dos,
y aunque de mí tal se exija
y al presente acuda ahora,
¿de qué hablaremos, señora?
615
MATILDE.
¡Oh... hablaremos de mi hija!
¡Calla usted! ¿Sin duda alguna
usté ha llegado a creer
que yo le dejara hacer
de su galante fortuna
620
palenque mi propia casa?
¿Que vería indiferente
que a mi vista esa inocente
niña, de experiencia escasa,
fuera sin grandes fatigas
625
víctima de los engaños
de usted, que han hecho los años
ducho en galantes intrigas?
Lo creyó usted en mal hora,
que aunque yo olvide su guía,
630
¡no es mi hija mercancía
de libertino!
FÉLIX.

(Ofendido.)

¡Señora!
MATILDE.
Ya se ve; usted despechado,
en su ciego frenesí,
para vengarse de mí
635
no halló un medio más honrado
que el de herirme rencoroso
en mi prenda más querida;
¡oh, digna acción por mi vida!
¡debe usté estar orgulloso!
640
¿Y era usté quien blasonaba
de hidalguía y de nobleza;
el que erguida la cabeza
no ha mucho aquí reprochaba
mi conducta?... Sí ha un momento
645
yo misma me he condenado,
ahora de haber obrado
cual obré no me arrepiento.

(Después de una pausa.)

¿Y bien?
FÉLIX.

(Con calma.)

¿Usté ha concluido?
MATILDE.
Si, he concluido; hable usté.
650
FÉLIX.
¡Oh! si por cierto; hablaré...
Cuenta que usted lo ha querido.
Dos años de estrecha unión
contábamos sin que hubiera
ni la nube más ligera,
655
ya de hecho o ya de intención,
empañado el sol brillante
de nuestra felicidad...
¡Dos años, que a la verdad
fueron para mí un instante!
660
Cuantas pruebas inventar
pudo un cariño acendrado
ambos nos las hemos dado;
lo puede usted recordar...
MATILDE.
No ignoro esa relación;
665
pero ¿a qué conduce ahora
su recuerdo?...
FÉLIX.
Esto, señora,
es mi justificación.
Su mano usted me ofreció
sin demanda alguna mía;
670
mi corazón la admitía,
mi orgullo la rechazó.
Sin títulos, sin fortuna,
hizo mi empeño más fuerte
hasta el negarme la suerte
675
los privilegios de cuna.
Usted supo comprender
de mi escrúpulo el exceso,
y lejos de amenguar eso
nuestro amor... lo hizo crecer.
680

(Pausa.)

¿No es cierto?

(MATILDE hace una señal afirmativa.)

Prosigo pues.
Pero usted tampoco ignora
que ese obstáculo, señora,
desapareció después.
Una herencia inesperada
685
me hizo rico; la barrera
que a mis votos se opusiera
contemplando ya salvada,
vengo en alas del deseo
a este sitio, en que creía
690
encontrar a la que había
dado a mi amor por trofeo
dos años que brevemente
pasaron de ardiente fe;
pero aquí no la encontré,
695
no, ¡porque estaba ausente!
Hallé otra mujer aquí
fría, orgullosa y altiva,
que mis caricias esquiva;
que a mi ciego frenesí
700
con necios votos responde
de eso que amistad se llama;
que dice que no me ama;
que ya en su pecho no esconde
para mí más que desdén,
705
compasión y frialdad...

(Pausa.)

Esto también es verdad.
MATILDE.

(Con exaltación.)

¡Oh! ¿no acaba usted?
FÉLIX.
Pues bien.
Esa mujer que hasta aquí
he respetado en mal hora,
710
¡se atreve a hacerme, señora,
reconvenciones a mí!
¡A mí, a quien tanto agravió,
y a quien tanto daño ha hecho!
a mí, que tengo derecho
715
hasta a despreciarla...

(MATILDE hace un movimiento.)

No,
no la desprecio, aunque leve
tal castigo a mi entender
fuera; pero esa mujer...
donde yo estoy, callar debe,
720
aunque hacerlo no le cuadre.
MATILDE.

(Aparte.)

Esto es demasiado ya.-
Bien, la mujer callará;
pero escuche usté a la madre;
pues si ella a usted engañó,
725
¿hay ley alguna que exija
que haya de pagar la hija
culpas que no cometió?
Su venganza en mí, que he sido
culpable, caiga en buen hora.
730
FÉLIX.
¿Y quién dijo a usted, señora,
que yo vengarme he querido?
MATILDE.

(Confusa.)

