411
Para todo ello, véase A. Blecua, «Algunas notas curiosas acerca de la transmisión poética española en el siglo XVI», Bol. R. Acad. B. Letras de Barcelona, XXXII (1967-1968), pp. 121-127.
412
Los subsistentes,
además, buscan mayormente el «efeto»
y la «gracia»
(cf. n.
389); así para sugerir los ecos: «Consigo está hablando y dize: “Yo
/ ¿qué medio é de tener con quien me
ama?” / “Ama”, la ninfa Eco respondió; /
mas no viendo quién, replica y llama: /
“¿Quién anda por aquí?
¿Quién respondió?” / “Yo”,
buelve a resonar la dicha dama. / Él dize: “¿No
eres más de boz en seco?” / Y quédase otra vez
sonando: “Eco...”»
(vv. 272-280). Cito la edición y me informo
en el estudio de Alberto Blecua: ambos en una importante tesis
doctoral sobre Gregorio Silvestre (Universidad de Barcelona, 1973),
anticipada parcialmente, a nuestro propósito, en el
artículo que señalo arriba (n. 402), pp.
161-173.
413
En la princeps (Madrid, 1591),
podrían haber llevado los números que les doy para
mayor claridad: 63, 65, 71, 72, 73, 74, 79 y 83 (fols. 105-119). Es fácil que doña
Juana, la viuda, colocara a esa altura del libro una serie de
poemas que aparecieron juntos -como elaborados en un mismo
período- entre los papeles de Acuña. Otra rima aguda
trae el soneto núm. 105
(fol. 136v), muy ligado temática
y formalmente a las canciones 71 y 72 (vid. ahora G. Morelli, Hernando de Acuña, un petrarchista
dell’epoca imperiale, Parma, 1977, pp. 55-70, con quien me encanta coincidir
respecto a la cronología de los textos en cuestión, y
tanto más cuanto que yo había llegado a las mismas
conclusiones hipotéticas por caminos bien distintos). En
cuanto al Orlando enamorado «que començó a traduzir el
autor»
, el canto I tiene tres agudos (siempre en
-ón), y, significativamente, ninguno los
demás (II, III y partes de IV).
414
Para el arte
mayor, véase D. C.
Clarke, Morphology of
Fifteenth Century Castilian Verse, Pittsburgh, Pa., 1964, pp. 5-17 (s. v.
«Oxytonic second
hemistich»); para el arte real, la tesis (en
curso) de Vicente Beltrán muestra que las canciones
cuatrocentistas (de 1386 a 1475) nunca bajan del 25 y en algunas
épocas superan el 50 por ciento de consonancias agudas
(Beltrán agrupa las canciones por períodos de quince
años): recuérdese, por otro lado, que la
proporción de voces oxítonas en castellano se
sitúa alrededor del 30 por ciento. En cualquier caso, las
rimas agudas sonaban tan propias de la poesía cancioneril,
que sólo de ellas se sirve el Bembo, pontífice del
verso toscano, cuando ensaya el octosílabo español en
homenaje a Lucrecia Borja: «Tan bivo es
mi padescer / y tan muerto mi sperar...»
(P. Rajna, «I versi spagnuoli
di mano di Pietro Bembo e di Lucrezia Borgia»,
Homenaje a Menéndez Pidal, II [Madrid, 1925],
pp. 299-321).
415
Que ese momento sea uno para Garcilaso (o tal y cual poeta) y otro para el conjunto de la poesía castellana no afecta a las abreviadísimas consideraciones que en seguida haré. A nuestro propósito, conjeturo que el conjunto de la poesía castellana sufrió hacia 1552 un cambio análogo al experimentado por Garcilaso veinte años antes, y que análogas son las causas profundas que motivaron ambos cambios, aunque difieran -evidentemente- las causas circunstanciales. Tomar en cuenta las diferencias de edad, educación, talento o gusto de los varios autores requeriría bastantes más páginas que las concedidas al presente ensayuelo.
416
Con tales
términos, en efecto, vale la pena contrastar los usados por
G. G. Trissino (La Poetica, I-IV, 1529,
ed. B. Weinberg, Trattati di poetica e retorica del Cinquecento, I,
Bari, 1970, p. 50), G. Ruscelli (loc. cit. en
n. 424) e incluso G. Chiabrera (L’Orzalesi, en Autobiografia, Dialoghi, Lettere
scelte, ed. G. Agnino, Lanciano, 1912, pp. 63-64; también sobre el «fenecer... en vocal»
), al aducir,
los tres, el petrarquesco «I’ die’ in guarda a san
Pietro; or non più, no»
(CV, 16);
verso que, frente a los reproches de Herrera a Garcilaso
(infra), pasa
sin objeción en los comentarios de Fausto, Vellutello,
etc., etc.
417
Únicamente
menciono ejemplos que me consta asimilados en España en
relación con el debate sobre los agudos: tras echar su
cuarto a espadas al respecto, el Prete Jacopín (loc.
cit. en la n. 389)
recuerda, «de los italianos, el
Ariosto, Petrarca, Dante, Sannazaro y otros ciento»
; Juan
Díaz Rengifo, Arte poética española,
Salamanca, 1592, cap. XII,
copia los sonetos «mudos»
alegados por A. da Tempo (ed. G. Grion,
Bolonia, 1869, p. 106); y la
perseverancia en los oxítonos por parte de don Diego es
indisociable de su familiaridad con Berni y los berneschi.
418
Vid.
en particular Prose, II, xiv: «Questa, per lo detto temperamento suo,
ancora che ella molte volte una appresso altra si ponga e usisi,
non per ciò sazia, quando tuttavolta altri non abbia le
carte preso a scrivere et empiere di questa sola maniera
d’accento, e non d’altra; là dove le due
dell’ultima e dell’innanzi penultima sillaba,
agevolmente fastidiscono e sazievoli sono molto, e il più
delle volte levano e togliono e di piacevolezza e di
gravità, se poste non sono con
risguardo»
(ed. C.
Dionisotti, Prose e
rime di P. Bembo, Turín,
19662,
p. 161).
419
Compárese
además J. de la Cueva,
Exemplar poético, II, 115-117: «Si estos versos acaban en vocales, / son
más dulces, más tersos y elegantes, / y
apartándose de ellas no son tales»
. No me
detendré en la regla harto sabida que también hubo de
asumir Hozes: no «poner... muchas vezes
un mismo consonante»
.
420
Quién sabe
si azuzados a veces por los innumerables italianos aposentados o de
paso en España, quienes, in partibus, se sentirían sumamente
autorizados a dar consejos a los aborígenes, y no todos
tendrían el tino de un Navagero: en diciembre de 1550, en la
cárcel, Hozes jugaba «a los
vedados»
con un cierto mercader Falconi (N. Alonso Cortés, Miscelánea
vallisoletana, I, Valladolid, 1955, pp. 535-539); «el italianismo en Valladolid»
no era
sólo la exquisitez de Damasio de Frías y su gracejo
«para dezir mal del Ynventario
de Villegas»
(véase el bello estudio de Eugenio
Asensio en Nueva revista de filología
hispánica, XXIV [1975], pp. 219-234).