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Al garbo de las chulas y a su airosa manera de andar, también se refiere Torcuato Tárrago, ob. cit., p. 6. Por su parte, Sofía Tartilán, Costumbres populares. Colección de cuadros tomados del natural, Madrid, Establecimientos tipográficos de M. Minuesa, 1880, p. 100, entre las figuras populares que acuden a la romería de San Isidro, menciona a «la airosa chula, que hoy a sustituido a la antigua manola...».

 

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Uso la edición de Madrid, Espasa-Calpe, 1976, que en adelante aparecerá referida con el título y el número de página de que se trate.

 

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La chula aprendiza del taller que aparece en la novela antes mencionada de Fernández y González también recibe ese nombre.

 

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El propio Juanito admite que habla con sinceridad, pero sin gracia de espíritu (602-3). Más tarde, el narrador reitera que «tenía la virtud de la franqueza» (631).

 

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Y cuando el joven Santa Cruz la requiebre en mitad de la calle, la llama «¡Negra!» (775). La castiza protagonista de Pedro de Répide, Novelas madrileñas. Del Rastro a Maravillas, es también llamada «Negra» por los chulos que la requiebran en la calle (p. 49, p. 50). Se trata de una mujer en cuya filosofía arraiga la convicción de que «todo lo que se hace por un querer tié su perdón» (p. 86). De los años veinte de este siglo, parece heredar ciertos rasgos de Fortunata o compartir con ella una herencia común. Répide fue conocido y admirador de Galdós.

 

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Por cierto: es interesante anotar el comportamiento tópicamente atribuido a la mujer de clase popular en el terreno de los amores; en la recopilación de diálogos de José López Silva, Chulaperías [1898], se incluye uno titulado «El gavilán y la paloma» que da pie a un comentario de Antonio Peña y Goñi en su encomiástico epílogo a al obra: «[José López Silva] pinta con admirable energía el fondo de sumisión bestial que caracteriza a la mujer del pueblo, tanto más enamorada cuanto el amante la desprecia más».

 

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Reiteradamente por Blanco Aguinaga, Rodríguez Puértolas y John Sinnigen, en sus obs. cit.

 

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Y a la vez a proporcionado dos versiones un tanto desoladoras de lo viril: las grandes fallas -físicas y psicológicas- atribuidas a los dos personajes principales del sexo masculino, Juanito y Maxi, así como su aciago destino final, ratifican la osadía de Galdós en su exploración de las diferencias de género. Ambos varones son finalmente condenados a la soledad: la inoperante y demente lucidez de Maxi acaba conduciéndole al manicomio de Leganés; y Juanito, tras el sonrojo de ver sus trampas al descubierto, muerta Fortunata y desamorada Jacinta, queda castigado con el vacío y despojado de todo horizonte.