¡Al menos lo he sospechado!...
FÉLIX.
Tal sospecha es insegura...
El que amó a usted, ¿por ventura
735
de amar a otra está privado?
Revela en mí suponer
tan vengativo proyecto,
más que el maternal afecto,
la vanidad de mujer.
740
Y de una vez concluyamos,
señora, que ya es razón,
la penosa situación
en que los dos nos hallamos.
Si yo a Elena enamoré,
745
sin que sintiera mi pecho
mas que un celoso despecho
cuya causa sabe usté,
en su inocente candor
mis provectos se estrellaron,
750
y a la razón se tornaron
calmando mi ciego ardor.
Voy por fin a revelar
sin disfraz, aunque lo siento,
señora, mi pensamiento.
755
Yo a Elena no puedo amar;
vanos mis votos han sido;
ya de ilusiones desierto
mi corazón está muerto.
MATILDE.
Entonces...
FÉLIX.
No he concluido.
760
Pero al tiempo que he avanzado
en su amistad, insensible
a aquel perfume apacible
que se respira a su lado,
ser no he podido. Mi estrella
765
lució en más grata bonanza,
una lejana esperanza
de dicha entreviendo en ella.
El fuego de la pasión
buscar en mí inútil fuera;
770
mas si una amistad sincera,
y si una honrada intención
pueden hacer la ventura
de esa niña encantadora,
tales prendas desde ahora
775
mi cariño le asegura.
Hay, señora, otra razón,
la más poderosa acaso,
para que sea este paso
casi en mí una obligación.
780
Mas si atenta usted me ha oído,
añadir más fuera en vano;
y la pido a usted su mano...
MATILDE.
¡Su mano!
FÉLIX.
Ya he concluido.
MATILDE.

(Con vacilación.)

¡Su mano!... perdone usted...
785
¡quién pudiera... imaginar!...
Usted no debe extrañar
que no conteste a mi vez
a su honrosa petición...
Yo celebrara infinito...
790
pero explorar necesito
de mi hija la intención...
Y como ella... le ame a usted...

(Viendo a ELENA.)

¡Ah!

Escena IX

Dichos: ELENA. Al ver a MATILDE se detiene.

FÉLIX.
Pues a tiempo ha venido...
ELENA.
Siento haber interrumpido...
795
MATILDE.

(Aparte.)

¡Oh, acabemos de una vez!
ELENA.
Me retiro...
MATILDE.
¡Qué locura!
hablando estamos de ti...

(Tomándola una mano.)

Vamos... acércate aquí...
ELENA.
¡Mamá! ¡tienes calentura!
800
FÉLIX.
¡Cómo!
MATILDE.
¿Yo? estás engañada.
Nunca tan bien me he sentido...
será el calor...
ELENA.
He creído...
MATILDE.
¡Aprensión!... esto no es nada.
Y extraño fuera en verdad
805
sentir yo tales efectos,
estando haciendo proyectos
sobre tu felicidad.
ELENA.
¡Qué dices!
MATILDE.
Sí, Elena mía.
Don Félix, que está presente,
810
me ha pedido formalmente
tú mano, y saber quería...
ELENA.
¡Cómo! no es posible, no...
FÉLIX.
Es la verdad...
ELENA.
¡Qué he escuchado!
MATILDE.
¿Serás feliz a su lado?
815
ELENA.
¡Qué eso me preguntes!
MATILDE.

(Aparte.)

¡Oh!
¡mal encubre su alegría!-
¿Con... que... le amas?...
ELENA.
¡Sí le quiero!
tú bien lo sabes...
MATILDE.
Sí... pero...
FÉLIX.
¡Qué escucho! ¿Usted lo sabía?
820
MATILDE.

(Con viveza.)

No, yo no sabía nada.
ELENA.
Sí, mamá; tiempo hace ya
que te lo he dicho...
FÉLIX.

(Agitado.)

¿Será
verdad?
MATILDE.
Estás engañada.
FÉLIX.
¡Hace tiempo!

(A ELENA.)

¿Acaso ahora
825
recuerda usted cuándo ha sido?
ELENA.
Si por cierto... lo ha sabido...
MATILDE.
No, no...
FÉLIX.

(A MATILDE.)

¡Silencio señora!

(A ELENA.)

¿Cuándo, diga usted?...
ELENA.
¡El día
que de los baños llegó!...
830
FÉLIX.
¡Ah!
MATILDE.
No lo crea usted, no.
FÉLIX.
¡Qué sospecha!
ELENA.

(Sorprendida.)

¡Madre mía!
¡Don Félix!
FÉLIX.

(En el mayor desorden.)

