570. Véanse Höffding, Morale, ed. cit., pág. 88, y Psicologia, trad. española, págs. 527-531; G. Richard, Manuel de Morale, páginas 126-127; Paris, Delagrave.
El principio de causalidad suele llamarse principio de razón de ser, o de razón suficiente, «en virtud del cual, decía Leibnitz, consideramos que ningún hecho podrá tenerse por existente, ninguna enunciación por verdadera, sin que haya una razón suficiente para que sea así y no de otro modo». Este principio es más general e incluye al de causalidad eficiente propiamente dicho, que expresa la exigencia, por parte de lo que deviene, o de lo que no existe por sí mismo, de un principio real que lo actualice o realice, es decir, de una causa productora; y como esto implica la continencia en ella del efecto, de lo que deviene, se dice que es la razón de ser de ello; por eso se puede llamar principio de causalidad al de razón suficiente, aunque no toda razón de ser sea causa productora de realidad. (Véase Garrigou-Lagrange, obra cit., págs. 170-174).
En sentido estricto «las causas designan todo lo que influye sobre una cosa de la naturaleza, todo aquello de que depende una realidad», y las razones «aquello que revela a la inteligencia por qué tal atributo pertenece necesariamente a la cosa a que se le atribuye. Ellas difieren de las causas, porque la razón puede no ser distinta realmente de aquello de que da razón, mientras que el efecto es necesariamente distinto de la causa» (Sentroul: Kant et Aristote, pág. 313; Louvain-París, 1913).
No ateniéndonos a esta distinción, el problema está en saber si la razón suficiente del acto voluntario es determinante del mismo, o si su causa lo produce necesariamente, y podemos emplear indistintamente unos términos u otros.
571. Höffding, Psicología, ed. cit., pág. 331.
572. La philosophie de Hamilton, pág. 547; París, Alcan.
573. De Malo, q. VI, arg. 15.
574. Eodem loco, ad 15m.
575. 1.ª 2.ae q. X, a. 2.º, ad 2m.
576. La índole concreta y algo precaria del lenguaje puede dar lugar a interpretaciones inexactas. La deliberación que precede al acto de elegir puede recaer sobre dos bienes particulares representados por dos actos distintos, por ejemplo, pasear o estudiar, que, claro es, no constituyen juntos el bien total; sin embargo, la elección recae en último término sobre el obrar o no obrar (libertad de ejercicio, común y necesaria a todas las demás), porque, eliminado uno de los términos de la alternativa, la voluntad necesita aún resolverse a poner o no el otro, siquiera no se haga explícita a la clara conciencia esa resolución por estar ya previamente tomada. Ahora bien, reducida a esto la alternativa del bien realizable, afirmamos que equivale al bien total en el sentido que expresa el P. Munnynck diciendo: «La totalidad del ser fijaría la inteligencia y la voluntad; pero en el orden humano hay como un reflejo, una sombra proyectada por la plenitud absoluta: la alternativa contradictoria. Ella está evidentemente cargada de negación y relatividad; pero en su conjunto posee un poder coercitivo sobre la inteligencia, porque equivale de un modo derivado a la totalidad del Ser.» Revue Néo-Scolastique, 1913, pág. 195. Y como a éste corresponde la totalidad del bien, la voluntad halla cuanto necesita para obrar, ni puede menos de hacerlo en un sentido o en otro, y el bien excluido equivale a la negación o exclusión hic et nunc de todos los bienes, excepto el elegido.
577. Munnynek, art. cit. de la Revue Néo-Scolastique, pág, 292.
578. Véase Noël: La Conscience du libre arbitre, págs. 248-250.
579. Obra cit., pág. 343; París, Alcan, 1894. -Refuta contundentemente las teorías de la metamorfosis y de la identidad de los fenómenos, aunque para aceptar el absurdo de la unidad, reduciéndolos todos al Pensamiento. (Cap. VI.)
Consúltese la Ontologie del cardenal Mercier (4.ª ed., págs 271-302 y 331-335; Louvain-París), en que examina el concepto de substancia, relata las falsas opiniones acerca de ella, prueba su existencia contra el fenomenismo y determina su relación con los accidentes.
