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80.        Obreros del arsenal.

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81.        P. Bureau, La crise morale des temps noveaux, págs. 368 y 369; 9.ª edición, Bloud y Compañía.

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82.        Ob. cit., pág. 371.- Merece leerse todo el capítulo X y, en [77] general, todo el libro, aunque con reservas, pues está afeado con apreciaciones nada aceptables en lo que el autor llama los «hijos de la tradición». La obra está puesta en el índice de libros prohibidos.

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83.        Lévy-Bruhl, La morale et la science des mæurs, pág, 180, ed. cit.

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84.        Jeannière, Criteriología, págs. 64-76; París, Beauchesne, 1912.

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85.        «Yo estaba continuarnente sorprendido, dice Darwin mismo, viendo cuánto se parecían a nosotros en sus disposiciones y en la mayor parte de nuestras facultades mentales los tres naturales Feguianos, que habían vivido algunos años en Inglaterra y podían hablar un poco de inglés.» (Citado en Bureau, La crise morale des temps nouveaux, pág. 285, nota.)

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86.        Bureau, ob. cit., pág. 286.

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87.        Son muy dignos de consultarse los artículos que en la Revue Pratique d'Apologétique (t. VIII) publicó el abate Dedien sobre Los orígenes de la moral independiente, págs. 401-423 y 579-598.

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88.        Fácilmente se comprenderá que no hablamos sino de los dogmas de la única religión verdadera, la judaico-cristiana; pues aunque Dios haya podido comunicarse a los otros hombres, ninguna otra religión contiene en sus enseñanzas teóricas y prácticas nada que sea revelado por Dios, y todas ellas están dentro de la esfera de la humana inteligencia; son religiones y morales naturales. -Al llamarlas así, no seguimos el modo de hablar de aquellos para quienes toda religión es, como tal, sobrenatural; así Boutroux, en su conferencia Morale el Religion, publicada en Questions du temps présent (1910), aplica textos evangélicos (págs. 39 y 40) para justificar una moral religiosa, que en rigor es estrictamente natural. Afirmar que Nature is supernatural, o con Pascal que «el hombre pasa infinitamente sobre el hombre» (pág. 38), para definir después lo natural en función del conocimiento sensible, es establecer una confusión lastimosa; el conocimiento intelectual humano, de suyo, no traspasa el orden de la naturaleza, al que pertenecen nuestra alma y Dios, en cuanto autor de ella, aunque Él sea trascendente a todo lo criado. Que el orden histórico sea por destino sobrenatural no es motivo para confundir las exigencias esenciales de las cosas con lo gratuito del don de Dios, al participarnos esa forma analógica de su vida, que es la gracia.

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89.        Revue Philosophique, Marzo de 1901, pág. 291; artículo del P. Sertillanges.

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