¡Oh! ya adivino:
¡qué he hecho, Dios mío! aclarar
necesito sin tardar
835
mis dudas!...
ELENA.
Yo pierdo el tino.
¿Qué significa?...
FÉLIX.
¡No, no busco en vano una certeza!...
no... ¡yo, pierdo la cabeza!
¡Ah! ¡este retrato!

(Sacando el retrato y abriéndole apresuradamente.)

¡Era yo!...
MATILDE.
¡Qué veo!
ELENA.
¡Cielos!
FÉLIX.

(A MATILDE sin poder contenerse.)

¡Señora!...
840
MATILDE.
¡Nada crea usted!...
FÉLIX.
Sí, sí:
MATILDE.
¡Elena! ¡vete de aquí!...
ELENA.
¿Yo?
MATILDE.
Con don Félix ahora
tengo que hablar...
ELENA.
Pero...
MATILDE.

(Precipitadamente.)

Ve:
te lo mando... vete presto.
845
ELENA.

(Aparte.)

¡Oh! ¿qué significa esto?
MATILDE.
¡Vamos!
ELENA.

(Aparte.)

¡Mas yo lo sabré!

(Vase.)

Escena X

MATILDE, D. FÉLIX, luego ELENA.

MATILDE.
¡Vamos! ¿está usted contento?
¡Ya puede usted aplaudir
su victoria!
FÉLIX.
Resistir
850
no he podido ni un momento
más; y pues que se ha alejado
Elena...
MATILDE.
Se alejó ya,
cierto; mas con ella va
a sospecha... ¡Usté ha logrado
855
vengarse sin compromiso!...
¡Oh! ya se ve, no era nada
haber hecho desgraciada
a la madre... era preciso
que la hija también fuese
860
víctima; ¡sublime acción!
¡y tiene usted corazón!
FÉLIX.
¡Y qué quiere usted que hiciese!
Soy un miserable... sí:
soy un ciego... un insensato...
865
¡Oh, señora! ¿este retrato
por qué antes no le vi?
Todo lo comprendo ahora...
¡y usté ha sufrido paciente!...
perdón... yo estaba demente...
870
porque sepa usted, señora,
que mi pasión no ha cesado
de existir...
MATILDE.

(Con fuego.)

¡Mentira!
FÉLIX.
¡Sí!
MATILDE.
¡Mentira! ¿y osa usté aquí
recordar aún lo pasado?
875
¿Y osa usté hablarme en su abono
a mí que sufrí y callé,
y en silencio toleré
la amarga hiel de su encono?
Inútil el fingimiento
880
es ahora: puedo hablar,
y rienda libre dejar
a mi justo sentimiento.
Usted juzgó con razón
que honrado al satisfacer
885
a la madre, a la mujer
hería en el corazón.
De su importuna esquivez
fuerza era tomar venganza...
¿Qué pesaba en la balanza
890
la pasión? ¡responda usted!
¿Es posible que la sienta
el que en su orgullo altanero,
al obstáculo primero
se irrita, se desalienta,
895
y la venganza acomete
con esos trasportes vanos
del niño a quien de las manos
arrebatan un juguete?
¡Y de ella hace usted alarde!
900
¿quién siente así la pasión,
o no tiene corazón,
o si lo tiene es cobarde?
FÉLIX.
¡Oh! ¡yo merezco, señora,
tales reproches: por eso
905
los sufro, aunque con exceso
me castiga usted ahora!
¡Yo no he sabido apreciar
a usted en lo que valía:
si, yo tal vez no debía
910
más que humillarme y callar!
¡Pero aún no soy de perdón
indigno: si usted supiera
la lucha terrible y fiera,
la espantosa agitación
915
de mi espíritu, al perder
la única dicha cumplida
que me hizo amable la vida!
¡Sabe usted lo que es tener
siempre fijo un pensamiento
920
en la memoria; tirano
que nos acosa inhumano
días y noches sin cuento!
¡Que no es mi pasión constante!
¡Decir puede si lo ha sido
925
tan solo el que la ha sentida
y la siente en este instante!
MATILDE.
¡Y Elena!
FÉLIX.
Elena, señora,
es un retrato viviente
de su madre: ella a mi mente
930
recordaba en cada hora
los rasgos mil que de usted
con tanta verdad traslada:
su sonrisa... su mirada...
su expresiva sencillez,
935
todo recordar me hacía
otro objeto más amado;
y así al menos consolado
dejaba su compañía.
Pero después frente a frente
940
con la verdad me encontraba,
y a mis angustias tornaba
y a mis luchas nuevamente.
¡Oh! si hasta hoy su abnegación
sublime he desconocido,
945
¡también muy cruel ha sido,
señora, mi expiación!
MATILDE.
¡Y bien! eso ya ha pasado...
Usted tiene otro deber
que cumplir... retroceder
950
no es posible... Ya ha escuchado
Elena su petición...
Ella le ama a usted... yo quiero
su felicidad primero...
Con el tiempo esa pasión
955
se extinguirá... todo cede
ante su influjo tirano...
Usté ha pedido su mano,
y atrás volverse no puede...
De usted acción tan bastarda
960
no sospecho...
FÉLIX.
Y con razón...
Es la pena del talión...
un sacrificio me aguarda...
cumpliré la deuda mía...

