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160.        Belot, ob. cit., págs. 147-149.

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161.        Revue de Métaphysique de Morale, Julio de 1914: «La valeur morale de la science», págs. 451-455.

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162.        Belot, ob. Cit., pág. 149.

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163.        A. Rey en su Ética, traducción española por Manuel G. Morente (ediciones de La Lectura), confunde estas dos cosas al decir: «Un ideal se propone y no se impone» (pág. 60); si ideal significa verdad objetiva, el ideal se impone a la razón y produce la certeza; mas cuando significa el deber representado por la verdad objetiva como acción que se ha de realizar, entonces se propone a la voluntad sin que anule la libertad de ésta; prácticamente lo podrá negar, suele decirse, pero modo impropio de hablar es éste; la voluntad rechaza el bien propuesto para seguir otro, pero es incapaz de destruir el carácter de verdadero, que puede tener ese bien.

     El ideal como verdad objetiva producirá la convicción poderosa, de que habla a continuación A. Rey, para «organizar y disciplinar todas las fuerzas interiores del agente moral»; más difícil, si la voluntad no está resuelta a seguir el bien verdadero, racional, es que esa convicción «haga aceptar al agente moral las obligaciones[149] morales»: y mucho más difícil si, lejos de ser poderosa la convicción, no pasa de ser discutible, no seguramente probada, como parece ser la del autor de dicha obra.

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164.        El P. Lehu, O. P., en su obra Philosophia moralis et socialis (pág. 13; París, Lecoffre, 1914), dice que no se ha de buscar en la Ética la certeza metafísica, sino la moral; ¿piensa que las tesis de su Ethica Generalis, en su mayor parte, fin del hombre, fundamento del deber, mérito de los actos libres, por ejemplo, no tienen otro valor que el de una cierta probabilidad, por grande que sea? La obra de Mons. Deploige, varias veces citada, puede dar también la impresión de que ese es el pensamiento de Santo Tomás; las exigencias de la polémica le han hecho llamar preferentemente la atención sobre los textos en que se afirma la incertidumbre de la materia moral; pero de que sea erróneo el método abstracto de Rousseau, no se sigue que no haya una naturaleza humana idéntica metafísicamente en todos los hombres en dependencia necesaria de un mismo último fin, base de toda verdadera moral. Distíngase diligentemente lo que el P. Schwalm llama modo especulativo y modo práctico, y en éste lo que es necesario de lo que es contingente (lug. cit., pág. 362) y se hablará con más exactitud del carácter de la certeza de la Moral, si ha de tenérsela por ciencia en el sentido riguroso de la palabra.

     En cuanto a los neocriticistas, como advierte el cardenal Mercier (Criferiologie générale, 6.ª ed., pág. 199), están de acuerdo en que la certeza de que hablan no es más en el fondo que una especie de probabilismo muy semejante al de la Nueva Academia, y que tradujo Cicerón en estos términos: Defendat quod quisque sentit: sunt enim judicia libera: nos... quid sit in quaque re maxime probabile semper requiremus. [150] Los positivistas sinceros dicen lo mismo: A. Rey en su Ética (ed. franc.), advierte el traductor español que, al terminar cada capítulo, añade un párrafo «-siempre el mismo,- en donde declara el carácter discutible, y no seguramente probado, de la mayoría de sus afirmaciones», marcando así «la actitud, ajena a todo dogmatismo», de A. Rey.

     No creyendo que debamos discutir la cuestión criteriológica que está en el fondo de estas diversas actitudes, nos contentamos con remitir a la obra citada del cardenal Mercier, cap. I del libro 3.º, art. 2.º Théories psychologiques de la certitude, páginas 166-212, en especial «la crítica del imperativo categórico» (página 191) y «la filosofía crítica y la moralidad» (pág. 209).

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165.        Véanse págs. 80-83. -Aunque creemos suficientemente justificado lo que allí dijimos y ahora ratificamos, nos place aducir un testimonio altamente respetable, que alejará todo temor del alcance de nuestras palabras: «La utilidad de la filosofía moral no desaparece para el cristianismo, porque nosotros no aceptamos a ciegas los preceptos de la moral cristiana. Los principios de la filosofía moral son en definitiva los que nos los hacen aceptar, demostrándonos la obligación en que estamos de verificar los títulos de la revelación cristiana, y una vez verificado, de aceptar con plena sumisión de nuestras conciencias y de nuestras voluntades las leyes morales, que Dios nos ha promulgado. Además, el estudio de la filosofía moral nos ayuda a comprender mejor lo bien fundado de todos los principios y a percibir mejor todas las aplicaciones de la moral cristiana, (Castelein, S. J., Morale, pág. 19, nueva edición; Bruselas, 1904.) Estas consideraciones descubren al par otro [151] motivo de la importancia del estudio de la Ética, por sus relaciones con la moral revelada; pero bien entendido que, a cambio de este servicio, recibe aquélla, de las verdades morales contenidas en el Cristianismo, luces superiores y motivos de mayor certeza.

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166.        Summa Theol., 1.ª, q. I, a 5.

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167.        Id, 1.ª 2.ª, q. X, a. 1.

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168.        Obra citada, edición española, t. I, pág. 67. -Véase también la obra citada de Prisco, págs. 30-40.

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169.        Vidari, Problemi..., pág. 13.

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