Existir, vivir en Leopoldo de Luis y Clara Janés
Emilio Miró
A treinta y siete años de la publicación de su primer libro, Alba del hijo (1946), Leopoldo de Luis mantiene con intensidad su doble dedicación literaria: la poesía y la crítica. Como poeta son ya muchos los libros publicados, y con uno de los últimos, Igual que guantes grises (1979), obtuvo el Premio Nacional de Poesía. El más reciente, el que cierra, por el momento, su amplia bibliografía poética es Una muchacha mueve la cortina1, premio de poesía «Villa de Rota», 1982, concedido por los poetas Luis Rosales, Francisco Garfias, Félix Grande, Carlos Murciano y Carlos Sahagún. Un poema introductorio, «El pasado», veinticinco poemas numerados y uno epilogal, «La jirafa ardiente / (Dalí)», estructuran el volumen, desarrollan la alegoría existencial que tiene su raíz en la metáfora del título.
Poeta social o testimonial, pero también poeta intimista, Leopoldo de Luis ha abordado las incógnitas existenciales y su poesía ha sido, en buena medida, exploración e inquisición del hombre y la vida. Todo ello desemboca en este último poemario, que aporta una mezcla de serenidad y melancolía maduradas por el tiempo, por una larga reflexión sobre el ser y el estar del hombre. Con la aventura y el misterio del tiempo se inicia, precisamente, Una muchacha mueve la cortina: instalado en un presente total, absorto en «el reino del encanto»
, en «una tarde azul que no se acaba»
, sin embargo el éxtasis, la «perenne palabra»
, se rompen bruscamente e irrumpe el tiempo, las edades y sus sombras frente a aquella «luz inmóvil»
... «Y se inicia el pasado»
. Tras esta obertura comienza la evocación o reconstrucción de la realidad a partir de la figura femenina, juvenil y luminosa hasta el mismo borde de la adolescencia. Y la figura surge entre cortinas «del antiguo salón de rojo oscuro / ...»
, en una atmósfera entre familiar y literaria, decimonónica y «romántica». Leopoldo de Luis se sirve deliberada e insistentemente del tópico en la recreación de ese ámbito de peluche gastado, caoba antigua, visillos y cornucopias, la loza, el vidrio, la plata y la espuma del estar. Y la música y la poesía sosteniendo todo el entramado: no son casuales las menciones de Schumann, Lamartine y Bécquer, que contribuyen a fijar más el marco sentimental y estético del poema, un tiempo lejano que resume la raíz primera del hombre que hoy escribe: «y aparezco en tus ojos, madre mía»
, endecasílabo final de este poema que lleva como epígrafe el título del libro.
A partir de aquí, el endecasílabo, sobre todo, pero también el alejandrino, y ambos preferentemente blancos (aunque el primero puede aparecer combinado con el verso heptasílabo, y el segundo en un poema -el XXIV- compuesto de ocho serventesios-alejandrinos), a partir de ese momento pre-vital, de inmersión en los hondos veneros de la vida, el verso de Leopoldo de Luis va recorriendo y desgranando peldaños de la existencia, zonas de luz o de penumbra, el resplandor o las tinieblas, igualmente cegadores. Como él mismo dice, al principio del poema IV («Lazos y clavos»), «Descorrer la cortina no es sencillo, / es como descorrer los propios ojos / o mirar a la luz lo indescifrable»
. La cortina nunca se desata del todo, el paisaje siempre tiene perfiles velados, pero esto no impide al poeta participar en él, adentrarse por los laberintos de la memoria, ir y volver de los recuerdos en un recorrido obsesivo e insistente, que se transforma en metáforas físicas y poderosas: «... Las olas / rompen contra los huesos todavía. / Yo soy mi acantilado, mi escollera»
[Poema VI, «(De los recuerdos)»].
Convertido en sujeto y objeto de su evocación y su asedio, en contemplador y contemplado, el autor de Una muchacha mueve la cortina se adentra por diversos repliegues y circunstancias del existir humano. Así, en el poema V «(Miseria de estar vivo)», es la dualidad entre el que escoge y el que renuncia, «... un doble menester contradictorio / igual que dos halcones arrojados / hacia vuelos contrarios y fatales»
. Es el dilema invencible, la tragedia de la libertad; obligados, ¿condenados?, a elegir, el camino emprendido supone el abandono irremediable de los otros posibles, los que más tarde brotan de la niebla del tiempo perdido entre la melancolía y la más absoluta de las impotencias: «Partido en dos el bosque, el mundo, el pecho, / pienso en el territorio que no quise / y que hoy tendrá un otoño que no tuvo / el previo corazón de mi verano, / ...»
. En sus Notas de andar y ver, José Ortega y Gasset expresó esta misma desazón, esta íntima frustración: «... Nos pasamos la vida eligiendo entre lo uno o lo otro. ¡Un penoso destino!...»
, llamando al corazón del hombre «máquina de preferir»
, y «... cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma»
(I. «Tierras de Castilla»). O aborda también Leopoldo de Luis la oposición «(Lo mortal, lo inmortal)» (poema VII), canto a la muerte en su presencia jánica: la miseria, la carcoma, el deterioro y la consunción, pero también sus inacabables pechos que nutren siempre «la infancia sucesiva que es el mundo»
, la «vida pugnaz hacia la luz alzando / brazos, verdor que emerge de la madre»
. El poeta encuentra la síntesis buscada, el equilibrio, la armonía, como la unamuniana «paz en la guerra»: «... la materia inmortal / a nuestra mortal alma / eternidad confiere»
.