(ELENA sale y se adelanta hasta el medio de la escena, en donde, detenida por lo que dice D. FÉLIX a continuación, permanece hasta que es vista por su madre.)

Pero antes quiero obtener
965
un favor...
MATILDE.
¿Y cuál?
FÉLIX.
Saber
si me amas todavía.
MATILDE.

(Asustada.)

¡Cómo!
FÉLIX.
¡Yo no puedo más!
¡Yo estoy loco!... ¡harto he callado!
nadie como yo te ha amado...
970
Dime si tú...
MATILDE.
¡No, jamás!
FÉLIX.
Sí, Matilde; al que en su anhelo
condena a morir la suerte,
antes de darle la muerte
no se le niega un consuelo.
975
Seré de Elena; seré
de quien tú quieras, lo juro;
pero antes pueda seguro
estar de tu amante fe.
Quiero saber si has guardado
980
en tu corazón memoria
de aquella risueña historia,
¡hoy triste porque ha pasado!
Esto valor me dará,
pues flaqueando ahora le ves,
985
y para siempre después
mi labio enmudecerá.
Matilde, ¿me amas?
MATILDE.

(Aparte.

¡Dios mío!
¡yo soy débil!) Por piedad...
calle usted...
FÉLIX.
No.
MATILDE.
Mi amistad...
990
FÉLIX.
Ese es un título frío
que rechazo... No, Matilde...
yo necesito otra cosa:
tú debes ser generosa...
lo serás... Rendido, humilde
995
te lo ruego... Yo reclamo
de ti el último favor
que dar puedes a mi amor...
MATILDE.

(Con pasión.)

Pues bien, Félix, ¡yo te amo!

(Viendo a ELENA.)

¡Ah!

(Queda inmóvil con la vista en el suelo DON FÉLIX retrocede dos pasos. ELENA se adelanta silenciosamente y se coloca en medio de los dos.)

ELENA.

(A D. FÉLIX.)

¡Ya lo ha escuchado usté!...
1000
Ella con pasión lo amaba...
¡Por mí se sacrificaba!...
FÉLIX.
¡Elena!
ELENA.
¡Todo lo sé!
Por mí ocultó su pasión...
¡Y yo, en cambio a su terneza,
1005
el dolor y la tristeza
sembraba en su corazón!
Ahora la ve usted ahí,
la frente al suelo inclinada,
¡cuando debiera indignada
1010
cebar su cólera en mí!
En mí, que no he merecido,
no, tamaña abnegación,
¡pues su noble corazón
leer hasta hoy no he sabido!
1015
Yo, que la iba a arrebatar
la dicha, sin que sintiera
nada en mí que me advirtiera
que nos iba a separar
un abismo... y ese abierto
1020
¡gran Dios! ¡por mi propia mano!-
-aunque la verdad no en vano
a tiempo se ha descubierto;
solo encuentra en su agonía
esfuerzo mi corazón
1025
para decirla...

(Echándose a sus pies.)

¡Perdón,
y sé feliz, madre mía!
MATILDE.

(Levantándola.)

No, no, Elena: él te ama, sí:
en vano a ceder me obligas.
ELENA.
¡Oh! basta: ¿que eso me digas
1030
sabiendo que estaba ahí?
MATILDE.
Perdona; es cierto ¡gran Dios!
tuyo no puede ser ya;
pero entonces no será
de ninguna de las dos.
1035
Yo permitirlo no puedo...
Padecieras...
ELENA.
No, descuida:
a mi edad se ama y se olvida
fácilmente... Ya concedo
que don Félix me ha inspirado
1040
al principio... una afición
extraña... pero en razón,
eso que amor he nombrado,
bien puede ser amistad.
¿Quién sabe si presentía
1045
que en él un padre hallaría
y tú la felicidad?
¡Oh! si deseas mi bien,
mi voz escucha sincera:
¿cómo ser feliz pudiera
1050
no siéndole tú también?
MATILDE.
No, tú me engañas.
ELENA.
Te juro...
MATILDE.
En obcecarme te afanas;
mas tus súplicas son vanas...
ELENA.
Pero si yo te aseguro...
1055
MATILDE.
No te creeré...
ELENA.
Mas fío
que con la verdad palpable...
MATILDE.
No, Elena; es irrevocable
mi resolución.
ELENA.
¡Dios mío!
¡cómo obligarla podrá!
1060
¡posible es que nada alcance
mi mente en tan duro trance!
Don Félix, tal vez usté
más feliz con ella sea...
FÉLIX.
No, Elena; aquí a mi pesar
1065
sólo me toca admirar
y enmudecer...
ELENA.

