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M. Aznar, «El II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura», Camp de l'Arpa, 31-32, 1976, p. 13.

 

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G. Gullón, loc. cit., p. 31. Entresacamos del fragmento del discurso citado los siguientes párrafos: «Toda la literatura española está escrita con sangre, con la sangre del pueblo español; y esa sangre que, como decía Lope, «nos grita la verdad en libros mudos», es la misma que sigue gritándonos hoy su misma verdad, en víctimas mudas. Es la sangre libertadora de la muerte por la palabra. La que grita en nuestro Don Quijote inmortal, la plenitud de la soledad del hombre, en el tiempo que le separa de la muerte. La afirmación permanente y revolucionaria de la vida contra la muerte. Por eso nuestro pueblo español, consciente de la plenitud humana y humanizadora de su pasado, está solo, plenamente solo, ante la muerte. Y se levanta quijotesco en Madrid, el glorioso 18 de julio inolvidable, cumpliendo el empeño libertador de su palabra con su sangre. ¿Cómo un solo hombre! ¿Y cómo un hombre solo! Solo y no aislado. Solo como nuestro Don Quijote y no aislado como Robinson. La soledad es todo lo contrario del aislamiento. La soledad es plenitud de comunión o comunicación humana. Con el pueblo español siempre solo, en definitiva, en su Historia, se salvan, también siempre, como se salvarán ahora todos los valores humanos de la cultura y, sobre todo, el de la generosidad contra el egoísmo» («Discurso», reprod. en Hora de España, 8, agosto 1937, pp. 222-228).

 

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Y decimos reinició porque ya mucho antes, en la década de los veinte, Bergamín había manifestado su desacuerdo con las teorías orteguianas. Así lo testimonia Gonzalo Penalva: «El autor de El cohete y la estrella, en «las cosas en su punto» (12-enero-1924), dice que Ortega ha iniciado una especie de campaña, entre literaria y política, para demostrar que el arte moderno no solamente es 'impopular, sino antipopular, enemigo de todos y dedicado exclusivamente a unos pocos'. Bergamín rechaza 'humildísima' la teoría orteguiana, y refiriéndose al teatro afirma que 'es popular o no es teatro, es otra cosa distinta, que puede ser literatura, mejor o peor, escenografía, música..., etc., para delectación de 'minorías selectas' (op. cit., p. 45).

 

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Así se advierte en los términos que se van refiriendo a Ortega: «exquisitamente preocupado de técnicas históricas», «de suprema ejemplaridad», «no se levanta el velo de su enigmático pensamiento», «ejemplar seriedad intelectual del ilustre profesor universitario», «inalterable silencio», «dómine profesoral», «delicada conciencia moral del silencioso, intelectualísimo y nada frívolo profesor».

 

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A. Rama, op. cit., p. 341.

 

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Antes de esta fecha encontramos algunas referencias puntuales, como la que realiza E. Imaz en el primer número de España Peregrina, donde, comentando los últimos libros de la discípula de Ortega, María Zambrano, cuestiona una de las ideas nucleares del pensamiento orteguiano, la de la 'razón vital': «¿Qué es eso de la vida? ¿Acaso la razón vital? Cuando oigas hablar de la razón vital sopla, a ver si se animan los rescoldos. ¿Trataremos de buscar la explicación de nuestro fracaso en nuestra singularidad, en nuestro casticismo, y nos consolaremos con ese fracaso con las promesas ultraístas de esa singularidad?» (1, p. 39).

 

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Sirva, como punto de referencia, el libro de José Gaos, Pensamiento de Lengua Española, Stylo, México, 1945, Pensamiento español, SEP, México, 1945, y Sobre Ortega y Gasset, y otros trabajos de historia de las ideas en España y la América Española, Imprenta Universitaria, México, 1957. El tema, aún por desarrollarse totalmente a pesar de la abundante bibliografía publicada, resulta tan apasionante que, por sí solo, ocuparía varios estudios.

 

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Mencionemos, aunque sean tangencialmente, su referencia a Santa Teresa, uno de los ejemplos más frecuentemente repetidos por los defensores del humanismo cristiano a causa de su religiosidad hondamente sentida y ajena a las azagañas del vacuo cristianismo: «¿Cómo una Santa Teresa, por ejemplo, que jamás se ensimismó en el estudio de la Teología, llegó a construir una y de la más alta claridad, sino porque salió fuera de sí por amor de Dios? ¿Es que rompía su intimidad porque la agrandaba y enriquecía hasta meter dentro de ella nada menos que a Dios?» (84).

 

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Líneas más arriba había invalidado el «ensimismamiento» orteguiano de esta traza: «Dice que alteración viene de alter, que él traduce lo otro, cuando significa, en realidad, el otro, el prójimo. La alteración no puede significar entonces un estar disperso y como perdido por el mundo, sino la preocupación y solicitud por la vida de los demás. No querer egoístamente encerrase (sic) en sí mismo para a solas saborear los propios pensamientos, sino abrirse fraternalmente a los demás para compartir con ellos sus angustias y sus sufrimientos» (p. 84). En unos términos similares se había expresado José Bergamín en su Discurso ante el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas de Valencia.

 

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J. Marrá-López, op. cit., p. 23.

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