Fortuna de Saavedra en Italia
Juan Ramón Masoliver
Cúmplese hoy cien años, día a día, del estreno en Madrid de la obra fundamental del Romanticismo español: «Don Álvaro o la fuerza del sino», de don Ángel de Saavedra, duque de Rivas. El domingo 22 de marzo de 1835 el madrileño teatro de la Princesa estaba lleno hasta rebosar de un público heterogéneo, dispuesto a abuchear o ensalzar la nueva obra; y la batalla no tuvo nada que envidiar a la que contados años antes saludara en París el «Hernani» de Víctor Hugo. Pero a la larga se impusieron los románticos que, entre otras cosas, abogaban por la vuelta al teatro convencional español; «Don Álvaro o la fuerza del sino» reavivó en el público la afición por el espectáculo teatral y provocó un verdadero renacimiento manifestado en la calidad de los actores y en el incremento de la producción dramática. El interés por el teatro rebasaba las salas de espectáculos para convertir la cátedra y la prensa, el Ateneo y las tertulias de los cafés, y aun los hogares, en sendos palenques para otras tantas disputas literarias: el teatro no había tenido tantos entusiastas ni aun en los tiempos de Lope o de Calderón.
La afición al teatro vino a colocarse junto a la gran pasión de los españoles de aquel tiempo, la política; los laureles ganados en un campo equivalían a los que en el otro se recogiesen, y más de un conspirador hubo que tuvo que buscar la salvación escondido en el camerino de un actor. Nada tiene, pues, de particular que los triunfos dramáticos aumentasen la fortuna política de Ángel de Saavedra, último varón de una familia que había dado a la literatura castellana los más egregios poetas y prosistas y a la nación consejeros y caudillos. La muerte de su hermano Juan Remigio había hecho pasar en un santiamén a Saavedra, desde la extrema miseria en el destierro, a la riqueza en su país, y con el mayorazgo del ducado recibió de paso la grandeza de España de primera clase y el cargo de senador por derecho propio; al año siguiente pudo estrenar «Don Álvaro», y a los dos años era nombrado ministro de Gobernación.
El estruendo de aquel domingo de marzo de 1835 repitióse en ese mes de mayo del año siguiente; pero si entonces circunscribióse al teatro y a las tertulias, esta vez se extendió por la capital y por todo el país. Y si presto la obra maestra teatral conquistó a propios y a extraños, no parece que las dotes ministeriales de nuestro duque fuesen muy apreciadas: a los dos meses, abandonaba precipitadamente su cartera y salvaba su vida gracias a la hospitalidad de la embajada inglesa y a su proverbial huida a Portugal.
Entre idas y venidas, pasaron los años hasta el de 1843, en las postrimerías del cual Fernando, rey de Nápoles, reconoció por fin como reina de España a su sobrina doña Isabel, mandando como ministro plenipotenciario cerca de la misma, al príncipe de Carini, persona de alto rango. No quiso ser menos la española, y decidió corresponder a la deferencia de su pariente (y deslumbrar, por ende, a la brillante corte napolitana), designando como enviado extraordinario al Reino de las dos Sicilias, a un hombre de alcurnia y de ingenio. ¿Y quién con más merecimientos que el Duque de Rivas, el famoso autor de «La fuerza del sino»? Tras no pocas peripecias (pues sería difícil hallar otro escritor de aquella época que sufriese más en su vida privada el peso del destino, constituyendo un auténtico héroe romántico), arribó a Nápoles nuestro duque, y su entrada no fue menos triunfal que la de Osuna en los días de Felipe III. Si la satisfacción con que fue acogido el de Osuna queda patente en el Diario de todos sus hechos que compiló el napolitano Francesco Zazzera, Academico otioso, la presencia del de Rivas trajo consigo la primera traducción italiana de «La Fuerza del Sino», a cargo de Francisco Gómez de Terán, publicada en Nápoles en 1848. Y como con Pedro Girón, pasea con Saavedra «un hidalgo que ha hecho venir de España, a quien profesa tan grande simpatía, que sin él no se encuentra en parte alguna»
: Francisco de Quevedo aquél, y Juan de Valera, aun joven, éste, que había traído consigo como attaché.
Precisamente a Juan Valera debemos no pocos detalles de la vida napolitana del duque de Rivas, que nos dejó consignados en sus cartas. Orgulloso de la fama que los españoles de otros tiempos habían sembrado entre el elemento femenino de Nápoles, no es de extrañar que el de Rivas pasase lo mejor de su tiempo en tales empeños, subiendo a los palacios y agachándose en las chozas, rindiendo -como había de decir luego el héroe de Zorrilla- desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca.
Cuando el desnudo pie graba en la arenaLuciana de la alegre Mergelina,tras la humilde y lozana pescadorase me va el corazón [...]
Raras veces el verso sonoro del duque de Rivas ha alcanzado con mayor naturalidad y con tan contados elementos, un cuadro artístico tan acabado. El revuelo del cuerpo en la danza cortado donosamente cuando el desnudo pie se hinca en el suelo; chispean todavía las miradas que han seguido sin descanso el vaivén de los brazos, el contoneo del talle, el palpitar del busto en la «tarantela» bailada por esta pescadora que el duque topa en uno de sus paseos. Parece una estatuilla de Tanagra, que el duque, buen poeta y mejor catador, ha logrado modelar en tres versos escasos.