(Aparte viendo a D. PEDRO y al VIZCONDE, que entran por el fondo.)

¡Oh! ¡qué idea!

Escena última

MATILDE, ELENA, D. FÉLIX, D. PEDRO, el VIZCONDE.

PEDRO.

(Aparte.)

¡Cómo! ¡aquí juntos los tres!
ELENA.

(A D. PEDRO.)

A tiempo usted ha llegado,
pues con ansia era esperado.
1070
MATILDE.

(Aparte.)

¡Qué va a decir!
PEDRO.
Justo es
que yo sepa...
ELENA.
Sí, al momento,
Mamá, sin yo conocer
la razón, de proponer
me acaba...
PEDRO.
¿Qué?
ELENA.
Un casamiento.
1075

(A MATILDE.)

¿No es verdad?
MATILDE.
Es Cierto.... pero
¿no me has dicho?...
ELENA.
Ya he variado
de opinión...
PEDRO.
¿Y el agraciado
es digno?
ELENA.
Sí... un caballero
de prendas... es elección
1080
de mamá... que diga ella...
MATILDE.
Cierto... no admite querella...
PEDRO.
Entonces mi aprobación...
Mas sepamos...
ELENA.
Mucho estimo
tan afectuoso interés...
1085
PEDRO.
Sí, pero dime quién es
ese joven...
ELENA.
¿Quién?

(Dirigiéndose a dar la mano al VIZCONDE.)

Mi primo.
VIZCONDE.

(Sorprendido.)

¡Yo!
PEDRO.
¡No es posible!
MATILDE.
¡Qué dices!
ELENA.

(Al VIZCONDE.)

¿Estás contento?
VIZCONDE.
¡Pues no!...
PEDRO.
Pero... si ha poco me habló...
1090
ELENA.

(Interrumpiéndole.)

¡Vamos a ser muy felices!
¿Verdad?
VIZCONDE.
¡Pero es inaudito!
¡Yo de placer estoy loco!
ELENA.
Nos amábamos...
VIZCONDE.
Sí... un poco...
¡qué digo! mucho... ¡infinito!
1095
PEDRO.

(Aparte.)

¡No entiendo lo que aquí pasa!-
Habla, Matilde... no sé
por qué enmudeces...
ELENA.
¿Por qué?
porque ella también se casa.
MATILDE.
No... yo no me he decidido...
1100
ELENA.

(En voz baja.)

¡Aún dudar puedes ahora!
MATILDE.
Mas...
FÉLIX.
Ya no hay medio, señora.
MATILDE.

(Dando la mano a DON FÉLIX.)

Don Félix, ¡nos ha vencido!
ELENA.

(Aparte.)

¡Que ella al menos sea dichosa!
PEDRO.
Con que tú también...
MATILDE.
Si a fe,
1105
con tal que lo apruebe usté...
PEDRO.
No deseaba otra cosa.
ELENA.
Mis votos ya se han cumplido...
MATILDE.
¡Cómo pagarte podría!
ELENA.
Con tus brazos.
MATILDE.
¡Sí, hija mía!
1110

(Permanecen abrazadas hasta al fin del acto.)

VIZCONDE.

(Restregándose las manos con satisfacción.)

¡Bien!
PEDRO.

(Aparte.)

¡Creo haber comprendido!

(A DON FÉLIX en voz baja.)

Por su madre se inmoló...
FÉLIX.
¡Silencio!
PEDRO.
¡En tan tierna edad!
¡Es un ángel!
FÉLIX.
¡Si en verdad!
PEDRO.
¿Será feliz?
FÉLIX.
¿Feliz? no.
1115
PEDRO.
¿Y en qué fundar tal supuesto?
FÉLIX.
En que es un ángel le fundo:
los ángeles en el mundo
no están bien, y se van presto.

FIN DE LA COMEDIA