El amor tampoco podía faltar en esta exploración existencial: siempre entre sombras y misterio, tiempo detenido o años acumulados, conociéndose y desconociéndose. Y frente a él la nada, raíz misma del ser, fundida con el hombre que la contempla y la toca, que la siente dentro de sí [poema XXI, «(La nada demasiado cerca)»]. Y, así, otros temas, otros hilos, flecos, nudos, cabos de esa trama que es la vida («... las recosidas vueltas, los enredos»)
en la alegoría del tapiz (poema XXIII). Esa vida o mujer que, aun de espaldas, «cuán hermosa la curva de su espalda desnuda»
. Mujer o vida que «ha sido nuestra ciega locura. / Esperanza, amor, sueño... Todo estaba distante; / sólo su espalda rosa, sólo su espalda impura»
[poema XXIV, «(Sólo su espalda impura)»]. Mujer-vida que culmina en el largo y hermoso poema XXV (Esa mujer a mi lado), balance sereno de toda una existencia, a veces vestida de esperanza y de sombra, a veces de soledad, a veces de amargura y de nada. Compañera y fugitiva, cercana y extraña. Como revela el breve poema siguiente -y final del libro-, «el secreto se quema o se atesora. / Llama o arca, la vida»
.
Barcelonesa de 1940, Clara Janes es, ante todo, una escritora: novela, ensayo, biografía... Pero es en la poesía donde viene afirmando y consolidando, en los últimos años, su creación literaria. Entre su primer poemario, Las estrellas vencidas (1964), y el segundo, Límite, humano (1973), pasan nueve años; a partir de este se suceden los títulos en una continuidad que muestra una intensa dedicación a la creación poética: En busca de Cordelia y Poemas rumanos (1975), Antología personal (1979), Libro de alienaciones (1980), Eros (1981) y el que nos ocupa ahora, el último publicado, Vivir2, libros, estos últimos, que marcan nuevos y más ambiciosos hitos en la configuración de un mundo poético, de una aventura intelectual y lírica, donde saberes y emociones entreverando, a la vez que delimitan el territorio personal, el «reino interior» de esta poetisa. En Eros, Clara Janés cantaba todas las escalas del amor, hasta adentrarse y descender por los vericuetos y simas del erotismo, por los «tumultos de carne / desatando riberas»
, pero trascendidas siempre la experiencia, la descripción, por la escritura depurada y sostenida en la riqueza metafórica, en el fulgor imaginativo de la palabra. En esta poesía erótica los placeres del cuerpo, los descubrimientos de la carne, van unidos a los deleites intelectuales, al gran festín de la inteligencia y la sensibilidad. Pensamos que Clara Janés aspira a una palabra poética poseída, a un tiempo, por la sensualidad y por la razón. En uno de los primeros poemas de Eros nos sugiere esta síntesis, esta doble y mutuamente enriquecedora unión: «... En lo hondo del propio pozo / se pierde definitivo el beso, / y sólo en el mutismo y la distancia / se insinúa / el tacto de la mente / entre los cuerpos»
(el subrayado es nuestro).
Con un poema introductorio, «Teoría», y ocho partes tituladas, Vivir arranca con un pensamiento similar: «Contra dolor amor se intensifica, / dota de tacto al pensamiento en el objeto, / ...»
(el subrayado es nuestro), versos iniciados de ese poema-pórtico del libro. Antes, cuatro citas (de Ibn Zamrak en su Poesía epigráfica de la Alhambra, y de Jorge Manrique, de Rilke y de Blake) fijan el umbral estético, abren caminos para el inmediato adentramiento en el texto. En la poesía de Clara Janés la cultura es parte inseparable de su creación, y no solo en la presencia acompañante, determinante, de otros autores -citas, referencia diversas...-, en la utilización de un lenguaje culto, en el que no faltan palabras, versos, citas, en otras lenguas. O, más allá del equipaje literario, en la inserción, incluso, de una partitura musical, de un poema cantado, Planto, para cerrar este Vivir. Se trata, sobre todo, de la tierra nutricia de esta escritura poética, en la que vida y arte, libros y viajes, escritores y artistas admirados, se han sumado, integrado y fundido. En este «vivir» de Clara Janés caben lo mismo Homero, Platón y Keats que un homenaje a María Zambrano o la Casa de Jorge Guillén; y la síntesis en siete alejandrinos blancos de una película, la soviética Solaris, o toda una serie de lugares privilegiados, escenarios marcados por la historia, ámbitos de emociones y belleza: Atienza, Reina Juana en la Alhambra, Patio de Lindaraja, Pedralbes, Castilla, Náchod, etc., poemas todos ellos de «Lindaraja», apartado quinto del libro. Y otro, el segundo, se dedica íntegro, con sus catorce breves poemas, a un gran escultor vasco, «Chillida», a algunas de sus obras, descritas, interpretadas, recreadas y metaforizadas en la palabra poética. También se acerca a la meta-poesía, a la propia entidad del poema, en sendos textos de la primera parte, «Iris», y en el inicial, «Nota II», de la séptima, «Albores de San Juan»; en este último es donde, probablemente, nos transmite su más profunda concepción del poema («objeto o don»)
: «... dar luz a una palabra / sin quitarle su magia / o ser depositario / de una visión o de un sentir / que toma cuerpo / en sílabas contadas»
. Todo ello se encuentra en el poetizar de Clara Janés, en su sentir pensado y en su pensar sentido (con permiso de Unamuno), en este Vivir suyo hecho de olvidos y recuerdos, de claridades y misterios, con toda la riqueza, diversidad y complejidad del existir, de lo existente. Y al poeta le corresponde la misión, el destino -como supone en el poema Corto circuito- de «tal vez emitir..., tal vez detectar infinitas palabras... o vivir en el pulso del silencio. / Tal vez conocer íntimamente el fulgor / y así quedarse a oscuras, inmutable, / recibiendo en tinieblas a desconcertados visitantes / cuando se va la luz...»
.