Poesía y pintura (por su taller desfilaron todas las bellezas napolitanas, que gustosamente se brindaban a encarnar la Magdalena, la Inocencia y otros modelos más o menos arropados, para los cuadros del fogoso español), poesía y pintura eran, pues, las mayores aliadas del proceder rumboso de Saavedra en aquella sociedad que pasaba por la más refinada y la más culta de la culta y sensual Italia. En los atardeceres, salían Rivas y Valera en un coche de la Embajada, que les llevaba al cotidiano paseo hacia las alturas de Capodimonte. Aquellas horas de la tarde, y la tranquilidad de los bosques convidaban a departir; en ellas oiría Valera las gustosas anécdotas que nos cuenta de su dueño, y bien le aprovecharía el gracejo que en contarlas prodigaba su paisano. Embajador y agregado iban, pues, de palique, hasta el momento fatal en que se columbraba entre los árboles alguna figura de mujer. El bueno de Valera debía ceder su puesto a la ninfa y regresar a la Embajada en el primer carruaje que acertase a pasar, que las más de las veces, era el clásico y lento coche de San Fernando.
Pero la vida muelle de Nápoles tuvo su fin, a siete años de la arribada del duque, y la fuerza del sino arrastró de nuevo a su cantor. Una revuelta como las que conocía sobradamente el poeta dio con la ciudad en dos bandos y aconsejó al embajador la vuelta a su tierra. Otra vez vagar por el piélago de algaradas, intrigas, desventuras y escopetazos, como antaño en Ocaña, durante la guerra de la Independencia, como en la bohemia de París o en su destierro londinense; vuelve a ser ministro, pero esta vez no dura su gabinete más que dos días; nueva fuga, nuevas tribulaciones y fortunas: en continuo altibajo hasta su muerte, sin poder satisfacer su deseo de volver a Italia a reanudar el único paréntesis calmo de su existencia.
Pero estaba escrito que, si no su persona, había de volver, por lo menos, a Italia su mejor creatura, y que desde Italia había de difundirse por el mundo. Tal fue «Don Álvaro o la Fuerza del Sino» -la obra dramática en que el duque de Rivas había introducido no pocos episodios de su propia vida-, traducida al italiano, en Nápoles, primero, y, más tarde, en Milán, durante el período napolitano de su autor. La llegada a Italia del duque es una apoteosis: se recuerda su heroísmo militar, se halagan sus gustos, se leen sus poesías, se estudia su obra (el «Museo di scienza e letteratura», la mejor revista napolitana por aquel entonces, publica una serie de artículos sobre «El drama español y el Duque de Rivas»), se admira su porte; en una palabra, el nombre del duque corre de boca en boca por toda Italia. En tales circunstancias, claro está que otro romántico de entonces, Giuseppe Verdi, hubo de conocer el nombre y los escritos de nuestro embajador. Como Rivas sentía el italiano, a fuer de buen romántico, la importancia del destino en la vida de los mortales; una tras otra, sus óperas habían buscado inspiración y argumento en las obras de la época en que más agudamente se presentaba este problema (de entonces datan Il Trovatore, inspirado en el de García Gutiérrez, y Rigoletto y Hernani, derivados directamente de Víctor Hugo). Y, por lo mismo, quedó prendado el músico de «La Fuerza del Sino» y decidió hacer con ella una ópera, que fue una de las más famosas: «La Forza del Destino».
De las divergencias entre la verdiana «La Forza del Destino» y «La Fuerza del Sino», del duque de Rivas, ha escrito magistralmente el hispanista Ezio Levi, en su reciente libro «Vite Romantiche», donde discurre también de las andanzas napolitanas de Rivas, de la embajada de Martínez de la Rosa cerca del Papa, y de la vida venturosa del banquero de Salamanca. El libro del profesor Levi es, cosa rara en un erudito, de los que se leen con gusto: la pluma bien tajada y la imaginación colorida lo convierten en una obra atinadísima por su exposición y por su contenido. El prestigio del autor es la mejor garantía de la verdad de los pasos novelescos que evoca; se adivina la erudición, pero el escritor ha tenido el buen gusto de velarla: una cita de vez en cuando, una carta caída en la página como por azar, una nota al final del volumen. Y cuando se trata de probar un aserto, entonces sí, entonces se muestra el aparato crítico: tal es el capítulo dedicado a las relaciones entre ambas «Fuerzas del Destino».
No se sabe por qué, mas lo cierto es que Verdi no mencionó jamás en los programas el nombre del Duque de Rivas; mencionó, en cambio, el del autor del libreto, Francesco Maria Piave, que si por esta obra ha de pasar a la historia, a buen seguro será para que le crucifiquen. Y que Verdi conocía perfectamente la obra de Rivas, lo demuestra no sólo la acción de su ópera, y los nombres de los personajes, sino algunas cartas publicadas por Ezio Levi, en una de las cuales -en víspera del estreno de la ópera en San Petersburgo- observa a su editor parisiense que no se ha inspirado en Martínez de la Rosa, sino en «La Fuerza del Sino», del duque de Rivas: pruébalo también el éxito memorable que la misma tuvo al año siguiente en Madrid, cuando el público reconoció el argumento de Rivas; y, sobre todo, el viaje a Córdoba que el músico emprendió para ver con sus ojos el cortijo del duque, el hostal de Hornachuelos y el páramo de los Ángeles. Y es fama que nunca Verdi se preocupó tanto de la escenificación de sus óperas como de esta «Forza del Destino», cuyo escenario real llevaba en la memoria.