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El presente trabajo es un fragmento de la redacción preparatoria correspondiente a varias lecciones de un curso titulado Ethos y Logos, dado en la Universidad de Puerto Rico en el curso académico 1967-1968. Este carácter de texto destinado a explicitarse en lecciones disculpará -espero- su estilo, a veces quizá un poco hermético o sinóptico, a lo que contribuye también, claro está, el haber sido segregado de un contexto de lecciones previas, a las que remite para la intelección de ciertos pasajes o conceptos. Con todo, confío en que, para lectores iniciados en filosofía o a ella dedicados, tendrá el razonable grado de inteligibilidad requerido para permitirme darlo tal como fue redactado -salvo alguna corrección o aclaración ocasionales-. Otras dos razones han favorecido esta decisión: la relativa unidad temática del escrito y sus supuestos doctrinales básicos, oriundos del pensamiento de Ortega y bastante extensamente tratados por mí, sobre todo en los dos libros Perspectiva y verdad y La innovación metafísica de Ortega.
El examen del «ahora» es parte de la exposición del concepto de situación, e iba precedido de un examen del «aquí» y seguido del de las nociones de pretensión, contingencia y temple. Exposiciones resumidas de estos dos últimos conceptos están publicadas en dos volúmenes colectivos: Conversaciones sobre Ortega, Aller (Asturias), I. N. B. «Príncipe de Asturias», 1983, y Homenaje a Julián Marías, Madrid, Espasa-Calpe, 1984.
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Para expresar el carácter del «ser siempre aquí (hic)» y del «ser siempre ahora (nunc)», esenciales a la situación, me he permitido formar los neologismos hicceidad (de hic) y nuncceidad (de nunc), siguiendo cierta tradición léxica del pensamiento medieval (recuérdese la haecceitas de Duns Escoto) y aun del moderno (por ejemplo, la ecceidad de Gabriel Marcel).
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Aquí podría tener pertinente aplicación la formal introducción por Julián Marías del concepto de «estructura empírica» en la teoría de la vida humana, tal como lo hace en su fundamental libro Antropología metafísica, no publicado aún cuando escribí estas líneas.
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Estas páginas no incluyen dicha exposición.
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Pfänder, en su Lógica, consideraba a «y» y «con» como «conceptos funcionales», pero incluía el primero en el grupo de los «funcionales puros» (que designan funciones puramente mentales) y el segundo en el de los «funcionales aperceptivos» (que «ponen» funciones reales). Para nosotros esta distinción es irrelevante: ambos pertenecen a «modos de conciencia» equiparables, comportables e incluso, como digo arriba, equivalentes.
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No podemos entrar aquí en la problemática del tiempo «cósmico» o «físico» ni, por tanto, en las teorías -filosóficas o científicas-, tan complejas y varias, con las que se ha tratado de explicarlo o entenderlo. Y aunque un tratamiento más amplio del asunto exigiría sin duda plantearse la embarazosa cuestión de las relaciones entre ambos «tiempos» -el «cósmico» y el «vital», digo-, empezando por la de si, y en qué sentido, se puede hablar de dos tiempos (que serían tres si tomásemos en cuenta también el de la «eternidad»), nos dispensa de ello -aparte de la economía de nuestro trabajo- la razón, más profunda, de que todos los modos de pensar y de hablar del tiempo presuponen la percepción primaria y original del mismo, es decir, su efectiva presencia «en persona» -como diría Husserl (y nunca mejor empleada esta expresión), la cual no es otra -repito- que la del tiempo vivido y viviente o tiempo de la vida. Es esa base «intuitiva», «evidencial», y sólo ella, la que crea la posibilidad misma de todo hablar del tiempo. Pero esta primaria «presencia» del tiempo se identifica con la presencia de la vida a sí misma. Ahora bien, hasta hace poco no se había hecho «visible» este «territorio metafísico» de la vida -justo por su misma transparencia-, por lo que no había un logos adecuado, una manera racional de pensarlo y, por tanto, de «hablar de él». Esto lo intuyeron ya, aguda aunque oscuramente, Aristóteles y, sobre todo, San Agustín, en la Antigüedad, y todavía en nuestro siglo los pensadores que más se han empeñado en llegar a una «concepción» -o «conceptuación»- de este primigenio tiempo vital -ejemplos eminentes, Bergson o Heidegger- a donde han llegado ha sido a la conclusión de su «irracionalidad» y, por tanto, de su última «inefabilidad». Sólo en Ortega, gracias al nivel que en él alcanza esa empresa intelectual o «tema de nuestro tiempo» que es el «descubrimiento de la vida», se abre la posibilidad de una «visión racional» de ésta y, por tanto, del tiempo vital, y ello por haber encontrado en su seno -en el de la vida, digo- la raíz misma de un nuevo y más amplio modo y sentido de la «racionalidad»: el de la razón vital o viviente (que suele dar nombre a la filosofía de su descubridor). Y es claro que lo que desde ese originario espacio de comprensión se diga, las descripciones y análisis -más o menos acertados, esto es otra cuestión- que de esa «óptica» broten, no se podrán fundar en los resultados de teorías o interpretaciones, filosóficas o científicas, que (ya por razones de desarrollo histórico en las primeras, ya por la índole «penúltima» del tipo de investigación propio de las segundas) se hayan «saltado» o no hayan podido tener acceso -no importa cuan meritorias y hasta geniales sean- a esa «primera instancia» o ámbito de intelección en el que las primitivas intuiciones hallan su más inmediato e irreductible nivel de esclarecimiento y expresión racional. Por el contrario, esta indagación «racio-vital» -no importa cuan modesta pueda ser- será autónoma, en cuanto tal, previa o «anterior», en el orden «lógico» de prelación de los conceptos, con respecto a aquéllas. Ignorar, cambiar o invertir este orden de los conceptos es claro que habrá de inducir a errores, más o menos graves, en cualquier campo de investigación qué involucre, directa o indirectamente, «temas» o asuntos pertinentes a ese ámbito teorético primario: el de la exploración de la vida humana entendida como realidad radical.
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Esta idea «atomística» o «monádica» del tiempo ha tenido, sin embargo, diversas expresiones históricas desde la Antigüedad.